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viernes, 4 de septiembre de 2026

La película de tres centavos


 

La ópera de tres centavos de Bertolt Brecht y Kurt Weill se estrenó el 31 de agosto de 1928 en Berlín y el teatro no volvió a ser el mismo. Alrededor del mundo, todos a su debido tiempo, tuvieron que empezar a discutir las ideas de Brecht sobre lo que denominó “teatro épico” y “distanciamiento”.

 

Nadie vislumbró el éxito colosal que tendría. Fue de inmediato un ícono cultural alemán y un título obligado de exportación.

 

En su país de origen fue también un suceso de mercadeo: aparte de la gran venta de grabaciones y partituras con la música de Weill, se organizaron fiestas temáticas a partir del argumento, hubo bares y salones en su estilo, se vendió ropa inspirada en las prostitutas, proxenetas y gánsteres de la obra, se imprimieron postales, papel para paredes, y hasta hubo vajillas.

 

El argumento se basa en el clásico inglés del siglo XVIII, La ópera del mendigo de John Gay, traducida para Brecht por Elizabeth Haupmann.

 

Gira alrededor del enfrentamiento entre Macheath (Mackie Messer, en alemán, o sea Mackie el navaja), un estafador, ladrón, proxeneta, asesino, y Peachum, el “rey” de los mendigos de la ciudad de Londres.

 

La enemistad surge porque Mackie se enamora y se casa con Polly, hija adolescente de Peachum.

 

En el devenir de la historia tienen prominente participación la Sra. Peachum, madre de Polly, Jenny, una prostituta examante de Mackie, el Tigre Brown, jefe de policía y Lucy, la “esposa” de Mackie hasta que llegó Polly.

 

Por género es una sátira, en este caso socialista, de marcado inclinación marxista, crítica del capitalismo.

 

La música de Kurt Weill está influida por el jazz, las danzas folklóricas alemanas, el estilo cabaretero y la música clásica, claro.

 

En 2018 para festejar los 90 años de su estreno, el director (por entonces debutante en el largometraje) Joachim Lang, que había escrito su tesis doctoral sobre la versión cinematográfica de 1931 de G.W. Pabst de la obra de Brecht/Weill y que había dirigido el Festival Brecht de Augsburgo, tras unos 10 años de investigación, decidió filmar la historia del intento fallido de Brecht de llevar al cine su versión propia del éxito teatral.

 

Lang llamó a su film La película de tres centavos (Dreigroschenfilm, en el original), distribuido internacionalmente como Mackie Messer, el film de tres centavos de Brecht.

 

A Joachim Lang le quedó una película tan fascinante y compleja como fácil de seguir. Así como Roma no se construyó en un día, si se va por partes y despacio, se pueden acumular tantas capas o pliegues, como se quieran, a un film sin que nadie se pierda.

 

La película comienza en 1928 y nos muestra el caótico último ensayo de la pieza. Vemos que nada fue fácil, que todos tenían opiniones fuertes sobre lo que se estaba haciendo o debía hacerse.

 

Pasamos al estreno y el público se enamora de inmediato de la obra. Hay que obviar la decisión de no hacer bises: al final de cada tema musical se produce una ovación tan clamorosa que la canción debe repetirse varias veces para saciar al público.

 

Estamos entonces en una película que nos introduce en un teatro en el que se ensaya, o sea estamos en un film que va al teatro para después pasarnos al teatro dentro del teatro.

 

De la noche a la mañana todos son celebridades y Brecht comienza a hablarle a la cámara (es decir lo que se llama en teatro eliminación de la cuarta pared y en cine salida del confinamiento cinematográfico).

 

Sabemos por los créditos iniciales que Brecht solo dice frases sacadas de sus escritos. Todo lo que dice remite directamente a su prolífica obra. Y tanto el hablar en forma fidedigna como el dirigirse a la cámara son técnicas documentalistas que se incorporan a la narración.

 

El éxito de la obra es tan apabullante que se discute una prolongación cinematográfica. Primero Brecht se negará, después se contradirá y adherirá a la idea de una película.

