No da para hablar de cine. Hasta la próxima semana. Gustavo Monteros
viernes, 2 de septiembre de 2022
viernes, 26 de agosto de 2022
Programa doble: El deseo en mí - Wild Rose, sigue tu propia canción
Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.
Hoy: El deseo en mí – Wild Rose, sigue tu propia canción
En El deseo en mí
(Bo we mnie jest seks en el original,
Autumn Girl en su título en inglés,
dirección de Katarzyna Klimkiewicz, 2021), la actriz y cantante polaca, Kalina
Jedrusic (Maria Debksa) anda por la vida guiada primordial y exclusivamente por
su sensualidad. Tiene si no un matrimonio abierto con Stanislaw (Leszek
Lichota), uno con menos restricciones que el del resto de los mortales, lo que
permite que incluya un vínculo estrecho con un cantante de moda, Lucek
(Krzysztof Zalewski). Kalina, considerada la Marilyn Monroe polaca, es un
sex-symbol que brilla fulgurante sobre todo en la televisión, hasta que se
cruza con el nuevo director de la emisora, Ryszard (Bartlomiej Kotschedoff) que
se aprovecha de quejas sobre exhibición obscena (un escote pronunciado con un
crucifijo, imperdonable para parte de la sociedad mojigata de la Polonia de
principios de los sesenta) y la destierra de ese medio. Entonces…
En Wild Rose (o
Wild Rose, sigue tu propia canción según
título de Argentina, Tom Harper, 2018) la joven escocesa Rose-Lynn (Jessie
Buckley) ha venido viviendo a los tumbos, con la única contención de su madre,
Marion (Julie Walters). Anda por la veintena pero ya carga dos hijos, un pasado
de drogadicta y una estadía en la cárcel. Y a pesar de que Glasgow es un lugar
poco propicio para la música que le gusta (el country estadounidense), desde
los catorce canta canciones de esa corriente con singular talento. Su ambición
es visitar y cantar en la Meca del country o sea Nashville, Tennessee. Recién
salida de la cárcel va a trabajar de sirvienta a casa de la rica e influyente
Susannah (Sophie Okonedo) que puede ayudarla a cruzar el Atlántico, pero a la
que nuestra Rose le oculta, al principio casi de casualidad, después a
propósito, su presente maternal y su pasado de errores. Entonces…
Estas son dos películas protagonizadas por mujeres que
cantan para vivir (y a veces sobrevivir) a las que el entorno busca doblegar. A
Kalina para que se amolde a una sociedad reprimida y agobiante, a Rose para que
deje de ser un torbellino de irresponsabilidades y se haga cargo de lo que sus
elecciones de vida le han deparado. Podríamos decir, sin caer en spoilers que
Kalina se sale con la suya, pero que Rose es doblegada (no hay spoiler,
insisto, porque lo que importa es lo que no cuento o sea el cómo).
Los que tendemos a vivir más por la razón nos cuesta
aceptar y entender a los que como Kalina viven según la sensualidad, la intuición,
la sensación. Los sensuales siempre nos parecen individualistas, arrogantes,
narcisistas. No siempre lo son, pero así nos parecen. Y aunque no es mi caso,
comprendo que muchos como la madre de Rose consideren que los que viven a los
tumbos son unos irresponsables autodestructivos incapaces de asentarse o echar
raíces. Como hay hijos de por medio, uno tiende a darle la razón a la mamá de
Rose, aunque hay mucha belleza en vivir como si no hubiera un mañana y fuéramos
a quedarnos por siempre jóvenes. No todo es blanco o negro. Y nunca sabremos
cómo debe haber sido vivir de otro modo al que nos tocó o elegimos vivir, sin
embargo para eso están las películas, para darnos una idea y no andar
levantando tanto el dedo como si la única verdad nos perteneciera.
Gustavo Monteros
viernes, 19 de agosto de 2022
Programa doble: Combate en la isla - Con gusto a rabia
Programa doble, sección en la que repasamos dos películas
con aspectos en común.
Hoy: Combate en la isla - Con gusto a rabia
En Le combat dans
l'île (Combate en la isla, Alain
Cavalier, 1962) Anne (Romy Schneider) no anda haciendo buenas elecciones de
vida. Dejó una promisoria carrera de actriz teatral para centrar toda su
atención en Clément (Jean-Louis Trintignant) el que, si mis tenues nociones
psicoanalíticas no me fallan, es un psicópata de aquellos. Y cuando no le pega
ni tortura a Anne, canaliza su violencia entrenando en la célula terrorista de
ultraderecha a la que pertenece con orgullo. Clément, que no tiene nada de
clemente, participa en un atentado que tiene curiosas consecuencias. Debe por
ello alejarse de una brumosa París en blanco y negro y refugiarse en el campo.
