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jueves, 22 de marzo de 2018

¡Ave, César! ¡Salve, César!, Hail, Caesar! o como sea, pero véase



Netflix acaba de añadir a su oferta este inolvidable y regocijante homenaje al Hollywood clásico de los hermanos Coen, la recomendación es obvia y ya está en el título de este post. Por mi parte, para amplificar la invitación, publico de nuevo lo que escribí en ocasión de su estreno:

"Hubo una vez una ciudad llamada Hollywood que fabricaba literalmente sueños. No contradecía o subvertía la realidad sino que la ensalzaba, la enaltecía, la magnificaba, la embellecía, bah, para que eso que llamamos vida empalideciera ante el contraste. Esa fantasía se llamó cine y ya no existe. Evolucionó, transmutó, se adaptó, pero la magia se perdió. Los hermanos Coen, cinéfilos empedernidos como pocos, homenajean en ¡Salve, César! a ese tiempo en que las películas eran películas.


Estamos a principios de los años cincuenta, en los últimos años de producción en serie de los grandes estudios. Eddie Mannix (Josh Brolin) no solo es el jefe de producción del estudio sino también un fixer, o sea un facilitador de soluciones para diversos tipos de problemas que traen las estrellas o las películas. Atestiguaremos 27 horas de su vida, en las que evita que una estrellita en ascenso empañe su carrera con pornografía, les haga verónicas a dos hermanas periodistas, Thora y Thessaly Tacker (Tilda Swinton) que se dedican a los chismes y que podrían boicotear la película más importante que encaran en ese momento, ¡Salve, César!, una épica con romanos, sandalias y el mismísimo Cristo, empeñándose en contar intimidades de su estrella, Baird Whitlock (George Clooney), hallar el modo de que Deanna Moran (Scarlett Johansson) no sea madre soltera, mediar ante el temperamental director Laurence Laurentz (Ralph Fiennes) desesperado porque le impusieron a la estrella de westerns, Hobie Doyle (Alden Ehrenreich) para que estelarizara una comedia dramática sofisticada que le queda muy por encima de sus posibilidades actorales, y más tarde resolver el secuestro de Baird Withlock a manos de… eso, mejor no contarlo. Todo mientras decide si aceptar el puesto, en apariencia mucho menos conflictivo, que le ofrece una aeronáutica y mientras ve o supervisa filmaciones que incluyen la mencionada comedia dramática sofisticada, un western abiertamente B, una coreografía acuática al estilo Esther Williams, y otra con marineros a la manera de Gene Kelly, con la que Channing Tatum se anota entre los grandes bailarines del cine.


Es la película más amable de toda la carrera de los hermanos Coen, no tiene uno sino ¡dos! personajes “buenos”, el humor va desde gruesos gags y chistes de doble sentido hasta finísimas ironías, y el destino es menos cruel que en otras ocasiones con sus “víctimas”. Por supuesto, como en todo film de los hermanos Coen, está implícita una reflexión sobre si somos hacedores de nuestro futuro o si somos apenas juguetes de los dioses o de un Dios, viejo, barbudo e inmisericorde. Para esto, préstele especial atención a “aquello que se resuelve solo” y la supuesta culpa por hacer lo que gusta.  


Todos los actores, desde las más encumbradas estrellas al último de los extras están magníficos, pero es imposible no destacar las cumbres de histrionismos a las que llega George Clooney y el catálogo de virtudes que exhibe un hasta hace poco desconocido Alden Ehrenreich, el hombre canta, arma su singing cowboy hasta los últimos detalles y hasta ¡hace acrobacias con un lazo!


Por supuesto, también, hay constantes referencias a figuras, directores y películas del cine clásico, para no enturbiar la diversión, hice un glosario aparte, al que se recomienda recurrir una vez vista la película.



En resumen, para los que nos criamos y nos educamos viendo clásicos hollywoodenses en los viejos cines de cruce y la televisión de cinco canales, es de gozosa visión obligatoria. Recuperamos, con toda delicia, los modismos y mañas de aquellos géneros que terminamos por venerar. Para los que no tuvieron nuestra suerte, ¡Salve, César! puede obrar como introducción a una época dorada sobre la que sin duda recibieron nostálgicos peroratas. Además como no hay parodia ni sátira, sino una recreación respetuosa, no se precisa conocimiento alguno para degustar este deleite. La falta de cinismo se nota, por ejemplo, en el número musical de Channing Tatum; se resignifica sobre el final con total naturalidad, porque está hecho con la blancura y la inocencia con que se hacían algunas cosas en aquella época."

