sábado, 29 de octubre de 2011

Los tres mosqueteros en 3D



No necesitamos otro héroe, cantaba Tina Turner al final de Mad Max III. La afirmación era irónica, casi no habría cine sin héroes. Ahora bien, hablando de necesidades y de héroes. ¿Quién necesita otra versión de Los tres mosqueteros? Nadie salvo los productores que necesitan alimentar el 3D antes de que el público se harte de los anteojitos o se dé cuenta de que es un cazabobos de circo o de parque de diversiones tan magnético como la mujer barbuda. ¿Cuántas veces puede seducirse al público con la mujer barbuda? Ya hartaron una vez con el 3D y es cuestión de tiempo antes de que harten otra vez. Mientras tanto a explotar la supuesta novedad. La Disney que es capaz de vender los cubitos de la criogenia de su fundador con tal de ganar otro dólar, hace un par de semanas relanzó El rey león en 3D y en cualquier momento relanzan Blancanieves para que podamos ver los enanitos en volumen o el volumen de los enanitos. ¡Qué genial! Productores de la Argentina, ¿para cuándo la versión 3D de La guerra gaucha, La Patagonia rebelde o Los bañeros más locos del mundo? Aunque pensándolo bien, Isabel Sarli en 3D debe ser todo un espectáculo.

Toda esta perorata es para decir que el único y muy módico encanto de los nuevos tres mosqueteros es la parte final de su título o sea el bendito 3D. Todo, desde el mapa con edificios para ilustrar los recorridos hasta los anacronismos o actualizaciones están pensadas para lucir el 3D. Aunque, claro, los aspectos no escenográficos no lucen bien ni en 2D, 3D o 4J. El guión gana el premio a la peor adaptación de la novela de Dumas. Es elemental, ramplón, torpe. No enoja porque es tan tonto que da lástima. Los personajes, para seguir con el juego de las D, están reducidos a 1D. Son como las siluetitas de los jeroglíficos. D’Artagnan gana el premio (y no es culpa del actor) al peor D’Artagnan de la historia. El poco humor que destila es involuntario, porque el que propone el film es más malo que azotar a Lassie o lanzar a Dakota Fanning por un precipicio (esto último, no se lo digan a nadie, yo lo haría con gusto; sé, sin embargo, que está mal, muy mal, pobre e insoportable Dakota). Si los trucos de Milady de Winter se parecen a los de Matrix no es pura coincidencia, un homenaje o un replanteo superador, no, es un afano a mano armada. Tampoco es casual que haya un look Piratas del Caribe, no, es la deliberada y poco imaginativa decisión de darle al público algo que conoce, no sea cosa de que se desoriente o tenga que descifrar una nueva estética. Pero, contra todo pronóstico, las actualizaciones no me molestaron tanto. Tanto, remarco. Hay un prólogo en una bóveda inventada por Da Vinci (y sí, vampiricemos a El código Da Vinci, después de todo es una novela y una película que conocen hasta las piedras del camino). Y hay una nave aérea que es mezcla de barco y zeppelín. Creo que este artefacto no me molestó porque cuando hace su entrada, estaba tan aburrido que así hubiera entrado una nave extraterrestre con ET incluido me hubiera parecido bien.

El elenco hace lo que puede, que es muy poco de todos modos ante un guión tan pobre y una dirección empeñada en los efectos. Christoph Waltz (Richelieu), Mads Mikkelsen (Rochefort) y Orlando Bloom (Buchingham) procuran sobreactuar para darles un poco de espesor 3D a sus personajes. De Logan Lerman (D’Artagnan), Luke Evans (Aramis), Ray Stevenson (Porthos), Freddie Fox (Luis XIII), Gabriela Wilde (Constance), Juno Temple (la reina) y James Corden (Planchet) mejor ni hablar, aunque, insisto, no es culpa de ellos. Y con mucha buena voluntad, mucha, mucha, podríamos decir que Matthew Macfadyen (Athos) (que fuera el inolvidable Mr Darcy de Orgullo y prejuicio) y Milla Jovovich (Milady de Winter), (que fuera la inolvidable Leeloo de El quinto elemento) dan algo parecido a una actuación, lo que en el contexto no es decir mucho.

Dirigió Paul W. S, Anderson, cuyo máximo mérito cinematográfico es ser esposo en la vida de real de Milla Jovovich. Al menos algo tiene indiscutible, su buen gusto para las esposas.

Ah, como corresponde, la historia de Milady de Winter queda inconclusa y abierta para la consabida venganza. ¿Todavía estará de moda el 3D cuando la hagan? Ojalá que no.


Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 22 de octubre de 2011

Aquel martes después de Navidad



Hace un tiempo ya, tomábamos café con una amiga. ¿Qué estás escribiendo ahora?, me dijo de pronto. Una obra sobre adúlteros, contesté. ¡Qué plomo!, comentó, el adulterio ya pasó, es un tema agotado. Sonreímos y cambiamos de tema. No le dije que para mí no lo era, que las relaciones familiares de todo tipo y color, las relaciones de pareja de toda laya, la soledad, el desamor y esas cosas eran como el music hall y la Judy Garland de la Walsh o sea eternos como el sol. Al final, condicionado o no por la respuesta tan tajante de mi amiga, no escribí la obra sobre aquellos adúlteros sino cuatro obritas en un acto sobre infidelidades, traiciones, dobleces y duplicidades varias.

Ahora, el rumano Radu Muntean le da un tratamiento radicalizado al tema. En un reportaje, a la pregunta de qué tema le interesaba abordar en Aquel martes después de Navidad, contestó: La historia de un hombre enamorado de dos mujeres. Con mis coguionistas nos propusimos contar una situación que no es la que los clichés habituales describen. No es que el protagonista, que está casado, tenga una amante: se enamora de otra mujer. Ese es su conflicto. Tampoco que esté harto de su esposa, que ya no la quiera, que le parezca que se puso gorda o vieja, que la relación entre ellos esté acabada. Nada de todo eso. Lo que sucede es que su relación con Raluca es más apasionada que la que tiene con la esposa. Pero eso no quiere decir que haya dejado de querer a Adriana. Tampoco es que él pretenda engañar a la amante con la mentira de que se va a separar de la esposa e irse con ella. La amante tampoco lo presiona para que lo haga. O sea que no hay ninguno de los clichés habituales.

