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viernes, 1 de mayo de 2026

Hoy: Cartas de amor de una monja - Dios los cría





¡Por fin! Durante décadas esta película fue la equivalencia de la figurita más difícil del álbum. Quizá porque ya era un seguidor incondicional de Alfredo Alcón, aunque fuera algo muy tangencial en el maremágnum que era por entonces mi vida, me quedó en la memoria la noticia de cuando viajó a España a filmarla y hasta recuerdo una foto de una pausa del rodaje, en la que se los ve a él y a Analía Gadé, de hábitos, en un paisaje helado, tanto frío haría que estaban parados sobre unos cajones de madera para no pisar el piso.

 

La película se estrenó en España el 29 de septiembre de 1978, así que debe haberse filmado en el 77 o a principios del 78. Por supuesto, aquí no se estrenó. La dictadura nos dominaba y una historia de amor entre dos religiosos no formaban parte del canon que propiciaban.

 

Cuando la dictadura se cayó y con ella la censura, esta película no figuró en la catarata de títulos que había sido prohibidos y que se estrenaban tarde, mal y a montones.

 

No reapareció en el auge del video y cuando llegó internet apenas si había rastros de ella. En mi curiosidad hasta llegué a preguntar en un sitio dedicado a las películas de la actriz Teresa Gimpera, que estaba en algunas escenas con Analía Gadé, si sabían si se encontraba una copia por algún lado. Me contestaron que también la buscaban sin suerte.

 

Y de repente, como de la nada, apareció. ¡Bienvenida!

 

Se trata de Cartas de amor de una monja (1978) de Jorge Grau. Un señor muy prolífico que entre muchas otras dirigió Noche de verano (1963), El espontáneo (1964), Acteón (1965), Una historia de amor (1967), Tuset Street (1968), Historia de una chica sola (1969), Chicas de club (1970), Ceremonia sangrienta (1973), Pena de muerte (1974), No profanar el sueño de los muertos (1974), La trastienda (1976), El secreto inconfesable de un niño bien (1976), La siesta (1976), La leyenda del tambor (1981), Coto de caza (1983), Muñecas de trapo (1984), El extranger Oh! de la calle Cruz del Sur (1987), La puñalada (1990) y Tiempos mejores (1995)

 

De todas ellas, la que recuerdo haber visto es Tuset Street, en la que una Sarita Montiel, escasamente vestida, deambulaba por ambientes muy psicodélicos. Un melodrama en el que un niño rico apostaba que podía seducir a una vedette folklórica, o sea Sarita. Lo lograba, ella se enteraba de la apuesta y se vengaba. Y él comprendía tarde que la amaba de verdad. El argumento era muy siglo XIX, pero transcurría en una Barcelona de lo más psicodélica. Y el choque argumento/ambiente la hacía inolvidable.

 

Esta Cartas de amor de una monja fue una de las muchas películas que se basaban en (o en los alrededores de) unas cartas supuestamente escritas por una monja de clausura, una tal Mariana Alcoforado que vivió en Portugal entre 1640 y 1723. Digo supuestamente porque ahora se asevera que en realidad las escribió un autor de ficciones de esas épocas.

 

En los títulos de apertura de la película, cuando llegamos a los responsables de la escritura se nos dice: argumento y guion de Gemma Arquer y Jordi Grau, basado en hechos históricos de los siglos XVI y XVII, con textos de Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Diderot y “Mariana de Alcoforado” (El encomillado es original, no es mío)

 

Y cuando está por comenzar la historia, un cartel nos informa: “1640 en una España donde la Inquisición imponía, casi a la fuerza, la ley de Dios…”

 

Y así tenemos todos los elementos constitutivos de este drama romántico: uno, monjitas sin vocación (por entonces las familias ricas encerraban en conventos a las hijas que no podían casar bien para sobornar a los poderes divinos (tenían a alguien rezando en continuidad para garantizarles impunidad por sus pecados) y para tener una pata en una institución (la Iglesia) que era muy poderosa y determinante); dos, la Inquisición con su fanatismo irreductible; y tres, pecaminosos amores clandestinos.

 

El director y guionista, Jorge Grau (Jordi, para los amigos) como hace constar en los créditos mezcla autores que le garanticen un entramado exquisito, elocuente y poético. Los protagonistas, sobre todo Gadé y Alcón son sibaritas de la palabra y hacen gozar con su amor por ellas.