Gustavo Monteros

jueves, 28 de septiembre de 2017

La estafa de los Logan

Los directores de cine son también seres humanos. Sí, ya sé, estoy diciendo una pavada, que no lo es tanto cuando conciben una genialidad y uno sospecha que sean semi-dioses. El Bergman de El séptimo sello, el Fellini de La dolce vita, el Welles de El ciudadano, el Truffaut de Los 400 golpes, el Favio de El romance del Aniceto y la Francisca o el Scorsese de Buenos muchachos, por mencionar solo algunos indiscutibles, fueron más que humanos cuando crearon esos hitos de la historia del cine. Steven Soderbergh no es todavía un indiscutible, pero va camino de serlo. El hombre derrocha talento aunque no haya producido su obra maestra. Quizá haya sido eso lo que lo llevó en 2013 a decir: me retiro, no hago más cine, no juego más. Algo dudoso porque no se iba a pintar acuarelas junto a un río serpenteante, a escribir novelas cínicas en algún sótano perdido o a soñar margarita en mano en una playa tropical. No, seguiría como la cabeza rectora y a veces ejecutora de la serie protagonizada por Clive Owen, The Knick (sobre la vida personal y profesional de los que trabajaban en el Hospital Knickerbocker de Nueva York a principios del siglo XX). Y no hacía falta ser clarividente ni prever en bolas de cristal para suponer que regresaría a hace cine más temprano que tarde.


Es que el hombre ama al cine. En todos sus géneros y variantes. Su filmografía es un zafarrancho ecléctico de títulos que van desde la inaugural Sexo, mentiras y videos (1989) pasando por Traffic (2000) hasta los dos Che (2008). Y que conste que menciono solo algunos de los más recordados para no apabullar. Dejé afuera a propósito la saga de ladrones que contribuyó y mucho a su fama y fortuna: Ocean’s Eleven/La gran estafa (2001), Ocean’s Twelve/La nueva gran estafa (2004) y Ocean’s Thirteen/Ahora son trece (2007). La primera película fue una recreación de una que con el mismo título, Ocean’s Eleven, había protagonizado Frank Sinatra en 1960, junto a Dean Martin, Sammy Davis Jr., Peter Lawford, Angie Dickinson, Joey Bishop, Richard Conte, César Romero, Akim Tamiroff y Henry Silva y que aquí conocimos como Once a la medianoche. En ambas, claro, se robaba un casino.


Como se recuerda esta saga dirigida por Soderbergh estuvo protagonizada por George Clooney, Brad Pitt, Matt Damon y con Scott Caan, Casey Affleck, Shaobo Qin, Bernie Mac, Don Cheadle, Carl Reiner, Elliott Gould, Eddie Jemison y Andy García, en los secundarios de las tres. Julia Roberts estuvo en las dos primeras y no en la última, mientras que Vincent Cassel y Eddie Izzard faltaron a la primera, pero no a las dos últimas. Catherine Zeta-Jones solo estuvo en la del medio y Al Pacino y Ellen Barkin pasearon solo por la tres.


Como decíamos no hace mucho, el género de ladrones es muy popular, y cuando está bien hecho se vuelve inolvidable y se lo revisita en sus reapariciones. Pecado que confieso cometí con las tres. Las vi en cine, después las bajé y volví a verlas, me detenía en ellas cuando las pasaron por cable o televisión abierta, y cuando estuvieron en plataforma de contenidos, las reví, por las dudas recordara mal algún detalle. Es la ventaja de las comedias policiales amables, uno puede volver a verlas, un  gran drama o una de llorar, en cambio, solo se las vuelve a ver si se está en vena de desahogo.


Y ahora Steven Soderbergh sale de su autoexilio con otra banda. El título elegido quiere emparentarlo con la presidida por Clooney, Pitt, Damon, pero tuerce un poco los términos. Más apropiado hubiera sido llamarla La suerte de los Logan o para fortalecerlo un poco más, La maldición de los Logan.


