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domingo, 10 de octubre de 2010

Sin retorno

Se dice que un buen policial radiografía la sociedad que lo cuenta mejor que cualquier otro género. No es que se proponga semejante tarea Ibseniana. No, lejos de ello. Sólo quiere contar una historia con tiros, sangre, pasión, criminales y policías. Pero si está bien hecho, surge como consecuencia directa una lectura social descarnada y, oh sorpresa, generalmente inapelable. Porque al plantearse la plausibilidad del nudo a contar, la lógica para que el argumento se sostenga, la carnadura de los personajes que trasgredirán la norma, las motivaciones que justifiquen el conflicto, el entorno que contenga o repela, el policial refleja, sin querer, las claroscuros del pequeño rincón del mundo en que la historia se deshilvana.


No es muy halagüeño el retrato que queda de la sociedad argentina actual después de ver esta película. Y lo terrible es que todo es tan reconocible, y lo que es peor tan verificable, que no hay de donde agarrarse para contrarrestar, rebatir o refutar este cuadro de situación.


La historia es una variante, excelentemente planteada, de la tradición iniciada por La bestia debe morir. En la emblemática novela de Nicholas Blake, llevada al cine varias veces, incluso en la Argentina hay una versión de 1953 con Narciso Ibáñez Menta, alguien arrolla, mata y se da a la fuga. Como aquí. Pero son las derivaciones y las consecuencias las que cuentan y las que revelan. Aunque en este caso, hasta el hecho inicial desnuda irresponsabilidades varias, hasta de la víctima, de las que, como el título informa, no hay retorno. La riqueza del planteo es tal, que se acerca a lo que se conoce como el conflicto perfecto, o sea aquel en que por turnos, todos los personajes tienen razón y todos están profundamente equivocados. No desarrollaré o ejemplificaré más este tema para no contar más de lo debido y arruinar las sorpresas del argumento. Pero si ven esta película, los ejemplos de los aciertos y los yerros de los personajes surgirán a borbotones.


Otra característica destacable de este film es, que aunque lo sea, no parece ni remotamente una ópera prima. No se evidencian las debilidades habituales. No hay encuadres raros ni preciosistas, 14 subtramas superpuestas, tres películas en una, homenajes a 700 maestros del cine, ni la voluntad de ser más felliniano que Fellini, más bergmaniano que Bergman, o más hitchcockiano que Hitchcock. No. Hay como una madurez expresiva que llama la atención. La estructuración es clásica, plano corto, plano largo, fundido a negro con puntos suspensivos elocuentes, nada de berretas estridencias musicales o la idiotez de la tan de moda cámara en mano para cualquier cosa. El guión es preciso, y gracias al cielo, no hay subrayados declamatorios ni bajadas de línea obvias. Sólo un director, Miguel Cohan, que cree en su historia, que sabe cómo contarla, cómo hacerla crecer con detalles apropiados y la sequedad que le conviene al género. Y acierta. Logra atrapar, atenazarnos a la butaca y que le entreguemos una atención constante, hasta llegar a un desenlace antológico con un arma que no hace lo que prevemos hará y que juega sabiamente con nuestra voluntad de catarsis. Cohan firma el guión con Ana que lleva su mismo apellido. Elijo pensar que son hermanos, como los fabulosos Coen yanquilándicos.


Ninguna historia, por buena que sea, se termina de contar sin el auxilio de los actores. El elenco es impecable y los tres protagonistas seducen. Federico Luppi, que fuera el rostro de otros retratos argentinos como Tiempo de revancha o El arreglo, se presenta como la opción ideal e insustituible para el personaje que le toca en suerte y que acrecienta su aura. Martín Slipak, que nos hiciera reír cuando era chico en el Magazine For Fai de Mex Urtizberea, se ha convertido en un actor joven de apreciable talento. Y nobleza obliga, Leonardo Sbaraglia, a quien siempre consideré un actor con más suerte que talento, me desmiente con rotundez y entrega un trabajo sin fisuras.


