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miércoles, 23 de agosto de 2017

Reflexiones al paso sobre La amante y La Cordillera

El mundo ya no es lo que era, el cine tampoco lo es. Obviedades al margen, a lo que voy es que hay hoy una universalización que borra las peculiaridades, el color local, las idiosincrasias y que crea una paridad, una similitud, una igualdad que reafirma nuestra humanidad a la vez que la diluye. Los griegos, los armenios, los escoceses y los nicaragüenses son menos griegos, armenios, escoceses y nicaragüenses y más “humanos” según el modelo triunfante, o sea el impuesto por el cine de Hollywood, que deja de ser la meca de los sueños  para pasar a ser el vocero del imperio, el perpetuador del modelo a seguir, no solo en el perfil de los personajes, sino en qué contar y en cómo contarlo, según los dos grandes parámetros, el del cine industrial y el del supuesto cine independiente estilo Sundance. Lo que hace que todas las películas del mundo parezcan hechas por un productor yanqui, de allí que le sea tan fácil a Netflix albergar tanto al cine indio, al turco, al coreano, al mexicano, al peruano o al argentino, puede que las caras varíen, pero las ropas, el qué y el cómo se cuentan de maneras tan similares que parecen iguales.


La semana pasada ante el estreno de la película italiana Por siempre jóvenes de Fausto Brizzi, leo en una crítica de un diario principal que “Su mirada sobre la comedia está más cerca de la universalidad anglosajona que de la sátira de costumbres latina”. Y no me extraña en lo más mínimo.


Horas más tarde voy a ver La Cordillera de Santiago Mitre y entre el centenar de tráileres con que nos domestican antes de la película elegida, está el de Hedi, película tunecina de 2016 de Mohamed Ben Attia, rebautizada para su estreno local como La amante. Como suele suceder con muchísimos tráileres (por no decir todos) es posible adivinar la historia entera de la película, su desarrollo y quizá hasta su desenlace, de allí que muchas veces para los que miramos cine todo el tiempo, nos quede la sensación después de haber visto una película, que hubiéramos ahorrado tiempo quedándonos con solo la visión del tráiler, ya que el trámite de verla toda, poco o nada agregaba a lo que ya sabíamos.


En Hedi / La amante vemos a un hombre joven, dominado por su madre, entregarse a una vida arreglada por ella, se casará con la mujer que ella eligió y vivirá según los preceptos y caprichos maternos. Antes de casarse, por su trabajo de representante de una firma de autos, recalará en un hotel de veraneo y se enamorará de una guía turística, quien lo reconciliará con sus sueños. Fin. Pero ¿con quién se queda? ¿Importa? La peripecia vital del personaje pasa por liberarse de las ataduras de la madre.


Es evidente que se trata de una película festivalera, lo ratifican los logos de todos los festivales que la invitaron y algunos de los premios que obtuvo, entre los más importantes, dos Osos de Plata del Festival de Berlín, uno a su protagonista, Majd Mastoura, y otro a su director por la Mejor Ópera Prima.


Mi acompañante le baja en pulgar y lo resume con “Ni en pedo”, le pregunto por qué no la vería y me dice porque es una película Hallmark made in Túnez. Puede equivocarse, pero todo parece darle la razón.


Con mi acompañante vemos religiosamente todas las películas de Darín, por eso ahora huimos de la hermosa tarde de sol para cobijarnos en los rigores de La Cordillera. No conozco el cine de Santiago Mitre, tengo por ahí copias de sus películas anteriores El estudiante, 2011, y La patota, 2015, (Paulina es su título internacional, “patota” es un término demasiado nuestro para su exportación) pero todavía no las he visto. Volviendo a La Cordillera por algunas cosas sueltas que leí, por arriba, de su presentación en Cannes, sé que un thriller que desemboca en un pacto fáustico o algo así. Comprobaremos que es más “algo así” que pacto fáustico en nuestra modesta opinión. Más que el inicio de un ciclo faústico, la película ratificará un modus operandi, una línea de conducta. 


Mitre, con un guión propio, co-escrito con Mariano Llinás, el recordado director de Balnearios, 2002, e Historias extraordinarias, 2008) narra con seguridad y suntuosidad. Hay dos planos, el del hombre común, el técnico que conocerá la Casa Rosada, y el de los que hacen cosas en su nombre, los políticos y sus no menos importantes segundos que deambulan por la casa gubernamental y por los mullidos ambientes de ese lujoso hotel de Chile donde  más tarde acordarán, o no, políticas energéticas para la región.


El presidente argentino es Hernán Blanco (nuestro orgullo nacional, Ricardo Darín, en otra actuación antológica) asistido por su mano derecha, Luisa Cordero (Érica Rivas, impactante como siempre) y por el jefe de gabinete, Castex (Gerardo Romano, en una caracterización impecable). Antes de la partida a Chile, Luisa se entera de una crisis en ciernes. El ex esposo de la hija de Hernán, Marina (Dolores Fonzi, irreprochable as usual) amenaza con sacar trapos sucios sobre los dineros de la campaña que le permitieron a Hernán llegar a la presidencia. Como al pasar se menciona un dato que cobrará relevancia, Hernán pasó de ser un intendente de un pueblito de La Pampa a presidente de la república, sin cargos intermedios, meteóricamente.


