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jueves, 4 de mayo de 2017

Un momento de amor

Marion Cotillard es una actriz prodigiosa. Su belleza no empalaga, porque no depende de simetrías indiscutibles ni angulosidades comprobables para deslumbrar. Su apabullante talento no fatiga, porque no depende de adaptaciones a su personalidad ni asimilaciones a su físico. Su excepcionalidad la equipara con las grandes divas imperecederas del cine clásico y su histrionismo único, que no se alimenta de gestos, posturas y prosodias determinantes, la equiparan a las grandes actrices modernas que prescinden de artificios y artilugios para proyectar su magia. En fin, que reencontrarse con la Cotillard es siempre una fiesta, aunque la película sea mala, cosa que ésta, por suerte, no lo es para nada.


Estamos en la década del cincuenta del siglo pasado en la campiña francesa. Gabrielle (Marion Cotillard) sufre de los nervios, subterfugio que ocultaba por aquel entonces la ignorancia de las afecciones psicológicas. Parece padecer de una aflicción psicosomática y tener inconvenientes para dar satisfacción a los ardores sexuales. Como suele ser el caso, se prendará de quién no debe, y su madre, pragmática, como son algunas personas que viven en contacto con la naturaleza, la casará con un español, José (Alex Brendemülhl) que trabaja de recolector en los campos de la familia y que mira a Gabrielle con una deferencia que bien podría transformarse en afecto. Un aborto espontáneo hará que descubran que la aqueja, el “Mal de pierres” del título original. Terminará en un hospital de Davos que se especializa en erradicar dicha enfermedad. Allí conocerá a André (Louis Garrel) y entonces…


Este trabajo de Marion Cotillard, sobre todo en esto de chica de campo, aquejada por insatisfacciones sexuales, apasionada, libre y un poco salvaje,  dialoga con uno de los mejores personajes corporizados por Isabelle Adjani,  el de L'été meurtrier (Verano Mortal, Jean Becker, 1983), pero mientras que el de Adjani se hundía en la locura y en el crimen, porque de un policial negro se trataba, este personaje de Cotillard se dirige hacia la epifanía deslumbradora, porque ésta es una historia de amor.


Nicole Garcia (también actriz, los memoriosos la recordarán como la protagonista junto a Gérard Depardieu de una de las mejores obras del maestro Alain Resnais, Mi tío de América (Mon oncle d'Amérique, 1980)) conduce con autoridad y buen pulso este cuento que se vuelve seductor y entrañable, más que nada porque se fortifica en hombres  que saben amar. En estos últimos tiempos, generalmente se nos acusa de no comprometernos, de no saber escuchar ni acompañar, pero a veces también, para contrarrestar tanta falencia, como en este caso, sabemos amar.
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Por lo dicho, no es de extrañar que elogie a los caballeros que secundan a Cotillard, el barcelonés Alex Brendemülhl (que fuera el Mengele de nuestra Wakolda (Lucía Puenzo, 2013)) y el parisino Louis Garrel concretan una faena casi a la altura de la de Cotillard, encomio que puede resultar mezquino, aunque en realidad es todo un ditirambo.


Otra caracterización notable de Marion Cotillard y una buena historia ¿qué más se puede pedir para pasar un par de horas más que agradables en un cine?


Gustavo Monteros

jueves, 9 de marzo de 2017

Monsieur Chocolat


Chocolat, dirigida por el también actor, Roschdy Zem, es una película biográfica (comúnmente llamadas, biopic) que cuenta el ascenso artístico y caída del primer payaso negro de Francia, a fines del siglo XIX y comienzos del XX.


Chocolat cae en muchos vicios habituales de las biopics, esquiva algunos y se anota unos pocos triunfos.


Si bien el título refleja a una sola persona, en realidad es la historia de una relación, la que se da entre el payaso George Footit (James Thierrée, actor de gran prosapia como se verá) y Chocolat (Omar Sy, que se ganó fama internacional con Amigos Intocables, 2011, o Intouchables, en el original de Olivier Nakache y Eric Toledano).


Footit es un Carablanca, o sea en la clasificación de los payasos, el que lleva la máscara de Pierrot, es decir, maquillaje blanco, cejas dibujadas en la frente, pintura roja en los labios, nariz y orejas, y es elegante, orgulloso, autoritario y malicioso. Chocolat será una variante del Augusto, o sea el de la nariz roja, zapatos enormes, maquillaje que combina el negro, rojo y blanco, peluca grotesca y ropa de colores brillantes, y es impertinente, promueve travesuras y desestabiliza al payaso blanco o Carablanca.


