Mostrando entradas con la etiqueta Carmen Maura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carmen Maura. Mostrar todas las entradas

viernes, 15 de julio de 2022

Programa doble: Sombras en una batalla - La flaqueza del bolchevique



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Sombras en una batalla – La flaqueza del bolchevique


En Sombras en una batalla (Mario Camus, 1993) Ana (Carmen Maura) se esconde a plena luz. Es veterinaria en un pueblito cerca de la frontera de España y Portugal. Está asociada a otro veterinario, Darío (Tito Valverde) con él que se lleva más que bien y que la ayuda a criar a su hija de 13 años, Blanca (Sonia Martín). La casualidad la hace conocer a y relacionarse con José (Joaquim de Almeida) hasta que este revela pertenecer a la organización que mató a su esposo. Porque el secreto de Ana es haber pertenecido a la ETA (para los que no lo sepan, organización terrorista nacionalista vasca) y José anduvo mezclado con los GAL (para los que no lo sepan, agrupaciones parapoliciales financiadas por altos funcionarios del Ministerio del Interior español que practicaron terrorismo de estado contra la ETA) Y ya se sabe, los secretos expuestos desatan consecuencias inesperadas…


En La flaqueza del bolchevique (Manuel Martín Cuenca, 2003, según novela de Lorenzo Silva) Pablo (Luis Tosar) un ejecutivo treintañero en crisis con sus elecciones de vida se ve envuelto en un accidente de tránsito inconsecuente con Sonsoles (Mar Regueras) que de pura antipatía le inicia una querella. Pablo comienza a hostigarla y así conoce a la hermana menor de Sonsoles, María (María Valverde) una adolescente de 14 años con la que empieza una relación enriquecedora y movilizadora. Pero la obcecación de Sonsoles empuja el asunto a la tragedia.


Estas dos películas tienen bellos títulos evocadores y arman un buen programa doble para un domingo de frío. En mi opinión, el final de Sombras en una batalla es demasiado ecuménico-cristiano y suena falso, pero como siempre donde anda Carmen Maura, su sola presencia eleva el material y evita que se torne desdeñable. La flaqueza del bolchevique juega lícitamente con nuestras advertidas expectativas (¿es María una nueva Lolita?, ¿Pablo es una pedófilo en ciernes?) para desafiarlas y sorprendernos. Tosar es hipnótico como acostumbra y la Valverde no en vano se convirtió después de esta película en una gran estrella.


¿Hay elecciones inevitables? No, es una contradicción de términos. Elegir implica algún grado de libertad. Los condicionamientos son irremediables, uno no elige dónde nacer ni cuándo. Y las elecciones siempre dejan afuera las otras opciones que pudieron llevarnos por otros caminos. ¿Mejores? Quizá, ¡quién sabe! No me lleven el apunte. Son solo elucubraciones de domingo.

Gustavo Monteros

viernes, 13 de abril de 2012

Las mujeres del sexto piso



Suele decirse que a la hora de las historias, nada es más difícil de contar que la bondad y la felicidad. Se afirma que la dificultad radica en que la bondad es absoluta, y en que la felicidad carece de matices. Habla mucho de la condición humana que la maldad, a la que también podría caracterizarse como absoluta, se cuenta con facilidad pasmosa, y que los infortunios de diverso calibre nutren todo tipo de narraciones.

Sin embargo de vez en cuando alguien descubre un modo de contar la bondad y la felicidad sin villanos ni esquemas melodramáticos. Como ahora el francés Philippe Le Guay.

Había una vez en el París de 1962 una casona señorial. En el quinto piso vivían Jean-Louis Joubert (Fabrice Luchini) y su esposa Suzanne (Sandrine Kiberlain). Él es un asesor de inversiones (uno más y van…) (pero es 1962 y el daño recién empieza…). Ella se dedica a ser una señorona. Son muy formales, correctos, hacen lo que se debe, los mandatos sociales son su segunda piel. Muy conservadores, bah. Aunque no lo saben, están más muertos que el Mar ídem. Por suerte a él la frustración soterrada no lo ahoga como para no ver que a su alrededor hay personas necesitadas de ayuda. Y un pequeño gesto solidario lo pondrá en contacto con las mujeres del sexto piso: unas españolas más vivas que un bebé recién palmeado. Las españolas dejaron atrás afectos y familias para hacer “la Francia” y llevarse de vuelta algunos francos trabajando de sirvientas. La vida en el sexto piso es más que precaria. Se mueren de calor en verano y de frío en invierno, no tienen baño para higienizarse y sólo disponen de un excusado. Una canilla y la luz eléctrica son todos sus lujos. Aunque esto no mella su vitalidad, su alegría, sus ganas de comer rico, tomarse un buen vinillo y cantar coplas.

