sábado, 17 de septiembre de 2011

Invasión a la privacidad



Juliet (Hilary Swank) es una cirujana que cose corazones destrozados a cuchillazos con la misma destreza con que mi mamá zurcía medias, o sea es una chica moderna y profesional. Duerme en un hotel porque descubrió a Jack, su media naranja (Lee Pace) en su propia cama con otra. Jack se disculpará después diciendo que se sentía dejado de lado, y… la modernidad es así, ahora son los hombres los que se sienten relegados. Como la pobre Juliet no puede dormir en un hotel por tiempo indeterminado está buscando departamento. Y ya se sabe, hallar departamento en Nueva York es más difícil que hallar una virgen en una orgía. Le muestran pocilgas con camas empotradas y ventanas que dan a muros ciegos y le dicen que son comodísimas y con grandes vistas; y encima le quieren cobrar un ojo de la cara, cosa que no puede dar porque es cirujana. Como puso un cartelito en el hospital diciendo que busca departamento, recibe una llamada ofreciéndole uno. Lo va a ver, y es un tremendo piso, grande como Versalles, amplio como la cintura cósmica del Sur, con una arrebatadora vista de tarjeta postal, y barato como una liquidación. El dueño (Jeffrey Dean Morgan) es apocado, sensible, un poquito desencajado y algo encantador… como Norman Bates, pero de cuarta. El muchacho le dice a la chica que es barato porque es ruidoso ya que pasa un traqueteante tren a toda hora y tiene mala recepción para los celulares. Y como en el afiche, el muchacho la está agarrando del cogote a la chica, uno supone que el ruido del tren ahogará sus gritos y que no le andará el celular cuando más lo necesite. Para colmo de males, en el departamento de al lado vive el abuelo del muchacho, Christopher Lee, que en la vida real es más bueno que Lassie y que mata de amor a las actrices recitándoles dulces poesías románticas, pero que en la pantalla es más malo que jerarca del FMI; entonces uno supone que jugarán con la ambivalencia que el viejo Christopher puede crear y que no sabremos si en el momento culminante ayudará a la chica o contribuirá a que la despanzurren. Error, error, error. El tren no ahogará ningún grito, el celular funcionará de lo más bien y el viejo Christopher tendrá tanta relevancia como un cactus en sala de espera. Y no porque quieran revolucionar el género creando expectativas falsas, no, quieren respetar todas las convenciones y los lugares comunes, pero no saben cómo hacerlo. El guión es tan malo que parece escrito por alguien que vive en Alaska, vio muy pocas películas e hizo un curso por correspondencia y perdió las últimas clases por una huelga de carteros. Y el director, el finlandés Antti Jokinen, parece no dominar mucho el inglés y no hacerse entender muy bien. Preferimos darle ese beneficio de duda a decir que es un inútil que no puede ni dirigir una fiesta escolar.

Invasión a la privacidad es un intento muy fallido de resucitar el subgénero paranoico que hacía furor a principio de los noventa, el del enemigo cercano, el del peligro al otro lado de la puerta del living, el de los locatarios locos como Michael Keaton que hacía la vida imposible de Melanie Griffith y Matthew Modine en El inquilino o el de la compañera de departamento desquiciada, Jennifer Jason Leigh, que desbarataba la vida de la pobre Bridget Fonda en Mujer soltera busca, etc. etc. etc. Sorry, muchachos, el subgénero se agotó porque aburrieron. La vida no te deparará vecinos que te dan la bienvenida con el pastel, pero tampoco hay un psicópata talentoso por cada ciudadano paga- impuestos-integrado.

Sorprende que con tanta película interesante que podría venderse muy bien y que pasa directamente al DVD sin recalar en los cines, se estrene esta bazofia sin remedio. Azares de la muy azarosa distribución cinematográfica, una ratificación más de que los yanquis están del bonete.


Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 9 de septiembre de 2011

Habemus Papam



No es mi intención ofender a sus seguidores, pero si he de ser sincero, debo confesar que el cine de Moretti no me va ni me viene. Lo conocí en los ochenta en un ciclo de cine italiano inédito en la Argentina, e incluso en esas primeras películas se evidenciaba una característica que se convertiría en su marca de fábrica: un narcisismo militante. Me resulta inútil dialogar con un narcisista, (es mi falencia), porque no pretende otra cosa que le demos la razón por adorarse y nos convirtamos en sus satélites. Prefiero cruzar de vereda y seguir mi camino. De allí que dejé de ver las películas de Moretti sin que se me moviera un pelo y sin sentir que perdía nada importante. Pero esta película me atrajo desde que supe de su existencia. Primero, por su título. Habemus Papam, junto con Quo vadis, Ubi sunt, In media res y alguna que otra frase que no me viene a la mente en este instante, es el poco latín que sé, pero que uso y abuso para chistes cotidianos tontos. Puedo decir, por ejemplo, Esta noche habemus pizza… Y bueno, con algo hay que divertirse. Volviendo a la película, después, cuando me enteré de qué iba, me atrajo más aún. Coincido a pie juntillas con la teoría de un amigo que dice que no hay nada más apasionante que las historias en que alguien dice que no a una cosa por la que otros asesinarían a sus madres. Y si se arrancó de monaguillo, se pasó por cura, obispo y se llegó a cardenal es lógico suponer que alguna vez se fantaseó con ser Papa, pero a Melville (Michel Piccoli) ni se le cruzó por la cabeza. Mientras los favoritos rezan para que no los elijan, él fuma bajo el agua, se sabe muy de perfil bajo. Pero no van y lo eligen. Azorado, presionado por la danza roja de prelados aliviados, contesta que sí, cuando le preguntan, después de la votación, si acepta ser Papa. Pero cuando le dan las ropas del oficio y van a sacarlo al balcón para que se presente, le agarra tal pánico que hasta hay que recurrir a lo impensable, un psicoanalista (Nanni Moretti). Y hasta ahí cuento, sin revelar demasiado porque son sólo los primeros cinco minutos.

