Mostrando entradas con la etiqueta Greta Gerwig. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Greta Gerwig. Mostrar todas las entradas

jueves, 24 de mayo de 2018

Isla de Perros



En las redes sociales (o antisociales) circula un meme muy popular que dice: Es viernes y tu cuerpo lo sabe. Podríamos parafrasearlo y poner: Hay una nueva película de Wes Anderson y tu cinefilia lo sabe. De entre toda la amplia oferta de estrenos que van de una historia muy anterior de Han Solo, a una interlocutora de la Virgen María, pasando por hombres argentinos puestos a prueba y adorables alienígenas que le cambian la vida a un chico solitario, los Andersianos sabemos qué veremos primero (y segundo y tercero) en este fin de semana largo: Isla de perros.


Los Andersianos somos una banda amable, aunque si alguien nos pregunta ¿cuál era Wes Anderson?, no nos dignamos responder, nuestro ocasional interlocutor no merece pertenecer a la banda. Wes Anderson lleva más de 20 años (22 para ser precisos) dando películas en el circuito comercial, de modo que quien nos pregunta ya visto más de un Anderson y si no le ha alcanzado para convertirse en un Andersoniano, nuestra prédica es inútil y hasta redundante.


Anderson tiene una manera única de contar y hacer imágenes (es tan peculiar que bastan un par de fotogramas para que cualquiera levante el dedo y señale con un es un Anderson). No he visto esta todavía, cuento las horas para hacerlo, y ya la recomiendo. No porque venga procedida de elogios prodigados por los que la vieron (hasta sus detractores la celebran) sino porque no hay Anderson que no merezca ser visto (del mismo modo que no hay Bergman, Kurosawa, De Sica, Truffaut, Fosse, o el maestro que sigas, que no merezca ser visto). Ojo, siempre se puede ser un Andersoniano, eso sí, no esperes que te convenzamos. El amor es como la fe, da envidia tenerlo, pero no es contagioso, se da o no se da.

Gustavo Monteros


jueves, 1 de marzo de 2018

Lady Bird


Siempre se dice que todo adulto tiene un niño oculto que sale a la luz a la menor oportunidad. Mi reacción ante las películas de inicio a la madurez (las coming-of-age)que últimamente me apasionan, me lleva a pensar que más que un niño tenemos un adolescente. Esa edad tan difícil en la que nos negamos a dejar las protectoras maravillas de la niñez y menos a adentrarnos a los desencantos de la supuesta madurez. Para no ser consumados boludos a pedal terminamos por actuar como si hubiéramos alcanzado la adultez, pero en realidad, en secreto, extendemos la adolescencia hasta la eternidad.


Lady Bird trata del pasaje a la adultez de una adolescente (Saooirse Ronan) en Sacramento. La vemos en su último año de la secundaria en una escuela católica. La vemos pelear con su madre,(Laurie Metcalf)  una señora que trabaja a destajo porque es la que para la olla; la vemos entenderse con su padre, (Tracy Letts) un hombre que tras mucha amabilidad tapa una depresión machaza; la vemos también iniciarse en el amor, (Timothée Chalemet, Lucas Hedges) que como todos sabemos no es algo unívoco; y la vemos participar en el musical que preparan en la escuela  (¡Dios bendiga a la autora/directora), que no es otro que un Sondheim genial, Merrily we roll along.


Segunda película como directora de la actriz, Greta Gerwig, ha logrado encantar a públicos y críticos y se ha colado en varias premiaciones, con toda razón.  Es de esas películas de la que nos enamoramos y que terminamos por ver a repetición cada vez que nos quedamos sin opciones. El elenco es sencillamente maravilloso.
Si no la ve hoy, véala mañana, pero véala, es de las imperdibles.

Gustavo Monteros

jueves, 9 de marzo de 2017

Jackie

Quizás yo no sea el mejor candidato para hablar de Jackie de Pablo Larraín, pero intentémoslo al menos.


Jackie se estructura a partir de la entrevista que le hizo el periodista Theodore White (Billy Crudup cubre este personaje, que sabrá Dios por qué, aquí se lo llama a secas El Periodista) el 29 de noviembre de 1963 para la revista Life. Jackie no es la típica película biográfica, no, es más bien un retrato artístico de una personalidad en un trance muy difícil y determinante de su vida. Este retrato se vertebrará también en la recreación del especial para televisión de 1962: Una visita a la Casa Blanca con la Sra Kennedy. Y es de capital importancia también el diálogo que tiene con un sacerdote (John Hurt). Todo girará acerca de los prolegómenos al atentado a John Fitzgerald Kennedy, la ejecución del mismo, sus consecuencias y los preparativos y realización de sus honras fúnebres.


