viernes, 24 de agosto de 2012

Cuando los chanchos vuelen


La expresión en español, al menos el de estos lugares, es Cuando las vacas vuelen, o sea la imposibilidad de lo utópico. Como la película gira alrededor de un chancho se tradujo más o menos literalmente el título en inglés (When Pigs Have Wings / Cuando los chanchos tengan alas). Porque en inglés sí, los que vuelan son los chanchos y no las vacas. Chanchos y vacas aparte, el título original en francés es El chancho de Gaza (Le cochon de Gaza), que alude a otro dicho en español rioplatense: el del chupete ya sabemos dónde. Porque si hay un lugar en el que el chancho está desubicado es en Gaza. Los dos bandos en pugna en esta conflictiva región, los árabes y los judíos, consideran impura a la carne de chancho.

El protagonista, el iraquí Sasson Gabay (a quien viéramos en La visita de la banda) es un actor carismático y simpático como pocos. Arranco con él porque gracias a su encanto, uno se pasa toda la proyección deseando que la película sea mejor de lo que es. En remotas épocas pretéritas nos pasaba lo mismo con Peter Sellers. Él también nos hacía desear que algunas de esas películas flojitas, flojitas que solía protagonizar fueran mejores.

El inicio une a Sasson Gabai con el chancho en una impronta que consideraremos de “realismo mágico” para no descartarla como una absoluta tontería. Jafar (Gabai) es un pescador y como está prohibido apartarse mucho de la costa, tiene que tener mucha suerte para pescar otra cosa que zapatillas viejas, latas vacías y otras basuras. No va que un día atrapa en sus redes a un chancho. ¿Cómo llegó el chancho ahí?, sabrán los guionistas. Después se dice que el chancho pudo haber venido de ¡Vietnam!

Obviamente Jafar intentará desembarazarse del chancho y su precaria vida se verá alterada. Habrá situaciones que con mucha buena voluntad podrían considerarse humorísticas, personajes de trazo grueso que con mucha buena voluntad podrían considerarse simpáticos y chistes que con mucha buena voluntad podrían considerase graciosos. Y si uno no ha agotado la mucha buena voluntad se llega a un final obvio-simbólico que dice que los árabes y los judíos están más cerca de lo que creen y que podrían vivir en paz. Los buenos deseos siempre se aplauden aunque, como declara con poca fe el título, vayan a pasar cuando los chanchos, las vacas o los corderos vuelen.

Esta película de Sylvain Estibal ganó el César (el Óscar francés) a la Mejor Ópera Prima, ¿cómo habrán sido las otras?

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 17 de agosto de 2012

La era del rock


Camino del cine, La era del rock más que intriga me provoca un suspenso atenazador. Desde su estreno en los EEUU me cruzo con opiniones dicotómicas tan claramente diferenciables como el Norte y el Sur. De un lado están los que piensan que es un bodrio irredimible y del otro los que creen que con un mínimo de buena voluntad es divertida. Yo ¿de qué lado me pondré? Buena voluntad me sobra, pero me he incinerado tantas veces… Como voy caminando, tengo tiempo de pensar. Me digo que los musicales me gustan y que tiendo a tenerles indulgencia. ¿Acaso no vi completa y sin pestañar Grease 2? Sí, pero ¿y Bailarina en la oscuridad? También la vi completa aunque fue una experiencia tan traumática que casi abandono el cine por completo. Tardé como una semana en ver otra película. Me tranquilizo con que ésta viene para el lado de la comedia. Sí, pero ¿hay algo más triste que una comedia que sale mal? Me consuelo con que nada en que estén Bryan Cranston, Alec Baldwin o Catherine Zeta Jones pueda ser del todo malo. Claro, pero si no tienen buen material con el que trabajar, juntos o separados pueden dar lástima. OK, OK, pero tanto los sostenedores como los detractores coincidieron en que Tom Cruise está bien. El hombre puede ser un poco “tieso” cuando es el protagonista, pero hace desparramo de talento en los secundarios (Magnolia, Una guerra de película). Se acaba el suspenso, ahora viene el deleite, la paciencia o el padecimiento: entro al cine.

Y hubo un poco de los tres, nomás. Experimenté deleite, ejercí la paciencia y padecí. Pero comencemos por el principio.

La era del rock fue primero un jukebox musical de Broadway, o sea un musical armado en base a temas populares archiconocidos, con canciones de Poison, Twisted Sister, Scorpions, Def Leppard, Pat Benatar, Joan Jett, Warrant, Foreigner, Journey entre otros, en este caso. Una celebración del rock de los ochenta. La historia transcurre en 1987. Broadway es Broadway y Broadwayriza todo lo que toca y el rock made in Broadway pierde algo de su salvajismo y se asimila en un punto al showtune tradicional, lo cual no está mal ni bien, es una descripción de hechos. El argumento de los jukebox musicales es otro asunto. Suelen ser tan leves como el batido punto nieve. Más una excusa para hilvanar las canciones del período elegido que otra cosa. Y es ahí donde entró a tallar mi paciencia.