Habemus Papam es una comedia inclasificable. Es satírica pero tierna. Es sencilla pero densa. Lineal pero compleja. Y no tengo un ataque de oxímoron compulsivo. Para acceder a alguna pretensión de claridad, concluiré que es misteriosa en su aparente simplicidad. ¿Acaso nos dice como Shakespeare y Calderón de la Barca que el poder es sólo una ilusión sostenida por rituales, y que la vida no es sino una representación? ¿No ya un “cuento contado por un idiota” sino una obra conocida representada por un actor desquiciado que sabe todos los parlamentos? ¿Insinúa acaso que el psicoanálisis no es sino teorías muy creativas que satisfacen la angustia de lo que nunca llegaremos a conocer o sea nosotros mismos, nuestras elecciones y nuestros caminos? ¿Cuando el curita dice, en medio del torneo de vóley,  que el psicoanalista ateo no irá al infierno porque es un lugar desierto, acaso nos quiere decir que muchas cosas no son como se han supuesto? ¿Hay un paralelismo entre el papa reacio y el psicoanalista exitoso, dos perdedores disfrazados de ganadores? ¿Es casual que la obra que ve el Papa sea La gaviota de Anton Chejov, autor incomprendido por excelencia porque escribió comedias que todo el mundo vio como dramas tremendos? ¿Acaso lo más revolucionario que se puede hacer en estos tiempos es decir “no sé”, como el experto que en la tele reconoce no tener ni idea de qué corno está hablando? ¿Hay incorrección política mayor que no imitar a Cristo, porque si éste pedía fuerza para soportar el sufrimiento deparado por su destino redentor, este hombre pide fuerza para apartarse de un destino de grandeza? Son sólo algunos de los interrogantes que despierta este entramado simple y conmovedor que pergeña Moretti.

Piccoli está supremo en su Papa fugitivo y Moretti, dicen los que lo han seguido que siempre se interpreta a sí mismo, será así, no podemos rebatir lo que desconocemos, pero aquí está simpatiquísimo en su psicoanalista locuaz, altamente italiano.

Y sí, lo han dicho todos, pero ¡cómo no mencionarlo!, en una escena clave se oye a la Negra Sosa cantar Todo cambia y se nos eriza de emoción hasta el último pelo de ya saben dónde.

Habemus Papam no me reconcilia con el cine de Moretti, pero sería un necio si no reconociera que disfruté cada segundo de esta película madura, serena, segura, diestra, elocuente, elegante. Sin lugar a dudas, una de las mejores películas que veremos este año.


Un abrazo, Gustavo Monteros

Sin límites



Yo iba a verla tarde o temprano, porque está De Niro, y por una ley personal que obedezco a rajatablas veo todo, pero todo, todo, todo, lo que hace De Niro. Taxi driver, El francotirador, El toro salvaje, New York, New York, El rey de la comedia, Érase una vez en América, Buenos muchachos, Casino, Mad dog y Gloria y La familia de mi novia 1 me han dado la fe inquebrantable, que me permite jurar sobre 7 Biblias sin que me tiemble el pulso, de que el Tito De Niro es el más grande entre todos los grandes.

Limitless es la típica película pochoclera multitarget y multigénero que Hollywood cocina últimamente con la esperanza de agradar a todos los paladares y que la mayoría de las veces termina en un bodrio indigerible. Arranca como un policial negro, pasa por un leve registro realista, se enrola en la ciencia ficción, atraviesa un momento amoroso, se pierde en las trapisondas de la bolsa y termina en los tejemanejes de la política estadounidense. En algún momento, hay un autor con la inspiración en blanco al que le dan una pildorita que te hace usar toda la capacidad de tu cerebro. El resultado final quizá no sea bueno, pero contra todo pronóstico, la peli interesa y se le perdonan las incongruencias, los saltos de género y un desenlace medio apurado, como si a último momento se hubiera apurado la cocción elevando la temperatura del horno.

