Segunda parte de un Programa doble con Burt Reynolds
Hoy: The Last Movie Star
(o Dog Years)
La película con dos títulos, Dog Years (Años de
perro) y The Last Movie Star (La última estrella del cine)
(Adam Rifkin, 2017) no fue su última película, pero por resonar en algunos de
sus recovecos más oscuros y por espejar circunstancias de su vida, fue su canto
del cisne.
Burt Reynolds tenía 80 años recién cumplidos cuando la
filmó y aunque estaba entero, ya le costaba proyectar la gallardía que lo
caracterizó, se lo veía doblado, inclinado, y caminar con un bastón.
Algo que mellaba su eterna galanura, pero que convenía al
tema de la película: la aceptación de que lo que se fue, ya no volverá.
Vic Edwards (Reynolds) fue una estrella refulgente, que
anda con un presente no muy poblado. Y para empeorar la soledad achacosa, debe
gestionar, ante un veterinario implacable, la partida de su perrito de 15 años,
que ya no da más.
Vuelve a su casa con el collar del perro como prueba inútil
de la fidelidad perdida. Lo revolea sobre el colchón irremediablemente vacío.
En el correo recogido, entre cuentas y publicidades, una invitación a un
Festival de cine en Nashville.
Al día siguiente en la vereda del café que frecuentan con
su amigo, Sonny (Chevy Chase), le cuenta que lo quieren celebrar en Nashville.
Sonny lo incita a aceptar la invitación e ir.
Y como en la película anterior que comentamos, A Bunch
of Amateurs, es víctima de otro malentendido. Hay dos festivales en
Nashville, uno más o menos importante y otro, casi secreto, que tiene lugar en el apartado de un pub, organizado por cinéfilos entusiastas. Vic, claro, va al
segundo.
En la puerta del aeropuerto espera que lo venga a buscar
una limusina y no el auto destartalado y ruidoso, en el que viene con
pronunciada tardanza, Lil (Ariel Winter) la hermana del organizador principal
del festival. Una muchachita tan rotunda como sensual que ignora todo sobre el
invitado a recoger, porque no se le contagió la pasión de su hermano por el
cine.
Lil lleva a Vic a un motel económico, limpio y cómodo, pero
nada lujoso. Vic quiere tomar un avión de vuelta a su casa. Lil lo convence de que,
ya que llegó hasta aquí, salude al menos a los aficionados que le prepararon el
homenaje.
Lil le lleva muy poco el apunte a Vic, porque se la pasa
peleando con un “novio” por el celular. Llegan al pub del festival y el hermano
de Lil y los allí reunidos le dan la bienvenida a Vic con el fervor y la
sentida calidez de su admiración.
Vic, se muestra primero condescendiente, pierde luego la
paciencia, y los insulta de perdedores, que no saben tener una vida. Vic lleva
tantos años siendo una estrella de cine, que ya olvidó, quizá porque él no
necesitó nunca de una, para qué sirve una estrella de cine.
Nadie puede vivir sin sueños, sobre todo los menos
favorecidos por la fortuna. Los sueños de la noche son a veces inaprensibles,
huyen con la llegada de las preocupaciones del día. Las estrellas, en cambio,
protagonizan sueños más duraderos: las películas, que se pueden volver a ver o
soñar o recordar tantas veces como se quiera o sean necesarias. Para eso sirven
las estrellas, para habitar sueños comprobables, por eso se las quiere, se las
respeta, se las aprecia.
A Lil no le gusta nada lo que Vic acaba de hacer, porque
ella, desconocida, ignorada, despreciada, con vapuleada o inexistente
autoestima, también es una artista, y sabe que el arte es un privilegio que no
se le enrostra a los que lo necesitan. Sus dibujos y pinturas, veremos más
tarde, exorcizan espantos y horrores, propios y de los que los ven.
Pero no nos adelantemos. Lil lleva a Vic al aeropuerto,
pero en medio del viaje, él le pide dar la vuelta, no para volver a Nashville
sino para ir a Knoxville, ciudad cercana en la que Vic tiene cuentas que
saldar.
El director de la película, Adam Rifkin, también guionista,
dijo que, de no contar con Burt Reynolds, no la habría hecho, que la idea
hubiera quedado plasmada solo en un papel. Vic Edwards está armado en torno a
lo que Reynolds fue en el cine, de ahí que cuando se necesita ilustrar el
pasado se recurre a series y películas protagonizadas por un Burt joven.
Y se constata otra vez el milagro de cuánto más específica
se pone la película respecto a Burt Reynolds, más universal se vuelve y menos
de Burt Reynolds es.
Promediando el film, la vejez y sus ventajas (porque las
tiene, no todo es achaques y decrepitud) por más que se centren en Reynolds,
dejan de ser de su exclusividad y pasan a ser la de todos. El viejito que se
reconciliará con su pasado es a la vez Burt y todos los viejitos que somos y
seremos.
Y en esta reconciliación mucho tendrá que ver Lil, claro
está, pero no por imposición del argumento, sino por la feliz idea de que el
guion la quiso artista. Porque eso es lo que hace que Vic o Burt entiendan todo
tan de una vez, porque basta con que Lil vea y viva la vida como lo hace, para
que Vic o Burt comprendan de qué va la cosa.
Ella no necesita discursear, le basta con ser ella, para
que Vic o Burt terminen por abrir los ojos, dado que entre artistas se
entienden.
Y Vic o Burt saldarán cuentas, pedirán disculpas, perdonarán
para ser perdonados y serán solidarios, ¡por fin!, con los dolores provocados.
Y quedarán listos para tener otro perro. Porque los dos
títulos son válidos. Porque cuando se es viejo y se ve para atrás, el tiempo
pasó tan rápido, que se siente como si se hubiera vivido según la ecuación de
los años de un perro, aquella de que un año humano equivale a 7 años de un
perro.
Y sí, también Vic es la última estrella de cine, sus
aficionados todavía se reúnen, aunque más no sea en un pub, uno al lado del
otro para volver a ver sus películas. Esa comunión está perdida, los
aficionados de las estrellas de los streamings se reunirán ¿en zoom?, ¿en algún
tipo de chat?, ¿en una nube?
Sally Field en su autobiografía corrige la ilusión creada
por las revistas del corazón, de que su relación con Burt Reynolds distó mucho
de ser satisfactoria, que jamás sintió que fuera verdad lo que él repitió veces
y veces, que ella era el amor de su vida.
Sally dice que él fue muy competitivo con ella, que la
desalentaba, que la sabía versátil y buena actriz, pero que no la estimulaba a
superarse, sino por el contrario a aceptar lo hecho y repetirlo.
Entrelíneas da a entender que ella lo quiso, que él
pretendió quererla y que no lo logró. Los famosos amores desiguales.
Adam Rifkin en esta película hace que el alter ego de Burt
Reynolds, su Vic Edwards pida disculpas a su primera mujer por el amor desigual
con el que pagó su amor tan puro y desinteresado y Burt lo hace con tanta
verdad que creo que, si Sally ve alguna vez esta película, lo perdonará.
Como lo perdonarán Judy Carne, Loni Anderson, Inger Stevens
y Dinah Shore por decir pública e insistentemente que Sally era el amor de su
vida.
¿Hay un solo amor? ¿Son varios a lo largo de una vida? No
se sabe. Lo que queda claro es que nunca aprendemos a amar del todo. Si lo
supiéramos seríamos grises, planos y aburridos y no necesitaríamos estrellas de
cine, ni últimas ni primeras. O lo que es peor, ¡no necesitaríamos perros!
Gustavo Monteros

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