viernes, 18 de noviembre de 2022

Programa doble: No te preocupes, cariño - Mi policía



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: No te preocupes, cariño – Mi policía


Ni tanto ni tan poco.

 

Se suponía que el 2022 marcaría un antes y un después en la carrera cinematográfica de Harry Styles.

 

(Para quienes no lo conozcan, un cantante británico, exintegrante de la banda juvenil One Direction, que se lanzó como solista y alcanzó un contundente éxito en el mercado pop británico y su zona de influencia. Antes de la globalización, las famas eran intrusivas y abarcadoras. Mi tía Martina que era más folklorista que Leda Valladares jamás consumió a los Beatles, los Rolling Stones o ABBA, pero sabía perfectamente quienes eran y, muy a su pesar, movía la cabeza y los pies al ritmo de sus sucesos cuando se los topaba. Ahora con tanta segmentación y redes sociales y nichos, la fama urbi et orbi ya no existe, fue sustituida por famitas, según los consumos más individualizados. Es probable que llegue el día en que se cumpla una de las polaridades borgeanas, que de tantas famitas, todos seamos famosos y que ninguno lo sea, porque el todo y la nada, en la concepción de Borges, o en este caso, la fama y el anonimato, al ser ambos absolutos se igualan.)

 

En realidad toda esta perorata es para defenderme de las ofensas de los fans de Harry Styles por haberme puesto a explicar quién es y no dar su fama por asumida.

 

Como sea el chico vendemúsica, chico porque no llega a los treinta todavía, lo pusieron a vender películas y lo hicieron protagonizar un par. Aparte de los videos, ya habían comprobado que la cámara lo trataba con suma simpatía en la breve participación en Dunkerque (Christopher Nolan, 2017) y en su cameo para Eternals (Chloé Zhao, 2021).

 

No te preocupes, cariño (Don’t Worry Darling, Olivia Wilde, 2022) se estrenó primero. La presentación en el Festival de Venecia reveló que la filmación tuvo sus entredichos escandalosos, en particular entre la protagonista femenina Florence Pugh y quien precedió a Styles en el papel de Jack, Shia LaBeouf. Aunque, según parece, no faltaron tampoco dimes y diretes entre la directora y también actriz en el proyecto, Olivia Wilde, y la ya mencionada Florence Pugh. Los escándalos opacaron los logros de un film no muy original, pero bello y atrapante.

 

Estamos en un suburbio cerrado que vive según modas, códigos de comportamiento y peculiaridades de finales de los años cincuenta y principio de los sesenta. Los hombres parten a trabajar en una planta misteriosa que quizá tenga que ver con materiales atómicos, mientras las mujeres se quedan en la casa, limpiando, cocinando, construyendo un paraíso de descanso para cuando vuelvan sus maridos, al que reciben con un beso apasionado, la cena lista, acicaladas cual modelos y con un vaso de whisky reparador, como preludio a una relajación mayor.

 

Esta cerrada comunidad está liderada por el carismático Frank (Chris Pine). Accedemos a la historia por el matrimonio conformado por Alice (Florence Pugh) y Jack (Harry Styles). Sociedad tan ordenada y glamorosa no tarda en resquebrajarse y por las grietas se cuelan unas incómodas verdades.

 

La directora Wilde mencionó como influencias para este film a Inception (Christopher Nolan, 2010) y a The Truman Show (Peter Weir, 1998), pero cuando uno llega al final de la trama, otras dos películas muy pero muy famosas vienen a la mente. Películas que no nombraré, porque si se las menciona, todos supondrán con acierto de qué viene el cuento.

 

Mi policía (My Policeman, Michael Grandage, 2022) es una historia de amor de a tres, narrada en dos tiempos (los años cincuenta y el ahora más o menos contemporáneo) y por seis actores (los tres más jóvenes encarnan a los personajes en los cincuenta, los tres mayores en la actualidad).

 

Todo comienza en los cincuenta, Marion (Emma Corrin) una maestra recién recibida se enamora del hermano de una amiga, Tom (Harry Styles), el policía del título. Pero el mío de Mi policía no le pertenece en exclusividad, lo comparte con Patrick (David Dawson) un curador de museo, que es más rico y cultivado que los otros dos, provenientes de las clases populares.

 

La relación de Tom y Patrick no solo está prohibida por la sociedad de aquellos tiempos sino que es muy peligrosa, puesto que se la considera ilegal y se la pena con la cárcel.

 

En la actualidad, pasados unos cuantos y largos años, Patrick (Rupert Everett) que ha sufrido un severo ACV es traído por Marion (Gina McKee) a la casa costera en la que disfruta de su jubilación junto a Tom (Linus Roache), que no quiere saber nada con Patrick, menos que menos cuidarlo en esta hora de desdicha física. Pero hay que pagar deudas pendientes y las verdades ocultas tanto tiempo no dejan vivir tranquilo.

 

Esta historia de amores contrariados conmueve e interesa, pero tanto la novela de Bethan Roberts en la que se basa como el guión que la respeta en demasía, tiene un Macguffin conflictivo, unos diarios en los que el joven Patrick vertía sin pelos en la lengua todo lo que vivía. La novelista Roberts los necesita para una imputación legal, pero le complican las vueltas de tuerca que tiene reservadas. Habría que haber llegado a otra solución técnica, porque estos benditos diarios molestan más que ayudan.

 

De todos modos hay buenos momentos. Por ejemplo el viejo Tom en un momento atestigua en la calle un beso entre dos hombres y se le desata una tristeza que solo puede aliviar llorando mucho. El pobre tuvo que padecer escarnio público por algo que hoy es tan natural como el rocío. (O que al menos se tolera mayoritariamente) Y la primera relación sexual entre los jóvenes Tom y Patrick es torpe, tierna y bella.

 

¿Cuando vimos en estreno La muerte le sienta bien (Death becomes her, Robert Zemeckis, 1992), El club de las divorciadas (The First Wives Club, Hugh Wilson, 1996) o Un lugar llamado Notting Hill (Notting Hill, Roger Michell, 1999) nos dimos cuenta de la relevancia que alcanzarían y de la influencia que ejercerían? Nos encantaría decir que sí, pero ni ahí. Seguimos nuestra vida y esas películas las suyas y dejaron huella.