Esta película de Neil Burger, conocido por El ilusionista, al margen de ser visible sin daño cerebral permanente, solidifica la carrera de Bradley Cooper, visto en las dos ¿Qué pasó ayer? y en Brigada A. 
El muchacho se revela como un protagonista carismático y un actor de recursos de noble cuño. Y De Niro, ¿quién podría negarlo?, hasta en estado de sonambulismo, como se lo acusó por ahí por esta película, es interesante.

Véanla bajo su cuenta y riesgo, Dios me libre y guarde de recomendarla, pero si de algo les sirve mi experiencia, les diré que me entretuvo mucho.


Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 3 de septiembre de 2011

La verdad oculta



Kathryn (Rachel Weisz) es una policía de alma, tanto que hasta pierde la custodia de su hija adolescente por desatender su vida privada. Cuando el pedido de traslado falla, el jefe la anoticia de un puesto en Bosnia como agente de paz. Hacia allá parte la pequeña y no tarda en hacerse notar. Por su sexo termina ocupándose primordialmente de los casos de violencia de género. Y no va y se topa con una red de explotación sexual. Pareciera que involucra a unos cuantos oficiales corruptos, pero no, la organización se enraíza en esferas más altas, incluso de la ONU, oops! ¿Cuándo frenar? ¿Hasta dónde llevar la denuncia? Nunca y tan lejos como se pueda porque es una policía de alma y porque las víctimas no son sólo prostituidas y explotadas sino que torturadas física y emocionalmente, laceradas y a la postre, asesinadas.

La verdad oculta es un drama de denuncia basado en hechos reales. Los dramas de denuncia suelen pecar de ingenuos. Alientan la fantasía de que con un poco de voluntarismo y un mínimo de heroísmo pueden desarmarse tremendas trapisondas de reverendos sátrapas (Erin Brockovich) Sí, sí, contamela. La verdad oculta no cae en esos desatinos. La victoria es pírrica, el hilo se corta por lo más delgado, caen las cabezas de turcos de costumbre y el mundo sigue andando.

Rachel Weisz se pinta sola para el papel, tiene la mezcla ideal de fortaleza y sensibilidad. Su cara es un prodigio de expresividad y su voz grave y hermosa tiene más matices que un atardecer. ¿Queda claro que la chica me parece el colmo del talento, no?

Esta ópera prima de Larysa Kondracki es tersa, vibrante y muy cruda por momentos. Algunos críticos la acusan de regodearse en lo que critica: el salvajismo con que se trata a las chicas, a las que un cínico personaje llama “putas de guerra”. Histericones, los señores críticos. Si haces una película sobre la trata de personas y mostrás las vejaciones físicas y morales a las que son sometidas, te acusan de sadismo; y si no las mostrás, de no estar a la altura del tema tratado. Activos-pasivos, que le dicen.

Un abrazo, Gustavo Monteros

Un año más



El cine de Mike Leigh es como la vida misma, mire. Sí, se trate de comedia, drama o biografía de músicos victorianos, Mike crea tal sentido de verosimilitud que uno siente que más que ver una ficción, estamos espiando a unos vecinos. Un logro semejante, claro, es tanto propio como de sus actores. Obvio, la bandita de actores que trabaja con Leigh, son de aquellos a los que les tirás un ladrillo y no sólo te devuelven una pelota sino que te hacen 400 goles. También es muy cacareado el método con que trabaja con ellos. Según parece, ensayan como si fueran a presentar una obra de teatro, improvisan mucho, Mike no les cuenta la resolución que tendrán los conflictos de sus personajes (o sea, el final) y no los deja en paz hasta que no saben todos los pelos y señales de sus roles. Ojo, la improvisación se usa, como corresponde, como herramienta, no como técnica actoral. No se verá en sus films, actores divagando para lograr conflicto y personaje y tomando 12 minutos de tu tiempo para resolver una escena que un guionista resuelve en un minuto y medio. No, señor. Por más fluidos y espontáneos que parezcan y aunque incluyan hallazgos de los actores en las improvisaciones, los guiones de Leigh son rigurosos y están milimetrados hasta en su última coma. Si estoy dando la lata es porque quiero subrayar el milagro de Mike, no hacernos dar cuenta que sus películas son tan armadas y calibradas como una obra de Terence Rattigan.

Esta vez, sus personajes vuelven a ser maduros. Deja atrás los juveniles de La felicidad trae buena suerte. Tom (Jim Broadbent) es un ingeniero geológico y Gerri (Ruth Sheen) es consejera en un hospital. Sí, sus nombres pronunciados suenan igual a la pareja de gato y ratón, los queridos Tom y Jerry. Conforman un matrimonio bien avenido, maduro y hasta feliz. Tienen un hijo treintañero, Joe (Oliver Maltman) que les preocupa porque nos consigue pareja. Pero los que de verdad andan “sin rumbo y desesperaos” son los amigos. La de ella, Mary (Lesley Manville) agudiza una crisis psicológica seria durante el paso de las estaciones. Ah, sí, en ésta, Mike usa el artificio de marcar el paso del tiempo del año del título con las estaciones. El de él, Ken (Peter Wight) anda más solo que la una y lo resiente y mucho.  Es que la vida está hecha, la suerte está echada y sólo queda asumir las frustraciones, dejar de rumiar lo que no fue, arrastrar las pérdidas lo mejor posible, hacer tripa corazón, recoger lo que se sembró y vivir lo que queda con la alegría que se pueda conjurar. Lo malo es que tanto Mary, Ken y Janet (Imelda Stauton y me pongo de pie porque la protagonista de Vera Drake no merece menos) una paciente de Gerri, son testarudos y como algunos que tienen problemas serios no aceptan que necesitan ayuda profesional urgente. Agridulce, ¿verdad? Y bueno, no se necesita ser una lumbrera para saber que por más suerte que se tenga, la vida es una de cal y una de arena.

