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viernes, 15 de agosto de 2025

Misericordia - Cuando cae el otoño




 

Íbamos en el Costera a Buenos Aires a ver una obra de teatro. La conversación fluctuaba animosa como siempre. Agotados los temas personales, pasamos a libros, filmes y exposiciones, temas que nos unían y apasionaban. En algún momento ella me dice: Volví a ver esa película de Ozon de los levantes gays en un bosque al lado de una playa. ¿Cuál?, ¿El desconocido del lago?, precisé yo. Sí, esa, me confirmó ella. Pero no es de Ozon, es de un tal Guiraudie, aclaré. Y como no le gustaba saberse en falta, se encogió de hombros, y dijo: Si no es de Ozon, debería serlo, el coso ese y Ozon son casi hermanos mellizos. Me reí y cambiamos de tema.

 

Ahora que ya he visto más películas de Guiraudie, no puedo insistirle con que el cine de François Ozon no puede ser más diferente que el de Alain Guiraudie. porque ella ya no está.

 

François Ozon es proteico, salta de un género a otro, aunque él dice que no se concentra en géneros, sino que busca el modo que más le conviene a la historia que quiere contar. Guiraudie, mientras tanto, profundiza en el desconcierto que es la vida y la imposibilidad de saber qué nos motiva a hacer lo que hacemos.

 

Sin embargo y no por darte la razón, se estrenan dos películas que no los hacen mellizos, pero los hermanan bastante.

 

En Miséricorde (Alain Guiraudie, 2024), Jérémie Pastor (Félix Kysyl) vuelve de Toulouse al pueblito de Saint-Martial para el entierro de su antiguo jefe, un panadero, por el que sentía amor y pasión, que no sabemos si fueron correspondidos.

 

La viuda, Martine (Catherine Frot) lo invita a que se quede en su casa todo el tiempo que quiera. En un principio no parece que tenga apetencias sexuales con Jérémie, pero lo quiere y lo cela.

 

El hijo de Martine, Vincent (Jean-Baptiste Durand) resiente la presencia de Jérémie y sospecha que quiere acostarse con su madre. Vincent vive en otra casa con su mujer e hijo, pero se le aparece a Jérémie en el dormitorio todos los días a las cuatro de la mañana, antes de ir a trabajar. Entonces ¿a quién cela en realidad? ¿A la madre o a Jérémie?

 

Es que Jérémie, como decían en la Catamarca de mi infancia, es medio Beba, la irresistible. Porque también, tanto Walter (David Ayala), un amigo de la familia, y de Vincent en particular (aunque lo niegue) como el cura del lugar, Philippe (Jacques Develay) (que no lo niega para nada, más bien lo contrario) sienten atracción sexual por Jérémie.

 

El binomio deseo-violencia anda siempre inseparable, y tanta tensión sexual dando vuelta deriva, más temprano que tarde, en un hecho de sangre.

 

En Cuando cae el otoño (Quand vient láutomme, François Ozon, 2024). Hélène Vincent (Michelle Giraud) y Marie-Claude Perrin (Josiane Balasko) son dos señoras maduras, amigas de toda la vida, que viven en la campiña francesa.

 

Las pobres han tenido poca suerte con los hijos, el de Marie-Claude, Vincent (Pierre Lottin) cumple sentencia en prisión y la de Hélène, Valérie (Ludivine Sagnier) tiene un rechazo por su madre que se parece al odio.

 

Cuando la película empieza, Valérie viene de París a dejarle a su hijo, Lucas (Garland Tessier) unos días, para que Hélène se ocupe de él, mientras ella se va de vacaciones. Hélène le ha preparado a Valérie su plato favorito, un guiso con champiñones, recolectados en un bosque cercano por ella y Marie-Claude.

 

Hélène no come porque se le ha cerrado el estómago de los nervios que le provoca Valérie. Lucas tampoco come porque no le gustan los champiñones. Valérie halla el guiso tan sabroso, que repite.

 

Termina en el hospital con lavaje de estómago, los hongos eran venenosos. ¿Hélène se equivocó o lo hizo a propósito? Valérie la castiga, se lleva al hijo y que Hélène, que es investigada de oficio, agradezca que no le ponga además una denuncia.

 

Al poco tiempo, Vincent sale de la cárcel y hace pequeños trabajos en el jardín para Hélène, que además le da el dinero para que haga realidad el emprendimiento con el que sueña, poner un bar. La cercanía de Vincent y Hélène derivará en un hecho de sangre.

