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jueves, 15 de febrero de 2018

Las horas más oscuras


Las horas más oscuras es la biopic de la semana. Las biopics distan mucho de ser mi género favorito y menos como se las concibe ahora, de la manera más pedestre posible, como si con decir que se basa en hechos reales bastara para dar por contado el cuento. Esta, por suerte, no procura contar tooooooooooda la vida de Churchill sino algunos días, los días de la operación Dínamo, más precisamente, que fue como se conoció internamente en Inglaterra al rescate de los soldados en Dunkerque.

A los ingleses les gusta celebrarse tanto o más que a los yanquis, pero son infinitamente menos torpes para hacerlo. No se celebran en sus supuestas hazañas imperialistas sino en sus hazañas defensivas, que templan supuestamente mejor el carácter inglés, o sea el Blitz y Dunkerque. Aquí ambos son reflejados de costado, oblicuamente, porque lo que interesa es cómo Churchill fue en estas horas el Hombre del Destino.

Churchill, como Gardel, es característico de por sí, ya viene formateado de entrada. Su forma de hablar, su peso, sus cigarros, sus bebidas. No es el mejor papel de Gary Oldman, pero como pasó con Pacino y su medio vergonzante ciego bailarín de Perfume de mujer, sea el que le obtenga el demorado Óscar. En lo personal de los últimos Churchills prefiero el de John Lithgow para The Crown. Este de Oldman, como la primera hora y media de esta película, me resultó irritante, bordeando lo insoportable. Pero a partir del viaje en subte, cuando conecta con lo humano y no con las ideas de lo humano, la película, valga la redundancia, gana en humanidad y dejó de aburrirme.

La ascendente, bueno ya ascendida, Lily James, y la delgadísima Kristin Scott Thomas, una la secretaria y la otra la esposa, son las mujeres más distinguibles de esta historia. Ben Mendelsohn, que últimamente como la mugre y las cucarachas, está en todas partes es el rey tartamudo.

El director Joe Wright que en el 2008 con su Atonement/Expiación, deseo y pecado anduvo por el Blitz y Dunkerque, los revisita ahora de este otro costado. Gustos u obsesiones que tiene la gente.

En fin, si le gustan las películas biográficas o si se admira mucho a Gary Oldman, véala. Si no pertenece a ninguna de las categorías anteriores, la puede ver, pero, ojo, va por su cuenta y riesgo. Eso sí, al lado de la infladísima Dunkerque (el bodrio más tremendo del 2017) de Christopher Nolan con la que obviamente dialoga es el colmo de la diversión. 

Gustavo Monteros

jueves, 9 de julio de 2015

Mi vieja y querida dama



Cada edad tiene su conflictividad. Siempre se puede tardar unos años en enfrentar alguna en particular. Un lustro, digamos. Una década, tal vez. Como mucho. Si se tarda dos, se bordea la imbecilidad (literalmente, entendida en sentido clínico). Y el personaje de Kevin Kline no parece caer en esa categoría. Del autor/director prefiero no opinar.


Mathias Gold (Kline) dice tener casi 58 años ¿y todavía tiene asuntos pendientes que solucionar con sus padres? Algo con lo que lidiamos a los veintipico, a los treinta y pico si se es muy lerdo. Encima el pobre cuenta un hecho altamente traumático que vivió en la veintena, de lo que se cae de maduro que tuvo que enfrentarlo… para poder sobrevivir. (A menos que no haya sobrevivido y sea un zombi más de los que tanto pululan).


Mi vieja y querida dama, al igual que El último amor, que casualmente también transcurre en París, tiene un buen inicio, pero también como ese fallido film con Michael Caine, no tarda en desbarrancarse en el mar de la pelotudez, donde navega, feliz, con viento en popa hasta poner a prueba toda nuestra paciencia, que no es precisamente infinita.


Mathias (Kline) ha heredado de su padre un departamento, hermoso y grande, hasta con jardín, en pleno Marais, el barrio de París. El único inconveniente es que no puede disponer de él antes de la muerte de Mathilde (Maggie Smith) que habita el lugar y a la que además debe pagarle una renta (interesante arreglo del derecho francés con el que se insiste mucho). Vive también allí, la hija de Mathilde, Chloé (Kristin Scott Thomas). El neoyorquino Mathias, que no tiene un euro ni para comprarse un chupetín, está más que apurado por venderlo y regresar a L’Amérique, pero, claro, debe encontrar un comprador que acepte también a las “inquilinas” del inmueble.


