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viernes, 27 de marzo de 2026

Programa doble - Hoy: La historia del sonido - Kokuhô


 

La historia del sonido (The History of Sound, 2025) es una historia de amor de época, basada en cuentos de Ben Shattuck, con guion del mismo Shattuck, y dirección de Oliver Hermanus.

 

La cosa empieza así. Es 1917 y estamos en Nueva Inglaterra. Algunos alumnos del Conservatorio de Música se entretienen en un pub. En el piano del lugar, David White (Josh O’Connor) desgrana viejas melodías anónimas. Lionel Worthing (Paul Mescal) se le une y canta. Su voz es muy hermosa. Terminan la noche juntos, entre sábanas. El encuentro tuvo la naturalidad de las cosas que tienen que pasar. David pone límites temporales (verse solo los fines de semana) que Lionel acepta.

 

Estados Unidos entra en la Primera Guerra Mundial, las clases en el Conservatorio se suspenden, David es movilizado para la Infantería, y Lionel regresa a la granja familiar en Kentucky. Al despedirse, Lionel le dice a David una línea que quizá sobreviva en la memoria colectiva: “Write. Send chocolate. Don’t die” (Escribí. Mandá chocolate. No mueras).

 

En 1919, David le escribe a Lionel contándole que está de vuelta, que tiene un trabajo en la Universidad de Maine y que hará una investigación de campo, registrando canciones folklóricas anónimas en cilindros de cera. David pide a Lionel que lo acompañe. Lionel va y la relación entre ambos se consolida.

 

Terminado el viaje por los lugares que debían cubrir, se separan nuevamente. Prometen escribirse, pero la correspondencia se interrumpe cuando David deja de responder. Entonces…

 

Kokuhô (2025) es un drama de época, de resonancias épicas, basado en una novela de Shûichi Yoshida, con guion del propio Yoshida y Satoko Okudera, dirigido por Sang-il Lee.

 

La cosa empieza así. Es 1964 y estamos en Nagasaki. En una fiesta de fin de año del clan yakuza de Tachibana, el renombrado actor de kabuki, Hanai Hanjiro II (Ken Watanabe) ve una obra protagonizada por el hijo del jefe del clan, Kikuo Tachibana en onnagata (representación de personajes femeninos hecha por un actor). Finalizada la función, un grupo yakuza rival ataca y el padre de Kikuo muere asesinado. Kikuo, tiempo después, intenta vengarse y falla.

 

Al año siguiente, Kikuo (Ryô Yoshizawa) es aceptado como aprendiz en la compañía kabuki comandada por Hanjiro. Kikuo responderá al nombre artístico de Toichiro y se entrenará con Shansuke (Ryûsei Yokohama) que responderá al nombre artístico de Hanya. Shansuke / Hanya es hijo de Hanjiro y heredero de la casa de kabuki Tanba-ya.

 

Entre Kikuo / Toichiro y Shansuke / Hanya habrá respeto, rivalidad, complicidad, rencor, afecto y comprensión. Llevan el kabuki en la sangre y harán lo que sea para prevalecer juntos o separados en el escenario como estrellas de onnagata. Entonces…

 

Estas dos películas tienen en común que se presentaron en el Festival de Cannes 2025. La historia del sonido en la competencia oficial y Kokuhô en la Quincena de Realizadores. Kokuhô logró también una nominación al Oscar por Mejor maquillaje y peinados (perdió ante el Frankenstein de Guillermo del Toro).

 

Las dos son de época y las dos son de llorar a mares y, sin embargo, dejan los ojos secos.

 

¿Por qué? Solo se puede responder con conjeturas. La realización de ambas es impecable.

 

¿Acaso hay saberes que el cine ya perdió? Antes, no hace mucho, hasta los menos dotados cultores de estos géneros sabían qué cuerdas tocar para que el público no quedara indiferente. Nos hacían llorar hasta con el entierro de una muñeca. Y hoy los destinos trágicos de personajes con los que convivimos más de dos horas nos dejan incólumes.

 

Los actores exhiben densidad emocional, las historias están prolijamente contadas, todos los rubros técnicos están a las mejores alturas, los directores se muestran diestros y aún así…

 

Es obvio que el cine, por muchos factores, ya no es lo que era. Pero si pierde la esencia de emocionar, ¿qué queda? Mucho, dirá un pragmático. No solo de emocionar va la cosa, agregará. Bueno. Y eso que queda, ¿alcanza?

