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viernes, 3 de marzo de 2023

Desafío del mes de San Valentín - Quinta semana

Y llegué nomás al final y completé la lista. Y el desafío cumplió con el propósito de crearme una línea secundaria de pensamiento y así no me encerré en las decisiones a tomar y en los condicionamientos a aceptar. Me dijeron que la premisa era falsa, que con la cantidad de películas de amor que había, cómo no iba a encontrar 28. Sí, pero la dificultad radicaba en el “que de verdad me gustaran”. Uno es uno y soy parcial, por ejemplo, con el policial negro, con la comedia o con el musical, pero con las de amor, soy peculiar y quisquilloso. Aunque no solo llegué a completar la lista sino que hasta me quedaron muchas en el tintero. No sé si llegan a otras 28, cosa que no comprobaré porque no se trata de llegar al fondo del baúl sino de entretenerse un rato con juegos de charla de café.

Sábado 25 de febrero de 2023


Día 25: Notting Hill (Un lugar llamado Notting Hill, Roger Michell, 1999)

Estamos siempre tan hambreados de justicia que cada vez que nos cuentan una versión de la Cenicienta, como la copita de ginebra holandesa, nos estimula y sienta bien. Notting Hill es eso, una Cenicienta invertida en la que él (Hugh Grant) es la fregona y ella (Julia Roberts) el príncipe azul que no destiñe. Claro que como todo es moderno, él no friega sino que tiene otros encantos. Es un librero, que entre los mercachifles, es el más encumbrado. Vende al menos sustento para el alma y el intelecto y no cigarrillos o tuercas. Ella es perfecta como toda estrella. Pero como sabemos los que tuvimos la suerte de conocer alguna de entre casa, las estrellas son como todos los demás, solo que con las ventajas y peculiaridades del empleo elegido. Por eso le puede decir aquello de Soy solo una chica parada frente a un chico pidiéndole que la quiera, que es el fino y poético de Soy accesible hasta para vos, chabón. Claro que él todavía tiene que perder el zapato que en su caso es enredarse con la baja estima y comportarse como un reverendo pelotudo. Pero como no es una novela rusa clásica, el final feliz está en ciernes y entonces ponen She de Aznavour cantado por Elvis Costello y si bien ya veníamos enamorados de Julia Roberts desde los tiempos de Pretty Girl (otra Cenicienta), la canción nos recordaba todos los motivos para amarla y obedientes nos volvíamos a enamorar de Julia hasta la masmédula, que no existe, que es un invento de Oliverio Girondo, pero que debería existir. Y por más policiales negros que consumamos, siempre nos van a gustar las versiones de la Cenicienta porque es un cuento de progresión social ascendente y por más que el garcaje le enseñó a algunos de nosotros a odiar a los que de mal van para bien en términos de ascenso, los demás nos vamos a enganchar con la esperanza secreta de que alguna vez nos toque echar buena y quedarnos con la Julia Roberts que liguemos, porque con ella hasta el pan y cebolla va a ser caviar y centolla.

 

Domingo 26 de febrero de 2023


 Día 26: Zee and Co. (Salvaje y peligrosa, Brian G. Hutton, 1972)

Preguntas del millón. ¿Qué es el adulterio? ¿Cuándo empieza? ¿Por qué? Es una enfermedad de pareja monogámica. En parejas abiertas o poliamorosas no aplica. ¿Es venial si es solo sexual? ¿Es mortal si involucra sentimientos? ¿Es ignorado o negado? ¿Es un juego de poder? ¿Surge para salpimentar una relación agotada? ¿Comienza en la mente mucho antes de ocurrir o solo se da? La o el tercero en discordia ¿ambiciona ocupar el lugar del o de la traicionada? ¿Acepta participar en un juego en el que tiene más para perder que ganar? Ya sea que se supere ¿el fantasma de lo que pasó queda de por vida? ¿Es consentido si no se hace nada para evitarlo? ¿Gana el o la que se queda con la convivencia del objeto de pasión? ¿Hay ganadores o solo perdedores? ¿Hay verdadero amor en una relación que nace en la clandestinidad y que implica traición? ¿Surge de la insatisfacción ante la pareja o de un impulso ingobernable de una de las partes? Una vez establecido y tolerado ¿es para toda la vida como el matrimonio católico? ¿Hay víctimas y victimarios o solo victimarios? Si surge como una aventura y no se corta a tiempo ¿se complica? ¿Es más grave entre los tradicionalistas que entre los bohemios? Elizabeth Taylor como la esposa, Michael Caine como el marido y Susannah York como la amante barajan respuestas en Salvaje y peligrosa. Pero ¿hay respuestas correctas cuando se presenta una anomalía donde no debería haberla?

