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viernes, 3 de octubre de 2014

Perdida



Contar una historia es seducir. Presentar una situación inicial atrapante, intrigante. Introducir personajes en los que por algún lado podamos vernos. Ahondar en la situación y en los personajes, y facetar, que ninguna realidad es lineal o maniquea. Dosificar la información para mantener tanto el entusiasmo como la credulidad. Y se tiene la audacia o la pericia necesaria, cambiar la perspectiva, el punto de vista, dar vuelta lo que se ha mostrado sin traicionar la historia y los personajes. Seducir es manipular.


Nick Dunne (Ben Affleck) va una mañana a trabajar al bar que regentea con su hermana melliza, Margo (Carrie Coon). Es el quinto aniversario de su casamiento con Amy (Rosamund Pike). Recibe el llamado de un vecino quien le dice que el gato está afuera y que la puerta de entrada de su casa está abierta. Nick va a ver y descubre que en el living la mesa de café está rota, los sillones dados vueltas y que Amy no está. Llama a la policía. Viene un patrullero con la detective Rhonda Bonney (Kim Dickens) y el oficial Jim Gilpin (Patrick Fugit). Es de manual investigar primero a quien denuncia para descartarlo o no. Y entonces… Y entonces… Y entonces…


Ya expresé mi admiración por la novelista Gillian Flynn (http://enunbelmondo.blogspot.com.ar/2014/07/gillian-flynn-soy-tu-fan.html). La señora ha dado con la manera perfecta de cometer un crimen y librarse del castigo. Y como esos créditos no se comparten, ella misma hace la adaptación de su novela para el cine. Y se comporta con la debida crueldad. Respeta la historia que creó, no cada aspecto de la misma. No se embelesó con lo que había concebido. Una novela y una película son medios diferentes, que no cuentan del mismo modo ni con la misma progresión. Y volvió a salirse con la suya. Los que leímos la novela, no nos sentimos defraudados con la película. Menos lo harán, los que vean primero la película y vayan a la novela después.


Y se unió al mejor cómplice posible, a David Fincher (Pecados capitales, El club de la pelea, Zodíaco, Red social) Y juntos eligieron el elenco ideal. Esta vez más que necesaria, es imprescindible la famosa parquedad expresiva de Ben Affleck que, suprema ironía, se vuelve elocuente. Rosamund Pike hace lo que hay que hacer con un personaje único, darlo todo y convertirse en leyenda.


Y cuando hablamos del crimen perfecto de la Sra. Flynn nos referimos al de la representación. El qué, quién, cómo y por qué siguen importando, pero en estos tiempos de manipulación tan generalizada, importa menos la verdad que el modo en que se la presenta.


Y si la Biblia es el libro madre, no porque hable de Dios sino porque es el que más odios, amores, crímenes, codicia, traiciones y dobleces abarca, podemos concluir entonces que el policial, género considerado menor con toda injusticia, es el que mejor expresa los vaivenes humanos.


Y como el cine engendra cinefilia, tal como dijo KennethTuran, el crítico de Los Angeles Times, “Perdida es el retrato de un matrimonio que habría salido si Alfred Hitchcock hubiera visto  mucho Ingmar Bergman antes de ir a trabajar.”


Perdida es un film excepcional, de apenas 150 minutos que se pasan volando. Pero qué hermoso sería si su rigurosidad e inteligencia no fueran la excepción sino la regla.

 En resumen, una mujer Perdida que merece ser encontrada.
 
Un abrazo, Gustavo Monteros

lunes, 25 de febrero de 2013

Argo



Argo se estrenó el 18 de octubre de 2012 en Argentina. Como ustedes saben no escribo sobre todas las películas que se estrenan, en su momento debo haber privilegiado otro film y Argo quedó sin su crónica. Esto viene a cuento porque ahora ganó el Oscar a la Mejor Película y fieles seguidores del blog me preguntan si no dejé de comentarla por algún motivo en especial. Ninguno, salvo la casualidad. La vi con mi amigo Horacio cuando ya casi bajaba de cartel, después de disfrutar de varias semanas de permanencia en cartel. Fue un lunes de fin de semana largo y diluviaba (literalmente). No haré más suspenso, salvo algunas salvedades que detallaré, nos gustó y la disfrutamos.