A confesión de partes, relevo de pruebas. Sólo resta concluir que logró con creces lo que se propuso. Más que el melodrama habitual del triángulo esposo-amante-esposa, hay un conmovedor drama ético, que se maneja desde la planificación y la puesta en escena con sumo cuidado para que no prime el punto de vista de alguno de los personajes sobre el de los demás. Eso sumado a una actuación carente de todo artificio y la ausencia de los típicos subrayados musicales nos da la sensación de estar espiando a unos vecinos. No somos manipulados esta vez para ponernos de parte de tal o cual personaje sino que se nos insta a ver el dolor de todos. Y como cuando uno espía, comprendemos que bajo la superficie de lo que vemos hay mucho más que no termina de revelarse.

Mimi Branescu (Paul), Maria Popistasu (Raluca) y Mirela Oprisor (Adriana) nos desarman y conmueven por la naturalidad con la que se manejan. Logran el milagro de no dejarnos ni sospechar que están actuando.

Piensen como mi amiga o no, vean Aquel martes después de Navidad. Radu Muntean nos demuestra que no hay temas agotados sino maneras agotadas de tratar un tema.

Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 15 de octubre de 2011

El árbol de la vida



Haré algo que jamás pensé que haría. Transcribiré una crítica ajena. No por vagancia, desidia o cansancio sino porque creo que describe bastante cabalmente lo que la película es. Después, como corolario, expondré mi humilde opinión.

EL ARBOL DE LA VIDA, DE TERRENCE MALICK, CON BRAD PITT Y SEAN PENN, PALMA DE ORO DEL FESTIVAL DE CANNES
Acerca del origen y el destino de las especies
De una ambición desmesurada, la nueva película del director de La delgada línea roja es una suerte de poema sinfónico-religioso que toma como eje la vida de una arquetípica familia estadounidense de los años ’50 y la pone en perspectiva con una dimensión cósmica.
Por Luciano Monteagudo
7
EL ARBOL DE LA VIDA
The Tree of Life,
Estados Unidos/2011
Dirección y guión: Terrence Malick.
Fotografía: Emmanuel Lubezki.
Música: Alexandre Desplat.
Efectos especiales: Douglas Trumbull.
Diseño de producción: Jack Fisk.
Intérpretes: Brad Pitt, Sean Penn, Jessica Chastain.

Brad Pitt es el padre terrible que, a la manera de Dios, inspira tanto amor como temor. 

En los afiches, al frente del elenco, figuran Brad Pitt y Sean Penn, pero en El árbol de la vida, la estrella es el director, Terrence Malick, y su protagonista es nada menos que el misterio del universo, desde el origen de los tiempos hasta estos días. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos?, son algunas de las preguntas que se hace la nueva película de Malick, un film de una ambición desmesurada, una suerte de poema épico-sinfónico-religioso que toma como eje la vida de una arquetípica familia estadounidense de los años ’50 y la pone en perspectiva con una dimensión cósmica.

Con tantos defensores como detractores desde que en mayo pasado se alzó con la Palma de Oro del Festival de Cannes, The Tree of Life es esa clase de obra en la que el cineasta –para bien o para mal– se asume plenamente como artista. Y más aún, como pensador. En el caso de Malick, eso significa arrogarse la herencia de los llamados “trascendentalistas estadounidenses” (Whitman, Thoreau, Emerson) y su noción de la naturaleza como expresión de la unidad del mundo y de Dios. Y ponerla en crisis con toda una tradición cristiana que se remonta al Antiguo Testamento, al enfrentar la idea de naturaleza contra la de gracia divina.

Esa lucha interior está en el centro de la familia O’Brien, oriunda de la pequeña localidad de Waco, estado de Texas. Padre (Brad Pitt), madre (Jessica Chastein) y tres hijos varones llevan una vida relativamente feliz en una localidad arquetípicamente estadounidense, aunque esa existencia no está exenta de fuertes conflictos internos. Figura brillante pero a la vez severa y autoritaria, el padre impone su ley y su orden en esa casa, donde se escuchan Brahms y Bach y se reza en la mesa antes de empezar la cena. Quien sufre particularmente este peso del padre, esta sombra, es el hijo mayor, Jack, que de adulto –perdido en la gran ciudad, lejos de la Madre Naturaleza– estará encarnado por un cariacontecido Sean Penn.

Hay amor y también odio en esa relación padre-hijo, pero la película –a contramano del cine que suele producir Hollywood– reniega no sólo del realismo, sino de la linealidad del relato. La película va y viene en el tiempo de la manera más libre, al punto de que ni siquiera es necesario establecer si se está frente a ensoñaciones o recuerdos. Y en un gesto de audacia retrocede salvajemente hasta el comienzo del mundo, cuando la Tierra parece estar en formación y las aguas se funden con los magmas de lava y se forman lagos y montañas y los meteoritos sacuden la superficie del planeta.

De ese caos y de esa energía –materializados en la pantalla por Douglas Trumbull, el legendario técnico a cargo de los efectos especiales de 2001: Odisea del espacio, de Kubrick, un film que funciona como referente para Malick– provienen también los O’Brien, parece decir la película, donde la naturaleza está siempre presente como una fuerza creadora eterna. Y está incluso en los momentos más banales de la vida de esa familia, que Malick pinta siempre con una estructura fragmentaria, con trazos aislados, como si lanzara líricos brochazos de sol sobre la pantalla.

El árbol de la vida no siempre puede estar a la altura de semejantes ambiciones y, por momentos, es de una puerilidad absoluta, como cuando se empeña en representar algo así como el alma universal con una especie de abstracción con forma de ameba, que se agita hacia el comienzo y el final del film. Otras instancias están más logradas, pero resultan redundantes, como cuando en ese viaje hacia la historia pre-humana Malick –gracias a la tecnología digital– parece recorrer en apenas unos minutos la distancia que va de 2001: Odisea del espacio a Jurassic Park, con dinosaurios y todo. Se diría que las cimas y abismos en la creación del mundo que describe el film también los alcanza la película misma, donde el mejor cine también convive con el peor.