 

Comienzan las entrevistas con el productor Seymour Nebenzahl. Y surgen dos visiones que se contraponen. Brecht no quiere una transcripción de su puesta teatral, quiere un despliegue distinto con más escenografías y extras, y en lo ideológico, una profundización de las ideas. El productor, por el contrario, quiere la obra que vio en escena, subrayada por un hálito de cuento de hadas.

 

Como mencioné, las dos concepciones se exponen visualmente. Ya sabemos que la película según las ideas de Brecht jamás se realizó, entonces cada vez que nos adentramos visualmente en su punto de vista, asistimos a lo que pudo hacerse de haberse impuesto el ideario de Brecht.

 

Paralelamente vamos conociendo la obra, vemos su progresión dramática, y atestiguamos el contraste de la visión del productor (teatro tradicional con el involucramiento emocional del espectador) versus el credo del distanciamiento que desarrolla Brecht en su “teatro épico” Todo por el mismo precio, sin que nadie se ahogue con un pochoclo.

 

Como las distintas lecturas o pliegues se van sumando con “naturalidad”, nadie se confunde o se queda atrás.

 

Seguro de su procedimiento, Lang procede a agregarle otra capa, de “realidad” esta vez. Suma escenas documentales de lo que estaba pasando en Alemania por entonces: el advenimiento del nacionalsocialismo (de los nazis, bah).

 

Las discusiones con el productor llegan a un punto muerto y Brecht inicia acciones legales. Sabe que los jueces le fallarán en contra, pero tal veredicto mostrará al público que el capitalismo arrasa al arte y que la visión del artista estás sujeta a la voluntad del que pone la plata, otra instancia de lo que ya dice en la obra original.

 

Otro pliegue, la crítica al capitalismo está dentro de la obra y también se ratifica por afuera.

 

El juicio se teatraliza, entonces por lógica inversa (si lo real se teatraliza, lo teatralizado es real) se subraya que los hechos que la obra presenta (los crímenes de Mackie, el comportamiento de la Policía, el dinero como valor supremo, los negocios como única razón social) tienen asidero también en la realidad.

 

Y nosotros, los espectadores, vamos aceptando e incorporando los distintos planos de realidad y teatralización.

 

Podemos involucrarnos emocionalmente o no, aunque en verdad se nos invita a que lo hagamos, pero solo después de tomar “distancia”, de ver cómo se manejan los hilos que avanzan la trama.

 

Y ya estamos por llegar al final, de la pieza y de la película, porque la trama de la obra siguió desarrollándose, y como tiene canciones, no nos atosigó el juego de tantas lecturas o pliegues, la música del gran Kurt Weill nos fue relajando y maravillando.

 

Conocemos primero el final de la obra y de inmediato se nos cuenta que, para la película sobre la obra, Brecht imaginó que Mackie y Polly terminaban como expertos en negocios especulativos con acciones, o sea ¡en la timba financiera! (consecuencia natural del capitalismo no productivo).

 

No voy a andar con vueltas la película es excelente e intelectualmente muy nutritiva. Algunos la calificarán de didáctica, lo que no considero una descalificación, porque aprender, hasta dónde sé, nunca mató a nadie. Los que nada saben de Brecht, se harán una idea acabada de su credo teatral, de su concepción del mundo. Los que lo conocen, refrescarán conceptos.

 

Esta película confirma que La ópera de tres centavos es una catedral teatral que no necesita agregados ni subrayados para erigirse relevante en los tiempos que corren.

 

Dialoga con la realidad de este país (y de muchos otros que están en situación parecida a la nuestra.)

 

Entonces ¿por qué la versión de la obra que se en estos días en el Teatro Alvear es tan fea y tan mala? ¿Destruyeron la ideología de la obra accidentalmente o a propósito? Si no son traicionadas, las obras viven. Eso que se ve en el Alvear es un cadáver putrefacto.