 

Lunes 27 de febrero de 2023

 
Día 27: The Shop Around the Corner (El bazar de las sorpresas, Ernest Lubitsch, 1940)

Con una falta de originalidad digna de ninguna causa, en las aulas, ante las peleas reiteradas, se intenta disuadirlas con un perogrullo que se supone freudiano: Los que se pelean, se quieren. Casi nunca es verdad y en escasísimas oportunidades es disuasorio, pero en el caso de Klara Novak (Margaret Sullavan) y Alfred Kralik (James Stewart) es cierto de toda certeza y se puede jurar sobre su veracidad no sobre una, sino sobre siete Biblias. Los dos trabajan en el Bazar Matuschek que queda a la vuelta de alguna esquina en el centro de Budapest. Estamos en los años precedentes a la Segunda Guerra Mundial y nada presagia los funestos delirios expansionistas de Hitler. En este ¿bazar? que es más bien una marroquinería, su vendedor estrella, el mencionado Kralik y su vendedora más reciente, la susodicha Novak, en persona, se detestan a más no poder, pero, por carta, (sin saber quiénes son en realidad porque usan seudónimos) están más que cerca de formalizar un noviazgo. Solo hace falta el detonante para que la tensión sexual ya desatada y el amor en ciernes exploten, se fusionen y comiencen los prolegómenos de cazar perdices. El bazar de las sorpresas es una de las piezas claves del maestro Ernest Lubitsch y reapareció en 1949 como un vehículo de lucimiento para Judy Garland (In the Good Old Summertime, llamado aquí La novia incógnita) dirigida por Robert Z, Leonard, acompañada por Van Johnson (en la escena final hace su debut en el cine una nena de tres años llamada Liza Minnelli) y en 1998, convenientemente aggiornada, para que otra vez se enreden sentimentalmente Tom Hanks y Meg Ryan (You've Got Mail / Tienes un e-mail) con dirección de Nora Ephron) Y desde 1963 es un delicioso y logradísimo musical de Broadway con el título de She Loves Me, con libro de Joe Masteroff, música de Jerry Bock y letras de Sheldon Harnick. Todas se basan en la obra teatral de 1937, Parfumerie, del húngaro Miklós László. Pero como suele suceder en algunas familias es la primigenia la más agraciada y querida. Los que vienen detrás, a llorar a la iglesia o a rumiar a terapia.

 

Martes 28 de febrero de 2023

Día 28: New York, New York (Martin Scorsese, 1977)

Fue un fogonazo de luz, calor y belleza, cuando en la calle hasta el aire diáfano olía a sangre, los alaridos sospechados te desvelaban en el silencio de la siesta y el miedo nos atería de frío incluso en el ardiente calor del verano. Se estrenó el 5 de enero de 1978. Y menos mal que no era ni crédula ni jovial. No andábamos como para ingenuidades ni optimismos. María von Trapp nos hubiera fastidiado hasta la indigestión. Scorsese dice que es un noir musical y no le falta razón. La Segunda Guerra Mundial acaba de terminar y él, el saxofonista Jimmy Doyle (Robert De Niro), quizás por haber visitado el Infierno, es un desencantado que por más que lo intenta no puede confiar ni querer y la rabia por no poder hacerlo se le vuelve violencia y desprecio por sí mismo. Ella, la cantante Francine Evans (Liza Minnelli) no es perfecta, muchas veces no sabe qué hacer con él, pero comparte el perfil de las nobles minas del tango, es fiel y de gran corazón, y hasta le da un hijo. Cuando él por fin consigue un poco de paz y aquieta sus demonios, ella ya está en otra y no quiere volver atrás. La frase matadora del afiche decía: El amor es como una canción, es hermoso mientras dura. Y yo, un veinteañero reciente que alcanzaba la edad de oro en años de plomo, mientras duraba esta película casi no tenía miedo y el mundo me parecía menos hostil y doloroso. Por eso la amo. Fin.