Jimmy Logan (Channing Tatum), harto de patear maltratos y miserias,  convencerá a sus hermanos, Clyde (Adam Driver) y Mellie (Riley Keough), hijos del sur estadounidense,  de participar en un gran robo. Será necesario reclutar a un experto, Joe Bang (Daniel Craig) quien a su vez involucrará a sus hermanos menores, Fish (Jack Quaid, en la vida real hijo de Meg Ryan y Dennis Quaid) y Sam (Brian Gleeson, en la vida real hijo de Brendan Gleeson y hermano de Domhall, Fergus y Rory, Gleeson, claro). Como se ve, la cosa familiar pesa mucho en esta película (y en la vida). La hija de Jimmy, la pequeña Sadie (Farrah Mackenzie) pivoteará una subtrama tan seductora como conmovedora. Alrededor de Sadie orbitan su madre, la exesposa de Jimmy, Bobbie Jo (Katie Holmes), su padrastro Moody (David Denman) y sus medio hermanitos, Dylan (Boden Johnston) y Levi (Sutton Johnston). Y mucha relevancia tendrán también los personajes de Seth MacFarlane y Hilary Swank.


Ya se sabe, para que una de ladrones funcione, uno debe simpatizar con los personajes para que su suerte nos importe, conocer el plan a medias, para garantizarnos algunas sorpresas y revelaciones, y que no todo salga según lo previsto, para que haya súbitas contingencias e imprevistos. Todo lo cual se cumple aquí a la perfección. Si los ladrones comandados por Clooney en la saga de su Danny Ocean eran como él, muy cool, estos, liderados por el bueno de Channing Tatum son tirando a muy anti-cool. Diría que hasta un poco redneck (ver definición de Wikipedia abajo).


Es una de las mejores películas del año, entretenimiento puro, claro, porque tampoco todo puede ser profundidad y filosofía. Sencillamente imperdible. Ah, Daniel Craig entrega una actuación regocijante como pocas.

Gustavo Monteros


“Redneck es el término utilizado en Estados Unidos y Canadá para nombrar el estereotipo de un hombre blanco que vive en el interior de aquel país y tiene una baja renta. Su origen se debe al hecho de que por el trabajo constante de los trabajadores rurales en exposición al Sol acaban quedando con sus cuellos enrojecidos (del inglés red neck, "cuello rojo"). Hoy en día se suele utilizar para denominar de manera peyorativa a los blancos sureños conservadores. El término también es usado ampliamente para despreciar a la clase trabajadora y los blancos rurales que son percibidos por los progresistas urbanos como no liberales. A la vez, algunos sureños blancos recuperaron la palabra, autoidentificándose con ella y usándola con orgullo.” Wikipedia dixit


jueves, 5 de mayo de 2016

¡Salve, César!



Hubo una vez una ciudad llamada Hollywood que fabricaba literalmente sueños. No contradecía o subvertía la realidad sino que la ensalzaba, la enaltecía, la magnificaba, la embellecía, bah, para que eso que llamamos vida empalideciera ante el contraste. Esa fantasía se llamó cine y ya no existe. Evolucionó, transmutó, se adaptó, pero la magia se perdió. Los hermanos Coen, cinéfilos empedernidos como pocos, homenajean en ¡Salve, César! a ese tiempo en que las películas eran películas.


