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jueves, 22 de marzo de 2018

¡Ave, César! ¡Salve, César!, Hail, Caesar! o como sea, pero véase



Netflix acaba de añadir a su oferta este inolvidable y regocijante homenaje al Hollywood clásico de los hermanos Coen, la recomendación es obvia y ya está en el título de este post. Por mi parte, para amplificar la invitación, publico de nuevo lo que escribí en ocasión de su estreno:

"Hubo una vez una ciudad llamada Hollywood que fabricaba literalmente sueños. No contradecía o subvertía la realidad sino que la ensalzaba, la enaltecía, la magnificaba, la embellecía, bah, para que eso que llamamos vida empalideciera ante el contraste. Esa fantasía se llamó cine y ya no existe. Evolucionó, transmutó, se adaptó, pero la magia se perdió. Los hermanos Coen, cinéfilos empedernidos como pocos, homenajean en ¡Salve, César! a ese tiempo en que las películas eran películas.


Estamos a principios de los años cincuenta, en los últimos años de producción en serie de los grandes estudios. Eddie Mannix (Josh Brolin) no solo es el jefe de producción del estudio sino también un fixer, o sea un facilitador de soluciones para diversos tipos de problemas que traen las estrellas o las películas. Atestiguaremos 27 horas de su vida, en las que evita que una estrellita en ascenso empañe su carrera con pornografía, les haga verónicas a dos hermanas periodistas, Thora y Thessaly Tacker (Tilda Swinton) que se dedican a los chismes y que podrían boicotear la película más importante que encaran en ese momento, ¡Salve, César!, una épica con romanos, sandalias y el mismísimo Cristo, empeñándose en contar intimidades de su estrella, Baird Whitlock (George Clooney), hallar el modo de que Deanna Moran (Scarlett Johansson) no sea madre soltera, mediar ante el temperamental director Laurence Laurentz (Ralph Fiennes) desesperado porque le impusieron a la estrella de westerns, Hobie Doyle (Alden Ehrenreich) para que estelarizara una comedia dramática sofisticada que le queda muy por encima de sus posibilidades actorales, y más tarde resolver el secuestro de Baird Withlock a manos de… eso, mejor no contarlo. Todo mientras decide si aceptar el puesto, en apariencia mucho menos conflictivo, que le ofrece una aeronáutica y mientras ve o supervisa filmaciones que incluyen la mencionada comedia dramática sofisticada, un western abiertamente B, una coreografía acuática al estilo Esther Williams, y otra con marineros a la manera de Gene Kelly, con la que Channing Tatum se anota entre los grandes bailarines del cine.


Es la película más amable de toda la carrera de los hermanos Coen, no tiene uno sino ¡dos! personajes “buenos”, el humor va desde gruesos gags y chistes de doble sentido hasta finísimas ironías, y el destino es menos cruel que en otras ocasiones con sus “víctimas”. Por supuesto, como en todo film de los hermanos Coen, está implícita una reflexión sobre si somos hacedores de nuestro futuro o si somos apenas juguetes de los dioses o de un Dios, viejo, barbudo e inmisericorde. Para esto, préstele especial atención a “aquello que se resuelve solo” y la supuesta culpa por hacer lo que gusta.  


Todos los actores, desde las más encumbradas estrellas al último de los extras están magníficos, pero es imposible no destacar las cumbres de histrionismos a las que llega George Clooney y el catálogo de virtudes que exhibe un hasta hace poco desconocido Alden Ehrenreich, el hombre canta, arma su singing cowboy hasta los últimos detalles y hasta ¡hace acrobacias con un lazo!


Por supuesto, también, hay constantes referencias a figuras, directores y películas del cine clásico, para no enturbiar la diversión, hice un glosario aparte, al que se recomienda recurrir una vez vista la película.



En resumen, para los que nos criamos y nos educamos viendo clásicos hollywoodenses en los viejos cines de cruce y la televisión de cinco canales, es de gozosa visión obligatoria. Recuperamos, con toda delicia, los modismos y mañas de aquellos géneros que terminamos por venerar. Para los que no tuvieron nuestra suerte, ¡Salve, César! puede obrar como introducción a una época dorada sobre la que sin duda recibieron nostálgicos peroratas. Además como no hay parodia ni sátira, sino una recreación respetuosa, no se precisa conocimiento alguno para degustar este deleite. La falta de cinismo se nota, por ejemplo, en el número musical de Channing Tatum; se resignifica sobre el final con total naturalidad, porque está hecho con la blancura y la inocencia con que se hacían algunas cosas en aquella época."

Gustavo Monteros

jueves, 29 de junio de 2017

Después de la tormenta

Confieso que me daba un poco de miedo ver esta película. Por algún lado había leído que su director, Hirokazu Koreeda, dijo que este film partía de la premisa "No todo el mundo puede convertirse en lo que desea ser." Y como pertenezco al 99, 99% de los hombres que no somos George Clooney… No es que hubiera querido ser George Clooney, pero ser celebrado, sexy, bien pensante y universalmente simpático y rico como George no hubiera estado nada mal.