Esta información es necesaria, puesto que en los títulos finales nos ratificarán algo que la película ya ilustró ampliamente, y es que Footit y Chocolat revolucionaron el número del Carablanca y el Augusto llevándolo a alturas inauditas.


Insiste como El aviador (Martin Scorsese, 2004) en el flasback pedagógico que nos informa el origen de un trauma (a su favor diremos que el de Chocolat no es tan torpe ni tonto como el del film de Scorsese, quizá porque en Francia la psicología conductista no es el único modelo psicológico en uso). Es casi tan larga como La môme (La vie en rose, 2007) de Olivier Dahan, igual de “ilustrativa” o sea más que contar hechos, los ilustra, como si se tratara de las vidas de los héroes contadas en las historietas de las viejas Billiken y Anteojito. También como dicha película de Dahan, cuenta con grandes actuaciones, eso sí, no llegan a ser tan monumentales como la que Marion Cotillard dio de la Piaf, a lo que voy es que no salvan esta película del montón, como lo hizo Marion con aquel film bastante pobre que la convirtió en estrella internacional. También a favor de Chocolat está que no sea solemne como suelen serlo casi todas las biopics, quizá por tratarse de payasos.


El problema principal de Chocolat es primero político y después de punto de vista.


Chocolat en la cima de la fama parece haber olvidado que es negro. Una irresuelta cuestión de papeles lo manda a la cárcel, temible porque por entonces ni había nacido la noción de derechos humanos, bah, la de derechos de cualquier tipo. Allí lo desnudan, lo humillan, lo torturan, lo golpean, más que nada porque los guardias resienten la aberración de ser un negro rico y famoso. Después lo tirarán a una celda, donde está también Victor (Alex Descas) un haitiano preso por difundir ideas políticas opuestas al stablishement. Víctor le hará comprender que su actuación puede verse como una burla al negro ignorante, una aseveración del estereotipo, una ratificación de que el negro no merece más que este retrato indigno y denigrante. Cuando vuelve a ser libre, Cholotat intenta hacer algo para revertir ese lugar común, pero no toma en cuenta que carece de sustento ideológico y que tampoco puede defender su caso sin elocuencia. Hasta ese momento ha vivido hedonísticamente y ni pensaba en los estereotipos humillantes que una vez lo paralizaron. El dinero repentino calma los nervios de los necesitados como pocas drogas. Germinará sí otra idea de Víctor, la de hacer Otelo, pero sin la reversión de los lugares comunes reservados al cómico, negro para peor, probará ser una mala idea.


Esta visión claramente política de la cuestión no es expuesta ni a fondo, ni con superficialidad, es simplemente “ilustrada” como si fuera otro traje, otro auto, otra pieza de mobiliario.


El film tampoco asume el punto de vista de George. No se necesita ser Sherlock Holmes, Hercule Poirot, Jules Maigret o Philip Marlowe, para darse cuenta que George ama a Chocolat, y que nunca lo dirá. Pertenece a la época en que la ambición a la felicidad entre integrantes del mismo sexo que se aman era directamente utópica de tan lejana, y que había quienes preferían morir en silencio, antes que exponerse a un revelación oprobiosa, que consideraban inútil y desesperanzadora. Y sin embargo, como creador y director de los números que hacían, George, al menos en escena, sin ceder su espacio de payaso importante y triunfador, se permitía amar a Chocolat. Puede que ese amor fuera pobre y limitado, pero ese punto de vista podría haberle dado a la película la profundidad que carece.


O ver la historia desde la perspectiva exclusiva de Chocolat. Siglos atrás, Bob Fosse tomó el punto de vista de su retratado, Lenny Bruce, en Lenny y  nos regaló uno de los pilares de las buenas biopics.


Claro, la verdad sea dicha, Chocolat no aspira al arte, es solo un pretexto para explotar y expandir la fama internacional de Omar Sy, dándole otro papel carismático, seductor y de segura empatía. El hombre es una estrella innata, pero hasta las estrellas necesitan de buenas películas para que sus halos prosperen.


