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viernes, 22 de abril de 2022

Munich


 

Demos un paseo por películas que tienen el nombre de una ciudad, país, provincia o accidente geográfico como título (ejemplos: Veracruz, Tanganica, Kamchatka, etc)

 

Hoy: Munich


Nos dicen Munich y la edición del Almanaque Mundial de nuestra cabeza, nos remite de inmediato a dos datos, el Putsch de Múnich o sea el fallido golpe de estado de 1923 que concluiría con Hitler y Hess, entre otros dirigentes nazis, en la cárcel, y la Masacre de Múnich de 1972, cuando en los Juegos Olímpicos de verano, un comando de terroristas palestinos de la organización Septiembre Negro tomó como rehenes a once integrantes del equipo olímpico de Israel para terminar masacrándolos, el crimen fue visto en vivo por la televisión.


A las consecuencias de este segundo hecho nos refiere Munich, película de Steven Spielberg de 2005. El guión de Tony Kushner y Eric Roth se basa en el libro de George Jonas, Venganza, el relato verídico de una misión contraterrorista israelí. Libro y película cuentan como Israel, en represalia por la masacre, armó un equipo clandestino de cinco miembros (Eric Bana, Daniel Craig, Ciarán Hinds, Mathieu Kassovitz, Hanns Zischler) para liquidar a los responsables del atentado.


Spielberg ejecuta un thriller de sostenido suspenso que sortea magistralmente la dificultad de una trama que es episódica (la sucesión de ejecuciones) en vez de la tradicional que construye interés al desplegarse.


Steven Spielberg es un maestro inmenso permanentemente subestimado. Nadie en su sano juicio puede negar su genialidad, pero si se pide que nombren a los mejores directores de la actualidad, nunca aparece su nombre en primera instancia cuando deberíamos comenzar con el suyo toda lista posible.


Spielberg es, por suerte, prolífico y no infalible, lo que permite apasionarse por su obra y defenderla. Munich está entre sus films imperecederos y logrados. Si se la cruzan por streaming o cable, descúbranla si no vieron y vuelvan a disfrutarla si la vieron.


(Hasta la fecha, abril de 2022, entre cortos, episodios de series para TV, telefilmes, documentales y largometrajes de ficción, ha dirigido 57 películas, y la única flojita, es imposible que algo suyo sea malo, es Always /Siempre (1989), acto de amor por Holly Hunter, de cuando estuvo brevemente loco por ella. Se deduce, entonces, que el amor es maravilloso, inspira, pero no siempre paga…)

Gustavo Monteros

jueves, 28 de septiembre de 2017

La estafa de los Logan

Los directores de cine son también seres humanos. Sí, ya sé, estoy diciendo una pavada, que no lo es tanto cuando conciben una genialidad y uno sospecha que sean semi-dioses. El Bergman de El séptimo sello, el Fellini de La dolce vita, el Welles de El ciudadano, el Truffaut de Los 400 golpes, el Favio de El romance del Aniceto y la Francisca o el Scorsese de Buenos muchachos, por mencionar solo algunos indiscutibles, fueron más que humanos cuando crearon esos hitos de la historia del cine. Steven Soderbergh no es todavía un indiscutible, pero va camino de serlo. El hombre derrocha talento aunque no haya producido su obra maestra. Quizá haya sido eso lo que lo llevó en 2013 a decir: me retiro, no hago más cine, no juego más. Algo dudoso porque no se iba a pintar acuarelas junto a un río serpenteante, a escribir novelas cínicas en algún sótano perdido o a soñar margarita en mano en una playa tropical. No, seguiría como la cabeza rectora y a veces ejecutora de la serie protagonizada por Clive Owen, The Knick (sobre la vida personal y profesional de los que trabajaban en el Hospital Knickerbocker de Nueva York a principios del siglo XX). Y no hacía falta ser clarividente ni prever en bolas de cristal para suponer que regresaría a hace cine más temprano que tarde.