Desde su concepción, Argo levantó un poco de polvareda porque por fin Hollywood blanqueaba su colaboración con la CIA, secreto a gritos, no a voces, que conocían hasta los más desprevenidos. Pero, en fin, una cosa es saberlo de atrás y otra que te lo reconozcan. La acción se centra en la llamada Crisis de los Rehenes de Irán de 1979. El 4 de noviembre de aquel año, los iraníes tomaron la embajada estadounidense de ese país y retuvieron a más de 50 empleados. Seis lograron escapar y refugiarse en la embajada canadiense.

El film es la ficcionalización del rescate que emprendió Tony Méndez, un agente de la CIA, claro. Argo es el título de una película ficticia de ciencia ficción decididamente B, que Méndez (Ben Affleck) fingirá filmar en Irán como mascarada para cubrir el rescate. De allí que deba recurrir a curtidos profesionales (John Goodman y Alan Arkin) de Hollywood para lograrlo.

La peli arranca bien arriba. La toma de la embajada está filmada como los dioses y uno le sigue poniendo fichas al bueno de Ben Affleck, que es medio zapallo como actor, pero que es un director de primera. Sus dos películas anteriores son excelentes, sobre todo Desapareció una noche, aunque Atracción peligrosa tiene también lo suyo. Después pasamos al conflicto personal de Méndez, que suena a película Hallmark, más como está tratado que por el conflicto en sí que es muy atendible: su demandante trabajo lo hizo separarse de su mujer y ahora su pequeño hijo sufre también su desatención. Viene a continuación otra parte muy pero muy lograda, una descripción irónica y deliciosamente cínica del mundillo hollywoodense. Volvemos después a Irán y parece que caemos en el túnel del tiempo, en el tradicional thriller de aventuras muy 70 que tanto quisimos. Y ya cerca del final aparece el sapo que nos tenemos que tragar: la glorificación de la CIA, que nunca te deja en la estocada y que supera con sus leales hombres (Bryan Cranston a la cabeza) la burocracia y la mezquindad política. Entonces uno dice: ¿qué se le va a hacer?, el pobre de Ben Affleck no puede dejar de ser otro yanqui al que le han hecho la cabeza.

En resumen, está narrada como los dioses, el elenco es impecable, la recreación de época es gozosa, se sigue con interés de principio a fin y si no fuera por el ataque final de patrioterismo, se disfrutaría sin culpa. No nos hizo arrepentirnos para nada el habernos empapado para verla. En lo personal, después la recordé con simpatía porque por un rato me devolvió la endorfina de las buenas películas de acción que veíamos en las matinées de la adolescencia.

Un abrazo, Gustavo Monteros
Argo  puede verse en el CINEMA OCHO - SALA DIGITAL 2D
a las 12:00 - 14:10 - 16:25 - 18:40 - 20:55 - 23:15 - SABADO TRASNOCHE 01:30

domingo, 14 de marzo de 2010

La isla siniestra

"Quien ama el cine, ama la vida" René Clair

Martin Scorsese es el director norteamericano al que el adjetivo genial no le queda grande. El hombre padece de una creatividad crónica, indómita y tangible. Sufre también de una cinefilia incurable. Y, para beneficio de todos, ama la vida a través del cine.


Como todo genio, firma obras desparejas, que no están exentas de errores, pero llega siempre a límites insospechados para el resto de los mortales. Cada paso que da, lo aleja de los demás y los nuevos caminos que descubre son transitados después por los cineastas menores que nunca lo alcanzan para pisarle el poncho.


No lo arredran los géneros. Su cinefilia le ha enseñado que la grandeza no se mide por las minucias mezquinas de considerar a un thriller, por ejemplo, como a un hijo bastardo del Cine con mayúsculas.


