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jueves, 7 de enero de 2016

El precio de un hombre



El precio de un hombre de Stéphane Brizé es una de las observaciones más insidiosas y arteras (en el buen sentido de la palabra, si es que aceptamos, claro, la contradicción de términos de que algo que es artero pueda ser bueno) de esa plaga inmunda conocida como Neoliberalismo. Después de verla, podremos escribir tesis, tratados, disertaciones sobre sus efectos. Y lo peculiar es que el film logra esta profundidad a través del más sencillo de los trucos (entendidos como artilugios artísticos, claro) que puedan concebirse: la observación pormenorizada de una realidad determinada. No se necesita más, los subrayados estorbarán, las aclaraciones desentonarán, los agregados redundarán. Basta con elegir un personaje, ahondar en su entorno, ponerlo en tal o cual situación y seguirlo en su derrotero, sin incomodarlo ni traicionarlo. ¿Redescubrir la pólvora subyacente en el realismo craso? Puede ser, aunque aquí es algo más, es un realismo crítico, dialéctico, militante (pequeño adjetivo de estado para la izquierda; insulto aterrorizante para la derecha).


Thierry (Vincent Lindon) es un cincuentón, felizmente casado y padre de un chico con algunas capacidades diferentes (no hay nada melodramático o de golpe bajo en esto, es solo una característica elegida, pudo ser esto o cualquier otra) al que un buen día dejaron en la calle. Sobrevive como puede, por error de la asesoría pública hizo un curso de capacitación para un probable trabajo y ahora descubren que fue una pérdida de tiempo. Deberá pedir un pequeño préstamo al banco (este trámite se transformará en un conflicto de intereses y voluntades, equivalente a una batalla descomunal en La guerra de las Galaxias, por ejemplo, y uno desea que no haga lo que la empleada sugiere). En algún momento, decidirán vender una cabaña de vacaciones (otra negociación ríspida como pocas). Y obtendrá finalmente un puesto de guardia de seguridad en un supermercado. Trabajo en el que tendrá que vigilar no solo al público sino también a los cajeros.


Y aunque la sinopsis que antecede no lo haga suponer ni por asomo, hay en este film una estructura de thriller, de suspenso que se va construyendo y que llega a su clímax cerca del final. Sí, nos intriga todo el tiempo comprobar hasta dónde le llega la paciencia a este hombre, cuál es el límite que establece para su dignidad, cuándo es que lo insoportable ya no se puede tolerar más. Y es ahí donde la observación es más artera y potente, en el miserable cuadro social que aprendimos a aceptar como normal, lógico, cuando no lo es. Nada que no conlleve, aunque más no sea una mínima dosis de solidaridad, no puede ser considerado ya no lógico ni normal sino simplemente humano. La ley del mercado (tal es su título original) aísla, deshumaniza, destruye los lazos sociales básicos. ¿En nombre de qué? ¡De la regulación económica! O sea por una fórmula, una ecuación que favorece o maximiza la ganancia de una empresa, que ya tampoco es humana, porque es tal la distancia entre los que deciden y los que obedecen, que ya dicha empresa es más una entelequia, una abstracción. Según un directorio en Nueva York, que afecta al eslabón de su cadena en Indonesia, por ejemplo, cuatro pueden hacer el trabajo de diez, no en nombre de la “eficiencia” sino por la proyección numérica de un rédito vacío. Mayor, sí, pero que no agrega mucho más a una ganancia ya de por sí descomunal, pero que respecto a una vida digna para más trabajadores es arrasadoramente destructivo.


Vincent Lindon ganó con toda justicia el premio al Mejor Actor del Festival de Cannes, 2015, por este trabajo. Con indiscutible merecimiento, insisto, porque es sobresaliente. Pero tampoco, la verdad sea dicha, ningún otro actor podría haberla protagonizado. En este film, actor y rol son intransferibles en su significancia. Vincent Lindon arrastra como perfil actoral una masculinidad inmanente, que es esencial en este proyecto. No hablo de un machismo anacrónico, ni digo que Vincent Lindon sea un neandertal peludo, huevón e impresentable, me refiero, más bien, a que corporiza un auténtico e incontaminado sentido de la masculinidad. No en vano, el suspenso de la película deriva de hasta dónde puede llegar la dignidad de un hombre. De “un hombre”, así, a secas, casi como la suprema representación de todo lo masculino, sin afeites, ni ying.