La era del rock se cimenta en fórmulas narrativas que ya eran viejas en el cine mudo. Bah, ya eran viejas cuando los griegos inventaron la comedia. No hay nada malo con las fórmulas. Toda narración puede reducirse a una, pero cuando no es más que un esquema pelado y visto hasta el hartazgo, estamos en problemas. Tenemos aquí a “chico (Diego Boneta) conoce chica (Julianne Hough), chico pierde chica y chico… adivinen, sí, chico recupera chica”. Y “chicos pueblerinos (los mencionados) llegan a la ciudad a triunfar y… adivinen, sí, ¡triunfan!”. Si les parece que lo han visto en todas las películas de cantantes, desde las de Elvis hasta las de Palito, no se equivocan. Pero hay más. “Estrella de rock (Tom Cruise), estancada artísticamente y en vertiginosa autodestrucción se recupera a través de… adivinen, sí, ¡del amor! (la bella Malin Akerman), y hasta ¡funda una familia! Y “representante desalmado (Paul Giamatti) manipula a estrella en problemas (Tom Cruise, of course)”, ¡qué novedoso! Y “fanática político-religiosa (Catherine Zeta Jones) quiere destruir a estrella (el susodicho Cruise) por… adivinen, sí, ¡despecho!”. Más “dos personas (Alec Baldwin y Russell Brand) que ya son pareja en todo menos en los hechos, un día lo descubren y… adivinen, sí, ¡lo aceptan!”.

Si la historia me obligó a hace acopio de paciencia, padecí lisa y llanamente el “supuesto” humor de la propuesta. Los chistes son tan pero tan malos que me dejan sin aumentativos ni superlativos. Pero, claro, Hollywood puede ser obvio aunque a veces no muy estúpido. Saben que si un guión es malo, buenos actores quizá no lo rescaten, pero al menos pueden hacerlo más soportable. El gran Bryan Cranston, como el político esposo de Zeta Jones, a fuerza de mucho oficio y tremendo talento transforma un no-gag en gag y no-chiste en chiste. El no menos grande Paul Giamatti hace un caldo cuasi nutritivo con el hueso pelado de su “representante desalmado”. Catherine Zeta Jones sobreactúa a más no poder y se lo agradecemos porque otra cosa no puede hacer y le da color a un personaje que en el fondo no es nada. Alec Baldwin y Russell Brand están divertidos en el montaje paródico de la pareja feliz, aunque no hacen mucho para dar sustento a sus personajes. No los culpo, tienen algunas de las peores líneas cómicas de toda la historia de la comedia cinematográfica. Hay también que sufrir algunas de las resoluciones escénicas más torpes que se hayan visto jamás, como la del notero corriendo micrófono en mano entre los bandos de los roqueros y de las anti-roqueras. No abundo para no aburrir, sin embargo, créanme, hay otras secuencias antológicas de inenarrable torpeza.

Y ¿el deleite? Vino por el lado del primer número de Zeta Jones, exageradamente tenso pero efectivo, del breve diálogo de la parejita en el último encuentro detrás del cartel de Hollywood, no es porque fuera muy bueno, pero por como veníamos, parecía de un Neil Simon inspiradísimo, y (jamás pensé que lo diría, el caballero dista mucho de ser santo de mi devoción) por lo que hace Tom Cruise. Está estupendo de toda “estupendez”.

En definitiva, en la dicotomía que mencionábamos al comienzo ¿dónde me pongo? En el medio. La era del rock alterna permanentemente una de cal y una de arena. Es un bodrio, pero algunas canciones, los actores y la cantante Mary J Blige la salvan de la caída al abismo de los bodrios irrecuperables, aunque juega todo el tiempo con el borde del precipicio. Dirigió, es una manera de decir, Adam Shankman.

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 10 de agosto de 2012

La fuerza del amor



Luc Besson es más francés que le croissant, la baguette o l’éclair. Sin embargo es el más hollywoodense de los realizadores europeos. A las pruebas me remito: Azul profundo, Nikita, El perfecto asesino, El quinto elemento. Aunque le ha dado un toque de finesse, d’auteur a la estandarizada receta yanqui del cine de acción.

La fuerza del amor (The lady, en el original) es su segunda biopic (película biográfica) si consideramos como tal su pochoclerísima Juana de Arco. Se centra en Aung San Suu Kyi, una líder pacifista birmana que se opone a una dictatorial Junta Militar. Ya se sabe, en las dictaduras la vida no vale nada y Suu conserva su pellejo primero por la superstición de un general y después por la siempre atendible razón de que contra un enemigo vivo se puede luchar mientras que con un mártir no queda otra que verlo agigantarse. La dama, que lo es en todo el sentido de la palabra, cuenta con el apoyo incondicional del marido y padre de sus dos hijos, Michael Aris, un erudito inglés en cuestiones orientales.

The lady comete todos los pecados veniales y mortales de una biopic. Idolatra a su protagonista, simplifica lineamientos políticos que se intuyen más complejos y banaliza dilemas éticos inconmensurables. Con buen criterio Besson muestra cuidado y reserva en el registro de las atrocidades de una dictadura, lo que resulta paradójico en alguien que no tuvo restricciones en pergeñar sadismos varios en producciones anteriores. Pero claro aquello era ficción pura y esto realidad amarga: la crueldad de los dictadores supera la imaginación descabellada de cualquier autor. De todos modos el peor pecado del film, la santificación de su protagonista (de la que se ríen en un tierno diálogo) es absuelto por la franqueza que exhibe. Es una película militante, el problema sigue sin resolverse, Birmania continúa bajo una dictadura y se dice por ahí: Ustedes que tienen libertad ayúdennos a obtener la nuestra. La señora ganó en 1991 el otrora significativo Premio Nobel de la Paz, devaluadísimo ahora desde que se lo dieron a ¡Obama!