 

Se suponía que No te preocupes, cariño y Mi policía significarían el breakthrough (trabajo consagratorio) para Harry Styles. No lo fueron, aunque  las dos tiene elementos que quizá las hagan duraderas (quizá también se olviden, claro)

 

Ni tanto ni tan poco. Pero quién sabe…

Gustavo Monteros

viernes, 11 de noviembre de 2022

Programa doble: El sentido de un final - El mensajero



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: El sentido de un final – El mensajero


En El sentido de un final (The Sense of An Ending, Ritesh Batra, 2017) si de emociones se trata, el viejo Tony Webster (Jim Broadbent) cree tener más pasado que futuro, se cree dueño de una vida vivida y aprendida de memoria de tanto como se la ha contado. Pero una carta lo contradecirá por completo. Una abogada le dice que la madre de una exnovia, Sarah Ford (Emily Mortimer) le ha dejado en el testamento un cheque y un adjunto. Como la carta ensobra el cheque aunque no el “adjunto”, concierta una cita para ver de qué se trata. La abogada recorre el testamento y le confía que el tal adjunto es un diario escrito por Adrian Finn (Joe Alwyn) un compañero de secundaria de Tony. Este diario en cuestión está en manos de la exnovia, Veronica Ford (Charlotte Rampling) que se niega a entregarlo. Tony desandará un camino insospechado, que repercutirá en la vida presente que lleva y modificará sus relaciones con la exmujer, Margaret (Harriet Walter) y con la hija de ambos, Susie (Michelle Dockery), una lesbiana en trance de convertirse en madre soltera, ya que arrastra un embarazo de casi nueve meses.

 

En El mensajero (The Go-Between, Pete Travis, 2015) si de emociones se trata, el viejo Leo Colston (Jim Broadbent) es un muerto en vida. No ha podido relacionarse sentimentalmente con nadie desde el verano de 1900, cuando tenía 13 años y fue manipulado para desempeñarse como un improvisado cartero entre la niña casadera de la mansión victoriana, Marian Maudsley (Joanna Verderham) y su amante, el modesto arrendatario de las tierras de labranza,  Ted Burgess (Ben Batt). Esta aventura romántica tuvo un desenlace que lo traumó drásticamente. Ahora en su madurez es llamado por la envejecida Marian (Vanessa Redgrave) para que entregue un último mensaje, algo que quizá, está por verse, lo destraumatice.

 

En estas dos películas el personaje de Jim Broadbent debe cerrar círculos. Ambas se basan en hermosas novelas homónimas. The Go-Between es L.P. Hartley y The Sense of An Ending es de Julian Barnes.

 

La de L.P.Hartley se abre con la famosa y muy citada frase: “El pasado es un país extranjero, allí las cosas se hacen de manera diferente”. Frase-llave que abre tantos viajes diferentes al pasado como personas existen.

Gustavo Monteros

De The Go-Between hay una versión anterior para cine de 1971 (la que referimos arriba fue para la televisión), que aquí se llamó El mensajero del amor. El niño era Dominic Guard, los amantes Julie Christie y Alan Bates, y el viejo Leo, Michael Redgrave. El guión era de Harold Pinter y la dirección de Joseph Losey, que ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes por este trabajo. Con este film, Jim Broadbent debutó en el cine, fue un extra en el partido de cricket. Con esta nueva versión quizá haya hecho otro viaje al pasado, otro cierre, quién sabe. Porque después de todo, si de emociones se trata, por más viejo que se sea, nadie tiene la vida vivida del todo.

viernes, 4 de noviembre de 2022

Programa doble: Z, la ciudad perdida - El abrazo de la serpiente




 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Z, la ciudad perdida – El abrazo de la serpiente

 

Cuando el mundo era ancho y ajeno, o más de lo que lo es ahora y no había drones, celulares, computadoras, los hombres salían con una mochila, un sombrero y una brújula a desentrañar regiones jamás visitadas antes por un hombre civilizado. Hablo del siglo XIX, no de Marco Polo, Colón, Cortez o Magallanes, la India, América, China, Japón, África y Australia ya habían sido descubiertas, colonizadas, explotadas y en vías de distintos grados de liberación, si es que eso es posible en un mundo que necesita dominadores y dominados para poder seguir girando.

 

Por entonces dos grandes regiones se consideraban inexploradas o casi. La Amazonia y los polos. El verde y el blanco profundo como quien dice. Y geógrafos, cartógrafos, etnógrafos, botánicos, zoólogos, entre los principales estudiosos científicos, aunque también aventureros, buscavidas, mercenarios, fugitivos se destinaron a la proeza. Se necesitaba buena salud, predisposición para la supervivencia, recursos para subsistir con poco o nada y sobre todo hambre de gloria.

 

Ambicionaban ir, ver y sobrevivir para volver y contar. Iban a hacerse de un nombre, a inscribirse en los diccionarios y enciclopedias. Muchos no volvieron y los que volvían, no venían muy ilesos que digamos. Por ahí enteros de cuerpo, pero con la cabeza comida por lo visto y obsesionada por lo que les faltó ver.

 

Entonces marchaban otra vez y ya no volvían, la suerte también se cansa y se desenamora. O el milagro no quiere repetirse o Dios se distrae y se descuida. Muchos simplemente se perdían. No volvía a saberse de ellos. Se suponía que la selva, la tundra, las infecciones tropicales, el frío, los caníbales o los osos o los lobos los habían matado. O los había perdido la locura, la lujuria, o quizá, por qué no, ya no quisieron volver. Dieron por vanos los sueños de fama y dinero, consideraron su vida por vivida y se quedaron en algún rincón a rumiar lo aprendido.

 

Muchos buscaron riquezas en oro y plata y las hallaron solo arqueológicas, otros buscaron conocimiento y solo hallaron los límites de su tontería. Muy pocos hallaron lo que buscaban y se conformaron con volver y contarlo. Exitosos o fracasados, locos o iluminados, perdidos o regresados, famosos o desconocidos, sus gestas dan material para películas que como sus hallazgos o desengaños pueden ser abundantes o pobres, pero por malas que sean (las dos que referiré no lo son) eluden la indiferencia.

 

La aventura humana engendra siempre admiración o repugnancia, nunca abulia o desinterés. Después de todo, solo se trata de la busca del camino de vuelta al Paraíso del que fuimos echados. Algunos lo buscan en el amor, la religión, el arte o la esperanza, otros en la proeza de explorar lo no abarcado en las selvas inextricables o los desiertos gélidos. La esmeralda o el diamante, como quien dice. La ambición de no perderse en el olvido. O de saber por fin de qué va la piedad o la ira de Dios. 

 

Z, la ciudad perdida (The Lost City of Z, 2016) dirigida por James Gray con el protagónico de Charlie Hunnam (Percy Fawcett), Robert Pattinson (Henry Costin) y Sienna Miller (Nina Fawcett) se basa en los viajes de Percy Fawcett tras la búsqueda de una antigua ciudad perdida en la cuenca del río Amazonas. Los viajes de este explorador británico comenzaron en 1906 y terminaron en 1925.

