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jueves, 2 de febrero de 2017

La llegada

Si La llegada fuera un capítulo de una novela de finales del siglo XIX podría tener un título complementario que dijera: “O de cómo Amy Adams salva al mundo de caer en una crisis interplanetaria o mejor dicho, interespecies”.

No me puteen. Si creen que he contado de más y les he arruinado la diversión, no es el caso. Lo que resumí es apenas lo “macro”, pero aquí importa más lo “micro”. A la Tierra, un buen día, llegan 12 naves extraterrestres que se estacionan en 12 países diferentes. En los Estados Unidos, un coronel (Forest Whitaker) irá a buscar una lingüista (Amy Adams, of course) para que ayude a descifrar el idioma de los aliens. La secundará un científico (Jeremy Renner). El concepto que se utiliza es que el lenguaje refleja la visión del mundo de la cultura que lo produce. Los alienígenas, una especie de pulpos gigantes, se comunican a través de unas manchas que se parecen al viejo y querido test de Rorschach. Y tiene que ser una mujer la que contribuya a la comunicación, porque entiende de ciclos. Y ahora sí, me detengo, porque las sorpresas finales deben preservarse.

Obviamente estamos ante un relato de ciencia ficción, en la variación de extraterrestres no agresivos, al menos de entrada.

Me gusta el cine de Denis Villenueve (Incendies, 2010, La sospecha, 2013, El hombre duplicado, 2013, Sicario, 2015), pero hallo que el canadiense tiene un problemita. Se toma muy en serio, él y todo lo que hace. Su obra está permeada por una seriedad, una gravedad, una grandiosidad, una trascendencia, una importancia, tanta que uno imagina que no va al baño a hacer el número uno o el número dos sino a tener una revelación epifánica. Aquí, el género justifica tanta trascendencia, más que en la anterior, Sicario, al menos.

Amy Adams, impecable como siempre.

Espero haberles dado suficientes pistas para saber si quieren o no ver La llegada.


Gustavo Monteros

viernes, 27 de diciembre de 2013

El mayordomo




Hollywood es tan previsible y obvio como cualquiera de sus estrenos pochocleros semanales. Hacen películas con súper héroes para ganar toneladas de dinero y hacen también películas que, al margen de amasar fortunas, aspiran a recibir premios. El mayordomo pertenece a la segunda categoría. Tiene la etiqueta PREMIABLE hasta en el título, que no es El mayordomo sino Lee Daniels’ The Butler (o sea El mayordomo de Lee Daniels). Por donde se lo mire es un poco prepotente que el director del film se proponga como “autor” desde el mismísimo título. No es que le falten méritos, pero debe desandar mucho camino para estar a la altura de Spielberg, Eastwood o Scorsese, por ejemplo, quienes jamás antepusieron sus nombres al título de la película que firmaban. No es que esté mal, claro, cada uno es cada uno y se masajea el ego como puede, pero semejante despliegue de inmodestia no deja de ser presuntuoso.


Llego a El mayordomo después de que brillara por ausencia en las nominaciones a los Globos de Oro. Se esperaba que figurara y no fue así, queda por ver si para los Óscares tiene mejor suerte. Por mi parte, después de verla, felicito a los votantes de los Globos de Oro por su sentido común. El mayordomo es tan premiable como Los bañeros más locos del mundo. Las ambiciones no siempre se plasman en logros.


El mayordomo está inflada de autosuficiencia, de autoimportancia, de autobombo. Sobrevuela 80 años de historia con la profundidad de un lavatorio y la sutileza de una bomba Molotov. En sus mejores momentos se parece a una miniserie mala y en sus peores momentos a una historieta histórica de las viejas Anteojito o Billiken. Reseña los padecimientos y las luchas por obtener derechos de los negros estadounidenses a partir del destino de un descendiente de esclavos que se especializa en servir y que llega a ser mayordomo de la Casa Blanca, por donde ve desfilar a varios presidentes.


En sus dos películas precedentes, Preciosa (2009) y The paperboy (2012), Lee Daniels eligió conmocionar a través de incomodar al espectador, en ésta elige gustar a como dé lugar, sin reparar en sentimentalismos ni cursilerías. Y para colmo de males, como tiene menos humor que una hormiga renga y deprimida, todo le sale solemne y pomposo. A los cinco minutos de empezada, sabemos de qué viene, cómo será y que no tiene remedio y nos faltan… dos horas y cinco minutos más.


El numeroso elenco hace un poco más soportable el asunto, más por acumulación que por despliegue de talento. Forest Whitaker es el protagonista, gran actor si los hay, que aquí esboza más que pule su innegable talento. Oprah Winfrey (la esposa) no es ninguna Helen Mirren pero sabe seducir a la cámara y darle espesor a sus personajes. Terrence Howard y Cuba Gooding Jr hacen lo suyo sin transpirar ni despeinarse. Mariah Carey enloquece temprano y Lenny Kravitz permanece incólume, ambos suplen con sinceridad la ausencia de oficio para actuar. Vanessa Redgrave es Vanessa Redgrave y en su breve participación llega a hacerse notar. Alex Pettyfer hace de malo de toda maldad. David Oyelowo hace de hijo mayor de Forest y Oprah, mientras que Isaac White y Aml Ameen se turnan para hacer del hijo menor en diferentes edades. Y están, por supuesto, los que hacen de presidentes y de sus esposas. Robin Williams es Dwight D. Eisenhower; John Cusack es Richard Nixon; James Mardsen en John F Kennedy y  Minka Kelly es Jackie (Kennedy, of course); Liev Schreiber es Lyndon B Johnson, y por último Alan Rickman es Ronald Reagan y Jane Fonda es Nancy (Reagan, of course). Ah, y Nelsan Ellis en Martin Luther King. Hay más actores en personajes más o menos notables, sin embargo ¿para qué abundar?


El mayordomo es un bodrio con aspiraciones pero un bodrio al fin. ¿Obtendrá nominaciones para el Óscar? ¿Quién lo sabe? Hollywood no solo tiene su lógica sino también su ilógica. Bodrios más bodriosos y muchísimo más aburridos que éste terminaron cargados de premios, de modo que no debería extrañar si este mayordomo entra con un té y sale con un galardón en su bandeja. 

un abrazo, Gustavo Monteros