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viernes, 9 de octubre de 2026

Miss Julie


 

Como el tango, hay historias que te esperan hasta que estás listo para adentrarte en ellas. Siempre dejé para otro momento lo que August Strindberg tuviera para decirme con Miss Julie.

 

Strindberg (1849-1912) fue un dramaturgo sueco con una opinión no muy edificante del ser humano, basada en una mirada aguda y perniciosa, que te deja de una sola pieza y con pocas ganas de discutirle.  Miss Julie es una de sus obras más populares. Tanto que tiene varias (muchas) versiones cinematográficas.

 

Me concentraré solo en cuatro de ellas. Iré de atrás para adelante. En 2014, tenemos la que dirigió Liv Ullman con Jessica Chastain como Julie, Colin Farrell como John y Samantha Morton como Kathleen.




En 1999, está la que dirigió Mike Figgis con Saffron Burrows como Julie, Peter Mullan como Jean y Maria Doyle Kennedy como Christine.



 

 En tercer lugar, la de 1951, dirigida por Alf Sjöberg, con Anita Björk como Julie, Ulf Palme como Jean, Märta Dorff como Kristin y Anders Henrikson como el Barón.




Por último, en este recorte de cuatro versiones, la de 1946 que se llamó El pecado de Julia, dirigida por Mario Soffici con Amelia Bence como Julia, Aída Luz como Cristina y Alberto Closas como Juan.

 

Antes de empezar a detenernos en cada una de ellas, veamos los resúmenes de sus argumentos según distintas páginas. Estas sinopsis suelen ser muy reveladoras.

 

De la dirigida por Liv Ullman en 2014, dice Wikipedia: "La película se desarrolla en 1890, en el condado de Fermanagh (Irlanda), durante la noche de San Juan. La señorita Julie, hija de un terrateniente anglo-irlandés, intenta seducir a John, el criado campesino de su padre. El romance —marcado por las dinámicas de poder y clase— pronto toma un rumbo oscuro."

 

De la de 1999 que dirigió Mike Figgis, Filmaffinity la resume así: “Verano de 1894, Norte de Suecia. Una sociedad rígidamente clasista constituye un obstáculo que se opone a la relación entre Miss Julie, la hija de un conde, y Jean, un sirviente. La víspera de San Juan, mientras el padre de Julie asiste a la celebración del solsticio en la ciudad, su hija, abatida por la reciente ruptura con su prometido, es seducida por Jean durante la fiesta que se celebra en la propiedad campestre.”

 

De la de 1951 que dirigió Alf Sjöberg, resume Rotten Tomatoes: “En la Suecia de finales del siglo XIX, Julie, una joven aristócrata hermosa y audaz, rompe su compromiso tras humillar a su prometido y decide impulsivamente iniciar una relación con el criado Jean, a pesar de que este está comprometido con Kristin, la cocinera. Para su sorpresa, Julie se enamora sinceramente de Jean, pero comprende que las convenciones de clase les impiden estar juntos.”

 

Y de la de 1946 dirigida por Mario Soffici dice Filmaffinity: “El amor de una aristócrata por su criado la desquicia, cuando tras haber robado por él es abandonada.”

 

Las cuatro versiones tienen en común el tiempo de la acción: fines del siglo XIX en la noche de San Juan. La de 2014 difiere en el lugar, transcurre en Irlanda en vez de en Suecia.

 

Las de 2014 y 1999 son más fieles al ideario de Strindberg, las de 1951 y 1946 son adaptaciones muy libres.

 

Como informan todas las sinopsis, el argumento se centra en un triángulo amoroso, lugar común de la comedia burguesa, generalmente picaresca. Pero Strindberg subvierte toda intención humorística y hace un drama que culmina trágicamente.

 

La señorita Julie siente una fuerte atracción sexual por Jean, el criado de su padre. Atracción que es correspondida por el fulano y resentida por su novia, Kristin. Son tres personajes que no saben qué hacer con los que les pasa, constreñidos por fuertes condicionantes sociales.

 

La atracción sexual entre Julie y Jean se concreta en un coito extraño, con más desesperación que fulgor. Julie quiere verlo como el colmo de un enamoramiento, el inicio de un romance.

 

Ilusión que Jean corta de raíz, él ve la incipiente relación como la posibilidad de una mejora económica, que puede derivar eventualmente en un ascenso social. Fantasea con concretar sus sueños de poner un hotel en un lugar turístico con el dinero que aportaría Julie. Y una vez conseguido el éxito con esta empresa, procuraría conseguir un título nobiliario. Lástima que Julie no dispone de dinero propio.