Gustavo Monteros

domingo, 11 de abril de 2010

Ninotchka

Greta Garbo emerge en mi memoria enmarcada de adjetivos hiperbólicos, todos en mayúsculas: LA ÚNICA, LA ENIGMÁTICA, LA DIVINA. Así la conocí, incluso antes de verla por primera vez. Es que en el viejo star system era la estrella de estrellas. La más distante, la más luminosa, la más inalcanzable. Cuando la conocí, no daban sus películas por televisión. Cuando lo hicieron, lo anunciaron como el evento televisivo más trascendente desde la llegada del hombre a la luna. (No se andaban con chiquitas con nada que tuviera que ver con ella.) En mi infancia por suerte se usaban los re estrenos. Volvíamos a ver en cine films destacados de años anteriores. La MGM organizaba de vez en cuando una retrospectiva de la Garbo que incluía La dama de las camelias, Ana Karenina, Reina Cristina, María Walewska y Ninotchka. Las combinaban de a dos, menos a María Walewska que la daban sola con dibujitos de Tom y Jerry porque era más larga. Vi en el Cine Teatro Catamarca todas, menos María Walewska. El día que la exhibían, cuando me fueron a buscar a la escuela, la maestra se quejó de que me había pasado la mañana conversando con Manuelito Moya que era mi compañero de banco y me castigaron no dándome el permiso para ir al cine. La tía Martina intercedió a mi favor, pero fue de poca ayuda. Sabrá Dios por qué, mamá andaba medio peleada con el mundo en general y con la tía en particular. La tía consideró que era toda una injusticia y la vio en la función nocturna para después contármela. A la mañana siguiente, mientras desayunábamos mate cocido con leche y rebanadas de pan cacho con manteca y azúcar, me la contó. Mamá estaba furiosa y le dijo algo muy cruel, que tuviera sus propios hijos y no interviniera en la crianza de los ajenos. La tía se encogió de hombros, me guiñó un ojo y siguió contándomela. Mamá salió de la cocina pegando un portazo que hizo temblar los vidrios. Durante el día la pelea terminó. Esa noche, mamá y la tía jugaron a la canasta con los vecinos y estaban de lo más bien. Tiempo después, en mis primeros años de secundario en La Plata, en otra edición del ciclo Garbo, vi María Walewska en el cine 8. Es la más espectacular de las cinco, pero también la más flojita. Las otras tres son muy atendibles, Reina Cristina por el perturbador manejo del erotismo, La dama de las camelias por la insuperable actuación de la escena en que muere, y Ana Karenina porque la pasión que siente por Vronsky es innegable, con semejante calentura no le quedaba más remedio que abandonar casa, marido, hijo e irse con el amante. Pero de las cinco, bah, de todas las que hizo, Ninotchka es la mejor.