 

El abrazo de la serpiente (2015) dirigida por Ciro Guerra se centra en los viajes del alemán Theodor Koch-Grünberg (Jan Bijvoet) primero en 1909 y del estadounidense Richard Evans Schultes (Brionne Davis) después en 1940 en busca de yakruna, una misteriosa planta sagrada de casi milagrosos poderes curativos remontando el río Amazonas. Ambos exploradores se relacionan con Karamakate (interpretado por Nibilo Torres cuando es joven y Antonio Bolívar cuando es viejo), un chamán, último descendiente de su tribu.

 

Z, la ciudad perdida ronda por el cable y El abrazo de la serpiente se puede ver en Amazon Prime Video.

Gustavo Monteros

viernes, 28 de octubre de 2022

Programa doble: Ophelia - Rosaline



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Ophelia – Rosaline

 

Avalanzarse sobre el  Hamlet de Shakespeare es muy tentador. Lo sé por experiencia. Es que es una de las mejores obras teatrales jamás escritas, pero no es perfecta, quizá allí radique que se la quiera y se la valore tanto. Tiene algunas de las líneas más bellamente escritas, personajes tan magistralmente delineados que parecen humanos arrancados a la realidad, pero tiene una de las tramas o argumentos o como quiera llamársele al cuento que desarrolla que haría enrojecer de vergüenza al más desenfadado de los folletineros, al más pirata de los autores de telenovelas, al más mercenario de los novelistas. Hay fantasmas que aparecen no una sino varias veces y que motorizan la acción, muertos detrás de tapices, ataques piratas en alta mar, cartas asesinas, naufragios oportunos, duelos con espadas envenenadas, regresos en medio de entierros determinantes, súbitos despertares a la locura, brindis con copas de vino emponzoñado, suicidios intempestivos, venenos vertidos en orejas y algo más que sin duda me olvido. Y con más muertos en un final que película gore en el colmo de la truculencia.

 

La amé desde que la conocí y no pude estar sin participar de su legado. Hace varios años atrás, concebí un disparate teatral al que titulé Hamlet II, la venganza final, en el que le daba continuidad como si se tratara de la secuela de un tanque hollywoodense. Fue muy regocijante para todos los que participamos de este descaro, pero al menos no hicimos trampa cambiando la caracterización de ningún personaje, como lo hizo Lisa Klein, la autora de la novela en la que se basa la película Ophelia (Claire McCarthy, 2018).

 

Ofelia, la original, la legítima es la del triste destino y ofrece pocas aristas para contar la historia de Hamlet desde su punto de vista. Es un perfil de mujer que ya no se estimula ni frecuenta, por más que el romanticismo literario la haya convertido en una de sus heroínas. Ofelia, la de Shakespeare, es sumisa, frágil, obediente, supeditada al mandato patriarcal sin protesta. Para colmo de males es inmadura e hipersensible. Su amor por Hamlet es literal, infantil. Por eso es que los hombres de la obra la convierten en un alfil en un juego de poder que ella jamás comprende y cuando sus referentes masculinos (su padre, su hermano, su novio) se alejan y la abandonan por diferentes motivos, ella se desbarranca en la locura primero y en el suicidio después. Ofelia, la de Shakespeare, si contara el devenir de Hamlet desde su punto de vista, al ser tan respetuosa del mandato masculino, no haría sino convalidar la historia que conocemos al pie de la letra, porque, seamos sinceros, el punto de vista predominante en la obra, es el del hombre, anterior a las consideraciones de masculinidades y femineidades o de juego de roles que vendrían después.

 

De allí que la novelista Lisa Klein conciba la trampa de querernos convencer de que todo lo que conocemos o sabemos de Ofelia es pura apariencia, infundada en realidad alguna. Ofelia, para sobrevivir en un mundo de hombres, se ve forzada a fingir que es frágil e hipersensible, y la locura y el suicidio no ocurrieron, fueron una comedia concebida para apoyar la trama de Hamlet para desenmascarar a Claudio. Es más, según Klein, Ofelia es una badass desafiante de los mandatos machirulos de la época y más que a bordar, aprende a leer y escribir y se pone a estudiar con los apuntes de su hermano Laertes. Anda por el bosque como si tal cosa y se mete al lago con la seguridad de una Esther Williams. Y puesta a cambiar cosas, Klein hace que Claudio aparte de ladino, sea poco menos que el diablo (no literalmente, pero casi). Polonio, el padre de Ofelia, aclaro para los que no están tan familiarizados con la obra, no es el habitual consejero influyente sino un pobretón asociado sabrá Dios cómo a la corte. Entonces Ofelia se ve obligada a servir más como mucama que como dama de compañía a la reina Gertrudis (la sensual mamá de Hamlet) que en versión de Klein, ¡tiene una hermana gemela! que es bruja y botánica, bueno más bien homeópata, que no solo anduvo en amores con Claudio sino que hasta engendró un hijo con él.

 

Esta trama agregada no se mixtura bien, al menos en la película, por ahí sí en la novela, con la del Hamlet original de Shakespeare. El guión es medio confuso, no en los hechos sino en la cronología, no dan muy bien los tiempos con los de la obra. Como en toda reformulación de obras, es necesario conocer el Hamlet original para disfrutar o reprobar los cambios. Además ciertas circunstancias se dan por sabidas y por lo tanto pueden confundir a quienes no conozcan el argumento de la célebre obra.

 

Pero como el hálito es pochoclero, lo que el público desconozca es suplido por acción a raudales, montaje Marvel, y violines bombásticos. Ofelia, la película, intenta ser tomada en serio, ser una alternativa válida al original, pero es un sinsentido que puede ser gozoso si se toma para la chacota.

 

La melena que le pusieron a Clive Owen, aquí el pérfido Claudio y el maquillaje gitano de la siempre bellísima Noemi Watts cuando hace de la gemela de la reina Gertrudis desnudan la maldad y el resentimiento que pueden albergar artistas del maquillaje y peinado. Daisy Ridley es Ofelia, Nathaniel Parker (que fuera el Laertes para el Hamlet de Zeffirelli con Mel Gibson) es el rey Hamlet, padre, Dominic Mafham es Polonio, Tom Felton es Laertes, George MacKay es Hamlet y Devon Terrell es Horacio, que es el que salta tanto (pero tanto) de la trama original de Shakespeare a la de Klein para que armonicen (es una manera de decir) que lisa y llanamente es...Dios.

 

En cambio determinar el destino de Rosaline (Rosalinda para nosotros que disfrutamos de Romeo y Julieta por primera vez traducida, ora por Astrada Marín ora por Pablo Neruda) no solo es fácil sino hasta lícito. La pobre en los papeles no existe, ni aparece en escena porque es solo una excusa argumental, un nombre, un perfume que se pierde apenas percibido.

