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viernes, 16 de mayo de 2025

Querido diario - Hoy: Dos con elencos prisioneros



 

Pietro (Elio Germano) no puede creer su suerte. Acaba de mudarse a Roma y ya consiguió un departamento grande, luminoso, bien ubicado y para nada inaccesible económicamente. Eso sí, no sabe que tiene un problemita: lo cohabitará con fantasmas. Y no uno o dos, si no ¡ocho! Tres mujeres, cuatro hombres adultos y un chico. Un elenco teatral completo, literalmente.

 

Durante la Segunda Guerra, la noche que iban a estrenar un espectáculo, tuvieron que escapar del teatro con el vestuario de la obra puesto porque los venían a buscar para llevarlos a un campo de concentración. Se refugiaron en el departamento que ahora comparten con Pietro. Y no los mató una bomba ni la toma de Roma sino una estufa defectuosa.

 

Necesitan que Pietro ubique a Livia Morosini (Anna Proclemer) que iba a ser la estrella del espectáculo para que les diga quién los denunció. Encontrar a una persona después de tantos años no es tarea fácil y Pietro, un gay despistado y romántico que bordea el acoso a sus excompañeros sexuales, tiene problemas más urgentes.

 

Estoy tan domado por las tramas adocenadas de Hollywood que esperaba que los fantasmas ayuden a Pietro a solucionar sus problemas sentimentales. Pero no van por ahí los tiros. Todo lo de Pietro quedará en ciernes, en potencialidad. Es el misterio del elenco que no puede abandonar el departamento lo que importa.

 

Esta Magnifica presenza (Magnífica presencia, 2012) es un título representativo de la carrera del Ítalo turco Ferzn Özpetek, que sabe armar historias muy atractivas con humor elegante y refinado melodrama, como lo corroboran Haman / Baño turco de 1997, La fate ignoranti / El hada ignorante de 2001, La finestra di fronte / La ventana de enfrente de 2003, Mine vaganti / Tengo algo que decirles de 2010, o la reciente Diamanti de 2024.

 

En The Purple Rose of Cairo (Woody Allen, 1985) a Cecilia (Mia Farrow) no le va muy bien en plena Depresión norteamericana. En realidad, a muy pocos les va mejor, pero a ella los problemas económicos de la mayoría se le agravan por estar casada con Monk (Danny Aiello) un grandote vago y pendenciero y de mano rápida. Por suerte, tiene un refugio y un consuelo: el cine y sus películas. Las alocadas fantasías de los filmes en blanco y negro de los años treinta la transportan a ambientes ricos, elegantes, sofisticados donde todos encuentran un final feliz.

 

En la película de esta semana, La rosa púrpura del Cairo, el galán (Jeff Daniels), por momentos, parece desentenderse de la acción dramática y prestarle atención a Cecilia. Algo que se comprueba casi de inmediato: el galán sale de la pantalla para huir con ella. La fuga le representa a Cecilia mayores inconvenientes, el galán en este mundo tiene carne y hueso, aunque no deja de ser un personaje de ficción que entiende el ambiente para el que fue creado, pero que ignora la forma de vida de este lado de la pantalla.

 

El elenco de la película del que el galán huyó se las ve de figurillas para seguir entreteniendo al público. En un principio lo logran, pero después se cansan y aburren. El dueño del cine recurre al productor original del film y este viene a ver qué es lo que está pasando, acompañado por el actor hollywoodense que hizo al galán.

 

Mientras todos buscan una solución, la película no puede dejar de proyectarse. Si se dejara de dar, el galán no podría volver a la pantalla y se desconoce que otros problemas generaría.

 

El elenco comprende que puede liberarse de la trama que los aprisionaba y que pueden ensayar otras alternativas. Así el maître del Morocco se pone a bailar y demuestra que está para mucho más de lo que lo hacen hacer siempre.

 

Cecilia será puesta en una disyuntiva y elegirá con sensatez y al hacerlo caerá en una trampa. Los hacedores de sueños, los que los imaginan, les dan forma, los concretan pueden traicionar. Los sueños, no. Valga la paradoja.

 

Llevaba siglos sin ver La rosa púrpura del Cairo, me alegró comprobar que sigue lozana y vivaz como el primer día, o sea que es lo que sospechamos en tiempos de su estreno: una obra maestra imperecedera.

 

 Quizás algún que otro chiste suene fuerte para la hipersensibilidad actual. Pero no hay que perder el contexto, una obra (cualquiera, todas) es hija de sus tiempos. Y aunque sea obvio, que valga repetir que la corrección política actual no se condice ni por asomo con lo que se permitían jugar en los setenta, ochenta e incluso hasta bien entrados los noventa. Insisto no hay que ver las obras del pasado con los parámetros contemporáneos. Si lo hacemos no se salvan ni La Ilíada, ni La Biblia, ni La divina comedia, ni El mercader de Venecia, ni el Martín Fierro.

