viernes, 22 de septiembre de 2023

Programa doble - Hoy: Alma criminal - El jardinero español



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Alma criminal y El jardinero español

 

Entre 1952 y 1956 en el cine inglés de postguerra, el niño actor Jon Whiteley fue una estrella tan popular como efímera. Había nacido en 1945 y con solo 7 años deslumbró al público junto a Dirk Bogarde en Hunted / Alma criminal (Charles Crichton, 1952). Al año siguiente con su compañero, Vincent Winter, que hacía de su hermano menor en The Kidnappers / Los pequeños secuestradores (Philip Leacock, 1953) ganaron incluso un Óscar en miniatura que se entregó por única vez al talento juvenil. En 1955 coprotagonizó Moonfleet / Los contrabandistas de Moonfleet (Fritz Lang, 1955) con Stewart Granger. En 1956, ya con 11 años, se lo vio en sus dos últimas películas, The Weapon / Amanecer incierto (Val Guest/Hal E.Chester) con glorias imperecederas como Lizabeth Scott y Herbert Marshall, más Steve Cochran, de carrera variada, pero de vida más intensa que cualquier película. Y The Spanish Gardener,/ El jardinero español (Philip Leacock, 1956) otra vez, junto a Dirk Bogarde con el que había hecho Hunted. Sí, su primer y última película fueron con el gran Bogarde.

 

En la década del cincuenta, Dirk hizo 26 películas (lo que habla con elocuencia de la pujanza de la industria del cine inglés de aquel tiempo) y años después, en retrospectiva, rescató a Hunted como una de las pocas de las que estaba verdaderamente orgulloso. No le faltaba razón, todavía hoy es de muy buena a excelente. Por sobre todas las cosas, se destaca por su modernidad. En estos tiempos de películas sobre-explicadas, en las que todo se establece como si el público fuera lelo, gagá o de sala azul, al que el engullimiento de tanto pochoclo le ha secado el cerebro, este film confía en la adultez y el discernimiento de la platea. Arranca como un policial clásico (un hombre mata a otro, el asesino en la huida secuestra provisoriamente a un niño, pero cuando lo libera el chico no quiere volver a la casa, porque dice que la ha prendido fuego y no quiere enfrentar el castigo) y deriva al drama de relaciones (el asesino tiene una esposa que se las trae, y el chico es un huérfano con una pareja adoptante que mejor perder que encontrar). Aquí nada se explica del todo, el guionista usa inteligentes puntos suspensivos y el director con encuadres creativos escamotea más datos de los que muestra. Y con esas herramientas más que desinteresarnos nos apasionan. Y cuando llegue el final, pondremos todos nuestros deseos en que sea feliz o algo parecido, aunque quizá diste de serlo. Bogarde dice también que el film tuvo un gran éxito y que terminó de cimentar su sitial de estrella. Por entonces contaba con 31 años y la cámara como hizo siempre, lo ama. Su rostro parejo, pero no del todo agraciado, en los claroscuros del blanco y negro se vuelve apuesto, enigmático y de tortuosa vida interior. Pero el sortilegio no se agota en el romance de la cámara con la estrella, el hombre es un actor de aquellos, un prodigio de sensibilidad y expresividad.

 

El jardinero español, en cambio, se deja ver, pero huele a antigua, a melodrama muy circunscripto al momento en que fue filmado, apegado en extremo a una sociedad conservadora y asfixiantemente pacata. Se basa en un best-seller de A. J. Cronin con un final distinto. De modo que novela y película se bifurcan y pueden verse y leerse alternadamente para decidir qué final es más lógico, más acorde al conflicto planteado o que gusta más. En la película, un diplomático menor es enviado a una comarca española, este señor acaba de ser dejado por su mujer, que se sentía apresada en un amor tiránico y le dejó un hijo de 10 años, que el hombre lleva consigo para educarlo y formarlo (mandarlo a la escuela pública de la vuela ni se le pasa por la cabeza, para la clase social a la que pertenece la única alternativa educativa posible es enviarlo de pupilo a un internado y como no se puede…). En resumen, este señor quiere hacer con el hijo lo mismo que hizo con la madre, someterlo a una convivencia opresiva y sin aire. Pero el chico se relaciona con el jardinero contratado y desata los celos y las paranoias del padre, incentivadas (pisamos aquí el más puro melodrama) por las intrigas de una especie de mayordomo, sinuoso y cruel. El film termina bien, la novela, dicen que no. También comentan que la traslación al cine obvió un claro sustrato homosexual, en la pantalla hijo y jardinero son solo amigos, sin sombras ni sobrentendidos, en la novela hay, según parece, una corriente sexual subterránea que jamás llega a la superficie, pero que existe y que prefigura que el chico será gay. Bogarde nunca tuvo problemas con expresar ambigüedades, de modo que fue más decisión de los productores de asegurar el éxito que de forjar otro antecedente al cine LGBT. Tuvieron razón en alejar el fantasma homosexual, el film fue un éxito de proporciones, que con sugerencias de amores contravencionales a la época quizá no lo habría sido tanto.

 

Fue el último film de Jon Whiteley (que completaría su carrera actoral con dos breves participaciones televisivas en programas muy celebrados por entonces, un policial que en Inglaterra son tan idiosincráticos como el té y una de las centeneres de versiones de Robin Hood, ídem anterior. Hay niños actores que hacen carrera como Natalie Wood o Roddy McDowall, otros se alejan de tablas o reflectores como de la peste. A Jon Whiteley, el fuego sagrado de la actuación se le apagó, si es que alguna vez estuvo prendido, los niños juegan, que es la base imprescindible de actuar. Whiteley se puso a estudiar historia y arte y se doctoró en Oxford, se casó, tuvo dos hijos y fue curador en importantes museos, escribió, además, libros insignes sobre arte, Francia lo hizo caballero de las Artes y las Letras en 2009 y murió a los 75 años en Oxford en 2020. Y aunque siempre habló maravillas de Dirk Bogarde, su película favorita, entre las que hizo, no fueron ninguna de las dos que filmó con él, sino la de Fritz Lang, Los contrabandistas de Moonfleet. (Sé que yo no vengo a cuenta en nada, pero como soy quien esto escribe y el que se tomó la molestia de ver las cinco que hizo, digo sin dudar que mi favorita es Hunted! / Alma criminal) (Tomá, te lo dije)

 

Gustavo Monteros


viernes, 15 de septiembre de 2023

Programa doble - Hoy: La velada más hermosa de mi vida - Un burgués pequeño, pequeño



Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: La velada más hermosa de mi vida – Un burgués pequeño, pequeño

 

En La più bella serata della mia vita / La velada más hermosa de mi vida (Ettore Scola, 1972) Alberto Sordi hace una de sus especialidades, un personaje que es vano, amoral, machirulo. Un tal Alfredo Rossi que anda por Suiza para cobrar un dinero que no se supone muy limpio. Cuando va a depositarlo, el banco ya ha cerrado y debe esperar hasta el día siguiente. En vez de ir al hotel donde se aloja, persigue con su auto a una bella motociclista con la intención de tener un encuentro sexual. Ella lo aleja de la ciudad y lo pierde entre las montañas. El auto se le descompone, pide auxilio y un carro lo deja en una especie de palacio fortificado, propiedad del conde de La Brunetière (Pierre Brasseur), un noble, exabogado de profesión, que viene de una cacería, acompañado de viejos colegas, como el exfiscal Zorn (Michel Simon), el exjuez Dutz (Charles Vanel) y el asesor legal Bouisson (Claude Dauphin). Todos lo invitan a pasar la noche en el castillo mientras le arreglan el auto. Y para que la cena sea más atractiva le proponen un juego, le harán unas preguntas para interiorizarse de su vida y lo juzgarán por algún delito que consideren haya cometido en algún momento de su vida. Alfredo Rossi, encantado de ser el centro de atención, contará más de una indiscreción y les fundamentará a estos viejos leguleyos más de una acusación penal. La cena es pantagruélica, literalmente, en comida y bebida. Y a pesar de los excesos etílicos, Rossi comienza a darse cuenta, de que el juicio no es tan juguetón como se pretende y quizá vaya más en serio de lo que quiere admitir. Esta extrañeza va ganando el ánimo del espectador y uno comienza a dilucidar hasta dónde es un juego, hasta dónde es realidad, si se trata de una comedia que los viejos y aburridos abogados montan para recuperar por un rato los laureles perdidos o si es un proceso legal un poco sui generis, pero formal y de condena firme. Mientras lo dilucidamos, se nos instala la pregunta de qué es en realidad un proceso legal, ¿una representación teatral o una convención ritual para impartir justicia? ¿En qué consiste lo que llamamos justicia? Cuando no se trata de una falta concreta, como el asesinato de alguien, el robo perpetrado o el abuso comprobado, ¿qué se juzga en realidad? ¿La intención, lo que elegimos entender o los prejuicios enquistados? La trama se basa en un relato de Friedrich Dürrenmatt, al que Scola profundiza con maestría para que surja con meridiana claridad la ironía encerrada en el título. ¿La más bella? Hum…