Mi temor se fundamentaba más que nada en el hecho comprobado de que el cine de Hirokazu Koreeda tiene una forma única de conmocionarme, confrontarme e interpelarme. Y no es que se proponga hacer eso conmigo o que yo lo deje, pero es lo que termina por pasar. Su cine es, por sobre todo, generoso, amable e inteligente. De la manera más insidiosa posible de ser inteligente, que es la de plantear una situación y observarla, sin juzgar, ni presumir, con la convicción de que lo que se ve a simple vista es apenas un reflejo de lo que se oculta, de lo que se arrastra, de lo que está pendiente. Y es su generosidad la que termina por desarmarnos, porque no se pone en semi dios, en yo sé todas las respuestas, sino que acompaña a sus personajes como si conociéndolos más, se conociera mejor él, y nosotros, claro, de paso.


En estos días en que la tragedia se vuelve farsa con quitas de pensiones a viudas y tullidos, a deudas a cien años, de desarme de ciencia y malintencionada desinformación perpetua, no andaba con ganas de que encima me preguntaran cómo había llegado a no ser lo que quise ser, de modo que me sumergí en esta película, como en una rambla que usan los perros para descomer, con el sigilo de no pisar caca, no iba a dejar que me conmoviera o que me llevara a estados emocionales inauditos. No, nada  de eso, me iba a mantener a distancia. Y me fue bastante bien, mantuve mi postura hasta la mitad de la película, entonces una imagen cualquiera, de un paseo en autobús, me bañó de belleza, porque esa misma generosidad y esa misma amabilidad para no juzgar personajes, las usa Hirokazu Koreeda para ver la belleza que hay en lo simple, en dos trenes que se cruzan, en la luz que se derrama sobre un árbol, y no lo subraya, no es que transforme lo que ve en imagen de almanaque, no, es, como explicarlo, la generosidad, la amabilidad, de las que ya hablé las que lo hacen ver así, todo tan simple, y comunicarlo.


Esta vez convivimos con Ryota (Hiroshi Abe), un hombre alto y flaco que anda rondando la cincuentena, que supo escribir una primera novela, La mesa vacía, que levantó algo de polvareda, que le dio un premio y una carrera promisoria, que no se está cumpliendo, ya que no hubo una segunda, hace poco murió su padre y aunque no le guste, se parece demasiado a él, por la afición al juego, por vivir empeñando cosas o por pedir plata prestada, tiene un hijo de unos 10 años, al que quiere mucho, pero casi no ve, tiene un trabajo de detective privado, que dice que es temporal y que lo ejerce solo como investigación de ese mundo, aprovecha esta experiencia para espiar a su exmujer que está muy cerca de olvidarlo con una relación nueva que se solidifica día a día, está también su madre (Kirin Kiri) que se pregunta si no tiene que aceptar que morirá en ese departamento chiquito en el que iba a vivir por un tiempito que se extendió hasta ahora, casi media vida, y está también la hermana, que le va mejor económicamente,  pero que hace que su madre con la magra pensión que tiene le pague las clases de patín artístico a su hija, y que no quiere que el hermano novelista vuelva a usar el pasado como fuente de sus libros, porque no le pertenece por entero solo a él, que ella y los demás también son y están en ese pasado, está también el compañero detective, que es muy solidario con Ryota y uno no puede dejar de preguntarse por qué, porque uno es así de jodido como espectador, y no es de aceptar así porque sí la admiración, el compañerismo o el amor. Y la tormenta del título, es un tifón que anda dando vuelta, el número 23 o el 24 de ese año, y será la excusa para que algunos de estos personajes se reúnan  y acepten lo que ya no puede corregirse.


Todo es muy simple, Hirokazu Koreeda, a quien aprendimos a admirar por su De tal padre, tal hijo, observa, solo observa, y como sin querer ahonda, y como es lógico se pone profundo, y sabio, y a la salida de su película uno es como el pariente cercano de todos sus personajes, y como también casi sin querer nos vimos en ellos, nos volvemos más sabios, y más felices, con una ligera melancolía, porque, bueno, no todos podemos ser George Clooney.


Gustavo Monteros

martes, 7 de junio de 2016

El maestro del dinero

La situación esencial no es muy original, lejos de ello, no es sino el viejo y querido recurso de la toma de rehenes. Un hombre joven (el talentoso y ascendente Jack O’Connell) irrumpe en el show televisivo sobre finanzas en vivo, Money Monster (título original de la película) y le pone a su conductor estrella, Lee Gates (el siempre rendidor George Clooney) un chaleco lleno de explosivos. La productora del programa, Patty Fenn (la siempre incandescente y cada día mejor actriz, Julia Roberts) deberá lidiar con esta delicada situación y sus consecuencias, en las que no serán ajenos, Diane Lester (la hermosa y recién llegada Caitriona Balfe), relacionista pública de una compañía liderada por Walt Camby (el siempre confiable Dominic West) que acaba de hacerle perder a la gente, como por arte de magia, unos ochocientos millones de dólares.


