jueves, 16 de febrero de 2017

Un camino a casa

La noticia tuvo su cuarto de hora de fama, tan sorprendente e intensa fue, que algunos hasta la recuerdan. No es poco mérito en un mundo en el que las noticias se superponen a velocidades astronómicas.


Un niño de cinco años se pierde en una remota estación ferroviaria de la India, termina en Calcuta, dice provenir de un lugar que en apariencia no existe, en  realidad pronuncia mal el nombre, también el suyo, Saroo, los servicios sociales no pueden localizar a su madre, nada extraño porque es pobre de toda pobreza y no sabe escribir ni leer, y menos un diario; termina adoptado por una pareja australiana, John (David Wenham) y Sue (Nicole Kidman); un par de años más tarde adoptarán otro niño, Mantosh.


Pasan 20 años, Mantosh (Divian Ladwa) no ha logrado superar problemas neurológicos que lo acucian desde pequeño, Saroo (Dev Patel) salió mejor parado y se dirige a estudiar administración de hoteles en Melbourne. Allí Saroo entablará relación sentimental con Lucy (Rooney Mara) y se relacionará con compañeros indios. En una reunión, un postre indio le devolverá un recuerdo y terminará por desatar una obsesión que hasta entonces manejaba en secreto: reencontrarse con su familia original. No será fácil, sus recuerdos son muy vagos y generales.


Como el 99, 9% de las películas que se producen se basa en hechos reales, aunque por suerte, hay más sustento que de costumbre, porque esta peripecia humana de tan extraordinaria bordea el milagro.


Garth Davis, que alternó con Jane Campion la dirección de los capítulos de la excelente y terrible miniserie australiana Top of the lake (puede verse en Netflix), concreta una película sensible y cautelosa. Se nota que los protagonistas de esta historia viven, sobre todo por el cuidado con el que son tratados algunos conflictos, por ejemplo, la enfermedad del hermano de adopción se presenta con un conmovedor sigilo y cuidado (si la televisión y los demás medios perdieran su sensacionalismo y trataran así los temas difíciles sin duda viviríamos mejor).


Dev Patel (Slumdog millionaire - ¿Quién quiere ser millonario?, 2008, El exótico Hotel Marigold, 2011, El hombre que conocía el infinito, 2015) que acaba de ganar el BAFTA como Mejor actor de reparto por este trabajo y que tiene también por el mismo una nominación para el Óscar, redondea otro trabajo entrañable. Todos están muy bien, y no es para nada gratuito que Nicole Kidman obtuviera todas esas nominaciones para premios, como el cantor mítico cada vez lo hace mejor, le bastan un par de escenas para comunicarnos un personaje complejo con todos sus dobleces y matices.


Es una muy buena película que podría ser incluso mejor sin una banda sonora tan intrusiva. Perdón por ser tan hinchapelotas, pero desde que el cine es arte de productores capaces de vender arena en el desierto, las bandas de sonidos pasaron de acompañar o complementar la imagen a extorsionar emociones, a despellejar sentimientos, a ordenar lo que debemos sentir, ya no incitan a las lágrimas, las arrancan a golpes de pianos y violines de una persistencia torturante. Esta historia conmovedora no necesitaba de estos recursos berretas. Los espectadores, más que habituarnos a la emoción, somos empujados y lanzados a ella con prepotencia. En sí sola, no es que esta partitura sea mala o estridente, es, sí, coercitiva.


En resumen, una extraordinaria experiencia de vida para ver provisto de muchos pañuelos descartables porque, se quiera o no, se llora a mares.


Gustavo Monteros

jueves, 9 de febrero de 2017

La razón de estar contigo




Dije por ahí que los críticos se volvieron obsoletos por la ausencia de los grandes maestros. Y sí, es lo que creo. Fueron los grandes maestros los que establecieron con sus obras los parámetros críticos, los que ensanchaban las fronteras con sus logros, los que postulaban, hasta con sus yerros, las reglas para dividir lo bueno de lo malo, el bodrio de lo sublime. Esta edad de oro del cine duró desde fines de los veinte hasta fines de los setenta. Por entonces los maestros comenzaron a morir, para los ochenta eran pocos los que quedaban en actividad. Sus pocos herederos persisten, pero pierden en la estadística, de cada diez que había, queda uno.


Por los ochenta, Hollywood ya era dominada por completo por los productores. Ya no importaba tanto contar buenas historias para atraer al público, bastaba con sabérselas vender. El arte del buen contar se sustituyó por el mercadeo. El cine pasó a ser eso que transcurre mientras se degluten pochoclos.