Estamos a principios de los años cincuenta, en los últimos años de producción en serie de los grandes estudios. Eddie Mannix (Josh Brolin) no solo es el jefe de producción del estudio sino también un fixer, o sea un facilitador de soluciones para diversos tipos de problemas que traen las estrellas o las películas. Atestiguaremos 27 horas de su vida, en las que evita que una estrellita en ascenso empañe su carrera con pornografía, les haga verónicas a dos hermanas periodistas, Thora y Thessaly Tacker (Tilda Swinton) que se dedican a los chismes y que podrían boicotear la película más importante que encaran en ese momento, ¡Salve, César!, una épica con romanos, sandalias y el mismísimo Cristo, empeñándose en contar intimidades de su estrella, Baird Whitlock (George Clooney), hallar el modo de que Deanna Moran (Scarlett Johansson) no sea madre soltera, mediar ante el temperamental director Laurence Laurentz (Ralph Fiennes) desesperado porque le impusieron a la estrella de westerns, Hobie Doyle (Alden Ehrenreich) para que estelarizara una comedia dramática sofisticada que le queda muy por encima de sus posibilidades actorales, y más tarde resolver el secuestro de Baird Withlock a manos de… eso, mejor no contarlo. Todo mientras decide si aceptar el puesto, en apariencia mucho menos conflictivo, que le ofrece una aeronáutica y mientras ve o supervisa filmaciones que incluyen la mencionada comedia dramática sofisticada, un western abiertamente B, una coreografía acuática al estilo Esther Williams, y otra con marineros a la manera de Gene Kelly, con la que Channing Tatum se anota entre los grandes bailarines del cine.


Es la película más amable de toda la carrera de los hermanos Coen, no tiene uno sino ¡dos! personajes “buenos”, el humor va desde gruesos gags y chistes de doble sentido hasta finísimas ironías, y el destino es menos cruel que en otras ocasiones con sus “víctimas”. Por supuesto, como en todo film de los hermanos Coen, está implícita una reflexión sobre si somos hacedores de nuestro futuro o si somos apenas juguetes de los dioses o de un Dios, viejo, barbudo e inmisericorde. Para esto, préstele especial atención a “aquello que se resuelve solo” y la supuesta culpa por hacer lo que gusta.  


Todos los actores, desde las más encumbradas estrellas al último de los extras están magníficos, pero es imposible no destacar las cumbres de histrionismos a las que llega George Clooney y el catálogo de virtudes que exhibe un hasta hace poco desconocido Alden Ehrenreich, el hombre canta, arma su singing cowboy hasta los últimos detalles y hasta ¡hace acrobacias con un lazo!


Por supuesto, también, hay constantes referencias a figuras, directores y películas del cine clásico, para no enturbiar la diversión, hice un glosario aparte, al que se recomienda recurrir una vez vista la película.



En resumen, para los que nos criamos y nos educamos viendo clásicos hollywoodenses en los viejos cines de cruce y la televisión de cinco canales, es de gozosa visión obligatoria. Recuperamos, con toda delicia, los modismos y mañas de aquellos géneros que terminamos por venerar. Para los que no tuvieron nuestra suerte, ¡Salve, César! puede obrar como introducción a una época dorada sobre la que sin duda recibieron nostálgicos peroratas. Además como no hay parodia ni sátira, sino una recreación respetuosa, no se precisa conocimiento alguno para degustar este deleite. La falta de cinismo se nota, por ejemplo, en el número musical de Channing Tatum; se resignifica sobre el final con total naturalidad, porque está hecho con la blancura y la inocencia con que se hacían algunas cosas en aquella época.

Gustavo Monteros

jueves, 14 de enero de 2016

Los 8 más odiados



Supongamos que alguien que jamás haya visto una película de Tarantino nos preguntase cómo es el cine de este señor. ¿Qué le contestaríamos? Algo así como que es muy diestro con la puesta en escena, que le gusta citar y referir sus influencias cinematográficas, las que van de los grandes maestros como Sergio Leone a los directores más bizarros en todas las acepciones de esta palabra, y sin embargo, paradojalmente, cuánto más los cita más personal se vuelve, que le gusta culminar sus películas en un festival de sangre, tan pero tan gore que más que intimidar invita a sonreír. Y por sobre todo, es un dialoguista de primera. Como Ingmar Bergman, salvando todas las distancias, es un dramaturgo cinematográfico. Algunos consideran sus diálogos su talón de Aquiles, que demoran la acción innecesariamente y que persisten hasta la enajenación en sus vanos fuegos de artificio; otros los consideran su cima de gloria y reniegan que no sean más. Como sea, unos y otros reconocen que el hombre sabe escribir un buen diálogo.


Los 8 más odiados filmado en Ultra Panavisión 70 mm remite por formato y duración (dos partes con un intervalo en medio) a los operáticos westerns de Leone o las grandes superproducciones que con su sola presencia reemplazaban el habitual programa doble de los cines de antaño (sí, en la época de las carretas se daban dos películas). Y de movida veremos que la fabulosa fotografía de Robert Richardson oscila entre nevados paisajes panorámicos e interiores, que no por acotados son claustrofóbicos. Siempre con la  superlativa banda sonora del maestro Ennio Morricone.