 

En un Un borghese piccolo piccolo / Un burgués pequeño, pequeño, (Mario Monicelli, 1977) Sordi redondea otro tipo de personaje al descrito arriba, aunque es asimismo otra de sus especialidades, un personaje gris, cauto, medroso. Aquí es un tal Giovanni Vivaldi, casado con Amalia (Shelley Winters) y con un hijo veinteañero, Mario (Vincenzo Crocitti) recién recibido de contador. Giovanni trabaja en una dependencia pública que se ocupa de las jubilaciones. Quiere que su hijo entre a una oficina igual a la suya, con un cargo igual al suyo conquistado después de toda una vida de trabajo, aunque en el caso del hijo, por el título universitario no será la culminación de una carrera, sino el inicio de un camino seguro y empinado, porque el Estado nunca se funde. Pero el puesto no se gana por acomodo sino por examen, al que se presentan miles de participantes de todo el país. Aunque para lograr alguna ventaja como asegurarse de que se lo puntee alto o de conocer los temas del examen, Giovanni no duda en chuparle las medias a su jefe, el Dr. Spaziani (Romolo Valli), que le recomienda que se haga masón. Para Giovanni esto transgrede sus creencias católicas de toda la vida, pero no duda ni un instante, para asegurar el futuro de su hijo atravesaría el fuego si fuera necesario. Se lo comprende, pertenecen al estamento más bajo de la clase media. Viven en un departamento chiquito, de una sola habitación, Mario duerme en el living-comedor, con un balcón a la autopista, el auto que poseen es viejo y modesto, tienen una casucha de fin de semana con un muelle mohoso y podrido que da a un lago o río, feo como el más feo de los lagos o ríos, la heladera del departamento está rota y no pueden cambiarla ni arreglarla y todos visten apenas decorosamente dignos, tanto que a fuerza de esmeros le sacan provecho a una vieja corbata de seda, que hace mucho tiempo pasó por lujosa. Es decir que, si Mario gana el puesto, muchas cosas mejorarían. Pero el destino no es piadoso y en un segundo un giro sorpresivo pone todo patas para arriba…Y Giovanni, por casualidad o designio superior, termina en juez y jurado de presuntos inocentes de arraigada culpabilidad. ¿Acaso el bosque elige derribar algunos árboles para mantener su fortaleza? ¿Acaso la naturaleza mantiene el equilibrio a mansalva y suprime lo que la debilita? O ¿es la mala suerte, a secas y sin pretensiones, la que determina quién gana y quién pierde? Estipulando de paso algún equilibrio de manutención o supervivencia. Algo así como que sobreviva el más fuerte…O no.

 

Alberto Sordi fue una estrella atípica, un capo-cómico de excepción, tanto en los resultados como en los talentos. El hombre no es muy agraciado de ver, la voz es de horrible a fea, y sus comportamientos corporales desconciertan o causan estupor. Pero le afloran por todos los poros una humanidad flagrante. Y su personaje puede ser un miserable como Alfredo Rossi o un chivo expiatorio (solo Dios sabe de qué) como Giovanni Vivaldi, pero Sordi sabrá redimirlos con la carcajada de quién sabe de qué va la vida (Alfredo Rossi) o con el golpe de quién castiga no para vengarse sino para poder seguir viviendo (Giovanni Vivaldi). En definitiva, a algunos actores no se los respeta por ser llamativamente lindos u ostensiblemente feos, sino por ser honradamente humanos.

Gustavo Monteros

 

viernes, 8 de septiembre de 2023

Programa doble - Hoy: Ciudad de la muerte - Rastros de sangre



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Ciudad de la muerte – Rastros de sangre

 

El chiste dice que a los ingleses, por idiosincrasia y por geografía, se les dio por inventar deportes, buenos tragos y mejor teatro. De tan aislados y con tan poco buen clima, se pusieron a crear impecables formas de entretenimiento. Y así perfeccionaron el whisky, la cerveza, Shakespeare, el fútbol, el rugby, el tenis (que venía de Francia, pero del que se apropiaron), las carreras de caballo y, claro, el whodunit (contracción de “Who has done it?” o” Who’s done it?”). O sea, el relato policial de intriga en el que hay que develar el perpetrador de un crimen de sangre. La intriga se circunscribe a un ambiente cerrado, un castillo, una casa de campo solariega, un club, una mansión citadina o al pueblito con muchos secretos. Y como lo bueno se exporta (o se roba, los ingleses con ilustre linaje de piratas no pueden quejarse), ahora los enigmas policiales nos llegan urbi et orbi. Los dos de los que hablaremos hoy nos vienen de Austria.  

 

En Wenn du wüsstest wie schön es hier ist (Si supieras lo hermoso que es este lugar, en el original, Ciudad de muerte, en la imaginativa venta de algún creativo) (Andreas Prochaska, 2015), la joven hija del alcalde aparece muerta en el fondo de un hoyo de una mina abandonada que da al medio del bosque. En un principio suponen que fue un accidente porque todos saben evitar el hoyo, pero la autopsia y algunos detalles dan cuenta de que se trata de un asesinato. Tremendo desafío para el también todavía joven comisario local, Hannes Muck (Gerhard Liebman), que se ocupa por lo general de borrachos pendencieros o rencillas domésticas. El lugar fue hasta no hace mucho un paisaje apacible de tarjeta postal de tan bello y tranquilo. Pero cuando Hannes comience a investigar, descubrirá que todos le han estado mintiendo, que ocultan más de lo que muestran, que son mucho más complejos de lo que quieren hacer creer. Hannes es apocado y un poco melindroso, lo cual no es sorpresa dado que su padre es un avasallante exhippie, practicante de desnudeces y sexo tántrico. Hannes está enamorado de la guardiana del hogar para jóvenes inadaptados, pero ella, curtida de desengaños amorosos, lo desestima. La resolución del crimen hará que Hannes madure y se cuestione si se conoce de verdad, si él de verdad es lo que muestra o supone o si oculta deseos inconfesados, frustraciones naturalizadas o ambiciones descartadas. Gerhard Liebmann es un actor inmenso y redondea un personaje cercano y entrañable. Y si la película no tuviera valores estimables, que los tiene y muchos, la sola actuación de Liebmann justificaría verla.

 

En Der schutzengel (El ángel de la guarda, en el original, Rastros de sangre en la creativa venta de algún gerente) (Götz Spielmann, 2022) el cuerpo de una veterana, que trabajaba de sirvienta y acompañante de una anciana tan noble como pobre, dueña de un castillo a vender, aparece ahogado en el río, donde iba a nadar por las mañanas. De la cuidad mandan a un investigador ducho, Paul Werner (Fritz Karl) a determinar si se trató de un crimen, un suicidio, o de un accidente. Pronto verifica que se trató de lo primero y como los policías locales son inexpertos en investigar asesinatos, se queda en el pueblo. Hay un policía joven, Martin (Michael Steinocher) que acaba de reintegrarse al distrito. Su partida hace algunos años estuvo acompañada de la desaparición de una novia, que puede haber emigrado a un lugar más estimulante o estar muerta y enterrada en este su pueblo natal, ya que nadie ha vuelto a saber de ella. Martin le pregunta a Paul si hay algún modo de dilucidar el misterio y Paul comienza a sospechar que la desaparición de la exnovia de Martin y el crimen de la veterana sirvienta y acompañante pueden estar conectados. Paul es astuto y desconfiado como pocos y develará unas cuantas verdades, que no hasta hace mucho jugaban a la escondida. La perseverancia y un colgante con la forma de un ángel de la guarda pondrán a Paul en el camino correcto. El final es tan impecable como todo el desarrollo de la trama.

 

Veo estas dos películas y tres dichos me reverberan en eco. Pueblo grande, infierno chico. En todos lados se cuecen habas. Y Donde hubo fuego, cenizas quedan. Pertinentes porque el objetivo primordial de los policiales no es ser innovadores, sino plausibles.