Cuando los grandes maestros dominaban la Tierra y uno preguntaba ¿cuál es tu película favorita?, se obtenía por respuesta el título de alguna obra maestra. Te decían cosas como Ladrones de bicicletas, Los cuatrocientos golpes, Rocco y sus hermanos, El séptimo sello, La guerra gaucha, El ciudadano, Piso de soltero, o Bienvenido Mr. Marshall, y si tenían gustos más populares te largaban La diligencia, El tren, El puente sobre el río Kwai, Vértigo, Zorba, el griego, Z, La novicia rebelde o Mi bella dama.


Hoy, más veces que no, cuando preguntás por la película favorita de tu interlocutor/a, obtenés como respuesta el título de algo que se puede llamar película porque viene en ese formato y la exhibe algún dispositivo proyector. Un producto de un gran estudio,  hecho sin arte y con menos gracia que, generalmente por el carisma de alguna estrella, se hace simpático y destacable del resto.


¿Se puede amar un producto hollywoodense ramplón y tontón? Y sí, si conecta con alguna necesidad básica o un aspecto de nuestra formación o carácter. Y para no dármelas de superior, me pondré como ejemplo.


De entre las mascotas, soy persona-perro, ojo, persona-perro a secas, no persona-perro y persona-gato. Me gustan mucho los perros y como desde siempre fui medio afecto carenciado (de todas las artes performáticas… ¡estudié actuación!), el cariño canino nunca me viene mal. De modo que tengo inclinación y debilidad por las películas con perros. No tanto de esas en las que hablan y de tan antropomórficos son casi humanos. No, esas en las que no dejan de ser perros.


De modo que La razón de estar contigo apunta a un grupo al que pertenezco, el de los perreros.


Parte de una buena idea (se basa en una novela, casi una rareza entre tanta biografía y hechos reales). El alma de un perro se reencarna en varios ejemplares de distintas razas porque busca el sentido de su existencia. No sé cuántas historias habrá en la novela, en la película hay cuatro. Y la primera y la última se relacionan. La idea puede que sea buena, pero las historias elegidas para contarla son de pedorras a diarreicas. Los personajes son planos, tan interesantes como cortarse las uñas, las cosas que les pasan generan tan poca emoción que, en comparación, esperar el ascensor es una aventura épica.


Y sin embargo, ahí estaba yo, feliz como chico en calesita, llorando a mares cuando les acontecía algún revés y navegando en la congoja cuando los golpeaba alguna desgracia. (Creo que desde De los Apeninos a los Andes (Folco Quillci, 1959) que vi cuando estaba en Primer Grado no lloro tanto con una película). Y no me importaba nada que fuera mala, que tuviera un exceso de violines, que la fotografía fuera primorosa y que cuando la pegaba en algo fuera a lo sumo cursi. No, porque por fin el nuevo y estercolero Hollywood vendía una baratija que estaba dispuesto a comprar.


Dirigió Lasse Hallström que alguna vez supo hacer cosas buenas como Mi querido intruso (Once around, 1991) o ¿A quién ama Gilbert Grape?, 1992, y que después despuntó solo profesionalismo y que depende de un material más o menos respetable, La pesca del salmón en Yemén, 2011 o El viaje de diez metros, 2014, para hacer algo decente.


No importa, como les decía, yo estaba ahí, feliz con mi película de perros.


La vida de los perros, bah, de los animales en general, cambió mucho desde que existen las asociaciones contra el maltrato animal, aunque se los sigue envenenando, ahorcando, despellejando, pateando, abandonando. Y a pesar de todo, el perro sigue siendo el humanista imbatible de siempre, queriéndonos, acompañándonos, esperándonos, recibiéndonos como si viniéramos de la guerra cada vez que entramos. Y no se rinde, no para hasta que estamos, sino felices, al menos bien y no entiende que nos enrollemos tanto cuando se puede estar mejor, solo uno con el otro, comiendo, jugando o durmiendo. A algo de eso, descubre el alma del perro de la película que es su razón. Eso sí, si alguna vez llega a triunfar la filosofía canina se acaba el capitalismo, a lo sumo quedarán las empresas gastronómicas o la industria de la alimentación en general. Su carpe diem es absoluto, un humano, otros perros (optativo), comer y dormir.


En resumen, La razón de estar contigo es un producto bodrioso de toda bodriez para cualquier ciudadano serio y respetable al que no le gustan las mascotas, pero para los que amamos los perros una delicia a disfrutar.

Gustavo Monteros


Neruda



Neruda del director chileno Pablo Larraín, por suerte, gracias a los cielos, no es la típica biopic (película biográfica) de productor carroñero, o sea la vulgar exposición de personajes “históricos” o “existentes” sin construcción ni desarrollo, puestos en circunstancias ramplonas, que debemos aceptar sin chistar porque se suponen “reales”


Neruda es una obra de autor. Rica como suelen serlo. Y muy satisfactoria, también. Se focaliza en un par de años de la vida de Neruda. Comienza en 1948, cuando el gobierno de González Videla, a instancias de Estados Unidos (cuándo no) comienza la persecución de los adherentes al Partido Comunista. Sus miembros son internados en el campo de concentración de Pisagua, bajo la atenta mirada, nada más ni nada menos, de un tal Augusto Pinochet. Neruda, senador por los comunistas, tras ser destituido, debe pasar a la clandestinidad. Lo acompaña su segunda mujer, la pintora Delia del Carril, rica aristócrata argentina. Durante 13 meses, para ser exactos, deambularán por casas de amigos y partidarios.