Los thrillers (Cabo de miedo, Los infiltrados o éste) le evitan caer en la tentación de cambiar de caballo en mitad del cruce del río. Sí, su creatividad suele jugarle malas pasadas. Sobre todo cuando lo ataca en mitad de un rodaje y comienza a apartarse del plan inicial para terminar cayendo en el pantano de las ideas confusas, poliformes y galimáticas. Eso le pasó con Pandillas de Nueva York, una película suya que odio frenéticamente, porque cometió con ella el máximo pecado que puede cometer un cineasta: aburrir. Pandillas arranca como una protohistoria de las mafias y en la mitad gira y comienza a coquetear con la idea que maneja Borges en su cuento El muerto. Y claro, no es ni chicha ni limonada. Además, la razonable falta de paciencia de los productores lo llevó a incluir detalles bochornosos como las mutantes heridas de DiCaprio, quien es lastimado una vez pero cuyas heridas cambian misteriosamente de lugar en cada nueva escena. Se parece al chiste de Mel Brooks de la giba movible en El joven Frankenstein o al lunar que no puede quedarse quieto en la cara del villano de Las locas, locas aventuras de Robin Hood. De todos modos el film pasará a la historia como el último filmado en Cinecittá con auténticos extras. Sí, todas las personas que se ven en las escenas multitudinarias son reales y no duplicaciones hechas por computadoras.


Hasta Pandillas, yo había sido su acólito ferviente. Pandillas casi le pone fin a mi devoción. Las dos películas que le siguieron encausaron nuestra relación, pero ya nada parecía ser igual. De El aviador me enojó su adhesión a la simplista creencia yanqui que las complejidades de una vida pueden cifrarse en un vulgar trauma de infancia. Los infiltrados me gustaron mucho, pero no me deslumbraron. Y cuando todo parecía que se desenvolvería por los carriles del respeto y del fulgor pasado, vuelve a enamorarme como la primera vez. Lo cual se agradece enormemente porque venía de la depresión y el desengaño que me había provocado el SÚPER BODRIO de Synecdoche. Ya desesperaba y juraba dedicarme sólo a rever clásicos de antaño. Claro que seguiré reviendo clásicos, pero La isla siniestra me devolvió la fe en el cine contemporáneo.


Poco puede decirse sin dar muchas pistas. Sólo diré que transcurre en los cincuenta y que dos funcionarios de la ley llegan a una isla escarpada y de difícil acceso donde funciona un instituto psiquiátrico de locos peligrosos para investigar la desaparición de una interna. Lo que sigue es una película maravillosa que puede ser amada u odiada por los mismos motivos. Por su puesta en escena operística, exacerbada, desbordada por momentos, pero siempre grandiosa; por la sabiduría con que se manejan los diferentes niveles de la historia, por su montaje sonoro y visual ejemplares, por la descarnada crudeza de las escenas finales.


Me da gracia la cautela con la que se manejaron algunos críticos que dijeron que no está entre sus mejores películas. Seamos sinceros, con el hombre que hizo El toro salvaje, cualquier proyecto que emprenda será sospechado de ser menor. Creo que esta Isla es de una maestría imperecedera, el tiempo dirá si tengo razón.


Se basa en una novela de Dennis Lehane, un novelista de suerte. A su Río Místico lo llevó al cine el gran Clint Eastwood. Con Gone baby gone/Desapareció una noche, sorprendentemente Ben Affleck hizo un peliculón. Y ahora nada menos que Scorsese versiona cinematográficamente su Shutter Island.


Se demoró su estreno en los Estados Unidos y perdió la oportunidad de ser considerada para los Óscars, Berlín la recibió fríamente. Todo hacía prever que sería otro film maldito, pero el público yanqui, en general bastante zonzo, la convirtió milagrosamente en un éxito. Es la que más recaudó del ciclo Scorsese/Di Caprio. Después de tantos fuegos de artificios con la pavada del 3D, no es de extrañar que el público quedara con hambre de cine, de buen cine a secas.


Un viaje por la desesperación, la culpa y la paranoia absolutamente fascinante. Imperdible.

Un abrazo,
Gustavo Monteros