 

Es el pretexto para que Romeo vaya al baile de máscaras de los Capuleto, es que la tal Rosalinda le ha dado calabazas y el chico va al baile a intentar reconquistarla, pero, claro, conoce a Julieta y ya no tiene ojos nada más que para ella. Y Rosalinda pasa a la historia en el cuento eterno del Romeo y la Julieta. Pero y ¿si no se conforma con ser dejada de lado? Y ¿si se pone a intentar recuperar a Romeo, no por amor, sino por orgullo? Y la pregunta del millón ¿por qué no fue la rosa linda al famoso baile?

 

La novelista Rebecca Serle contesta estas preguntas, gracias a Dios, en tono de comedia. Y en la danza de reveses de esta nueva historia, habrá un padre empeñado en casar a Rosalinda a como dé lugar (en esos tiempos las niñas ricas o se casaban o terminaban en el convento y Rosalinda con sus 20 años ya está más que pasada para casarse, eran tiempos en los que había que apurar el paso porque no se vivía mucho). Habrá también un proyecto de novio mucho más interesante que Romeo y un final en el que impera la impostura intrigada por Julieta y Romeo y no el final tan definitivo. Después de todo, se trata de dar una lección a la sociedad y no de armar una tragedia griega con cadenas y coturnos.

 

Kaitlyn Dever es una Rosaline, Rosalina, Rosalinda (o como quiera que se la traduzca) sencillamente deliciosa. Minnie Driver reaparece con las uñas afiladas y reverdece sus laureles para la comedia y es un placer aparte. Sean Teale es Dario, el apetecible novio que supera a Romeo (Kyle Allen) y la Julieta (Isabela Merced) de este cuento tiene su carácter no vayan a creer. Y Paris (Spencer Stevenson) confirma lo que siempre sospechamos, que es tan queer como el mejor. Bradley Whitford (que saltó a la fama como el Joseph Lawrence de la ineludible serie El cuento de la criada) es el padre de Rosaline, Rosalina, Rosalinda (o como quiera que se la traduzca). En tiempos de comedias flacas, Rosaline es una estimable excepción. Abundan las risas y sonrisas. Dirigió Karen Maine.

Ophelia se puede ver en Netflix y Rosaline en Star+

Gustavo Monteros

viernes, 21 de octubre de 2022

Programa doble: Que tengas buen viaje - Festival de trovadores



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Que tengas buen viaje – Festival de trovadores

 

En Que tengas buen viaje (Yolun Açik Olsun, 2022) dos exmilitares todavía jóvenes van en un viejo Mercedes de Ankara a Dalyan. Se conocieron sirviendo en el ejército. El mayor (Engin Akyürek) ostentaba un cargo de autoridad, capitán, el más joven (Tolga Saritas), soldado raso. Van a Dalyan a impedir la boda de la exnovia del menor. El mayor es casado y ha perdido una pierna (reemplazada convenientemente por una prótesis). Y el viaje le sirve asimismo para huir de la investigación sobre la escaramuza que lo llevó a perderla. Es que como nos advierten pequeños detalles, aquí y allá, no todo es lo que parece. Cerca del final habrá un quiebre y la otra historia detrás de la aparente surgirá con fuerza. Una que tiene que ver con la asunción y expiación de culpas, de esas con las que no se puede continuar viviendo si no se las enfrenta. Y los títulos finales nos dirán que esta otra historia se inscribe en un enfrentamiento armado, en el que no nos metemos porque no sabemos nada, y por las dudas sea algo con lo que no estemos de acuerdo, escudémonos, con las disculpas del caso, en la presunción de en toda guerra ambos bandos creen tener la razón.

Que tengas buen viaje fue dirigida por Mehmet Ada Öztekin, el mismo de Milagro en la celda 7 (Yedinci Kogustaki Mucize, 2019) y se basa en una novela de Hakan Evrensel, Deja que tu camino se abra. Öztekin se perfila ya con un maestro del melodrama popular. Con la precisión de cálculos bien sacados, asesta si no golpes bajos, subrayados que despiertan emoción.

 

En El festival de los trovadores (Asiklar Bayrami, 2022) Yusuf (Kivanç Tatlitug) un abogado exitoso de 39 años recibe la visita que hace 25 años espera, la de su padre, Heves Ali (Settar Tangiören), un cantautor folklórico de gran renombre en esos círculos de pertenencia. Heves Ali anda en gira de despedida a los lugares y las personas, que algo significaron en su vida, porque se está muriendo. Yusuf dirá dos veces: “Durante 25 años no te preocupaste de contactarte conmigo, cuando estaba en el internado todos los domingos esperé que vinieras”. Y los puntos suspensivos que siguen a esta oración fáctica sin adjetivos nunca fueron más elocuentes y dolorosos. Más adelante, la amante despechada que finalmente perdona, le dirá: “Tu padre no es un mal hombre, pero en su corazón solo hay lugar para su arte”. Yusuf quiere comprender y perdonar, pero el abandono le ha dejado un vacío emocional que le impide establecer relaciones de confianza. Pero como Yusuf tampoco es un mal hombre, tomará su auto y llevará a su padre al Festival de trovadores al que por nada del mundo, incluso atenazado por la muerte, quiere faltar.

Festival de trovadores fue dirigida por Özcan Alper y se basa en una novela de igual título que la película escrita por Kemal Varol. Y no oculta sus ambiciones de popularidad aunque se vista en ropajes de cine de autor. Y sin recurrir a subrayados ni golpes bajos, emociona y se vuelve universal, aunque nuestras circunstancias ni remotamente se parezcan, porque como dice el trovador amigo del padre de Yusuf, el tema de los padres nunca se cierra.

Que tengas buen viaje y Festival de trovadores pueden verse en Netflix.

Gustavo Monteros

viernes, 14 de octubre de 2022

Programa doble: Barbara - I am woman



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Barbara – I am woman

 

