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viernes, 19 de mayo de 2023

Programa doble: El amor en su lugar - Tercera llamada

Continuando con nuestra sección de Programa doble, repaso de dos películas con aspectos en común, hoy: El amor en su lugar y Tercera llamada.

 

Como se sabe, el teatro es celebración de vida. Y se puede decir también que lo que se ve en el escenario es solo la punta del iceberg, y lo que hay debajo, lo que pasa detrás de escena, puede ser grande como para hundir un transatlántico o apenas un dadito para completar el aperitivo. Pero si en una oficina, las emociones se ocultan, en el teatro se enmascaran para potenciar lo que se muestra al público. Toda actividad humana tiene una corriente submarina de amores desencontrados, envidias irresueltas, solidaridades inesperadas y odios imperecederos. Ah, pero las del teatro…

 

En El amor en su lugar (Love gets a room, Rodrigo Cortés, 2021), la actriz Stefcia (Clara Rugaard) debe decidir si fugarse con su examante, al actor, autor y compositor, Patryk (Mark Ryder) o si quedarse con su nuevo amor, el actor y cantante, Edmund (Ferdia Walsh-Peelo). La cuestión no solo es sentimental sino de vida o muerte, porque Stefcia debe resolver su dilema mientras representan El amor en su lugar, la comedia que escribió Jerzy Jurabdot  para entretener a quienes sobrevivían en el gueto de Varsovia en 1941. Sí, ese es el espacio-tiempo del dilema de Stefcia. Durante la función, ella barajará, negociará, alternará opciones. El resto del elenco y los músicos (porque de una comedia musical se trata) tiene sus propias cuitas no menos urgentes y desesperadas. Encima en mitad del espectáculo, aparece un nazi feroz que amedrenta a público y oficiantes por igual porque tiene el gatillo de tan fácil, facilísimo.

 

Sobre un hecho real (la obra que da al título de la película se escribió y se representó en un teatro del gueto antes de que empezaran las deportaciones) los guionistas Cortéx y David Safier construyeron una ficción atrapante que se transforma sobre el final en un homenaje al teatro. Un dato, la obra original de Jurandot no tiene canciones, se las agregó Cortés por necesidad dramática de su guión, las letras son suyas y la música es de Víctor Reyes.

 

Esta película pasó desapercibida, aunque no debió ser así. Se filmó antes de la pandemia y se esperó a que los cines se reabrieran para ser distribuida. Su público natural, los adultos con interés por películas serias, no había vuelto a las salas para ese entonces y se perdió entre las ofertas pochocleras para adolescentes. Merece ser redescubierta. No es perfecta, pero si valiosa.




   Pensé que Tercera llamada (Francisco Franco Alba, 2013) era una comedia brillante. Es una comedia, pero no brillante, más bien un tanto oscura. Isa (Karina Gidi) una puestista mexicana a cuatro semanas de estrenar una versión de Calígula de Albert Camus, con una monumental escenografía lista, con el vestuario en los últimos toques y los actores del numeroso elenco con la letra aprendida, decide que su puesta está equivocada, que “ahoga” el texto de Camus con tanta grandilocuencia y tira todo por la borda. Hay que empezar de cero, ahora todo será de una sencillez espartana, cuatro columnas, togas y de vuelta a Roma (en su concepción original la hacía transcurrir en la Italia fascista, con la monumentalidad que la caracteriza). Habrá resistencias, llantos, portazos. Perderá a su protagonista masculino, lo reemplazará por una actriz. Y las cuatro semanas se perderán en un caos de idas y vueltas y se llegará a la noche de estreno en un apocalipsis, no de metáfora sino de literalidad bíblica. Pero ya se sabe también, el actor es un bicho resistente que sabe que el show debe continuar y que en esa misión le va la vida, y hasta puede volver del carajo un mundo que se fue para allá y está de lo más instalado. El elenco es parejo en expresividad, desparpajo (si le toca) y patetismo (si le toca). Se destacan Irene Azuela, como Julia la actriz que asume el personaje de Calígula, Cecilia Suárez como una diseñadora de vestuario con urgencias sexuales que sacia con un tramoyista, Chippen (Víctor García) así apodado porque fue un stripper en un Chippendale, Mariana Treviño como Ceci, la delirada asistente de dirección, Fernando Luján como el actor viejo que nunca se rendirá, Anabel Ferreira como una representante y relacionista pública que no se aparta de su petaca ni aunque vengan disparando cañones, y una participación especial de la legendaria Silvia Pinal como una delegada del gremio de actores que se las trae. Hay cameos de Julieta Venegas, Ana Ofelia Murguía y otros figurones mexicanos que se me pierden porque no soy experto en su cine.