James Thierrée es un actor excelente, antes dijimos que tiene una gran prosapia, juzguen ustedes. Es hijo de Victoria Chaplin y Jean-Baptiste Thiérrée, sí, sí, es nieto de Charles Chaplin y Oona Chaplin, biznieto de Eugene O´Neill y tataranieto del gran actor teatral, James O’Neill, o sea fruto de un ilustrísimo árbol genealógico.


En resumen, a pesar de las cortedades mencionadas, merece verse por las actuaciones, por la impecable reconstrucción de época, por la buena banda de sonido y por las maravillosas rutinas payasescas, que entroncan al menos en el cine con una trayectoria que se inicia con Charles Chaplin, Buster Keaton, Harold Lloyd, Douglas Fairbanks padre, Gene Kelly, Burt Lancaster hasta llegar a Jackie Chan, pasando por Belmondo, o sea la del histrión acróbata, que deslumbra siempre.

Gustavo Monteros


jueves, 22 de octubre de 2015

Dos días, una noche



Dos días y una noche es el tiempo que tiene Sandra (Marion Cotillard) para revertir una primera votación que le resultó adversa. Es que los compañeros de Sandra enfrentan una difícil decisión. Su jefe los ha puesto a elegir entre mantener un bono de mil euros o hacer que Sandra conserve su trabajo. La pobre estuvo de licencia por depresión, y en ese tiempo el jefe comprendió que 16 bien pueden hacer el trabajo de 17, así que con la excusa de la crisis los obliga a elegir. Sandra se lanza durante ese fin de semana a visitar a sus compañeros para conseguir los votos de apoyo que le hacen falta para no quedarse en la calle. La película trata sobre si los consigue o no.



Esta excelente película de los hermanos Jean-Pierre et Luc Dardenne (La promesa, Rosetta, El hijo, El niño, El silencio de Lorna, El chico de la bicicleta) como la estupenda La loi du marché de Stéphane Brizé que se verá en el próximo festival de Mar del Plata es astutamente insidiosa y pone el ojo en las consecuencias del capitalismo salvaje. Porque si el hilo se corta por lo más delgado, es en la vulnerabilidad de las víctimas donde se ve con mayor precisión la imperdonable abominación de la práctica infame de una teoría repugnante.



Si el mundo fuera apenas un poco más justo, el neoliberalismo obtendría el mismo rechazo que generan el nazismo, las purgas estalinistas o la peste bubónica. Todos comparten el mismo olímpico desprecio por el ser humano. El neoliberalismo deshumaniza al hombre, lo reduce a una variable, a una cifra, a la coma de un guarismo. No hay nada peor que la ciega lógica de los mercados, la flexibilidad de los negocios, la razón del capital. No se trata de refundar la era moderna, pero el hombre debe ser la medida de todas las cosas, no un dato. Parece fácil de comprender e imposible de no adherir, sin embargo cuesta luchar contra el falso orden establecido y las corporaciones mediáticas, que presentan, día tras día, analista tras analista, experto tras experto, la mierda como si fuera nutritiva u oliera a rosas.



Marion Cotillard, que ganó por este trabajo unos cuantos premios y que hasta le significó otra nominación para un Óscar, deslumbra como suele ser su costumbre. Aunque la verdad sea dicha, el naturalismo puro es el más fácil de los registros actorales y para su talento, esta labor es como un picnic de primavera. De todos modos, otra actriz quizá no hubiera despertado la inmediata y fuerte empatía que desata Cotillard.



En resumen, una historia sencilla y contundente para no olvidar que no hay que votar nunca de los jamases a quien anteponga el mercado, el capital, los negocios por sobre todo. Hay que empezar a ver más allá de las apariencias, de aprehender lo que hay detrás de las engañosas propuestas económicas. O seguirán atomizándonos, aislándonos, apartándonos de la más elemental solidaridad con las cuentas de colores. No hay copa que rebalse cuando la codicia es infinita.

Gustavo Monteros

lunes, 23 de junio de 2014

Contagio




Domingo 22. Mientras espero que llegue el partido de Bélgica contra Rusia (que luego será tan aburrido que me urgirá pasear a Perrito para no dormirme), me pongo a ordenar mis archivos digitales.


Me topo con el Contagio (2011) de Steven Soderbergh que todavía no vi. Digo má sí, abandono el ordenamiento y me pongo a verla. Trata de la propagación de un virus misterioso y letal que diezmará a la población mundial. Podríamos ubicarla, entonces, más que en la ciencia ficción, en una variante que podríamos denominar de salud ficción.