Hasta ahí, todo bien, pero a medida que comienzan a desarrollarse los conflictos, vemos que no solo son ilógicos para la edad de los protagonistas, que debieron resolverlos o enfrentarlos hace muchos años atrás, sino que además son medio zonzos, bastante sosos, con menos variedad que el blanco. Todo es “apenas” malo, no nos da ni siquiera el gusto de una caída en el absurdo, de un revolcón en el ridículo. De haberlo hecho, quizá al menos nos habríamos reído, tal como está, nos aburre o nos exaspera.


Kline y Scott Thomas hacen como que actúan, lo único que pueden hacer en realidad. Maggie Smith procura devolver la plata de la entrada exprimiendo cada línea que le toca, pero son tan pobres que es casi un trabajo inútil. El fabuloso Dominique Pinon sonríe con tristeza como deseando que la película fuera otra cosa.


Escribió y dirigió (es una manera de decir) Israel Horovitz. Imprescindible solo para híper-fanáticos de Kline, Scott Thomas y Smith que no puedan vivir sin haber visto la filmografía completa de sus ídolos.


En resumen, una de esas películas que de no haberse filmado hubieran hecho más hermoso el mundo. 

Gustavo Monteros

viernes, 21 de noviembre de 2014

Antes del frío invierno



Los ricos también lloran rezaba el título de la vieja telenovela con la Castro y esta película vendría a decir que los ricos también sufren crisis emocionales. Sí, estamos en el terreno de Claude Chabrol o Claude Sautet, o sea en las casas solariegas de la alta burguesía francesa, que de tan fina en los ratos libres no mira televisión sino que borda o escucha ópera. Eso sí, más allá del detalle del bordado, a este Philippe Claudel le falta la causticidad de Chabrol o la penetración psicológica de Sautet, pero a no desesperar que el hombre también tiene lo suyo.


De no ser que la película se abre en una comisaría en la que Paul (Daniel Auteuil) es interrogado, creeríamos que su vida es perfecta. Es un neurocirujano que de tan respetado todos llaman maestro, está casado con Kristin Scott-Thomas (en versión personaje tan magnífico como se la adivina a ella en la vida real), y bebe siempre vino tino del mejor, no precisamente Termidor tetrabrik. Pero los envíos de misteriosos buqués de rosas a todos los lugares que frecuenta y la aparición de una escurridiza jovencita franco marroquí (Leïla Bekhti) lo lleva a preguntarse por qué el absurdo de las rosas y quién es ella, de dónde viene, qué pretende. Las preguntas le desbaratan la perfección aparente de su vida, porque, claro, el hombre también se las hace a sí mismo.


Philippe Claudel narra con mucha elegancia y sutileza. Tanta que dichas virtudes se le vuelven en contra. No hay asomo de lo contrario para equilibrarlas, y el trámite por momentos se vuelve anodino. Ojo, jamás aburre y los tres protagonistas nombrados, más el amigo que hace Richard Berry, garantizan actuaciones atrapantes y seductoras.
 

Y si esto no bastara para hacerla de visión obligatoria, están los detalles del relato de la paciente y de la canción final (consejo, no se levanten hasta haberla escuchado toda en los títulos finales, es muy hermosa) "Comme un p’tit coquelicot” para rankearla de inolvidable. 

Gustavo Monteros

viernes, 7 de marzo de 2014

En la casa




François Ozon es a todas luces un tipo interesante. Soy un poco retorcido, declara en un reportaje de The Guardian, sabrá él porque lo dice, aunque su obra lo es, también, un poco. A Ozon le gusta jugar con la forma, difuminar los límites de realidad y ficción (o sea lo que en la ficción pasa por realidad y esa otra ficción que es la ficción de la realidad de la ficción, perdón, la culpa de este aparente galimatías es de la ficción, porque dentro de ella todo es ficción), trasponer las fronteras entre lo teatral y lo cinematográfico, maridar la literatura y el cine, o hacer malabares con lo metalingüístico, lo metaficcional, lo metacinematográfico, (todo lo cual parece muy metafísico de tan profundo y que no es más que denunciar cada tanto que estamos en una película y jugar con eso, como cuando Mel Brooks hace chocar la cámara contra el vidrio de una ventana, o hace concluir el monólogo de un actor con “y seguro que con esto me gano el Óscar al mejor actor de reparto”, o le hace creer al personaje que otra vez padece la dramática banda de sonido de la película cuando en realidad se trata de un colectivo que pasa lleno de músicos que ensayan una partitura plena de “suspenso”, cosas así son lo “meta”, aunque no tan divertidas cuando los autores son unos pelmazos que se creen que inventaron la pólvora cuando solo tiran cuetes.) Ozon por suerte no es tan creído y no olvida el precepto, que en los setenta atosigados de tanta teoría de autor estuvo por perderse y que recuperó en apariencia para siempre la postmodernidad, mala en muchas cosas y no en esto, que no es nada más ni nada menos que “hacé lo que se te ocurra, pero nunca olvides que estás contando un cuento”. A lo que voy es que Ozon hace todos sus jueguitos sin olvidarse de que hay un público que quiere ser tenido en cuenta, de allí que sus films, aunque de “autor” se estrenan y muchos hasta son un éxito.