No tardamos en saber que la voz en off que nos acompaña desde el principio de la película pertenece a Óscar Peluchonneau (Gael García Bernal), el policía designado para perseguir, encontrar y encarcelar a Neruda. Habla como un poeta, resentido, porque de no pertenecer a categorías irreconciliables, quizá fuera el depositario directo de la poesía nerudiana. Dice el director: "'Neruda' es en el fondo una película sobre un policía que le da sentido a su vida al perseguir al poeta”


Desde el inicio hay un tono onírico que se manifiesta principalmente por dos herramientas. La alternancia de “transparencias” (técnica en la que un vehículo o un actor son puestos ante una pantalla donde se proyecta el fondo en el que transcurre la escena) y de los lugares reales de dichas transparencias. Y de la continuidad o discontinuidad de un mismo diálogo, a saber, la misma conversación se continúa en distintos ámbitos. Ese tono onírico se vuelve más surreal cerca del final, cuando Larraín nos hace dudar de la “existencia” independiente y auténtica de Peluchonneau.


Quizá porque habremos llegado al verdadero sentido de la película: la realidad intervenida por el artista, deja de ser realidad, pasa a ser su creación. Dice Peluchonneau, cuando el film  pasa del policial al western: “El poeta tiene la fiebre de los espíritus artísticos, que a veces piensan que el mundo es algo que se imaginaron”


Sí, las dos primeras partes son un homenaje al policial noir. La interacción perseguidor-fugitivo lo amerita. Confiesa García Bernal que para imbuirse del estilo que debía tener su personaje vio una y otra vez las películas de Jean Pierre Melville, no en vano el sombrero que usa remite al de Alain Delon en El samurái. Y la tercera y última parte, por ambiente, estilo y filosofía, remite al western.


Gael García Bernal tiene una cara ideal para el cine. De la nariz a la frente, sus rasgos son regulares y armónicos, con expresivos y curiosos ojos claros, esa armonía se interrumpe con dos líneas paralelas, la de los labios y la de la arruga que ostenta la quijada. Aquí esas dos líneas se subrayan con una tercera, la de un bigote, igual de rígido y derecho. A lo que voy es que puede hacernos pasar de la serenidad que infunde la belleza al temor que destila la fealdad resentida, según haga valer el relampagueo de los ojos o la tensión de sus labios. Ojo, además de los dones otorgados, el hombre tiene claridad de objetivos y talento para llegar a los mismos. Luis Gnecco (al que conociéramos en El bosque de Karadima, Matías Lira, 2015) es como Neruda, un hombre feo, su encanto y su seducción radican en la fuerza de su poesía, en el caso del poeta, y en la desinhibición para mostrar apetitos y caprichos, en el caso del actor. Gnecco y Larraín sacan rápido a Neruda del bronce y nos dan un personaje, admirable por momentos, aborrecible en otros. Mercedes Morán despliega su exquisito e infinito talento.


Pero hay otros actores que brillan tanto como los protagonistas, Pablo Derqui hace del español Víctor Pey, amigo de Neruda, que debe tomar distancia para saber si quiere seguir ayudándolo (Neruda, en el fondo una prima donna, es a veces difícil de aguantar). Michael Silva es Álvaro Jara, un hombre del pueblo, encargado de la seguridad de Neruda, que le pide modestia, porque mientras que Neruda se postula para “gigante popular”, son los de a pie a los que golpean, encarcelan, torturan y matan. Amparo Noguera es Silvia, la que en la fiesta pregunta cómo vivirían si triunfara el comunismo. Y por último, y ni por las tapas menos importante, Roberto Farías (a quien conociéramos como el boxeador gay enamorado de Mi último round, Julio Jorquera Arrigada, 2011, que puede verse en Nerflix) se despacha con otro personaje inolvidable: la cantante del burdel.


Neruda es una muy buena película que da mucha tela para cortar. Visualmente impecable, con una bellísima recreación de época y con una música expresiva y acariciadora que ratifica la admirable capacidad de Federico Jusid.


Pablo Larraín (Fuga, 2006, Tony Manero, 2008, Post Mortem, 2011, No, 2012, El club, 2015) reaparecerá en unas semanas con su primera película rodada en inglés, Jackie, sobre Jackie Kennedy, claro. Mientras tanto podemos descansar de tanta producción yanqui y disfrutar de su Neruda.