Hay un numeroso elenco de notables que se dividen entre científicos que luchan por hallar una vacuna y víctimas del mal asesino. Entre este segundo grupo se destaca Gwyneth Paltrow, que cae como mosca fulminada por Raid a los minutitos de iniciada la película. Y no solo muere sino que encima le hacen la autopsia, se ve cuando le serruchan el cráneo y le separan el cuero cabelludo como si la hubieran atacado los indios perversos de los viejos westerns, pobre, jamás pensé verla en un estado tan lamentable (y pensar que hubo gente que le criticó el vestido que se puso cuando ganó el Óscar… si la vieran ahora). Me digo qué actuación tan breve, pero después vuelve en un video de hotel que reconstruye el momento en que se pesca el virus (esto lo sabrá el espectador, jamás los científicos, privilegios de la ficción). Gwyneth está casada con Matt Damon (en estado “gordito” y en plan de “si me redondean un personaje capaz que les doy hasta una buena actuación”). Gwyneth le estaba metiendo los cuernos a Matt con un amante que no se ve, mejor, porque mirá que tenés que buscar mucho para hallar a alguien que te dé lo que no te puede dar Matt (aguante Damon, carajo). A Matt le ratifica la cornamenta la científica Kate Winslet, en estado “flaquísima” y en tren de “yo soy tan buena actriz que no pierdo el atractivo ni cuando sufro mucho”). Matt es inmune al virus (¿viste Gwyneth que a Matt no hay quien lo iguale?), pero Kate, no, no la hundió el Titanic y le viene ahora a agarrar un virus letal… No importa, es tan buena y solidaria que prácticamente muere entregando su abrigo al compañero de la cama de al lado que se queja del frío. Kate es la única del equipo científico que sucumbe al virus, los demás que incluyen a Laurence Fishburne (en estado de “hace años que exagero con los postres pero no me importa porque mi peso actoral es mayor que el que marca la balanza”), a Marion Cotillard (en estado “deslumbrante” comme d’habitude y en tren de “denme un papelito que te lo envuelvo en una actuación premiable”), a Jennifer Ehle (en estado “bueno” y en tren de “mírenme qué bien manejo los latinajos científicos ¿no luzco como si los entendiera?”), y a Elliot Gould (querible tal cual acostumbra y que dice el mejor chiste: Bloguear no es escribir, es grafiti con puntuación). Está también el inmenso Bryan Cranston (en estado de “pelo teñido” y en tren de “sigo haciendo secundarios hasta que la miopía de los productores perciba que tengo más temple de protagonista que algunos focos apagados que todavía estelarizan”) como un militar de algo rango. Ah, está también Jude Law (en estado de “se me están volando las chapas pero no lo disimulo” y en tren de “solo me pueden detener con falta porque son el Messi de los actores”) como un periodista bloguero con más ambición que ética.


La trama toca los tópicos habituales de las farmacéuticas especuladoras (a las que la humanidad les importa un comino rojo, solo los negocios las conmueven), de los militares inútiles y los políticos desconcertados (que siempre toman medidas cuando ya es tarde), y las noblezas inesperadas (con las que se redimen los hasta hace dos minutos miserables).


Steven Soderbergh sortea con elegancia las simplificaciones del material, logra que no le quede como esas viejas miniseries basadas en best-sellers con muchas situaciones y personajes. Tampoco exageremos, no es que le dé la espesura de un Bergman, pero al menos evita las superficialidades del sacrosanto melodrama televisivo llamado novela.


Es obvio también que el trámite le salió parecido a Epidemia (Outbreak, 1995) de Wolfgang Petersen con Dustin Hoffman, Rene Russo, Morgan Freeman, Kevin Spacey, Cuba Gooding Jr, Donald Sutherland, y Patrick Dempsey entre otros notables. Y si en el film del 95, el prólogo nos informaba que la culpa del virus la tenía un simpático monito, aquí, el epílogo devela que los responsables son un carismático murciélago y un adorable cerdito. Ah, hay un detalle poco creíble al menos para estas latitudes, en un momento se rompe el tejido social y se producen saqueos, la gente deja de trabajar y se encierra en sus casas a sobrevivir o a morir y ¡la electricidad no se corta!, y por lo tanto hay televisión, internet y esas cosas… Hum…



Contagio gira por el cable. Sin ser una maravilla, entretiene. Ideal para noches de insomnio.

Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 2 de julio de 2011

Medianoche en París

Woody Allen es hombre de darse los gustos y celebrar su fantasía. En La rosa púrpura del Cairo, concretó un delirio que cruzó alguna vez por la cabeza de los que vamos mucho al cine: ¿y si las sombras planas que se pasean por la pantalla no fueran tales y tuvieran vida propia en una realidad paralela a la nuestra? Como recuerdan, no sólo daba una rotunda respuesta afirmativa sino que hasta un actor/personaje se escapaba de la pantalla y se colaba en la vida real.

Ahora vuelve realidad el sueño de algunos turistas de París. Muchos van a la Ciudad Luz por la arquitectura, algunos por los museos y otros a sentarse en cafés, bistrós, restaurantes por los que anduvieron hombres y mujeres notables que en el mundo han sido. Estos peculiares turistas van a embebecerse en los lugares visitados por sus notables favoritos, y a veces, mientras toman su café o comen sus tallarines, imaginan que los encuentran y que hablan con ellos. Una actriz amiga pasó una tarde maravillosa en un bistró de Montparnasse conversando con un Chagall fantasmal o imaginario que le contó todos sus secretos. La jarra de vino, que fue lo único que pudo pedir por tener poca plata, contribuyó no poco a la ensoñación. Los efectos pudieron haber sido más devastadores de no haberse apiadado el mozo y alcanzarle una panera y un platito con manteca. Vino, pan y manteca aparte, esta película y la vida demuestran que las personas de la cultura no estamos muy en nuestros cabales que digamos. De estarlo nos dedicaríamos a profesiones más sensatas como el resto del mundo.

París tuvo muchas épocas doradas. Una de las más recordadas es la de la década del veinte. Entre otros, coincidieron Zelda (Alison Pill) y Francis Scott Fitzgerald (Tom Hiddleston), Cole Porter (Yves Heck), Ernest Hemingway (Corey Stoll), Juan Belmonte (Daniel Lundh), Joséphine Baker (Sonia Rolland), Alice B. Toklas (Thérèse Bourou-Rubinsztein), Gertrude Stein (Kathy Bates), Pablo Picasso (Marcial Di Fonzo Bo), Djuna Barnes (Emmanuelle Uzan), Salvador Dalí (Adrien Brody), Luis Buñuel (Adrien de Van), T.S. Eliot (David Lowe), Henri Matisse (Yves-Antoine Spoto) y Man Ray (Tom Cordier). Pavada de gente para conocer y mezclarse.

Woody Allen le concede el sueño de conocerlos y mezclarse con ellos a Gil Pender (Owen Wilson) un guionista de Hollywood con aspiraciones de novelista. Gil está en París acompañando a los suegros (Mimi Kennedy y Kurt Fuller) de su novia (Rachel McAdams) y es obvio hasta para el boletero que ni con una ni con otros tiene mucho que ver. Una noche, harto de aguantar a un amigo de su novia (Michael Sheen) y su casi igualmente insoportable pareja (Arianda Carol), se va a caminar por las calles de la siempre hermosa París, et voilà, a la medianoche recala en la década del veinte. Se encontrará con todos los mencionados arriba y hasta tendrá un romance con Adriana (Marion Cotillard), la amante de Picasso. Adriana ratifica el tema de la película (la nostalgia por los oros del pasado) porque ella, que vive en una época dorada, añora otra, la de la Belle Epoque. De todos modos, aunque la película concluya con la celebración del presente y del futuro, para Allen, que maneja esas bandas de sonido preciosas en las que casi no hay nada contemporáneo, la nostalgia del pasado es un pecado en el que le gusta reincidir.

El elenco, incluida la primera dama francesa (Carla Bruni) como una guía del Museo Rodin, es tan delicioso como la película, pero como suele ser su costumbre, se destaca la maravillosa Marion Cotillard. El perezoso estilo de Woody Allen (pocos planos, tomas largas) nos permiten comprobar la destreza para manejar cambios de emociones que tiene la franchuta. La chica tiene muchísimo talento. Verla es un placer aparte.

París fue, es y será una fiesta. Para que nadie lo discuta, los directores de fotografía, Darius Khondji y Johanne Debas, nos regalan unas imágenes de apertura sencillamente gloriosas. A los que no hemos ido nos permiten figurarnos con nitidez lo que nos estamos perdiendo. Y los que ya la visitaron, se felicitarán de haber ido.