Gustavo Monteros

viernes, 18 de julio de 2014

Les salauds



Veo en DVD Les salauds (2013) de Claire Denis, niña mimada de la crítica y muy recordada por Bella tarea (Beau travail, 1999) y White material (2009). A la chica le gusta el esteticismo a ultranza, las elipsis y los desnudos. Les salauds (Los canallas, Los hijos de puta o algo de ese tenor) se presentó el año pasado en la sección Un certain regard del festival de Cannes y no obtuvo ni un “siga participando” porque es un bodrio tamaño Aconcagua. Se supone que es una especie de policial. Un capitán de la marina mercante, Vincent Lindon, es llamado a París, dado que su cuñado se ha suicidado y su sobrina está internada en una clínica psiquiátrica en estado de shock. La hermana le dirá que el negocio familiar, una fábrica de zapatos, está en quiebra y que quiebra, suicidio y shock son obra del salaud, Michel Subor, quien vendría a ser el súper villano. Lindon se instala como vecino de la amante oficial y madre del único hijo de Subor, Chiara Mastroianni, con la que mantendrá una relación afectivo-sexual, mientras (se presume, porque en esta película se presume mucho) prepara vengarse de Subor. Eventualmente (muy eventualmente) el bueno de Lindon se enterará que la hermana, el cuñado y la sobrina se “entregaron” a muy pero muy perversos juegos sexuales de Subor para… ¡salvar la fábrica! Y la noble de Chiara que estuvo haciendo buena letra actoral, tomándose en serio el papel, para estar a la altura de su aristocrática prosapia (sí, es la hija de Marcello con Catherine Deneuve) optará por una decisión oscura que la incluirá entre los aludidos por el título. ¿Fin? ¡No! Hay una coda final con un video que muestra las perversiones sexuales de Subor, para que quede claro, claro, claro que hermana, cuñado y sobrina de Lindon, más allá de sus amargos desenlaces, son unos reverendos salauds. Sí, imaginaron bien, la película termina como un film sado porno al que le falta un rollo.


Los bodrios del “cine arte” son cuatro veces más bodrios que los bodrios del cine industrial. Por dos motivos: 1) porque son más ambiciosos (lo que irónicamente podría, en este contexto, considerarse positivo) y 2) por la soberbia de los realizadores.


La ambición, si es hambre de gloria, está bien vista, pero si es acicate para trepar aplastando cabezas, no. La ambición en el arte es como el trabajo del arquero en el fútbol, depende del resultado. El arquero si no le entra ninguna pelota es excelente, pero basta que le hagan un gol para que su tarea sea bastardeada. En Les salauds, la ambición artístico-conceptual quizá esté en equiparar la inmoralidad de los negocios sucios a las más abyectas perversiones sexuales, o en suponer que una mierda bien puede llevar a otra, algo así como que si no te importa dejar gente en la calle, bien puede no importarte sumirte en las peores degradaciones. No en vano se dice que cuando el poder económico te caga, te está rompiendo alguna parte de tu anatomía sin tu placer ni consentimiento. Como se ve, la idea no es muy original, pero si la Claire Denis la hubiera pegado, el logro artístico taparía el lugar común. Como le salió horrible, no solo aburre sino que queda reboluda.


Y si a eso le sumamos la soberbia, común entre algunos artistas sin humor, de creer que todo lo que sale de sus cabecitas es trascendente, importante, atendible, el público entra en alerta meteorológica de tormenta bodriosa. En líneas generales, el artesano, que trabaja para la industria del espectáculo, está a salvo de la soberbia, ya que tiende a ser consciente que si bien lo que hace puede terminar en una obra de arte, ante todo, en principio, pergeña un producto. Eso lo salva de los excesos de auto-celebración permanente. Este año Asghar Farhadi, el autor director de la genial Una separación, nos espetó un requetecontra-híper-bodrio El pasado, con líneas, escenas y armado de personajes, que ni el más cínico y borracho director-guionista industrial se hubiera permitido jamás. En cambio, Asghar Farhadi no solo se permitió semejante bodrio sino que hasta pretendió que se lo respetáramos. Aquí la Claire Denis también se concede, o lo que es peor nos concede, una acumulación de disparates que hubieran enrojecido de vergüenza, incluso al menos autocrítico escriba de teleteatros bajo la más potente droga.


Moraleja: un artista en algunas obras puede ser sublime, pero eso no implica que todo pedo que se tire huela a rosas.
 

En la foto, de izquierda a derecha, Michel Subor, Chiara Mastroianni en rosa, la directora Claire Denis, el gran Vincent Lindon, Julie Bataille y  Alex Descas en la presentación de 'Les Salauds' durante el 66to Festival de Cannes, el 22 de mayo de 2013.

miércoles, 25 de junio de 2014

Welcome



Bilal (Firat Ayverdi) lo único que tiene son 17 años, porque no es dueño ni de la sombra donde podría caerse muerto. Es un refugiado ilegal kurdo en Calais. Quiere llegar a su Tierra Prometida, Inglaterra, para reencontrarse con su amor, Mina (Derya Ayverdi) y quizá hacerse notar en algunos de los clubes de fútbol, se sabe talentoso en ese deporte. Frustrará su primer intento de cruzar en camión, no puede ponerse una bolsa de plástico en la cabeza para evitar los sensores con los que se inspeccionan los acoplados. No puede por una cruda experiencia padecida que Bilal mencionará como al pasar, cuando se ha sufrido de verdad hasta los grandes traumas se relativizan. Intentará entonces el prodigio, cruzar el Canal casi sin saber nadar.