El film triunfa o sea gana en temperatura emocional cuando se concentra en detalles: la radio sin pilas, el teléfono espasmódico que incomunica más que comunica, el piano que enseña la palabra música o los dedos del asesino que se despiden en el gesto de disparar un arma. Es cuando lo político se convierte en peripecia humana que se logra la conmoción y la solidaridad del espectador.

Me costó entrar en la película, un problemita que tengo últimamente. Es que el cine contemporáneo es tan previsible, tan verificable, tan fácilmente decodificable que uno al segundo fotograma ya sabe de qué viene el trámite y se padece un déjà vu que dura toda la proyección. Como siempre los actores vinieron a mi rescate. Una mirada desesperada, triste y piadosa de Michelle Yeoh me hizo entrar y la historia ya no me soltó. Yeoh nació en Malasia y tiene una carrera muy particular. Estudió danza en Londres, fue reina de la belleza, triunfó en el cine haciendo acrobacias y artes marciales en películas de acción, hasta coprotagonizó un par con, nos ponemos de pie y hacemos una reverencia, el genial Jackie Chan. Occidente la conoció cuando James Bond era Pierce Brosnan en El mañana nunca muere y alcanzó notoriedad mundial con la inolvidable El tigre y el dragón. Después Hollywood la usó en varios despropósitos, pero no importó, porque ya sabíamos que era una actriz maravillosa. Aquí deslumbra. Hay una foto del estreno, en la que Besson se inclina y le besa la mano. No es un aspaviento francés, es el reconocimiento sincero a una grande. El bueno de David Thewlis es el marido, que hace una cosa medio rara, por momentos su actuación tiene profundidad y sutileza y en otros un trazo grueso con acabado de hilo chanchero. Sea como fuere, tamaño contraste lo vuelve hipnótico.

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 3 de agosto de 2012

Amigos intocables

Para no perder la esperanza, a veces cosas extrañas suceden. Alguien comprende y pide disculpas, un alumno aprende o Dios deja de hacer bromas chejovianas y quienes deben conocerse se encuentran.

Philippe (François Cluzet) es un francés cincuentón rico, aristocrático, culto, sin ninguna necesidad a satisfacer,  con un pequeño problema, está tetrapléjico después de un accidente en parapente. Driss (Omar Sy) es un senegalés treintañero pobre que acaba de salir de la cárcel, sin oportunidades, con todas las necesidades a satisfacer. Driss está en la casa de Philippe, bueno, un palacete de aquellos en realidad, para ser rechazado en el trabajo que se ofrece o sea cuidarlo. Tres rechazos le permitirán acceder al seguro de desempleo. Sin embargo el desparpajo, la espontaneidad, la indiferencia o más bien la falta de lástima por su condición conquistan a Philippe y a Driss le ofrecen el trabajo. Cada uno tiene lo que el otro carece y más allá del contrato que los une, surgirá una amistad incondicional.

Amigos intocables, si no se basara en un documental que registra esta historia verdadera, sería desestimada como el colmo del caradurismo de un guionista manipulador a ultranza. Tiene todos los elementos de un melodrama ramplón y el catálogo completo de las triquiñuelas marketineras berretas, pero más allá del derroche de encanto que se permiten en la narración, el hecho existió y confirma que  la vida se comporta de vez en cuando como un cuento de hadas.

Esta película de Olivier Nakache y Eric Toledano fue un tremendo éxito en las pantallas francesas el año pasado y se vendió muy bien en los países en los que fue distribuida. Es comprensible. Está filmada con elegancia clásica, sensibilidad astuta y bastante buen gusto. Como si se hubieran dicho: Tenemos una historia linda y “buena”, hagámosla lo más linda y buena posible (según los cánones comerciales de “bondad” y belleza más estandarizados, claro).La musicalización es tan dulce que si uno obvia la culpa y el prejuicio el oído se deja acariciar con placer.  Y los actores redimen la historia de todos sus excesos de seducción y de su obstinada voluntad de agradar.

Cuando comenzó, pensé que iba a detestarla, pero la convicción con que está contada, el nivel de compromiso con los personajes es tal que terminé “comprándola”. El  final certifica que es honesta y que todo cinismo fue inútil. Que se le va a hacer, habrá que aceptar que los milagros también se dan.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 27 de julio de 2012

Todo queda en familia


En las vacaciones de invierno, los cines se llenan de niños, padres y adolescentes con baldes de pochoclo y gaseosas para alimentar las eras de hielo cuaternarias, los terceros madagascares, las valientes pelirrojas pixar-disneylandianas, los sorprendentes (?) hombres arañas y los murciélagos ensombrecidos de masacres. Sin embargo los distribuidores no descuidan a los minoritarios adultos cinéfilos y nos sorprenden con una película croata de 2010.

Me divierte la idea de ver una película sobre la que no sé nada, firmada por un director del que me acabo de anoticiar. Tanto me divierte la idea que se me cruza verla y no contarles nada para que ustedes pasen por la misma experiencia. Aunque, claro, si hiciera esto, ¿para qué corno tendría este blog? De modo que me pongo a averiguar de qué viene la peli. Primero miro el tráiler y veo que anda por los andurriales de la infidelidad, tema sabroso y eterno. Descubro también que ganó un premio en el festival de Karlovy Vary. El original se titula Neka ostane medju nama, que sabrá Dios cómo se traduce; en inglés se la llamó Just between us (Entre nosotros) y en español: Todo queda en familia. A uno de los protagonistas, Miki Manojlovic, lo hemos visto en varias películas de Kustirica y en otros tantos films franceses. Leo por ahí que el director Rajko Grlic dijo: "nuestra vida está muy determinada por nuestros empleadores, familia, iglesia, estado, medios de comunicación y dinero. Parece que lo único que resta susceptible de cambio es la persona con quien compartir nuestra cama. Hoy en día, los adúlteros reemplazan a los bandidos de ayer -los revolucionarios, los rebeldes y los visionarios-. Según los sociólogos, la emoción de la rebelión, el dulzor de romper las reglas y el peligro de cruzar hacia lo desconocido han quedado reducidos a una aventura llamada adulterio". Interesante idea rectora.