Barbara (Mathieu Amalric, 2017) no es, por suerte, una biopic a la típica usanza actual. Nunca el escueto slogan de venta de una película fue más elocuente: Un director quiere hacer una película biográfica sobre la cantante Barbara. Todos, director, actriz protagónica, elenco, equipo creativo y técnico andan detrás de capturar el mejor modo de expresar lo que Barbara significó. Y así, el film se convierte más en una indagación sobre los misterios de crear que en el registro de datos o cronologías biográficas. Se estructura en una sucesión de detrás de escenas. Se ve a Jeanne Balibar como Brigitte, la actriz elegida para corporizar a Barbara, coreografiar gestos, actitudes, posturas identificadoras de este ícono de la canción francesa. Se ve al director ver videos de recitales, reportajes y películas de la leyenda escénica de la que va detrás y conversar con quienes la conocieron, trataron o trabajaron con ella. E incluso cuando llegamos a las escenas de la biopic propiamente dicha seguimos con los detrás de recitales o giras. Y el juego de espejos, como corresponde a imágenes reflejadas una contra otra, se multiplica al infinito. El procedimiento puede ser enojoso o deparar gozo. A Amalric, como nos pudimos enterar por su opus tres, Tournée (2010) la vida de artistas lo desvela. Allí se centraba en la gira de una compañía de stripteaseras, que no por cultivar un género menor y frívolo dejaban de ser artistas. Amalric sabe, en carne propia porque él también lo es y uno superlativo, que el artista observa, evalúa, concibe al mundo desde una perspectiva distinta a la del resto de los mortales. El arte exige creación y la sujeción a reglas intransferibles e innegociables. Como me dijo un hombre viejo una vez: Hay que tener cabeza de artista sino no se puede. También se crea en otras actividades y profesiones, pero la del artista, sobre todo el ejecutante, es la más peculiar y difícil. El escritor, el pintor, el escultor, el compositor crean de una vez y para siempre. El actor, el bailarín, el mimo, el payaso, el músico, el cantante deben registrar una creación y repetirla. Puede aceptarse que la creación no sea privativa del arte. El científico quizás experimente la creación y no solo el descubrimiento, pero de ahí a contar con los recursos de enfrentar un público noche a noche hay un mundo. Einstein miraba más allá del horizonte, y una stripteasera debe poder mirar más allá del reflector si quiere terminar su rutina de desvestirse. Y ese es el misterio que le interesa a Amalric, ¿cómo es la concepción del mundo del que tiene que enfrentar un escenario noche a noche? ¿Qué hay en esa cabeza, sea la de una stripper o la de una suma sacerdotisa de la canción francesa? Como en la filosofía no desentraña los arcanos, pero la indagación y su metodología tienen sus revelaciones parciales o temporarias. Y si se acepta el juego, estas preguntas sin respuestas pueden atrapar y encantar.

 

I am woman (Unjoo Moon, 2019) película sobre la vida de la cantante Helen Reddy es, por desgracia, una biopic a la típica usanza actual. Ilustrativa más que reveladora, hagiográfica al extremo de provocar vergüencita porque se basa en la biografía oficial y autorizada, con los sellos y las bendiciones de la retratada. Salvo haber cantado la canción del título, un poco por casualidad y otro poco por buena intuición más que por militancia, en eso es muy honesta, y que habría de convertirse en himno de las luchadoras feministas y que finalmente la trascendería, los hechos que jalonaron su vida no difieren de lo esperado. Comienzos difíciles (en su caso con una hija pequeña a criar sola), el hallazgo del amor (con un hombre que se convertiría en su mánager y el de otros artistas de renombre), la amistad con altibajos con una protofeminista, de inmediato o sin mucha espera el éxito descomunal y eventualmente la pérdida de casi todo lo ganado por los descuidos de un marido más preocupado por llenarse de cocaína que por administrar el dinero y el colofón merecido ganado a fuerza de transpirar las cuerdas vocales: la reivindicación final antes de una muerte tranquila. Ascenso, caída y recuperación final, como quien dice, algo contado varias veces y hasta el momento insuperablemente por Sangre y arena (Blood and Sand, Rouben Mamoulian, 1941), ahí, con toreros y Rita Hayworth, pero si se le saca la españolada y la melena de la Hayworth, se tiene lo vivido por cuanta estrella de cine, roquero, boxeador o femme fatale que haya existido y triunfado y fracasado y recuperado. Como es la usanza típica habitual con las biopics contemporáneas, nadie parece preocuparse por crear conmoción o al menos empatía en el espectador. El film se convierte en el equivalente de una de esas notas con fotos sobre la vida de alguien famoso con las que llenaban a veces la edición de alguna revista mensual. El único momento con algo de temperatura emocional es cuando sobre el final canta la canción del título y mujeres de distintas generaciones la corean con gratitud e identificación. Creo que hubieran hecho una mejor película si se hubieran dedicado a mostrar a través de distintas viñetas por qué la canción se convirtió en un himno para esas mujeres tan distintas, hermanadas por una lucha o una experiencia en común. Tilda Cobham-Hervey es Helen Reddy, Evan Peters es el marido y Danielle Macdonald, la amiga.

Gustavo Monteros

viernes, 7 de octubre de 2022

Programa doble: Oscar y Faithful



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Faithful (Fiel) - Oscar

 

En Faithful (Paul Mazursky, 1996) la acción transcurre en un día clave para Margaret (Cher). Es su veinteavo aniversario de casada con Jack (Ryan O’Neal) con quien comparte un negocio de transporte que abrieron con el dinero que ella heredó y que expandieron gracias a ideas de ella, hoy son muy exitosos, no les falta nada, viven en una mansión lujosísima, andan en autos exclusivos, aunque ella siente que dejó que la relegara de los negocios y la confinara a ser la consorte rica que solo debe gastar dinero. Para colmo sabe que él le mete los cuernos con su asistenta que quizá le dé el hijo que ella no puede darle. Cuando finalmente acomete el plan de vaciarse el frasco de pastillas que lleva meses mascullando, entra en la casa Tony (Chazz Palminteri) un sicario contratado supuestamente por Jack para liquidarla. Tony no puede matarla de entrada por un trauma reciente y la deja hablar. Craso error, al menos para el cometido que debe cumplir. Tony también tiene lo suyo, es un hombre muy peculiar con ideas altamente personales, algo que eleva el juego de comedia a otro lugar. Entonces…

 

En Oscar (John Landis, 1991) estamos en los años veinte y el gánster Angelo “Chasquido” Provolone (Sylvester Stallone) enfrenta también un día clave. Cumplirá la promesa que le ha hecho a su padre, Eduardo (Kirk Douglas), en su lecho de muerte, se retirará de la vida de delitos y se dedicará solo a negocios supuestamente legales. Digo supuestamente porque planea convertirse en accionista principal de un banco. Pero justo en la mañana de este último día de vida criminal, su joven contador, Anthony Rossano (Vincent Spano) le confiesa que le ha estado “apartando” dinero casi de casualidad, y que le devolverá sin dudar… si lo deja casarse con la luz de sus ojos que no es otra que la hija de Angelo. Cuando dicha hija Lisa (Marisa Tomei), la única que tiene con su esposa Sofia (Ornella Muti)  es enfrentada, la pobre al principio no tiene idea de qué le está refiriendo su padre, pero supone que habla de Oscar, el chofer de la familia. En realidad Anthony no está enamorado de Sofia sino de Theresa (Elizabeth Barondes) que por un impulso se hizo pasar por hija de Angelo. Aunque quizá este impulso no haya sido infundado. Como en todo buen vodevil cada personaje que aparece contribuye a algún enredo. Aquí los hay tantos que conforman una avalancha que incluye a unos banqueros más letales y mafiosos que cualquier gánster que se precie y a un jefe de policía más interesado en salir bien en la prensa que en combatir el delito.