Anne se empeña en acompañarlo, es una chica muy abnegada para decirlo con
amabilidad. Los acoge un amigo de Clément, Paul (Henri Serre) que nada sabe de
las oscuras conexiones políticas de Clément, y cuando se entera, lo echa. A Clément
no le queda otra que salir del país y recala en, adivinen dónde, sí, en la
Argentina, no comments, please. Anne se queda unos días más en el campo y así
llega a conocer mejor a Paul, que es más bueno que Lassie atada and, of course,
se enamora de él. Paul la impulsa a volver al teatro, donde triunfa en una obra
escrita por la esposa muerta de Paul. Y cuando están por comer perdices, cha,
cha, cha, chán, aparece el loquito de Clément, más inclemente que nunca,
entonces…
En Con gusto a
rabia (Fernando Ayala, 1965) Ana (Mirtha Legrand) es una alta burguesa sin
ninguna otra ocupación que gastar la plata de un marido ricachón al que no
quiere mucho, o sea Ramón, al que hace Jorge Barreiro. De puro aburrida se
enreda con Diego (Alfredo Alcón) un provinciano venido a menos que compensa
frustraciones participando en las andanzas de una célula extremista de
ultraderecha de afiliación nazi-fascista. Diego, en realidad, es novio de
Teresa (Marcela López Rey), pero Ana no anda como para fijarse en lealtades, además
Diego como que lo hace Alcón, no solo es de buen ver sino que es muy complejo
(para decirlo con amabilidad) lo que lo hace más atractivo. El tortuoso Diego
alterna tardes apasionadas con Ana con robos a mano armada a hospitales, raides
a festivales judíos y trifulcas con manifestantes gremiales. Después de un
asalto de consecuencias trágicas, debe huir con Ana al campo que perteneció a la
familia hasta que fue absorbido por deudas a los bienes de Ramón. Entonces…
Estas dos películas, además de contar con dos
protagonistas femeninas con el nombre de Ana, exhiben en la trama lateral
grupos extremistas de derechas filonazis. El clímax de la película argentina se
inspira en el Asalto al Policlínico Bancario. Recurro a Wikipedia y cito: “El asalto al Policlínico Bancario sucedió en
Buenos Aires, Argentina el 29 de agosto de 1963. Una banda mató a dos
empleados, causó heridas a otros tres y huyó con un importe que equivalía
aproximadamente a 100 000 dólares estadounidenses. Parte del dinero obtenido
financió actividades del Movimiento Nacionalista Tacuara, la primera guerrilla
urbana de Argentina, a la que pertenecían los promotores del grupo. (…) El
hecho, que causó gran conmoción en el país por la violencia y precisión con la
que fue ejecutado, fue atribuido por la policía a delincuentes comunes y se
estimó esclarecido; sin embargo, meses más tarde la información proveniente de
la Sureté, la repartición policial francesa de que billetes provenientes del
robo habían sido gastados por argentinos en un cabaret de París hizo que se
reabriera la investigación y permitió individualizar a sus verdaderos autores.
(…) Casi todos los participantes fueron detenidos y enjuiciados, otros
permanecieron prófugos y algunos estuvieron incorporados más adelante en otras
organizaciones guerrilleras.” Respecto al Grupo Tacuara, dice Wikipedia: “El grupo Tacuara fue una organización que
nació formalmente en Argentina a fines de 1957, con el nombre de «Grupo Tacuara
de la Juventud Nacionalista» creada por jóvenes simpatizantes del franquismo y
del nacionalismo católico que en su mayoría habían militado en la Unión Nacionalista
de Estudiantes Secundarios (UNES). Tenía como antecedentes tanto en el aspecto
ideológico como en su aceptación de métodos violentos de acción, a la Liga
Patriótica que actuó en el país en la década de 1930 y a la Alianza
Restauradora Nacionalista que tenía actividad desde comienzos de la década de
1940.” Por lo expuesto, se deduce también que a estas películas las une una
evidente conexión Argentina-Francia en simpatías por ideologías filonazis
extremas.
Como puede verse en los sesenta no solo se cocían las
habas de la revolución sexual y el impulso de los movimientos feministas y de
derechos civiles, sino también las de movimientos de derecha y ultraderecha que
provocarían cruentos golpes de estado genocidas y de sometimiento económico a
las grandes potencias que derivarían en pobreza, impedimento de crecimiento
industrial y científico. Como quien dice, dar un paso para retroceder dos.
Gustavo Monteros
viernes, 12 de agosto de 2022
Programa doble: Todo en todas partes al mismo tiempo - El peso del talento
Programa doble, sección en la que repasamos dos películas
con aspectos en común.
Hoy: Todo en todas partes al mismo tiempo – El peso del
talento
En Everything
Everywhere All at Once (Dan Kwan, Daniel Sheinert, 2022) Evelyn Wang
(Michelle Yeoh) tiene un día para el olvido que por los motivos equivocados se
volverá inolvidable. En la lavandería, que dirige con su marido Waymond (Ke Huy
Quan) que anda buscando la manera de pedirle el divorcio, festejarán el Año
Nuevo Chico, con familiares, clientes y amigos. Su hija Joy (Stephanie Hsu)
quiere que presente a su novia Becky (Tallie Medel) al abuelo Gong (James Hong)
no como una amiga sino como lo que es, su pareja, algo a lo que Evelyn se
resiste, un poco por negación y otro poco para evitarse explicaciones y reproches.