Hace transcurrir la acción en Zagreb, capital y ciudad más grande de Croacia, a la que equipara con cualquier otra metrópolis europea, por momentos parece París, en otros Lisboa. La trama, una vez completa, se asemeja a una mezcla de Almodóvar con un culebrón brasilero-colombiano, aunque la musicalización me devolvía a las telenovelas argentinas de los setentas y ochentas, subrayadas también por Satie y reconfortantes melodías. El tono es agridulce y las actuaciones, impecables.

Al principio la odié y de a poco me fue seduciendo. Se exhibe en horarios difíciles, pero vale la pena acercarse, aunque más no sea para visitar una cinematografía que frecuentamos muy poco.

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 20 de julio de 2012

El dictador


Las generalizaciones más que malas son peligrosas. Si son negativas derivan en prejuicios. Si son positivas se convierten en corrección política. Ambos extremos son enemigos del discernimiento libre y saludable. Los prejuicios engendran fundamentalismos y fanatismos. La corrección política, si no es genuina o ingenua, alberga esa cosa hipocritona mal.

Sacha Baron Cohen, como buen autor satírico, se las ingenia para atacar a ambos. Aunque la que más sufre es la corrección política porque su progresismo es endeble y cubre con el manto de piedad más de lo que debe. Con El dictador, Baron Cohen se aparta del esquema de falso documental que usara en Borat y en Brüno, intenta una trama tradicional propulsada a gag y chiste que está más cerca de ¿Dónde está el piloto? que de One, two, three. El resultado puede que sea desparejo, pero ya lo era, incluso con las cámaras ocultas, en las dos precedentes. Aunque está más allá de toda discusión el discurso final en The Lancaster, antológico y de una genialidad absoluta.

Convengamos que la sátira no debe medirse con los cánones de la comedia. Por su esencia reniega de toda prolijidad, corrección o del tan cacareado buen gusto. La sátira es re “des”: desmadrada, desmesurada, desaforada. De allí que cuando logra "épater le bourgeois" se la acusa de obscena, escatológica y atrevida. La sátira se mide por la eficacia de sus descalabros, por la claridad conceptual de sus ataques. Y si en ese campo se miden las de Baron Cohen son más que logradas.

Otra cosa que diferencia a El dictador de Borat y Brüno es que en éstas le escapaba al estereotipo y sus personajes más allá de los colores fuertes se perfilaban con humanidad. Aladino, el dictador vitalicio de Wadiya, un inventado país norafricano,  es estereotipo liso y llano, lo que no le resta contundencia a sus embates.

En lo personal debo confesar que poder apreciar el trabajo de Baron Cohen me rejuvenece. Mis contemporáneos suelen rechazar sus excesos, les da cositas algunos chistes y culpa, ciertas barbaridades. Yo, en cambio, como los jóvenes, me deleito a lo grande.
Un abrazo, Gustavo Monteros

Los tres chiflados

Los tres chiflados no es, como pudiera esperarse, otra vampirización de una vieja serie de televisión para que los descerebrados productores puedan vender toneladas de pochoclos. No, es una carta de amor de los hermanos Bobby y Peter Farrelly (Tonto y retonto, Loco por Mary, Irene, yo y mi otro yo, Inseparablemente juntos, Amor ciego) al trío que alegró sus infancias. Sean Hayes (Will & Grace) es Larry, Will Sasso es Curly y Chris Diamantopoulos es Moe. En algún momento se habló de que estos roles pudieran ser cubiertos por Jim Carrey, Sean Penn, Benicio del Toro o Robert De Niro, pero los Farrelly prefirieron que tremendas personalidades no se antepusieran a los personajes del adorado trío. Los voraces productores hubieran preferido lo contrario, no se necesita ser muy despabilado para suponer que es más fácil vender a Penn o a De Niro que a Sasso o Diamantopoulos. Como toda carta de amor, pueda que tenga faltas ortográficas o de sintaxis, aunque nada de eso sea de relevancia a quien va dirigida.

Para fanáticos y nostálgicos de Los tres chiflados. El resto va por su cuenta y riesgo.

Un abrazo, Gustavo Monteros

El camino


El camino (The way, 2010) es una especie de pyme familiar. Está escrita y dirigida por Emilio Estevez, protagonizada por Martin Sheen, padre del anterior y en un pequeño papel esta Renée Estevez, hermana del primero e hija del segundo. Este film es un buen ejemplo de un subgénero del drama al que podríamos denominar la película sermón. O sea esas películas que antes que entretener o contar una historia parecen responder al imperativo categórico moral o religioso de subirse al púlpito e infringir lecciones de vida a diestra y siniestra. No crean ver aquí una crítica implícita, es sólo una descripción.