En la casa es hasta la fecha su película más ambiciosa y asimismo la más lograda. Se basa libremente (libérrimamente dicen los que conocen la pieza) en la obra teatral del español Juan Mayorga, El chico de la última fila. En el film, Germain (Fabrice Luchini), un profesor de lengua y literatura cincuentón, desencantado de la profesión (mal universal si los hay) lee un día una composición que se distingue por un par de cosas: describe a la madre de un compañerito cuya casa se visita por primera vez con “tiene el olor de la burguesa de clase media” y termina con un enigmático “continuará”.   Claude (Erns Umhauer) el alumno que la firma parece tener pasta de escritor. Sí, pero también…


En la casa es tanto una comedia negra, un drama psicológico, el relato de un tutor y su pupilo, un cuento de advertencia contra un intruso, como un replanteo de los límites de la ficción (en este caso la literatura) o un juicio al realismo y sus variantes e incluso un homenaje a Hitchcock. Entre otras cosas. Pero ante todo y por sobre todo es una película seductora que atrapa. Uno puede ir en grupo y discutir después en un café durante horas sus entresijos o se puede ir solo, despreocuparse de las intelectualidades y pasarla bien igual, porque como dijimos antes a Ozon le preocupa más contar el cuento con justeza.


Completan el elenco la siempre perfecta Kristin Scott-Thomas como la esposa del profesor; Bastien Ughetto como Rafa, el compañerito de la casa en cuestión, Denis Ménochet es su padre y la sensual Emmanuelle Seignier es la madre, la mentada “burguesa de clase media”. El joven Erns Umhauer deslumbra en el coprotagónico y Fabrice Luchini ratifica su autoridad histriónica. Curiosamente, por obra del azar, a pesar de las pocas películas francesas que llegan últimamente a nuestros cines, Fabrice Luchini se está transformando en una cara frecuente, lo vimos como el esposo de Catherine Deneuve en Potiche-las mujeres al poder y como el protagonista de Las mujeres del sexto piso en la que acompañaba a la querida Carmen Maura.


François Ozon (Gotas que caen sobre rocas calientes, 2000,  Bajo la arena, 2000, 8 mujeres, 2002, La piscina, 2003, Tiempo de vivir, 2005, Ricky, 2009, El refugio, 2009, Potiche-las mujeres al poder, 2010) confirma que se pueden tener veleidades de autor sin perder ningún anillo por ser popular.

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 9 de noviembre de 2012

Bel ami - Cosmópolis



Esta crónica bien podría titularse Robert Pattison x 2. El muchacho es el protagonista de la saga de Crepúsculo, fenómeno del que por distintas razones permanecí al margen. Por esas cosas de la vida (y de la distribución cinematográfica) aparece esta semana, no en uno sino en dos de los estrenos. No diré que me disgustó conocerlo (supuestamente lo había visto en Harry Potter y el cáliz de fuego, pero no lo recuerdo) aunque no creo que me convierta en su fan.
 


Arranqué con Bel Ami. En la primera escena aparece mal dormido, mal comido y sexualmente mal atendido y uno dice: Pobre, se le nota en la cara. En la segunda escena ya se supone que ha comido, dormido, etcétera y la cara sigue igual, entonces uno dice: Pobre, se ve que es así. Puede que para vampiro su cara fuera ideal, sin embargo para el drama sutil o el drama a secas, la cara mucho no lo ayuda. No es un negado, parece entender el trabajo “técnico” del actor, llora cuando hay que llorar, sonríe a tiempo, maneja algún que otro subtexto, pero no sabe darle “organicidad” a su actuación, como si entendiera escena por escena pero no al personaje. Y falla en el aspecto clave de su papel: no tiene ni idea de lo qué es “seducir”. Las mujeres caen rendidas a sus pies más por imperativo del guión que por algún indicio que él les brinde.
 