La evocación del mundo de la infancia, por ejemplo, no podría ser más perfecta, como si Malick hubiera abrevado en sus propios recuerdos familiares para encontrar allí una suerte de verdad esencial, que es capaz de transmitir con el vuelo lírico de un auténtico poeta. De hecho, y aunque Malick es famoso por el celo con el que guarda su vida privada (no otorga entrevistas desde su primera película, Badlands, en 1973), se sabe que el director pasó su infancia en Texas y que perdió un hermano siendo muy joven, como aquí le sucede al conflictuado Jack O’Brien. (No es una casualidad que sus iniciales remitan al Libro de Job, citado en el prólogo del film.) Pero lo que importa, en todo caso, es la sensorialidad, la manera con que el director consigue despertar en cada espectador sus propios recuerdos, un poco como sucedía también en El espejo (1975, Andrei Tarkovski), otro film que trabajaba a partir de la memoria fragmentada de las experiencias y sentimientos fundantes de la infancia.

Por el contrario, todas aquellas escenas ubicadas en el presente, donde Sean Penn interpreta a Jack de adulto, parecen en comparación torpes, obvias, remanidas, con el personaje poniendo cara de sufrimiento en una jungla de cemento y cristal, perdido en su propia confusión espiritual. Ni qué decir de esa secuencia a orillas del mar, con una estética publicitaria estilo New Age, en la que Jack atraviesa una suerte de portal y se reencuentra con una infinidad de ánimas errantes, entre ellas las de sus padres y hermanos, todos fundidos en un abrazo de amor universal.

Es que El árbol de la vida finalmente es un film estructurado a partir de oposiciones a veces tan tajantes como maniqueas, desde el conflicto religioso entre los conceptos de naturaleza y gracia divina que se manifiesta en el prólogo hasta los contrastes entre padre y padre, infancia y madurez, comienzo y fin. No parece casual entonces que esa lucha se dé también en el corazón mismo de la película, en su contenido tanto como en su forma.

(Publicada el Jueves, 29 de septiembre de 2011 en Página 12)


Sí, coincido en muchos aspectos con lo que se transcribió. Terrence Malick (Malas tierras, Días de gloria, La delgada línea roja, El nuevo mundo)  que se ponía fichas como artista, se asume como tal. Y ¿eso qué corno significa? Lanzarse a la propia interioridad, bucear en ella y sin ninguna concesión hacia el público, expresar el mundo propio, con la convicción de que lo surja, personal e intransferible será, sin embargo, relevante y significativo para el resto de los mortales. Grandes artistas que en el mundo han sido: Bergman, Fellini, Kurosawa, Billy Wilder no se asumieron como tales, nunca prescindieron del público y prefirieron que el tiempo que se mide en historia les dijera si lo habían sido o no, y en vida gozaron de laureles y homenajes. Otros, Goddard, Pasolini, Antonioni, Kubrick se asumieron como artistas y lograron resultados dispares. En la plástica, asumirse como artista es el único camino, pero en las disciplinas de representación (cine, teatro) puede ser suicida, o lo que es peor masturbatorio.

Pero ¿cómo le fue a Malick? No sale mal parado, pero tampoco se sostiene con firmeza. El árbol de la vida es una experiencia única que puede ser vista como una genialidad o como una auténtica bosta. En mi caso, pasé por ambas percepciones alternativamente. Cuando se concentra en la familia, en la relación amor odio entre padre e hijo, en el pasaje de la niñez a la adolescencia, el film respira plenitud y talento; pero cuando le agarra el ataque metafísico que se traduce en una especie de documental National Geographic me pareció insoportable, aburridísimo, larguísimo, agobiantemente absurdo. El ataque más New Age, la parte que le corresponde a Sean Penn, me resulto más soportable, pero de una obviedad y superficialidad preocupantes, sobre todo en alguien que se autoerige en filósofo de la imagen.

Actoralmente, a Jessica Chastein le va mejor, tiene algo para hacer y lo hace muy bien. Brad Pitt da una buena actuación, quizá porque el modo oblicuo, tangencial que elige Malick para filmarlo le conviene a su más que limitado talento. Y como mi maldad no tiene límites, me indispondré con sus admiradoras y diré que por momentos se le nota mucho el bótox, el colágeno o lo que sea que se use para inflar mofletes y borrar arrugas. El pobre Sean Penn, al que le toca la parte simbólica deambula con cara de santo que se le pasó el día.

En definitiva, una película atípica a la que hay que ir advertido. Esperamos haber sido útiles.

Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 8 de octubre de 2011

Pina 3D


Pina es una película que casi no fue. Durante veinte años, Win Wenders y Pina Bausch hablaron de hacer un film juntos. Cuando Wenders decide que el proyecto sería una buena oportunidad para que él experimente con el 3D, al que consideraba un fenómeno de feria (sic) (sí, Win, el 3D es un truco berreta de parque de diversiones) y está todo listo para empezar, Pina muere. Wenders decide suspender el proyecto, pero los bailarines lo convencen que no. El film que iba a ser una celebración de las coreografías de Pina pasa a ser un homenaje para Pina (sic, otra vez).