Gustavo Monteros

Ciudad de la muerte y Rastros de sangre pueden verse en Prime Video.


viernes, 1 de septiembre de 2023

Programa doble - Hoy: Daisy Miller - Nuestros años dorados



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Daisy Miller – Nuestros años dorados

 

Uno de los lugares comunes más repetidos en la historia del cine dice que es muy difícil adaptar al medio audiovisual la narrativa de Henry James. El sitio IMDB registra que, hasta la fecha, entre adaptaciones al cine y la televisión sobre material de Henry James hay ¡159 proyectos! Es hora de replantearse el concepto de la tal dificultad, porque si uno lo repite queda como un auténtico idiota ante el bien informado.

 

La adaptación más recurrente es la de su clásica historia de fantasmas Otra vuelta de tuerca, pero las de sus dramas sentimentales no le van a la zaga. Estas últimas tienen más que ver con su registro de los devaneos de las clases acomodadas, aquella incursión en el terror con los fantasmas fue casi una excepción.

 

Cybill Shepherd, de indiscutible fotogenia, fue una modelo precoz que llegó al cine a los 21 años en The Last Picture Show / La última película bajo dirección de Peter Bogdanovich.  Y dominó el mundo del espectáculo en dos períodos. Entre 1971 y 1980 reinó absoluta en el cine. Sus participaciones podían ser breves o protagónicas, sus filmes tener un éxito apabullante o hundirse en los abismos del fracaso, pero era la cara infaltable de todas las revistas que se dedicaran a la actividad. Y entre 1983 y 1989 con los 66 episodios de Moonlighting junto a Bruce Willis y entre 1995 y 1998 con los 87 episodios de Cybill junto a Christine Baranski y Alicia Witt fue la reina absoluta de la televisión. Antes o después tuvo y tendrá sus altibajos, pero nadie le quitará el sitial de honor que disfrutó. Los nombres de los reyes pueden que se olviden, pero quedan grabados en piedra y siempre resurgen.

 

De su período Bogdanovich es Daisy Miller (Peter Bogdanovich, 1974). Bogdanovich quería que Orson Welles la dirigiera, pero Welles, a pesar de sostener que el guion de Frederic Raphael de tan perfecto se filmaba solo, desistió del convite. Todos coincidían que Cybill era la elegida insoslayable para protagonizar a la joven, rica, pizpireta, locuaz, desafiante Daisy apellidada Miller. Parte de la familia de tal apellido, mamá (Cloris Leachman), hija Daisy, hermano menor Randolph (James McMurtry) (uno de los niños más insoportables de toda la historia del cine mundial), acompañados y protegidos por el mucamo Eugenio (George Morfogen) deambulan por Europa mientras en los Estados Unidos, papá Miller empolla sus billones. Porque los Miller son ricos de toda riqueza. Pero estamos a fines del siglo XIX y no hay millones de dólares que te pongan a salvo de las rígidas convenciones sociales, dictadas y vigiladas por Sra. Walker (Eileen Brennan) y la Sra. Costello (Mildred Natwick) relaciones directas del joven Frederick Winterbourne (Barry Brown) con el que Daisy coquetea. Ese coqueteo entre iguales está permitido, pero Daisy, que no tolera que le digan lo que le conviene, coquetea también con el italiano pobre Sr. Giovanelli (Duilio Del Prete), cosa que no está tan bien vista porque no es relación entre iguales. Que para las normas de la época y de esa clase, Daisy juega con fuego no hay quien lo dude, pero ¿por qué? Por la más obvias de las respuestas, Daisy está poniendo a prueba a Frederick para ver si está a la altura del hombre que ambiciona. ¿Acaso lo está? Vean la película y averígüenlo.

 

En The Golden Bowl (La copa dorada fue la traducción del título de la novela, los imaginativos distribuidores cinematográficos le pusieron Nuestros años dorados, en reminiscencia de Nuestros años felices que vivieron Barbra Streisand y Robert Redford, a estos creativos señores no se les cae una idea y cuando se les cae, queda en el piso, de tan pedestre, no se distingue), retomamos: en The Golden Bowl (Nuestros años dorados, James Ivory, 2000) seguimos en Italia, en la misma época. La venida a menos, Charlotte Stant (Uma Thurman) anda en amoríos con el príncipe Amerigo (Jeremy Northan), cuya única riqueza es el título y un castillo que no puede mantener. Y en esos ámbitos, la pobreza impide al amor, más que las enemistades familiares de Romeo y Julieta, por lo que Charlotte y Amerigo deben separarse. Amerigo se casará a la brevedad en Inglaterra con su prometida Maggie Verver (Kate Beckinsale), hija del billonario Adam Verver (Nick Nolte). Pero hete aquí que Charlotte y Maggie son amigas, y que Adam, viudo él, no es inmune a los encantos de Charlotte, así que no pasa mucho antes de que Adam y Charlotte desanden la marcha nupcial. Padre e hija, o sea Adam y Maggie son muy cercanos y de andar de allá para acá juntos, así que dejan a sus consortes, los examantes Amerigo y Charlotte con mucho tiempo libre y como la ocasión hace al traidor, reanudan su amor ilícito. Adam y Maggie tienen una confianza ciega hacia sus parejas. Ahora bien, puede que la confianza sea ciega, pero ¿es idiota? El guion de The Golden Bowl al contrario del de Daisy Miller no solo no es perfecto, sino que tiene diálogos que de tan explícitos se ponen zonzos. Convengamos que la historia es más compleja que la de Daisy Miller y las corrientes subterráneas que dominan a los personajes son más oscuras e inaprensibles, aunque allí radica el atractivo, ¿hasta dónde los engañados saben lo que no saben y hasta dónde los traidores traicionan o toman solo lo que les corresponde? Cuando estas preguntas tallan, la cosa se pone atrapante, cuando no, hay que combatir el tedio posible con la dirección de arte que llena el ojo con lujos de tan buen gusto que son una fiesta. Otro punto a favor son las damas, Uma Thurman le entrega al personaje una pasión deslumbradora, es sensual, volátil, desenfrenada, temeraria, y Kate Beckinsale nos sugiere una inocencia perturbadora que pasa de la intolerancia a la sabiduría. Las dos están regocijantes e imperdibles. Además, en un breve papel de celestina responsable Anjelica Huston no pasa desapercibida. Los varones mencionados más el ubicuo James Fox como marido de la Huston cumplen, pero la inspiración esta vez es femenina.

 

No hay con qué darle a eso de cuenta lo qué conocés, que te harás universal. Henry James solo habla de su realidad de ricos más que ricos y en vez de espantar o asquear a los pobres más que pobres como yo, nos seduce y nos abarca. La buena literatura tiene esas cosas.

Gustavo Monteros

 

(En un momento el billonario que hace Nick Nolte dice que tiene obreros que trabajan 12 horas por día, sin descanso, los 12 meses y que, para compensarlos, compartirá con ellos la belleza de su colección de arte y abrirá un museo para que la disfruten, todo bien, pero ¿no sería mejor pagarles más y ser menos esclavista en las condiciones de trabajo? Ni se lo ocurre…Cosas de ricos)


viernes, 25 de agosto de 2023

Programa doble - Hoy: El prisionero - Yo y el coronel



 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: El prisionero – El coronel y yo

 

En El prisionero (Peter Glenville, 1955) en un país ficticio e innominado, bajo un régimen totalitario, un cardenal (Alec Guinness) es detenido para ser interrogado. Se lo acusa de traición. El interrogador (Jack Hawkins) deberá extraerle una confesión que desmorone el predicamento que tiene con los ciudadanos, religiosos o no, porque es un héroe de la resistencia patriótica contra la invasión nazi. El interrogador utilizará tortura física (se le impedirá dormir, se lo mantendrá día y noche bajo luces enceguecedoras y ruidos estridentes, se lo privará de la comida, se lo obligará a comer cada hora, etc.) y psicológica (se lo obligará a recordar hechos muy personales, para después confundirlo y convencerlo de que se está volviendo loco, etc.) El prelado tiene una gran fortaleza física y moral, pero es pedante y orgulloso, de los que si se caen de lo alto de su ego pueden hacerse pulpa contra el piso. Pero el interrogador quiere ser eficiente sin deshumanizarse, destruir las defensas de su oponente sin dejar de ser ante sí una buena persona. (Resolveme esta ecuación si podés) ¿Habrá un ganador neto? ¿Cuáles serán los precios a pagar? Se basa en una obra de teatro de Bridget Boland, y los diálogos, como suelen ser en los enfrentamientos de dos personalidades tan diamantinas son filosos y reveladores. Pero la autora está tan resuelta a no ser reducida a ideología alguna, que se apega a morir a la situación planteada, y le sale una pieza que se vuelve ambigua, inaprehensible. Y así la película fue rechazada como anticatólica en Italia y considerada procomunista en Irlanda y anticomunista en Francia. Y hasta József Mindszenty, obispo húngaro apresado y torturado por los comunistas, a quien los críticos consideraron que el personaje del religioso aludía, rechazó el film por encontrarlo demasiado benévolo hacia los torturadores. Moraleja al paso, estimada autora Boland Bridget, a veces tanta asepsia, ensucia. Queda (andá a discutirlo) como el registro glorioso e imperecedero de dos actuaciones mayúsculas. Guinness y Hawkins se esmeran tanto que terminan por dar clase (Humillen, maestros, humillen).