Como en todas las películas de Mike Leigh, no pasan grandes cosas, pero lo que se ve es denso, profundo y atrapante como pocas cosas en el cine. Sus personajes más desprotegidos dan tanto pena como vergüenza ajena. Irradian tanta verdad que mirarlos da cosita, sobre todo cuando se desbarrancan y meten la pata con todo.

Leigh es un observador agudo de las clases medias inglesas, pero su mirada es tan incisiva que, por más circunscriptos que estén, sus personajes se vuelven universales.

Puede que lo descripto les tire la idea de que la peli es tristona y melanco. Puede ser, pero creo que en realidad no lo es. La salida está marcada, el bienestar emocional y quizá hasta la felicidad están a la vuelta de la esquina. Que Mary, Ken o Janet tomen ese sendero o sigan para el lado de los tomates está por verse. Claro, uno sospecha que persistirán en sus trece y eso es lo triste. La eterna zoncera humana.

Con tanta cháchara, puede que no haya sido muy claro, por las dudas lo digo con todas las letras, si les gusta el entretenimiento adulto, Un año más es imperdible.


Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 27 de agosto de 2011

Los amantes



Los amantes (Io sono l’amore o Yo soy el amor, en el original) de Luca Guadagnino es un drama de emancipación en la alta burguesía de Milán. Y sí, no se tarda mucho en deducir que estamos en territorio de Luchino Visconti. Intentar calzarse hoy los zapatos de Visconti, aparte de un anacronismo es todo un atrevimiento. Guadagnino no sale mal parado del brete, pero ni por asomo logra la textura, la densidad y la profundidad del gran maestro. La elegancia puede copiarse, pero el aliento divino es inimitable. De todos modos agrada reencontrarse con esos planos amplios, el empaque operístico y la suntuosidad ampulosa. El escenario elegido es esta vez un palazzo racionalista de los 30. Consigno este detalle porque en este tipo de films, la ambientación es un elemento mayor.

Hay personajes extraordinarios, no en el sentido de excepcionales sino en que no son corrientes; pasiones indómitas, melodramas intensos y todo el glamour que da el dinero. Hay glorificación de los ricos y algún comentario suelto sobre riquezas amasadas por la explotación y la miseria para compensar. Y para que el drama de la emancipación funcione, hay una pormenorizada descripción de que ese ambiente tan poderoso es rígido y asfixiante.

Sólo en un momento Guadagnino se aparta del modelo viscontiano y es para sumergirse en las aguas del David Lean de La hija de Ryan. Es una escena de sexo en la naturaleza. Algunos quedarán deslumbrados, pero, perdón, a mí me pareció una mezcla de National Geographic y Soft porno. Eso sí, me gustaron la larga escena de la fiesta de cumpleaños del patriarca con la se inicia la película y la escena final, muy bien orquestada y musicalizada, pero en la escena que la precede podrían habernos evitado la obviedad del pájaro encerrado que se golpea contra la cúpula.

Sin duda el film no lograría ni la mitad de lo que se propone sin la inestimable ayuda de Tilda Swinton en el protagónico. Es una actriz maravillosa. Está también muy bien, Marisa Berenson. La señora es el colmo de la finura y la aristocracia y trae los ecos imperecederos de las tres joyas del cine por las que paseó: Muerte en Venecia, Cabaret y Barry Lyndon. Y claro, todos sonreímos cuando descubrimos que el hijo del patriarca se llama Tancredi, como el personaje de Alain Delon en El gatopardo.

En definitiva, una película que a algunos gustará mucho y a otros dejará indiferentes. Yo, vaya uno a saber por qué, quedé en el medio.


Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 20 de agosto de 2011

Cowboys & Aliens



No soy muy adepto al cine industrial contemporáneo, al que cariñosamente, o no tanto, llamamos “pochoclero”, porque parece no perseguir otra cosa que ser vistoso y ruidoso acompañamiento del pegajoso maíz inflado. Pero por algún malfuncionamiento de un circuito de mi cerebro, la mezcla que prometía el título me resultaba atractiva. No por la mezcla en sí de ciencia ficción y western. No muy original, por otra parte, ya Oestelandia (Westworld, 1973) de Michel Critchon, una de las películas más interesantes con Yul Brynner, casaba ambos géneros. Quizá me interesaba porque remitía al cine B de la infancia, aquel que mandaba las amazonas a la luna. O quizá porque los nombres, Steven Spielberg (aquí, productor) y Harrison Ford, juntos o separados son para mí un imán irresistible. Harrison Ford puede actuar mal o involucrarse en bodrios (hizo ambas cosas, por suerte no con frecuencia), pero se lo perdono porque el hombre es Indiana Jones y eso siempre le da un crédito extra. Y Steven es Spielberg, y está todo dicho.