Es que el hombre ama al cine. En todos sus géneros y variantes. Su filmografía es un zafarrancho ecléctico de títulos que van desde la inaugural Sexo, mentiras y videos (1989) pasando por Traffic (2000) hasta los dos Che (2008). Y que conste que menciono solo algunos de los más recordados para no apabullar. Dejé afuera a propósito la saga de ladrones que contribuyó y mucho a su fama y fortuna: Ocean’s Eleven/La gran estafa (2001), Ocean’s Twelve/La nueva gran estafa (2004) y Ocean’s Thirteen/Ahora son trece (2007). La primera película fue una recreación de una que con el mismo título, Ocean’s Eleven, había protagonizado Frank Sinatra en 1960, junto a Dean Martin, Sammy Davis Jr., Peter Lawford, Angie Dickinson, Joey Bishop, Richard Conte, César Romero, Akim Tamiroff y Henry Silva y que aquí conocimos como Once a la medianoche. En ambas, claro, se robaba un casino.


Como se recuerda esta saga dirigida por Soderbergh estuvo protagonizada por George Clooney, Brad Pitt, Matt Damon y con Scott Caan, Casey Affleck, Shaobo Qin, Bernie Mac, Don Cheadle, Carl Reiner, Elliott Gould, Eddie Jemison y Andy García, en los secundarios de las tres. Julia Roberts estuvo en las dos primeras y no en la última, mientras que Vincent Cassel y Eddie Izzard faltaron a la primera, pero no a las dos últimas. Catherine Zeta-Jones solo estuvo en la del medio y Al Pacino y Ellen Barkin pasearon solo por la tres.


Como decíamos no hace mucho, el género de ladrones es muy popular, y cuando está bien hecho se vuelve inolvidable y se lo revisita en sus reapariciones. Pecado que confieso cometí con las tres. Las vi en cine, después las bajé y volví a verlas, me detenía en ellas cuando las pasaron por cable o televisión abierta, y cuando estuvieron en plataforma de contenidos, las reví, por las dudas recordara mal algún detalle. Es la ventaja de las comedias policiales amables, uno puede volver a verlas, un  gran drama o una de llorar, en cambio, solo se las vuelve a ver si se está en vena de desahogo.


Y ahora Steven Soderbergh sale de su autoexilio con otra banda. El título elegido quiere emparentarlo con la presidida por Clooney, Pitt, Damon, pero tuerce un poco los términos. Más apropiado hubiera sido llamarla La suerte de los Logan o para fortalecerlo un poco más, La maldición de los Logan.


Jimmy Logan (Channing Tatum), harto de patear maltratos y miserias,  convencerá a sus hermanos, Clyde (Adam Driver) y Mellie (Riley Keough), hijos del sur estadounidense,  de participar en un gran robo. Será necesario reclutar a un experto, Joe Bang (Daniel Craig) quien a su vez involucrará a sus hermanos menores, Fish (Jack Quaid, en la vida real hijo de Meg Ryan y Dennis Quaid) y Sam (Brian Gleeson, en la vida real hijo de Brendan Gleeson y hermano de Domhall, Fergus y Rory, Gleeson, claro). Como se ve, la cosa familiar pesa mucho en esta película (y en la vida). La hija de Jimmy, la pequeña Sadie (Farrah Mackenzie) pivoteará una subtrama tan seductora como conmovedora. Alrededor de Sadie orbitan su madre, la exesposa de Jimmy, Bobbie Jo (Katie Holmes), su padrastro Moody (David Denman) y sus medio hermanitos, Dylan (Boden Johnston) y Levi (Sutton Johnston). Y mucha relevancia tendrán también los personajes de Seth MacFarlane y Hilary Swank.


Ya se sabe, para que una de ladrones funcione, uno debe simpatizar con los personajes para que su suerte nos importe, conocer el plan a medias, para garantizarnos algunas sorpresas y revelaciones, y que no todo salga según lo previsto, para que haya súbitas contingencias e imprevistos. Todo lo cual se cumple aquí a la perfección. Si los ladrones comandados por Clooney en la saga de su Danny Ocean eran como él, muy cool, estos, liderados por el bueno de Channing Tatum son tirando a muy anti-cool. Diría que hasta un poco redneck (ver definición de Wikipedia abajo).


Es una de las mejores películas del año, entretenimiento puro, claro, porque tampoco todo puede ser profundidad y filosofía. Sencillamente imperdible. Ah, Daniel Craig entrega una actuación regocijante como pocas.