Bel ami se basa en la novela homónima de Guy de Maupassant que retrata el ascenso de un pobre diablo por su donosura, manipulando el deseo de influyentes mujeres, claro, y hay mucho amor, traiciones varias, resentimientos ineludibles más una subtrama política de engaño y corrupción. Siempre habrá adaptaciones de cuentos y novelas de Maupassant, ya que sus tramas son ricas y pletóricas de personajes atrapantes que se prestan idealmente al registro cinematográfico. Pero esta adaptación con un guión poco feliz de Rachel Benette y una dirección tan sutil como una alisadora de caminos de la dupla Declan Donnellan - Nick Ormerod (fundadores y mentores de la compañía teatral inglesa Cheek by Jowl) figurará entre las peores. No tiene textura, detalles, profundidad. Los rubros técnicos desperdician talento y belleza, una pena, uno les desea un mejor guión y dirección. Tanto la dirección de arte, el vestuario y la música son lisa y llanamente bellísimos. Las damas son un capítulo aparte. Son nada más ni nada menos que Uma Thurman, Kristin Scott Thomas y Christina Ricci. Hacen el habitual, y esperable en ellas, derroche de talento, aunque terminan por naufragar. A la Ricci le va un poco mejor, a la Thurman le va peor y a la Scott Thomas le va más o menos porque su personaje da un vuelco no muy justificado por el guión que ella lleva a cabo con fe y gracia. De todos modos verlas es siempre un placer.
 


En resumen, si tiene que perder un par de horas, llueve a cántaros o hace un calor abochornante, está frente al cine y justo está por empezar, puede verse. No acariciará el alma pero tampoco da dolor de muelas.
 


Sigo con Cosmópolis de David Cronenberg. Aclaración necesaria: me gusta el cine (obvio) y el cine de Cronenberg me gusta… a veces. Una historia violenta (2005) es una de mis películas favoritas, recuerdo con agrado Pacto de amor (1988) y Promesas del Este (2007), mientras que a otras, que prefiero olvidar, las padecí. En mi ranking personal Cosmópolis está más cerca de las últimas que de las primeras. Quizá soy injusto, quizá sólo llega en un momento en que no puedo apreciar sus valores. Se centra en un viaje en limusina de un joven multimillonario, un rey de las finanzas, que debe atravesar la ciudad para cortarse el pelo. Hay algo así como una odisea, la ciudad es un caos porque la visita el presidente de la nación y se lleva también a cabo el funeral de un rapero muy popular. La acción transcurre casi todo el tiempo en la limusina, a ella se suben distintos personajes que guardan estrecha o ninguna relación con el millonario. El diálogo oscila entre la solemnidad, la altisonancia y la amenaza velada y un poco absurda típica de las primeras obras de Pinter. Debo confesar que a la hora me harté y me fui. Vi la participación siempre luminosa de dos actrices que amo: Juliette Binoche y Samantha Morton. Me perdí la actuación de dos actores que admiro: Mathieu Amalric y Paul Giamatti. En algún otro momento la veré completa o quizá no. No puedo decir que es un bodrio porque es evidente que el film tiene sus valores. Afirmaré en cambio que no es para mí o no es al menos lo que me interesa ver en este momento. Por ahí me estoy poniendo viejo y ya no soporto la pretenciosidad que se finge genial o profética. O mi formación, mi experiencia me llevan a rechazar los extremos, no me gusta el cine pochoclero anodino ni tampoco el intelectualismo que aburre para ser profundo. Insisto, otros quizá disfruten de esta adaptación de una novela de Don DeLillo que a mí no me da tampoco ganas de leer. Pero no me lleven el apunte, véanla, quizá descubran que soy un tonto de capirote digno de lástima o desprecio.
 


Ah, a Robert Pattison, por lo que pude ver, le va mejor que en Bel ami. El personaje y el llevar anteojos negros le sienta bien a su registro actoral y a su cara extraña y un poco desangelada.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 23 de junio de 2012

Un amor imposible



Lasse Hallström es un director sensible, muy sensible. Pero su eficacia deriva de las bondades de los originales. Si el material es bueno como en ¿A quién ama Gilbert Grape? o Las reglas de la vida logra un resultado decente, que perdura. Si es malo, no es de redimir con arte lo espurio. Querido John es tan bodrioso y berreta como la novela que le dio origen.