 

Y la trama le permite exploitation, en este caso, monjitas que se desnudan en ataques dignos para un exorcismo (tanto que una hasta pretende masturbarse con un crucifijo), lesbianismo, e incluso un intento de violación (aparte de una Gadé, que toma sol, desnuda, en los tejados)

 

Al igual que en Tuset Street, la cruza de elementos incongruentes se destaca. Aquí textos lustrosos, actores prestigiosos y erotismo libidinoso y lascivo. Es como una película con Isabel Sarli, dirigida por Armando Bo, con guion de Albert Camus y Simone de Beauvoir.

 

De todos modos, valió la pena esperarla, a pesar de la mezcla de lo excelso y lo escatológico (o más bien, gracias a ella)

 

Dios los cría (1991), la última película de Fernando Ayala, al contrario de las cartas monjiles de Jorge Grau era una figurita fácil del álbum. Es tan accesible que hasta está en YouTube.

 

Su peculiaridad radica en que supuestamente es una película LGBT homofóbica. ¿Es así? En mi modesta opinión, francamente no.

 

Mirna (Soledad Silveyra) con su hijo de 10 años, Quique (Mauricio Bruno) conocen en la sala de espera de un dentista a Ángel (Hugo Soto) y a su madre, Adela (China Zorrilla). Todos congenian y Mirna y Ángel se hacen amigos. Los dos ocultan sus historias. Mirna es prostituta que trabaja en un sauna y Ángel es un gay enclosetado, que trabaja en un banco.

 

El guion es del propio Ayala y de Ricardo Talesnik. Los dos han desnudado prejuicios e hipocresías sociales que encadenan.

 

Dice Wikipedia: Hasta entonces el cine argentino solo había mostrado personas homosexuales sin mostrar su vida social, pero en esta obra se muestra «un sentido de comunidad LGBTIQ como nunca antes se había visto».

 

Y es precisamente esta representación de la vida social gay la que le trajo a la película su fama de homofóbica. En un artículo de 2016 del suplemento Soy de Página 12 sobre “Las más homofóbicas del cine nacional”, se incluye a esta película porque “En esta película, aunque se quiere construir una familia extraña, el personaje de Hugo Soto hace de un tipo con doble vida, que implica escapadas montada a una disco gay representada desde una modernidad perimida que parecía importar el estilo de falso drag de Tootsie para mezclarlo con cotillón vencido de fiesta de quince que intenta pasar por sexo fuerte.”

 

Pero años más tarde, en 2021, el mismo autor del artículo citado, a propósito de la aparición de la autobiografía (Fabricante de sueños) del socio de toda la vida de Fernando Ayala, Héctor Olivera, rescata a Dios los cría y dice: “Pero Dios los cría (1991), la última película de Ayala, quien murió en 1997, significó una suerte de testamento queer. Infravalorada en su momento, incluso Olivera en esta autobiografía no solo no le da mucha importancia, sino que hasta la trata de transnochada. Sin embargo, con un guion basado en un caso real leído por Olivera, la película retrata los hábitos de un personaje homosexual interpretado por Hugo Soto, que se monta para salir y frecuenta una disco muy queer. Hasta ese momento el cine argentino había hecho representaciones de homosexuales en pareja entre cuatro paredes, sin vida social. Tan pionera como otras de sus películas, Ayala-Olivera crearon un sentido de comunidad LGBTIQ como nunca antes se había visto. Además, el personaje gay terminaba haciendo una alianza con una madre prostituta, interpretada por Soledad Silveyra, formando una familia con su hijo. Por supuesto hay también mucho camp en Dios los cría, empezando por la presencia de China Zorrilla. En el momento del estreno de esa película, a inicios de los 90, a la Comunidad Homosexual Argentina le había sido negada la personería jurídica, y aún no existía la Marcha del Orgullo en Buenos Aires. Hoy esa película sigue olvidada como muchos de los gestos de avanzada de las producciones de Aries. Esperemos que esta biografía de Olivera ayude a rescatar una cultura queer que en muchos casos hizo historia y hasta aún desafía al presente.”

 

Dios los cría en el momento de su estreno tuvo malas críticas (destruir es fácil y si incomoda, más fácil todavía) y se distribuyó poco, se la pasó rápidamente a video, que la difundió mejor. Vista hoy no levanta una ceja, las familias disidentes son una realidad, en 1991 proponer una era una osadía. Aunque sea solo por eso, debe respetársela y redescubrirla. Y entre sus logros indiscutibles, no es menor disfrutar del juego de comedia de una inspirada China Zorrilla.

 

Estas dos películas más que pertenecer a la sección de “Programa doble” deberían inaugurar una sección propia que se debería llamar “Las que ya tendría que haber visto” Es un título un poco largo, pero lo estoy considerando.