 

Las dos películas, aparte de los hechos de sangre, parafraseando a Homero Expósito, son raras como encendidas. Para empezar las motivaciones de los personajes son inescrutables. Imposible saber con certeza por qué hacen lo que hacen. Las dos subvierten el sentido de justicia que hemos aprendido a sostener y aceptar.

 

El hecho de sangre de Misericordia se ve, el de Cuando cae el otoño está fuera de cámara. Quien ejecuta el primero y es sospechoso del segundo no tendrán castigo. Aquí el crimen no solo paga, sino que es disculpado por los más cercanos a las víctimas.

 

La mirada es práctica. ¿Si al culpable le cae el peso de la ley, la condena le devolverá la vida a la víctima? No, entonces mejor que siga libre y que compense con buenas acciones que de paso satisfagan los deseos de los cercanos a las víctimas.

 

Misericordia es un poquito más delirada, con un dejo de humor permanente. Cuando cae el otoño es más poética, hasta tiene un fantasma que vigila que las compensaciones por el crimen no se desvirtúen. Y las dos tienen hasta un elemento (¿menor?) que las acerca: en las dos se va al bosque a buscar setas.

 

Si se ven con un hiato temporal en el medio, es posible que las diferencias se destaquen, pero si las ven una detrás de otra, como yo hice, parecen salidas de la misma mente creadora. Acaso en la poca escrutabilidad del motivo de mi mirada, ¿le quiero dar la razón a mi amiga, con la que ya no puedo discutir, pero traigo con esto a mi cercanía? Quizás. No. Bah, seguro.

Gustavo Monteros

 

 

viernes, 28 de abril de 2023

Festival LGBTQ+ - Séptima jornada


 

La séptima jornada del Festival LGBTQ+ que me organicé está compuesta de tres películas francesas. La primera es Plaire, aimer et courir vite (Christophe Honoré, 2018). Estamos en 1993, Jacques (Pierre Deladonchamps) es un escritor HIV positivo. Orbitan a su alrededor, Louis, su hijo de 10 años (Tristan Farge) y la mujer con que lo tuvo, Nadine (Adèle Wismes) y Mathieu (Denis Podalydès) un periodista que vive en el piso de arriba. Jacques está bien, pero como los tratamientos no eran tan efectivos como ahora, sabe que puede decaer irremediablemente de un momento a otro. Marco (Thomas Gonzalez) un examante también con HIV está en las etapas finales y esto deprime a Jacques y acelera su declive. Lo revive un poco su pasión por Arthur (Vincent Lacoste) un joven estudiantes de Rennes, al que conoció cuando fue a esa ciudad a ver los ensayos de una obra suya. Dura dos horas con doce minutos y yo sentí todos y cada uno de ellos. Por dos motivos principales: la tradición francesa, que se remonta unos cuantos siglos atrás y que no tiene fecha de cierre, de racionalizar los sentimientos, larguísimas consideraciones sobre lo que les pasa y no, sobre si lo que sienten es lo que sienten, si es que de verdad sienten o si les parece que sienten lo que deberían estar sintiendo y así. Y dos, porque los personajes principales, en realidad todos, salvo el chico, son unos tremendos narcisistas enamoradísimos de los personajes que creen ser, lo que dificulta o imposibilita, al menos en mi caso, identificarme con ellos. Ojo, es una buena película, que yo no pueda apreciarla en todo su valor, es mi problema, no atribuible en nada a trama, tratamiento y logros de la película. Como me gusta decir, solo no es para mí.



Sigo, con mucho temor, con Jours de France (Jérôme Reybaud) porque temo que, por iguales motivos, me pase lo que me pasó con el film anterior. Pero no, termina por gustarme y mucho. Pierre (Pascal Cervo) abandona la casa que comparte con Paul (Arthur Igual) para lanzarse a la carretera con su Alfa Romeo de alta gama y dejarse guiar por el capricho del momento. Activa su aplicación grindr eso sí, porque por el camino no quiere privarse de los hombres interesantes que pueda ir conociendo en el sentido bíblico, claro. La película maneja muchos puntos suspensivos, que irán aclarándose a medida que el film avanza. Es una road movie con levantes gay. Pero los encuentros sexuales no serán los únicos determinantes de su itinerario, como lo demuestra el desvío para socorrer a Diane (Fabienne Babe), una cantante que se gana la vida dando shows en geriátricos, a la que se le quedó el auto a medio camino de un compromiso. También se topará con una exdocente suya de literatura del secundario (Nathalie Richard), una ladrona (Laetitia Dosch), además tendrá una reveladora conversación telefónica con su tía, una actriz veterana a la que la frecuentación con su arte le ha dado no solo un incansable histrionismo sino una gran sabiduría (la irrepetible Lilian Montevecchi en su última participación para el cine, Death, be not proud). Y habrá unos cuantos hombres, muy entrañables en sus peculiaridades, que viven su sexualidad de una manera diferente a los gays de las grandes ciudades. Paul no se quedará de brazos cruzados y con la ayuda de la aplicación mencionada, buscará a Jacques por los caminos, lo que sumará personajes a la galería de retratos atendibles. Dura dos horas con diecisiete minutos y no los sentí, se me pasaron volando.




