viernes, 28 de marzo de 2025

Querido diario - Hoy: La polémica Blancanieves que perdió hasta los enanos del título


 

Tampoco me lo iba a perder. Es el debate cinematográfico del momento. Corren más que ríos, océanos de tinta, y la cuestión bien podría necesitar mi chorrito. En estos últimos tiempos nada se ha discutido más que la versión con actores del primer largometraje clásico de Walt Disney, o sea, Blancanieves y los siete enanitos.

 

¿Por qué tanto revuelo? Porque Disney es una corporación multinacional que ha moldeado (si no nuestros gustos) la apreciación estética y ha jugado con nuestras cabezas implantando valores conservadores en la etapa crucial de varias generaciones: la infancia. Por lo tanto, en cuanto se puede, hay que tirarle piedras, aunque más no sea para superar las visiones incorporadas. Crecer significa al menos poner en juicio los postulados Disney. El universo Disney es inviable en su inmutabilidad, es de un conservadurismo extremo, imperturbable, impávido. Cualquier intento de renovación le resulta intolerable. Ese es su ideario férreo. Y el otro motivo del revuelo es que en estos tiempos modernos todo está híper polarizado, sobre interpretado, ultra analizado.

 

Sobre lo dicho, un par de aclaraciones. Disney es en esencia conservador en las ideas, no en los formatos o en las estéticas. Su norte eterno es hacer plata. Sabe que los gustos cambian, que lo nuevo de hoy es lo establecido de mañana. Entonces, si debe contratar creativos de mirada vanguardista, se los apropia sin miedo. Como consecuencia de esto, el cambio de ropaje puede disimular que el progresismo es más declamado que verdadero. Aquello tan viejo de cambiar el pelo, pero no las mañas.

 

Y como nunca se apartan de su anhelo de hacer plata, son sensibles a los aires de época. Cuando la mirada progresista abarcó el mundo y comenzó a cuestionar y cambiar nociones de xenofobia, homofobia, desmedro de la mujer y la negación de un modelo familiar único, la compañía Disney abrazó la agenda progre con fervor. Produjo a destajo contenido alentando la inclusión de las minorías étnicas, de aceptación de elecciones sexuales diversas, de socavamiento del patriarcado. Pero cuando los vientos huracanados de la extrema derecha y sus visiones retrógradas comenzaron a soplar, la compañía Disney decidió “sanear” sus producciones. En diciembre pasado comunicaron que no promoverían más las disidencias sexuales, los diferentes tipos de familia, los cuestionamientos a la heteronormatividad rampante, dado que estos temas pertenecen al área privada de las personas, que ya no necesitan una injerencia ejemplar de los registros ficcionales. O sea, volvemos a lo binario, la familia tipo, los modelos patriarcales.

 

La venta de entradas no es ni ética ni moral. Si el progresismo vende, vendemos progresismo. Si lo retrógrado vende, vendemos conservadurismo duro y rígido.

 

El proyecto de reversionar Blancanieves y los siete enanitos con humanos cayó en el interregno del progresismo en retirada y el conservadurismo en ciernes. Productores seguidores de lo primero querían una versión moderna e innovadora. Seguidores de las visiones tradicionalistas querían que se modificara solo lo caduco del original. Las visiones contrapuestas no se amalgamaron. Llegaron a un empate. Hay momentos conservadores y hay momentos innovadores. Esta coexistencia de posturas encontradas desató las furias de las interpretaciones, las negatividades críticas acérrimas, las pasionales tomas de postura.

 

Lo extraño es que el cuento se mantuvo incólume. Hasta los detractores más irreductibles aceptan que el cuento está bien contado, que el desarrollo se sostiene y que en ningún momento la película se viene abajo o que urge abandonar la sala. Doy fe. Si se excluyen las posturas extremas y vemos solo la película, sin ratificar o rectificar las cataratas de argumentos vertidos en favor o en contra de tal o cual decisión, hasta concluimos que es buena, entretenida, reconfortante.

 

¿Se puede ver la película abstrayéndose de tantas posturas emocionales? Creo que se puede. Confieso que una vez que fui consciente de lo que tenía que hacer, lograrlo no me llevó mucho esfuerzo. Y en tiempos en los que hay que estar con esto en contra de aquello, y viceversa, es hasta un ejercicio saludable. No dejarse llevar por la corriente, asentarse en la orilla, mientras consideramos las cosas según nuestro criterio da una tranquilidad que no sabíamos lo mucho que la extrañábamos.

 

Pero volvamos a las posturas encontradas que es lo singular de esta película. Los problemas comenzaron con el casting, en el momento preciso que se anunció que la protagonista sería Rachel Zegler, morochita con padre de ascendencia polaca y madre de ascendencia colombiana. Su tez blanca como la leche, no es. Los puristas (¿xenófobos?) pusieron el grito en el cielo. Por las dudas, el guion aclara que el nombre le viene porque el nacimiento de la Blancanieves que encarna tuvo lugar durante una tormenta de nieve. (Menos mal que no le tocó nacer bajo una tormenta eléctrica, si no se hubiera llamado Rayo Candente o Trueno Ensordecedor o Centella Refulgente.)