Gustavo Monteros

domingo, 23 de mayo de 2010

El mural

Héctor Olivera siempre contará con mi gratitud y mi afecto, porque es el director de La Patagonia rebelde y No habrá más penas ni olvidos. Últimamente se le ha dado por la recreación de episodios de vida de personas reales. Viene de Ay, Juancito que se centraba en el ascenso, fulgor y muerte de Juan Duarte, el hermano de Eva. Fue un film injustamente ignorado. Entre otras virtudes exhibía un muy buen guión de José Pablo Feinmann (con un diálogo entre Inés Estevez y la Brédice sencillamente antológico). Ahora cuenta la trastienda del mural que el mexicano David Alfaro Siqueiros pintó, con la ayuda de Antonio Berni, Lino Enea Spilimbergo y Juan Carlos Castagnino, más el escenógrafo uruguayo Enrique Lázaro, en el sótano de la quinta de Natalio Botana.


Aparte de los mencionados en el impresionante reparto de celebridades figuran Salvadora Medina Onrubia, la feminista, anarquista y ocultista esposa de Botana, Blanca Luz, la mujer de Siqueiros, Pablo Neruda, Victoria Ocampo y Agustín P. Justo. Más Carlos, el malogrado hijo mayor de Botana, un policía siempre listo para el servicio sexual y una institutriz lesbiana.


Mencionar la sexualidad es relevante porque los entretelones de la pintura implican un novelón erótico de proporciones. Blanca Luz (Peterson) es una chica voraz que no deja títere con cabeza. Inicia una relación con Botana (Machín) y tiene un touch and go con Neruda (Boris). A su vez, la despechada Salvadora (Celentano) se permitirá un ardoroso encuentro con el policía (Palomino). Y Siqueiros (Bruno Bichir) en los descansos de su trabajo se procurará también sus desahogos sexuales.


Se perciben las debilidades habituales de las biografías con reparto de gente famosa. Algunos personajes son sólo un nombre y algunas líneas solemnes y discursivas que los denotan. El que peor parado sale es Neruda. Queda como un baboso cursi. Además el actor que lo encarna da una mala faena y para colmo de males en primer plano se parece a Duhalde.


El mexicano Bichir es seductor y tiene buena voz, pero ofrece un Siqueiros monocorde, clavado siempre en la misma cuerda. Carla Peterson es una buena actriz que aquí sólo a veces está cómoda. Lo mejor, el Botana de Luis Machín y la Salvadora de Ana Celentano.


A las audacias formales y de pintura (una mezcla industrial que posibilitó su supervivencia) del mural, Olivera lo confronta con un fresco nítido de elegancia clásica. Su pertinente uso de la música denuncia la seguridad de los viejos maestros que confían en lo que cuentan y no caen en la berretada yanqui de subrayar todo sonoramente. La dirección de arte de Emilio Basaldúa recrea la época con acierto, y deslumbra el vestuario de Graciela Galán. Elocuente y por desgracia todavía vigente la descripción que Botana hace de la prensa.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

viernes, 29 de mayo de 2009

No habrá más penas ni olvido

Prefiero las librerías de viejo a las que venden libros nuevos. En las librerías comunes no hay magia. Uno halla lo que se publica hoy y se publicita en las páginas literarias de los diarios. Las librerías de viejo, en cambio, son misteriosas, azarosas, sorprendentes. Uno se para ante las bateas y no sabe qué libro aparecerá detrás del que estamos barajando. Uno puede encontrar el libro aquel que leyó, amó y perdió, en la misma edición que uno tuvo. O aquel libro que uno siempre quiso leer y dejó pasar y que hoy está fuera de imprenta. O mejor aún, aquel libro que uno desconocía que existiera o del que hay una fugaz mención en un doblez de la memoria.

Internet, a veces, se parece a una librería de viejo. Uno de mis tesoros es un portal turco con links para bajar películas. Los títulos, por suerte, están en inglés. Como casi en todos lados están los estrenos, pero también films antidiluvianos. Entré buscando La millonaria, la vieja película sobre la obra de Bernard Shaw con Sophia Loren y Peter Sellers. Quería compararla con una puesta del National Theatre que había visto con la inmensa Maggie Smith. Mientras buscaba, me choco con Funny dirty little war. El título me sonaba, pero no había más información que el año de producción: 1982. Seguí persiguiendo a La millonaria, intrigado, ¿de dónde me sonaba ese título. Volví atrás para guardar los links y descubrí que era el título con el que se había conocido No habrá más penas ni olvido en Inglaterra y USA. Me puse a bajarla, cuando la descomprimí, allí estaba, con un bloc de notas con los subtítulos en inglés.