En un principio parece que estamos en un thriller político, algo que es más culpa nuestra, o de la famosa “grieta” que de la película en sí. Es claro al desarmarla que da señales inequívocas de no pretender encerrarse en lo político. No estoy de acuerdo con las críticas que dicen que empieza en un género y que da un volantazo hacia otro promediando el metraje. No, hay desde un principio indicios claros que lo político es un ambiente elegido, no el fin ambicionado. Si tuviera que definirlo con precisión, diría que se trata de un thriller metafísico, aunque es imprescindible mencionar que se acerca más a lo fantástico o a lo que se supone terrorífico, eso sí, advirtamos que no hay nada gore, ni sangriento, ni espeluznante, sino el choque de las fuerzas del bien y del mal. Y no digo más, para no caer en un spoiler.


Todo esto viene a cuento porque antes de entrar al cine nos enteramos que Darín le estaba contestando en Twitter a los que se quejaban de la película. En la nota daban dos ejemplos, un espectador le reclamaba las malas elecciones de proyectos que hacía últimamente, a lo que Darín le respondía con sorna, que le encargaría las elecciones a esta persona de ahora en más. El otro ejemplo exponía lo siguiente: "Fui a ver La Cordillera y creo que no entendí el final. @bombitadarin, los espectadores nos quedamos debatiendo después de la película". A  lo que Darín contestó: "¿Eso no es bueno? Digo, ¿te pasó muchas veces? Un abrazo".


Lo menciono porque una vez terminada la película, algunos de los espectadores que nos acompañaban expresaban en voz alta su malestar por el supuesto poco esclarecimiento del final. Decían cosas como “Habrá que esperar la segunda parte”. O “¿Pretenderán que la veamos de nuevo para entenderla?”.


Yo tenía ganas de decirles: Pónganse a repasar que fue lo que vieron y les saldrá solos el porqué termina cómo termina. Pero el cine contemporáneo no promueve el rearmado de los rompecabezas, no, lo da todo deglutido, explicado, subrayado, nos dicen las piezas se acomodan así y así, no se preocupen, mastiquen sus pochoclos y adormilen su inteligencia que nosotros les diremos qué pensar. La Cordillera exige un mínimo de capacitación intelectual, de reflexión obvia sobre cómo se vinculan los elementos y el por qué de esa música harto reveladora, machaconamente prepotente, única objeción a un film bastante inobjetable. Es tan mínimo lo que se nos exige que en los años setenta, tiempos en los que las películas exigían la astucia de los espectadores, La Cordillera estaría dirigida para niños de Jardín de Infantes como Bolilla Uno de rearmado de enigmas. Según decíamos en un principio, el mundo ya no es lo que era y el cine, tampoco.


En tiempos de grieta, La Codillera, por suerte, a pesar del ambiente elegido, no es una película “antipolítica” o sea de derechas… mal. No, en este mundo en particular, como en el mundo en general, hay una tensión entre las fuerzas del bien y del mal, de la oscuridad y de la luz.


Gustavo Monteros


jueves, 3 de septiembre de 2015

Gloria



Gloria (Paulina García) anda por la cincuentena larga, no es de mal ver, tiene un buen pasar, trabaja en una empresa, está divorciada desde hace más de 12 años, con dos hijos grandes e independientes, que para sus problemas prescinden de su madre casi por completo. Muchas cosas pueden decirse de Gloria, menos que no atiende sus necesidades. Por las noches frecuenta los clubes de solos y solas, y vuelve a su casa, a veces con una borrachera, otras con un hombre. Entre ellos, Rodolfo (Sergio Hernández) que la satisface sexualmente con plenitud y que quizá pueda abarcarla afectivamente. Pero como no hay quien no arrastre un lastre, el de Rodolfo corporizado en tres mujeres, una exesposa y dos hijas mayores pero muy dependientes, puede irrumpir en la incipiente relación y hundirla incluso antes de que deje el puerto. ¿Superarán Gloria y Rodolfo los escollos? ¿Podrán fortalecer unos lazos que se perfilan promisorios?


Gloria película chilena de 2013 de Sebastián Lelio es un sólido ejemplo del buen cine que en apariencia se está haciendo al otro lado de la cordillera. Llega a nuestras pantallas tras un periplo por numerosos festivales de los que no salió sin reconocimientos (sin ir más lejos Paulina García ganó el Oso de Plata a la Mejor Actriz en el Festival de Berlín de 2013) y por variados públicos internacionales de los que emergió con buenas críticas.


En lo personal confieso que me pareció un poco larga, con escenas redundantes o simbolismos obvios como la marioneta o el pavo real, o un final “cantado” o más bien “bailado” que se demora demasiado en llegar, confieso asimismo que estas objeciones no empañan secuencias logradísimas como el cumpleaños del hijo o las que transcurren en el auto con Gloria canturreando las canciones de la radio.


Gloria participa de una tendencia que de a poco se asienta en el cine contemporáneo: la de mostrar escenas de sexo entre adultos mayores, antes patrimonio exclusivo de films extremos de cine-arte. En un principio, da un poco de pudor ver cuerpos vividos entregados al sexo, no es que uno crea que el sexo sea cosa de gente joven o privativo de cuerpos supuestamente perfectos como los de Jennifer López y Brad Pitt, pero no consignar el ligero escozor que provoca verse ante este nuevo espejo sería deshonesto.


En resumen, Gloria no será tan pegadiza y entrañable como la canción de Umberto Tozzi, pero tiene lo suyo y no es nada desdeñable.