 

 

En Yo y el coronel (Me and the Colonel, Peter Glenville, 1958), el refugiado judío, S.L. Jacobowsky (Danny Kaye) debe huir de París de inmediato, la llegada de los nazis es inminente. En el hotel en el que se hospeda, se entera de que el autócrata, mujeriego, antisemita, encumbrado coronel Prokoszny (Curd Jürgens) debe entregar unos documentos secretos a los ingleses y le propone huir juntos. El coronel se niega, pero por llamarse el film como se llama, terminarán juntos por el camino. También serán de la partida un subalterno del coronel, Szabuniewicz (Akim Tamiroff) y Suzanne (Nicole Maurey) la amada del militar. Se basa en una obra. Jacobowsky und der Oberstde, del importante dramaturgo y novelista austrohúngaro Franz Werfel, que huyó de los nazis haciendo un itinerario similar al de sus personajes. Sin temor a equivocarme, diré que la obra es sencillamente perfecta. Ninguno de los elementos que utiliza es secundario o foráneo a lo que quiere contar, todo va sumándose de una manera armónica, como los hilos de un tapiz. Y sin negar miserias, es profundamente celebratoria de lo humano. El histriónico y ultra expresivo Danny Kaye esconde su infinito bagaje de recursos y se pone adecuadamente minimalista, mientras que el habitualmente contenido Jurgens juega a explayarse. Tamiroff es Tamiroff y está todo dicho. Nicole Maurey aprovecha que tiene un hermoso personaje y se vuelve deliciosa.

 


El prisionero y Yo y el coronel fueron las dos primeras películas de Peter Glenville que no tendría una carrera profusa, pero sí muy refulgente. Solo haría 5 películas más: Summer and Smoke / Verano y humo (1961), sobre obra de Tennessee Williams con Laurence Harvey, Geraldine Page y Rita Moreno; Term of Trial / La otra mentira / Escándalo en las aulas (1962) sobre novela de James Barlow, con Laurence Olivier, Simone Signoret, Terence Stamp y Sarah Miles; Beckett (1964) sobre obra de Jean Anouilh, con Richard Burton, Peter O’Toole y John Gielgud; Hotel Paradiso (1966) sobre obra de Georges Feydeau, con Alec Guinness, Gina Lollobrigida, Robert Morley y Akim Tamiroff; The Comedians / Los comediantes (1967) sobre novela de Graham Greene, con Richard Burton, Elizabeth Taylor, Alec Guinnes, Peter Ustinov y Lilian Gish. Peter Glenville venía del teatro, fue primero actor y después un buscado y celebrado puestista. Entró al cine por la puerta grande y se fue con alfombra roja, que no en vano su primera y última película fueron protagonizadas por el mítico Alec Guinness. Casi vuelve con El hombre de la Mancha / Man of La Mancha en 1972, pero United Artists lo suplantó con Arthur Hiller cuando supieron que planeaba eliminar casi todas las canciones del musical y hacer una versión sin la lógica de interrumpir la acción para dar paso al numerito de singing and/or dancing. Se dice que la selección de protagonistas con poca o nula experiencia en esto de cantar y bailar (Peter O'Toole, Sophia Loren, James Coco) se la debemos a él. ¡Gracias! Y gracias de paso por enseñarme a comprender lo que es una buena película (como conté por ahí supe que el cine, ese entretenimiento grandioso, podía ser un arte con Rocco y sus hermanos (Luchino Visconti, 1960) y con I compagni / Los compañeros (Mario Monicelli, 1963), pero como a las películas de Glenville las repetían tanto en la tele (a todas menos a Term of Trial, a decir verdad) y yo procuraba verlas cada vez que las daban porque me deleitaban, a apreciar el buen cine, los buenos guiones, las buenas actuaciones, fueron tareas para el hogar que hice con los filmes de Peter Glenville, así que al buen Peter Glenville, ¡salud! (por más que sea eterno desde 1996) (Y no jodan, porque mientras los recordemos, nadie muere, a decir verdad)

Gustavo Monteros

viernes, 18 de agosto de 2023

Programa doble - Hoy: Marlowe - Confiesa, Fletch




 

Programa doble: sección en la que repasamos dos películas que tienen aspectos en común.

Hoy: Marlowe – Confiesa, Fletch.


Algunos detectives tienen garantizada la vida eterna. A la vida natural que le dieron sus autores originales se le suma la adicional que le dan los que se anotan para ser los continuadores del legado. Sherlock Holmes es uno de ellos y Philip Marlowe, claro, también. Raymond Chandler lo creó y apareció por primera vez en 1939 en The Big Sleep (El sueño eterno). Se extendió en novelas y cuentos inolvidables, y cuando Chandler murió en 1959, Marlowe sobrevivió en los cuatro primeros capítulos de Poodle Springs que quedó inconclusa hasta que Robert B. Parker concluyó la novela en 1989. Y a Marlowe se le hizo costumbre que otros autores lo escribieran. Algunos muy célebres y celebrados como John Banville que, con su seudónimo de autor de policiales, Benjamin Black, publicó en 2014 The Black-Eyed Blonde, una secuela a The Long Good-Bye (El largo adiós). Y como Marlowe se lleva bien con el cine, era mera cuestión de tiempo que volviera a la gran pantalla. Y así esta Rubia de ojos negros pergeñada por Banville / Black se transformó en una película que llamaron Marlowe (Neil Jordan, 2022), así, a secas, para que no hubiera confusión de quien era el protagonista y el pasado que se buscaba convocar. Y con acuerdo general, explícito en los que tienen voz y voto de producir y decidir, y tácito en los que pagan la entrada o consumen (o no) los que se les presenta, se eligió a Liam Neeson para encarnarlo. La elección no sorprendió (bordeaba la casi falta de imaginación), pero al menos no ofendió la sombra y buen nombre del evocado. Y así el viejo y peludo Liam Neeson se unió a la prestigiosa lista de los que corporizaron en el cine: (en orden de aparición) Dick Powell, Humphrey Bogart, Robert Montgomery, James Garner, Elliott Gould y Robert Mitchum (otros, muchos, lo hicieron en teatro, radio y televisión, pero los de cine son solo esos que enumero).

 

Y esta vez, una rubia que se adivina sino fatal al menos peligrosa, una tal Clare Cavendish en cuerpo y alma de Diane Kruger le pide a Marlowe / Neeson que le encuentre un amante perdido. La chica no viene sola, trae su entorno, una madre con pasado de estrella de cine, Dorothy Quincannon (Jessica Lange), un marido mano larga (Patrick Muldoon), el director de un club exclusivo (Danny Huston), un mafioso refinado y perverso (Alan Cumming) con un chofer fiel, pero sin exagerar (Adewale Akinnouye-Agbaje) y otros no menos sinuosos. Marlowe aporta al juego un par de policías inolvidables (Colm Meaney y Ian Hart). Y sin crear más suspenso, digamos que el entramado y la resolución están a la altura de las circunstancias y los antecedentes.

 

Algunos críticos que para decir que se ganan el dinero honradamente le buscan la quinta pata al gato, dijeron que Neil Jordan entregaba un producto desganado. Y a mí que se me da por discutir diría que más que desganado, posible. El film se rodó durante la pandemia de la COVID, por eso creo que luce más cuidadosamente profesional que inspirado. Por eso quizá también la mansión que habita la Clare Cavendish / Diane Kruger se parece mucho al club tan exclusivo que dirige el personaje de Danny Huston, tanto se parecen que se diría la entrada principal y la del costado o trasera de alguna imponente finca de esta Los Ángeles, que es en realidad Barcelona. O sea, al mal tiempo, buena cara y en pandemia, lo que se puede.