Si la situación esencial no es muy original, tampoco lo es que para ponernos en antecedentes, nos fatiguen una vez más con clips de noticieros. El viejo y mentado cartel con datos que nos explicaban de dónde veníamos ha sido reemplazado en todas, absolutamente en todas las películas, con un zapping alocado y veloz que nos informa lo que debemos saber. Si hoy se hiciera La guerra de las galaxias 1, la original, en vez del largo cartel que se pierde en el espacio, tendríamos un acelerado montaje de noticieros bullangueros. Tampoco es muy original que todo lo que se relaciona con Caitriona Balfe caiga en la dialéctica de pasillos, recurso en que los personajes deambulan con un teléfono en la mano o vociferando órdenes a quienes los acompañen en largos pasillos para movilizar la trama, como si estuviera prohibido por algún mandamiento extra de Moisés que los personajes puedan resolver cosas hablando como el resto de los mortales, sentados quizá, tomando un té o café, sin gritar a velocidades que dejan al número de Danny Kaye de los compositores rusos a la altura de la lentitud de Flash, el simpatiquísimo perezoso de Zootopia. El truco de los pasillos ya no da idea de agilidad, si es que alguna vez lo dio, sino que aburre y cómo.


Sin embargo, hay un par de resoluciones sorpresivas que despiertan el interés y que desatan una bienvenida ironía. Como enseñara Bernard Shaw, se trata de contrariar las expectativas del espectador, que espera, para dar un ejemplo, que todas las madrecitas sean buenas y nobles, claro, es lo que uno descuenta ver, pero si la madrecita es una voraz capitana de la industria, nos sorprende y nos divierte. Aquí hay algo de eso, no lo detallo y recurro a ejemplos paralelos para no arruinarles la diversión.


También entre los peros de la película, hallamos que parece ir en determinada dirección, para dar sobre el final un volantazo y cambiar de camino. En un principio parece un ataque a la maldita bicicleta financiera, que por estos días volvemos a padecer los argentinos, condenados por la falta de memoria de algunos compatriotas a repetir viejos errores, una y otra vez, retomo, el film parece criticar la inmoralidad, el sinsentido, la perversión de unos cuantos hijos de puta que juegan con el dinero, para dejar a medio mundo sumido en hambre, guerra y miseria, pero no, llegado el desenlace, los culpables no son el sistema financiero y sus nefastas realidades sino algunos pillos de siempre que se apartan del sistema para cometer tropelías. Perdón, Jodie Foster, pero a nosotros, quizá por ser víctimas de encumbrados hijos de puta, hace rato que nos quedó más que claro que la mierda es el sistema y todos los que lo sostienen, no que el sistema es bueno y hay hombres malos. Cuestiones de conceptos que no invalidan el cuento, que cada uno cuenta como quiere.


Y Jodie Foster, la verdad sea dicha, lo cuenta bien. El tiempo se pasa volando y uno siempre está entretenido. Tiene esta vez, una aliada de fierro, Julia Roberts. A Julita le hizo más que bien, maravillas, el haber protagonizado una obra de teatro. Será una antigualla, pero el teatro es la universidad del actor. Ahora Julia sabe cómo sostener la tensión, mantener vivo el conflicto, llevar la acción dramática sin depender del director, del montaje o de la fragmentación de las escenas. De allí que Jodie maneje es planos secuencias, no puros, pero casi, la mayoría de las escenas en que está Julia.


Además, por suerte para nosotros, espectadores, sigue intacta la química que tiene con George Clooney, que perfila uno de esos tarambanas vacuos a punto de ser insoportable, aunque uno lo disculpa de antemano, ya que si alguien de la talla del personaje que corporiza Jullia lo banca, por algo será, algo que se corroborará más tarde, más que por ley de Hollywood, por buena lectura de Roberts y Foster.


A pesar de sus altibajos, es una película valiosa, , que como dijeron los chicos de The Guardian quizá inaugure un nuevo género: el thriller humorístico o el thriller con humor. Sabrá Dios si se pierde en el río del tiempo o si es rescatada como una pieza memorable. Apuesto a lo segundo, más que nada porque la humanidad que trasunta el derrotero del personaje de Julia tiende a permanecer en la memoria. Comprensible. Uno siempre ambiciona que lo quieran así, por más pelotudo que se sea.

Gustavo Monteros



jueves, 2 de junio de 2016

Dos estrenos dos




En medio de la oleada de tanques pochocleros habituales, dos estrenos se destacan. Por ahora no podré verlos, pero llamo la atención sobre ellos porque pueden ser buenas opciones para ver este fin de semana.