Los 8 en cuestión son John Ruth (Kurt Russell) un caza-recompensas que lleva en una diligencia tirada por seis caballos, en un invernal ventoso y nevado Wyoming, a la asesina Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh) a que la cuelguen en Red Rock. Deberán socorrer a otro caza-recompensas varado en la nieve, al mayor Marquis Warren (Samuel L Jackson), “héroe” de la Guerra de Secesión que tiene una carta de Abraham Lincoln dirigida a su persona. Más adelante deberán volver a parar para recoger a Chris Mannix (Walton Goggins) quien dice ser el nuevo sheriff de Red Rock. Como la tormenta arrecia, en vez de solo parar para estirar las piernas, comer algo o hacer descansar a los caballos,  en la Mercería de Minnie, deberán permanecer en ella hasta que el temporal amaine. El lugar está temporariamente a cargo del Señor Bob (Demián Bichir) y allí ya están refugiados, un inglés que dice ser un verdugo itinerante camino a Red Rock, Oswaldo Mobray (Tim Roth), un veterano general que lucho por el Sur, Sandy Smithers (Bruce Dern), y un parco cowboy, Joe Cage (Michael Madsen) que dice regresar a visitar a sus padres por la Navidad. Hasta ahí los 8 del título, que en realidad son 9, porque está también el conductor de la diligencia, O. B Jackson (James Park). No es que le fallen las matemáticas a Tarantino, quizá sea un chiste, o que uno de los mencionados no cae en la categoría de “más odiado”.


Y como bien se sabe por las novelas de Agatha Christie y sus versiones cinematográficas, el encierro de personajes peligrosos no es aconsejable ni saludable, al menos no para todos. Más que un “quién lo hizo”, aquí habrá más “un quién lo hará y por qué”.


El film se estructura en dos partes muy definidas, una primera parte en que presenta los personajes y sus peculiares circunstancias, con un clímax a punta de pistola, telón, y después del intervalo, una segunda parte con resolución de intrigas a puro vertimiento de sangre, tanta que el final de la Carrie de Brian De Palma parece, en comparación, un pinchacito para una curita. Como en la ópera o en su Perros de la calle, que haya personajes heridos mortalmente no es óbice para que dejen de hablar o de ser un peligro para sus congéneres.


Recomendar un Tarantino es, no sé, como recomendar el fernet con cola. Los que lo prefieren beberán con fruición y se deleitarán con cada trago. A los que les disgusta, se abstendrán o esperarán a ver qué otras bebidas trae la temporada. Y a los que no lo conocen, se recomienda probar. Un nuevo adepto o detractor habrá nacido.

Gustavo Monteros

jueves, 3 de septiembre de 2015

Magic Mike XXL



Magic Mike (Steven Soderbergh, 2012) tenía un par de cosas a su favor: la voluntad del carismático Channing Tatum de revisitar su breve pasado como stripper y la de Matthew McConaughey de demostrar que no era solo el chiste en el que se había convertido y que podía ser un gran actor, de la talla de los Hoffman, Pacino De Niro incluso. Más el talento de Soderbergh, claro, para echar luces y sombras al negocio del nudismo masculino, que en su visión no será asunto de monjes de convento, pero que  tampoco ostenta sordideces naturalistas de novelones del siglo XIX.


Ahora en este Magic Mike recargado, Soderbergh, a pesar de su cacareado retiro del cine, está como director de fotografía y editor, y le cedió la silla de director a Gregory Jacobs, y el bueno de Channing Tatum abandona toda pretensión artística y solo aspira a convertir sus evocaciones de nudista en franquicia.