Sea por lo que sea, ahí estaba para ver a los cowboys meterse con los aliens o viceversa. Por las dudas, para no decepcionarme después (la experiencia tarda, pero enseña) no albergaba muchas expectativas. Ése fue el secreto del éxito. Si no se alientan muchas esperanzas, entretiene y hasta puede resultar buena, cuando en realidad no lo es. Usa unos cuantos lugares comunes (muchos, casi todos) de las viejas películas de vaqueros. De la ciencia ficción sólo toma los monstruitos (en versión feroz, esta vez) y sus naves, lo que permite, claro, explosiones a granel, festival de efectos especiales y estentóreas reverberaciones sonoras. Fluye indolora y cuando uno quiere acordar, estamos en un final tan pero tan almibarado, que si alguien entrara en ese momento, creería que estamos viendo una telenovela clásica en vez de una película de acción.

Lo que más llama la atención, sobre todo porque la dirige Jon Favreau, que viene de darle color a los Iron Man, (con la inestimable ayuda del inmenso Robert Downey Jr. claro), es la ausencia de humor. Jon se la tomó muy en serio. Error. Grave. Por momentos pareciera como que estuviera haciendo otra versión de Solaris, en vez de una de aventuras para vender más pochoclos.

Harrison Ford hace otra buena variación del viejo gruñón con corazón de oro (y… el tiempo pasa). Daniel Craig es un actor de la puta madre, como lo demostrara en las numerosas películas independientes en las que participó antes de ser elegido el nuevo James Bond, y los héroes parcos y duros no tienen secreto para él. El interés romántico es Olivia Wilde, linda chica, buena actriz,  la 13 del Doctor House. Anda también por ahí, el bueno de Sam Rockwell ensayando una caracterización.

No pasará a la historia, pero no aburre y devuelve la plata de la entrada. No es mucho, pero alcanza.


Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 12 de agosto de 2011

En un mundo mejor



En un mundo mejor bien podría tener como título alternativo: Cómo enfrentar a tres matones y no morir en el intento. Es que tres violentos pivotean el relato y los buenos buenísimos deben lidiar con el mal que desparraman.

La historia se maneja en dos planos narrativos. Uno tiene lugar en África en donde Anton (Mikael Persbrant), un médico en misión humanitaria, cura como puede a las víctimas de un caudillo local, sádico y pérfido como pocos. El otro transcurre en Dinamarca, donde su hijo Elías (Markus Rygaard) enfrenta en la escuela a un grandulón agresivo y discriminador. Por suerte, el pobre Elías recibirá la ayuda de un nuevo compañerito, Christian (William Johnk Nielsen) que trae un entorno muy particular que ensanchará más el relato. Anton, Elías y Christian, todos juntos, serán de algún modo víctimas de un tercer matón, el típico e insoportable machote xenófobo.

Tanto matón dando vuelta en un mismo melodrama tiene su razón de ser. Susanne Bier, la directora y guionista de este film, se ha propuesto un análisis del círculo de violencia que parece imparable en todo tipo de sociedad. Bueno, más que un análisis, se ha propuesto una disertación. Y llegamos así al problema principal del film, su costado pedagógico, instructivo, formador. Es como que la buena de Susanne se trepa al púlpito y le entra a dar a la prédica como loca. No a través del discurso que enuncian los actores, sino a través del armado del guión, del delineamiento de algunos personajes y de la resolución de algunas escenas. Por ejemplo, Anton es tan, pero tan políticamente correcto que dan ganas de tirarle el rígido manual de ética que maneja por la cabeza. Y si no llega a ser intolerable, es porque la buena de Susanne le dio un costadito oscuro para que no sea tan pero tan santo. El hombre se está divorciando de Marianne (Trine Dyholm, una actriz notable) a quien hizo sufrir miserablemente, portándose muy pero muy mal. Y si insisto con subrayar los aumentativos, es porque en todo el film hay un tufillo maniqueo que aplana los conflictos. Está bien, es un melodrama, y el contraste muy marcado es un recurso válido en el género, pero la buena de Susanne quiere venderlo como un gran drama, y es ahí donde se le notan los costurones de pespuntes gruesos. Un final a toda orquesta redime a todos y siembra amor y comprensión, porque ya se sabe la bondad siempre paga.

Sin embargo, no llega a ser un bodrio. El perfecto acabado técnico, la elegancia de su estilo, la destreza con que resuelve algunas escenas (la culminante entre los dos chicos está muy lograda) y por sobre todo, las excelentes actuaciones (no hay nada que hacerle, algo puede no ser del todo bueno, pero si te actúan impecablemente, te comprás todo) la hacen seductora y agradable.  