Pina es un documental estructurado sobre fragmentos de la obra de Pina, recuerdos de sus bailarines y escenas de archivo con la coreógrafa. Lo mejor, la escenificación de las distintas piezas; el resto, muy discutible. Que las coreografías no estén completas da un pantallazo más abarcador a la obra, pero les resta emoción y las reduce a un puro esteticismo. La parte documental luce muy “armadita”; los bailarines enfrentan la cámara en silencio y en off se oye lo que dicen, todo muy panegírico, nada que ilumine el trabajo o la relación que tenían con ella, la glorifican, la santifican, la endiosan; parece que nunca los agotó, los sacó de quicio, los incomodó. No es que esperara chusmajes o broncas, sino algo que le diera espesor humano a Pina, la dinámica de una relación más terrestre. Para airear lo teatral, de tanto en tanto se les pide a los bailarines que expresen en un movimiento, una imagen o un trazo coreográfico lo que Pina representa para ellos y eligen o son puestos “casualmente” en escenarios en los que el 3D queda más “bonito”. Y, perdón, pero la insistencia con el tren aéreo parece querer vendernos turísticamente la ciudad. Y, perdón, otra vez, pero una de las escenas en el cruce de calles parece una propaganda de MacDonald’s, la gran M es el único cartel visible y el ojo se va hacia él una y otra vez, además cuando hay un cambio de plano, el cartel persiste, espero que les hayan regalado algunas hamburguesas. Respecto a la secuenciación de las coreografías, Wenders no da siempre en tecla. Editar algo que está pensado para verse por completo y elegir con la cámara un punto de vista es siempre un riesgo, porque puede darse la sensación de que lo que quedó afuera es más relevante que lo que se muestra. Y la inclusión del material de archivo es poco feliz, en vez de conmover crea un frío distanciamiento. Wenders declaró que en un principio pensó en poner sólo danza, pero que prefirió lo que ahora vemos. No sé, creo que la imagen pura hubiera sido mejor. De todos modos, la obra de Bausch, aunque fragmentada es muy bella y compensa lo demás.

Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 1 de octubre de 2011

Vaquero



Si pudieran oír los pensamientos de Julián (Juan Minujin), quizá no lo meterían preso ni lo internarían en un psiquiátrico, pero sin duda tendría que dar unas cuantas explicaciones. Y si pudiera expresar aunque más no sea un poco de lo que piensa, por ejemplo decirle a su padre (Daniel Fanego) que se la pasa elogiando a sus compañeros y nunca a él, y a su colega de filmación (Leonardo Sbaraglia) que lo admira y que lo envidia, sus neurosis no desaparecerían, pero al menos pasaría de ser un rey de los neuróticos a un neurótico vasallo, (en algunos casos la pérdida de privilegios es una bendición).

Aunque no lo parezca por lo que acabamos de decir, a Julian Lamar no la va nada mal. Es un actor profesional en ascenso con trabajo en teatro y cine, la familia lo quiere y lo apoya, pero el pobre no puede disfrutar de su presente porque tiene la cabeza quemada por la obsesión de estar en un lugar en el que por ahora no está, un sitio de más éxito, prestigio y reconocimiento. Por fuera es un tipo amable, bastante integrado, pero por dentro maneja un furia visceral que vuelca contra el que se le ponga a tiro y, principalmente, por una cuestión de cercanía, contra él mismo.

Ese contraste entre el monólogo interior que oímos y el afuera que vemos estructura la película. La neurosis galopante que padece le impide establecer vínculos afectivos, una sexualidad plena y capitalizar sus logros profesionales.

Hay una observación pormenorizada del mundo de los actores, donde las inseguridades, las vanidades, las envidias, y las ambiciones pueden que se  patenticen más, pero que no son exclusivas de los mismos y ahí radica la relevancia de la película, donde la pintura del mundillo propio se vuelve universal.

El personaje no es ningún bastión de simpatía, pero es imposible no empatizar con él. Sus impulsos autodestructivos serán feroces, pero el patetismo que despierta es conmovedor.

Esta opera prima de Juan Minujín denota que es la obra de un actor. El elenco que se completa con Guillermo Arengo, Esmeralda Mitre, Esteban Lamothe, Sergio Pángaro y Julieta Vallina, aparte de los ya mencionados, está perfecto. Mención especial para Pilar Gamboa, sensible y deliciosa. Y Minujín, el gran protagonista de Un año sin amor y Zenitram, como actor es hipnótico.

Una muy buena película argentina que desnuda la trastienda de los actores y que ilumina conductas tan equivocadas como humanas.

Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 24 de septiembre de 2011

Juan y Eva



Esta vez comenzaremos por el final: Juan y Eva de Paula de Luque es una buena película. Ayuda, y no poco, a consolidar sus méritos el haber elegido un período acotado para contar la historia. El film va desde el terremoto de San Juan, el 15 de enero de 1944, al 17 de octubre de 1945. Eso le permite profundizar aspectos y circunstancias que otras películas dan por sentado o repasan a vuelo de cóndor, y nos da la oportunidad de atisbar cómo nació, creció y fructificó la historia de amor entre estos dos personajes históricos. Íntima, como toda historia de amor, y pública, porque la relación entre el secretario de trabajo del gobierno de facto del general Ramírez y una actriz en ascenso no podía pasar desapercibida. Eufemismo para el rechazo que algunos cuadros militares sentían, Perón en un tramo del film dirá: Dígale a esos tipos que le mandan a hablarme que la bragueta me la prendo yo.

La evidente simpatía que la directora y guionista siente por los personajes no le nubla la vista para resaltar aristas poco halagüeñas que evidencian sus personalidades. Se equivoca el que quiera ver que hay aquí un retrato idealizado. No pormenorizo porque los detalles hacen a la gracia o al placer de ver la película. Pero los dobleces y máculas son evidentes, están bien a la vista.

El guión, salvo la primera cena que comparten en la que hay un exceso verborraico, es elocuente y fluido. La primera parte está narrada con maestría y la última tiene la fuerza necesaria, pero por el medio hay una caída de ritmo que tiene más que ver con la dirección que con el guión. Hay decisiones estéticas acertadísimas como la de los dos números musicales (la gran Karina K como una apasionada cancionista en el recital a beneficio de las víctimas del terremoto en el Luna Park, y Carlos Casella como el cantante del cabaret), los ambientes claustrofóbicos en que crece el romance,  y otros muy discutibles, como el abuso del cigarrillo; sí, lo muestran las películas de la época, la gente fumaba mucho, pero aquí los personajes fuman más que Humphrey Bogart en todas sus películas juntas. Dicho así parece exagerado, pero hay momentos en que tanto cigarrillo distrae de la acción principal. Y salvo la protagonista, las demás actrices tienen un corte de cara muy parecido, lo que a veces dificulta identificar a sus personajes. Puede que esto sólo sea problema mío, pero como me pasó, lo cuento. Juro que estaba descansado y atento cuando la vi. Y, lamento decirlo, la música es francamente fea.