Gustavo Monteros

jueves, 2 de febrero de 2017

Talentos ocultos

A Talentos ocultos/Hidden Figures le caben los apelativos de Drama edificante o Film inspirador, motes que encierran el cuento de hadas para adultos que, créase o no, ocurrió en la realidad.


Se centra en la vida y obra de tres mujeres negras que fueron trascendentales para la carrera espacial de la NASA, allá en los lejanos sesenta.


Katherine G. Johnson (Taraji P Henson) es una matemática que si no es la definición de la genialidad, le anda cerca. De no ser negra, tendría las oportunidades que merece. Mary Jackson (Janelle Monáe) es una ingeniera hecha y derecha, aunque sin un título que lo avale, porque la universidad no le está permitida por ser mujer y negra. Dorothy Vaughan (Octavia Spencer) es otra matemática de genio, que ocupa un puesto de supervisora, que no le es reconocido por ser negra.


En el breve resumen precedente, sobresale el problema de la negritud. Estas tres mujeres tendrán que ganarse, con esfuerzo, constancia y paciencia,  su lugar en el mundo. Como pasaba con The help / Historias cruzadas (Tate Taylor, 2011) (Olivia Spencer es el puente con esta película) cuesta creer cómo se discriminaba a los negros. Atestiguar la estupidez de la segregación duele. Y sin embargo, hoy todavía se decretan leyes antimigratorias y hay que esgrimir carteles con Ningún ser humano es ilegal. En tiempos de retracción de derechos, esta película celebra la adquisición de los mismos. Sabrá Dios si esta pertinencia ayuda a defenderlos o si los sacraliza como cosa de un pasado irrepetible.


Kevin Costner, Kirsten Dunst y Jim Parsons interpretan a tres blancos con distintas actitudes hacia las tres negras protagonistas. Y el por estos días casi omnipresente, Mahershala Ali,  es aquí el interés romántico de Katherine. Este elenco acaba de ganar el Premio SAG (sindicato de actores cinematográficos) al mejor Cast con toda justicia, impecables todos, del primero al último.


Theodore Melfi, director de la simpatiquísima St Vincent (2014), sabe cómo crear empatía, así que me rindo, Talentos ocultos es una película edificante e inspiradora, también altamente agradable y conmovedora. Debo confesar que la disfruté plenamente, reí y lloré y me entretuve. Le perdoné unas cuantas cosas quizá, pero en tiempos de oscurantismo y discriminación, desplegados por la mierda que nos gobierna, es casi obligatorio permitirnos gozar de historias que terminen bien.


Gustavo Monteros 

Luz de luna - Moonlight

Se ha dicho que Luz de luna pulveriza el estereotipo del negro machote y pendenciero y lo reemplaza con el retrato sensible de un gay que se asume en un ambiente hostil. No estoy seguro que aliente tantas ambiciones mayúsculas, aunque algo de épica hay.


Luz de luna cuenta con estética y tiempos setentistas (no es que haya que tomar un tranquilizante para verla, pero exige bajar un par de cambios para disfrutarla plenamente) el pasaje de la niñez a la madurez de un chico negro marginal, que sobrevive como puede a las circunstancias adversas que le tocan en suerte. Y no menor importancia tiene en su vida la participación de Kevin (Jaden Piner, Jharrel Jerome y André Holland), quien le proveerá de la “luz de luna”, ese momento de belleza que anhelaremos siempre.


El film se estructura en tres capítulos. El primero se llama Little. Chiron (Alex Hibbert) tiene unos nueve años, es tímido y arrastra una madre, Paula (Naomie Harris), adicta a las drogas, a la que mejor no adjetivar para no reducirla al prejuicio, pero que tiene su pesado bagaje de problemas. Será crucial para su educación la aparición de Juan (Mahershala Ali) un traficante de crack, que sentará una imagen paternal, y también la presencia de Teresa (Janelle Monáe), pareja de Juan, y que se perfilará como una segunda madre, más cariñosa y estable que la propia. 


El segundo capítulo se titula Chiron. El personaje que ahora tiene unos 16 años es interpretado por Ashton Sanders. En la escuela es matoneado por Terrel (Patrick Decile) y su relación con su madre se ha deteriorado. Frente al mar vivirá su “luz de luna”, momento que se cerrará con violencia.


La tercera parte es Black. Chiron (ahora actuado por Trevante Rhodes) es un hombretón que se ha convertido en lo que pudo con los modelos que tuvo y hace las paces con su pasado. Visita a su madre y a Kevin, encuentros reveladores si los hay.


La cámara narra como si estuviera contando una epopeya y hace bien, porque es épico el viaje de Chiron. Nada más puedo decir para no develar demasiado, pero este viaje iniciático es deslumbrador.