No es para menos, fue dirigida por Ernest Lubitsch, uno de los tres reyes de la comedia parlante estadounidense (los otros dos son Preston Sturges y Billy Wilder). Ninotchka es uno de sus dos film que tienen como telón de fondo a los tiempos de la Segunda Guerra Mundial (el otro es su obra maestra indiscutida To be or not to be (1942), calificarla de joya es quedarse corto). Ninotchka (1939) trata el romance entre un occidental capitalista decadente y una fervorosa camarada soviética. Hay filosos chistes que desnudan las iniquidades de ambos sistemas político-económicos. Pero el humor político no es el eje. Lubitsch, como todo buen comediógrafo, es un humanista. Sabe que más allá de declamadas posturas éticas o políticas, un hombre es un hombre. Un ser proclive a los peores vicios y miserias, pero también capaz de maravillas tales como el amor, la solidaridad y el perdón. Ése es su tema: el movimiento pendular humano entre maravillas y miserias. Y él se ríe. De todo. No como la hiena sino con furibunda ternura. Lubitsch comprende y confía. Apuesta a que un día quizá seamos mejores. Es impiadoso con nuestras debilidades, pero las retrata con la esperanza de que podamos modificarlas. Al analizar en detalle sus comedias vemos que nos hace reír de atrocidades, pero no nos atosiga con moralinas infames, nos invita a comprender para superar.


Dos famosos golpes publicitarios se destacan de la carrera de Greta Garbo en la MGM. Su pase del cine mudo al sonoro fue anunciado con bombos y platillos como GARBO HABLA. Y cuando se estrenó Ninotchka se la promocionó como GARBO RÍE. No es que no se hubiera reído nunca, no, en sus películas se rio y mucho, pero por primera vez dejaba de lado a las sufridas heroínas románticas y se lanzaba a la comedia. Para gloria propia y la del cine. Está deliciosa.


Garbo permaneció siempre incólume en su esplendor, como una esfinge perfecta y eterna. Todas las demás estrellas (Ingrid Bergman, Marlene Dietrich, Katherine Herpburn, Bette Davis, etc.) envejecieron ante las cámaras. Las vimos ajarse y las amamos más. A Garbo, no. Ninotchka sería su penúltima película. Tres años después, tras el fracaso artístico y comercial de La mujer de dos caras (u Otra vez mío) se retiró para siempre y se escondió del mundo. Su imagen se volvió icónica, legendaria. Despertó admiración, pero no mucho cariño. La perfección detenida en el tiempo en el fondo asusta. Sin embargo Ninotchka nos muestra a una mujer asequible a la que es posible amar. Otro mérito del gran Lubitsch, quizá.


El jueves 15 de abril TCM brinda un tributo a Greta Garbo. A las 14 va La dama de las camelias, a las 15:55 Mata Hari, a las 22 Reina Cristina y a las 23:50 El velo pintado. Pero a las 17:30 va la mejor: NINOTCHKA. Si la han visto, véanla otra vez. Es un clásico y los clásicos se resignifican cada vez que uno los visita. Y si no la han visto, falten al trabajo, salgan más temprano, o no cometan ningún pecado laboral y grábenla o bájenla de internet. En esta era de listas, de las 2000 películas que hay que ver antes de morir y esas cosas, diré que figura en mi lista de imperdibles. Vale la pena. Consejo de amigo.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 21 de marzo de 2010

Todos están bien

La voracidad de la sociedad yanqui por estimular el consumismo ha engendrado en el cine tres subgéneros absolutamente detestables. Las películas navideñas, las del pavo de Acción de Gracias y las de los bombones de San Valentín. Las navideñas exhiben alguna que otra gema como El bazar de las sorpresas (The shop around the corner) de Ernest Lubitsch o ¡Qué bello es vivir! (It’s a wonderful life!) de Frank Capra. Los otros dos subgéneros hasta ahora sólo dan pena. (La masacre de San Valentín de Roger Corman es muy buena, pero difícilmente podríamos incluirlas entre los bombones del Día de los enamorados.)


Everybody’s fine de Kirk Jones es una remake Stanno tutti bene de Giuseppe Tornatore en versión navideña, con Robert DeNiro en el papel que hiciera Marcello Mastroianni. (A los productores yanquis no se les cae una idea ni aunque en ello les vaya la bolsa o la vida.) (Para la futura sobrevida en el cable, por las dudas, este film le apunta también al pavo ya que oscila entre el Día de Acción de Gracias y Navidad.)