Julieta Díaz está muy bien y aprovecha la ventaja de tener que interpretar a Eva cuando todavía no es Evita, lo que le permite apartarse de la paradigmática, magistral e insuperable encarnación de Esther Goris en la película de Desanzo.  Pero el film, sin duda, marca la consagración de Osmar Núñez como un gran actor y protagonista. Su Perón es magnífico por donde se lo mire. También se luce y mucho Fernán Mirás, tiene un par de escenas inolvidables. Y Alfredo Casero le da a Braden un bienvenido y sutil toque pintoresco.

Ratificamos, entonces, el inicio de esta crónica. Juan y Eva es un film bueno y valioso que ilumina un hueco hasta hoy no explorado por el cine: la historia de amor detrás de la foto icónica de la gala del Colón con Perón de impecable uniforme y Eva con el strapless blanco.


Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 17 de septiembre de 2011

Paul



Simon Pegg es un cómico inglés tan talentoso como completo. No sólo actúa como los dioses sino que ha firmado los guiones de sus películas más personales entre las conocidas por estos lugares. En la fabulosa Muertos de risa (Shaun of the dead )(2004) se ríe de los films de zombies. En Arma fatal (Hot fuzz) (2007), mi favorita hasta la fecha, se burla de los policiales estilo Arma mortal, Duro de matar y hasta de los ambientes cerrados plagados de asesinos de Agatha Christie. En Corre, gordo, corre (2007) se divierte a lo grande a expensas de la comedia romántica. Como se ve, al hombre le gusta la parodia, pero se diferencia de la escuela de ¿Dónde está el piloto? (la saga de La pistola desnuda, Scary movie, etc.) y se acerca a algunos de los mejores films de Mel Brooks (El joven Frankenstein, La última locura del Dr. Mel Brooks, Los productores) porque elige desarrollar una historia antes que supeditarse a gags sueltos o a diálogos brillantes pero deshilvanados. Prefiere ceñirse a personajes bien armados que caen en situaciones que van corriéndose de lo real y se expanden en el absurdo; privilegia historia, personajes y situaciones antes que un efecto cómico gratuito; persigue la sonrisa constante antes que la carcajada ocasional, que también llega, pero como consecuencia natural, por acumulación, explosión o desenlace lógico.

En Paul, escrita en conjunto con su co-equiper actoral de Shaun of the dead y Hot fuzz, el gordito Nick Frost, le ha tocado el turno a los films con alienígenas. Dos amigos ingleses (Pegg y Frost) llegan a los EEUU para una convención de cómics de ciencia ficción y afines, y se embarcan luego en un itinerario que deambula por los lugares míticos de encuentros de extraterrestres y esas cosas. Se chocan con Paul, un alienígena que huye de la NASA y que debe ir al encuentro de una nave que lo devolverá a su mundo de origen. Paul, que fuera asesor de Spielberg para ET (se oye la voz del vero Steven en una conversación telefónica; Nick Frost, fana de verdad del cine de ciencia ficción confesó que casi muere de la emoción cuando conoció a Spielberg), no se parece en nada al personaje de ET. Es cínico, bebe como un cosaco, fuma más que Humphrey Bogart (en su caso, no sólo cigarrillos de tabaco ya que también lo pierden los porros) y es un experto en malas palabras. Los dos ingleses y el alienígena conocerán a una fanática religiosa que usa una remera inolvidable y serán perseguidos por un trío de hombres trajeados que se las traen.

En consonancia con los modelos elegidos, Shaun of the dead y Hot fuzz son ácidas y chirriantes, pero Corre, gordo, corre y Paul son más tiernas y hasta ingenuas. Paul divierte de punta a punta y hasta regala algunos momentos altamente gozosos. Maneja varios running jokes (chistes continuos con variación de reacciones) desopilantes, en especial, el de la cubierta del libro de historietas que hizo el gordito, el del autor que adoran, pero que casi nadie conoce, y el de que todos los toman por una pareja gay.

Las películas con cómicos exigen prerrequisitos para su completo disfrute: que se guste del cómico en cuestión, que se acepte su estilo (no es lo mismo Jacques Tati que Olmedo), y que se esté dispuesto a entregarse al juego que proponen y a las convenciones y características del género. Uno no debe sentarse a ver una película cómica con la misma actitud y expectativa que enfrentamos un film de Bergman. Perdonen si lo que digo les parece de una obviedad supina que los insulta, pero conozco espectadores y críticos que se olvidan de esta premisa básica, y se sentaron a ver La pistola desnuda como si estuvieran por ver un Visconti. Por algo hay dos caretas representando al teatro, la de la risa y el llanto; usar los mismos parámetros para analizar un bufón y a un trágico es como pretender que es único lo que es doble. Ya demasiado castigo tienen los cómicos con ser ignorados en las premiaciones como para encima cargar con el equívoco crítico de que deben hacernos reír con las prolijidades del drama épico.

En resumen, una de risa, muy pero muy buena.