No hay una linealidad, el guión va para adelante y para atrás en un acotado marco de tiempo, apenas un mes, como mucho, pero el juego es de una claridad meridiana, siempre sabemos en qué momento estamos. El modelo narrativo usado no es el de las cajas chinas, ni el de los espejos enfrentados, sino más bien, aquel que se llama el del espejo roto, cuyos fragmentos van reflejando aspectos distintos de la realidad  elegida. Y esta vez, es la partitura la que da cohesión al todo. No es una banda sonora intrusiva, no, introduce, acompaña, celebra. Tiene los instrumentos típicos, los infaltables violines, por ejemplo, pero es de una creatividad inusual. Sin ser tan rara como la de Jonny Greenwood para Petróleo Sangriento (There will be blood, Paul Thomas Anderson, 2007) no se recuesta en el típico colchón de compases melifluos. Pertenece a la compositora Mica Levi, un nombre a tener en cuenta y seguir.


Larraín logra un film particularmente impecable en su elegancia, la dirección de arte, el maquillaje y vestuario son de una gran belleza. El tono elegíaco sumado a la luminosidad de los ambientes va creando de a poco una atmósfera onírica, no, más que onírica, sonambulesca. Comunica con contundencia ese estado de melancolía, extrañeza, sensibilidad y agudeza que da la pérdida de un ser querido. Nos mete en ese estado de tristeza irremediable y de tranquilizantes asimilados.


Y se vuelve atrapante cuando abreva en los detalles. Por ejemplo, el momento en que le toman juramento a Lyndon Johnson (John Carroll Lynch) y comprobamos como ella pierde el centro de la escena y cómo lo resiente. Y los vericuetos, las idas y vueltas de las pompas fúnebres, más la tozudez de Jackie de no cambiarse el traje ensangrentado hasta llegar a la Casa Blanca. Y sobre el final, la utilización de la última canción del musical Camelot de Loewe - Jay Lerner, cantada por Richard Burton que dio origen al mito.


Sí, se dice que Jackie fue una de las pioneras en comprender la importancia de la televisión y la imagen, que la presidencia de su esposo no tuvo el brillo que ella le adjudicó con sus gestos. Casi sobre el final vemos su máximo triunfo, el de las tiendas que se pueblan con maniquíes vestidos con modelos que copian su estilo. El famoso conjuntito de remerita manga corta y camperita de banlon completado con el collarcito cortón de perlas fue usado por las señoronas con pretensiones de distinción hasta bien entrados los setenta. Y por estas tierras de prosapia latina, desterró en el luto el llanto destemplado por el dolor estoico, con lágrimas para la intimidad y en público un rostro sufrido pero seco.


A pesar de su exposición mediática, Jackie fue siempre un misterio. Y Natalie Portman y Pablo Larraín parecen por momentos develar aspectos del misterio, pero esta operación tapa más de lo que revela. Cuánto más parece abrirse, más se cierra en realidad, más se afirma en los ropajes del ícono, el trajecito, el sombrerito, el peinadito, la carterita, los zapatitos.


Natalie Portman entrega una actuación deslumbrante, hipnótica. Por momentos muy vulnerable, en otros férrea, más todos los estados intermedios. Recrea también con exactitud la forma de hablar de Jackie, que era, claro, la de las mujeres neoyorquinas de clase alta. Confieso que esos susurritos modositos de gatita morronga me sacaron de quicio en un principio, pero después me fui acostumbrando y los acepté. Esta actuación notable de Portman me remitió a la Michelle Pfeiffer en Love Fields / Conflictos de amor donde era una rubia obsedida con Jackie al punto de la imitación maníaca. Comprendo ahora por qué Michelle hablaba como hablaba en esa película. Si existieran los dobles programas, deberían dar Jackie primero y después Love Fields, cubren las mismas fechas desde perspectivas opuestas, en una se vería las intimidades de esta primera dama irrepetible y en la otra cómo el público de la época, en especial algunas mujeres, se identificaban en Jackie hasta la veneración.


Aparte de los ya nombrados, se lucen Peter Sarsgaard como Bobby Kennedy, Greta Gerwig, como su secretaria privada, Richard E Grant, como el asesor en decoración, Beth Grant como la señora de Johnson y Max Casella como el jefe de prensa. El danés Caspar Philipson personifica a John Fitzgerald Kennedy, más una foto que un personaje, no es su demérito, es elección del guión y del director.


Creo que no me fue tan mal, que describí más o menos bien los muchos méritos de este film. Hago esta aclaración porque, como dije por ahí, antes, en algún otro escrito, las biopics (películas biográficas) me tienen harto y encima, confieso, que Jacqueline Lee Bouvier Kennedy Onassis nunca me importó un comino y me pareció, perdón, es sin intenciones de ofender ni discriminar, una pelotuda importante.