Gustavo Monteros


“Redneck es el término utilizado en Estados Unidos y Canadá para nombrar el estereotipo de un hombre blanco que vive en el interior de aquel país y tiene una baja renta. Su origen se debe al hecho de que por el trabajo constante de los trabajadores rurales en exposición al Sol acaban quedando con sus cuellos enrojecidos (del inglés red neck, "cuello rojo"). Hoy en día se suele utilizar para denominar de manera peyorativa a los blancos sureños conservadores. El término también es usado ampliamente para despreciar a la clase trabajadora y los blancos rurales que son percibidos por los progresistas urbanos como no liberales. A la vez, algunos sureños blancos recuperaron la palabra, autoidentificándose con ella y usándola con orgullo.” Wikipedia dixit


sábado, 7 de enero de 2012

Las aventuras de Tintín - El secreto del Unicornio


Detrás de todo lo que hacemos, por más pequeño que sea, hay una historia. Por lo tanto detrás de todas las películas, hay una historia. Y si la película involucra a un genio como Spielberg, la historia adquiere relevancia, trascendencia y, si te descuidas, proporciones míticas.
 

Como es de público conocimiento, en 1981 Spielberg hizo una cosita (maravillosa, ella) llamada Los cazadores del arca perdida. Cuando se estrenó en Francia, los críticos (franceses, ellos, claro) se pusieron a decir que el film tenía parentesco con Tintín. Tanto batieron el tambor que Hergé, creador de Tintín, fue a ver Los cazadores del arca perdida y Spielberg se apropicuó de algunos libros de Tintín. Fue amor eterno a primera vista. Hergé se enamoró de Indiana Jones y Spielberg se enamoró de Tintín. ¡Ah!, pero el amor no pudo concretarse en vida de ambos. Sin embargo, Hergé en su lecho de muerte bendijo a Steven Spielberg como el único director capaz de hacer justicia a sus historietas. El tiempo pasó y un buen día Steven se levantó y decidió que había llegado el momento de hacer Tintín. (Bueno, en realidad, los herederos de Hergé le hicieron saber a Steven que estaban dispuestos a renovarle la cesión de los derechos). Como sea, la cosa es que Steven dijo sí y se puso a armar la preproducción. La primera idea que tuvo fue hacerla con esa antigualla que es la acción en vivo, con esa cosa más antigua todavía que son los actores de carne y hueso; con excepción de Milú, el perrito, al que que lo quería en animación digital. Fue a ver al hipertalentoso Peter Jackson (El señor de los anillos, King Kong y esas cosas) para que lo ayudara con la digitalización. Jackson lo convenció de que si la hacía con actores de verdad le quedaría como el museo de  Madame Tussaud o sea llena de apósitos, prótesis y barbas de utilería. El bueno de Jackson le propuso que la hiciera en captura de movimiento, esa técnica que permite crear personajes fotorrealistas enchufándole al actor electrodos por todos lados para capturar o sea robarle los gestos y movimientos y después encastrarlos en entornos hiperrealistas digitalizados. Danger! a excepción de los insoportables hombrecitos azules de Avatar, las películas que usaron captura de movimientos eran todos bodrios, muy feos de ver. Ya sea porque le gustó el desafío o por que le encantó hablar con Jackson, el bueno de Stephen se decidió por esta técnica. Bueno, tanto le gustó colaborar con Jackson que lo asoció al proyecto: si la película es un éxito, habrá una segunda que dirigirá el bueno de Peter. Lo demás si fue coser y cantar o un laburo de enanos lo sabrán ellos, la cosa es que aquí está Tintín, animada y en 3D (también en 2D, ¡gracias a Dios!)
 

En esta parte, parafraseo la vieja rima infantil y me pongo a cantar: Yo no son Tintinólogo, ni lo quiero ser, porque los Tintinólogos se echan a perder. Y sí, los Tintinólogos tienen que bailar con un par de feas. Hergé era un hombre muy sensible al aire de su tiempo y acataba las bajadas de línea sin mucho tamiz. La primera aventura de Tintín, por influjo de un sacerdote católico fascista, es colonialista mal, con congoleños brutos que justificaban la intervención "civilizadora". Después cuando los Nazis tomaron Bélgica, Hergé trabajó en un diario colaboracionista. Si bien dicen que en ese período quitó toda referencia a lo que pasaba en la calle, cuando trabajas en una pescadería, el olor se te pega. Después, en tiempos más correctos políticamente, su trabajo se circunscribió a realidades más perfumadas. Como sea, eso es historia antigua, muy discutida y aclarada. En la Segunda Guerra y sus prolegómenos, no todos estuvieron todo el tiempo del lado correcto. A lo que voy, es que como no soy Tintinólogo, no sé que hay de traición o respeto en la adaptación de Spielberg, o sea que llego virgen, si ese milagro es posible a mi edad, a disfrutar o padecer la película. Virgen de preconceptos, aclaro, de lo demás, mejor voy fundido a negro.
 