Gustavo Monteros


viernes, 22 de marzo de 2024

Querido diario - Hoy: La chimera


 

En una de las escuelas en las que trabajo como profesor, la biblioteca hace un expurgo por los pasillos. Yo ya me llevé todos los libros de autores que conocía o me interesaban. Pero aquel día no había alumnos y tenía que cumplir el horario completo de las horas que daba. Era la primera o segunda jornada del temporal de lluvia y viento que los medios ya califican de “histórico”.

 

Los libros que quedan juntan polvo en unas mesas mustias. Me pongo a examinarlos para ver si se me pasó alguno que podría reconsiderar. Un título me intriga, La galería de espejos, pero no conozco al autor, Homero M. Guglielmini. Como el tiempo no me urge, tomo el teléfono y busco información en la enciclopédica internet.

 

Me entero que fue un filósofo y literato, que adhirió primero al nacionalismo (de derecha, supongo), después al peronismo y cuando la Revolución Fusiladora lo echó de los lugares en los que trabajaba, fue rescatado por los españoles que le dieron una beca, vuelto al país, trabajó un tiempo de periodista, se instaló en Mar del Plata, donde lo mató un ladrón que quiso entrar a su casa, y su muerte prematura no le permitió dejar exégetas, y así su obra se fue deslizando al olvido en el que está hoy.

 

Me entero también que el libro suyo, que tengo en las manos, ganó un premio importante. Me lo llevo a la sala de profesores y lo hojeo. Leo la contratapa y a pesar de que sé que no debo hacerlo, leo el prólogo. Un profesor de la facultad nos enseñó que el prólogo, aunque está al principio, hay que leerlo último. Lo escribió alguien que ya leyó el libro y ustedes no, nos dijo, entonces puede revelarle datos del argumento o condicionarlos con su opinión, mejor leerlo cuando ustedes ya tengan una idea formada, mejor confrontar la opinión con el prologuista que aceptarla de entrada, solo porque no tienen ni idea de qué trata o cómo es el libro, no hay nada como el criterio propio.

 

En estos días, sus palabras me vienen mucho a la mente, porque se me ha dado por elucubrar que mucho de lo malo que nos está pasando social, política, económica y culturalmente es porque permitimos que, en política, sobre todo, piensen por nosotros, nos levantamos y no desayunamos con nuestros pensamientos, no, prendemos la radio, la tele o nos metemos en internet para que nos digan qué tenemos que pensar, el criterio propio, de tan perdido no existe.

 

Pero esta vez mi transgresión no es tanta. El propio autor escribe el prólogo y más que valorarse de más dándose loas o traicionarse contando lo que no debe, hace una declaración de principios: “Pero ¿dónde empieza lo imaginario y dónde acaba? Nadie lo sabe, nadie lo sabrá nunca. Nuestra vida y nuestro mundo están entretejidos por la inextricable urdimbre y la permanente confusión de fantasía y realidad, de ensuelo y vigilia, de ficción y verdad. Los hilos de la realidad nos parecen más importantes porque son más gruesos y toscos, eso es todo. Pero a cada momento podemos dar vuelta el tapiz, y entonces veremos las figuras al revés (…) No es cierto que vivimos preferentemente instalados en la realidad: la mayor porción de nuestro ser -quizá la mejor- se apoya en la expectativa, el proyecto, el sueño, el temor, la ilusión, la angustia, la esperanza. El pasado se va muriendo a cada minuto, no queda de él sino el recuerdo, a su vez una forma de la imaginación, tenue como un tul. Imaginamos el pasado en forma semejante a cómo imaginamos el futuro. Lo que ha sido, ya no es, lo que habrá de ser, no es todavía. Frente a esa área inmensa de lo recordado y presentido, de lo que anhelamos o rememoramos, el caudal, de la realidad es tan breve que cabe en el hueco de un dedal. (…) Está bien que así sea: nuestra vida sería insoportable si no pudiéramos suponer e imaginar en cualquier momento algo más bello y consistente que ella misma. Los poetas tienen siempre razón”

 

Por eso a la noche, entre las películas por ver, opto por La chimera. Me gusta mucho el cine de Alice Rohrwacher (y no menor es el placer que tengo cada vez que pronuncio su nombre, que en fonética gaucha es algo así como “aliche rorguaker”). Su cine transita la cornisa entre la realidad y el sueño. Su estilo es claramente discernible. Es luminoso, brillante, alegre, aunque con un dejo de melancolía. Celebra las caras idiosincráticas de lo que para ella es Italia, aunque a diferencia de Fellini, al que cita y homenajea, no va por lo fenomenológico, sino por lo peculiar. Los rostros que ilumina puede que no parezcan bellos de entrada, pero a los segundos son elegantes y distinguidos. La belleza en su cine no depende de quién la mire sino de cómo ella la fotografíe.