Para “disfrutar” (es una manera de decir) esta película no es necesario haber visto la anterior, pero para los que la hayan visto, les cuento que Dallas, el personaje de Matthew McConaughey partió para Oriente llevándose al pibe, Alex Pettyfer, cuya introducción al mundo stripper era el centro de la anécdota del primer film, y que el resto de la pandilla, Joe Manganiello, Matt Bomer, Adam Rodríguez, Kevin Nash y Gabriel Iglesias de visita en Tampa despierta, en el ahora no muy exitoso carpintero, Channing Tatum, el bichito de las tangas, depilaciones y meneos. Channing se unirá al grupo para una última presentación, antes de la disolución del grupo, en una convención de strippers. O sea que bien podríamos decir que la cosa pasará por la vieja receta de Rocky de tocar fondo, o algo así, para la resurrección final, con triunfo real o simbólico, pero triunfo al fin.


Los muchachos están tres años más viejos, aunque más musculosos y solidarios que nunca. Debe haber una relación entre músculos y solidaridad, ya que dejan a los integrantes de la mítica Banda del Golden Rocket a la altura de unos resentidos incapaces de establecer amistad. Se apoyan, se comprenden y con tanta ayuda mutua superan los problemas con la facilidad con la que el Pato Donald perdía los estribos. Dan envidia y ganas de ponerse a sacar músculo.


En el camino se cruzarán con Amber Heard, que se propondrá como interés romántico para Tatum, con la imponente Jada Pinkett Smith como una especie de madama de strippers, con Andie McDowell como una divorciada sureña que “podrá” con los “atributos” de Manganiello, y con la siempre pertinente Elizabeth Banks en otro papelito jugoso para su ya impresionante currículum. 


En resumen, entrega lo que promete, bultos, músculos y contoneos; quien busque eso, será recompensado, quién no… mejor abstenerse.

viernes, 9 de enero de 2015

Foxcatcher



A Bennett Miller le bastaron dos películas (Capote, 2005 y Moneyball rompiendo las reglas, 2011) para hacerse de un nombre y un prestigio que ratifica ahora como merecidos con Foxcatcher. Hasta ha perfilado un estilo que comienza a ser reconocible al primer fotograma. No importa cuán lujoso sea el ambiente que describe, en su puesta luce despojado porque prefiere subrayar la amplitud antes que la acumulación de muebles y objetos. Las historias que cuenta, quiere que calen hondo, y las construye con envidiable parsimonia. Y Dios lo bendiga, las relaciones que presenta jamás son a blanco o negro, y aunque filme historias verdaderas, no intenta contar toda una vida sino un momento puntual y, Dios lo colme con más bendiciones, no atribuye toda la conducta de un personaje a un solo (y quizá insignificante) trauma de infancia.


Mark (Channing Tatum) y David Schultz (Mark Ruffalo) son dos excelsos exponentes de la lucha libre, tanto que acaban de ganar medallas doradas en la última olimpíada. Ahora estamos en 1988 y Mark es invitado por el multimillonario John du Pont (Steve Carell) a formar un equipo que aspire al oro en los próximos juegos de Seúl. Mark aceptará y desatará una serie de reacciones que terminarán en un hecho de sangre.


Como buen lector de policiales nunca deja de intrigarme el cómo y el por qué se llega a un hecho de sangre. Aquí el trámite es apasionante, porque no hay subrayados ni diagnósticos ya estipulados. Conocemos primero cómo viven estos personajes y después el particular modo en que se relacionan. Y allí está el secreto del éxito de esta película, porque cuando la historia, que ocurrió de verdad, llegue a su fin, podremos vislumbrar el por qué en una epifanía reveladora. 


Steve Carell, como todo buen comediante, se desenvuelve con comodidad en el drama. Su caracterización es casi impecable, digo casi porque hay momentos en los que el maquillaje se impone por sobre el personaje. Channing Tatum y Mark Ruffalo atraviesan un momento de plenitud en sus carreras y verlos fluir en sus roles es un deleite. Por astucia del director, la gran Vanessa Redgrave gravita en los bordes del relato lo que le da una insidiosa relevancia a la madre que compone.


Foxcatcher abre para nosotros lo que se llama la temporada de premios, esa etapa en la que aparecen los filmes que serán coronados o no con algún galardón en las numerosas premiaciones y que culmina con la consabida entrega de los Óscars. Sabrá Dios si Foxcathcer se alza con alguna nominación para la estatuilla de la Academia, aunque a la larga no importará. Premio más, premio menos, no dejará de ser la muy buena película que es.