Cruzo los dedos para que la suerte me dure y me pase con la tercera lo que me pasó con la segunda y no como con la primera. Ni tanto ni tan poco. Été 85 es el François Ozon de 2020. Los dos Ozon anteriores, L’amant doublé (2017) y Grâce à Dieu (2018) me habían aburrido un poco. De nuevo, culpa mía, no de Ozon, pero uno también tiene sus gustos, qué embromar. En 1985, el adolescente Alexis (Félix Lefebvre) es rescatado por David (Benjamin Voisin), otro adolescente apenas un par de años mayor, de un mar tormentoso cuando su botecito dio una vuelta de campana. Nacerá una amistad que derivará en una arrolladora iniciación de Alexis al erotismo homosexual, David, sospechamos, viene más curtido. Pero los problemas en el paraíso no tardarán en llegar y la historia de amor se abrirá ¿al policial? Algo así. Literatura para adolescentes que no se transcribe del todo bien a la pantalla. Por más que solo el universo adolescente puede albergar a esta historia, hay vueltas de tuerca que suenan falsas incluso en este universo tan elástico. Los adolescentes por estar en edad de transiciones se prestan, en manos de algunos autores, para justificar las conductas psicológicas más traídas de los pelos. No es este el caso, pero casi. Debo reconocer, eso sí, que esta vez no me aburrí.

Gustavo Monteros

jueves, 10 de mayo de 2018

El amante doble


François Ozon es uno de los grandes favoritos de los distribuidores locales, hemos visto casi todos sus títulos estrenados en los cines. No es de extrañar, es impredecible (salta de un género a otro), es arriesgado (juega siempre con temas que bordean lo escandaloso), elegante (su cine es agradable hasta cuando no lo es) y prolífico (se mueve casi a un título por año, la prodigalidad crea hábito y dependencia, lo que acrecienta lo económico). Tiene ambiciones de “autor” y no te hace quedar mal cuando invitas a “la última de”… Hasta ahora.


Nobleza obliga, vi su film el día en que nos comunicaron que volvíamos a la tutela del FMI, algo que el que tiene memoria no puede soslayar, incorporar y manejar, así como así, ya que casi todas las cosas que pudieron ser regulares, fueron horribles por su designio y consejo. A lo que voy es que la realidad me llevaba una y otra vez a los recuerdos de una realidad nefasta, y se necesitaba una narración no tan apegada a la frialdad, a la estética, a la cinefilia para abstraerme.


El amante doble juega con unas cuantas fantasías como la de acostarse con el psicoterapeuta o experimentar el sexo con gemelos. Como todo, absolutamente todo en Ozon remite a la cinefilia, la frialdad deriva de Chabrol, ¿dijimos mellizos?, volvamos a los mellizos de Cronenberg, los de su Dead Ringers/Pacto de amor corporizados por seductora sinuosidad por el inmenso Jeremy Irons, y la anécdota surge de la siempre rendidora premisa de preguntarnos qué filmaría Hitchcok en la actualidad de ser eterno.


El problema es que habrá más espejos enfrentados que en una vidriería, la historia tendrá más dobleces que el hojaldre, y tras el armado del cuento al final, más que la supresión de la incredulidad se nos pide un salto de fe, para desbrozar símbolos primero y compartir después el desenlace de la terapia de la protagonista, que nos condujo con sustituciones y variantes por el frágil laberinto de su mente. La pregunta del millón es si la situación en la que se halla la protagonista interesa o no.