Así que Jean-Louis al entrar en contacto con ellas descubrirá que lleva una vida gris y vacía aunque tenga la panza llena y casi todas sus necesidades satisfechas.

Como en todo relato que se centra en la bondad y en la felicidad hay algo de cuento de hadas. No es para menos. No se necesita ser ningún Einstein para comprobar que estamos hasta las orejas de maldades, mezquindades y desgracias… Pero es hermoso y gratificante ver para variar gente que lucha por ser feliz, por no perder la alegría y que ejerce la solidaridad no como una obligación moral o religiosa sino como algo natural, de pura buena gente que son.

Fabrice Luchini (visto el año pasado como marido de Catherine Deneuve en Potiche/Las mujeres al poder de Ozon) es, aunque parezca una contradicción de términos, tan sutil como histriónico. Se ven con claridad los cambios de su personaje pero no los hace obvios. En las escenas de la oficina es donde más se nota esta metodología de trabajo. En apariencia sigue siendo el mismo y sin embargo ya no lo es. Sandrine Kiberlain está también muy bien en su burguesa convencional pero que no ha perdido la bondad. Y sin desvirtuar su personaje se permite actuarlo con alguna ironía. A la cabeza de las españolas está Natalia Verbeke, actriz argentina formada en España a la que vimos como pareja de Darín en El hijo de la novia de Campanella y junto a Nancy Duplá y Pablo Echarri en Apasionados de Jusid. Aquí se la ve segura, dueña de sus medios expresivos y en la escena de la ducha ratifica que está para el “crimen”. Es María, la nueva mucama de Jean-Louis y Suzanne, que desempolvará los muebles y las ganas de vivir perdidas. Las demás españolas son el colmo del gracejo y superan con talento los estereotipos propuestos por el guión y le dan carnadura de personajes. Dejo para lo último a la extraordinaria, descomunal, iridiscente Carmen Maura que ganó el César, el Óscar francés, a la mejor actriz de reparto por esta película. Cuando está en escena es imposible mirar para otro lado. Destella.

En resumen una película bella y luminosa. Eso sí, si a ustedes los conmueven como a mí los actos solidarios espontáneos lleven pañuelos descartables. Se me empañaron los anteojos más de una vez.

Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 4 de octubre de 2009

Los abrazos rotos

Pedro Almodóvar, prototípico niño mimado de la crítica y el público, sufre con estos “abrazos rotos” los primeros reveses de su larga y prolífica carrera. Esta película no despertó mucho entusiasmo en los festivales internacionales en que la presentó. El público español la ignoró olímpicamente. Y la Academia de Cine española no la eligió para que compitiera por el Óscar como Mejor Película Extranjera; optó por El baile de la victoria de Fernando Trueba, protagonizada por Ricardito Darín, el grande.


Es su película “más”. La más cara (15 millones de euros), la más larga tanto en rodaje (14 meses) como en duración (127 minutos), la que más argumento tiene… y la más fría.
Como todos sus films anteriores es un homenaje al cine y a los trucos lícitos del arte de narrar en imágenes. Como en La mala educación se cita a sí mismo en el ejercicio de cinefilia, incluyéndose entre los maestros del cine. Contrariamente a La mala educación y a Volver, esta vez sus historias cierran y no quedan como caprichosas e ilógicas narraciones. Como en Todo sobre mi madre, los personajes están perdidos en un laberinto de espejos y tienen más de una cara. Lo que no hay es la alegría, el fervor de las primeras películas. Su cine ha ido ganando seguridad formal, perfección técnica y ha ido perdiendo el alma, la pasión, las ganas. Todo es muy bonito, suntuoso, seductor pero vacío de enjundia y misterio. Parece una telenovela que se mira mientras uno espera el programa que sigue. Entretiene mientras dura y se olvida ni bien termina. Jamás engancha ni convive con nosotros. Queda ahí, en la pantalla, perdida en sí misma.


Penélope Cruz, al natural no debe llamar mucho la atención, pero la cámara la vuelve un animalito hermoso y fascinante. (Cuento en realidad la experiencia de Woody Allen, que se decepcionó cuando la conoció, pero la amo cuando la vio en cámara.) Blanca Portillo es una actriz portentosa. Todos los actores están muy bien, pero ya se sabe, cinematográficamente los actores no le generan mucho morbo, su mundo es el de las mujeres.


Que Pedrito es un grande, nadie puede discutirlo. Queda por ver si podrá reinventarse a sí mismo o si se encerrará en sus obsesiones alejándose más y más de su público de siempre. En la conferencia de prensa de Cannes dijo que Scorsese debía dejar a DiCaprio y volver con DeNiro, porque juntos hacían mejores películas. Quizá él deba zanjar de una vez sus diferencias con Carmen Maura, juntos hicieron algunos films inolvidables que hoy por hoy parecen cosas del irrecuperable pasado.
Un abrazo,
Gustavo Monteros