Gustavo Monteros


https://enunbelmondo.blogspot.com/2026/08/para-hacerla-asi-mejor-no-la-hubieran.html

miércoles, 1 de abril de 2015

Ave Fénix



El melodrama de pura cepa es un género en vías de extinción. Las estrellas modernas, cuando juegan a ser divas, eligen para lucir las dotes dramáticas y el gran vertimiento de lágrimas dramas más realistas, con enfermedades o sin ellas. Las estrellas de antaño, en cambio, habitaban el melodrama como una segunda casa. Casi sin esfuerzo, podían sufrir con estilo suntuoso, con gracia renovada, con intenso glamur las tramas más rebuscadas sin perder por el camino a ningún espectador, o más bien, espectadora, porque el melodrama tenía a la mujer como principal destinataria. Lo del rebuscamiento de la trama no es un tema menor, los desencuentros fortuitos, las casualidades repentinas, las perdiciones irrevocables, las redenciones más accidentales estaban a la orden del día. Por ejemplo, si una mujer pobre para bien casarse con un hombre rico dejaba su beba de meses en la puerta de un convento, veinte años después, necesitada de una secretaria o dama de compañía, entre todas las posibles aspirantes, contrataba a la hija perdida. Los autores huían de la verosimilitud como de un sacrilegio. Y sin embargo cuanto más improbable fuera la situación, mejor funcionaba. El público no solo aceptaba tan enrevesadas convenciones, sino que las tomaba como la intromisión de un destino cruel siempre dispuesto a cobrar su parte. Y ya se sabe, desde la tragedia griega en adelante, nada compele más a la compasión que el ensañamiento de un destino inmisericorde empeñado en no olvidar errores.


Christian Petzold (Jericó, 2008, Bárbara, 2012) no se anda con vueltas y trabaja Ave Fénix como un melodrama. Quizá el género lo ayuda a tratar un tema espinoso: la complicidad civil con el nazismo. Parte de una vieja novela de Hubert Monteihet, Regreso de las cenizas, que ya tuviera otra adaptación cinematográfica dirigida por J Lee Thompson: Return from the ashes / Una llamada a las doce, 1965. La ficha de Filmaffinity me refresca la memoria con esta sinopsis: "Tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la doctora Michele Wolf (Ingrid Thulin) regresa de un campo de concentración y se encuentra ante un panorama desolador: la hija de su primer matrimonio (Samantha Eggar) se ha convertido en amante de su segundo marido (Maximilian Schell). Casi irreconocible, tras sufrir una operación de cirugía plástica, Michele investiga la vida de su familia y acaba descubriendo que su actual marido planea matarla a ella y a su hija para quedarse con su fortuna." Sabrá Dios de qué va la novela original en realidad, porque si el film de Thompson respeta con más o menos fidelidad el argumento, ahora Petzold solo utilizó la situación inicial.


En Ave Fénix, Nelly (Nina Hoss) ha sobrevivido a Auschwitz, con la ayuda de Lene (Nina Kunzendorf) se instala en Berlín. Por tener el rostro desfigurado debe someterse a una cirugía plástica, le pide al médico recuperar su antigua cara. Libre de las vendas, busca y encuentra a su ex marido, Johnny (Ronald Zehrfeld), quien no la reconoce y le pide que interprete a su ex mujer (o sea a ella misma, suprema ironía) para cobrar las herencias legadas por los parientes que perecieron en el holocausto.


Petzold es un arquitecto de la tensión, no ornamenta la sencilla trama sino que la tensa hasta que uno ansíe una resolución que, cuando llega, es magistral. Porque si es cierto que la verdad está en los detalles, la simpleza conmociona más con su despojamiento.  Por supuesto que para que el juego sea perfecto como es, necesita de la complicidad y el talento de los actores. Del primero al último están magníficos, pero es el trío central el que arma y desarma los secretos con envidiable despliegue de expresividad. Imposible no destacar que Nina Hoss está a la altura de las grandes cultoras del género. Uno comparte su destino primero y la ama después sin reservas ni fin.


En el transcurso del argumento, la bellísima canción de Kurt Weill, Speak low, con letra no menos hermosa de Ogden Nash, tiene una particular significación. Y como Weill es una de mis debilidades más cultivadas, que esta canción pautara la historia me regocijaba indeciblemente.


En resumen, si usted es un espectador sensible y adulto con hambre de cine sensible y adulto, sáciese con esta maravilla, sin duda uno de los mejores filmes que veremos este año.
 
Gustavo Monteros