Un abrazo, Gustavo Monteros
En la foto, Marion Cotillard conversa con Woody Allen y Owen Wilson en una pausa del rodaje.

domingo, 1 de agosto de 2010

El origen

Desde el principio de los tiempos, el universo de los sueños ha desvelado a más de un creador. Freud escribió sobre ellos un tratado famoso. Shakespeare y Garcilaso armaron con ellos metáforas irrepetibles. Calderón escribió una de las obras capitales del teatro mundial con una definición como título: La vida es sueño. Y Borges entretuvo al mundo con la ilustración de la idea de que quizá seamos el sueño de alguien.


Demás está decir que la plástica y el cine, por su visualidad eminente, se han aventurado en el mundo onírico incontables veces.


Christopher Nolan se suma a la tradición con un thriller de ciencia ficción, visualmente saludable, pero intelectualmente anémico. Leonardo Di Caprio lidera una banda de especialistas en meterse en los sueños de empresarios para robarles secretos. En la primera misión que vemos, algo sale mal y el contratista (el gran Ken Watanabe) los obliga a ir más allá: quiere que implanten una idea en la mente de alguien.


Nolan, que desde Memento tiene el complejito de ser el más inteligente de la clase, se pone a estratificar varios niveles en su historia, lo que podría ser muy interesante si no resolviera el trámite con persecuciones, tiroteos y explosiones que en el fondo no interesan porque el enigma pasa por otro lado, pero que están puestas para regocijo del deglutidor de maíz inflado. Todo al son de una de las partituras más insoportables, estilo musiquita de juego de computadora, que se recuerden. (Jubilate, Hans Zimmer, ya)


A Nolan le encantan los efectos especiales y tiene talento para la imaginería visual, combinación que fructifica mayormente bien durante los 148 minutos que dura la película. Duración que no se siente demasiado porque el hombre tiene ritmo y sabe contar. Pero le da tantas vueltas al ovillo y los actores están obligados a vociferar tantas explicaciones que uno comienza a sospechar de la supuesta multiplicidad de lecturas y termina comprendiendo que la idea central es elemental y bastante pobretona. Para colmo, Nolan insiste en su tendencia a tomarse a sí mismo muy en serio y el tono dominante es solemne, pedante e “importantoso”. Lo que no quita que entretenga y hasta por momentos seduzca. (En lo personal, disfruté la escena en la que homenajea al Fred Astaire que caminaba por las paredes en Boda real de Stanley Donen)


Di Caprio, quien en la adultez busca sin suerte papeles que le reverdezcan los laureles ganados en su niñez y adolescencia, vuelve a estar lacerado por la culpa como en su film anterior, La isla siniestra de Martin Scorsese. Joseph Gordon-Levitt, Ellen Page, Tom Hardy, Dileep Rao, como los integrantes de la banda, hacen lo posible por pasarla bien. Cillian Murphy, Tom Berenger y Pete Postlethwaite están en la trama de la idea implantada y se ganan el mango con honestidad. Lukas Haas hace un papelito. Ken Watanabe y Michael Caine revisten a sus personajes con algo parecido a una vida. Y la sencillamente maravillosa y apabullante Marion Cotillard, en un personaje que en los términos del cuento no es en rigor un personaje si no una proyección de la mente de Di Caprio, justifica por sí sola la visión de la película. El afiche bien podría resumir así el film: un concepto, acción, efectos especiales, pochoclos y Marion Cotillard.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 31 de enero de 2010

Nine

Sr. Espectador,


Usted puede llegar a disfrutar de esta película, pero primero es imperioso que lea estas advertencias.


1) Es la versión fílmica de una comedia musical basada en 8 y medio de Fellini. Si ha tenido la suerte de ver esta maravilla, proceda a olvidarse de Fellini, Mastroiani, Cardinale, Rota, Di Venanzo, etc. En este caso las comparaciones no son odiosas sino improcedentes. Es como comparar el Taj Mahal con una vivienda Anahí.


2) La música no es pegadiza ni verificable. No saldrá tarareando ninguna melodía salvo quizá "Be Italian" o "Cinema italiano" que consisten en una sola línea melódica repetida al infinito ("Be Italian" tiene al menos una tarantela en el medio). Esto en principio no es bueno ni es malo, pero no creo que tenga la paciencia de escuchar la banda de sonido otra vez para apreciar sus virtudes.