 

El film se cierra con Acuario, deja que entre el sol del musical Hair, y es apropiado porque por más nublado, encapotado, tormentoso que el cielo venga, el actor siempre deja entrar el sol, después de todo es su oficio, ¿no?

Gustavo Monteros

lunes, 16 de marzo de 2020

Día 2 - Overboard - ¡Hombre al agua!

Y llegó finalmente la ansiada comunicación oficial de la suspensión de clases en todos los niveles de enseñanza para impedir la propagación del coronavirus. Pero el anuncio presidencial no trajo la ansiada paz entre los docentes de la provincia de Buenos Aires, quienes por una confusa resolución de “la distrital” se verían obligados a concurrir a sus escuelas respectivas a firmar, cumplir horario y elaborar un plan de contingencia para compensar la pérdida de clases presenciales. Otro ejemplo más de ser más papistas que el papa. Una mala interpretación de las palabras presidenciales respecto a que las escuelas con comedores estarán abiertas llevó a esta resolución poco feliz, que por puntos y comas y verbos grises es versionada por algunas autoridades provinciales de cumplimiento fehaciente de tareas docentes, como si no hubiera pandemia alguna. Los gremios no tardaron en reaccionar y ya hay quejas y pedidos de derogación de la papeleta en cuestión, pero mientras se resuelve la eliminación y la consecuente aclaración, los enajenados de siempre, clasificación que abarca tanto a docentes, directivos como a inspectores, enloquecen y vociferan en cómo implementar la obligatoriedad de la compulsa. El sentido común  no solo se perdió sino que hallarlo es más difícil que ganar la lotería tres veces el mismo día. Buen momento entonces para una comedia.


Si el drama necesita credibilidad, la necesaria creación de un verosímil para desatar la imprescindible empatía con lo que se cuenta, la comedia es un mundo cerrado regido por razones propias y una lógica ilógica. El verosímil no importa, puede reinar el disparate. Lo que importa es que el sinsentido tenga sentido en la subversión del orden establecido o en la aceptación del caos como normalidad. Dicho así parece muy complicado, pero es lo más fácil del mundo. Es un juego que todos sabemos jugar, hay una decodificación inmediata y sin esfuerzos. Todos queremos reír y aprendemos rápido a hacerlo.


En 1987, la guionista Leslie Dixon concibió un efectivo vehículo de lucimiento para Goldie Hawn, Overboard / Hombre nuevo, vida nueva  que el director Garry Marshall (Mujer bonita / Pretty woman, 1990, Un equipo muy especial / A league of their own, 1992, Jamás besada / Never been kissed, 1999) aceitó con singular empeño. En la misma, una rica soberbia e insoportable (una Goldie muy inspirada) maltrataba a borde de su yate a un carpintero contratado (un Kurt Russell de lo más oportuno). Ella terminaba por tener un accidente, caía al agua, se despertaba con amnesia y él aprovechaba y se vengaba de los maltratos recibidos convenciéndola de que era su esposa y de que pertenecía a la clase trabajadora.


En 2018, la comedia reaparece, pero ahora como vehículo de lucimiento de un actor, el mexicano Eugenio Derbez. Los roles, claro, se han invertido. Él es el millonario insoportable y maltratador y ella, la siempre simpática Anna Faris, ya no es carpintera sino una empleada de una empresa de limpieza que está en el yate para sacarle la mugre a una alfombra. Lo del accidente y posterior amnesia se mantienen, aunque, obviamente, será ella la que lo hará pasar por su marido proletario.


Derbez es un comediante hábil y muy histriónico y tiene lo que se necesita para sostener un protagónico y llenarlo de matices. Faris no es tan competente como su compañero, pero suple con encanto lo que le falta en hacer más variado su juego de comedia.


El director Rob Greenberg sabe que la comedia necesita de secundarios tan atractivos y coloridos como los protagonistas, e incluso más si la ocasión lo amerita. Y en un elenco de simpáticos, sobresale el talento de tres mujeres. Una irreconocible Swoosie Kurtz (puede que la cirugía estética le haya desdibujado el rostro que le conocimos, pero el talento lo conserva incólume) es una madre de Faris que no será postergada por nada. Mariana Treviño (la Cecilia Rosado de la última temporada conocida de Narcos: Mexico y la Jenny Quetzal de la flojita segunda temporada de La casa de las flores es la hermana música del tarambana millonario. Mientras que la magnífica Cecilia Suárez, que gracias a su Paulina de la Mora para La casa de las flores alcanzó una proyección mundial es la otra hermana, ambiciosa y decidida a todo. Ah, está también una desaprovechada Eva Langoria, que esta vez no suma por el lado de la actriz, pero que multiplica por su incandescente belleza.