En conclusión, si uno acepta que lo sermonearán un rato y que recibirá una lección de bondad y ética, se puede pasar un momento entretenido. Ah, sí, es la peli que ganó el Óscar a la Mejor Película Extranjera este año.

Coda:

La buena de Susanne declaró que se propuso modificar también la idea de paraíso cívico y moral que se tiene de los países escandinavos. No te hubieras preocupado, querida, el inspector Wallander, la inolvidable creación literaria de Henning Mankell, Lisbeth Salander, la protagonista de la trilogía de Milenium de Stieg Larsson, y la reciente masacre de Oslo ya nos despabilaron al respecto. Además el maestro Ingmar Bergman nos advirtió hace tiempo que detrás de las fachadas se escondían unos cuantos demonios.


Un abrazo, 

Gustavo Monteros

viernes, 5 de agosto de 2011

Súper 8



No demos vueltas, no empecemos con los peros, hablemos con franqueza, digámoslo de una vez, ¡qué joder! Disfruté enormemente de Súper 8. Sí, es una película pochoclera, pero del mejor cuño. No es perfecta, para su desenlace elige los puntos suspensivos y corre el riesgo de depender demasiado en que armemos y compremos la idea del extraterrestre que quizá no cierre del todo, pero, confieso que después de pasarla tan bien durante su desarrollo, no importa mucho.

J.J. Abrams (Lost, Alias, Misión imposible III, Star Trek – el futuro comienza) escribe y dirige un abierto homenaje a Steven Spielberg que casualmente o no tanto es el productor. Jota Jota o Jay Jay pone en 1979 a un grupo de chicos a filmar una peli en Súper 8, un pueblito que maquilla la mejor imagen posible de los yanquis, un militar pérfido y un extraterrestre que se las trae. Contar más es abrir el horno antes de que el bizcochuelo se leve del todo.


Las referencias al Spielberg director (ET, Encuentros cercanos del Tercer Tipo, La guerra de los mundos, Jurassic Park) y al Spielberg productor (Los Goonies, Gremlins, Volver al fururo) son constantes y merecidas. Spielberg es uno de los más grandes narradores que nos ha dado el cine, y el cine de aventuras contemporáneo le debe casi todo. Y como se trata de seguir sus huellas, el relato es clásico, sólido, sabroso, adrenalínico, encantador, atrapante.


Los actores, niños y adultos, están impecables, pero es imposible no mencionar a Elle Fanning, la hermana buena actriz de la insoportable Dakota. La chica ya se lució en Somewhere de Sofia Coppola y vuelve aquí a hacerse notar a lo grande.


Perdonen que no abunde en detalles, que no analice secuencias o que intente correlatos, pero no quiero dañarles la sorpresa.


Si les gusta el cine de aventuras, perdérsela es imperdonable. (Ah, no se levanten cuando comiencen los títulos finales, hay una deliciosa sorpresita). 


Un abrazo, 

Gustavo Monteros.

viernes, 29 de julio de 2011

Copia certificada





















Para paradojal, nada como el hombre. Me la paso puteando que no nos dan más que basura hollywoodense y cuando, como excepción, ¡por fin!,  nos dan una película decente, ando con ánimo de ver un film pochoclero de cuarta. Y sí, cuando la peli empezó, estaba con más ganas de ver a los musculosos de moda cagarse a tiros con explosiones de autos como fondo mientras los invaden unos extraterrestres deformes, que degustar un ejemplo insoslayable de cine arte. Por suerte, a los minutos estaba tan encantado, seducido, hipnotizado por lo que veía, que parecía que nunca hubiera querido ver otra cosa.

James Miller (William Shimell) es un escritor inglés que está en Florencia presentando un libro llamado Copia certificada en el que sostiene que en arte las copias son tan o más valiosas que el original. La dueña de una tienda de antigüedades (Juliette Binoche) lo invita a conversar con ella y lo llevará de paseo a Lucignano, un pueblito de Arezzo. En el viaje filosofarán y al llegar, harán un juego de roles que los trasmutará en pareja, una copia certificada de las experiencias de su vida que los acercará a la verdad de lo que son y sienten.

Abbas Kiorastami (El sabor de la cereza) entrega un film, en apariencia, sencillo, directo y humilde que es, en esencia, profundo, reflexivo, indagador. Como bien dice Herb Bloomfield: “Una película que muestra el mundo, mientras se piensa a sí misma”. Antinomias como representación y realidad, ilusión y verdad, original y copia, se despliegan y multiplican fascinantemente una y otra vez.

Juliette Binoche, que se llevó el premio a la mejor actriz del Festival de Cannes, 2010, por este trabajo, es de una luminosidad enceguecedora. Como Meryl Streep o Catherine Deneuve acepta los estragos del paso del tiempo con naturalidad y al revés de otras que se plastifican o se siliconizan para eternizar la fugaz belleza, luce arrebatadoramente sensual y terrena. William Shimell, un celebrado barítono inglés, debuta a lo grande como actor de cine y concreta una actuación inolvidable y perfecta.

Mis queridos amigos cinéfilos, larguen todo y vayan corriendo al cine. Copia certificada es un auténtico, legítimo, verdadero tesoro. Absolutamente imperdible.