 

Kristin ve todo como una aberración, para ella las clases sociales no se mezclan, los criados y los nobles deben relacionarse por su cuenta, separadamente.

 

Para los espectadores la situación es tan atrapante como dolorosa. Strindberg nos presenta tres personajes muy débiles que no pueden vencer los condicionantes sociales que los restringen. Superaron circunstancialmente las barreras que los separaban, gracias al embrujo efímero y festivo de la noche del solsticio. Pero la trasgresión no los empodera, los empequeñece (valga la paradoja) y tropiezan, una y otra vez, con sus perfiles psicológicos y los entornos sociológicos.

 

Julie caerá en una sinrazón que terminará trágicamente. Jean profundizará su miseria, su egoísmo, su servidumbre esclavizante. Kristin se refugiará en las convenciones asfixiantes, como la rutina, la aceptación de un lugar inmodificable en el mundo, la religiosidad mediocre y la carencia de ambiciones de mejora personal o avance social.

 

No andemos con vueltas, Strindberg es un poco sádico: mientras nos hace verlos explorar sus límites, nos invita a reconocer los que podamos tener nosotros.

 

Verlos deambular por todas las posibilidades que se les ocurren sin encontrar nunca una alternativa liberadora o una salida digna es cruel y morboso: no podemos apartar la vista, por más desgarradoras que sean sus peripecias.

 

Tanto Liv Ullman como Mike Figgis (aunque más Ullman) respetan la importancia de los simbolismos originales del texto (la noche, la navaja, las botas, el canario) al pie de la letra, aunque hoy nos parezcan obvios o redundantes (en el momento de su estreno eran relevantes e innovadores).

 

Cuando vean alguna de estas películas, coincidirán que la noche de San Juan y el canario son dos insoslayables catalizadores de situaciones, la primera promueve el coito que desestabilizará a los personajes sin vuelta atrás y el segundo desatará el irreversible destino de Julie.

 

Soffici ya desde el título (El pecado de Julia) nos anuncia que supeditará la trama y el destino de los protagonistas a la culpa católica. La lectura es válida, claro, aunque deje afuera las aristas políticas.

 

Y la versión del sueco Sjöberg debería en realidad llamarse La madre de la señorita Julia, porque esta adquiere una importancia que soslaya/reduce a Julie a una mera herramienta de su venganza. En esta lectura, el barón es un personaje determinante, y no una mera sombra que ejerce poder. Y la importancia que adquiere la madre de Julie circunscribe la anécdota de la obra al policial, porque los personajes ya no enfrentan los condicionantes sociales o personales, sino el capricho de los destinos imprevisibles. Entonces Sjöberg ya no hace Strindberg sino una derivación de Strindberg. Porque si el drama y la tragedia siempre habitan lo político; el policial, en cambio, se mueve en lo metafísico. Y no es lo mismo la cancha de tenis que la de fútbol.

 

La profundidad de Strindberg radica en que no se la hace fácil, ni para él, ni para sus personajes ni para sus lectores y espectadores. Escarba en las situaciones que plantea y en las voluntades de sus personajes hasta que no queda nada por decir o descubrir.

 

Y cuando el telón final está cayendo, nos desafía: ahora vos, querido espectador, me tenés que decir en qué medida todo pude haber sido diferente. Estos personajes no encontraron sosiego ni gozo ni bienestar, ¿vos cómo hallarías lo que ellos no pudieron ni buscar?

 

Las respuestas que le des pueden que no te hagan sabio, pero sí muy consciente de que tenés que cambiar el mundo, antes de que él acabe con vos. Porque terminar como la señorita Julia es fácil, pero es de débiles y cobardes.

Gustavo Monteros

viernes, 9 de noviembre de 2012

Bel ami - Cosmópolis



Esta crónica bien podría titularse Robert Pattison x 2. El muchacho es el protagonista de la saga de Crepúsculo, fenómeno del que por distintas razones permanecí al margen. Por esas cosas de la vida (y de la distribución cinematográfica) aparece esta semana, no en uno sino en dos de los estrenos. No diré que me disgustó conocerlo (supuestamente lo había visto en Harry Potter y el cáliz de fuego, pero no lo recuerdo) aunque no creo que me convierta en su fan.
 