Habla maravillas del arte del director Pablo Larraín, del guionista Noah Oppenheim y de Natalie Portman que me interesara y compartiera el dolor de esta mujer que nunca me cayó bien.

Gustavo Monteros


viernes, 7 de agosto de 2015

Un nuevo despertar



No bien empieza, Al Pacino cita un dicho de Oscar Levant (un pianista de excepción, el amigo “feo” de Gene Kelly en Un americano en París (1951, Vincent Minnelli)  ¿se acuerdan?): “Hay una delgada línea entre el genio y la locura, y yo la borré”. La frase es como el epígrafe perfecto para esta historia, porque Simon Axler (Pacino, por supuesto) es un actor al que la magia se le ha muerto y el oficio mucho no lo ayuda. En medio de una función de Cómo les guste de William Shakespeare anda a las patadas con el famoso monólogo de las 7 etapas del hombre, algo muy terrible de tan obvio, es como olvidarse el apellido propio, el himno o número de la casa donde se vive, encima, para colmo de males, como se acostumbra en estos tiempos de estupidez, los espectadores están más pendientes de lo que pasa por sus telefonitos que lo que pasa en escena (¡¿para qué carajo va alguna gente al cine o al teatro si se la pasa todo el tiempo revisando los teléfonos?!, ¡quédense en sus casas y sean felices!, perdón, parte de la estupidez contemporánea me subleva), de modo que al pobre Simon, no le queda otra que ir al proscenio y dejarse caer literalmente de narices al foso de músicos. El regreso a casa no es menos auspicioso, está más solo que la una en un reloj parado. Termina en una clínica de recuperación psiquiátrica dirigida por el Dr Farr (Dylan Baker, al que su natural cara de azoramiento perpetuo le viene como anillo al dedo para este personaje). Allí, Simon, para su desasosiego, conoce a Sybil (una deliciosa Nina Arianda) que quiere, por haberlo visto interpretar a un eficiente asesino una vez, que le mate al marido que se atrevió a meterle los cuernos con la niñera. De vuelta a casa, Simon recibirá la visita de la hija de unos actores amigos, Pegeen (Greta Gerwig que hace lo que puede con un personaje desagradecido) con quien iniciará una relación muy particular. Y entonces, de a poco, nosotros, los espectadores, comenzaremos a no saber si lo que vemos es realidad o si estamos dentro de la enajenación de Simon.


El trámite de seguir las desventuras de Simon es siempre atractivo, el único problema es que la película nunca halla un estilo definido con el cual perfilarse por completo. No es del todo una comedia negra sobre la inmanencia de la muerte, ni una sátira sobre la fama, ni un drama sobre la dificultad de un romance de marcada disparidad de edades. Es un poco de todo eso junto, y nada de eso a la vez. Y quizá el problema radique en que el film o su director nunca quieren sacar de la zona de confort a su protagonista, el gran Al, quien no domina ni se siente cómodo en la comedia (la única vez que Pacino salió de su zona de confort e intentó algo parecido a la comedia fue en Dick Tracy (1990, Warren Beatty) donde payaseó al extremo, cosa que no debe haberle gustado, porque jamás lo intentó de nuevo). Pacino, como todo gran actor dramático, se aproxima al humor por el lado de la ironía, del sarcasmo, del gag físico, pero no termina de asumir o comprender la dislocación, el delirio, el desparpajo que transforma al actor en un comediante. Ojo, no me malinterpreten, Pacino sigue siendo Pacino, y todo lo que hace es hipnótico y seductor, de calidad superlativa. En su grandeza transforma las limitaciones para la comedia en una exploración de las riquezas de su talento.


Dirigió el desparejo aunque siempre atendible, Barry Levinson (Good morning, Vietnam, Rain man, Avalon, Bugsy). Y andan también por ahí Dan Hedaya y Dianne Wiest como los padres de Pegeen (Dianne como siempre desparrama talento), un regresado Charles Grodin es Jerry, el agente de Simon; mientras que la magnífica Kyra Sedgwich y un novato Billy Porter hacen de ex parejas de Pegeen. Ah, y la veterana Mary Louise Wilson, de luminosa actuación en Nebraska (2013, Alexander Payne) es la ama de llaves, que se roba una escena y la eleva al eterno recuerdo.


En resumen, Pacino es Pacino en una película no muy personal ni definida pero digna. Y dado que se basa en una novela de Philip Roth (The humbling / La humillación) y fue filmada con anterioridad, no podemos hablar de plagio, de citas ni homenajes, aunque es imposible no notar evidentes coincidencias con Birdman. (Bah, quizá los creadores de Birdman deberían explicarlas)

Gustavo Monteros