Esta vez el original (una novela de Paul Torday) parecía promisorio. Al menos para una farsa política de primer nivel, género tan infrecuente como el famoso unicornio. Después de volar una mezquita que hace la participación de los ingleses en Afganistán más antipática todavía, la jefa de prensa del primer ministro (Scott-Thomas), necesita una noticia amable de alguna coincidencia de intereses entre ingleses y musulmanes. Entonces “fabrican” una que estaba en proceso de realización. Un sheik (Amr Waked) pretende armar un río para pescar salmones en tierras desérticas de Yemen. Una asesora de inversiones (Blunt) se contacta con un experto ictícola (McGregor) para viabilizar el proyecto y entonces…

Pero como indica el anodino título que aquí le pusieron, Amor imposible, Hallström se concentró en lo que más conoce o en lo que mejor le sale: la comedia romántica, con más romance que comedia. Todo bien, pero se nota mucho que desvirtúa algo que en el frente y en el todo apunta para otro lado: la incorrección política, la ironía y el cinismo revelador.

Es inevitable que venga a la mente el recuerdo de Uno, dos, tres (1961) de Billy Wilder, farsa política modélica que también se motorizaba por una historia de amor. Ésta podría haber sido una respuesta contemporánea a aquel clásico inoxidable, pero optaron por la habitual venta de pochoclos sentimentales. Una pena, que sin embargo puede disfrutarse por los actores.

Ewan McGregor está muy bien en su primer galán maduro (Dios mío, cumplió 40 años, ayer nomás, era el adolescente de Trainspotting). Su personaje es el que hace que el amor sea “imposible”. Es tan reservado, estirado, metódico y reprimido que si no fuera interpretado por Ewan sería muy difícil desarrollar la más mínima empatía con un ser tan enojoso. Claro, cambiará, a fuerza de las “lecciones de vida” que le propinan  Hallström y sus guionistas.

Emily Blunt destella belleza y talento. (Por favor, que alguien le dé pronto un papel que la catapulte a la fama imperecedera, es una de las pocas actrices jóvenes que no le teme al superestrellato).

Kristin Scott-Thomas (espléndida como el primer día, pero resignada desde hace rato a que le den sólo papeles de dama madura) brinda una interpretación briosa que se agradece. Está como en otra película, la película que debió haber sido.

Para contrarrestar la demonización habitual a los musulmanes, los guionistas se dejan ganar por una corrección política tan acendrada que el sheik de Amr Waked es poco menos que un santo, un ejemplo de sabiduría con una tendencia al misticismo, al mantra de autoayuda y la frase altisonante. Habla muy bien de este actor egipcio que logre un personaje digerible.

En resumen, Salmonfishing in the Yemen (según su título en inglés o sea La pesca del salmón en Yemen) pudo haber sido un peliculón pero es apenas una peliculita.
Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 25 de julio de 2010

Partir

Suzane (Kristin Scott Thomas) tiene todo lo que una burguesa cuarentona puede desear: un buen pasar, una linda casa, un marido médico y dos hijos adolescentes sanitos, varón y mujer para mayor equilibrio y perfección. Pero como anda medio en crisis, la edad y esas cosas, ha decidido volver a su profesión de fisioterapeuta, para lo cual necesita un gabinete. Samuel, (Yvan Attal) el marido, un poco machista, bastante pedante y totalmente condescendiente, le autoriza la remodelación del cuarto de trastos viejos. Entra en escena, Iván, el albañil (en la forma de Sergi López, que no será el más apuesto de la cuadra, pero que por personalidad es sin duda el más atractivo del barrio). Y no se necesita develar arcanos para suponer que Suzane sucumbirá a la pasión con el constructor español.