En 1982, cuando era inminente el advenimiento de la democracia, Héctor Olivera filmó la versión cinematográfica de la novela de Osvaldo Soriano (mi favorita de las suyas, Triste, solitario y final y Cuarteles de invierno me gustan mucho, pero no tanto como ésta.) El film se estrenó el 22 de septiembre del 83, un mes y monedas antes de que votáramos a Alfonsín. Eran días de alegría. La cultura nunca fue más alegre que durante el fin de la dictadura y en la primavera alfonsinista. Se acababa la censura, el oscurantismo, la idiotez represora. Se podía respirar con libertad otra vez.

Me puse a verla, expectante, porque no había planeado verla y porque quería ver qué pasaba cuando la confrontaba con mis recuerdos. Hacía más de quince años que no la veía. Me llenaba de felicidad reencontrármela. Así, inesperadamente.

Transcurre en 1974, en un pueblo ficticio de la provincia de Buenos Aires y refleja el enfrentamiento de las facciones extremas del peronismo. De un lado, la derecha; del otro, la izquierda; en el medio los peronistas “inocentes”, los que creen estar todavía en el 45 defendiendo al general de los “gorilas”. La trama se nutre del amor de Soriano al cine sonoro norteamericano; hay mucho de western, de comedia lunática y de policial, atravesado por eso tan nuestro del fatalismo tanguero y la chantada consuetudinaria. Y es tanto una farsa como un grotesco o una tragedia. Se nota nuestra filiación española e italiana. Somos nosotros, pero también nuestros ancestros. Ratifica que para el humor no hay temas prohibidos. Sólo se trata de encontrar el punto de abordaje.

El film, ganador del Oso de Plata del Festival de Berlín, mantiene su frescura y su mordacidad. Es acción pura, no hay datos sobre los personajes, no son necesarios, los definen sus actos, los reconocemos de inmediato, siguen estando entre nosotros. Hay tal precisión en la trama y en los personajes, que sólo bastan 80 minutos para contar implacablemente un pedazo de nuestra historia. Sólo la musicalización original suena un poco antigua, muy ochentona; no el valsecito zumbón que acompaña las secuencias del avión, ése será eterno como los laureles.

Nos reencontramos con actores que se fueron de gira al cielo: Ulises Dumont, Arturo Maly, Lautaro Murúa, Emilio Vidal, Tacholas, Julio de Grazia. Otros, por suerte, nos siguen deparando emoción y risas: Luppi, Ranni, Bidonde, Laplace, Rizzo, Contreras, Salo Pasik, Graciela Dufau.

Y le dedico un renglón aparte a Miguel Ángel Solá, por eso tan latinoamericano de los exilios. Se fue desesperado por nuestra eterna incapacidad a aprender de nuestros errores. Comprendo que se haya ido, sé lo que le costó tomar esa decisión, pero eso no me hace extrañarlo menos. Que nuestro medio haya perdido a un artista tan inmenso me desconsuela. Aquí está inolvidable en su borracho Juan. Verlo actuar es una gloria, una celebración de nuestra humanidad.

A los méritos de la novela se suma el lujo de que en la adaptación y guión, junto al director, haya participado Roberto Cossa, nuestro dramaturgo máximo.

Después de verla, me preparé un café y me puse a pensar por qué el webmaster del portal turco la calificaba de imperdible. No tardé en tropezar con la respuesta. Las circunstancias son irremediablemente nuestras, sólo nosotros podemos abarcarlas en su totalidad, pero hay algo inherente al hecho de ser humano. Los prejuicios, las diferencias ideológicas y el hambre de poder fueron, son y serán las excusas favoritas de los hombres para desatar la belicosidad y el ímpetu asesino. Pero si la guerra es la estupidez del hombre, son también reveladores los roles que Soriano, Cossa, Olivera le asignan a las mujeres ante esta estupidez. El personaje de María Socas participa activamente de las acciones de sus compañeros, el de Graciela Dufau quizá no tuvo el hijo que Luppi reclama para que no se lo mate en la guerra, y las dos vecinas (descerebradas o quizá todo lo contrario) saludan contentas a quien sea que vaya ganando.

Cuando volví a entrar a mi portal turco descubrí que, vaya uno a saber por qué, había expirado. Una de mis fuentes de placeres “truchos” se había agotado. Sonreí, se había despedido devolviéndome una muy buena película argentina. Salud.

Un abrazo,

Gustavo Monteros