El hijo perfecto (Min lilla syster, o Mi hermana flaca, según el título en inglés) es una película sueca, escrita y dirigida por Sanna Lenken,  que entremezcla el drama de enfermedad, en este caso la anorexia, con el de crecimiento, el paso de la infancia a la pubertad de la chica que narra la historia. Una gordita simpática que envidia a su hermana levemente mayor que se perfila como una estrella del patinaje sobre hielo. en apariencia perfecta en más de un sentido, a no ser por su anorexia.


El maestro del dinero es la cuarta película como directora de la inquieta y talentosa Jodie Foster (Mentes que brillan, 1991, Feriados en familia, 1995, La doble vida de Walter, 2011) en la que se cruzan tanto el film de denuncia, el thriller, la comedia y el drama. Un conductor de un show televisivo sobre inversiones, George Clooney, es tomado de rehén por un estafado miembro del público, Jack O’Connell. La productora del programa, Julia Roberts, se las tendrá que ingeniar para que la sangre no llegue al río. En otros papeles destacados aparecen el siempre ubicuo Dominic West y la fulgurante recién llegada Caitriona Balfe, la protagonista de la serie Outlander.


Según se lee por ahí, ambas películas tienen un muy buen arranque y se desbarrancan cerca del desenlace, lo que ensombrece pero no invalida los logros iniciales. Veremos.

Gustavo Monteros

jueves, 5 de mayo de 2016

¡Salve, César!



Hubo una vez una ciudad llamada Hollywood que fabricaba literalmente sueños. No contradecía o subvertía la realidad sino que la ensalzaba, la enaltecía, la magnificaba, la embellecía, bah, para que eso que llamamos vida empalideciera ante el contraste. Esa fantasía se llamó cine y ya no existe. Evolucionó, transmutó, se adaptó, pero la magia se perdió. Los hermanos Coen, cinéfilos empedernidos como pocos, homenajean en ¡Salve, César! a ese tiempo en que las películas eran películas.


Estamos a principios de los años cincuenta, en los últimos años de producción en serie de los grandes estudios. Eddie Mannix (Josh Brolin) no solo es el jefe de producción del estudio sino también un fixer, o sea un facilitador de soluciones para diversos tipos de problemas que traen las estrellas o las películas. Atestiguaremos 27 horas de su vida, en las que evita que una estrellita en ascenso empañe su carrera con pornografía, les haga verónicas a dos hermanas periodistas, Thora y Thessaly Tacker (Tilda Swinton) que se dedican a los chismes y que podrían boicotear la película más importante que encaran en ese momento, ¡Salve, César!, una épica con romanos, sandalias y el mismísimo Cristo, empeñándose en contar intimidades de su estrella, Baird Whitlock (George Clooney), hallar el modo de que Deanna Moran (Scarlett Johansson) no sea madre soltera, mediar ante el temperamental director Laurence Laurentz (Ralph Fiennes) desesperado porque le impusieron a la estrella de westerns, Hobie Doyle (Alden Ehrenreich) para que estelarizara una comedia dramática sofisticada que le queda muy por encima de sus posibilidades actorales, y más tarde resolver el secuestro de Baird Withlock a manos de… eso, mejor no contarlo. Todo mientras decide si aceptar el puesto, en apariencia mucho menos conflictivo, que le ofrece una aeronáutica y mientras ve o supervisa filmaciones que incluyen la mencionada comedia dramática sofisticada, un western abiertamente B, una coreografía acuática al estilo Esther Williams, y otra con marineros a la manera de Gene Kelly, con la que Channing Tatum se anota entre los grandes bailarines del cine.


Es la película más amable de toda la carrera de los hermanos Coen, no tiene uno sino ¡dos! personajes “buenos”, el humor va desde gruesos gags y chistes de doble sentido hasta finísimas ironías, y el destino es menos cruel que en otras ocasiones con sus “víctimas”. Por supuesto, como en todo film de los hermanos Coen, está implícita una reflexión sobre si somos hacedores de nuestro futuro o si somos apenas juguetes de los dioses o de un Dios, viejo, barbudo e inmisericorde. Para esto, préstele especial atención a “aquello que se resuelve solo” y la supuesta culpa por hacer lo que gusta.  


Todos los actores, desde las más encumbradas estrellas al último de los extras están magníficos, pero es imposible no destacar las cumbres de histrionismos a las que llega George Clooney y el catálogo de virtudes que exhibe un hasta hace poco desconocido Alden Ehrenreich, el hombre canta, arma su singing cowboy hasta los últimos detalles y hasta ¡hace acrobacias con un lazo!


Por supuesto, también, hay constantes referencias a figuras, directores y películas del cine clásico, para no enturbiar la diversión, hice un glosario aparte, al que se recomienda recurrir una vez vista la película.