Arranqué con Bel Ami. En la primera escena aparece mal dormido, mal comido y sexualmente mal atendido y uno dice: Pobre, se le nota en la cara. En la segunda escena ya se supone que ha comido, dormido, etcétera y la cara sigue igual, entonces uno dice: Pobre, se ve que es así. Puede que para vampiro su cara fuera ideal, sin embargo para el drama sutil o el drama a secas, la cara mucho no lo ayuda. No es un negado, parece entender el trabajo “técnico” del actor, llora cuando hay que llorar, sonríe a tiempo, maneja algún que otro subtexto, pero no sabe darle “organicidad” a su actuación, como si entendiera escena por escena pero no al personaje. Y falla en el aspecto clave de su papel: no tiene ni idea de lo qué es “seducir”. Las mujeres caen rendidas a sus pies más por imperativo del guión que por algún indicio que él les brinde.
 


Bel ami se basa en la novela homónima de Guy de Maupassant que retrata el ascenso de un pobre diablo por su donosura, manipulando el deseo de influyentes mujeres, claro, y hay mucho amor, traiciones varias, resentimientos ineludibles más una subtrama política de engaño y corrupción. Siempre habrá adaptaciones de cuentos y novelas de Maupassant, ya que sus tramas son ricas y pletóricas de personajes atrapantes que se prestan idealmente al registro cinematográfico. Pero esta adaptación con un guión poco feliz de Rachel Benette y una dirección tan sutil como una alisadora de caminos de la dupla Declan Donnellan - Nick Ormerod (fundadores y mentores de la compañía teatral inglesa Cheek by Jowl) figurará entre las peores. No tiene textura, detalles, profundidad. Los rubros técnicos desperdician talento y belleza, una pena, uno les desea un mejor guión y dirección. Tanto la dirección de arte, el vestuario y la música son lisa y llanamente bellísimos. Las damas son un capítulo aparte. Son nada más ni nada menos que Uma Thurman, Kristin Scott Thomas y Christina Ricci. Hacen el habitual, y esperable en ellas, derroche de talento, aunque terminan por naufragar. A la Ricci le va un poco mejor, a la Thurman le va peor y a la Scott Thomas le va más o menos porque su personaje da un vuelco no muy justificado por el guión que ella lleva a cabo con fe y gracia. De todos modos verlas es siempre un placer.
 


En resumen, si tiene que perder un par de horas, llueve a cántaros o hace un calor abochornante, está frente al cine y justo está por empezar, puede verse. No acariciará el alma pero tampoco da dolor de muelas.
 


Sigo con Cosmópolis de David Cronenberg. Aclaración necesaria: me gusta el cine (obvio) y el cine de Cronenberg me gusta… a veces. Una historia violenta (2005) es una de mis películas favoritas, recuerdo con agrado Pacto de amor (1988) y Promesas del Este (2007), mientras que a otras, que prefiero olvidar, las padecí. En mi ranking personal Cosmópolis está más cerca de las últimas que de las primeras. Quizá soy injusto, quizá sólo llega en un momento en que no puedo apreciar sus valores. Se centra en un viaje en limusina de un joven multimillonario, un rey de las finanzas, que debe atravesar la ciudad para cortarse el pelo. Hay algo así como una odisea, la ciudad es un caos porque la visita el presidente de la nación y se lleva también a cabo el funeral de un rapero muy popular. La acción transcurre casi todo el tiempo en la limusina, a ella se suben distintos personajes que guardan estrecha o ninguna relación con el millonario. El diálogo oscila entre la solemnidad, la altisonancia y la amenaza velada y un poco absurda típica de las primeras obras de Pinter. Debo confesar que a la hora me harté y me fui. Vi la participación siempre luminosa de dos actrices que amo: Juliette Binoche y Samantha Morton. Me perdí la actuación de dos actores que admiro: Mathieu Amalric y Paul Giamatti. En algún otro momento la veré completa o quizá no. No puedo decir que es un bodrio porque es evidente que el film tiene sus valores. Afirmaré en cambio que no es para mí o no es al menos lo que me interesa ver en este momento. Por ahí me estoy poniendo viejo y ya no soporto la pretenciosidad que se finge genial o profética. O mi formación, mi experiencia me llevan a rechazar los extremos, no me gusta el cine pochoclero anodino ni tampoco el intelectualismo que aburre para ser profundo. Insisto, otros quizá disfruten de esta adaptación de una novela de Don DeLillo que a mí no me da tampoco ganas de leer. Pero no me lleven el apunte, véanla, quizá descubran que soy un tonto de capirote digno de lástima o desprecio.
 