Los tres actores que hacen de Chiron y los tres que hacen de Kevin son un prodigio de expresividad y transmiten las emociones de sus personajes con bienvenida generosidad. Mahershala Ali (a quien conociéramos como el Remy Denton de House of Cards) nominado para el Óscar por este trabajo, conmueve y resplandece. La hermosa actriz y cantante Janelle Monáe, que también está en Talentos ocultos, se perfila como una grande. Los demás (mención especial a Naomie Harris, la madre, nominada al Óscar por este trabajo) no van a la zaga.


Conviene, y mucho, unirse a este viaje escrito y dirigido por Barry Jenkins. Un baño de luz de luna nunca viene mal.

Gustavo Monteros


Sin nada que perder

Hell or High Water (literalmente “pase lo que pase”), rebautizada como Sin nada que perder, es ante nada y por sobre todas las cosas un ejercicio de cinefilia. Más dispuesto a seguir los modelos elegidos que a respirar por cuenta propia. Es tanto un western, un policial como una buddy movie. Como las series Fargo o Quarry abreva en la estética y la gramática cinematográfica  de los 70, con resonancias de Martin Ritt, Sidney Lumet, Robert Benton, los hermanos Coen, Michael Cimino, Robert Mulligan, John Carpenter, Francis Ford Coppola, Peter Bogdanovich y siguen las firmas, más todos los fantasmas que arrastra consigo la presencia del ahora prócer Jeff Bridges, con más de cincuenta años de cine en sus espaldas.


Como en muchos de los clásicos de los finales de los sesenta y principios de los setenta, la historia progresa por dos dúos de personajes. De un lado tenemos a los hermanos Howard: Toby (Chris Pine) buen hijo, sufrido padre y ex-esposo, brillante para concebir un plan de venganza contra el sistema financiero y Tanner (Ben Foster) un ex-presidiario, apaleado a golpes de chico, que sobrevivió a resentimientos varios por el cariño de su hermano, a veces cruel, otras veces inconteniblemente violento, pero en el fondo de buena entraña (cualquier parecido con personajes que forjaron la leyenda de Paul Newman es adrede, no pura coincidencia). Del otro, dos veteranos Texas Rangers, Marcus Hamilton (Jeff Bridges) y Alberto Parker (Gil Birmingham) a punto de la jubilación.  Marcus es quisquilloso, impaciente, hosco, malhumorado, de lengua filosa (lo que llamo un personaje Walter Matthau, porque me recuerdan a los que le dieron un perfil determinante a la carrera de este gran actor). Alberto es mestizo, con sangre india y mexicana, paciente, simpático, un humanista que soporta lo mejor que puede las chanzas hirientes, discriminatorias y xenófobas de Marcus. No se necesita ser muy despabilado para darse cuenta que Marcus no habla en serio, que no es un racista, es su manera de no involucrarse demasiado, para no dar rienda suelta al respeto y al afecto que siente por Alberto (cualquier parecido a 7000 personajes de Charles Bronson, Clint Eastwood, Robert Mitchum, Kirk Douglas, Burt Lancaster, o el ya mencionado Walter Matthau, entre otros, no es pura coincidencia, es adrede.


Los hermanos Howard roban sucursales pequeñas de un mismo banco, después se comprenderá por qué. Los Texas Rangers van detrás. Marcus es un excelente policía con un buen olfato y descifrará cómo viene la mano. Y, claro, habrá un duelo final.


Si verá esta película saltee este párrafo porque contiene sino un spoiler, una pista demasiado evidente. Desde el inicio del cine estadounidense, los guionistas insisten con un recurso que llamo Moritat te saludant, los que van a morir te saludan, frase con la que se presentaban en la arena los gladiadores del circo romano. En toda película de guerra, acción, western, policiales y hasta dramas, si un personaje secundario, la mayor parte de las veces, habla de sus planes de futuro con algún detalle, seguro que lo mataban sobre el final. El recurso, bastante obvio, consiste en crear empatía con dicho personaje para después conmocionarnos con su triste destino. Es una manipulación narrativa tan barata y tan usada, que ya deberían archivarla. Y sin embargo, no. La revitalizan una y otra vez. Este lugar tan común es, para los que hemos visto más de una película, muy irritativo. La bronca viene porque aquí vuelve a usarse groseramente.


En definitiva, si se acepta su juego de espejos con media filmografía de la década del setenta y se le perdonan lugares comunes tan viejos como el mundo, se puede disfrutar de esta historia de venganza justiciera, actuada, eso sí, como los dioses.

Guión de Taylor Sheridan, dirección de David Mackenzie.

Gustavo Monteros

La llegada

Si La llegada fuera un capítulo de una novela de finales del siglo XIX podría tener un título complementario que dijera: “O de cómo Amy Adams salva al mundo de caer en una crisis interplanetaria o mejor dicho, interespecies”.