De todos los países que habita la obra de Spielberg, el mejor, sin duda, es el de la infancia. Tiene una manera única de mandarnos de vuelta a la inocencia, a la ingenuidad, a la sed de aventuras. Tintín es agotadoramente energizante, un pase libre a todos los juegos de un parque de diversión fascinante. Y uno no sabe con cuál quedarse, ¿con la bellísima y estilizada secuencia de títulos alla Saul Bass?, ¿con el aterrizaje en el desierto?, ¿con la persecusión por la ciudad?
 

El queridísimo Jamie Bell (ni en la desmemoria más oscura me olvidaré de su Billy Elliot) le presta voz y cuerpo a Tintín; el tatentoso Daniel Craig es el enemigo de turno; el portentoso Andy Serkins (el Gollum de El señor de los anillos, el Kong de King Kong, el César de El planeta de los simios-(R)Evolución) es el querible Capitán Haddock y los fabulosos Simon Pegg y Nick Frost son los dos Thompson.
 

A los que nos gusta el cine de aventuras, no hay manera mejor de empezar el año. Y Spielberg tiene razón, si una película es buena, a los dos minutos nos da lo mismo si es animada, con actores, en 3D, 2D o 4D. El medio ya no importa, sólo el goce.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 20 de agosto de 2011

Cowboys & Aliens



No soy muy adepto al cine industrial contemporáneo, al que cariñosamente, o no tanto, llamamos “pochoclero”, porque parece no perseguir otra cosa que ser vistoso y ruidoso acompañamiento del pegajoso maíz inflado. Pero por algún malfuncionamiento de un circuito de mi cerebro, la mezcla que prometía el título me resultaba atractiva. No por la mezcla en sí de ciencia ficción y western. No muy original, por otra parte, ya Oestelandia (Westworld, 1973) de Michel Critchon, una de las películas más interesantes con Yul Brynner, casaba ambos géneros. Quizá me interesaba porque remitía al cine B de la infancia, aquel que mandaba las amazonas a la luna. O quizá porque los nombres, Steven Spielberg (aquí, productor) y Harrison Ford, juntos o separados son para mí un imán irresistible. Harrison Ford puede actuar mal o involucrarse en bodrios (hizo ambas cosas, por suerte no con frecuencia), pero se lo perdono porque el hombre es Indiana Jones y eso siempre le da un crédito extra. Y Steven es Spielberg, y está todo dicho.

Sea por lo que sea, ahí estaba para ver a los cowboys meterse con los aliens o viceversa. Por las dudas, para no decepcionarme después (la experiencia tarda, pero enseña) no albergaba muchas expectativas. Ése fue el secreto del éxito. Si no se alientan muchas esperanzas, entretiene y hasta puede resultar buena, cuando en realidad no lo es. Usa unos cuantos lugares comunes (muchos, casi todos) de las viejas películas de vaqueros. De la ciencia ficción sólo toma los monstruitos (en versión feroz, esta vez) y sus naves, lo que permite, claro, explosiones a granel, festival de efectos especiales y estentóreas reverberaciones sonoras. Fluye indolora y cuando uno quiere acordar, estamos en un final tan pero tan almibarado, que si alguien entrara en ese momento, creería que estamos viendo una telenovela clásica en vez de una película de acción.

Lo que más llama la atención, sobre todo porque la dirige Jon Favreau, que viene de darle color a los Iron Man, (con la inestimable ayuda del inmenso Robert Downey Jr. claro), es la ausencia de humor. Jon se la tomó muy en serio. Error. Grave. Por momentos pareciera como que estuviera haciendo otra versión de Solaris, en vez de una de aventuras para vender más pochoclos.

Harrison Ford hace otra buena variación del viejo gruñón con corazón de oro (y… el tiempo pasa). Daniel Craig es un actor de la puta madre, como lo demostrara en las numerosas películas independientes en las que participó antes de ser elegido el nuevo James Bond, y los héroes parcos y duros no tienen secreto para él. El interés romántico es Olivia Wilde, linda chica, buena actriz,  la 13 del Doctor House. Anda también por ahí, el bueno de Sam Rockwell ensayando una caracterización.

No pasará a la historia, pero no aburre y devuelve la plata de la entrada. No es mucho, pero alcanza.


Un abrazo, Gustavo Monteros