Estas dos películas pueden verse en Prime Video

Gustavo Monteros


jueves, 11 de abril de 2019

Annie

El director John Huston podía hacer cualquier cosa. No porque su versatilidad fuera prodigiosa, sino porque su profesionalismo era a prueba de balas. A lo largo de su carrera había probado ser un profesional hábil y sobre todo confiable. Puede que el proyecto no se aviniera a su sensibilidad, su interés o su talento, pero no por eso dejaría de entregar un producto serio y vendible y a tiempo, sin demasiadas demoras que engrosaran el presupuesto inicial.


A principios de los ochenta, andaba por los setenta y pico y procuraba tachar de su lista los proyectos que quería hacer y que comprometían su arte. Su salud declinaba y no era un hombre proclive a restringirse placeres de alcohol y tabaco, sobre todo. A lo largo de su vida se había bebido un par de destilerías y se había fumado un par de cosechas de Cuba. Había tenido a todas las mujeres que había querido y no extrañaba las hazañas de la cama. Las drogas no lo habían hecho adicto y podía prescindir de ellas por un whisky, incluso uno regular.


Entre sus ambiciones no realizabas, figuraba llevar al cine la novela de Malcolm Lowry (considerada infilmable) Under the volcano/Bajo el volcán. Como era considerado un proyecto muy poco rentable, no había productores dispuestos a aventurarse, por lo que el viejo Huston debía producirla él mismo. Para ello necesitaba trabajar y aceptaba lo que le propusieran. Aunque fuera una de terror, terrorífica en todo aspecto comenzando por un muy pobre guión (Fobia, 1980) o una de fútbol en un campo de concentración de la Segunda Guerra en la que había que hacer magia, porque el presupuesto era magro, el elenco numeroso, y encima había que recrear “época”. Le salió bastante bien y fue por estos pagos todo un éxito. Porque somos futboleros y aparte de las rutilancias de Stallone y Michael Caine, andaban en este argumento el mundialista Osvaldo Ardiles y el rey Pelé. Victory, a secas, era el título original, ampliado aquí como Escape a la victoria, 1981.


A poco de terminarla, el productor Ray Stark, muy amante de llevar obras de teatro triunfadoras en Broadway al cine, le ofreció el éxito más comentado por aquellas temporadas: el musical Annie.


Cuando la vi en ocasión de su estreno en 1982, me pareció que no se había esmerado demasiado, pero ahora que se supone sé más, o que al menos tengo muchísimas más horas de cine, comprendo que estaba equivocado.


Para empezar se aseguró de tener en el reparto amigos y talentos que le resolvieran los personajes sin obligarse a estar excesivamente sobrio al dirigirlos. Albert Finney, convenientemente pelado para el rol, era el ricachón que necesitaba invitar una huerfanita a su palacete (literalmente) para mejorar su imagen de sociópata. Su asistente era la alta de piernas eternas Ann Reinking. A John le divirtió la idea de equiparla a la también maravillosa bailarina de piernas eternas, Cyd Charisse. La directora del orfanato era la infaliblemente cómica Carol Burnett, secundada por los “malos” Bernardette Peters y Tim Curry, dos delicias en estado puro. Y claro, un ejército de niñitas.


Para sorpresa de todos, dirigirlas fue su mejor contribución a la película. El hombre tenía en su currículum unas cuantas historias de malandrines sin suerte. Quizá las huerfanitas no llegaran a dedicarse a una vida de delito, pero que tenían poca  o ninguna suerte era muy comprobable. Y ¿cuál es la diferencia ente una cárcel y un orfanato de melodrama tipificado? La edad de los internos. Esto, supongo, que fue lo que más estimuló su morbo creativo. Como sea, insisto, lo mejor de la película son las escenas en el encierro del orfanato. También tiene mucho nervio la persecución final, el final feliz está garantizado, pero que no sea óbice para no someter a la pobre Annie a unas cuantas torturas previas.


La nena Aileen Quinn fue una Annie tan pelirroja como simpática secundada por el peludo y pulguiento perro Sandy.


Annie tiene unas cuantas canciones muy logradas y de mejor oír.


Lo ganado en esta  película redondeó finalmente el presupuesto para rodar Bajo el volcán en 1984, el protagónico recaería de nuevo en el muy talentoso Finney, con pelo esta vez.


Annie ha regresado a Netflix y merece verse o reverse porque después de todo “Seguro que hay sol…mañana”


Gustavo Monteros









En colores imágenes de la película. En blanco y negro, el director John Huston y las chicas de Annie.