Antes de los festejos nocturnos, ese mismísimo día, Evelyn, Waymond y Gong
deben presentar la liquidación anual de impuestos ante una sádica agente,
Deirdre Beaubeirdre (Jamie Lee Curtis). En un momento del trámite, un Waymond
alternativo le explicará a una más que confundida Evelyn que existen realidades
simultáneas en la que ella vive versiones paralelas de su vida, y que por esas
cosas del universo, es la única que puede salvar nada menos que al Mundo de la
destrucción que pretende una villana maldita que no es sino…
En The Unbearable
Weight of Massive Talent (Tom Gormican), un Nicolas Cage, narcisista
insoportable, que puede o no ser el Nicolas verdadero, pero sí uno bastante
cercano al que todos imaginamos o sospechamos que es, está desesperado por
obtener el rol en una película en preproducción que finalmente no conseguirá. Su
representante Richard (Neil Patrick Harris) le mostrará que su situación
económica es desesperada y le pedirá que acepte la oferta de “solo” aparecer en
la fiesta de un fanático ricachón, Javi Gutiérrez (Pedro Pascal). Pero lo que
Javi se trae bajo el poncho no es fotografiarse con él para lucirse en redes
sociales ni arrastrarlo a una orgía, ni sumarlo a una colección de logros, no,
lo que pretende es que Nicolas Cage lea un guión que ha escrito con la
esperanza de que lo protagonice. Pero la CIA cree que Javi es el responsable
del secuestro de la hija de un candidato a presidente del país innominado donde
transcurre esta parte de la acción, de ahí que la CIA pretenda usar a Nicolas
Cage como Caballo de Troya en la mansión de Javi, pero nada es lo que parece,
ni Cage puede salir “actuando” del embrollo, entonces…
Estas dos películas se atreven a ser originales sin
perder sus ambiciones de obtener la mayor popularidad posible. Algo que han
logrado porque el espectador contemporáneo ya está ducho con los mulitiversos,
las realidades paralelas, los juegos posmodernos de ficción dentro de una
ficción dentro de otra ficción que remite quizá a una realidad que puede ser
¿por qué no? otra ficción. De metalenguajes está lleno el universo actual. Algo
muy bueno para descifrar ficciones y algo muy malo para la realidad. Hay
personas que van por la vida creyendo que la realidad no es aquello objetivo
que es, independientemente de nosotros, sino lo que estas personas creen que
es. Sus “subjetividades” se contraponen o anteponen a lo que es, pasa o
deviene. ¿Una locura? No, una modernidad vigente. Comenzó con lo político, pero
ya se extiende o otros órdenes de la vida. Confiemos que una nueva santa inquisición
no esté a la vuelta de la esquina. Cruzo los dedos.
Gustavo Monteros
viernes, 5 de agosto de 2022
Programa doble: La cascada - Refugiado
Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.
Hoy: La cascada - Refugiado
En Pu bu (The Falls, La cascada, Mong-Hong Chung, 2021) Xiao Jing (Gingle Wang) parece
al principio de la película la típica adolescente en crisis, le hace la vida
imposible a su mamá, Lo Pin-wen (Alyssa Chia), la maltrata y destrata todo lo
que puede. Pero estamos en Taiwán en plena cuarentena por la COVID y el
encierro hace que a mamá la mente le juegue una mala pasada y deba depender de
la hija, que se ve en la obligación de madurar a la máxima celeridad posible.
La pobre mamá Lo Pin-wen tenía motivos de sobra para que le lloviera el techo:
no había terminado de asimilar un divorcio con un conyugue que hasta ya tenía
un hijo con la otra antes de separarse, la echaron del trabajo, está acuciada
de deudas porque lleva años viviendo más allá de sus posibilidades y siente que
la hija la culpa hasta del aire que respira. Pero como no todo es maldad y es
posible hallar remedio si uno identifica el problema y puede expresarlo, de a
poco irá saliendo. La razón de por qué el film se titula como se titula, le agrega
un elemento fantástico al desencadenamiento de la psicosis que la llevó a
perder la razón.
En Refugiado
(Diego Lerman, 2014) Matías (Sebastián Molinaro) espera en vano en un pelotero que
su mamá Laura (Julieta Díaz) lo venga a buscar al término de una fiesta de cumpleaños.
La mamá de la cumpleañera lo llevará a su casa y al llegar descubrirán a Laura
en el piso de la cocina, inconsciente y golpeada, tras una paliza propinada por
su pareja Fabián (Agustín Rittano). Laura y Matías empiezan, entonces, un accidentado
peregrinaje para apartarse de la violencia incontenida de Fabián. Laura intuye,
y todos concordamos, que no habrá una próxima vez en que ella pueda contar el
cuento. Si la hay, ella saldrá muerta. Pero los malos amores como los peores
hábitos son difíciles de dejar. ¿Podrá?
La
cascada y Refugiado se
centran en dos mujeres desvalidas. Por suerte en ambas historias (más en La cascada, a decir verdad) hay gente
buena, generosa, amable, dispuesta a ayudar. La corroboración, aunque sea en la
ficción, devuelve la fe en lo humano. Por un rato.
Gustavo Monteros
La
cascada y Refugiado
pueden verse actualmente en Netflix
viernes, 29 de julio de 2022
Programa doble: Foxtrot - Antonieta
Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.
Hoy: Foxtrot – Antonieta
En Foxtrot
(Arturo Ripstein, 1976) cuando la Segunda Guerra Mundial se cierne inminente,
Liviu (Peter O’Toole) un conde polaco, con su mujer Julia (Charlotte Rampling)
más un sirviente personal, Eusebio (Jorge Luke) se alejan de la guerra y de su
pasado retirándose a una isla tropical deshabitada y casi desconocida. En la
isla los espera Larsen (Max von Sydow) un exmilitar con conocimientos de
ingeniería que se ocupará del armado de las casas cuando lleguen los
materiales. Mientras tanto viven en lujosas carpas que despertarían las
envidias de un jeque árabe. La llegada de un yate con numerosos no invitados
inesperados diezmarán las provisiones y destruirán la fauna del lugar con
cacerías a mansalva. Otra vez solos, los cuatro habitantes de la isla tendrán que
enfrentar el racionamiento de lo poco que queda para comer, beber y fumar, lo
que provocará la disrupción de las categorías sociales de amos y criados. Sin
condicionamientos sociales en los que recostarse, más la amenaza de una pronta
inanición y con la incertidumbre de un futuro satisfactorio, los cuatro
protagonistas se despeñarán en una sinrazón destructiva.