 

Estas dos películas se basan en obras de teatro. Faithful (Fiel) es de Chazz Palminteri, que en la versión cinematográfica se aseguró el mejor papel. Palminteri casualmente también integra el elenco de Oscar, donde hace un papel en las antípodas del de Faithful. Oscar en su origen es una comedia del francés Claude Magnier.

 

Por lo que aquí exhibe es una pena que Stallone no haya hecho más comedia. Si bien aquí este personaje es ideal para su cuerpo de guardaespaldas y voz de funebrero, como lo describió alguien, demuestra gran capacidad y comprensión del juego de la comedia. Tiene momentos excelentes. Cher, como ya lo ha demostrado, se mueve bien en lo cómico y saca partido, y no poco, de su cara inmóvil como permanentemente anestesiada.

 

Como ya dijimos por ahí, las obras de arte (o los artefactos artísticos si se prefiere) tienen como los humanos suerte y destino. Algunas nacen con un pan bajo el brazo, mientras que otras padecen un hambre de gloria que no se sacia nunca. Faithful es muy buena, pero nació con poca suerte, no se la representa mucho. Languidece en su rincón a la espera de ser descubierta. Pero o se la pasa por alto o se la subestima mucho. Oscar en cambio nació con cuchara de oro. Se la ha representado en casi todos los escenarios del mundo y ya cuenta con dos transcripciones cinematográficas. Hay una anterior a la que comentamos aquí, es de 1967, la dirigió Édouard Molinaro con Louis de Funès en el protagónico.

 

Ambas piezas se representaron en Argentina. Faithful, fiel a su destino, se estrenó un verano (tiempo de comedias) y duró un suspiro, no sé si llegó al mes de funciones. Oscar, en cambio, ya se presentó dos veces al menos, en los sesenta y en la década del 2000, con fulgurante o más que respetable éxito las dos veces. Hasta en esto se cumple el dicho aquel de con estrella o estrellados. Ah, los arcanos del universo, ¡quién pudiera desentrañarlos!

Gustavo Monteros

viernes, 30 de septiembre de 2022

Programa doble: Mira como corren - La casa torcida

 



Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Mira como corren – La casa torcida


Aparte de hacer el mejor Shakespeare, de pulir el musical hasta que reluzca como el oro, beber como si no fuera a haber un mañana, los ingleses son imbatibles en escenificar misterios de Agatha Christie o alla Agatha Christie.


Crooked House (2017), dirigida por Gilles Paquet-Brenner, se basa en una novela de la Christie, adaptada por el siempre atendible Julian Fellowes, sí, sí,  el creador de Downton Abbey. Como fuera sancionado por la ahora inaugural de esta tradición de adaptaciones cinematográficas Christie, Crimen en el Expreso de Oriente, la de 1974, la de Sidney Lumet, no la que hizo Kenneth Branagh en el 17 para competir con la House esta de la que hablamos ahora, el multitudinario elenco que cubre la sinuosa trama debe estar integrado por figuras de renombre.


Sophia Leonides (Stefanie Martini), la nieta de un magnate anglo-griego, un tal Aristide Leonides (Gino Picciano), busca la ayuda del joven detective Charles Hayward (Max Irons)  para que investigue la sospechosa muerte de su abuelo. Sophia y Charles se conocieron no hace mucho en El Cairo y tuvieron un breve romance. Charles acepta el caso con renuencia y pide el aval del Inspector en Jefe de Scotland Yard, Taverner (Terence Stamp), amigo del difunto padre de Charles, un comisario de merecida fama. Se ve que esto de investigar secretos delictuales viene de familia.


Charles se dirige a la casa solariega del supuestamente asesinado magnate para entrevistar a la larga lista de sospechosos, que incluye en la vanguardia a la hermana de su primera mujer, Lady Edith de Haviland (Glenn Close), dama de rancia alcurnia y de armas tomar. Y como la cosa pudo ser un parricidio, los hijos adquieren su relevancia. Aristide tuvo dos hijos con aquella primera esposa, el mayor Philip (Julian Sands), un novelista que nadie lee, casado con Magda (Gillian Anderson) una actriz de escaso éxito. Philip está resentido porque papá Aristide lo pasó por alto y entregó el control de las empresas a su hermano menor Roger (Christian McKay), casado con Clemency (Amanda Abbington), una bióloga que sabe todo, pero absolutamente todo sobre venenos. Roger no es precisamente una luz para los negocios y necesitaba que Aristide lo rescatara asiduamente de sus malas decisiones comerciales. Por su parte Philip y Magda le dieron a Aristide tres nietos, que no están excluidos en las sospechas: Sophia, la mayor, la que nos introdujo en la historia, Eustace (Preston Nyman), un adolescente que adolece a lo pavote, y Josephine (Honor Kneafsey) , una avispadísima niña de 12 años que espía a todos y anota lo que observa en un cuaderno. Para complicar más el panorama, Aristide, en un viaje de negocios a Las Vegas, conoció a su segunda esposa, la joven Brenda (Christina Hendricks), una excorista a la que los demás integrantes de la familia acusan, como mínimo, de arribista y de engañar al viejo patriarca con Laurence Brown (John Heffernan), un tutor contratado para instruir a los nietos de Aristide. Hay también una vieja Nana (Jenny Galloway)  a la que la avispada Josephine cuestiona su autoridad.


Por supuesto, como en todo misterio de la Christie habrá inesperadas vueltas de tuerca y un sorprendente final a toda orquesta.


Mira como corren o See How They Run (2022) en el original, film dirigido por Tom George y escrito por Mark Chappell no le va a la zaga a la Casa Torcida en esto de vueltas de tuerca y finales que dejan la boca abierta.


En 1953 la noche en que el elenco de La ratonera (The Mousetrap) la exitosa pieza de Agatha Christie festeja la función número 100, el manolarga y mujeriego director hollywoodense Leo Köpernick (Adrien Brody) es asesinado. El productor John Wolf lo había llamado para que se ocupara de la versión cinematográfica de la pieza. Todos los presentes en la fiesta son sospechosos. Incluido el productor nombrado, la empresaria teatral Petula Spencer (Ruth Wilson), su madre (Ania Marson) de apetito voraz como La nona de Tito Cossa, la esposa de Wolf, Edana Rommey (Sian Clifford), la secretaria de Wolf, que es también su amante secreta, Ann Saville (Pippa Bennett-Warner), el divo teatral (más tarde también gran estrella de cine y eventualmente director) Richard Attenborough (Harris Dickinson), su esposa, la actriz Sheila Sim (Pearl Chanda), el dramaturgo Mervyn Cocker-Norris (David Oyelowo) que iba a ocuparse del guión adaptado de la obra, su “sobrino” el temperamental Gio (Jacob Fortune-Lloyd) (lo de sobrino es un eufemismo de época que disimulaba que eran pareja), y el acomodador Dennis (Charlie Cooper). El caso será investigado por el Inspector de Scotland Yard, Stoppard (Sam Rockwell) que a instancias del Comisionado Harrold Scott (Tim Key) será secundado por la inexperta agente Stalker (Saoirse Ronan) para que haga trabajo de campo ya que se apresta a rendir examen para sargento. En algún momento de la trama, todos terminarán en casa de Agatha Christie (Shirley Henderson) donde serán recibidos a regañadientes por el mayordomo Fellowes (Paul Chahidi) y más amablemente por el esposo de Christie, el arqueólogo Max Mallowan (Lucian Msamati).