Un abrazo, 

Gustavo Monteros

domingo, 17 de julio de 2011

Tengo algo que decirles

Al cine del ítalo-turco Ferzan Ozpetek el adjetivo “elegante” le viene de perillas, como se decía antes. Su cine es naturalmente elegante, igual que esas personas que incluso desgreñadas y rotosas son gráciles y con donaire. Dos temas son recurrentes (aunque no excluyentes, uy, me salió rimado) en su obra: la familia y la homosexualidad. En el presente caso, como el título en español lo delata, una salida del clóset pone en marcha el argumento. Esta familia, como todas, tiene sus peculiaridades, entre las que no se cuenta la facilidad para aceptar la sexualidad diferente. El padre, sobre todo, sufre la confesión como una afrenta imperdonable. Cerca del final, otra puesta en claro acelerará algunas decisiones.

En las tres películas anteriores estrenadas en el país (Hamam-El baño turco, El hada ignorante y La ventana de enfrente) primaban el drama o el melodrama, aquí la balanza se inclina para el lado de la comedia. No de la que provoca carcajadas sino de la que despierta sonrisas amables. La película es despareja, pero agradable. Y la elegancia antes mencionada acentúa los logros y disimula los yerros. Entre estos últimos figuran algunas caracterizaciones esteoripadas, como la del padre, que no se desbarranca en la caricatura por la mesura del actor; diálogos demasiado “armados” como el de la pelea de los hermanos, muy literario o teatral; inconsistencias como los amigos “locas” que se disfrazan de heterosexuales, pero que al natural, la escena de la playa, no son tan “locas”; excesos como que la abuela no pare de tirar sentencias. Entre los logros están la cena de la confesión; las deliciosas mucamas; el diálogo en la marroquinería, que si bien es un lugar común, está bien puesto y resuelto; la escena final que bordea el realismo mágico; y que el ritmo y el interés no decaigan.

El cine italiano no tendrá hoy maestros incuestionables como otrora, pero conserva la vitalidad y ese-no-sé-qué sanguíneo tan latinos que atrapa. En resumen, agrada porque la elegancia y la amabilidad son seductoras irresistibles.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 9 de julio de 2011

De dioses y de hombres

El título de la novela del Gabo García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, describe con exactitud esta película. No crean que mato el suspenso. Aunque no conozcan el caso real en que se basa, no se necesita ser Columbo para descubrir con sólo ver el afiche que los curitas son boleta. Bueno, también puede describirse como el viaje que va de la sensatez al misticismo, que lleva a su vez al sacrificio inútil, al martirologio evitable. (Lo primero es objetivo; lo segundo, mi temeraria apreciación).

La cosa es así. El año es 1996. El lugar, un monasterio de Tibhirine (Argelia) al ladito de los montes Atlas. Los protagonistas, ocho monjes trapenses que se dedican a lo que se dedican los monjes trapenses: meditar, rezar, cantar, cuidar la huerta, vender miel, atender enfermos, ser buenos vecinos, etc. Se los ve buena gente. De repente se arma un cacao entre el gobierno de facto (los milicos siempre traen quilombo) y unos terroristas islámicos (fundamentalistas, of course). Surge entonces la pregunta del millón: ¿irse o quedarse? Decisión difícil si las hay. Los curitas están muy apegados al lugar, sienten que es, por azar, elección o designio divino, su lugar en el mundo. Algunos querrán irse, otros quedarse. De a poco, todos madurarán la elección de quedarse. Craso error, piensa uno.

La película es clara, pero puede tener muchas interpretaciones. Algunos la verán como la glorificación de la fe y el sacrificio en un mundo descreído que desconfía de esos valores. Otros la verán como la aseveración de que hay determinadas decisiones que te matan, elijas lo que elijas; de un lado, una muerte real, del otro, una muerte en vida. A mí me tiró más para el lado de la ratificación de una verdad de Perogrullo que muchos insisten en desmentir: nadie escapa a la política. Ni la modelo más frívola ni el monje más espiritual. Siempre se está de un lado o del otro. Por convicción u omisión. No existe lo “apolítico”. Estos curitas, por ejemplo, quedarán tan en el centro de la tormenta que serán tironeados por los dos bandos en pugna. Los terroristas los respetarán, pero también desconfiarán de su mansedumbre, porque por historia la institución a la que representan siempre estuvo del lado opuesto al que están ellos y porque por tradición el país al que pertenecen (Francia) hasta ayer nomás andaba colonizando a lo bruto. Los milicos, por su falta de adhesión manifiesta al régimen y por su conducta piadosa, pensarán que simpatizan con los terroristas. Tan en el “centro” están que por momentos no se sabe de dónde vendrá la bala, si de los terroristas o de los milicos. El curita jefe dirá que el gobierno es corrupto, pero claro ellos con esas cosas no se meten. Saben que los terroristas son sanguinarios, pero atienden al herido por misericordia cristiana. Y si se sigue la idea por ese lado, se concluye que mueren de exceso de inocencia, lo que en el barrio se llama de otro modo, nada amable.