En Antonieta
(Carlos Saura, 1982) Anna (Hanna Schygulla) una psicóloga francesa investiga
las causas del suicidio femenino. Se topa con el caso de Antonieta Rivas Mercado
(Isabelle Adjani) una escritora mexicana que se suicidó en Notre Dame en 1931.
La investigación la llevará a México donde circunscribirá la vida de Antonieta,
la hija de un escultor con estrechos vínculos con la alta burguesía y el poder,
a los convulsionados vaivenes políticos de los tiempos en que le tocó devenir.
Son películas atípicas en las carreras de estos dos
maestros. Si bien no se alejan de las obsesiones temáticas y estéticas que
definieron sus mundos creativos, esta vez temas y estilos están como
atemperados para un público más masivo. Son también dos coproducciones
internacionales con estrellas que no forman parte de su canon actoral habitual.
Las unen asimismo los preciosismos de un vestuario deslumbrante y una dirección
de arte particularmente bella. Uno querría mudarse a las carpas con todas las
comodidades que aparecen en Foxtrot o
a las casas solariegas con galerías con arcadas y con patios o jardines
frondosos de Antonieta. Adjani y
Rampling lucen bellísimas en sus trajes de época y Schygulla nos recuerda cómo
era la moda Prêt-à-porter de comienzo de los ochenta (hoy tan de época como las
de Adjani y Rampling). En un abrir y cerrar de ojos ya todo es pasado.
viernes, 22 de julio de 2022
Programa doble: Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto - La hija de un soldado nunca llora
Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.
Hoy: Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto – La
hija de un soldado nunca llora
En Nadie hablará de
nosotras cuando hayamos muerto (Agustín Díaz Yanes, 1995) a la pobre Gloria
(Victoria Abril) no le puede ir peor. Su marido torero está en estado
vegetativo tras una corrida fatal. Ella se fue a México a ver si podía reunir
un poco de dinero y terminó de prostituta. Una noche en que le practicaba
fellatio a unos matones vio como una operación de la DEA salió mal y ahora la
persiguen los narcos para que entregue un cuaderno con información sensible con
el que se quedó. La deportan a Madrid y se reencuentra con su suegra, Doña
Julia (Pilar Bardem) que cuida al torero postrado y paga la hipoteca sobre el
departamento dando clases a los chicos del barrio. La señora es una ex
republicana, más roja que el gorro frigio, que es su tiempo padeció cárcel y
tortura, pero que sabe que la educación saca de aprietos al más desprotegido
mejor que el tentador delito. Eduardo (Federico Luppi) es el matón encomendado
por la líder de los narcos, Doña Esperanza, para perseguir a Gloria, recuperar el
cuaderno y devolverla a México para que la interroguen y la escarmienten. Cosa
que se le dificulta a Eduardo porque el hombre anda en problemas nada más ni
nada menos que con Dios. Entonces…
En La hija de un
soldado nunca llora (A Soldier’s Daughter Never Cries, James Ivory, 1998)
si bien hay una trama dominante que se despliega a lo largo de toda la
película, está estructurada en tres bloques que semejan episodios de una
película de mediometrajes independientes. El primero se centra en Billy, un
niño de unos 10 años que en París es adoptado por una pareja norteamericana
compuesta por un autor de éxito, exmilitar heroico, Bill Willis (Kris
Kristofferson) (personaje ficcional que oculta al novelista James Jones,
célebre por su De aquí a la eternidad)
y su esposa Marcella (Barbara Hershey). El chico también tendrá que adaptarse a
su hermana Channe, fusión de los rimbombantes nombres de la chica, Charlotte
Anne. El segundo bloque es sobre Francis (Anthony Roth Costanzo) un compañero
de escuela de Channe (ahora interpretada por Leelee Sobieski porque los chicos
ya están en la preadolescencia). Francis es hijo de madre soltera, la Sra.
Fortescue (Jane Birkin) y un precursor (estamos en los cincuenta) de las
identidades no binarias y de los géneros líquidos de tan fluidos. Channe tendrá
su menarca y Billy, integrado en la escuela y en la familia, verán su realidad
disruptiva por la decisión del padre famoso de volver a su Norteamérica natal
dado que su salud declina. La tercera y última parte es sobre Bill Willis, cuyo
frágil corazón lo está llevando a la muerte. Lo vemos enfrentarla con valor y
sabiduría. Tampoco son tiempos fáciles para Marcella que pelea por vivir el día
a día sin ceder al duelo que ya la abarca. Channe ha despertado al sexo, lo
vive sin prejuicios y es despreciada por los remilgos de una sociedad
hipócritamente puritana. Billy niega su pasado y se resiste a leer el diario
que su madre le legó para que conozca las razones por las que lo abandonó y no
la juzgue con excesiva dureza.
Nadie
hablará de nosotras cuando hayamos muerto como algunos platos
que gustan al paladar español está muy condimentado. Por momentos son tantos
los ingredientes en juego que los sabores se anulan entre sí. Pero así como uno
no se queja de que el jamón crudo sea salado, es inútil pretender que lo
español no sea saleroso, a sus historias hay que aceptarlas como son. Para
platos más sosos o menos exuberantes, hay que recurrir a otras cinematografías.
James Ivory y su fiel guionista Ruth Prawer Jhabvala
hicieron una carrera de llevar al cine novelas consideradas infilmables y
difuminarse hasta fundirse en una manera de contar que los transparentaba, como
si las novelas que exponían en pantalla se filmaran solas. Esta novela de
Kaylie Jones no es una excepción y ellos hacen su habitual disappearing act. El
mérito no es poco, cuánto más astuto el prestidigitador, mejor el truco.