 

La actriz feliz de haber sido elegida (antes había sido la María de West Side Story de Spielberg) fue a un programa televisivo en el que dijo (¿en broma?) que esperaba que el príncipe fuera menos acosador que en el original animado. Las redes polemizaron hasta en sánscrito. Y aportaron otros considerandos. ¿El beso del príncipe no es violatorio de la intimidad de la princesa? Después de todo, ella no puede consentir ser besada. Es que la chica no sabía que el hechizo de la manzana envenenada venía con un antídoto: un beso de amor, porque si no, sin duda, hubiera dejado una voluntad escrita y firmada autorizando todos los besos que pudieran despertarla, no me la imagino aceptando esa especie de coma eterno que la postra.

 

Otros aportaron con lógica de policial negro que la bruja no era muy perspicaz, porque si el envenenamiento venía con posibilidad de ser revertido por amor, ¿por qué dejarla rodeada de afectos?  Los enanos serán todo lo asexuado que quieras, pero que la querían, la querían. Un amigo, en esto de acercar disparates, dijo que, dado que ella estaba muerta, o dada por tal, el beso bien podría considerase un impulso necrofílico. Mirá si después del “Y vivieron felices y comieron perdices”, al príncipe se le da por ahorcarla hasta tenerla fría unos segundos, ¡la pobre princesa puede terminar del otro lado al primer descuido!, subrayó.

 

El eterno problema de leer los cuentos viejos con la mentalidad del presente contemporáneo. ¿Es válido hacerlo? Puede que sí, pero es improcedente.

 

Los enanos significaron el siguiente escollo. En preproducción fueron desvinculados del título. “Blancanieves y los siete enanitos” quedó en Blancanieves, a secas. El actor enano más famoso del mundo, toda una estrella por derecho propio, el talentoso Peter Dinklage dijo que esperaba que no se redujera a los nuevos siete enanos a la caricatura burda del original y que se les diera carnadura de personajes. La producción sobrevoló el problema y los enanos dejaron de ser enanos para volverse criaturas mágicas digitalizadas, curiosamente similares a los enanos de la vieja versión animada, y con los mismos nombres (Doc, Gruñón, Estornudón, Dormilón, Tímido, Tontín y Feliz). Con buena voluntad se podría decir que tienen algún que otro rasgo de personaje, aunque es más lógico convenir que bordean mucho el estereotipo caricaturesco.

 

Otros enanos, menos famosos que Dinklage, protestaron porque la actitud principista del astro los dejó sin trabajo, en un medio en el que él se queda con todos los buenos papeles. Ahora ante la versión definitiva, muchos críticos sostuvieron que, si los nuevos seres mágicos iban a ser tan parecidos a los enanos, se hubieran quedado con los enanos.

 

Con lo que si se quedaron es con el vestuario. Tanto Blancanieves como su madrastra lucen atuendos muy cercanos, por no decir iguales, a los del original. Lapídenme si quieren, pero a mí, los vestidos de Blancanieves siempre me parecieron bastante feos. Los de la bruja al menos marcaban sus curvas.

 

El príncipe ya no es un inútil narcisista metrosexual, preocupado porque no se aje su donosura. Este príncipe es un Robin Hood hecho y derecho. Un forajido de la resistencia que rapiña para repartir. Y hace bien en oponerse a la Reina porque la señora no solo mató al padre de Blancanieves para tomar el poder, sino que para perpetuarse agitó entre los súbditos el temor por los Reinos del Sur, los que, sin su "protección", los esclavizarían. Una actualización del viejo y peludo truco de la derecha de: Bánquenme a mí que si no se vienen los feos, los malos, los zombis, los comunistas, (o puntos suspensivos a rellenar con el cuco de su elección.) ¿Les suena?

 

Dejo para el final el detalle que más me divierte. El gobierno de la pérfida Reina es el opuesto perfecto del que sostenían el padre y la madre de Blancanieves. Los benignos progenitores gobernaban "un reino para los libres y los justos", donde "la abundancia de la tierra pertenecía a todos los que la cuidaban".

 

O sea ¡la corporación Disney abraza el manifiesto comunista! Dicen sin moquearse y con todas las letras que: ¡La tierra es de los que la trabajan! Eso solo, más que las buenas canciones, más que las encomiables actuaciones de Rachel Zegler y Gal Gadot, más que algunos logros narrativos y de producción, vale el precio de la entrada en oro. ¡Disney y Marx, un solo corazón! ¡Ni en mis sueños más salvajes!

Gustavo Monteros


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.