Un abrazo, Gustavo Monteros

Invasión a la privacidad



Juliet (Hilary Swank) es una cirujana que cose corazones destrozados a cuchillazos con la misma destreza con que mi mamá zurcía medias, o sea es una chica moderna y profesional. Duerme en un hotel porque descubrió a Jack, su media naranja (Lee Pace) en su propia cama con otra. Jack se disculpará después diciendo que se sentía dejado de lado, y… la modernidad es así, ahora son los hombres los que se sienten relegados. Como la pobre Juliet no puede dormir en un hotel por tiempo indeterminado está buscando departamento. Y ya se sabe, hallar departamento en Nueva York es más difícil que hallar una virgen en una orgía. Le muestran pocilgas con camas empotradas y ventanas que dan a muros ciegos y le dicen que son comodísimas y con grandes vistas; y encima le quieren cobrar un ojo de la cara, cosa que no puede dar porque es cirujana. Como puso un cartelito en el hospital diciendo que busca departamento, recibe una llamada ofreciéndole uno. Lo va a ver, y es un tremendo piso, grande como Versalles, amplio como la cintura cósmica del Sur, con una arrebatadora vista de tarjeta postal, y barato como una liquidación. El dueño (Jeffrey Dean Morgan) es apocado, sensible, un poquito desencajado y algo encantador… como Norman Bates, pero de cuarta. El muchacho le dice a la chica que es barato porque es ruidoso ya que pasa un traqueteante tren a toda hora y tiene mala recepción para los celulares. Y como en el afiche, el muchacho la está agarrando del cogote a la chica, uno supone que el ruido del tren ahogará sus gritos y que no le andará el celular cuando más lo necesite. Para colmo de males, en el departamento de al lado vive el abuelo del muchacho, Christopher Lee, que en la vida real es más bueno que Lassie y que mata de amor a las actrices recitándoles dulces poesías románticas, pero que en la pantalla es más malo que jerarca del FMI; entonces uno supone que jugarán con la ambivalencia que el viejo Christopher puede crear y que no sabremos si en el momento culminante ayudará a la chica o contribuirá a que la despanzurren. Error, error, error. El tren no ahogará ningún grito, el celular funcionará de lo más bien y el viejo Christopher tendrá tanta relevancia como un cactus en sala de espera. Y no porque quieran revolucionar el género creando expectativas falsas, no, quieren respetar todas las convenciones y los lugares comunes, pero no saben cómo hacerlo. El guión es tan malo que parece escrito por alguien que vive en Alaska, vio muy pocas películas e hizo un curso por correspondencia y perdió las últimas clases por una huelga de carteros. Y el director, el finlandés Antti Jokinen, parece no dominar mucho el inglés y no hacerse entender muy bien. Preferimos darle ese beneficio de duda a decir que es un inútil que no puede ni dirigir una fiesta escolar.

Invasión a la privacidad es un intento muy fallido de resucitar el subgénero paranoico que hacía furor a principio de los noventa, el del enemigo cercano, el del peligro al otro lado de la puerta del living, el de los locatarios locos como Michael Keaton que hacía la vida imposible de Melanie Griffith y Matthew Modine en El inquilino o el de la compañera de departamento desquiciada, Jennifer Jason Leigh, que desbarataba la vida de la pobre Bridget Fonda en Mujer soltera busca, etc. etc. etc. Sorry, muchachos, el subgénero se agotó porque aburrieron. La vida no te deparará vecinos que te dan la bienvenida con el pastel, pero tampoco hay un psicópata talentoso por cada ciudadano paga- impuestos-integrado.

Sorprende que con tanta película interesante que podría venderse muy bien y que pasa directamente al DVD sin recalar en los cines, se estrene esta bazofia sin remedio. Azares de la muy azarosa distribución cinematográfica, una ratificación más de que los yanquis están del bonete.


Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 9 de septiembre de 2011

Habemus Papam



No es mi intención ofender a sus seguidores, pero si he de ser sincero, debo confesar que el cine de Moretti no me va ni me viene. Lo conocí en los ochenta en un ciclo de cine italiano inédito en la Argentina, e incluso en esas primeras películas se evidenciaba una característica que se convertiría en su marca de fábrica: un narcisismo militante. Me resulta inútil dialogar con un narcisista, (es mi falencia), porque no pretende otra cosa que le demos la razón por adorarse y nos convirtamos en sus satélites. Prefiero cruzar de vereda y seguir mi camino. De allí que dejé de ver las películas de Moretti sin que se me moviera un pelo y sin sentir que perdía nada importante. Pero esta película me atrajo desde que supe de su existencia. Primero, por su título. Habemus Papam, junto con Quo vadis, Ubi sunt, In media res y alguna que otra frase que no me viene a la mente en este instante, es el poco latín que sé, pero que uso y abuso para chistes cotidianos tontos. Puedo decir, por ejemplo, Esta noche habemus pizza… Y bueno, con algo hay que divertirse. Volviendo a la película, después, cuando me enteré de qué iba, me atrajo más aún. Coincido a pie juntillas con la teoría de un amigo que dice que no hay nada más apasionante que las historias en que alguien dice que no a una cosa por la que otros asesinarían a sus madres. Y si se arrancó de monaguillo, se pasó por cura, obispo y se llegó a cardenal es lógico suponer que alguna vez se fantaseó con ser Papa, pero a Melville (Michel Piccoli) ni se le cruzó por la cabeza. Mientras los favoritos rezan para que no los elijan, él fuma bajo el agua, se sabe muy de perfil bajo. Pero no van y lo eligen. Azorado, presionado por la danza roja de prelados aliviados, contesta que sí, cuando le preguntan, después de la votación, si acepta ser Papa. Pero cuando le dan las ropas del oficio y van a sacarlo al balcón para que se presente, le agarra tal pánico que hasta hay que recurrir a lo impensable, un psicoanalista (Nanni Moretti). Y hasta ahí cuento, sin revelar demasiado porque son sólo los primeros cinco minutos.

Habemus Papam es una comedia inclasificable. Es satírica pero tierna. Es sencilla pero densa. Lineal pero compleja. Y no tengo un ataque de oxímoron compulsivo. Para acceder a alguna pretensión de claridad, concluiré que es misteriosa en su aparente simplicidad. ¿Acaso nos dice como Shakespeare y Calderón de la Barca que el poder es sólo una ilusión sostenida por rituales, y que la vida no es sino una representación? ¿No ya un “cuento contado por un idiota” sino una obra conocida representada por un actor desquiciado que sabe todos los parlamentos? ¿Insinúa acaso que el psicoanálisis no es sino teorías muy creativas que satisfacen la angustia de lo que nunca llegaremos a conocer o sea nosotros mismos, nuestras elecciones y nuestros caminos? ¿Cuando el curita dice, en medio del torneo de vóley,  que el psicoanalista ateo no irá al infierno porque es un lugar desierto, acaso nos quiere decir que muchas cosas no son como se han supuesto? ¿Hay un paralelismo entre el papa reacio y el psicoanalista exitoso, dos perdedores disfrazados de ganadores? ¿Es casual que la obra que ve el Papa sea La gaviota de Anton Chejov, autor incomprendido por excelencia porque escribió comedias que todo el mundo vio como dramas tremendos? ¿Acaso lo más revolucionario que se puede hacer en estos tiempos es decir “no sé”, como el experto que en la tele reconoce no tener ni idea de qué corno está hablando? ¿Hay incorrección política mayor que no imitar a Cristo, porque si éste pedía fuerza para soportar el sufrimiento deparado por su destino redentor, este hombre pide fuerza para apartarse de un destino de grandeza? Son sólo algunos de los interrogantes que despierta este entramado simple y conmovedor que pergeña Moretti.