 

El detective Irwin Maurice Fletcher, Fletch para amigos o enemigos, creado por Gregory McDonald no sé si tendrá una continuación a manos de otros autores, porque por ahora, aunque su autor original ya no está entre nosotros, anda gastando las aventuras que le legó. Si no las dilapida le alcanzan para un ciclo de películas. No creo que tenga ni tendrá la prosapia de Marlowe, sin embargo, ya anda por el segundo actor que lo corporiza, por lo que mejor no subestimarlo. Lo encarnó Chevy Chase en 1985 y en 1989 y ahora lo hace Jon Hamm (Confess, Fletch, Greg Mottola, 2022). Y si lo hacen cómicos o comediantes, uno puede suponer que se tratan de parodias del policial negro. Sí y no. Gregory McDonald más que inclinarse por la parodia que implica burla o desdén por el material elegido, va más para el lado del homenaje desde el humor hacia el noir retinto.

 

Fletch (Jon Hamm) un experiodista con un vasto conocimiento en artes plásticas anda por Roma, donde se agenció una novia italiana, la heredera Angela de Grassi (Lorenza Izzo) que le pide recupere en Boston la colección de su padre, el Conde Clementi Arbogastes de Grassi (Robert Picardo), para darla de rescate por el secuestro del Conde. La colección se halla supuestamente en manos del comerciante de arte, Ronald Horan (Kyle MacLachlan). Pero cuando Fletch llega a la casa alquilada por Angela, se topa con el cadáver de la barista Lauren Goodwin (Caitlin Zerra Rose), lo que lo pone en la mira del experimentado policía, el Inspector Morris Monroe (Roy Wood Jr.) y su subalterna novata, Griz (Ayden Mayeri). El dueño de la casa alquilada, Owen (John Behlmann) aporta peculiaridades y sospechas, ventiladas al detalle por su vecina Eve (Annie Mumolo) y su exesposa, Tatiana (Lucy Punch). Para no ser menos, la esposa del secuestrado, la Condesa Sylvia de Grassi (Marcia Gay Harden) añade no pocas excentricidades no muy confiables. Pero el exjefe de Fletch, Frank Jaffe (John Slattery) dará a regañadientes alguna que otra mano para aclarar las cosas. Confess, Fletch no es para descorchar champanes ni tirar fuegos de artificio, aunque se deja ver con agrado, se sigue con interés y se sonríe a menudo. En estos tiempos de sequía de buenas comedias, policiales o de las otras, no es poco.

 

En resumen, estas dos películas no serán perfectas ni una gloria, pero cumplen.  Y como en la vida, que te cumplan compensa (un poco) tantas falsas promesas.

Gustavo Monteros

 

viernes, 11 de agosto de 2023

Programa doble - Hoy: La Costa Mosquito - Saint Jack




 Programa doble: sección donde repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: La costa mosquito y Saint Jack

 

Allie Fox el padre que hace Harrison Ford en The Mosquito Coast / La costa mosquito (Peter Weir, 1986) es una de las figuras paternas ineludibles de la historia del cine. Y no porque tenga la abnegación de Dad (papá) (Gary Lewis), el padre de Billy Elliott (Stephen Daldry, 2000) o la ética de Atticus Finch (Gregory Peck), el padrazo de Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, Robert Mulligan, 1962), dado que es más bien todo lo contrario, un megalomaníaco manipulador y dictatorial. Pero es a la vez un inventor genial, capaz de vivir de acuerdo a sus convicciones y un ejemplo acabado de superación de adversidades. Un hombre equivocado, aunque genial, te regalo el oxímoron de semejante modelo de conducta. En los albores del neoliberalismo, Allie se da cuenta de que lo que hizo grande a los Estados Unidos, en versión capitalismo neoliberal será su decadencia y caída, así que junta sus bártulos básicos, su esposa bella (Helen Mirren) que lo ama sin limitarlo (pero también sin contenerlo), su familia tipo de dos chicos, Charlie (River Phoenix) y Jerry (Jadrien Steele) y dos chicas, las gemelas April y Clover (Hilary y Rebecca Gordon) y se va a construir su Utopía en Mosquitia, allá en el este de Nicaragua y el extremo este de Honduras, o sea donde el diablo perdió el poncho, pero en el Caribe. En el viaje en barco chocará con su antípoda, el reverendo Spellgood (André Gregory) un pastor evangélico, condescendiente, superficial, hedonista y acomodaticio. (Nótese el juego de palabras del apellido del pastor, “spell” como sustantivo es hechizo, así que queda algo como el hechizo bueno) (Aunque el apellido de Allie también tiene lo suyo, como sabemos fox es zorro, juegos alegóricos, como quien dice). Como sea, en la prosecución de su utopía, Allie pone a su familia en peligro más de una vez, pero como todo hombre de acción sabe, nada se construye desde la seguridad de los rincones.

 

En Saint Jack (Peter Bogdanovich, 1979), Jack Flowers (Ben Gazzara) es un proxeneta de Singapur que tiene la ambición de poner un prostíbulo de lujo, salir de pobre diablo y eventualmente regresar a los Estados Unidos natales tan deslumbrantemente rico como para hacer olvidar su pasado. Aunque las tríadas chinas no facilitarán muchos las cosas. Conoceremos a Jack por la progresión de su relación con William Leigh (Denholm Elliott), un contable inglés que debe supervisar los números de dos negociantes chinos amigos de Jack. De a poco sabremos que Jack es un veterano italoamericano de la Guerra de Corea y que es también un exescritor licenciado en literatura y que William es un hombre sencillo que solo quiere jubilarse y pasar sus años de vejez en la campiña inglesa. Paulatinamente comprendemos también que el San del título no es irónico, mordaz o burlón sino verdadero. Jack tiene cualidades asociadas a los santos. ¿Puede un proxeneta ser un santo? Si no nos ponemos fanáticamente dogmáticos, ¿por qué no? Después de todo, como notó Toulouse Lautrec, hay flores que crecen en el fango, no todas son de excelsos jardines.

 

Estas dos películas se basan en sendas novelas de Paul Theroux, a quien no he leído, pero a juzgar por el material aquí expuesto es capaz de crear personajes masculinos extraordinarios en la más pura acepción del adjetivo.

 

Dos detalles, Harrison Ford dice que La costa mosquito es, si no su película favorita, de la que más orgulloso está. Opción que habla de sus ambiciones artísticas, porque el personaje le exigió un desafío del que no estuvo a la altura. Se lo ve bastante mal, desorbitado, perdido, desencajado. Harrison es una auténtica estrella de cine que sabe que la cámara ama a los actores que se pierden en los personajes, que lo entregan todo sin dudar y aquí Harrison duda, intuye lo qué tiene que hacer, pero no sabe encontrar cómo hacerlo. Y que a la vuelta de la vida o de su carrera, diga que aprecia haber luchado, aunque no triunfado, lo hace un poco un héroe artístico, que se emparente lejanamente con Allie Fox y su utopía.

 

Peter Bogdanovich es reconocido, pero aún no en su plena valía. Se dice que los críticos nunca le perdonaron que se atreviera a pasar de la crítica a la realización cinematográfica. No sé si tanto, pero hasta al día de hoy lo relegan a un segundo puesto que no merece. Bogdanovich por mérito y logro, ambos a la vista, es uno de los grandes directores estadounidenses. Él insistía que Saint Jack si no era la mejor de sus películas le pegaba cerca. Y uno que es un sentimental tiende a elegir otras más amables o gozosas como Luna de papel (Paper Moon, 1973) o ¿Qué pasa, doctor? (What’s Up, Doc?, 1972), pero Saint Jack es muy lograda y tiene a priori dificultades ampliamente superadas, así que es probable que haya que darle la razón al querido Peter.

