Los españoles (¡Dios los bendiga!) han logrado
circunscribir comedias (irremediablemente dramáticas, pero comedias al fin)
durante y en las postrimerías de la Guerra Civil. Ejemplos notables: ¡Ay,
Carmela! (Carlos Saura, 1990), La vaquilla (Luis García Berlanga,
1985), Las bicicletas son para el verano (Jaime Chávarri, 1984), ¡Biba
la banda! (Ricardo Palacios, 1987), Madregilda (Francisco Regueiro,
1993), La corte de Faraón (José Luis García Sánchez, 1985), Espérame
en el cielo (Antonio Mercero, 1988), entre otras.
El secreto para poder reírse hasta de la Guerra Civil quizá
radique en no juzgar a ningún personaje de antemano, incluso a los más
nefastos, y darles a todos, los buenos y los crueles, motivaciones claras para
sus acciones. Así cuando accionen, lo harán con propósitos discernibles, y el
público puede que no condone, se identifique o compartan lo que hagan, pero los
comprenderán, incluso cuando los rechacen. Algo así como rechazo que mengano
mate a zutano, pero entiendo por qué lo hace. Tener presentes motivaciones
claras quita monstruosidad, los personajes serán deleznables, pero siguen
siendo humanos. El drama y la comedia son siempre efectivos, en la medida de lo
humano, si se inclinan para las excelsitudes o las monstruosidades se vuelven
distantes y aburridos.
Ahora vuelven a las andadas con La cena (Manuel
Gómez Pereira, 2025). La excusa argumental es sencilla y complejas sus
derivaciones.
Es 1939, la Guerra Civil hace dos semanas que ha terminado
y el General Franco decide que haya una cena de festejos en el Hotel Palace.
Hay unos cuantos inconvenientes a vencer, el principal y no
menor de ellos, es que el lujoso hotel no está en funcionamiento. Sus
instalaciones se usan temporariamente como un hospital.
Tampoco hay cocineros o camareros disponibles, los que
desempeñaban esos puestos, algunos están prisioneros a punto de ser fusilados y
otros, los del lado triunfante, están tan pobres y hambrientos como los
perdedores.
Pero como dice el dicho inglés “When there´s a will,
there’s a way”, que bien se traduce como “Querer es poder”, porque hasta lo
imposible puede allanarse si hay ganas.
La cena es una comedia coral (tanto
de texto como de enredos) con doble comando, por el lado de la Milicia, está el
teniente Medina (Mario Casas) y por el lado de los civiles, el gerente del
hotel, Genaro (Alberto San Juan).
La cosa se basa en una obra de teatro de José Luis Alonso
de Santos, con guion del dramaturgo mencionado y de Yolanda García Serrano,
Joaquín Oristell y el director Manuel Gómez Pereira, que tiene copiosos
antecedentes en la comedia, como que ha dirigido, entre otras, Salsa rosa
(1992), ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo? (1993), Todos
los hombres sois iguales (1994), Boca a boca (1995), El amor
perjudica seriamente a la salud (1996), Entre las piernas (1999), Off
Key (2001) (su incursión en Hollywood, el elenco lo conformaban Joe
Mantegna, Danny Aiello y George Hamilton), Cosas que hacen que la vida valga
la pena (2004) y Reinas (2005). O sea, el hombre tiene su
experiencia y aquí la luce.
Los ingleses no solo se superan en policiales de crímenes
de pueblitos, también saben reír, no en vano se habla del British Humour. Y a
la hora de la parodia no serán el Mel Brooks de El joven Frankenstein
(1974) o el Jim Abrahams, el David Zucker o el Jerry Zucker de ¿Dónde está
el piloto? (Airplane!, 1980), pero si se lo proponen les pueden
competir en logros y carcajadas.
En Facklam Hall (Jim O’Halon, 2025) con la
complicidad de los guionistas Steve Dawson, Andrew Dawson y Tim Inman se ríen
(¡Dios los perdone!) de nada más ni nada menos que de ¡Downton Abbey!