En resumen, para los que nos criamos y nos educamos viendo clásicos hollywoodenses en los viejos cines de cruce y la televisión de cinco canales, es de gozosa visión obligatoria. Recuperamos, con toda delicia, los modismos y mañas de aquellos géneros que terminamos por venerar. Para los que no tuvieron nuestra suerte, ¡Salve, César! puede obrar como introducción a una época dorada sobre la que sin duda recibieron nostálgicos peroratas. Además como no hay parodia ni sátira, sino una recreación respetuosa, no se precisa conocimiento alguno para degustar este deleite. La falta de cinismo se nota, por ejemplo, en el número musical de Channing Tatum; se resignifica sobre el final con total naturalidad, porque está hecho con la blancura y la inocencia con que se hacían algunas cosas en aquella época.

Gustavo Monteros

jueves, 28 de noviembre de 2013

Las estrellas también cumplen años


Reproduzco esta nota más que nada porque a todos nos interesa estar al tanto de la edad de los actores.

Domingo 24 de noviembre de 2013 | Publicado en edición impresa

Hollywood

Estrellas que no se apagan

Los protagonistas envejecen sin sucesores; films para caras nuevas, como 50 sombras de Grey, ponen en aprietos a los estudios

Por Javier Porta Fouz  | Para LA NACION

 Sylvester Stallone: 67. Arnold Schwarzenegger: 66. Bruce Willis: 58. George Clooney: 52. Robert De Niro: 70. Al Pacino: 73. Robert Downey Jr.: 48. Harrison Ford: 71. Viggo Mortensen: 55. Brad Pitt: cumple 50 en diciembre. Tom Cruise: 51. Adam Sandler: 47. Daniel Day Lewis: 56. Denzel Washington: 58. Clint Eastwood: 83. ¿Y Leonardo Di Caprio? Un niño realmente, cumple 40 recién el año que viene, las ventajas de haber empezado muy joven y haber participado en un éxito descomunal como Titanic (1995) muy pronto.

El promedio de edad de estas dieciséis estrellas del cine de hoy (incluido el niño Di Caprio), de esas que convocan público por su propio nombre, es 59 años ¿Pueden encontrar una cantidad similar de estrellas taquilleras, pero con un promedio de edad de 49 años? ¿Y con 39? Prueben: cuando hizo El padrino II, Al Pacino tenía 34, y De Niro, 31 años. Simplificando y generalizando mucho, podemos decir que las grandes estrellas masculinas jóvenes son un invento del cine de décadas pasadas, y que lo que hay ahora es apenas un eco de eso, ¿o será un último estertor? ¿Dónde están los Pacino y De Niro actuales?

 Cuando se estrenó Volver al futuro Michael Fox tenía 24 años, ¿dónde está el nuevo Michael Fox? Sí, claro, hay estrellas más nuevas: Matt Damon tiene 43 y Ben Affleck, 41 ¿Justin Timberlake? 32 años ¿Jesse Eisenberg? 30. Podemos bajar la edad y encontrar algunos nombres más (no tantos), pero al compararlos con los citados al principio nos alejamos cada vez más de la noción de estrella: nombres inmediatamente reconocibles por el espectador (es decir, sin necesidad de aclarar "Jesse Eisenberg, el de Red social"). En el caso del cine de acción, un surgimiento rutilante de los últimos años fue el inglés Jason Statham, que llegó a la fama con poco pelo y hoy tiene 46 años. El éxito, para los actores en el cine de hoy, está lejos de estar asociado automáticamente con la juventud.

 Sí, hay éxitos que tienen actores jóvenes. Crepúsculo por ejemplo. Pero si nos detenemos en el veinteañero Robert Pattinson, veremos que su éxito proviene de la serie vampírica y que él, por sí solo, no puede trasladarlo automáticamente a otra película. Lo mismo ha ocurrido con los jóvenes actores de Harry Potter. Y megaéxitos globales como la serie -por ahora sin fin- Rápidos y furiosos tampoco transfieren su atractivo a otros proyectos de los actores principales, que ya no son unos niños.

 En el siglo XXI, muchos éxitos se construyen con una marca (best sellers como punto de partida es una fórmula muy utilizada) que puede prescindir de un director especialmente conocido y de actores superestrellas. Ahí están las mencionadas Harry Potter y Crepúsculo: estas películas hacen famosos a sus actores y no al revés. Y así tal vez será con la adaptación de 50 sombras de Grey y Jamie Dornan.

 Las películas de animación más grandes, si bien suelen contratar a muchos actores conocidos para que aporten sus voces, tienen éxito también dobladas a otros idiomas, lo que probaría que tampoco para ellas son tan necesarias las estrellas. De esto podemos derivar una hipótesis rápida sobre por qué hoy no surgen tantas estrellas jóvenes: buena parte del cine sigue haciendo negocios sin necesitarlas. Sí, hay otra zona del cine que, impulsada por el nombre de los actores, continúa generando éxitos, pero esos éxitos no son necesariamente la porción más grande de la torta.

