Al atendible director francés, Jean-Paul Salomé, le gusta
tomar individuos de la vida que pasaron por circunstancias excepcionales y
retratarlos novelizando un poco algunas peripecias para hacer más atractivo el
relato, sin alterar su esencia extraordinaria.
Ejemplos: Les femmes de l’ombre (Espías en la
sombra, 2008), The Chameleon (El camaleón, 2010), La
daronnne (Mamá María, 2020), La syndicaliste (Un blanco
fácil, 2022).
Ahora le toca el turno a L’affaire Bojarski (El
gran estafador, 2025). Esta película bien podría tener un título
complementario, que reformulara por enésima vez el libro de Thomas de Quincey,
y quedaría como De la falsificación considerada como una de las bellas artes.
Porque no en vano la prensa calificó a Ceslaw Jan Bojarski
(1912-2003) el “Cézanne de la falsificación”. Durante tres décadas se concentró
sucesivamente en el billete de 1000 francos, Minerva et Hercule, en el de 5000
francos, Terre et mer, y desde 1962 en el billete de 100 nuevos francos, el
Bonaparte.
Su ambición fue que no fueran iguales a los originales,
sino mejores. Dicho así puede sonar un disparate, pero en la realidad no lo es.
Bojarski (Reda Kateb) pudo no haber sido un delincuente,
era un inventor fecundo y versátil, se lo ve concebir la birome, el desodorante
roll-on, y la cafetera con cápsulas. Pero por problemas de ciudadanía no podía
patentarlos.
Había sido un oficial polaco de la Primera Guerra Mundial, fue
capturado por los húngaros, pero logró huir de la prisión y se refugió en
Francia, país que burocráticamente tenía reparos para considerarlo un
inmigrante o un refugiado. Por eso no le otorgaba la ciudanía. Y sin identidad
legal no podía patentar ni el aliento.
Durante la Segunda Guerra falsificó documentos para
facilitar emigraciones. Se hizo notar y un criminal lo inició en la
falsificación de billetes. Y ya no paró. Primero para esta organización mafiosa
y luego por su cuenta puso en jaque el sistema monetario francés inundándolo
con sus creaciones.
Como todo artista tuvo dificultades para congeniar su
devoción por su arte con una vida de relación. Su esposa (Sara Giraudeau) e
hijos acusarían ausencias y descuidos.
Salomé para que el relato no decaiga le inventa un
comisario perseguidor André Mattéi (Bastien Bouillon) con el juegan al gato y
ratón.
Por supuesto, como es el caso en historias de ladrones o
estafadores, nuestra simpatía desde el principio está con ellos y deseamos que
salgan siempre libres de culpa y cargo. Estos relatos terminan por defraudar
esta expectativa, porque es lo que dictan las normas del establishment.
Aquí cuando llega la defraudación ¿nos enoja, nos apena,
nos solivianta por injusta? Ah, no sé. Para eso hay que verla y estoy
insistiendo en que lo hagan.
Se trata de un relato vibrante, apasionante que, a pesar de
ser el tema, no estafa.
Gustavo Monteros

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