Mira como corren se anima al metalenguaje (la víctima, Leo Köpernick le hablará al espectador como Joe Gillis el personaje de William Holden en la obra maestra de Billy Wilder, Sunset Boulevard (1950) y en algún momento el mismo Leo detallará un storyboard que se hará verdad cerca del final), dialoga con datos de la realidad, (Attenborough estuvo en el elenco que estrenó La ratonera, el caso descripto en esta obra sucedió, los asesinatos del 10 Rillington Place por desgracia ocurrieron, etc.) hace referencias a gente famosa (hay personajes con apellidos de dramaturgos renombrados, Stoppard, Priestley, Fellowes), y remite intrínsecamente a la trama de La ratonera. También hay chistes internos, Richard Attenborough, que fue toda una estrella a lo largo de su carrera, aunque más recordado por el último tramo de la misma como el director de Gandhi (1982) y por corporizar a Hammond en la celebérrima Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993) es aquí representado por un actor alto (1,88) cuando en la vida real fue un divo atormentado por su baja estatura (1,69). Y se le da el apellido del creador de Downton Abbey, Fellowes, al mayordomo de la Christie. (No comments, please) Pero todos estos datos no son sino fuegos de artificio que pueden no interesarle al espectador común y que no empañarán para nada el hecho de que pasará todo la duración de la película con una sonrisa en los labios o riendo a mandíbula batiente.


Y ya que mencionamos a Fellowes, volvamos a la Casa torcida. Fellowes por haberle escrito a su amiga y musa, Maggie Smith, líneas inolvidables en Downton Abbey quedó signado como un escritor de réplicas viperinas para jugosos personajes femeninos. Da cuenta de esto en Crooked House, todas las señoras, pero en especial los personajes de Glenn Close y de Gillian Anderson desgranan maldades con una elegancia suprema. Hay también buenas líneas en See how they run, pero mientras esta última es una comedia hecha y derecha, Crooked House es un misterio serio, clásico y puro, sin mucho humor, aunque con algunos toques de sarcasmo. Y si de hacer reír se trata, Mira como corren tiene un par de ases matadores, Sam Rockwell y Saoirse Ronan. Tienen una química sexual perfecta y se complementan actoralmente como Jack Lemmon y Walter Matthau. Ella está hilarante con su agente que toma todo al pie de la letra y él que se espeja en los trabajos de Peter Sellers y Charles Chaplin está, lisa y llanamente, a la altura de los maestros homenajeados. Su Stoppard es delicia pura.


Crooked House anda por el cable, el streaming, el éter. Mira como corren gira en este preciso momento por las salas de cine. Ambas garantizan entretenimiento y diversión. Algo nada desdeñable en estos tiempos aciagos.

Gustavo Monteros

viernes, 23 de septiembre de 2022

Programa doble: Felicitaciones por la boda - Temporada de bodas



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Felicitaciones por la boda – Temporada de bodas

 

En Felicitaciones por la boda (Badhaai Do en el original, con dirección de Harshavardhan Kulkarni, 2022) Sumi (Bhumi Pednekar) y Shardul (Rajkummar Rao) viven en la India contemporánea y están en serios problemas. Tienen treinta años, no están casados y, horror de los horrores, son gay. Él, Shardul, es oficial de policía. Ella, Sumi, es profesora de educación física. Para aliviar la presión de sendas familias contraen un matrimonio de conveniencia, puertas afuera son marido y mujer, puertas adentro son apenas compañeros de piso, en el que pueden albergar compañerxs ocasionales o permanentes. Pero el entorno familiar es insaciable, como pasado el año de casamiento no hay descendencia en camino, la multitud de parientes decide intervenir, entonces...

 

En Temporada de bodas (Wedding season en el original, con dirección de Tom Dey, 2022) Asha (Pallavi Sharda) y Ravi (Suraj Sharma) viven en la Nueva York contemporánea y están en serios problemas. Tienen treinta años, no están casados y horror de los horrores, si bien son heterosexuales están más preocupados por la realización personal y profesional que en el matrimonio. Para aliviar la presión de sendas familias, fingirán ser novios camino de comprometerse en la temporada de bodas que se avecina. Mentira va, mentira viene, el amor nace y se enseñorea, pero hay mentiras inaceptables, entonces...

 

Creo que no es necesario acentuar el factor común que enlaza a estas dos películas. Pero nos detendremos en señalar que ambos filmes muestran una sociedad heteronormativa, cerrada en sus tradiciones, con la sola aceptación del  tipo de familia tradicional y muy participativa en los modos de vida comunitarios. Lo que se ha hecho siempre debe seguir haciéndose, sin cambio posible, sufra quien sufra. La pertenencia a una tradición férrea y las seguridades que otorga esa pertenencia lo son todo. Primero la casta con todo lo que implica y trae aparejado, por último el individuo y sus necesidades. No hay tregua, arreglo, componenda, compromiso de ningún tipo.

 

Felicitaciones por la boda expone su conflicto de frente y sin vueltas en tono de comedia dramática. Y si se le aceptan algunos exabruptos que más tienen que ver con el modo en que se concibe localmente la comedia, es eficaz y muy elocuente. Viene claro con una agenda. Cuando es oportuno, no duda en ponerse pedagógica. Subraya que el prejuicio a la homosexualidad es pura ignorancia y que el temor que engendra esa ignorancia conduce a la estupidez redoblante más temprano que tarde.

 

Si bien Temporada de bodas ataca el mismo mal (la apabullante intromisión familiar que asfixia todo atisbo de libertad) es más convencional en su desarrollo y exhibe en su desenlace una buena cantidad de lugares comunes que intentan hacer pasar axiomas pedestres de la autoayuda como profundas rigurosidades filosóficas. Si se los pasa por alto con indulgencia se puede apreciar que es una comedia fluida, colorida, más cercana a los cuentos de hadas que a Moliere.

 

Cortedades o exabruptos al margen, son dos películas que se ven con facilidad y agrado y deparan más de una sonrisa ante estupideces que pueden y deben corregirse. Al menos, planteadas así las cosas, los finales felices son posibles.

Ambas películas pueden verse en Netflix.