Tom (Martin Sheen) tiene un hijo, Daniel (Emilio Estevez) con el que no se entiende mucho. Daniel muere en un accidente y Tom, con los restos del hijo en una urna, emprende el camino de Santiago de Compostela, que el hijo se proponía desandar, para repartir las cenizas. Conocerá personas diversas y su visión del mundo cambiará.
Ideal para los que disfrutan de una buena homilía. El resto abstenerse.

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 13 de julio de 2012

Plan perfecto


Jennifer Westfeldt, entre otras cosas, vendría a decir que el casado de vez en cuando quisiera estar solo porque se aburre, que el soltero de vez en cuando quisiera estar casado para aburrirse un poco, que los padres a veces quisieran no haber tenido hijos para descansar por un rato de demandas y obligaciones, que los que no son padres quisieran a veces tener hijos para saber lo que es tener la vida alterada por esa cosita que llora, caga, pide teta y se niega a dormir. Bien, dirán ustedes, nada que no sepamos. Por supuesto, pero no se trata de decir sólo cosas inéditas sino también de ratificar las que ya sabemos de un modo atrapante y ¿por qué no? más esclarecedor. ¿Lo logra? Veamos.

Jennifer Westfeldt, después de guionar y protagonizar Besando a Jessica Stein (2001) y Cásate conmigo otra vez (2006) se le anima ahora con Un plan perfecto (Friends with kids o sea Amigos con hijos, en el original) a la triple corona de escribir, protagonizar y dirigir. No diré que sale triple campeona, hazaña que en algún momento lograron el ahora castigadísimo Woody Allen (¿por qué tanto odio con el hombre?, ¿les violó una hija?, ¿los cagó con guita?, ¿los dejó en la calle?, ¡sólo hace películas!, tanta saña revela más la miseria de quien denosta que de quien es denostado) o el recientemente justipreciado Kenneth Branagh, pero la chica algún lauro obtiene.

Jennifer Westfeldt ensaya una comedia romántica distinta. Julie (Jennifer Westfeldt) y Jason (Adam Scott) son los amigos solteros del grupo. Los demás están casados, Missy (Kristen Wiig) con Ben (Jon Hamm) y Leslie (Maya Rudolph) con Alex (Chris O’Dowd). Dos matrimonios bien avenidos mientras no tienen hijos. Cuando los retoños lleguen, uno sorteará el estrés más o menos felizmente y el otro sucumbirá a la frustración y el reproche. Julie, apurada por el reloj biológico, se preguntará por qué no tener un hijo con su amigo Jason y después seguir cada uno por su cuenta con la búsqueda de su pareja ideal. Jason estará de acuerdo y aceptará el plan. El experimento parece funcionar, pero ¿hay una manera perfecta de sortear las dificultades que entraña tener un hijo?

Hoy, por suerte, hay tantas maneras de fundar una familia como las que dicta el amor. Algunas son más aceptadas que otras. Ya nadie levanta una ceja si los miembros de una pareja divorciada con hijos vuelven a casarse con personas que también traen hijos a la nueva unión (las tan mentadas parejas ensambladas). Las parejas del mismo sexo con hijos son miradas con suspicacia por los mayorcitos, criados con otra concepción de la vida, pero no por los jóvenes, los adolescentes y los niños, que aceptan con naturalidad la vida multiforme. Entre estos extremos, hay otras formas de familia, como la de las madres o padres solteros (conocidas también como familias monoparentales), etc. Julie prueba la de una familia de amigos.

Como decíamos Jennifer Westfeldt ensaya una comedia romántica distinta, pero se queda en el ensayo. Hace un planteo audaz aunque no lo lleva hasta las últimas consecuencias. Cuando llega a la resolución, se deja tentar por convencionalismos que huelen a claudicación.

En resumen, una primera hora cercana a la impecabilidad, con diálogos filosos, situaciones mordaces, personajes ricos actuados con profundidad y una media hora final tan tranquilizadora de conciencias que hasta a Doris Day le hubiera parecido poco transgresora.

Ah, el envidiable reparto se completa con Megan Fox que hace de chica bella narcisista con atributos como para curar la impotencia (bien, porque le da el cuero) y el también guionista, actor y director Edward Burns que se divierte a lo grande con su Sr. Perfecto (el hombre es uno de los pocos que tiene espalda para tal cometido).
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 6 de julio de 2012

El chico de la bicicleta


Syril (Thomas Doret) es pelirrojito y tiene unos 11 años. Sostiene el teléfono e insiste en llamar. El adulto que está con él le dice que es inútil, que ya sabe la respuesta. Syril de todos modos llama. El mensaje automático le dice que ese número ya no existe, que ha sido dado de baja. Syril quiere entonces llamar al portero del edificio donde vivían. El adulto le dice que ya lo han hecho, que sabe la respuesta. Syril no puede comprender que su padre se haya mudado sin decírselo, sin haberle traído la bicicleta como prometió. Comprendemos así que Syril está en un hogar de acogida en el que su padre lo ha dejado y que el adulto es un tutor de la institución. Syril intenta escapar, lo agarran. Al día siguiente escapará de la escuela, llegará al edificio de su domicilio anterior, hablará con el portero, quien le dirá que su padre se ha ido, que no tiene la nueva dirección, que el departamento está vacío. Pero Syril es como un perro abandonado, tenaz y obcecado, no en vano después lo apodarán Pitbull. Toca entonces el timbre de unos consultorios médicos de la planta baja, dice que se cayó y que se lastimó y que necesitan que lo vean. Le abren la puerta. Syril sube al quinto piso, al viejo departamento. Golpea, golpea. Un vecino le dice que no hay nadie, que está vacío, que se vaya. Se sienta en las escaleras y ve venir a los tutores del hogar de acogida. Trata de huir. Cercado, se meterá en los consultorios médicos. Los tutores lo siguen. Syril se abraza a una mujer sentada en la sala de espera y la hace caer. Sólo se calmará cuando el portero le asegure que puede dejarlo entrar al departamento en el que vivía. Comprueba que no hay nada, que su bicicleta no está. Días más tarde, aparecerá la mujer del consultorio a la que se aferró. Se llama Samantha (Cécile de France) y le trae su bicicleta. Le cuenta que se la compró a un chico del vecindario a quien su padre se la vendió. Syril dice que no es posible y que si no es su bicicleta no la quiere. Comprueba que el rayón que le hizo sigue ahí, que es la suya, dice que su padre no debe haberla vendido, que se la deben haber robado. Samantha parte en su auto, recorre el callejón hacia la calle, pero cuando está por trasponer los portones de entrada, Syril le pide que lo saque los fines de semana. Samantha dice que no cree que sea fácil. Syril le asegura que sí, que es fácil, que siempre están escasos de familias adoptivas temporarias para los fines de semana. Entonces…