Simon (Vincent Lindon) le dirá a su flamante ex esposa: “Quiere cruzar el Canal a nado para ver a su chica y yo no pude ni cruzar la calle para detenerte cuando te fuiste”. Simon es un profesor de natación que comenzará a ayudar a Bilal más que nada porque Marion (Audrey Dana), su ahora ex, sin la que no puede vivir, lo acusó de no hacer nada cuando los guardias de seguridad de un supermercado echaban a los refugiados ilegales. Lo que empieza como un intento desesperado de manipulación seductora, quedar como un solidario ante Marion, derivará en un juego peligroso. La policía persigue a los que ayudan a los refugiados y se puede terminar en la cárcel por varios años si la ayuda se comprueba. Las autoridades pretenden así desalentar el peregrinaje de los ilegales.


Welcome (2009) de Philippe Lioret es un cuento amargo, el reverso necesario de tanta película “feel good” (optimista y aleccionadora). Aquí lo que se aprende llega tarde y no sirve para mucho. La subtrama del anillo de diamantes con zafiros bien lo ilustra. Y el Welcome (Bienvenidos) estampado en el felpudo ante la puerta del vecino sorete se recubre de suprema ironía.


Vincent Lindon se inscribe en la mejor tradición de los protagonistas franceses, tiene la voz de Lino Ventura y la nariz de Belmondo. Y sus caracterizaciones oscilan entre la elegancia de Belmondo y la luminosa brutalidad actoral de Ventura. Aquí provoca una inmediata identificación con su personaje y se vuelve un modelo de hombría cuando salva a Marion de ser implicada en la acusación judicial (momento no exento tampoco de ironía, esta hombría implica la aceptación ante los demás de lo que se considera socialmente lo opuesto).
 

Llegué a Welcome por casualidad. En un foro privado en el que nos intercambiamos películas, alguien la sube a la sección más psicopatera: Películas que ya tendrías que haber visto. Ahora, después de verla, concluyo que piscopateadas al margen, estaba en la sección justa. Buena historia, buen cine. 

Welcome anda por el cable y se consigue en cualquier club de DVD. 

viernes, 26 de julio de 2013

Algunas horas de primavera



El director, Stéphane Brizé, junto con su guionista, Florence Vignon, intentan en Algunas horas de primavera (Quelques heures de printemps) una reformulación de dos de los tópicos más gastados del melodrama: el de las segundas oportunidades y el de la reconciliación ante la muerte. ¿Y lo logran? Veamos.

Alain (Vincent Lindon) un camionero, que en un arranque de autodestrucción intentó pasar la frontera con una carga de marihuana y fue atrapado, sale de la cárcel después de cumplir 18 meses. Sin trabajo, ni dónde ir y con sólo 800 euros, no le queda más remedio que volver a casa de su madre, Yvette (Hélène Vincent) con la que se entiende poco y nada. A Yvette, por algo que se intuirá más tarde, le cuesta expresar afecto, es dura y seca, y para colmo de males (para ella, no para el melodrama) se está muriendo. Alain en una noche de bowling conocerá a Clémence (Emmanuelle Seigner) quien intentará relacionarse con él. Hay también un vecino amable y cálido, Lalouette (Olivier Perrier) y un amigo fiel de Alain, Bruno (Ludovic Berthillot).

La novedad es que no asistiremos esta vez a la agonía o a la pérdida de las capacidades físicas de Yvette, ya que la señora ha decidido evitarlas solicitando un suicidio asistido, modalidad que se practica en Suiza, para lo cual debe dejar Francia e internarse por una hora (final) en una casita suiza.

Si el borracho parlanchín y torpe es el recurso más barato para garantizar hilaridad en la comedia, condenar a una enfermedad terminal a un protagonista es el recurso más barato en un drama o melodrama para garantizar conmoción. Siempre nos reiremos con el borracho simpático y lloraremos siempre con quien muere de un mal incurable. Son los trucos más bajos de un género u otro.

Aquí, hasta cierto punto, la utilización de un recurso tan básico se redime por unos cuantos detalles sutiles y certeros y por la inconmensurable humanidad de sus protagonistas.

Tiendo a creerle todo lo que hace Vincent Lindon, más que nada por portación de cara. Pertenece a la tradición inaugurada casi por casualidad por Humphrey Bogart, en la que se inscriben también Jean-Paul Belmondo y Jean Reno, la de los protagonistas que ni en los más delirantes elogios podrían ser descriptos como buenmozos. Ostentan esas “jetas” sin embargo atractivas que en cámara dan siempre más expresivas que las de los lindos anodinos estilo Brad Pitt.

La actuación de Hélène Vincent es de una belleza que está más allá de las palabras. En su última escena exhibe una verdad lacerante que la hace inolvidable. Verla, descubrirla o revisitarla vuelve recomendable esta película de un género que detesto: el drama pseudo-hospitalario.
Un abrazo, Gustavo Monteros