Piccoli está supremo en su Papa fugitivo y Moretti, dicen los que lo han seguido que siempre se interpreta a sí mismo, será así, no podemos rebatir lo que desconocemos, pero aquí está simpatiquísimo en su psicoanalista locuaz, altamente italiano.

Y sí, lo han dicho todos, pero ¡cómo no mencionarlo!, en una escena clave se oye a la Negra Sosa cantar Todo cambia y se nos eriza de emoción hasta el último pelo de ya saben dónde.

Habemus Papam no me reconcilia con el cine de Moretti, pero sería un necio si no reconociera que disfruté cada segundo de esta película madura, serena, segura, diestra, elocuente, elegante. Sin lugar a dudas, una de las mejores películas que veremos este año.


Un abrazo, Gustavo Monteros

Sin límites



Yo iba a verla tarde o temprano, porque está De Niro, y por una ley personal que obedezco a rajatablas veo todo, pero todo, todo, todo, lo que hace De Niro. Taxi driver, El francotirador, El toro salvaje, New York, New York, El rey de la comedia, Érase una vez en América, Buenos muchachos, Casino, Mad dog y Gloria y La familia de mi novia 1 me han dado la fe inquebrantable, que me permite jurar sobre 7 Biblias sin que me tiemble el pulso, de que el Tito De Niro es el más grande entre todos los grandes.

Limitless es la típica película pochoclera multitarget y multigénero que Hollywood cocina últimamente con la esperanza de agradar a todos los paladares y que la mayoría de las veces termina en un bodrio indigerible. Arranca como un policial negro, pasa por un leve registro realista, se enrola en la ciencia ficción, atraviesa un momento amoroso, se pierde en las trapisondas de la bolsa y termina en los tejemanejes de la política estadounidense. En algún momento, hay un autor con la inspiración en blanco al que le dan una pildorita que te hace usar toda la capacidad de tu cerebro. El resultado final quizá no sea bueno, pero contra todo pronóstico, la peli interesa y se le perdonan las incongruencias, los saltos de género y un desenlace medio apurado, como si a último momento se hubiera apurado la cocción elevando la temperatura del horno.

Esta película de Neil Burger, conocido por El ilusionista, al margen de ser visible sin daño cerebral permanente, solidifica la carrera de Bradley Cooper, visto en las dos ¿Qué pasó ayer? y en Brigada A. 
El muchacho se revela como un protagonista carismático y un actor de recursos de noble cuño. Y De Niro, ¿quién podría negarlo?, hasta en estado de sonambulismo, como se lo acusó por ahí por esta película, es interesante.

Véanla bajo su cuenta y riesgo, Dios me libre y guarde de recomendarla, pero si de algo les sirve mi experiencia, les diré que me entretuvo mucho.


Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 3 de septiembre de 2011

La verdad oculta



Kathryn (Rachel Weisz) es una policía de alma, tanto que hasta pierde la custodia de su hija adolescente por desatender su vida privada. Cuando el pedido de traslado falla, el jefe la anoticia de un puesto en Bosnia como agente de paz. Hacia allá parte la pequeña y no tarda en hacerse notar. Por su sexo termina ocupándose primordialmente de los casos de violencia de género. Y no va y se topa con una red de explotación sexual. Pareciera que involucra a unos cuantos oficiales corruptos, pero no, la organización se enraíza en esferas más altas, incluso de la ONU, oops! ¿Cuándo frenar? ¿Hasta dónde llevar la denuncia? Nunca y tan lejos como se pueda porque es una policía de alma y porque las víctimas no son sólo prostituidas y explotadas sino que torturadas física y emocionalmente, laceradas y a la postre, asesinadas.

La verdad oculta es un drama de denuncia basado en hechos reales. Los dramas de denuncia suelen pecar de ingenuos. Alientan la fantasía de que con un poco de voluntarismo y un mínimo de heroísmo pueden desarmarse tremendas trapisondas de reverendos sátrapas (Erin Brockovich) Sí, sí, contamela. La verdad oculta no cae en esos desatinos. La victoria es pírrica, el hilo se corta por lo más delgado, caen las cabezas de turcos de costumbre y el mundo sigue andando.

Rachel Weisz se pinta sola para el papel, tiene la mezcla ideal de fortaleza y sensibilidad. Su cara es un prodigio de expresividad y su voz grave y hermosa tiene más matices que un atardecer. ¿Queda claro que la chica me parece el colmo del talento, no?

Esta ópera prima de Larysa Kondracki es tersa, vibrante y muy cruda por momentos. Algunos críticos la acusan de regodearse en lo que critica: el salvajismo con que se trata a las chicas, a las que un cínico personaje llama “putas de guerra”. Histericones, los señores críticos. Si haces una película sobre la trata de personas y mostrás las vejaciones físicas y morales a las que son sometidas, te acusan de sadismo; y si no las mostrás, de no estar a la altura del tema tratado. Activos-pasivos, que le dicen.