3) Las letras son llanas y carecen de toda elaboración poética. Podrían quitárseles la música y pasar por pedestres líneas de diálogo. Esto tampoco es malo en sí, es un estilo. Simple y nada elaborado.


4) La partitura (tuve el gusto de ver la versión teatral local con Juan Darthés y un elenco de actrices maravillosas que incluía a Sandra Ballesteros, Luz Kerz, Elena Roger, Ligia Piro, María Rojí, Mirta Wons, etc.) exige el contraste entre un tenor y un coro de mujeres. No hay otra voz masculina, salvo la de unos niños que cantan en registro de soprano. Pero dicho contraste jamás es agresivo, puesto que la tenoril es la voz más “femenina” del registro masculino. En la obra, que tiene como 200 canciones más que la película (gracias al Cielo, eliminadas), este contraste es notorio e interesante. Aquí pasa desapercibido.


5) Daniel Day Lewis no canta muy bien, tampoco mal. En mi modesta opinión, es uno de los actores más aburridos y “técnicos” del planeta. Aunque aquí, nobleza obliga, como anda medio perdido con las dificultades que plantea un musical, está un poco más entretenido que de costumbre.


6) El resto del elenco lo componen un ramillete de divas. Todas con una canción, excepto Marion Cotillard, que tiene dos. (Sí, hay justicia en el mundo). Penélope Cruz es la amante. Nicole Kidman es la musa. Sophia Loren es la mamma. Judy Dench es la confidente. Kate Hudson es una periodista. Fergie, la sensual prostituta. Marion Cotillard, la sufrida esposa cornuda. Tanta chica bonita hace que haya un exceso de lencería y que por momento parezca un catálogo filmado de Victoria’s Secret o de Karina Rabolini.


7) Penélope está preciosa y repite su estereotipo de latina calenturienta. Nicole Kidman necesita amigarse con su edad, ya tiene 42 años y el bótox, las mini cirugías y la tonelada de cremas que se pone le dan la lozanía de una muñeca de cera. Eso está bueno para las fotos, pero para actuar se le vuelve en contra, la hace inexpresiva y hierática. Sophia Loren por culpa de tantas operaciones estéticas es una sombra de lo que fue, parece más joven de lo que es (75 años), pero es otra mujer, que rememora a duras penas la Sophia que amamos. Kate Hudson tiene un numerito divertido y gusta. Fergie canta potentemente y zafa. Judi Dench es una grande y como tiene más sabiduría que un zorro viejo no queda malparada. Y Marion Cotillard ratifica su altura de actriz inmensa, la amargura y el dolor que expresa son innegables y conmueven. Fue lo mejor de Enemigos públicos, es lo mejor de esta película.


8) Rob Marshall es un mercachifle que patentó una fórmula que le permitirá llevar cualquier musical a la pantalla. Lo que parecía algo creativo en su Chicago, no es más que una receta efectiva. Si se suma un montaje rapidito, luces teatrales, la mayor cantidad de gente en los números importantes y los encuadres más obvios posibles, se obtendrá el estilo Rob Marshall. Además como carece de vergüenza, roba, perdón, homenajea de donde le quede cómodo, desde Cabaret hasta algunos videos de Madonna y The Police. (Duda inquietante: ¿cuándo dejarán de robar, perdón, abrevar en Cabaret? A esta altura, hasta a mí se me ocurren números con sillas y chicas que no copien nada del “Mein Herr” de la Minnelli.)


9) Es la historia del bloqueo creativo de un director de cine. A ayudarlo aparecerán las mujeres de su vida. Al final nos quedará en claro que es un hombre que sólo puede amarse a sí mismo y quizá a su arte.


10) Lo extraño es que a pesar de todas estas cosas en contra, el film puede seducir. Al menos, aunque lo intenté, no pude odiarlo.

Un abrazo
Gustavo Monteros
(Si van, no se levanten pronto de la butaca, junto con los títulos finales, se ve a las divas ensayar los distintos números musicales. Es muy atractivo.)

viernes, 31 de julio de 2009

Enemigos públicos

Hollywood no puede prescindir de los gangsters, los nazis y los vampiros. No sólo por las historias que pueden generar, sino por una cuestión estética. Circunscriptos en tiempos y lugares determinados, ofrecen la oportunidad de llenar cada centímetro de la pantalla con juegos visuales glamorosos. Porque más allá de la detestable raíz ética que los hermana (que puede despertar mórbidas fascinaciones), el otro elemento común que los une es la elegancia. Y el mundo del espectáculo, hambriento siempre de “charme” no puede perderse la oportunidad de proyectar figuras masculinas empaquetadas en vestuarios vistosos, y rodeadas de ámbitos seductores.