Era distinto en el pasado: en los setenta no había estas series de secuelas y más secuelas y el cine de animación estaba muy, pero muy lejos de generar (en términos absolutos y en términos relativos) los ingresos de hoy en día. Pero en esa década ya estaba el germen de las películas que basan su venta mucho van más allá de las estrellas: Tiburón (1975) de Steven Spielberg (Roy Scheider, Robert Shaw y Richard Dreyfuss eran conocidos, pero no estaban por delante de los dientes del asesino acuático en el afiche) y, por supuesto, La guerra de las Galaxias (1977) de George Lucas, que ayudó a construir como gran estrella a Harrison Ford (y falló con Mark Hamill). Spielberg y Lucas, si bien a partir de hacerse exitosos lograron trabajar con otras estrellas, empezaron a probar que quizá no eran tan necesarias, y el cine de hoy sigue utilizando sus enseñanzas. Habría que preguntarles a los actores prometedores de hoy en día si no hubieran preferido ser jóvenes promesas (o realidades consumadas) en los setenta o en los ochenta.

 Hay otra manera de ver este fenómeno: a edad similar, los actores de hoy en día parecen mucho más jóvenes que los actores de décadas pasadas. Es fácil de entender: gracias a diversos factores (algunos más naturales, otros menos) estrellas que son muy conocidas y que portan una larga carrera previa parecen de mucha menos edad que la que tienen. Y entonces, otra hipótesis: no habría tanta necesidad de estrellas nuevas porque las estrellas establecidas (de cuarenta o de mucho más) lucen cada vez más jóvenes. En una nota reciente de Vulture se hacía una comparación entre actores de hoy y del pasado con edades similares. Un par de ejemplos: Harrison Ford es hoy dos años mayor que Burgess Meredith cuando hizo de Mickey en Rocky . Y Bruce Willis tiene la misma edad que Spencer Tracy cuando hizo El viejo y el mar. Las actrices también están en la nota de Vulture, pero es un tema que se podrá tratar en otra ocasión: aunque algunas se comparten, entran a jugar otras variables dignas de verse por separado.

¿Y en cuanto a los actores argentinos? La estrella más grande del cine nacional en este momento es Ricardo Darín, ¿Edad? 56 años. ¿Y los otros dos nombres que llevan mucho público en el cine argentino? Guillermo Francella tiene 58 y Adrián Suar, 45. Por otra parte, a juzgar por la recepción en la Argentina de los nombres más nuevos de Hollywood, es aún más difícil instalar una estrella joven aquí que en los Estados Unidos. Por ejemplo, Channing Tatum (33) no es una estrella para el mercado local y las magras cifras de sus estrenos lo prueban. En cambio, Johnny Depp sigue llevando mucha gente a los cines: El llanero solitario funcionó en el mercado local mejor que en el promedio mundial. Claro, Depp, de eterna cara de joven y que recién cumplió los 50, un niño al lado de los largamente septuagenarios Stallone y Schwarzenegger..
 

viernes, 25 de octubre de 2013

Gravedad



Gravedad se dio a conocer internacionalmente en el Festival de Venecia, fuera de competencia. Al poco tiempo se exhibió en la muestra de Toronto. En ambas ciudades despertó el amor del público y el entusiasmo de los críticos. En la taquilla estadounidense fue una Cenicienta, se estrenó con menos publicidad y bambolla que los otros tanques con los que competía y arrasó. Aunque respeto a Alfonso Cuarón (La princesita, Grandes esperanzas, Y tu mamá también, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, Niños del hombre), con soberbia estúpida pensé que la convertiría en una de esas películas que todo el mundo ama y que yo me empeño en aborrecer, porque tanto amor instantáneo me amenazaba, me compelía a que me gustara y con tardío recelo adolescente me resistía a sumarme al entusiasmo uniforme. Qué equivocado estaba.

Gravedad no es una película de estudio, no, es un proyecto personal que Cuarón elaboró con su hijo, Jonás, durante unos cuantos años y que después le vendió a un estudio. Es una nueva instancia del viejo relato de los marooned (abandonados, aislados, varados) en el espacio que deben sobrevivir mientras hallan un medio de volver a la Madre Tierra. Sandra Bullock es una científica que instala un zocotroco que estudiará las cosas por ahí y George Clooney es el conductor de la nave. Los rusos por error bajan un satélite de un misilazo y desatan una avalancha de residuos, porque allá arriba está lleno de artefactos, estaciones y esas cosas. Se quedan sin comunicación con la Tierra y entonces…

Gravedad, como las tiras del paracaídas que se enredan en las piernas de la Bullock, tiene una manera de engancharte y llevarte a su centro gravitacional sin darte respiro ni para desenvolver un caramelo. Son 91 minutos de entretenimiento trepidante, apabullante. Hollywood andaba necesitando una inyección de Cuarón, el mexicano concibe una belleza personalísima y se despacha hasta con un par de innovaciones técnicas que serán copiadas hasta el hartazgo en futuras explotaciones pochocleras. Deslumbra la manera en que nos lleva desde el afuera hasta el interior del traje de astronauta de la Bullock, sencillamente magistral.