Partir, título que por estas comarcas remite al Volver gardeliano, arranca, bien, como un melodrama de cuernos, pero, de repente, Suzane le cuenta su devaneo amoroso al marido. ¿Por qué?, preguntará el ibérico Iván. Y nosotros agregaremos: buena pregunta. De la multiplicidad de respuestas nos quedamos con: porque tiene que comenzar el melodrama de ideas, que discute algo así como que la mujer nunca es libre y está atada al devenir económico. Bueno, dirán ustedes, no sólo la mujer, el hombre también, pero eso no parece interesarle a la directora, Catherine Corsini. La cosa es que el pérfido marido les hará la vida imposible a los amantes. Quiere a toda costa que ella vuelva. ¿Por qué? ¿Para qué? Nunca queda del todo claro porque el marido es pintado como un villano de radioteatro que interesa nada más que para hacer maldades. Pareciera que porque considera que la mujer le pertenece ya que la pagó o algo así, lo que se relacionaría con el melodrama de ideas.


Partir no es un bodrio hecho y derecho, pero se le aproxima bastante. Comienza promisoriamente, pero no tarda en tirar las promesas a la basura. Kristin Scott Thomas y Sergi López son dos actores talentosos e interesantes que luchan a brazo partido con un guión absurdo que los hace tomar posturas increíbles. (Todo bien con el amor fou que subvierte las conductas, pero si las locuras no están en consonancia con la idiosincrasia de los personajes, es cualquier pavada. Como ejemplo de lo contrario ver La mujer de la próxima puerta de Francois Truffaut, modelo perfecto del amor fou, del que la Corsini “tomó” la música a modo de “homenaje”).Yvan Attal, actor más que atendible en otros films franceses, se ve aquí reducido a monigote caprichoso. Creo que es la primera película de la Corsini que veo y francamente no me dio ninguna gana de profundizar en su carrera. Ah, la única virtud indiscutible que ostenta es que sólo dura unos módicos 82 minutos. Al ser breve no es tan odiosa.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 17 de enero de 2010

Buenas costumbres

Noel Coward es mi hombre orquesta favorito. Dedicó su vida a entretener. Fue actor, director de cine y de teatro, comediógrafo, dramaturgo, guionista, novelista, compositor y unos cuantos etcéteras más. Gozó de muchísimo éxito. La facilidad con que prodigaba sus talentos no contribuyó a que se lo tomara en serio. Pero un día, gracias al teatro del absurdo, la corriente comenzó a cambiar. Alguien notó la influencia de la arquitectura de sus diálogos en Esperando a Godot de Beckett, y Harold Pinter no sólo lo eligió uno de sus dramaturgos favoritos sino que puso a escena varias de sus obras. La muerte lo sorprendió en plena ola de valoración crítica, no creo que esto le haya importado mucho, le interesa más la popularidad y el amor del público.


Y es de esos autores en quienes hasta la peor de sus obras es recompensadora e intrínsecamente divertida. Digo esto porque Easy virtue, título original del film y título de la obra en la que se basa no es uno de las mejores trabajos de Coward. Sin embargo tiene conflictos, situaciones y diálogos por los que más de un mediocre guionista del Hollywood contemporáneo vendería a su madre.


Es una comedia de costumbres que contrasta la hipócrita y moribunda aristocracia británica que seguía ignorando los efectos de la Primera Guerra Mundial y la pujante Norteamérica camino a convertirse en el nuevo árbitro mundial. Un imperio muere y otro nace. Conflicto semejante se hilvana nada más ni nada menos que en una comedia de suegras.

Sí, el bebé de mamá (Kristin Scott Thomas) se casó con una impúdica yanqui (Jessica Biel). Habrá sorpresas, vueltas de tuerca y a la larga algo de sinceridad.


Stephen Elliot se revela como un director poco apropiado para dirigir esta comedia. Le pone garra, arte y oficio, pero nunca termina de hallar el tono correcto. Y ése es el problema fundamental de esta comedia de Coward. Camina constantemente en el filo del drama y de la comedia y debe seguir allí sin desbarrancarse ni para un lado ni para el otro. Kristin Scott Thomas, Colin Firth (que ya se luciera en otro Coward llevado al cine: Relative values con la gran Julie Andrews) y Kris Marshall (el mucamo) tocan la cuerda correcta. La hermosa Jessica Biel y los demás jóvenes miembros del reparto se esfuerzan, corporizan sus personajes, y redondean buenos trabajos, pero no llegan nunca a jugar la comedia en el estilo correcto.


A pesar de estos reparos, creo que merece verse. Aunque más no sea por la agudeza y rapidez de los diálogos. Delicias así ya no abundan.


Ah, la bellísima canción del comienzo es de Noel Coward. Devolvámosle el piropo que él le endilgaba a medio mundo: Si no existieras, habríamos tenido que inventarte.

Un abrazo,
Gustavo Monteros