Y aquí están otra vez los trajes y los abrigos holgados de corte impecable, los sombreros, las metralletas, los autos grandes, cuadrados, cómodos, y la escenografía art decó.


Todo se centra alrededor de los 14 meses de fama de John Dillinger, un asalta bancos de la Depresión del ’30, que supo mantener en vilo a la sociedad de su época. El ciudadano medio le tuvo simpatía. En un punto no era para menos. Imagínense que durante el “corralito” hubiera surgido un bandido que robara bancos, no lo hubiéramos detestado precisamente.


Como en toda película de Michael Mann, hay un intento de equilibrio entre los dos lados del conflicto. El agente Purvis (Christian Bale) será tan relevante para la trama como John Dillinger (Johnny Depp). (Como en Heat en que el policía Pacino tenía su dialoguito con el forajido DeNiro, aquí rejas mediante Depp y Bale tendrán su charlita.)


La película cumple con todo lo que se espera de ella, hay glamour, tiroteos estupendamente filmados, excelentes actuaciones, preciosismos formales y hasta algunos lujos que se apartan de la torpeza general del cine pochoclero: Mann confía en su puesta en escena y no apabulla con la banda sonora (la escena de la segunda fuga de la cárcel es toda una bendición).


Pero el film falla en lo esencial: un punto de vista rector, una idea central que enhebre todos los hilos y lo cohesione. No hay una reflexión sobre los caprichos del destino como en Érase una vez en América, ni un retrato de una sociedad cerrada como metáfora de una realidad mayor como en El Padrino, ni la glorificación de vidas tan alocadas como libres como en Bonnie and Clyde, ni siquiera el retrato de una personalidad compleja como en Bugsy. Parece más bien un telefilm de lujo que cuenta el apogeo y caída de un maleante. (Pasó lo mismo con American gangster de Ridley Scott.)


Y causa extrañeza lo que se le pide a Johnny Depp (quizá porque por una imposición comercial que contradijera la idea primigenia o por haberse pasado de vuelta con el análisis, no tengan en claro su personaje). Depp es uno de los pocos actores que no le teme a las caracterizaciones, es más, ha erigido su carrera metamorfoseándose, perdiéndose en maquillajes bizarros y vestuarios extravagantes para corporizar personajes únicos. Aquí sólo se le pide que proyecte su perfil de estrella, que sea sólo “cool”, apenas un poco más que un galán de telenovela. Y así, si bien su personaje tiene matices, reacciona pasivamente a lo que sucede antes que proponer una personalidad definida. Hay además una contradicción fragrante, se dice todo el tiempo que su personaje es muy inteligente, pero las cosas que hace no son muy inteligentes. Y después de más de dos horas que pasan volando, así de entretenida es, uno se queda con que Dillinger es Johnny Depp con sombrero y un par de tics.


Christian Bale está muy bien, pero tiene que aflojar con su tendencia a hablar con una voz pasada de testosterona, ya comienza a cansar. Billy Crudup (J. Edgar Hoover) ratifica que el teatro hace bien, después de algunos años en Broadway regresa al cine más afiatado, pleno de recursos y con un bienvenido histrionismo. Giovanni Ribisi (Alvin Karpis) hace uso y abuso de su particular rostro, no es para menos, es un regalo de los dioses que hay que explotar. Todos los demás (James Russo, Stephen Dorff, Stephen Lang, Lili Taylor, etc.) muy bien 10, felicitados.


Pero la estrella de la velada es la francesa Marion Cotillard (ganadora del Óscar por su conmovedora Piaf en La vie en rose). Se supone que sólo es la bella de la película, pero se pone a bordar su personaje y entrega una mujer tironeada entre la esperanza y el miedo. Una maestra, la franchuta.


A pesar de sus limitaciones, merece verse. Es el ejemplo perfecto de lo mejor que puede hoy ofrecer Hollywood, un gran espectáculo (adulto esta vez para variar), pero en el fondo leve e insustancial.

Un abrazo,
Gustavo Monteros