Es una remake más decente que inspirada, pero en tiempos en que la buena comedia no abunda se deja ver con agrado. ¿Qué más se puede pedir en un encierro por virus? 


Ah, Overboard / ¡Hombre al agua! puede verse en Netflix. 

Hasta mañana
Gustavo Monteros

jueves, 23 de agosto de 2018

De cómo me enamoré de Cecilia Suárez


Entré a La Casa de las Flores por prepotencia de información. La noticia y la publicidad de que a partir de tal día, a tal hora, iba a estar disponible en Netflix me aparecían por todos los lados. Entré con desconfianza, pero como una de las ventajas de Netflix es que uno puede salirse en cuanto algo te aburre o te disgusta y  probar otra cosa, y no volver jamás a la primera, me aventuré. Un nombre se destacaba del resto, el de Verónica Castro, reina madre indiscutida del culebrón de México para el mundo, y no era ilógica su presencia porque el proyecto rumbeaba para el lado del homenaje a tan noble género. No recuerdo haber visto, seguido o vislumbrado ningún teleteatro con ella, pero como vi hasta el cansancio una participación suya en un sketch de Alberto Olmedo y estaba deliciosa, le guardo afecto. Al no sostener prejuicio alguno contra la Chaparrita protagonista, se me franqueaba  más que a otrxs el paseo por la casa.


La propaganda y la información no me habían engañado, dicha casa es una reformulación u homenaje al culebrón clásico en clave del primer Almodovar, el de los ochenta. Manolo Caro, su autor-director-creador, siente una debilidad demasiado manifiesta por el manchego, debilidad que debería curar fortaleciendo su personalidad y olvidando a don Pedro. Pero a poco de empezar la serie, no me ganaba el colorido de las casas, las ropas o los personajes, ni sus leves semejanzas formales a Amas de casa desesperadas, primera temporada, con una fantasma de narradora en off, ni que cada capítulo tuviera el nombre de una flor, por lo que representa en el lenguaje de las flores (en Amas de casa desesperadas, los capítulos tenían por título el nombre de una canción de Stephen Sondheim), no, lo que me ganaba era un personaje en particular, Paulina, aunque a decir verdad era su forma de hablar la que me hacía recalar en ella y gozar cada vez que entraba en escena.


En el primer episodio es la que sabe todos los secretos y la que se las ingenia para, si no solucionar todos los problemas, capear todos los temporales. Lo bueno, bah, lo inmejorable es que no había artificio en cómo hablaba, arrastrar palabras con lentitud se integraba a su personaje con una maestría descollante. ¿De dónde había salido esta actriz maravillosa? ¿Acaso me la había cruzado antes?



Internet me dijo que sí, que la había visto, primero en 1999, al inicio de su carrera como integrante del impecable y sólido elenco de la muy interesante comedia de Antonio Serrano, Sexo, pudor y lágrimas. Pero si ahora solo tenía ojos para ella, en Sexo, pudor y lágrimas solo tuve ojos, como media humanidad que vio esa película, para Demián Bichir, que no en vano dicha película le abrió las puertas internacionales, que lo llevó a estar entre los favoritos de directores de fuste como Tarantino o Ridley Scott, y hasta obtener una nominación para el Óscar como mejor actor protagónico por el conmovedor padre de Una vida mejor (Chris Weitz, 2011). Y que la había visto muy brevemente como asistente de Lito en Sense8 (2016-2017), tan breve debe ser que ni la recuerdo, además Sense8 es tan de fuegos de artificio, que si no matás o tenés sexo con cuatro o cinco, pasás desapercibidx. Y que también está en la película que Tommy Lee Jones, dirigió en 2005 con guión de Guillermo Arriaga, Los tres entierros de Melquíades Estrada, donde tampoco la recuerdo, pero que es una buena excusa de rever esta película muy buena.




Ah, la chica se llama Cecilia Suárez y nació el 22 de noviembre de 1971.


¿Qué que me pareció La casa de las flores? No sé, está ella y por estar ella y hablar como habla me encantó cada segundo que está en escena. Me enamoré, el entorno pasa a ser bueno, porque ella lo ilumina. Creo que si no se le pide mucho, entretiene, lo que no es poco.


Pongo su nombre en el buscador de Netflix para ver en que otras películas disponibles en la plataforma está. Me da dos dirigidas y escritas también por Manolo Caro: Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando (2014) y La vida inmoral de la pareja ideal (2016).