Ah, a Robert Pattison, por lo que pude ver, le va mejor que en Bel ami. El personaje y el llevar anteojos negros le sienta bien a su registro actoral y a su cara extraña y un poco desangelada.
 

Un abrazo, Gustavo Monteros

domingo, 2 de mayo de 2010

Todas las vidas, mi vida

A algunos hombres les basta con esbozar algún mérito para ser encumbrados como genios. Dicha injusticia se corrige tarde o temprano porque no pueden mantener su posición en dicha categoría mucho tiempo. Ahora ha llegado el momento de corregir la falaz imprecisión con que críticos apresuradamente deslumbrados calificaron a Charlie Kaufman. Dista tanto de la genialidad como de la medianía, es apenas un hombre de indiscutible talento, sólo eso.

Despertó una más que auspiciosa reacción con el guión de ¿Quieres ser John Malkovich?, una historia que nadie comprendió del todo y que, para no quedar como tarados, muchos se apuraron a decir que era astuta e inteligente. Sí, pero en el fondo ¿qué corno quería contar? De Human nature mucho no me acuerdo, pero fue muy bueno su guión para el debut como director de George Clooney: Confesiones de una mente peligrosa.

Le siguió su guión para El ladrón de orquídeas en el que echó mano al truco más viejo del manual del guionista. ¿Qué hacer ante un libro infilmable? Poner en escena un guionista que no sabe cómo adaptar un libro y hablar de lo infilmable desde su peripecia. Los críticos fingieron desconocer la obviedad del recurso y calificaron a su treta como innovadora y revolucionaria. Por favor, seamos serios.

Vino entonces su trabajo impecable, irreprochable, magnífico. Su guión para Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, film que posibilitó la mejor actuación dramática hasta la fecha del impar Jim Carrey, perdidamente enamorado de una terrena Kate Winslet de pelo imposible. Una maravilla.

Pero la estatura de un genio se mide más por los yerros que por los logros. Decimos que Bergman, Visconti o Fellini, por ejemplo, son genios porque hasta sus films más imperfectos y menores son valiosos y recompensan. Y si medimos la estatura de Charlie Kaufman con Synecdoche, New York, descubrimos que su mito es insustentable. Debuta como director con este bodrio indigerible. Quizá le convenga seguir como guionista y confrontar su escritura con un director.

Su puesta en escena es pedestre, ramplona, carente de imaginación y creatividad. Sus ideas dominantes (la teoría del otro y el argumento de que todo artista cuenta una única historia a lo largo de su vida) han sido tratadas cientos de veces con resultados más encomiables. El tono es deprimente, es como si este aprendiz de genio, subido equivocadamente al Olimpo de los grandes guionistas hubiera descubierto de repente que, no obstante toda su gloria, morirá algún día como cualquier otro perejil. Y no nos deslumbra con un opus luminoso como Cuando huye el día con la reciente adquirida noción de su mortalidad, sino que nos tortura durante 124 larguísimos e insoportables minutos.

Un director de teatro (Philip Seymour Hoffman), ególatra y pedante como pocos, es abandonado, con razón, por su mujer (Catherine Keener) y su hija (Sadie Goldstein). Al tiempito gana una beca que le permite montar donde quiera y durante el tiempo que sea un proyecto teatral. Se embarca en el montaje de su vida, de allí el título. Sinécdoque es un tropo literario en el cual una parte de algo es utilizada para representar el todo. De allí también el aclaratorio título en castellano (Todas las vidas, mi vida), su vida vendría a representar todas las vidas. El único encanto que tiene el trámite es poner a Samantha Morton y a Emily Watson en el mismo personaje. Estas dos notables actrices inglesas puestas una al lado de la otra, si no hermanas, lucen al menos como primas cercanas.

Cuesta creer que en este film haya diálogos y situaciones que salieran de la misma computadora del hombre que escribió Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. Y parece también increíble que con tantas películas valiosas que van a parar directamente a DVD, este engendro irredimible llegue a los cines. Más que un bodrio hecho y derecho, es un SÚPER BODRIO, es un MÁXIMO BODRIO, es EL REY DE LOS BODRIOS.
Un abrazo,
Gustavo Monteros