Y no crean que conté media película, no, conté sólo los primeros tres o cuatro minutos. Los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne (La promesa, Rossetta, El hijo, El niño, El silencio de Lorna) narran a acción pura. Sus personajes son “físicos”, pragmáticos, hablan poco y cuando lo hacen son directos. No se andan por las ramas y lo que no pueden decir, lo callan a cal y canto.

Los hermanos Dardenne aborrecen la sensiblería habitual. Jamás hay planos bonitos y violines llorones. La única música con sentido dramático que se usa es un brevísimo fragmento del “Adagio un poco mosso” del Concierto para piano N° 5 “El emperador” de Beethoven. Pero préparez vos mouchoirs (preparen los pañuelos) porque la emoción que provocan es pura y fuerte. Proviene de la acción, del movimiento, del hecho, no de la manipulación berreta seca-lagrimales yanqui. Lo de ellos no es el melodrama, no, es el drama seco, parco. Es como un bofetón. Como un bofetón merecido y bien dado, del que no hay que disculparse.

El chico de la bicicleta es un film de tres íes: insoslayable, imperecedero, inolvidable.

Un abrazo, Gustavo Monteros
(Ah, el padre de Syril es Jérémie Renier, el que hace de curita belga en Elefante blanco de Trapero.)

viernes, 29 de junio de 2012

A Roma con amor






Para los cinéfilos agradecidos, no para los críticos que desde hace 20 años lo tienen como su punching ball preferido, Woody Allen es un amigo de toda la vida, que una vez al año nos invita a una cena que él mismo cocina. A veces el menú es genial, otra exquisito y las menos, apenas digerible. Nosotros, los cinéfilos agradecidos, comemos con deleite (sincero a veces, de fabricado entusiasmo otras), nos limpiamos la boca y agradecemos siempre el convite. Porque él es un amigo y los amigos no tienen por qué ser siempre geniales. Tiene sus mañas, filma rápido, mucho plano y contraplano, y a veces le da pereza revisar los guiones. Se lo decimos, entre bromas, con educación y respeto, porque es un amigo. Pero en el fondo no nos importa y se lo perdonamos porque ¿qué amigo es perfecto?
Últimamente, alejado de su musa Nueva York, se le dio por pasear por Europa. Ya anduvo por Londres, Barcelona, París y ahora le toca el turno a Roma. Para la próxima vuelve a los Estados Unidos, más precisamente a la muellística y puentística San Francisco.
Roma es la Ciudad eterna y con Woody tiene un poco menos de suerte que París, la Ciudad luz. Y sí, A Roma con amor no es Medianoche en París. Aunque, claro, los críticos me adelantaron que me encontraría con un bodrio indigerible, insulso y malcocido, y, oh sorpresa, A Roma con amor no figurará entre sus mejores obras, pero está lejos de esos títulos que rozan la impresentabilidad, que también los tiene.
Se vertebra en cuatro historias, dos con italianos y dos con norteamericanos. Un puestista de ópera jubilado (Woody Allen), casado con una psiquiatra (Judy Davis), viene a Roma a conocer al novio (Flavio Parenti) de su hija (Alison Pill) y descubre que su futuro consuegro (Fabio Armiliato) es un cantante de ópera magnífico. Salvo que sólo puede cantar en la ducha. Una pareja de recién casados, Antonio (Alessandro Tiberi) y Milly (Alessandra Mastronardi) llega a Roma a hacer buenas migas con los parientes ricachones y bienudos de él. Pero ella se perderá y atajará los manotazos del primer actor Luca Salta (Antonio Albanese) y él terminará “liado” con una prostituta, Anna (Penélope Cruz). Un arquitecto rico y famoso, John (Alec Baldwin) aconsejará a un estudiante de arquitectura, Jack (Jesse Eisenberg) indeciso entre dos mujeres, Sally (Greta Gerwig) y Mónica (Ellen Page). Y un italiano común y corriente, Leopoldo (Roberto Benigni) disfrutará y padecerá los “15 minutos” de fama.
Como siempre con Allen, hay referencias cinematográficas directas e indirectas. Por ejemplo, la historia de Alec Baldwin evoca a la inolvidable Nos habíamos amado tanto (Ettore Scola, 1974). Y el policía de tráfico y el vecino del final recuerdan a los narradores de algunos films de Fellini. La historia de la parejita tiene más de una impronta de De Sica.  Mientras que al segmento de Benigni, bien lo podrían haber firmado Monicelli o Risi.
Se preocupa porque Roma luzca bella, hay cuidado en la puesta en escena y todos los actores brillan. Aunque hay problemitas de guión, unas cuantas podas no le vendrían mal y más líneas brillantes le vendrían bien. Pero su oficio es tan grande que algunas situaciones están muy bien planteadas y mejor resueltas.
Se dijo por ahí que abusa de la moralina. Más que una crítica es una descripción de estilo. Las cuatro historias son cuentos morales con moraleja explícita. No se necesita ser un experto en Allen para saber que esta vez los subrayados son a propósito. El hombre tiene una larga historia con films de implicancia indirecta sin ningún acentuado. Frenen con la mala leche, críticos del mundo, y fundamenten lo que digan. Gánense  el mango con decencia y no digan pavadas.
Woody Allen repite su personaje habitual con más de un guiño para su público habitual. Judy Davis tiene un personaje mal armado o armado a medias, de todas maneras se luce porque Allen le reservó los remates brillantes que la actriz emite con placer e inteligencia. Penélope Cruz es una prostituta descarada deliciosa. Roberto Begnini está perfecto en su don nadie bendecido y maldecido por la súbita fama. Alec Baldwin, Jesse Eisenberg y Ellen Page están felices de filmar con Allen y pulen sus parlamentos y personajes. Los demás actores italianos están tan cómodos y fluidos que parecen haber trabajado con Allen toda la vida.
En resumen, no fue el plato de fideos babosos con salsa ácida que me dijeron que era, no, es más bien un plato de fideos de paquete con salsa casera, sencilla y sabrosa. Tal plato de fideos puede que no sea inolvidable, pero está mal de la cabeza quien niegue que cuando hay hambre no sea éste un plato de lo más bienvenido.
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 23 de junio de 2012