Estas dos películas tienen en común títulos que son una
oración completa. Poner buenos títulos es todo un arte que no se valora con
justicia.
Gustavo Monteros
viernes, 15 de julio de 2022
Programa doble: Sombras en una batalla - La flaqueza del bolchevique
Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.
Hoy: Sombras en una batalla – La flaqueza del bolchevique
En Sombras en una
batalla (Mario Camus, 1993) Ana (Carmen Maura) se esconde a plena luz. Es
veterinaria en un pueblito cerca de la frontera de España y Portugal. Está asociada
a otro veterinario, Darío (Tito Valverde) con él que se lleva más que bien y
que la ayuda a criar a su hija de 13 años, Blanca (Sonia Martín). La casualidad
la hace conocer a y relacionarse con José (Joaquim de Almeida) hasta que este
revela pertenecer a la organización que mató a su esposo. Porque el secreto de
Ana es haber pertenecido a la ETA (para los que no lo sepan, organización
terrorista nacionalista vasca) y José anduvo mezclado con los GAL (para los que
no lo sepan, agrupaciones parapoliciales financiadas por altos funcionarios del
Ministerio del Interior español que practicaron terrorismo de estado contra la
ETA) Y ya se sabe, los secretos expuestos desatan consecuencias inesperadas…
En La flaqueza del
bolchevique (Manuel Martín Cuenca, 2003, según novela de Lorenzo Silva)
Pablo (Luis Tosar) un ejecutivo treintañero en crisis con sus elecciones de
vida se ve envuelto en un accidente de tránsito inconsecuente con Sonsoles (Mar
Regueras) que de pura antipatía le inicia una querella. Pablo comienza a
hostigarla y así conoce a la hermana menor de Sonsoles, María (María Valverde)
una adolescente de 14 años con la que empieza una relación enriquecedora y
movilizadora. Pero la obcecación de Sonsoles empuja el asunto a la tragedia.
Estas dos películas tienen bellos títulos evocadores y
arman un buen programa doble para un domingo de frío. En mi opinión, el final
de Sombras en una batalla es demasiado ecuménico-cristiano y suena falso, pero
como siempre donde anda Carmen Maura, su sola presencia eleva el material y
evita que se torne desdeñable. La flaqueza del bolchevique juega lícitamente
con nuestras advertidas expectativas (¿es María una nueva Lolita?, ¿Pablo es
una pedófilo en ciernes?) para desafiarlas y sorprendernos. Tosar es hipnótico
como acostumbra y la Valverde no en vano se convirtió después de esta película
en una gran estrella.
¿Hay elecciones inevitables? No, es una contradicción de
términos. Elegir implica algún grado de libertad. Los condicionamientos son
irremediables, uno no elige dónde nacer ni cuándo. Y las elecciones siempre
dejan afuera las otras opciones que pudieron llevarnos por otros caminos.
¿Mejores? Quizá, ¡quién sabe! No me lleven el apunte. Son solo elucubraciones
de domingo.
Gustavo Monteros
viernes, 8 de julio de 2022
Programa doble: La cita - Mi prima Raquel
Programa doble, sección en la que repasamos dos películas
con aspectos en común.
Hoy: La cita – Mi prima Raquel
En The Appointment
/ La cita (Sidney Lumet, 1969) el abogado Frederico Fendi (Omar Sharif) se
cruza en un restaurant con un colega con el que estudió, Renzo (Fausto Tozzi)
que le presenta a su novia, Carla (Anouk Aimée), una modelo profesional.
Frederico queda prendado de la belleza y del misterio de Carla. Ella se
comporta extrañamente, es demasiado dócil, dispersa, blanda. Pasa el tiempo y
por un caso que los dos abogados tienen en común, Frederico se entera de que
Renzo ha dejado a Carla, porque de buena fuente le han dicho que ella trabaja
también como ocasional prostituta de lujo. Más tarde, Carla le pide a Frederico
que interceda ante Renzo y lo convenza de que lo que le han dicho es mentira.
Renzo se muestra renuente a escucharla. Frederico primero intenta averiguar sin
éxito si lo que le han dicho a Renzo es verdad, y después, convenciéndose de
que el rumor es falso, se casa con Carla. Pero la duda persiste y se transforma
en una obsesión que empañará su mente.
En My Cousin Rachel
/ Mi prima Raquel (Henry Koster,1952) Philip Ashley (Richard Burton) ha
sido criado por Ambrose (John Sutton) que al ver declinar su salud se muda a
Florencia para reponerse. Por cartas, Philip se entera de que Ambrose se ha
casado con una prima con la que se reencontró en Italia, Rachel (Olivia de
Havilland). Luego la correspondencia se vuelve confusa, Ambrose aparentemente
en raptos de delirio aduce que Rachel lo está envenenando con unas tisanas que
ella le jura son para mejorarlo. Philip decide viajar a Florencia para ver en
persona qué está pasando. Llega unos días después de la muerte de Ambrose. El
casero le informa que ha muerto de un tumor cerebral, el mismo diagnóstico que
le sugirió el abogado de la familia Nicholas Kendall (Ronald Squire). No es que
Nicholas fuera vidente, supuso que podría tratarse de la misma enfermedad que
mató al padre de Nicholas. Contra las sospechas de Philip, Ambrose no cambió el
testamento, le deja todos los bienes a Philip y nada dispone para Rachel, que
partió para Roma después del entierro. Philip regresa a Cornwall y un buen día
Nicholas le informa que Rachel está en el pueblo de visita. Philip, con la
intención de vengarse de la que él cree asesina de su primo, invita a Rachel a
pasar unos días en la casa solariega que habita. Pero, claro, Rachel no es ni
por asomo la mujer que él se había figurado y se enamora de ella. Primero hace
que Nicholas le disponga de una generosa asignación monetaria mensual y después
arregla para que le cedan todos los bienes de Ambrose. Él cree que no se
despoja de nada porque está convencido de que Rachel se casará con él, pero…
Philip y Frederico son dos hombres profundamente
equivocados respecto a sus objetos de amor. Frederico, maníacamente, Philip,
neuróticamente, jamás confían en lo que sienten, prefieren dejarse llevar por
lo que dicen otros y por lo que suponen erróneamente, porque en el fondo están
más enamorados de su idea de amor que de las mujeres por las que se apasionan.