Catedral televisiva de Julian Fellowes de 52 episodios, divididos en 6
temporadas, que inició en 2010 y terminó en 2015 y que concluyó en tres
películas, Downton Abbey, la película (Michael Engler, 2019), Downton
Abbey: A New Era / una nueva era (Simon Curtis, 2022) y Downton Abbey:
The Grand Finale / El gran final (Simon Curtis, 2025).
Este monumento serial, como algunos otros que han sido o
que serán (The Sopranos, Breaking Bad, Game of Thrones, entre los
indiscutibles) para algunos más que una serie es una religión.
De ahí que, a los más devotos, esta película que
comentamos, les parezca una herejía. Aunque los menos solemnes y con restos de
humor, la hallarán regocijante y la más de las veces, muy cómica.
La parodia es el género bastardo por excelencia. Y es
parasitario, depende de algo ya establecido. Carece de toda originalidad y
pureza. Y si en el drama o en la alta comedia premiamos la corrección, la
prolijidad, el esmero y la elegancia, en la parodia, para que sea efectiva, hay
que permitirse todo, la vulgaridad, el doble sentido, la escatología, sin
privarse de buenas líneas, gags certeros y resoluciones brillantes.
Hay que respetar a rajatabla la máxima del music-hall que
ante un chiste flojo decía: “Es malo, pero va sumando”. Sumar, sumar, sumar es
el mandamiento. Porque un chiste malo puede dar pie a uno bueno y este a uno
muy bueno y así se va sumando, hasta que la riqueza alcanzada se prodiga en
sonrisas, risas y carcajadas incontenibles.
El argumento, como corresponde al género, es tenue y burla
al original. Eric (Ben Radcliffe), un huérfano criado por las monjas (que
sospechamos no es tan huérfano) recibe el encargo de llevar una carta para Lord
Davenport (Damian Lewis), cabeza de Fackham Hall. Accidentalmente lo confunden
con alguien que viene a buscar trabajo y termina de lacayo, olvidándose de la
carta a entregar.
Lord Davenport y su nobilísima esposa, Lady Davenport
(Katherine Waterson) pueden perder la propiedad si Rose (Thomasin McKenzie) o
Poppy (Emma Laird) no se casan con el primo Archibald (Tom Feldon). Rose no quiere saber nada de casarse y la
tarea recae en Poppy, pero no se necesita ser vidente para presumir que Poppy y
Archibald ni serán felices ni comerán perdices.
Fackham Hall (que puede pronunciarse para que suene como
Fuck them all (algo así como “A la mierda con todos ellos”) como buena parodia
que es respeta aquello de no privarse de nada y es una sucesión de gags y
chistes, que van desde los más nuevos hasta algunos manidos y antediluvianos.
Usan todos los recursos verbales y van desde la literalidad
(o sea no entender metáforas y tomar todo racional o lógicamente (ejemplo, el
policía toca la puerta y dice cuando le abren: “Vengo por el asesinato de Lord
Tanto”, que obtiene como respuesta “Llega tarde, ya lo cometieron”), a la
puntuación errada, que es cuando alguien al leer no hace el punto seguido donde
va y al unir con la oración siguiente dice una barbaridad. Ejemplo: un cura
dice en una boda: “Pueden besarse los chicos del coro” cuando en realidad debe
leer: “Pueden besarse. Los chicos del coro cantarán el Ave María”.
Y los gags van desde el viejísimo de enganchar la rueda de
la bicicleta en la raya del culo de alguien hasta el novedoso de que los nobles
son tan vagos e inútiles que los sirvientes parados detrás de ellos les
sostienen las tazas con las que beben.
Cuando los tiempos son malos, suelen florecer distintas
formas de comicidad. Estos tiempos son tan malos que hasta la comicidad
escasea. Bienvenidas entonces estas dos comedias que hacen reír con buenas
armas y muy oportunamente.
Gustavo Monteros


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