Comienzo por la más antigua, y no solo el título es de una gran belleza Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando (¡Guau!, no en vano los mexicanos son campeones de los boleros, “te daría mi vida, pero la estoy usando” ¡Tomá mate!) la película también, pero no de gran belleza porque sea linda, sino por lo conmovedora. Parte del viejo cuento del que se fue a comprar cigarrillos y no volvió. Gustavo se llama el sujeto y está casado con Elvira, atada a su casa por dos hijos chicos, uno de ellos ¡bebé! Pero Elvira no es de dejarse estar, va a salir a buscar a su Gustavo, a como dé lugar, aunque sepa pronto por una foto de qué lado viene la balacera, igual necesita verlo con sus propios ojos, escuchar lo que le tengan que decir, porque ama y cuando se ama, las medias tintas no bastan. Insisto Manolo Caro debe curarse su obsesión con Almodóvar, cuando se aleja de su Pedrito surge lo mejor, y que cuando se apega al español (el chantaje cuando va a vender zapatos, por ejemplo) el devenir se empantana al divino botón. Pero son reparos muy pequeños, el todo suma y es excelente. Y cuando se llega a la frase del título, esta se resignifica para no olvidarla jamás. Altamente recomendable esta Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando.

La otra (La vida inmoral de la pareja ideal) es más ambiciosa, tiene más personajes y situaciones, pero no es tan lograda… porque se apega en demasía al modelo Almodóvar. En la búsqueda de una supuesta originalidad, se despeña por el abismo del artificio, del rebuscamiento, del manierismo. La situación base es el de una pareja que vivió un romance adolescente cercano al ideal, pero que no prosperó, y que veinte años después se reencuentra. Como no quieren dar el brazo a torcer de entrada de que no hicieron más que esperar al otro, se inventan maridos/mujeres/hijxs y esas cosas. Dos desenlaces intrigarán al espectador: saber cuándo y cómo se caerán las máscaras y qué, cómo y por qué se separaron en la adolescencia. Se deja ver, tiene buenos momentos y entretiene, a pesar de que armado todo el cuento, haya cosas que no cierran. Eso sí, al lado de Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando pierde por goleada.
Doña Cecilia Suárez también está en Macho (2016) de Antonio Serrano (sí, el mismo de la mencionada Sexo, pudor y lágrimas, 1999) con Miguel Rodarte en el protagónico. Aquí Cecilia toca el segundo violín, o sea es la partener, la que posibilita la jugada para que el protagonista haga el gol. De todos modos este rol confirma la amplitud de su talento. Pero antes de adentrarnos brevemente en el argumento, recalquemos que lo más significativo de Macho es su guionista Sabina Berman, conocida internacionalmente por su obra teatral Testosterona. Por aquí se la vio en el verano de 2015 dirigida por Daniel Veronese y protagonizada por Viviana Saccone y Osmar Núñez y ahora puede vérsela con un título cambiado,Todo o nada,con Paula Cancio y Miguel Ángel Solá en los protagónicos. La obra se centra en un juego de poder entre hombre y mujer por un codiciado puesto de trabajo. Berman también a principios de este año fue la autora, fotógrafa y la dueña del concepto de puesta en escena de la obra sobre el poeta Fernando Pessoa y sus múltiples personalidades: Ejercicios fantásticos del yo, protagonizada por Gael García Bernal, en su debut en los escenarios porteños, acompañado por un elenco de lujo, compuesto entre otros por Rita Cortese, Vanesa González, Fernán Mirás y Martín Slipak, la dirección general fue de Néstor Valente. Más allá de las muchas virtudes del espectáculo, sufrió la crisis económica que atravesamos, fue una apuesta importante de producción que convocó poco público.



En Macho, Sabina Berman juega con las percepciones sociales y personales de la sexualidad. El diseñador de ropa, Evaristo Jiménez (Miguel Rodarte) es supuesto gay y admirado por serlo, pero en realidad es un hétero de lo más batallador. Un crítico quiere desenmascararlo, entonces su socia, Alba (Cecilia Suárez) lo conminará a que comience un noviazgo fingido con Sandro (Renato López), el problema es que Sandro es gay de verdad y no sabe nada del entuerto. Unas cuantas peripecias harán que Evaristo se enfrente a la posibilidad de ser también gay. El guión es desparejo, hay situaciones muy bien armadas y otras para nada, gruesas, de cine industrial de explotación. De todos modos, su protagonista, Miguel Rodarte, es muy talentoso y carismático y vuelve muy visible el trámite de verla.


La casa de las flores, Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando, La vida inmoral de una pareja ideal, Sexo, pudor y lágrimas y Macho pueden verse en Netflix.


Yo recomiendo fervientemente que no se pierdan Elvira, te daría mi vida pero la estoy usando.

Gustavo Monteros