Un abrazo, Gustavo Monteros

Un año más



El cine de Mike Leigh es como la vida misma, mire. Sí, se trate de comedia, drama o biografía de músicos victorianos, Mike crea tal sentido de verosimilitud que uno siente que más que ver una ficción, estamos espiando a unos vecinos. Un logro semejante, claro, es tanto propio como de sus actores. Obvio, la bandita de actores que trabaja con Leigh, son de aquellos a los que les tirás un ladrillo y no sólo te devuelven una pelota sino que te hacen 400 goles. También es muy cacareado el método con que trabaja con ellos. Según parece, ensayan como si fueran a presentar una obra de teatro, improvisan mucho, Mike no les cuenta la resolución que tendrán los conflictos de sus personajes (o sea, el final) y no los deja en paz hasta que no saben todos los pelos y señales de sus roles. Ojo, la improvisación se usa, como corresponde, como herramienta, no como técnica actoral. No se verá en sus films, actores divagando para lograr conflicto y personaje y tomando 12 minutos de tu tiempo para resolver una escena que un guionista resuelve en un minuto y medio. No, señor. Por más fluidos y espontáneos que parezcan y aunque incluyan hallazgos de los actores en las improvisaciones, los guiones de Leigh son rigurosos y están milimetrados hasta en su última coma. Si estoy dando la lata es porque quiero subrayar el milagro de Mike, no hacernos dar cuenta que sus películas son tan armadas y calibradas como una obra de Terence Rattigan.

Esta vez, sus personajes vuelven a ser maduros. Deja atrás los juveniles de La felicidad trae buena suerte. Tom (Jim Broadbent) es un ingeniero geológico y Gerri (Ruth Sheen) es consejera en un hospital. Sí, sus nombres pronunciados suenan igual a la pareja de gato y ratón, los queridos Tom y Jerry. Conforman un matrimonio bien avenido, maduro y hasta feliz. Tienen un hijo treintañero, Joe (Oliver Maltman) que les preocupa porque nos consigue pareja. Pero los que de verdad andan “sin rumbo y desesperaos” son los amigos. La de ella, Mary (Lesley Manville) agudiza una crisis psicológica seria durante el paso de las estaciones. Ah, sí, en ésta, Mike usa el artificio de marcar el paso del tiempo del año del título con las estaciones. El de él, Ken (Peter Wight) anda más solo que la una y lo resiente y mucho.  Es que la vida está hecha, la suerte está echada y sólo queda asumir las frustraciones, dejar de rumiar lo que no fue, arrastrar las pérdidas lo mejor posible, hacer tripa corazón, recoger lo que se sembró y vivir lo que queda con la alegría que se pueda conjurar. Lo malo es que tanto Mary, Ken y Janet (Imelda Stauton y me pongo de pie porque la protagonista de Vera Drake no merece menos) una paciente de Gerri, son testarudos y como algunos que tienen problemas serios no aceptan que necesitan ayuda profesional urgente. Agridulce, ¿verdad? Y bueno, no se necesita ser una lumbrera para saber que por más suerte que se tenga, la vida es una de cal y una de arena.

Como en todas las películas de Mike Leigh, no pasan grandes cosas, pero lo que se ve es denso, profundo y atrapante como pocas cosas en el cine. Sus personajes más desprotegidos dan tanto pena como vergüenza ajena. Irradian tanta verdad que mirarlos da cosita, sobre todo cuando se desbarrancan y meten la pata con todo.

Leigh es un observador agudo de las clases medias inglesas, pero su mirada es tan incisiva que, por más circunscriptos que estén, sus personajes se vuelven universales.

Puede que lo descripto les tire la idea de que la peli es tristona y melanco. Puede ser, pero creo que en realidad no lo es. La salida está marcada, el bienestar emocional y quizá hasta la felicidad están a la vuelta de la esquina. Que Mary, Ken o Janet tomen ese sendero o sigan para el lado de los tomates está por verse. Claro, uno sospecha que persistirán en sus trece y eso es lo triste. La eterna zoncera humana.

Con tanta cháchara, puede que no haya sido muy claro, por las dudas lo digo con todas las letras, si les gusta el entretenimiento adulto, Un año más es imperdible.


Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 27 de agosto de 2011

Los amantes



Los amantes (Io sono l’amore o Yo soy el amor, en el original) de Luca Guadagnino es un drama de emancipación en la alta burguesía de Milán. Y sí, no se tarda mucho en deducir que estamos en territorio de Luchino Visconti. Intentar calzarse hoy los zapatos de Visconti, aparte de un anacronismo es todo un atrevimiento. Guadagnino no sale mal parado del brete, pero ni por asomo logra la textura, la densidad y la profundidad del gran maestro. La elegancia puede copiarse, pero el aliento divino es inimitable. De todos modos agrada reencontrarse con esos planos amplios, el empaque operístico y la suntuosidad ampulosa. El escenario elegido es esta vez un palazzo racionalista de los 30. Consigno este detalle porque en este tipo de films, la ambientación es un elemento mayor.

Hay personajes extraordinarios, no en el sentido de excepcionales sino en que no son corrientes; pasiones indómitas, melodramas intensos y todo el glamour que da el dinero. Hay glorificación de los ricos y algún comentario suelto sobre riquezas amasadas por la explotación y la miseria para compensar. Y para que el drama de la emancipación funcione, hay una pormenorizada descripción de que ese ambiente tan poderoso es rígido y asfixiante.

Sólo en un momento Guadagnino se aparta del modelo viscontiano y es para sumergirse en las aguas del David Lean de La hija de Ryan. Es una escena de sexo en la naturaleza. Algunos quedarán deslumbrados, pero, perdón, a mí me pareció una mezcla de National Geographic y Soft porno. Eso sí, me gustaron la larga escena de la fiesta de cumpleaños del patriarca con la se inicia la película y la escena final, muy bien orquestada y musicalizada, pero en la escena que la precede podrían habernos evitado la obviedad del pájaro encerrado que se golpea contra la cúpula.

Sin duda el film no lograría ni la mitad de lo que se propone sin la inestimable ayuda de Tilda Swinton en el protagónico. Es una actriz maravillosa. Está también muy bien, Marisa Berenson. La señora es el colmo de la finura y la aristocracia y trae los ecos imperecederos de las tres joyas del cine por las que paseó: Muerte en Venecia, Cabaret y Barry Lyndon. Y claro, todos sonreímos cuando descubrimos que el hijo del patriarca se llama Tancredi, como el personaje de Alain Delon en El gatopardo.

En definitiva, una película que a algunos gustará mucho y a otros dejará indiferentes. Yo, vaya uno a saber por qué, quedé en el medio.


Un abrazo, Gustavo Monteros