No me puteen. Si creen que he contado de más y les he arruinado la diversión, no es el caso. Lo que resumí es apenas lo “macro”, pero aquí importa más lo “micro”. A la Tierra, un buen día, llegan 12 naves extraterrestres que se estacionan en 12 países diferentes. En los Estados Unidos, un coronel (Forest Whitaker) irá a buscar una lingüista (Amy Adams, of course) para que ayude a descifrar el idioma de los aliens. La secundará un científico (Jeremy Renner). El concepto que se utiliza es que el lenguaje refleja la visión del mundo de la cultura que lo produce. Los alienígenas, una especie de pulpos gigantes, se comunican a través de unas manchas que se parecen al viejo y querido test de Rorschach. Y tiene que ser una mujer la que contribuya a la comunicación, porque entiende de ciclos. Y ahora sí, me detengo, porque las sorpresas finales deben preservarse.

Obviamente estamos ante un relato de ciencia ficción, en la variación de extraterrestres no agresivos, al menos de entrada.

Me gusta el cine de Denis Villenueve (Incendies, 2010, La sospecha, 2013, El hombre duplicado, 2013, Sicario, 2015), pero hallo que el canadiense tiene un problemita. Se toma muy en serio, él y todo lo que hace. Su obra está permeada por una seriedad, una gravedad, una grandiosidad, una trascendencia, una importancia, tanta que uno imagina que no va al baño a hacer el número uno o el número dos sino a tener una revelación epifánica. Aquí, el género justifica tanta trascendencia, más que en la anterior, Sicario, al menos.

Amy Adams, impecable como siempre.

Espero haberles dado suficientes pistas para saber si quieren o no ver La llegada.


Gustavo Monteros

miércoles, 25 de enero de 2017

La La Land

Toda obra de arte es un círculo perfecto, un país de fronteras cerradas que se erige y se gobierna por sí solo, un acusado que elige ser juzgado según sus propias reglas, bah, una concatenación de signos que se cohesionan con coherencia. Nunca queda más claro el armado de esta cohesión que en los ejemplos de género puro, como el musical, el policial, el romance, etc. Allí todo debe contribuir a configurar una realidad ficcionalizada depurada, sin contaminación alguna de signos que correspondan a otro género, o a otra obra de arte con sus signos determinantes.


La La Land es un musical. ¿Un paradigma, un ejemplo perfecto de musicales? Veamos. Como corresponde, la topografía visual es estilizada, la mayor parte del film transcurrirá en una Los Ángeles de fantasía, de colores puros, de suburbios despojados. La historia es romántica. Boy meets girl (chico encuentra chica). Él es un músico que quiere que el jazz no muera. Ella es aspirante a actriz, que trabaja de mesera. Estereotipos personalizados en un principio más por el magnetismo de los actores que por rasgos identificatorios. Él no quiere saber nada con ella, y ella sale esquilmada en la primera escaramuza, que establece un pliegue, al que se volverá al final. El beso tarda en llegar y nuestra empatía está ya con ellos, celebraremos cuando finalmente llegue. Establecida la pareja, la historia se bifurca en dos caminos, ¿se consolidará la relación?, por un lado, ¿lograrán triunfar en sus ambiciones artísticas?, por el otro. En este punto, con más de media película en nuestras espaldas, parece que tomará un recurso revolucionario, no pasar por el segundo paso obligado o esa el Boy loses girl (chico pierde chica). Pero no, la revolución no llega, Hollywood, el del mainstream o el independiente, no puede salir del esquema y se produce el alejamiento. ¿Volverán a estar juntos? Nos detenemos para no spoilear.


El todo es coherente, pero no perfecto. El primer número, el de la autopista, muy Les demoiselles de Rochefort de Jacques Demmy, da un poquito de vergüenza ajena. Y la canción de la audición (“Audition, the fools who dream”) curiosamente nominada para el Óscar como mejor canción (junto con la inobjetable “City of stars”, también de esta película) tiene una de las peores letras jamás escritas para un musical. Y el repliegue al que hacíamos referencia cuando ella le habla por primera vez y al que se vuelve al final, es altamente discutible: las fantasías dentro de las fantasías, el artefacto dentro del artefacto, son recursos que pueden volverse en contra. Si ya la “realidad” que vemos es una estilización, ¿qué corno es la estilización de la estilización? El espectador promedio no se hace tantas preguntas, pero llegado el final siente que algo le hace ruido y es esto.


Entre las mejores contribuciones al género está la coreografía de Mandy Moore, llena de stops que se reactivan, como si reflejara la seducción, el histeriqueo al que se entregan los protagonistas. Muy refrescante.