Gustavo Monteros

viernes, 4 de agosto de 2023

Programa doble - Hoy: La tienda en la calle mayor - Calle Mayor



 

Programa doble: sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: La tienda en la Calle Mayor – Calle Mayor

 

La tienda en la calle mayor es una película checoslovaca de 1965 dirigida por Ján Kadár y Elmar Klos. Ganó el Óscar a la Mejor Película Extranjera (o de habla no inglesa como se denomina ahora) de ese año. Se basa en una novela de Ladislav Grosman y transcurre en Sadinov, Eslovaquia a principio de la Segunda Guerra Mundial. Eslovaquia ha declarado su independencia, pero es controlada por la Alemania Nazi. El gobierno es fascista y antisemita. Tono Briko (Josef Kroner), un sencillo carpintero, se reconcilia con su cuñado, Markuš (Frantisek Zvarik), que ahora es un comandante fascista. Como están en vigor las leyes que prohíben a los judíos tener negocios propios, Markuš hace que le den a Tono la administración de una tienda de telas y botones ubicada en la Calle Mayor, que hasta entonces era propiedad de una anciana viuda, Rozalie Lautmann (Ida Kamińska). Tono no tarda en darse cuenta de que lo han engañado, la tienda da perdidas y la viuda sobrevive gracias a la solidaridad económica que le prodigan algunos judíos ricos sin que ella se dé cuenta, porque está medio ida. La anciana señora tampoco comprende la situación política en que están inmersos y que Tono está ahí por el proceso de “arianización”. Imrich (Martin Hollý Sr.), suerte de nexo entre los judíos y las nuevas autoridades fascistas conviene con Tono que si le hace creer a la viuda que es un pariente lejano que ha venido a ayudarla le darán un buen sueldo que hará creer a su mujer y su cuñado Markuš que tiene las riendas del negocio. Tono le tomará cariño a la viuda y desistirá de intentar comunicarle la vigente realidad política. Pero la arianización no se detiene, la situación se agrava y comienzan las deportaciones a los campos de concentración, entonces… La tienda en la calle mayor es una comedia realista que lentamente vira hacia un cuento didáctico de advertencia para adultos que subraya que no hay lugar para la inocencia en un estado fascista.

 

Calle Mayor (Juan Antonio Bardem, 1956) transcurre durante otra monstruosidad, el franquismo en pleno apogeo. En una pequeña y oscura ciudad de provincias, un grupo de presuntos bromistas obliga a que el recién llegado a la sucursal de un banco principal, Juan (José Suárez) seduzca a Isabel (Betsy Blair) una treintañera soltera y le haga creer que se casará con ella. El plan se lleva a cabo, pero nada saldrá como esperaban. Calle Mayor es una obra maestra, profunda e incisiva que ilumina como pocas el postulado sociológico de que nadie sale indemne de una dictadura. No me refiero al desmenuzamiento de la adhesión activa al régimen con apoyos o delaciones, sino a cómo influye el totalitarismo en las relaciones cotidianas, en nuestra concepción del mundo. ¿Qué retorcimientos personales y sociales determinan la ausencia de libertad, los mandatos rígidos, la negación de un futuro fuera del régimen? Normalmente las películas hacen más preguntas que dar respuestas, esta propone una. Al rever las conductas de los personajes uno se pregunta por qué hacen o permiten esto o aquello y las respuestas no tardan en llegar. No se vive igual con libertad que sin ella.

Gustavo Monteros

La tienda en la calle mayor puede verse en YouTube


viernes, 28 de julio de 2023

Programa doble - Hoy: Vida de perros - Aquí río yo



 

Programa doble: sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Vida de perros – Aquí río yo

 

El teatro es a la vez un templo pagano de deidades efímeras y un rito pernicioso que, en su esplendor pasajero, sella destinos trágicos o tangueros, tanto de oficiantes como de integrantes del público.

 

Vitta da cani / Vida de perros (Mario Monicelli / Steno, 1950) y Qui rido io / Aquí río yo (Mario Martone, 2021) hacen del teatro su razón de ser.

 

En Vida de perros, salvo el prólogo que presenta a uno de los personajes, toda la acción transcurre entre dos viajes en tren que llevan a una compañía de revistas en gira por el interior de Italia a fines de los cuarenta. Y si bien parece centrarse en las andanzas y trapisondas del capo cómico, Nino Martoni (Aldo Fabrici), ilustra en realidad las peripecias que determinan la suerte de tres chicas del elenco: la bailarina Vera (Delia Scala), la abre telones Franca (Tamara Lees) y la inesperada vedette Margherita, luego Rita Buton (Gina Lollobrigida). Una logrará el estrellato, otra la dicha conyugal y la tercera el romance con la muerte. Tres cosas llaman la atención. A pesar de suicidios, mugre, humillaciones, atropellos, vejaciones, los personajes tienen unas ganas locas de vivir, ni que salieran de una guerra. Dos, la canción cómica que hace la Lollobrigida es de una gracia y de una picardía tan gozables como indiscutibles. Y tres, el amor no anda con distingos, se tenga la pinta de un Mastroianni joven o se sea el hombre más feo de la historia, Cupido depara amarguras y no correspondencias para todos. Como si quisiera estar más acorde con la realidad y se negara a prodigar finales felices en los que le cuesta creer. Retaceos que no impiden que uno la pase de lo más bien mientras transcurre. Y la metáfora de la vida de perros no solo se aplica al otro lado del espejo del mundo del espectáculo, sino al trasfondo de la vida misma, un día cucha, caricias y comida y al siguiente, pulgas, patadas y desamparos. Como sea, nunca falta quien llene los escenarios y a pesar de los llantos y quejas, el mundo sigue y sigue. No en vano, los perros sueñan.

 

En Aquí río yo, el capo cómico Eduardo Scarpetta (Toni Servillo) no tiene de qué quejarse. En la Nápoles de principios del siglo XX, espectadores fieles y entusiastas le llenan el teatro todas las funciones. Ha creado un tipo, una máscara, Felice Sciosciammocca, que ha desterrado al olvido al hasta ayer rey de la risa napolitana, el personaje infaltable en casi todas las comedias, el celebérrimo Polichinela. Tanto éxito desata odios, recelos y envidias. El mismísimo Gabriele D’Annunzio, por celos artísticos quizá, le tiende una trampa. Lo deja embarcarse en la parodia de una obra suya, prometiéndole la autorización que nunca le otorga. El día del estreno le manda abucheadores y más tarde le entabla un juicio por plagio. Y el pobre Scarpetta más que regurgitar las hieles del éxito, descubre las fragilidades de una fortaleza que creía inexpugnable. La máscara se resquebraja y vemos lo que él no puede ver: que es un déspota, un prepotente, un ególatra sin remedio, un reverendo hijo de su madre en ropajes de falsa generosidad, nula buena intencionalidad y un presunto poliamor que no es más que narcisismo. El hombre tiene un harén, literalmente. Una esposa legítima y numerosas amantes (una de ellas hermana de su esposa) que habitan la misma casa y las colindantes. Con todas tiene hijos, a los que no reconoce, y presenta al mundo como sus “sobrinos”. La prole es adiestrada en los secretos del oficio teatral y si alguno se rebela, se lo encauza y si tiene talento cero para el escenario, se lo instruye en labores adyacentes, como la contabilidad. Uno de sus “sobrinitos” quiere saberlo todo sobre el arte escénico. Es apenas un niño, pero hace copias de las comedias, se sabe el papel propio y el de los otros por si le toca sustituirlos, estudia al detalle los modismos, las técnicas, las intuiciones con las que Scarpetta seduce a su público. Es que este pequeño es el futuro Eduardo de Filippo (gloria de la escena italiana y mundial, actor insoslayable, director inventivo como pocos y dramaturgo sencillamente genial). Cuando su hermano menor, Peppino se resista a actuar, lo convencerá que debute señalándole el escenario y diciéndole: Ahí está nuestra libertad. La hermana apenas mayor de ambos, Titina, ya es más que una promisoria primera actriz con brillo propio. Eduardo (hasta su muerte, el público italiano llamará a Eduardo de Filippo solo Eduardo, como si no hubiera otro) resiente el poder de Eduardo Scarpetta. Y si no lo odia, le pasa raspando. La supeditación indolente de su madre al poder inmarcesible de Scarpetta lo rebela, pero se traga la lengua porque sabe que ya llegará su momento. Scarpetta supuestamente cederá la jefatura de la compañía a su hijo primogénito y legítimo, Vincenzo (un tal Eduardo Scarpetta lo interpreta y aparte de homónimo del personaje principal de este filme es un pariente directo), pero no termina por decidirse y Vincenzo, harto de tanto coqueteo, quiere abandonar la empresa familiar y dedicarse al incipiente cinematógrafo. Eventualmente, cuando alcancen la mayoría de edad, Titina, Eduardo y Peppino de Filippo iniciarán su propia compañía que además de exitosa influirá en el desarrollo del teatro italiano y mundial del siglo XX. Terminada la Segunda Guerra, Eduardo revivirá el tipo Polichinela, ¿en venganza contra el legado de su padre? El título de esta película reproduce la frase inscripta a la entrada de la mansión de Scarpetta: Aquí me río yo. Este film se complementa con otro que espero ver pronto, I Fratelli De Filippo (2021) de Sergio Rubini, sobre la juventud y triunfo de los hermanos De Filippo.