 

La chimera comienza en media res y si bien no es ningún misterio lo que sucede, se tarda un poquito en descifrar que está pasando, aunque se disfruta enormemente la desazón. Arthur (Josh O’Connor) está durmiendo en un vagón de tren. Viste un traje blanco, sucio y desprolijo. Las chicas que lo acompañan en el compartimento elogian su apostura. Él, cuando se despierte, dirá que tienen el perfil de unos dibujos clásicos, la nariz de las chicas es prominente, pero no las afea. El guarda es quien lo despierta para pedirle el boleto. Arthur le entrega un papel. El guarda le pierde la simpatía que le demostraba. ¿Un papel en vez del boleto? Más tarde comprenderemos que quizá es un certificado que explica que pasó un tiempo breve en la cárcel. Entra un vendedor de medias y le hace a Arthur el chiste de que tiene que comprarle las medias sí o sí, porque las que tiene puestas huelen feo. Arthur reacciona mal, el vendedor le regala unas medias coloridas y se va ofendido. Las chicas también abandonan el compartimento. Arthur las sigue al pasillo, pero de ellas ya no hay rastro, salvo el perrito blanco que sostenían en el regazo que en medio del pasillo parece regañar a Arthur.

 

Nada hay de anormal en esa escena, pero todo está como un poco corrido de lo que es esperable. Y así es en todo el film. Adelantemos un poco. Aunque no hay indicaciones muy definidas, estamos, por la ropa y los muebles y los utensilios, los peinados y los zapatos en la década del ochenta. Arthur y una banda de muy queribles malandras se dedican a saquear tumbas etruscas. Se quedan con las ofrendas y los ornamentos que se ponían junto a los muertos para hacerles la vida más cómoda en el más allá. Este saqueo cultural está penado por la ley, de ahí que deban cuidarse de los policías.

 

Arthur es amigo de Flora (Isabella Rossellini) una anciana que vive en una ex casa solariega que ahora se cae a pedazos. Es la abuela de Beniamina (Yile Yara Vianello), amor por el que pena Arthur sin consuelo y nosotros jamás sabremos si ella se fue sin noticias desde entonces o está muerta. A Flora la sirve Italia (Carol Duarte) que más allá del nombre no es italiana, es portuguesa. Italia le oculta a Flora, confinada a una silla de ruedas, que en la mansión están también sus dos hijas, una bebé y una preadolescente, algo que precipitará la ruptura entre ambas.

 

La música que usa Rohrwaker es variada y va desde Mozart, Monteverdi hasta el folklore y el pop italiano, con todos los intermedios imaginables. En uno de los episodios de Fellini Roma, una de las películas de mi vida, unos arqueólogos abren una habitación enterrada y cubierta de frescos bellísimos, la luz entra y con ella el oxígeno u otros agentes químicos (la ciencia no es lo mío) y los frescos comienzan a borrarse, después de siglos, su belleza es a la vez redescubierta y vista por última vez. Aquí en un momento determinado, al entrar a una tumba, pasa algo parecido, pero los dibujos esta vez no desaparecen, solo pierden su brillo y su definición, pasan a ser un fantasma de lo que fueron. Tiene que ver quizá con algo que se dice por ahí, de que lo que las tumbas guardan no son para ojos humanos. El final puede ser visto como abierto o ambiguo. No creo que sea ninguna de las dos cosas. Porque como dice Gugliemini en el prólogo de su La galería de espejos: “Los poetas tienen siempre razón.

Gustavo Monteros



viernes, 10 de marzo de 2023

Festival LGBTQ+ - Primera Jornada

Repaso en mi colección de películas las que me faltan ver y compruebo que se me han acumulado las de temática LGBTQ+. Decido hacer un festival privado.


Para comenzar la primera jornada voy a lo seguro. God’s Own Country (por aquí Tierra de Dios, 2017), el aclamado debut en el largometraje del actor Francis Lee.

Dice la gacetilla que acompaña el film: “Primavera. Yorkshire. El joven granjero Johnny Saxby adormece sus frustraciones diarias con las borracheras y el sexo casual, hasta que la llegada de un trabajador migrante rumano para la “paridera” (época en la nacen los corderos) enciende una relación intensa que pone a Johnny en un nuevo camino.”

La trama se resuelve con cuatro personajes, Johnny (trabajo consagratorio del joven Josh O’Connor al que le darían el personaje del Príncipe Carlos en The Crown), su padre Martin (el siempre excelente y querible Ian Hart), su abuela Deirdre (Gemma Jones) y el ya mencionado objeto amoroso Gheorghe Ionescu (el también rumano Alec Secareanu).