La cosa se inicia con una chica, Chloe (Marine Vacth, descubierta por el mismísimo Ozon para Jeune et jolie, aquí con un corte de pelo que la asemeja a la Juliette Binoche incónica) que es invitada a hacer terapia porque su malestar de vientre no obedece a ningún cuadro clínico y es probable que se trate de alguna psicopatía, de allí que vaya a psicoanalizarse con Paul (Jérémie Renier) que oculta un particular secreto, entonces…


Respecto a la pregunta hecha antes, en lo personal, no me importaba mucho lo que le pasaba a la pobre Chloe, y me parecía que Ozon recurría al sexo casi pornográfico y a audacias ginecológicas para interesarnos. Procedimiento tan lícito como cualquier otro, siempre y cuando no se le note tanto la hilacha como en este caso. Vacth y Renier muestran todos y cada uno de sus lunares en los desfogues sexuales, y cerca del final, en lamentablemente breve actuación reaparece Jacqueline Bisset y uno descubre que fuimos muy injustos con ella, nunca la valoramos en plenitud, es una gran actriz, claro, sin embargo es tan hermosa que siempre nos quedamos en su figura escultural y en su rostro impar y no ahondamos en un talento actoral amplio y flexible.


Ah, cerca del final, por las dudas nos estemos aburriendo mucho, Ozon para acercarse al Cronenberg de Pacto de amor apela a trucos de Grand Guignol, muy en consonancia con el Alien, el octavo pasajero de Ridley Scott.


No sé, sin amenaza inminente del retorno al FMI quizá la hubiera disfrutado más, pero no estoy seguro. Van por su cuenta y riesgo.

Gustavo Monteros

viernes, 21 de abril de 2017

Frantz

Ernst Lubitsch fue uno de los maestros de  la comedia clásica, tan grande fue que se llama “toque Lubitsch” a los momentos en los que el ingenio, la singularidad, la sofisticación y la elegancia elevan a la comedia al campo de lo sublime. Pero como integrante de la producción del Hollywood de la Era de Oro se vio obligado a cultivar todos los géneros. En 1932 aparte de concebir una de sus comedias más destacables Una hora contigo y una de sus obras maestras Un ladrón en la alcoba (Trouble in Paradise), le encomendaron un melodrama antibélico Remordimiento (Broken Lullaby, Canción de cuna rota, en el original). Se basaba en una obra de teatro de  Maurice Rostand, I killed a man (Maté a un hombre). A un francés, Paul Renard (Philips Holmes) le cuesta superar haber matado a un alemán, Walter Holderlin (Tom Douglas) durante un combate hombre a hombre un una trinchera de la Primera Guerra Mundial. En 1919, decide viajar a Alemania y conocer a la familia de la víctima para pedirles perdón. Facilita las cosas que el padre del difunto sea médico, el Dr Holderlin (Lionel Barrymore). Llegado el momento de la verdad, al francés le falta coraje y se hace pasar por amigo. Terminará por desatar el amor de la novia del alemán, Elsa (Nancy Carroll). La guerra “es un monstruo grande y pisa fuerte”, pero aquí no es mostrada en su dimensión épica con una Vivien Leigh caminando entre cadáveres como en Lo que el viento se llevó, sino que se centra en su costado más íntimo, el de los individuos particulares y sus pérdidas.


François Ozon, que ha hecho de la heterogeneidad el rasgo más sobresaliente de su carrera, toma este viejo melodrama de Lubitsch y lo somete a una transformación extrema. Para empezar tiene el coraje de decir que se basa, no en tal obra de teatro o en tal guión, sino en la película de Lubitsch. Otros, por pudor o hipocresía, dicen que recrearán tal o cuál material por este o aquel motivo, nunca que reharán la película que otro hizo antes. Una tontería, una remake es siempre en primer término sobre una película, no sobre una historia. Respeta, eso sí, el punto de partida y el blanco y negro del original. Cambia los nombres, el francés afligido se llama ahora Adrien Rivoire (Pierre Niney), la víctima es el Frantz del título, Frantz Hoffmeister (Anton von Lucke), el padre sigue siendo médico, pero va con el nombre de Hans Hoffemeister (Ernst Stötzner) y la novia del muerto responde al nombre de Anna (Paula Beer).


Ozon ofrece una versión corregida y aumentada. No en el sentido de corregir lo que está mal (a pesar del tiempo transcurrido, aceptados los códigos de la época de su creación, casi nada está mal en el film de Lubitsch) sino de potenciar lo que estaba en ciernes, y aumentar no solo el volumen de los conflictos sino extenderlos para explorar otras posibilidades y otros finales. No en vano el viejo film dura 76 minutos, mientras que el de Ozon dura 113. Y pueden verse uno detrás del otro sin que el de Ozon pierda interés, tan distintos son, a pesar de sus coincidencias.