Gravedad es básicamente un two hander (obra de dos personajes) y necesitaba dos estrellas de probado magnetismo con identificación positiva inmediata con el público. Sandra Bullock y George Clooney lo son, conozco personas que los detestan pero son las menos, los que los queremos somos más, de allí su democrática popularidad. Clooney desparrama su proverbial encanto y seducción y Bullock entrega su mejor actuación hasta la fecha, el personaje se aviene perfectamente a su estilo salvaje y físico de encarar la actuación. Hablando de físico, la Bullock a los 49 años conserva las curvas en los lugares adecuados y alborota la ratonera entera.

Gravedad, como La invención de Hugo Cabret de Martin Scorsese, merece verse en cine. Se disfrutará en cualquier formato pero es cine puro del mejor cuño y se experimentará mejor en pantalla grande y sin interrupciones. Un espectáculo grandioso, sofisticado y con el mejor espíritu de las viejas matinées.
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 4 de febrero de 2012

Los descendientes


Hay un dicho en inglés: “one man’s meat is another man’s poison”, que literalmente podría traducirse como “lo que a uno alimenta, a otro mata”, pero cuyo equivalente en español es el viejo y querido “Sobre gustos…”

Los descendientes podrá gustar a muchos, no es una mala película, pero a mí me dejó afuera. Lo que sigue no es una crítica, es sólo una explicación de por qué no me interesaba lo que pasaba en pantalla y me aburría casi todo el tiempo. El tema no era. Es más, el punto de partida es intrigante. Un padre (George Clooney) más interesado en su trabajo que en su familia, debe hacerse cargo de sus hijas, una de 10 (Amara Miller) y otra de 17 (Shailene Woodley) cuando su esposa cae en coma por un accidente. Pero hete aquí que la hija mayor le cuenta que está enojada con la madre porque la vio metiéndole los cuernos. Oh!

Es en las derivaciones de este entuerto donde me perdieron. El tono elegido es el de una comedia dramática. En mí, el drama era efectivo, pero la comedia me resultaba forzada, rebuscada, ridícula. Y en las situaciones en que drama y comedia se mezclaban, el quicio se me incineraba por lo torpes y tontas que me parecían, como cuando el querido George increpa al matrimonio amigo por no haberle contado que era un cornudo. Ni que decir del viejo golpe bajo de presentar un personaje tarambana que uno detesta al instante, pero al que después se le desnuda un drama, que nos deja como miserables por haberlo odiado. Las manipulaciones en arte son lícitas, pero hay límites. Insisto, mucha gente puede navegar cómodamente en este continuo fluir de comedia y drama, pero yo no terminaba de encontrar el Norte. Las transiciones me olían a frívolas, las motivaciones a superficiales, los personajes a desangelados, las decisiones a convencionales. La brújula me funcionaba en el drama puro, me conmovía, pero como predominaba el pretendido tono humorístico, estaba perdido la mayor parte del metraje.

George Clooney está bien y bastonea lo mejor que puede el ritmo que le da el guionista y director. Y si su trabajo no se potencia es porque la cuerda a tocar no es la más agradecida para su temperamento actoral. Lo tragicómico no es el registro que le queda más cómodo. Al resto del elenco, en menor caso y responsabilidad, le pasa lo mismo.

Por lo expresado queda claro, creo, que la película no me gustó. Y eso que los films anteriores de Alexander Payne me dejaron recuerdos imborrables. Tanto La elección, comedia feroz si las hay, en la que Reese Witherspoon desbarataba la vida de Mathew Broderick; Entre copas delicia que reverdeció los laureles de Virginia Madsen, solidificó la carrera de Sandra Oh, puso en el mapa a Thomas Haden Church y catapultó al gran Paul Giamatti; y Las confesiones del Sr. Schmidt que nos regaló una maravillosa caracterización del inmenso, en todo sentido, Jack Nicholson, son películas muy buenas, que reveo con gusto cuando me las cruzo en el cable. George Clooney no tuvo tanta suerte como los actores mencionados, bah, puede que gane su segundo Óscar como actor, pero su personaje no perdurará en la memoria, ya que no tiene mística ni carnadura, será un cornudo más en la historia del cine.

Hay películas con suerte a la hora de los premios, ésta es una de ellas, ya ganó unos cuantos y quizá se quede con algunos más, pero cuando el viento en popa amaine, se descubrirá que si bien no es mala, es una película más profesional que inspirada.
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 21 de enero de 2012

Secretos de estado


El problema con los cuentos de hadas es que hay que creer en ellos para que funcionen. Si uno no cree, por más bonitos que sean, nos dejan indiferentes. Secretos de estado no es técnicamente un cuento de hadas, pero por su idealización de la política yanqui se parece mucho a uno. En esencia es un drama moral de crecimiento. El protagonista (Ryan Gosling) pasa del candor y la ingenuidad, no a la madurez, sino al cinismo y el desencanto por los motivos equivocados, al menos  para los habitantes al sur del Río Grande.