Un amor imposible



Lasse Hallström es un director sensible, muy sensible. Pero su eficacia deriva de las bondades de los originales. Si el material es bueno como en ¿A quién ama Gilbert Grape? o Las reglas de la vida logra un resultado decente, que perdura. Si es malo, no es de redimir con arte lo espurio. Querido John es tan bodrioso y berreta como la novela que le dio origen.

Esta vez el original (una novela de Paul Torday) parecía promisorio. Al menos para una farsa política de primer nivel, género tan infrecuente como el famoso unicornio. Después de volar una mezquita que hace la participación de los ingleses en Afganistán más antipática todavía, la jefa de prensa del primer ministro (Scott-Thomas), necesita una noticia amable de alguna coincidencia de intereses entre ingleses y musulmanes. Entonces “fabrican” una que estaba en proceso de realización. Un sheik (Amr Waked) pretende armar un río para pescar salmones en tierras desérticas de Yemen. Una asesora de inversiones (Blunt) se contacta con un experto ictícola (McGregor) para viabilizar el proyecto y entonces…

Pero como indica el anodino título que aquí le pusieron, Amor imposible, Hallström se concentró en lo que más conoce o en lo que mejor le sale: la comedia romántica, con más romance que comedia. Todo bien, pero se nota mucho que desvirtúa algo que en el frente y en el todo apunta para otro lado: la incorrección política, la ironía y el cinismo revelador.

Es inevitable que venga a la mente el recuerdo de Uno, dos, tres (1961) de Billy Wilder, farsa política modélica que también se motorizaba por una historia de amor. Ésta podría haber sido una respuesta contemporánea a aquel clásico inoxidable, pero optaron por la habitual venta de pochoclos sentimentales. Una pena, que sin embargo puede disfrutarse por los actores.

Ewan McGregor está muy bien en su primer galán maduro (Dios mío, cumplió 40 años, ayer nomás, era el adolescente de Trainspotting). Su personaje es el que hace que el amor sea “imposible”. Es tan reservado, estirado, metódico y reprimido que si no fuera interpretado por Ewan sería muy difícil desarrollar la más mínima empatía con un ser tan enojoso. Claro, cambiará, a fuerza de las “lecciones de vida” que le propinan  Hallström y sus guionistas.

Emily Blunt destella belleza y talento. (Por favor, que alguien le dé pronto un papel que la catapulte a la fama imperecedera, es una de las pocas actrices jóvenes que no le teme al superestrellato).

Kristin Scott-Thomas (espléndida como el primer día, pero resignada desde hace rato a que le den sólo papeles de dama madura) brinda una interpretación briosa que se agradece. Está como en otra película, la película que debió haber sido.

Para contrarrestar la demonización habitual a los musulmanes, los guionistas se dejan ganar por una corrección política tan acendrada que el sheik de Amr Waked es poco menos que un santo, un ejemplo de sabiduría con una tendencia al misticismo, al mantra de autoayuda y la frase altisonante. Habla muy bien de este actor egipcio que logre un personaje digerible.