Como se ve, esta película de Xavier Beauvois es harto interesante. Atrapa, enoja y conmueve. Los rubros técnicos son impecables, pero no atraparía sin un elenco parejo y talentoso. Lambert Wilson y Michael Lonsdale son las caras conocidas, pero los otros seis no van a la zaga en expresividad, convicción y entrega.

Un remanso de calidad en una cartelera semanal (se exceptúan El laberinto y Medianoche en París) dominada por la habitual oferta pochoclera yanqui.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 2 de julio de 2011

Medianoche en París

Woody Allen es hombre de darse los gustos y celebrar su fantasía. En La rosa púrpura del Cairo, concretó un delirio que cruzó alguna vez por la cabeza de los que vamos mucho al cine: ¿y si las sombras planas que se pasean por la pantalla no fueran tales y tuvieran vida propia en una realidad paralela a la nuestra? Como recuerdan, no sólo daba una rotunda respuesta afirmativa sino que hasta un actor/personaje se escapaba de la pantalla y se colaba en la vida real.

Ahora vuelve realidad el sueño de algunos turistas de París. Muchos van a la Ciudad Luz por la arquitectura, algunos por los museos y otros a sentarse en cafés, bistrós, restaurantes por los que anduvieron hombres y mujeres notables que en el mundo han sido. Estos peculiares turistas van a embebecerse en los lugares visitados por sus notables favoritos, y a veces, mientras toman su café o comen sus tallarines, imaginan que los encuentran y que hablan con ellos. Una actriz amiga pasó una tarde maravillosa en un bistró de Montparnasse conversando con un Chagall fantasmal o imaginario que le contó todos sus secretos. La jarra de vino, que fue lo único que pudo pedir por tener poca plata, contribuyó no poco a la ensoñación. Los efectos pudieron haber sido más devastadores de no haberse apiadado el mozo y alcanzarle una panera y un platito con manteca. Vino, pan y manteca aparte, esta película y la vida demuestran que las personas de la cultura no estamos muy en nuestros cabales que digamos. De estarlo nos dedicaríamos a profesiones más sensatas como el resto del mundo.

París tuvo muchas épocas doradas. Una de las más recordadas es la de la década del veinte. Entre otros, coincidieron Zelda (Alison Pill) y Francis Scott Fitzgerald (Tom Hiddleston), Cole Porter (Yves Heck), Ernest Hemingway (Corey Stoll), Juan Belmonte (Daniel Lundh), Joséphine Baker (Sonia Rolland), Alice B. Toklas (Thérèse Bourou-Rubinsztein), Gertrude Stein (Kathy Bates), Pablo Picasso (Marcial Di Fonzo Bo), Djuna Barnes (Emmanuelle Uzan), Salvador Dalí (Adrien Brody), Luis Buñuel (Adrien de Van), T.S. Eliot (David Lowe), Henri Matisse (Yves-Antoine Spoto) y Man Ray (Tom Cordier). Pavada de gente para conocer y mezclarse.

Woody Allen le concede el sueño de conocerlos y mezclarse con ellos a Gil Pender (Owen Wilson) un guionista de Hollywood con aspiraciones de novelista. Gil está en París acompañando a los suegros (Mimi Kennedy y Kurt Fuller) de su novia (Rachel McAdams) y es obvio hasta para el boletero que ni con una ni con otros tiene mucho que ver. Una noche, harto de aguantar a un amigo de su novia (Michael Sheen) y su casi igualmente insoportable pareja (Arianda Carol), se va a caminar por las calles de la siempre hermosa París, et voilà, a la medianoche recala en la década del veinte. Se encontrará con todos los mencionados arriba y hasta tendrá un romance con Adriana (Marion Cotillard), la amante de Picasso. Adriana ratifica el tema de la película (la nostalgia por los oros del pasado) porque ella, que vive en una época dorada, añora otra, la de la Belle Epoque. De todos modos, aunque la película concluya con la celebración del presente y del futuro, para Allen, que maneja esas bandas de sonido preciosas en las que casi no hay nada contemporáneo, la nostalgia del pasado es un pecado en el que le gusta reincidir.

El elenco, incluida la primera dama francesa (Carla Bruni) como una guía del Museo Rodin, es tan delicioso como la película, pero como suele ser su costumbre, se destaca la maravillosa Marion Cotillard. El perezoso estilo de Woody Allen (pocos planos, tomas largas) nos permiten comprobar la destreza para manejar cambios de emociones que tiene la franchuta. La chica tiene muchísimo talento. Verla es un placer aparte.

París fue, es y será una fiesta. Para que nadie lo discuta, los directores de fotografía, Darius Khondji y Johanne Debas, nos regalan unas imágenes de apertura sencillamente gloriosas. A los que no hemos ido nos permiten figurarnos con nitidez lo que nos estamos perdiendo. Y los que ya la visitaron, se felicitarán de haber ido.

Un abrazo, Gustavo Monteros
En la foto, Marion Cotillard conversa con Woody Allen y Owen Wilson en una pausa del rodaje.