Es que no basta con amar, también hay que saber hacerlo.
Gustavo Monteros
viernes, 1 de julio de 2022
Programa doble: El búho y la gatita - El salvaje
Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.
Hoy: El búho y la gatita – El salvaje
Uno de los ejes de la comedia del siglo XX fue la guerra
de los sexos, la confrontación de lo entendido como esencialmente femenino contra
lo entendido como intrínsecamente masculino. Se hallan ejemplos ineludibles en
las principales comedias de George Bernard Shaw: Candida, Pygmalion, César y Cleopatra, Las armas y el hombre, La
conversión del capitán Brassbound, El hombre del destino, entre otras, por
suerte, varias más.
La variable más deliciosa se centró en la irrupción de un
huracán femenino en un apacible rincón masculino. En cine hay dos ejemplos
supremos de Howard Hawks: Bringing Up
Baby (1938) (conocida aquí como La
adorable revoltosa) con los insuperables Katharine Hepburn y Cary Grant y Ball of Fire (1941) (conocida aquí con
la traducción literal de su título: Bola
de fuego) con los maravillosos Barbara Stanwyck y Gary Cooper.
Los dos títulos que revemos hoy pertenecen a esta variante.
En The Owl and the
Pussycat / El búho y la gatita (Herbert Ross, 1970) en un edificio de
departamentos tan diminutamente claustrofóbicos como imposibilitados de
habilitar algún tipo de intimidad, el aspirante a novelista Félix (George
Segal) ve su necesitado silencio permanentemente interrumpido por los ruidos
que hace su vecina, Doris (Barbra Streisand) tanto cuando está con sus clientes
(es prostituta part time, aunque se presente como una aspirante a actriz) como
cuando está sola porque le gusta la televisión al volumen intolerable. La
vociferante pelea en la que se enredan hace que los echen del edificio en plena
noche y deambulen hasta recalar en el departamento de un amigo de él. La
promiscuidad obligada los hará conocerse, apreciarse y enamorarse.
En Le Sauvage / El
salvaje (Jean-Paul Rappeneau, 1975) Nelly (Catherine Deneuve) es una
muchacha francesa que vino a Caracas para casarse, pero se arrepiente y huye de
la inminente boda con un italianísimo Vittorio (Luigi Vannucchi) que no acepta un
no como respuesta. Nelly termina por pedirle ayuda a un desconocido Martin
(Yves Montand), que hará lo que esté a su alcance para sacársela de encima,
algo que no logrará y terminará por albergarla, o más bien soportarla en la
paradisíaca isla del Caribe en la que vivía apartado, recluso y tranquilo.
El
búho y la gatita fue en su origen una obra de teatro de Bill
Manhoff, de suerte inmerecida (se representó profusamente en todo el mundo)
porque es pobre en la caracterización de sus personajes, escasa de ingenio y
mecánica en el desarrollo de sus conflictos. La suerte le alcanzó también en la
versión cinematográfica puesto que sus tres responsables principales, el
director Herbert Ross y los actores Streisand y Segal ponen en juego su arte y
oficio para disimular las cortedades de un producto vacío y medio tonto. Los
años desnudan con impiedad las falencias y salvo algunas líneas, el compromiso
actoral de Segal, Streisand que está en su mejor etapa de comediante y el
baby-doll que se ve en el afiche, el resto es para el olvido.
El
solitario, en cambio, a pesar de los años, exhibe jovialidad y
lozanía. Jean-Paul Rappeneau es siempre recordado por su maravilloso Cyrano de Bergerac (1990) con el gran
protagónico de Depardieu, pero su impar talento florece en la comedia. Tanto La vie de château / La vida en el castillo
(1966), como Les mariés de l’an deux
/ (aquí) El aventurero del Año II
(1971) como Bon voyage (2003) para
mencionar mis favoritas ofrecen detalles magistrales. El salvaje con gran lucimiento de sus carismáticos protagonistas
no le va a la zaga.
En definitiva, una tanto, la otra tan poco. Aunque un
buen par de protagonistas en su salsa hacen digerible el bodrio más soso.
viernes, 24 de junio de 2022
Programa doble: Amor al ocaso - Good luck to you, Leo Grande
Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.