Sigue fielmente el original italiano con algunos cambios. Como a papá nadie lo visita (¿por qué será?), él sale a visitar a sus hijos. Trata un tema eterno como los laureles: hijos lidiando con las frustraciones de los padres. Pero esta vez se trata de los laureles que no supieron conseguir. Papá sacrificó su vida (Mastroianni soportando humillaciones y DeNiro poniendo en peligro su salud) para que los nenes no sólo salgan adelante sino para que sean los mejores en sus profesiones. Los nenes deben ser auténticas estrellas en lo suyo para que papá, que eligió ser un extra de la vida, no sienta que malgastó su juventud. Claro, nadie puede con el peso de semejante herencia. Los nenes, que de bebés tuvieron su vida hipotecada con las frustraciones de papá, fallan miserablemente. Al final, papá (Mastroianni, un poco menos, DeNiro, mucho más) se dará cuenta de su error y se arrepentirá. Tarde, muy tarde.


En la vida real, a un personaje así, uno le pasaría, sin remordimiento, un camión con acoplado por encima, frenaría y por las dudas no fuera suficiente, daría marcha atrás y lo arrollaría otra vez. Pero puesto en protagonista de una película, interpretado por Mastroianni o DeNiro, uno le tiene más paciencia, lo comprende y hasta se solidariza con él. El arte tiene también esa función, desentrañar conductas que uno de antemano rechazaría de plano.


Las otras actualizaciones tienen más que ver con un progresismo hipócrita y calculador que con una sincera adhesión a posturas bien pensantes. En la película italiana, una de las hijas es madre soltera, cosa que oculta porque papá no podría soportarlo; ahora ese personaje (Drew Barrymore) es lesbiana y cría al hijo con su pareja, del mismo sexo, of course. En la versión italiana, la otra hija finge ser una importante ejecutiva de una telefónica cuando en realidad es una empleada menor, en la versión yanqui es de verdad una exitosa creativa de publicidad (la hermosa Kate Beckinsale), pero ambas ocultan que están divorciadas y que educan solas a su hijo, porque de nuevo papá no podría soportarlo. En las dos películas (Sam Rockwell, en la actual) el hijo músico es feliz siendo percusionista y no el director de orquesta que a papá le hubiera gustado que fuera. En la peli italiana, el hijo muerto es un profesor universitario que se suicidó, y en la yanqui, un pintor drogadicto que termina su vida en México. Y en ambas, papá es viudo. La peli italiana tiene una hermosa secuencia que no tiene correlato en la versión yanqui: el encuentro con una hermosa mujer que posibilitó tener en cámara a dos leyendas del cine: Michèle Morgan y Marcello Mastroianni.


La remake es efectiva, se basa en un melodrama serio y bien armado, pero se le nota mucho el cálculo con el que está hecha para que quede manipuladoramente sensible, componedora y progre.


El personaje de DeNiro es más joven que el de Mastroianni, y está enfermo. El de Mastroianni es un hombre fuerte que sólo sufre los achaques de la vejez. ¿Quién está mejor? Ninguno. O los dos. “El mejor” en el arte no existe. Elegir al “mejor” es una convención caprichosa y estéril para justificar las entregas de premios. El arte se nutre de la diferencia. ¿Quién es mejor, Goya o Picasso? ¿José Hernández o Pablo Neruda? ¿Mores o Piazzolla? ¿El amanecer o el atardecer? ¿Tu mamá o tu papá? Actuar es celebrar la humanidad a través de la sensibilidad o la personalidad del actor. Y ambas virtudes están dictadas por la historia privada e intransferible de cada actor. Mastroianni fue un prodigio y fue un regalo de Dios el haberlo conocido. DeNiro es un prodigio y es un regalo de Dios el conocerlo. Son prodigiosos, no por el talento excepcional, sino por luminosa humanidad que proyectan.

Un abrazo,
Gustavo Monteros