Durante los primeros 18 minutos, Ozon concreta una película como las que aprendimos a amar en los setenta o de antes con los grandes maestros. La acción avanza a imagen pura, sin subrayados musicales, con sonido natural, o sea sin que nadie nos indique cómo tenemos que sentir, qué emoción manejar de acuerdo a la situación. Pero en el minuto 18 entrará la música, que ya no se irá, y el color, que aparecerá y desaparecerá. Ozon les da más carnadura psicológica a los personajes, ya no están solo dominados por las pasiones demandantes que impulsan a los protagonistas de Lubitsch. Adrien es un narcisista rico y mimado, por lo tanto es un peligro inmenso para una familia que atraviesa un luto. La novia ya no es una personita práctica con gran sentido del sacrificio, no, es una mujer compleja que comprende el poder de la mentira y comienza a usarlo, no bien Adrien confiesa que no es un amigo de Frantz, sino el soldado que lo mató. Nótese que la irrupción del color coincide cuando la mentira, en cuanto fantasía, revive y se fortifica. Aunque, a pesar del atractivo de someter a otros y del color, la fantasía mentirosa es un artificio, no tiene la contundencia de la verdad y se necesita verdad para amar y ser amado, de allí el regreso al blanco y negro.


Como vemos a Ozon le interesan otras cosas aparte del alegato antibelicista, como el poder que da la mentira manipuladora, o en tiempos en los que Europa tiende a cerrar fronteras, hablar también del  temor al extranjero, al que se ve, antes que nada y por sobre todo, como a un enemigo. En Lubitsch, la confesión del francés lleva al final del drama, aquí conduce a otra culminación y a una segunda parte, comandada más por el punto de vista de la novia, que el del francés. Y nos adentramos, entonces, en el más puro y delicioso melodrama de sentimientos, de amores que quien sabe si pueden ser.


Algunas películas nos regalan frases que no nos abandonan y que hacemos nuestras para usar cuando llegue la ocasión ideal. Aquí hay una que a mí en lo particular se me pegó, sabrá Dios quien la pergeño, un guión es una tarea a varias manos, ya estaba en el filme de Lubitsch y Ozon vuelve a usarla, los padres del muerto le pedirán al francés en un momento clave: “No tenga miedo de hacernos felices.”


En resumen, Frantz es un elegante y exquisito film melancólico que merece verse.


Gustavo Monteros

jueves, 5 de marzo de 2015

Joven y bella




Joven y bella, 2013, de François Ozon, trata de una adolescente de 17 años de clase media alta que se prostituye.


Dice Ozon: “Me planteé la película como un misterio a desentrañar. Pero no a desentrañar por mí o por la película, sino por el espectador. En ningún momento me sentí en control del personaje, siempre me propuse seguir sus pasos, como un entomólogo que se fuera enamorando de la criatura que estudia.”


A confesión de pruebas… Eso estaría muy bien si se tratase de un documental, pero en una ficción, como lo es ésta, bordea el disparate. Se supone que Ozon es el autor y director de esta ficción, por lo tanto no puede renunciar a no saber, a plantear la idea central de su película como un “misterio”. Un creador puede no saber de dónde le vienen las ideas, pero no puede delegar alegremente al público el control de las mismas, una vez nacidas y criadas. Y, por supuesto, al no abrevar en una matriz psicológica (¿por qué Isabelle (la joven y linda Marine Vacth) hace lo que hace?), o social (¿lo hace por trasgredir su comodidad burguesa?),  o política (su apego al dinero que ganó prostituyéndose ¿la enaltece, ya que se constituyó ella solita en una empresa de autogestión libre de impuestos, o la degrada, ya que no lo necesita?), o algo, el resultado parece un babeante acto voyerista.


Al no plantearse ni menos contestarse ninguna pregunta, la película es un artificio cerrado en sí mismo sin contacto con ninguna realidad más o menos tangible (Isabelle en su comercio sexual con el único inconveniente que se topa es con un cliente que se niega a pagarle la tarifa completa, con tanto loco suelto que hay en ese submundo, la chica tiene una suerte “de película”), y en tanto artificio es elegante, un poquitín solemne, nada aburridor y parecidísimo a un film porno soft.


En resumen, una película joven, bella e irremediablemente tonta.