Y, perdón, pero me parecen exageradas las nominaciones que recaen sobre Emma Stone y Ryan Gosling, dos de mis favoritos, por eso puedo hablar libremente, sus actuaciones son luminosas, llenas del magnetismo y del encanto que poseen, pero poco o nada más. Está bien, ella tiene las distintas audiciones para lucir su talento, y él los momentos de desamor, pero ¿mejores actuaciones del año? Seamos serios.


La La Land es movieland pura. Una hermosa hora y media. No perfecta, pero muy agradable y disfrutable. Fue escrita y dirigida por Damien Chazelle (Whiplash, 2014)

Gustavo Monteros

                                                

viernes, 9 de diciembre de 2016

El nuevísimo testamento

Sí van al cine este fin de semana, no se pierdan El nuevísimo testamento de Jaco Van Dormael. En cuanto pueda escribo la crónica.
Gustavo Monteros

jueves, 1 de diciembre de 2016

Sully - Hazaña en el Hudson

Clint Eastwood abandona el insoportable patrioterismo de su película anterior (Francotirador, 2014) y se concentra en otra indagación del heroísmo, más accidental que nunca, porque es tanto azaroso como casual o contingente. Bueno, si somos rigurosos el patrioterismo sigue presente, aunque esta vez no justifica asesinatos sino que se felicita por la eficiencia estadounidense, pero no nos adelantemos ya llegaremos a eso.


Eastwood no la tiene tan fácil esta vez, parte de un hecho conocido, el jueves 15 de enero de 2009, el capitán Chesley Sullenberger, Sully para los íntimos y los no tan íntimos, logró con singular éxito y sin víctimas fatales un aterrizaje de emergencia en el río Hudson, en plena Nueva York. Su público primero, los estadounidenses tienen muy presente la hazaña, la vieron y revieron por televisión, la leyeron en los diarios y vieron hasta el hartazgo las fotografías.  Pero Eastwood, como el excelente narrador que es, no se ocupa tanto de recrearlo como de deconstruirlo. Pone a Sully (Tom Hanks) y a su primer oficial, Jeff Skiles (Aaron Eckhart) frente a una junta presidida por Jamey Sheridan, Mike O’ Malley y ¡Anna Gunn! que investiga si pudo hacerse otra cosa (se menciona por ahí la preocupación de las compañías de seguro y de la empresa). De modo que nuestra inmediata simpatía por Sully y Skiles es puesta a prueba y no nos queda más que indignarnos ante la sugerencia de un heroísmo inútil o fallido. Para agravar más las cosas, Lorraine (Laura Linney) la esposa de Sully nos dice que tienen problemas bancarios y que a la larga quizá pierdan hasta la casa. Sully es también un consultor de seguridad aeronáutica, con una pequeña empresa a cargo que no termina de despegar (ya que estamos entre aviones, usemos terminología afín). Si lo despiden, adiós consultoría, el desprestigio le haría perder autoridad y credibilidad.


Estas situaciones y circunstancias hacen que nos involucremos con los personajes principales, pero de no haber sido tan astutos, director y guionista, todavía contaban con un as bajo la manga, o más bien a la vista de todos, el poder estelar del carismático elenco. Comenzando por el inmenso Tom Hanks que corporiza como nadie la pulsante humanidad de los personajes que le tocan en suerte.


Todo terminará satisfactoriamente, aclaradas las dudas, Sully en un ataque de modestia, dirá que el mérito no es solo suyo sino también de todos los policías, bomberos, enfermeros que participaron del rescate. La autocongratulación está justificada, el paranoico entrenamiento para emergencias que ejercitan con asiduidad esta vez fue ejercido con aceitada perfección.


En resumen, Eastwood reverdece sus laureles de gran narrador con una historia que podemos compartir sin que se nos desaten todas las alarmas antiimperialistas. Cine puro, protagonizado por el hipnótico heredero directo de James Stewart o de Henry Fonda.

Gustavo Monteros

Capitán Fantástico

Ben (Viggo Mortensen) ha cumplido el sueño de muchos adolescentes: vivir con su familia apartado de la civilización y según sus propias reglas. Entrena físicamente a sus hijos con rigores de marine, saben cazar, escalar y robar, tienen acceso libre a una biblioteca con libros de todo calibre y así pueden debatir y analizar literatura, política, ciencia o filosofía. Su peculiar pedagogía da resultados sorprendentes, las principales universidades de Estados Unidos mueren por tener entre sus alumnos al hijo mayor, Bodevan (George MacKay). Que su nombre sea tan raro no debe llamarnos la atención, todos sus hijos tienen nombres inventados que celebran el ser único e irrepetible. Como se observa ideas inspiradas conviven con tonterías medio hipponas o de la peor autoayuda. Claro, por el aislamiento, los seis hijos carecen de los más elementales protocolos sociales que tenemos todos los que vivimos en un ambiente más “integrado”. Este mundo personalísimo está por entrar en eclosión con la realidad tal como la conocemos. Se verán obligados a abandonar su hábitat y confrontar con la civilización.