Hay dos “supuestas” fallas trágicas en el devenir de la historia. Ryan Gosling, segundo del jefe de campaña (Philip Seymour Hoffman) del candidato George Clooney comete el “error” de reunirse con el jefe de campaña (Paul Giamatti) del candidato opositor. Y dos, el candidato George Clooney comete el “error” de acostarse con una interna (Evan Rachel Wood) de su equipo de campaña. El marco es el de unas elecciones primarias, o sea entre dos candidatos del mismo partido, demócrata en este caso, en Ohio.

Analicemos un poquito. En la idealización que se propone, es inadmisible que un asesor segundón de campaña tome una cerveza con el jefe de campaña opositor. Se vive como una falta imperdonable a la lealtad. Ahora bien, que mientras tanto, el jefe de campaña propio, Philip Seymour Hoffman, procure pactar con el diablo, o sea un senador republicano, Jeffrey Wright, para que le garantice el voto de sus electores es visto como una contingencia admisible de la política. Ojo, el senador republicano, a cambio de sus electores, en caso de triunfo quiere un cargo importantísimo en el futuro gabinete. O sea atar de pies y manos el “supuesto” progresismo de Clooney. Todo en nombre de un “supuesto” bien mayor.

Debe también suponerse inadmisible e imperdonable que un candidato, George Clooney, en una noche de descuido y stress  se acueste con una chica de su propio partido. Ahora bien, es perdonable, en nombre del “supuesto” bien mayor, que dicho candidato mienta posturas progresistas, que no le interesan, como el matrimonio igualitario, porque sabe que jamás se llevarán a la práctica; o que sostenga posturas ecológicas que serían, a la larga pacifistas,  como el uso de motores sin combustible versus los propulsados con derivados del petróleo, hábitos, que sabe,  los yanquis no considerarán hasta que se acabe todo el petróleo de la Tierra. A estas cosas, el idealista Ryan Gosling las pasa por alto o las perdona en nombre del mentado bien mayor, que en este caso sería una mejora en la educación pública y en la distribución de la riqueza, con los ricos pagando más impuestos que los pobres. Es decir, Ryan Gosling, más que idealista, es un salame.

En definitiva, para nosotros, los del sur del Río Grande, las premisas éticas que sustentan el drama no son válidas. Con quien se acuestan los candidatos es cosa de ellos. Un asunto privado, como con quien nos acostamos nosotros. Y hace rato aprendimos que los pactos con los contrarios no llevan a ningún lado, salvo a la traición. Y curtidos de promesas, sabemos que lo tangible, el matrimonio igualitario o el ejemplo que prefieran, es mejor que cualquier buena intención declamada en balde.

George Clooney, un hombre políticamente correcto por excelencia, falla esta vez por criticar al sistema, no en su esencia, sino en sus “aspectos” supuestamente negativos. La lealtad que defiende Philip Seymour Hoffman es falsa y poco importante en términos prácticos. Y la supuesta falla de Clooney, el sexo ocasional, es disculpable. No lo es todo lo demás.

George, querido, la moral no se restringe al sexo. Abandona de una vez el puritanismo yanqui. En el siglo XXI (soy feliz de decirlo) a la moral le tiene sin cuidado con quien nos acostemos (no soy “tan” viejo, pero mi educación sexual fue antediluviana). Lo inmoral es sumir en el hambre a un cuarto de la población mundial, provocar desastres ecológicos inconmensurables en nombre de los buenos negocios, e invadir países con excusas vanas como la seguridad de Occidente para quitarles el petróleo. Ah, y justificar la tortura (remember Guantánamo?) y la discriminación (¿cómo puede ser posible que el mayor porcentaje de presos en los Estados Unidos sea negro?) entre otras cosas.

George, querido, sé que quisiste hacer un drama honesto, pero por no ir al fondo de la cuestión, el sistema en sí mismo, te salió un drama hipócrita como pocos. No te preocupes, no estás solo, a Robert Redford le pasó lo mismo o peor con Leones por corderos (2007) en la parte en la que él actuaba, justificaba ¡invasiones! y sostenía que participar en un “error patriótico”, una guerra, era mejor que criticar u oponerse. Y ya lo ves, por otros méritos, muchos, sigue siendo el rey del Sundance Festival. Qué se la va a hacer, Estados Unidos es un imperio corrupto que confunde.

En fin, si se tragan el sapo de la lealtad entre bandidos y la santidad sexual que todo candidato yanqui debe ostentar, la película se sigue con interés. Clooney filma con elegancia y elocuencia. Todos los actores, sin hacer nada del otro mundo ni mostrar nada nuevo a lo que ya hicieron, se ganan la plata con mucha dignidad. Y lo más parecido a una caracterización o a una actuación destacable la da Marisa Tomei.

En lo personal, estos Secretos de Estado me parecieron ridículos e intrascendentes.

PS. Clooney puede equivocarse políticamente, pero no hay duda que es un hombre considerado. Ver: Todo un caballero en  http://enunbelmondo.blogspot.com/
Un abrazo, Gustavo Monteros