Hoy: Suk suk y Good Luck to You, Leo Grande
En Suk suk (Ray
Yeung, 2019) Pak (Tai-Bo) un taxista de setenta años levanta, frente a un baño
público de un parque, a Hoy (Ben Yuen), un jubilado de 65 años. Son gays
enclosetados, el taxista es jefe de una numerosa familia, el jubilado es padre
separado de un hijo rígido, casado y con una hija. No habrá sexo en ese primer
encuentro, pero el levante derivará en camaradería que forjará una amistad que
no tarda en trocarse en amor. Se preguntarán lo que podría ser vivir juntos y
disfrutar de su amor. Algo imposible hasta de fantasear, porque tanto la esposa
del taxista como el hijo del jubilado vigilan de cerca, para que no se produzca
ningún cambio en el devenir cotidiano, sostenido con dureza, a fuerza de
sospechas y silencios, que pretenden jamás dilucidar ni quebrar. El jubilado
participa de una organización, asesorada por jóvenes, que pelea por los
derechos de los gays mayores de 60 años, para que puedan acceder a una vivienda
digna o a cuidados óptimos de salud. Esto subraya el contraste que existe entre
las libertades contemporáneas y la vida enclosetada, de amores secretos y
furtivos, humillantes y avergonzados, que fue lo único que a lo que pudieron
acceder los gays viejos.
En Good Luck to
You, Leo Grande (Sophie Hyde, 2019) Nancy Stokes, (Emma Thompson) una viuda
de 55 años, profesora de religión jubilada, contrata los servicios de un
trabajador sexual, Leo Grande (Daryl McCormack) para experimentar lo que su
limitada y frustrante vida sexual no le deparó. Conmueve con sus falencias,
pero no tarda en revelarse como un personaje complejo, es resentida, cruel e
inmisericorde en su opinión sobre sus hijos, mezquina y prejuiciosa respecto a
sus exalumnos, entrometida e incapaz de manejar cualquier situación, si no es
en sus términos, lo que la lleva a trasgredir el acuerdo entre trabajador
sexual y cliente. Que no sea una víctima es lo mejor de la película, y hace
natural que, entre tanto cruce y choque, termine por ampliar miras y superarse.
Las dos películas tiene escenas finales que interpelan y
dan que hablar. Y ratifican que pasadas la menopausia y la andropausia, el sexo
cumple a rajatabla la ley de Lavoiser: Nada se pierde, todo se transforma…
Suk
suk
con el nombre de Amor al ocaso puede
verse en Netflix. Good luck to you, Leo
Grande, acaba de darse a conocer en el Hemisferio Norte y quizá pronto se
estrene en cines o recale en una plataforma de contenidos.
(Netflix no me domina mucho el español, ¿¡Amor al ocaso!? Supongo que tendría que
ser más bien Amor en el ocaso,
después de todo no es que los personajes estén enamorados de la puesta del sol
(sentido literal) o de la declinación, o decadencia (sentido figurado), sino
que, como vimos, se trata de dos adultos mayores enamorados uno del otro. No
sé, digo, me parece…)
Gustavo Monteros
viernes, 17 de junio de 2022
Programa doble: Tuset Street - Varietés
Programa doble, sección en la que repasábamos dos
películas con aspectos en común.
Hoy: Tuset Street
y Varietés
Para 1968 Sara Montiel era una estrella establecida,
gracias a una larga carrera cinematográfica, con películas de perfil definido
que la tenían como protagonista: el melodrama sentimental no exento de notas
picarescas y con una saludable abundancia de canciones. El público que decía
“voy a ver una con Sarita Montiel” o “la última de la Montiel” sabía con
conocimiento de causa y sin temor a equivocación alguna a qué se refería. Y los
productores, directores, figurinistas, maquilladores, peinadores, compositores
y guionistas sabían a qué atenerse cuando emprendían un proyecto Montiel. Ahora
bien, ¿se podían participar en un film de Sarita sin traicionar la impronta
personal?, ¿seguir teniendo los rasgos distintivos propios incluso en un armado
tan rígido como lo es el de un vehículo de lucimiento para una estrella? Sí, al
menos el guionista Rafael Azcona y el director Juan Antonio Bardem así lo
demostraron.
Rafael Azcona firma el guión de la única película
“psicodélica” de Sarita, Tuset Street,
1968, codirigida por Jorge Grau y Luis Marquina. Azcona era un maestro de
amplio espectro como lo ratifica una larga carrera con títulos para todos los
géneros y los más variados directores, pero su marca de fábrica era un realismo
que podríamos llamar de pasmo, de estupefacción, porque se las ingeniaba para
rarificar el realismo, agrietarlo y descubrirnos que eso que llamamos realidad,
al acercarnos mucho, nos sorprende con extrañezas insospechadas y una buena
dosis de elementos siniestros. Hablo, claro, del primer Azcona, el de El pisito (Marco Ferreri y Isidoro M.
Ferry, 1958), el de El cochecito
(Marco Ferreri, 1960), el de Plácido
(Luis García Berlanga, 1961) y sobre todo el de El verdugo (Luis García Berlanga, 1963) con el genialmente
inolvidable Nino Manfredi.
En Tuset Street,
Azcona trabaja junto al director Jorge Grau y desarrolla una historia de
Enrique Josa. Violeta Riscal (Sarita, of course) es una corista de un show de
variedades, que tuvo intenciones de cantante seria, como lo demuestra un disco
tan olvidado como sus ambiciones, que redondea el estipendio como prostituta de
lujo. Debe suponerse que no es una chica cool, que es zafia, vulgar,
estridente. Digo debe suponerse porque Sarita es Sarita y su divinidad puede
ponerse en juego, pero no mucho. El grupo joven y moderno de Jorge Artigas
(Patrick Bauchau) sí es cool, rico, y se pretende desvergonzado, audaz, libre y
superior al resto. Jóvenes, bah. Los amigos de Jorge lo desafían a que
“enamore” a Violeta. Cuando Jorge crea que lo ha logrado, pondrán micrófonos en
el departamento y grabarán las conversaciones y los ruidos del amor como
prueba. Si creen que espiar con adelantos técnicos y las técnicas de los
reality shows son artilugios más o menos novedosos, les insisto que esta
película es de ¡1968! Volviendo a lo que nos ocupa, no hay que ser muy
perspicaz para anticipar que se trata de una reversión del cazador cazado o
sea, ya que estamos entre dichos, ir por lana y volver trasquilado. Sarita hace
su show y Azcona el suyo, pone aquí y allá detalles que enrarecen la atmósfera
deliciosamente y que hacen que el paseo por la Tuset Street valga la pena. Con creces.