 Gustavo Monteros

viernes, 16 de septiembre de 2022

Programa doble: El cordero enardecido - El viejo fusil



 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: El cordero enardecido – El viejo fusil

 

En El cordero enardecido (Le mouton enragé, Michel Deville, 1974) dos hechos sin importancia se unen. A Claude Fabre (Jean-Pierre Cassel), profesor universitario, le acaban de rechazar otro manuscrito con una novela y a Nicolas Mallet (Jean-Louis Trintignant) un oscuro empleado bancario en la hora libre del almuerzo casi ha logrado seducir con una frase feliz a Marie-Paule (Jane Birkin) que puede o no ser una prostituta. Claude, ante estos dos hechos, decide no escribir otra novela, sino “vivirla”. De ahora en más guiará a Nicolas para que seduzca mujeres y a través de ellas consiga dinero y una mejor posición social. Nicolas seguirá por su cuenta con la seducción a Marie-Paul y por designio de Claude conquistará a la esposa de un colega universitario, Roberte (Romy Schneider). El éxito será imparable y Nicolas hasta dejará su trabajo en el banco. Pero toda acción tiene su consecuencia, claro y entonces…

 

En El viejo fusil (Le vieux fusil, Robert Enrico, 1975) estamos en los estertores de la dominación nazi en Francia. En una apacible vecindad agrícola, uno de los doctores del lugar, Julien Dandieu (Philippe Noiret), un hombre que es la imagen de la felicidad, ante el temor de que las últimas escaramuzas sean las más cruentas envía a su esposa Clara (Romy Schneider) y a su hija Florence (Catherine Delaporte) a una granja perdida en un lugar más agreste con la esperanza de que allí no pase gran cosa. Pero en la guerra nadie está a salvo, entonces…

 

El cordero enardecido es una sátira social en ropajes de comedia negra que no ha perdido mordacidad. Puede que algunas circunstancias (la violencia hacia las mujeres, el ciego prejuicio homofóbico) hayan cambiado un poco, pero por desgracia las mañas burguesas, la lógica de relaciones de pareja, la facilidad con que toda relación se equipara a la dinámica de amo-esclavo, patrón-sirviente o dominador-dominado siguen incólumes. El hombre ha avanzado en muchos aspectos, quizá hasta haya mejorado, pero en cuestiones básicas, atávicas, de fondo, no sé, quien sabe, quizá siga igual. Es una película que se enriquece y se profundiza cada vez que vuelve a vérsela. Es ideal para ver con amigos recalcitrantes y hacerles después preguntas punzantes.

 

El viejo fusil, aunque transcurra en la Segunda Guerra, es un western. Sus tópicos más determinantes están presentes: el hecho de sangre que clama venganza, el hombre pacífico que despierta y es una tromba letal, el destino cruel que no borra el pasado feliz, el apoyo constante y final de la amistad, la paz conquistada a balazos. Dos citas literarias me vienen a la cabeza respecto de este film, al principio entronca con el mito mesopotámico de la Cita en Samarra y al final es una revalorización de Death, be not proud.

 

Estas películas tienen envolventes participaciones secundarias con ínfulas de protagonismo de Romy Schneider, que en las dos hace gala, como en todas las que hizo en los setenta, de una sensualidad pecaminosamente arrolladora. La pobre luchaba denodadamente por sacarse de encima la pureza y los remilgos del personaje que la hizo famosa, la Sissi, carita de muñeca, que llegó a emperatriz, a pesar de, o más bien, gracias a austríacos mohines y melindres.

Gustavo Monteros

viernes, 9 de septiembre de 2022

Programa doble: El libro del amor - Best Sellers






Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: El libro del amor – Best Sellers

En Book of Love (El libro del amor, Analeine Cal y Mayor, 2022) a Henry Copper (Sam Claflin) la suerte solo le alcanzó para que le publicaran su libro. Una pena que el libro revelara que no es un autor con muchas cosas para decir ni con los recursos imprescindibles para comunicarlas. El libro no se vende y acumula polvo en los estantes y una crítica peor que la otra en los medios. Curiosamente en México donde fue traducido por una tal María Rodríguez (Verónica Echegui) el libro se vende y gusta mucho. La firma editorial, ni lerda ni perezosa, manda a Henry a México a una gira promocional para asegurar el éxito y ver si se puede después remontar el fracaso en el Reino Unido. En la gira no tarda en salir a la luz que la tal María hizo algo más que traducir el libro, prácticamente lo reescribió, por eso atrapa y encanta, entonces…

 

En Best Sellers (Lina Roessler, 2021) a Lucy Stanbridge (Audrey Plaza) la suerte le alcanzó solo para hacerse cargo de la firma editorial de la familia. Una pena que no la acompañara en las primeras decisiones sobre los libros a publicar y los autores a promover y que hoy firma y ella estén al borde de la bancarrota. En busca de una salida posible repasa la nómina de autores publicados y descubre que el mítico autor de un solo libro hasta la fecha, Harris Shaw (Michael Caine) recibió hace una punta de años el adelanto por un libro que jamás entregó. Va a cobrárselo justo cuando un huraño y alicaído de salud Harris acaba de terminar uno. A regañadientes Harris acepta que se lo publique y sin ningún espíritu colaborativo accede a una gira promocional con Lucy. El anciano gruñón por sus actitudes iconoclastas se convierte en la nueva estrella punk de las redes sociales, pero no vende un libro. Entonces…

 

Book of Love y Best Sellers son películas de género dirigidas por mujeres y ambientadas en el mundo editorial. Book of Love es una comedia romántica y Best Sellers es una buddy movie (o sea una protagonizada por dos personajes con poco o nada en común que deben llegar a un objetivo mancomunado). Book of Love se apega demasiado a la fórmula y no aprovecha la excelente situación inicial, la de que una traductora traicione por todo lo alto su cometido y reescriba un libro. La película deja de lado muy pronto esta original premisa y se pone a abonar el romance. Best Sellers, en cambio, patea la fórmula y nos sorprende paso a paso. Todos sabemos que sus personajes deben terminar congeniando, comprendiéndose, respetándose y queriéndose, pero cuando creemos que tal o cual cosa va a suceder, no pasa del modo que prevemos sino de otro que nos intriga. Hay algo agridulce en la decrepitud del personaje de Michael Caine, nos recuerda la frase que dijo la actriz Nora Cárpena ante la muerte del colega Rodolfo Bebán: “Somos una generación en retirada”. Caine es un sobreviviente de la generación que triunfó en los sesenta y nos guste o no, está en retirada. Cada nuevo trabajo suyo nos acerca a la despedida profesional o definitiva. Pero a no llorar de antemano, el futuro es hoy qué joder.

Gustavo Monteros

Book of Love puede verse en Prime Video y Best Sellers en Movistar+