 

De algunas películas me quedan frases. De esta Qui rido io, creo que no olvidaré la que dice la madre de los De Filippo. La pobre anda desazonada porque han confinado a Peppino a vivir en el campo. Entonces Eduardo le aconseja: “Mamá, ¿por qué no se recuesta y descansa?” La mujer que no hace otra cosa que estar lista para Scarpetta le contesta: “¡Descansar! ¿De qué? ¡Si no hago nada en todo el día!” Y esta réplica más que quedárseme, me reverbera, me obsede. Es que la envidia me sofoca y me hace pensar que el infierno de esta señora se parece mucho a mi idea de paraíso. Y aquí yo no río.

Gustavo Monteros

viernes, 21 de julio de 2023

Programa doble - Hoy: El bosque de los sueños - Baño de vapor



Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: The Sea of Trees / El bosque de los sueños y Steambath / Baño de vapor.

 

Arthur (Matthew McConaughey) deja el auto con la llave puesta en el estacionamiento de un aeropuerto. Saca un boleto de ida para Japón. Una vez allí toma un taxi y se baja frente a un bosque tupido en una de las laderas del Monte Fuji. Entra al bosque y se topa con señalizaciones que llevan frases filosóficas o mantras de autoayuda. Halla bolsos desechados, zapatos tirados y cadáveres. Se le acerca un enajenado japonés que dice llamarse Takumi Nakamura (Ken Watanabe) y que busca la salida. Arthur lo acompaña un tramo y la salida no está por ninguna parte. Arthur tiene reminiscencias de su esposa Joan (Naomi Watts) con la que puede inferirse se lleva muy mal. De a poco se nos instala una sospecha. ¿Acaso Arthur y Takumi están en el purgatorio? Pero se lastiman, sangran, tienen dolores. Si estuvieran muertos, ¿sufrirían esas molestias? De lo que vemos, ¿cuánto es real y cuánto es fantasía? De a poco las piezas del rompecabezas caerán en su lugar y sabremos de dónde y hace dónde va el cuento. Nada quedará sin explicación y habremos de conmovernos si nos dejamos ganar por lo que despliega. The Sea of Trees (2015), (rebautizada para el estreno local como ¿¡El bosque de los sueños?!) fue dirigida por Gus Van Sant sobre guion de Chris Sparling. Y fue abucheada en su presentación en Cannes, no sorprende porque por el material que maneja, Cannes fue el lugar más inapropiado para presentarla ante público por primera vez. Se trata de una producción industrial pensada para un público popular, pochoclero (adjetivo con fines descriptivos, sin ánimo desdeñoso). Tal vez el nombre de Van Sant los llevó creer que se trataba de un film de autor, poco y nada de eso hay en esta propuesta esta vez. Pero pasado el tiempo y aclaradas las confusiones, se deja ver con agrado y no deja resaca de haber perdido el tiempo. Más de matiné de cine de barrio que de cinemateca, aunque sin obviedades ni insultos a la inteligencia de nadie. Además, el trío protagónico tiene más carisma que Burt Lancaster asomándose en el horizonte.

 

En Steambath (Burt Brinckerhoff, 1973) Tandy (Bill Bixby) y Meredith (Valerie Perrine) son los flamantes clientes de un más que peculiar baño turco. Y si de peculiaridades se trata, los demás parroquianos las tienen a raudales. De pronto Tandy y Meredith comprenden que quizá hayan muerto y que estén en el Purgatorio. El portorriqueño, que se ocupa de la limpieza del lugar (José Pérez) y administra de algún modo el lugar, no sería sino el mismísimo Dios. Estamos ante una obra de teatro de Bruce Jay Friedman filmada como película para la televisión. Al principio la cosa tiene pinta de un sketch picaresco con afán desaforado de captar la atención: hay un desnudo total (como se decía en los tiempos en los que se hizo) de Valerie Perrine, un número musical impecable (dos clientes son exbailarines de Broadway y hacen un popurrí de dos canciones de Gypsy), hay también un baile sensual por una mujer muy sexi para excitar un hombre en silla de ruedas, más chistes de cuádruple sentido y un diálogo que hoy disfrutamos con culpa porque fue concebido en tiempos anteriores a cualquier intento de corrección política. De a poco el tono cuasi revisteril se va adensando y se comienza a advertir que el autor nada tiene que envidiarle a Strindberg. El humor deja de ser grueso, las situaciones se vuelven peligrosas y lo sensual da paso a lo angustioso.

 

Según el diccionario de la Real Academia Española, Purgatorio es en su acepción: “2. m. Rel. En la doctrina católica, estado de quienes, habiendo muerto en gracia de Dios, necesitan aún purificarse para alcanzar la gloria.”

 

Según estas dos películas, el Purgatorio es la sala de espera que antecede al Más Allá, sea este Cielo o Infierno. También una instancia de juicio, el regreso a la Tierra es posible si algo se ha corregido, se ha comprendido, y puede redundar en beneficio de otros (la vieja y querida reeducación siempre está detrás de todo). Pero por sobre todo es un espacio de duelo final, la resignación parece no ser muy complicada, cuestión de relajarse y aceptar que algo terminó, ya fue, se acabó. Sin embargo, nada es más difícil que lo obvio cuando no se quiere aceptar. La conmiseración final requiere coraje de héroe, de santo, de iluso.

Gustavo Monteros

 

(The Sea of Trees anda por ahí, solo es cuestión de estar atento. Steambath está en YouTube con subtítulos en español, que no son perfectos, pero están y son)

 

viernes, 14 de julio de 2023

Programa doble: Malos muchachos - La última estafa


 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: What Just Happened – The Comeback Trail

 

De tanto en tanto al cine le gusta mirarse el ombligo, ponerse autorreferencial. Y cuando se pone así, ha determinado que el villano más despreciable posible es el productor. Ahora bien, ¿un productor puede ser el héroe de una película? Sí, claro, sobre todo si escribe un guion basado en su propio libro de memorias, que fue lo que hizo Art Linson en What Just Happened, rebautizada Malos muchachos por estos pagos (Barry Levinson, 2008). Aunque en un impensado ataque de modestia, más que como héroe, se propone de antihéroe, lo que más que modestia es una soberbia mayor porque el antihéroe desata (o lo intenta) mayor conmiseración. Ben (Robert De Niro) nos comparte dos semanas de su vida. Lapso en el que por una confluencia de circunstancias pierde (momentáneamente se supone) un sitial de privilegio en la industria. Y todo porque el pobre ha producido la última película de Jeremy Brunell (Michael Wincott) un megalómano adicto que concibió un thriller pretencioso en el que mata en el último rollo al perro del protagonista volándole la cabeza de un escopetazo, el público en la exhibición de tanteo del film se enardece y es obvio que la escena debe atemperarse (eufemismo por eliminarse) de la copia final que se estrenará en unos días nada menos que en el festival de Cannes. El director Jeremy se resiste y hace pesar y pasar su creatividad en descerrajarle un tiro al inocente can. La directora del estudio, la cruel y taimada Lou Tarnow (Catherine Keener) no admite un no como respuesta. Pero este no es el único problema profesional del pobre Ben. Bruce Willis, sí, el vero Bruce interpretándose a sí mismo o a una variante de sí mismo, se niega a afeitarse una barba tupida que le tira encima una cantidad de años y que es impropia del héroe de acción que debe protagonizar. En realidad, del problema tendría que ocuparse el agente de Bruce, Dick Bell (John Turturro) que debería ver con urgencia un médico (o un psiquiatra) por los males estomacales que padece. En lo personal, Ben no admite que se está divorciando de Kelly (Robin Wright) algo muy comprensible porque quien en su sano juicio querría perder a Robin Wright. Ben también tiene con otra exmujer una hija adolescente, Zoe (Kristen Stewart) que anda de humores mezclados porque tuvo un amorío con un colega productor de Ben que acaba de suicidarse y a cuyo entierro acudirán todos los mencionados y algunos otros, como Scott Solomon (Stanley Tucci) guionista amigo de Ben que está ahora en una relación con Kelly. La subtrama de Zoe y el suicida es apenas esbozada porque implica un tema que en tiempos del me too nadie toca ni por asomo, el de la precocidad sexual vivida sin trauma. Y más allá de que Robert De Niro ofrece una de sus actuaciones con mucha pera, lo que denuncia que encara este proyecto con más profesionalismo que compromiso artístico es interesante de ver. A decir verdad, todos lucen un poco incómodos, como si esta participación en la versión oficial de esta vida de productor no terminara de convencerlos, sin embargo, sin que sea la obra maestra de Robert Altman The Player / Las reglas del juego (1992) es un film muy atendible.