En resumen, Salmonfishing in the Yemen (según su título en inglés o sea La pesca del salmón en Yemen) pudo haber sido un peliculón pero es apenas una peliculita.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 15 de junio de 2012

El secreto de Albert Nobbs




"Hay algo tan profundamente conmovedor en la vida de Albert que nunca dejó de emocionarme”: dijo Glenn Close en un reportaje. Y sí, es así. Albert tiene la rigidez y ese aire absurdo de los hombrecitos de Magritte, el dulce patetismo del Carlitos de Chaplin y el despiste de un mozambiqueño en el Ártico. Es que por más que conozca la rutina de su papel, sus líneas, las entradas y las salidas, allá en el fondo está un poco perdido. Bueno, un poco no, muy. Es que Albert no es Albert, es Albertina. Y es Albert no por elección o identificación, no. Es Albert por accidente, por supervivencia. No era fácil ser huérfana en la Irlanda del siglo XIX. Nunca lo es, pero a veces es incluso más difícil. A los 14 años, después de una experiencia traumática como pocas, consigue un trabajo de una noche como mozo. Y no tarda en advertir las ventajas del rol, que nadie le presta mucha atención al sirviente perfecto, ése que no nota los secretos y las impudicias, el que se confunde con la pared contra la que se apoya. Entonces huye y es Albert. Pero la fuga es también una forma de prisión. Otra. No hay libertad en el engaño. En la omisión quizás, pero no en el engaño. Después de tantos años de máscara y disfraz, ya no sabe qué desear. A veces pareciera que quisiera ser un hombre, otras, una mujer. Tiene un sueño. Modesto. Que lo impulsa a un pragmatismo confundidor. Una noche accidentada lo hará entrever que quizá sea posible ser feliz. Si tan sólo…

El secreto de Albert Nobbs es un viejo y querido proyecto de Glenn Close. El original es una “novella” o cuento largo de George Moore que se convirtió en una obra de teatro que Close protagonizó en el off-Broadway en 1982. Primero barajó hacerla película con István Szabó con quien trabajó en Encuentro con Venus (1991). Terminó haciéndola con Rodrigo García con quien hizo Con sólo mirarte (1999) y Nueve vidas (2005).

García tiene sensibilidad, discreción y respeto por sus personajes, maneja los actores, sobre todo las actrices con firmeza y empatía. Cualidades que Glenn, veterana de varias guerras artísticas, aprecia y agradece, más en este caso, en que no sólo era el eje sino el mismísimo motor del proyecto. Escribió el guión, la letra de la canción, produjo el film, eligió casi todo el elenco y las locaciones principales. Sólo le faltó lo del plumero o la escoba ya sabemos dónde…

Y no lo hizo del todo mal. El guión es perfectible pero bueno, la canción es poética y sentida, a la producción no le falta nada y el elenco es soñado. Mia Wasikowska (la Alicia de Tim Burton) y Aaron Johnson (el glorioso Kick-ass) no fueron las primeras opciones, eran Amanda Seyfried y Orlando Bloom, pero como están más ocupados que yo los lunes, no pudieron participar, aunque alcanzaron a ensayar, de allí que aparezcan en los agradecimientos. Wasikowska está muy bien con su “damita joven”, Johnson no del todo en su galán con ingredientes. Pauline Collins (la inolvidable Shirley Valentine, 1989), que tanto sufriera junto a Glenn desandando el Paradise Road (de Bruce Beresford, 1997), está de rechupete como la dueña del hotel. Jonathan Rhys Meyers y John Light, que fueran hijos de Glenn en Un león en invierno, lucen esta vez más apostura que talento, pero no es culpa de ellos sino de los que les toca en suerte. Brenda Fricker, Antonia Campbell-Hughes, Maria Doyle Kennedy, Mark Williams, James Greene son un personal de cocina-comedor de lujo. Phyllida Law, la mamá de Emma Thompson, se hace notar entre los huéspedes. Pero mis favoritas en este film, aparte de Glenn, claro, son Janet McTeer (también travestida y nominada a varios premios al igual que Glenn) que hace de Hubert Page, un pintor de brocha gorda de lo más seductor y Bronagh Gallagher como Cathleen, una simpática y cálida modista. Y dejo para el final al inmenso Brendan Gleeson, que es el médico. De talento tan rotundo como su figura. Que sea él quien lleve adelante una de las escenas claves me mató. Su humanidad es tan luminosa que es imposible no conmoverse.

A Glenn Close ya no le falta nada, salvo ganar un Óscar. Ella sonríe y dice: “A menudo se me confunde con Meryl Streep, pero nunca en las noches de los Óscars.” Lleva seis nominaciones sin ganar. Comparte el podio de las seis nominaciones sin premio con Deborah Kerr y Thelma Ritter (pavada de compañía). Ya se le dará o no. No importa, todos tenemos un personaje favorito de Glenn y eso pesa más que el pisapapeles dorado “parecido a mi tío Óscar”. Hoy no sé si a la larga su Albert/Albertina superará en mi memoria a Iris Gaines (El mejor), a Maxie (Maxie), a Alex (Atracción fatal), a la marquesa Isabelle de Merteuil (Relaciones peligrosas), a Sunny von Bülow (Mi secreto me condena), a la Sra. Farraday (El secreto de Mary Reilly), a la reina Gertrudis (Hamlet), a la Primera Dama de Marte ataque, a la vicepresidente de Avión presidencial, a la Camille de La fortuna de Cookie, a Cruella de Vil de Los 101 y 102 dálmatas, a la Leonor de Aquitania de El león en invierno o a la Patti Hewes de Damages, lo que es seguro es que logró otro hito en su carrera y que tiene razón, Albert es conmovedor y se vuelve inolvidable.

Eso sí, el chico del pasillo sabe que Albert y Hubert algo esconden. Aunque más no sea porque su mirada es limpia. Se puede engañar a los adultos, pero nunca a un niño. A veces no hay sabiduría mayor que la ingenuidad.
Un abrazo, Gustavo Monteros