El viaje de este Capitán Fantástico abarca mucho terreno. Es tanto la épica de un individualista y los límites que encuentra para llevarla a cabo, un ensayo de educación alternativa con sus logros y fallas, la aceptación de fracasos luminosos y la asunción de ausencias dolorosas.


Ben es un personaje apasionante, porque es falible y se lo ve en más de un dilema. Podría dar más detalles de su personalidad o de las peripecias que atraviesa, pero eso aniquilaría algunas sorpresas y los predispondría según tal o cuál visión y arruinaría el placer de descubrir las aristas de un personaje y de una película que (para usar una palabra de moda) nos interpela.


El también actor Matt Ross entrega una película, en más de un sentido, única. Viggo Montersen ratifica ser un animal cinematográfico, la cámara lo ama y se ocupa de amplificar sus sabidurías actorales que se acrecientan con cada trabajo, y para felicidad del personaje de Roger Bart en Las mujeres perfectas (Frank Oz, 2004) se lo ve con toda su masculinidad al aire.


Y aunque Ben me vetaría el uso de una palabra tan anodina, lo desobedeceré y diré que es una de los filmes más “interesantes” del año.

Gustavo Monteros

jueves, 24 de noviembre de 2016

Atentado en París

Tres requisitos son indispensables para disfrutar de Atentado en París (Bastille Day, 2016) en plenitud. 


Primero: ser simpatizante de Idris Elba o Richard Madden. El escocés Madden es una figura en ascenso, fue el Príncipe de la Cenicienta en el que la madrasta era Su Majestad, Kate Blanchett, fue Romeo en una reciente puesta teatral del drama de Shakespeare dirigido por Kenneth Branagh, coprotagoniza con Dustin Hoffman la serie Los Medici, pero fue Game of Thrones la que lo puso en el mapa. Allí fue Robb Stark y en el episodio 9 de la tercera temporada, junto a su madre Catelyn Stark, pasaron a mejor vida tras un sangriento y sorpresivo enfrentamiento con enemigos traicioneros ¡durante una boda!, todo un climax, no tan devastador como el falso destino final de Jon Snow, pero, bueno, por entonces todavía quedaba mucha gente por despanzurrar. Como sea, el muchacho no actúa mal, es de buen ver y se perfila de galán. Para los amantes del policial, en su variante negra-negrísima, entre los que me cuento, el grandote de voz cavernosa de Idris Elba es una referencia insoslayable: el hombre no es nada más ni nada menos que Luther, policía de tan poca suerte que todo el que se involucra con él, en amistad o en amor, termina contando el cuento desde el otro mundo. Peripecia que lejos de apagar nuestra simpatía, la acrecienta. Este londinense tiene una presencia hipnótica y parece un favorito de San Cayetano, tiene incluso más trabajo que Darín.


Segundo: no ser muy quisquilloso con los vericuetos de la trama. No es que haya que dejar el cerebro a la entrada, pero tampoco darle mucho uso durante el despliegue de una trama que no es novedosa ni original, aunque ostenta brío y despierta interés casi constante. Un carterista, Madden, se ve envuelto en un atentado al robarle un paquete con una bomba a una crédula aspirante a desestabilizada social (la también ascendente Charlotte Le Bon, vista recientemente en Operación Anthropoid y en 2014 junto a Helen Mirren en Un viaje de diez metros), lo que atraerá la atención y posterior participación en los hechos de un agente norteamericano, Idris Elba, que como buen yanqui, es policía del mundo. Por suerte, a pesar del título rebautizado para estos pagos y la bomba, no abusa del triste tema de los terrorismos y sus funestos fundamentalismos, no, se inclina para el lado de policías y ladrones y esas cosas.


Tercero y no por eso furgón de cola: amar París. No tengo el gusto de conocer la Ciudad Luz personalmente, pero tengo tanto cine encima como para poder enorgullecerme de conocerla mucho… vicariamente. Es tan hermosa que hasta sus techos lo son, razón por la cual hay una persecución por dichas alturas (aquí puede verse que se inscribe en una tradición por la que ya han andado Jean-Paul Belmondo y Harrison Ford. Ver link al final de esta crónica.


En resumen, no es una joya del cine, pero cumple con lo que promete: entretener. En tiempos de un presidente chanta que pisoteó todas y cada una de las promesas electorales que le hicieron ganar el puesto, esta peliculita, al no defraudar expectativas, se erige como un bastión de ética.


Dirigió James Watkins (Eden Lake, 2008, La dama de negro, 2012).

Gustavo Monteros

http://enunbelmondo.blogspot.com.ar/2016/11/por-los-techos-de-paris.html