 

 

En The Comeback Trail (La última estafa, George Gallo, 2020) Max Barber (Robert De Niro) maneja una productora de películas independientes con su sobrino Walter (Zack Braff). Estamos en los setenta, de modo que la productora no emite productos indies para el Sundance sino films de sexplotation. Su última película, no precisamente un éxito es Monjas asesinas, con chicas armadas que usan inquietante lingerie debajo de sus rígidos hábitos. La financiaron con dinero de un mafioso, Reggie Fontaine (Morgan Freeman) que exige le devuelvan el capital invertido. A raíz de una serie de incidentes que es mejor no revelar, a Max se le ocurre una estafa contra una aseguradora, que los hará millonarios. En Hollywood por ley, ninguna filmación se hace sin pólizas de seguros que garantizan que si la película se interrumpe o no se hace por algún motivo (reglado, claro) todos cobren por su trabajo. Max saca de su archivo un guion para un western y se pone a hacer castings en geriátricos. Contratará un actor con un pie en la tumba, al que solo haya que darle un empujoncito para que llegue a mejor vida. Y así da con el candidato soñado, Duke Montana (Tommy Lee Jones) que no solo fue una gran estrella, ahora olvidada, sino que es un suicida vocacional que juega a la ruleta rusa antes del desayuno. La filmación comienza y Max-De Niro se transforma en un delicioso pariente de Pierre Nodoyuna o del famoso Coyote némesis del no menos célebre Correcaminos. Duke Montana repele a la muerte, como la ignorancia al sentido común, para desesperación de Max-De Niro y Robbie-Morgan Freeman, pero para gloria del cine, porque Duke-Lee Jones reverdece sus laureles a modo superlativo. The Comeback Trail es una remake de una película de Harry Hurwitz de 1982. La película original es el colmo de la bizarro, entendido en el sentido anglosajón del término, no en el de la RAE, de modo que conviene aclarar que esta versión es prolija y sin ánimo de espantar al tío burgués. (El cine de Harry Hurwitz (1938-1995) está más cerca del de Ed Woods que el de John Huston y merecería ser redescubierto y analizado, no solo de excelsitudes vive el hombre). Filiaciones al margen, por el bordado en comedia que hacen De Niro, Lee Jones, Freeman, Braff y el resto de un elenco impecable, más la buena resolución de los gags, más un emociónate homenaje final al cine en general y al western en particular, se vuelve de visión imperdible, más en estos tiempos de comedias malas.

 

Gustavo Monteros

 

Estos dos films pueden verse en Prime Video.


viernes, 7 de julio de 2023

Programa doble: Sin noticias de Dios - Érase una vez un genio




Programa doble, sección donde repasamos dos películas con características en común.

 

Ya desde antes de nacer uno sabe que en Occidente hay una mayoría que da por sentado que después de esta vida hay un Cielo y un Infierno y que en Oriente aseveran que hay genios metidos en botellas que conceden tres deseos.

 

En Sin noticias de Dios, Agustín Díaz Yanes sostiene que el Cielo y el Infierno ya no son lo que eran, que se han modernizado y que hoy tienen lógica, política y estrategia de multinacional, con sus CEOs e intrigas, más cerca del mundo de Succession que el de la Divina Comedia (¡en tu cara, Dante!). Hay una diferencia, claro, y es el glamour. Mientras que en un frío tecnicolor, Belcebú o su equivalente moderno Jack Davenport (Gael García Bernal) enfrenta complots empresariales, en un mundo que se parece mucho al nuestro, en un glorioso blanco y negro, en una París eterna de tarjeta postal, que si no es el Paraíso, se le parece bastante, la contracara angélica de Lucifer es Marina D’Angelo (Fanny Ardant) que le cumple el sueño de diva fascinante de la canción a su ser de luz, Lola Nevado (Victoria Abril), que se ha quedado prendada con la Rita Hayworth de Gilda (Charles Vidor, 1946)  a la que recrea espejándola. Pero la sensualidad de Lola de tan estilizada no incita al pecado sino al aplauso. Su contrafigura del lado de las tinieblas es Carmen Ramos (Penélope Cruz) guarra, tosca, un poquito marimacho. A las dos se las envía a la Tierra para que ganen, cada cual para su lado, el alma del boxeador Many Chávez (Demián Bichir), que de los brazos de la Muerte es rescatado por las plegarias de su madre para que se le conceda la oportunidad de reconciliarse con ella y no morir en el rencor. Y así Many vuelve a la vida con una esposa abnegada Lola-Abril y una prima insidiosa, Carmen-Cruz. Si Lola se queda con el alma, el Cielo recibirá una inyección de capital que mejorará su alicaído déficit, en cambio si gana Carmen, la victoria incidirá a favor de Satanás en la puja que busca destronarlo. En la disputa, Lola y Carmen construirán un vínculo fraterno-amistoso que se parece tanto al romance como una gota con otra. ¿Lograrán sellar su amor? ¿El mundo después de la muerte permite la unión entre ángeles opuestos? A ver la película para saberlo. Estrenada en 2001 ya tiene su núcleo de fieles seguidores y va camino de convertirse en un film de culto. No es la mar de lograda, pero el elenco y las ideas que la pergeñan la vuelven algo que se parece demasiado a la delicia. Se la puede ver hoy por hoy tanto por YouTube como por Prime Video.

 

En Érase una vez un genio (Three Thousand Years of Longing, George Miller, 2022) The Djinn (Idris Elba) se ha pasado los tres mil años de ansia del título original en inglés confinado dentro de una botella. Para independizarse debe cumplirle tres deseos al humano que se haga poseedor de la botella. Para su poca suerte se trata de una inglesa narratóloga, que anda por Estambul dando conferencias de su especialidad: la narratología o sea “la disciplina semiótica a la que le compete el estudio estructural de los relatos, así como su comunicación y recepción”. Alithea (Tilda Swinton), la inglesa en cuestión, no solo se niega a pedir los tres deseos, sino que pormenoriza lo que subyace en los anhelos más pedidos. Tela para cortar le sobra, porque, a decir verdad, la cuestión tiene sus bemoles. Si uno por simplificar pidiera las tres cosas que, según la canción, hay en la vida, o sea: salud, dinero y amor, el pedido se cumpliría a medias porque no se puede aspirar a estados duraderos. El genio podría darnos esas tres cosas, pero no garantizarnos de que durarán en el tiempo, seríamos saludables, amados, y ricos ese día, pero quizá al día siguiente no. Como Alithea se va por las ramas y podrían pasarse décadas en discusiones bizantinas, el Djinn le cuenta las experiencias que tuvo cumpliendo deseos. A Alithea a su juego la llamaron, qué más quiere una experta en historias que le cuenten algunas nuevas, pero las historias, se sabe, son traicioneras, se dejan desmenuzar, pero al menor descuido, seducen, porque esa es su razón de ser. La cuestión es que Alithea comienza a pedir que le cumplan deseos, entonces…Es un film casi atípico en la carrera de George Miller. Casi, digo, porque si bien uno asocia su nombre a la trilogía de Mad Max y derivados, el hombre dirigió también, la segunda de Babe (1998) la del chachito en la ciudad, las dos Happy Feet (2006) y (2011) y la doblemente fantástica (por tema y resultados) Las brujas de Eastwick (1987), de modo que no es ningún novato en cuentos y fantasías. Esta vez se basa en un relato de A. S. Byatt, The Djinn in the Nightingale’s Eye (El Djinn en el ojo del ruiseñor) y el trámite le sale para el lado del regocijo. El grandote Idris Elba se pinta solo para hacer de genio y la dúctil Tilda Swinton dibuja otra criatura singular. En este momento, los tres mil años de anhelo pueden verse, al igual que la falta de noticias divinas en Amazon Prime Video (Sin noticias de Dios también puede verse en YouTube) Y que no nos falte nunca magia en nuestras vidas.

Gustavo Monteros