Pensar que tentado estuve de no ir. Suerte que encontré un hueco en mis horarios y fui. Es una muy buena película. Con el agregado de un comentario social que molesta como la picadura de un jején. Ojalá alguna vez nos pongamos a pensar en cómo eliminarlo y no sólo en cómo rascarnos.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 29 de noviembre de 2009

El corredor nocturno

Leonardo Sbaraglia parece condenado al conflicto de Fausto. En la televisión ya lo padeció en El garante. Ahora el cine le pide que vuelva a pelear por su alma.


A pesar de su galanura, no es extraño que los demonios de ficción prefieran el alma a su carnalidad. Es que en él prima esa cara de cachorro perdido, de niño bueno con dolor de muelas que la naturaleza le dio.


Eduardo López Barcia (Sbaraglia), ejecutivo de una empresa multinacional, se encontrará en el aeropuerto de Madrid con Raimundo Conti (Miguel Ángel Solá) a quien cree conocer de algún lado. De regreso a Buenos Aires, Conti comenzará a acecharlo, a interferir en su vida profesional y personal. Se revela como un hombre peligroso que sabe demasiado. ¿Se trata del típico psicópata acechador de las películas pochocleras? ¿Es el demonio en trajes de diseñador? ¿O acaso es otra cosa?


El inicio es excelente. Eduardo parece estar bajo los efectos del jet lag. Hay en él una desorientación seductoramente enigmática que se contagia al espectador. El entorno adquiere relevancia. La compañía atraviesa una crisis que se propone morigerar despidiendo gente. Su esposa (Érica Rivas) se muestra propensa a controlar, a manipular.


Eduardo no parece ser el que era. Se infiere que antes era inescrupuloso, despiadado y que ahora es considerado, solidario. Valores despreciables en un ámbito laboral de competitividad feroz. Peligra el estilo de vida con que ha acostumbrado a su mujer y a sus hijos.


La historia viene en plan de thriller, hubo una muerte en el pasado en la que Eduardo quizá tuvo alguna responsabilidad. Y hay otras dos en el presente en las que quizá estuvo envuelto Conti.


Muchos stress para un solo hombre. Crisis laborales, de conciencia, demandas de su mujer e hijos, acoso, muertes misteriosas. Pero ¿hacia dónde vamos?
A medio metraje, la trama se empantana, comienza a girar sobre sí misma, a morderse la cola.


Es que los creadores (Hugo Burel, el autor de la novela y Gerardo Herrero, el director) se proponen hacer algo muy difícil: no revelar el juego (¿es un thriller a secas o uno metafísico o qué?) hasta el final. Y si bien no triunfan apoteósicamente, tampoco fracasan estrepitosamente. En su intento de emular a los malabaristas chinos ponen muchos platos a girar en el aire, pero algunos se hacen añicos contra el piso y uno empieza a vislumbrar para qué lado va la cosa. Y entonces el final no llega como una gran sorpresa, sino como la confirmación de la sospecha más insistente.


Sbaraglia está muy bien en su atribulado protagonista. Érica Rivas, que saltara a la popularidad como la vecina detestada por Francella en Casados con hijos, se mueve bien en el drama.


Al Pacino(El abogado del Diablo), Robert DeNiro (Corazón satánico) o Lito Cruz (El garante) ensayaron variantes mefistofélicas con gran despliegue de histrionismo. Miguel Ángel Solá optó por un camino más sutil e impone su demiurgo diabólico con contenida autoridad y fuerza. Un gran trabajo.


Un film imperdible para los admiradores de Solá, los demás pueden esperar pacientemente para espiarla cuando llegue al cable. Porque si bien es un film ambicioso y honesto que devuelve la plata de la entrada, no satisface con plenitud el apetito por un entretenimiento excelente.


Por favor, no crean que al hablar de Faustos, Mefistófeles y esas cosas, revelé más de lo que debía, porque no es así. Aunque lo parezca, el mayordomo no es el asesino.

Un abrazo,
Gustavo Monteros