Ah, el afiche “dialoga” con el Belle de jour, (Luis Buñuel, 1967) film del que está a 14 galaxias de distancia. 

viernes, 7 de marzo de 2014

En la casa




François Ozon es a todas luces un tipo interesante. Soy un poco retorcido, declara en un reportaje de The Guardian, sabrá él porque lo dice, aunque su obra lo es, también, un poco. A Ozon le gusta jugar con la forma, difuminar los límites de realidad y ficción (o sea lo que en la ficción pasa por realidad y esa otra ficción que es la ficción de la realidad de la ficción, perdón, la culpa de este aparente galimatías es de la ficción, porque dentro de ella todo es ficción), trasponer las fronteras entre lo teatral y lo cinematográfico, maridar la literatura y el cine, o hacer malabares con lo metalingüístico, lo metaficcional, lo metacinematográfico, (todo lo cual parece muy metafísico de tan profundo y que no es más que denunciar cada tanto que estamos en una película y jugar con eso, como cuando Mel Brooks hace chocar la cámara contra el vidrio de una ventana, o hace concluir el monólogo de un actor con “y seguro que con esto me gano el Óscar al mejor actor de reparto”, o le hace creer al personaje que otra vez padece la dramática banda de sonido de la película cuando en realidad se trata de un colectivo que pasa lleno de músicos que ensayan una partitura plena de “suspenso”, cosas así son lo “meta”, aunque no tan divertidas cuando los autores son unos pelmazos que se creen que inventaron la pólvora cuando solo tiran cuetes.) Ozon por suerte no es tan creído y no olvida el precepto, que en los setenta atosigados de tanta teoría de autor estuvo por perderse y que recuperó en apariencia para siempre la postmodernidad, mala en muchas cosas y no en esto, que no es nada más ni nada menos que “hacé lo que se te ocurra, pero nunca olvides que estás contando un cuento”. A lo que voy es que Ozon hace todos sus jueguitos sin olvidarse de que hay un público que quiere ser tenido en cuenta, de allí que sus films, aunque de “autor” se estrenan y muchos hasta son un éxito.


En la casa es hasta la fecha su película más ambiciosa y asimismo la más lograda. Se basa libremente (libérrimamente dicen los que conocen la pieza) en la obra teatral del español Juan Mayorga, El chico de la última fila. En el film, Germain (Fabrice Luchini), un profesor de lengua y literatura cincuentón, desencantado de la profesión (mal universal si los hay) lee un día una composición que se distingue por un par de cosas: describe a la madre de un compañerito cuya casa se visita por primera vez con “tiene el olor de la burguesa de clase media” y termina con un enigmático “continuará”.   Claude (Erns Umhauer) el alumno que la firma parece tener pasta de escritor. Sí, pero también…


En la casa es tanto una comedia negra, un drama psicológico, el relato de un tutor y su pupilo, un cuento de advertencia contra un intruso, como un replanteo de los límites de la ficción (en este caso la literatura) o un juicio al realismo y sus variantes e incluso un homenaje a Hitchcock. Entre otras cosas. Pero ante todo y por sobre todo es una película seductora que atrapa. Uno puede ir en grupo y discutir después en un café durante horas sus entresijos o se puede ir solo, despreocuparse de las intelectualidades y pasarla bien igual, porque como dijimos antes a Ozon le preocupa más contar el cuento con justeza.


Completan el elenco la siempre perfecta Kristin Scott-Thomas como la esposa del profesor; Bastien Ughetto como Rafa, el compañerito de la casa en cuestión, Denis Ménochet es su padre y la sensual Emmanuelle Seignier es la madre, la mentada “burguesa de clase media”. El joven Erns Umhauer deslumbra en el coprotagónico y Fabrice Luchini ratifica su autoridad histriónica. Curiosamente, por obra del azar, a pesar de las pocas películas francesas que llegan últimamente a nuestros cines, Fabrice Luchini se está transformando en una cara frecuente, lo vimos como el esposo de Catherine Deneuve en Potiche-las mujeres al poder y como el protagonista de Las mujeres del sexto piso en la que acompañaba a la querida Carmen Maura.


François Ozon (Gotas que caen sobre rocas calientes, 2000,  Bajo la arena, 2000, 8 mujeres, 2002, La piscina, 2003, Tiempo de vivir, 2005, Ricky, 2009, El refugio, 2009, Potiche-las mujeres al poder, 2010) confirma que se pueden tener veleidades de autor sin perder ningún anillo por ser popular.

Un abrazo, Gustavo Monteros