Johnny no se quiere mucho, de ahí que beba hasta el desmayo y practique un sexo duro, seco, al borde de la animalidad. La homosexualidad no tiene cabida en el ambiente en que se ha criado. El padre fue víctima reciente de un ACV que lo ha dejado incapacitado para el trabajo rural. La abuela Deirdre tiene siempre la comida lista, la ropa de Johnny lavada y planchada, pero no es afectuosa.  Gheorghe es todo lo contrario de estos tres ingleses. Sabe quién es, no se avergüenza, no rehúye de la intimidad y la ternura y tiene la prestancia de no aceptar el maltrato, así venga justificado por las circunstancias.

Hermosa historia de amor, contada como los dioses (por ahí ayuda ponerlo en el título), actuada inolvidablemente.


 

Sigo con Riot (Jeffrey Walker, 2018), película para la televisión australiana, vista en los cines en el resto del mundo. Está protagonizada por Damon Herriman, actor al que conocí en la mejor miniserie que vi el verano pasado, The Tourist (Harry y Jack Williams, 2022), encabezada por el magnético Jamie Dornan y la irresistible Danielle Macdonald. Damon Herriman era uno de los villanos y sus peculiaridades lo hacían inolvidable, gracias a la impar caracterización a puro talento del actor.

Riot se hizo para conmemorar el 40 aniversario del Primer Mardi Gras (la traducción sería Carnaval, equivalente a lo que llamamos Marcha del Orgullo Gay-Lésbico de Sydney, que se llevó a cabo el sábado 24 de junio de 1978.

El film comienza en esa noche y va para atrás para contarnos vida y obra de los que gestaron el evento y los precios personales y profesionales que tuvieron que pagar para luchar por derechos, que hoy de tan asentados se dan casi por añadidura y se olvida la violencia, la desolación y la tristeza que trajo conquistarlos.

Se trata de una crónica elocuente, muy bien contada y recreada que nos recuerda que todo, absolutamente todo, lo que se apartaba de la heteronormativa patriarcal, era lisa y llanamente una aberración, que se penaba con exclusión, cárcel y más casos de los que se quiere admitir martirologios. Altamente recomendable.



Termino esta primera jornada de mi festival con otra película para televisión, The Normal Heart (Ryan Murphy, 2014) llena de estrellas (entre las más rutilantes: Mark Ruffalo, Jonathan Groff, Taylor Kitsch, BD Wong, Jim Parsons, Matt Bomer, Alfred Molina y last but not least, ¡qué va!, la inmensa Julia Roberts.

Se basa en la obra de teatro del mismo nombre de Larry Kramer, que junto con Angels in America, el grandioso díptico de Tony Kushner, interpelan a la sociedad norteamericana en su tratamiento inicial de la pandemia del HIV-SIDA.

The Normal Heart tiene dos ejes, el personaje de Mark Ruffalo, Ned Weeks, un activista y el de Julia Roberts, la Dra. Emma Brookner. Ella está postrada en una silla de ruedas y fue víctima del anterior virus mundialmente dañino, el de la poliomielitis. Alrededor de Weeks-Ruffalo se nuclean los aspectos personales y políticos de la comunidad homosexual y alrededor de Brookner-Roberts, los científicos y también los políticos.

El surgimiento de la crisis HIV-SIDA promovió en sus primeros tiempos lo que llamaríamos una tormenta perfecta: una negación casi suicida en la comunidad gay, más la inacción del gobierno de Ronald Reagan, más las divisiones en los movimientos de obtención de derechos, más la indiferencia primero y luego las actitudes oscurantistas del resto de la sociedad. El escalamiento del número de víctimas terminó por poner las cosas en su lugar y encarriló la lucha, sino unificada al menos cohesiva contra el virus.

El prolífico Ryan Murphy (creador de Glee, Nip/Tuck, The New Normal, Scream Queens, Feud, Hollywood, The Politician, Pose, Halston, American Horror Stories, Dahmer-Monster: The Jeffrey Dahmer Story, 9-1-1, The Watcher, Ratched, y menciono solo las series) garantiza elencos tan estelares como talentosos.

Con la COVID todavía pisándonos los talones, no queda sino preguntarnos ¿estaremos alguna vez, si no todos, la gran mayoría a la altura de la circunstancia planteada por una crisis epidemiológica? Aprender de las precedentes ya no es una opción, es una obligación.

Fin de la primera jornada

Gustavo Monteros