Con Varietés
(1971) Juan Antonio Bardem reformula su película de 1954, Cómicos, que es en blanco y negro y muy dramática. Varietés es en colores y con mucho
humor. En Cómicos, una actriz ve
pasar la juventud en una compañía itinerante de teatro a la espera de que la
actriz principal se retire y ella pase a hacer los papeles que por edad le
corresponden y de los que, por supuesto, se ocupa la “veterana”, que funge lozanía
aumentando las capas de maquillaje. En Varietés
Sarita es Ana Marqués, una media vedette en una compañía de variedades en
perpetua gira por provincias y como su tocaya Ana Ruíz de Cómicos espera y desespera a que la eterna vedette se retire.
Mientras sabemos si logra encabezar por fin la compañía, hay amores
encontrados, furtivos y correspondidos. Y Bardem “moderniza” su vieja obra a la
vez que homenajea a una forma teatral en su ocaso, por 1971, el teatro de
variedades estaba camino al geriátrico del que ya no emergería. Como la carrera
de Sarita, esta sería su penúltima película, haría una más en el 74, Cinco almohadas para una noche de Pedro
Lazaga y se retiraría a los 46 años, volvería brevemente al cine en 2012 con
una participación especial como ella misma. Lo que es la vida, hoy nadie se
retira a los cuarenta y pico. Y menos que menos es “viejo”.
Gustavo Monteros
viernes, 10 de junio de 2022
Programa doble: My dinner with André - My dinner with Hervé
Al momento de su estreno, My dinner with André (Louis Malle, 1981) fue una de las películas
más malinterpretadas y vilipendiadas de la historia. El título era literal y
abarcaba toda la película. Se abría con un narrador, el actor, autor y director
Wallace Shawn (más conocido por su faceta de actor) que iba camino de su cena
con otro actor, autor y director teatral, André Gregory (más conocido por su
labor como director teatral) Se saludaban, hablaban, cenaban y eso era todo.
Gregory monopolizaba la charla y contaba una crisis creativa que había tenido y
como la había superado haciendo experimentos teatrales en Europa
(principalmente en Polonia), las charlas que tuvo con su mentor, el maestro
Jerzy Grotowski más consideraciones filosóficas sobre la existencia y la vida
contemporánea. Superada la burla con que fue recibida inicialmente, la película
no se olvidó y se instaló en el colectivo cultural como lo que en definitiva
es: un registro histórico de una manera de ver el mundo, según la perspectiva
de dos individuos que se formaron de una determinada manera, que se ganan la
vida con la cultura, que pertenecen a lo que en el marxismo se designaría como
la burguesía ilustrada. Son dos personas integradas, formadas, informadas,
elocuentes, sensibles. Lo que charlan puede que no sea del interés de todos,
del mismo modo que una charla sobre las matemáticas aplicadas o las técnicas
pugilísticas no sean para todos los paladares. Es una película muy específica
para quienes tengan interés o curiosidad sobre cómo se analizaba la vida y el
hecho teatral a fines del siglo XX.
Mi
cena con André no solo fue motivo de sketches satíricos,
sino que se erigió como una influencia insoslayable para los documentalistas y
quien sabe, quizás hasta lo que después se conoció como reality shows. Su
importancia es tal que determinó el título de la segunda película de la que
hablaremos. Si tenemos un nombre en francés con acento en la segunda vocal,
llamémosla pues Mi cena con.
En Mi cena con
Hervé (Sacha Gervasi, 2018), la cena no se ve, la interacción entre sus dos
protagonistas, el periodista Danny Tate (Jamie Dornan) y la estrella televisiva
de la serie Fantasy Island (La isla de la fantasía, 1977-1984) Hervé
Villechaize (Peter Dinklage) comienza cuando la cena ha terminado, pero tiene muchos otros personajes,
escenarios y vicisitudes. No es una charla sobre temas varios sino el recuento,
a lo largo de toda una noche, por distintos derroteros, del fracaso de una
carrera actoral que supo tener un éxito refulgente. Hervé vive a la sombra de
su fama, ganada por la participación en una película de James Bond, encarnado
por Roger Moore, y de la aceptación popular de su personaje icónico, el
anfitrión Tattoo en la paradisíaca isla de la célebre serie. Si como dice el
tango, la fama es puro cuento, no es menos cierto que la fama no es para todos
o que no todos están preparados para enfrentarla y gozarla. El error más común
de creerla compensación de lo que no tuvo y se considera debido es craso y
fatal. Aquí el atractivo crece porque el personaje del periodista no es solo un
receptor de confesiones inéditas, sino que arrastra un presente desafiante y
doloroso. Por suerte My dinner with Hervé
le escapa a la típica lamentación plañidera de
mírenme-como-sufro-por-ser-artista y presenta experiencias con las que es
posible identificarse, incluso aquellos a los que la fama nunca los desveló. Dinklage
y Dornan dan actuaciones para la ovación.
Dos cenas como la fiesta aquella de Peter Sellers y Blake
Edwards: inolvidables.
Gustavo Monteros























