viernes, 26 de mayo de 2023

Programa doble: La fórmula ganadora de Jerry y Marge - El gran Maurice


Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Jerry & Marge Go Large y The Phantom of the Open

 

En Jerry & Marge Go Large (La fórmula ganadora de Jerry y Marge) (David Frankel, 2022), Jerry (Bryan Cranston) es un as de las matemáticas. Un genio desperdiciado, como le dice su hijo. En el trabajo fue pasado por alto, dejado de lado, dado por sentado, lo que fuera para no admitir su capacidad infrecuente, admitirla hubiera significado reconocer la propia mediocridad, y los mediocres prefieren intrigar, mentir, negar antes que asumir la brillantez que les fue negada. Y como son legión, el brillante, tímido, bueno, generoso Jerry tiene destino de oscuridad. El mundo es lo que es, un lugar cruel, egoísta, miserable. Por eso los compañeros de trabajo y lo que es peor, los jefes, están felices de sacárselo de encima, jubilándolo al fin. Y aunque Jerry es muy sociable, con amigos, parientes, vecinos que lo quieren y respetan, no es muy feliz, porque su peculiar destreza lo aísla, no puede dejar de ser lo que es, reducir todo, a toda hora, a una ecuación matemática. Como reconocerá con dolor a esposa Marge (Annette Benning) cuando su hijo le habló del primer amor, estaban en un bote de pesca, y él en vez de escucharlo, calculaba cuanto tardarían en volver a lo orilla según las distintas frecuencias, la de usar el motor a tal velocidad o los remos. Y ahora, jubilado, se desalienta más que se aburre, en el trabajo no usaban su talento, pero podía fingir que lo hacían y se entretenía calculando variantes que nadie usaba. Pero como las matemáticas no pueden frenarse jamás en su cabeza, un buen día descubre que hay un juego en la lotería que ofrece en el rebote una alta probabilidad de ganar. Lo comprueba sin contárselo a su esposa, pero cuando esta se entera, en vez de enojarse, se asocia, y como pasa ante imprevistos impensados, la relación florece y hasta vuelven a conjugar el sexo olvidado. Y esta felicidad repentina desata en ellos su generosidad en ciernes y participan del secreto a los habitantes del pueblo en que viven. Pueblo que languidece hacia su improductividad total porque el capitalismo versión neoliberal mata más rápido la hierba que el caballo de Atila, y entonces…




En The Phantom of the Open (El gran Maurice) (Craig Roberts, 2021) Maurice Flitcroft (Mark Rylance) no sabe muchas cosas, pero sabe querer. Cuando su esposa, Jean (Sally Hawkins) antes de serlo, le confesó que no estaba sola en el mundo, que tenía un hijo, Michael (Jake Davies), él la quiso más y se casó con ella. Tendrían después mellizos, Gene (Christian Lees) y James (Johan Lees). Y cuando el Thatcherismo iba a reducir el personal del astillero donde Maurice era un operador de grúas, Jean lo insta a que se concentre en él y cumpla algún sueño postergado. Pero él ya ni se acuerda de qué sueños tenía, se despojó de toda ambición para darle a sus hijos lo mejor que podía alcanzar, y entonces se le ocurre que podría ser el golf, y como puesto a imaginar no es de andar con chiquitas, no piensa en practicar los fines de semana, sino de participar y ganar el Open de Inglaterra. Aunque persiste un pequeño inconveniente, no sabe nada de golf, o solo lo que sabemos todos por la tele o por las películas. Y como las arbitrariedades de los certámenes no tienen mucha lógica, logra inscribirse y participar. Se prepara lo mejor que puede, se atiborra de reglamentos, compra el equipo más barato que no es muy bueno precisamente y entrena a hurtadillas, porque otro camino no le queda, el golf no es para obreros de un astillero, suena amplio y abarcador en los papeles, pero en realidad es más snob que el protocolo para estar en las carreras de Ascot. Y llega la hora de la verdad, participa en el Open y obtiene un record, el peor desempeño que tuvo jamás un jugador. Eso le dio una fama chiquita que le alcanzó para ir a programas de televisión a repetir los bochornos, y divertir a los crueles y a los inocentes. Afuera el Thatcherismo destruía todo lo que estuviera en su camino de acumular riquezas para los ricos, y Maurice y Jean pierden su casa y se van a vivir a un tráiler más chico que su suerte. Y cuando la cuerda está por cortarse, el casi milagro. Si el mundo siempre fue un pañuelo, ahora que estamos interconectados (por entonces solo por el cable, la internet y las redes sociales no se usaban todavía) es un pañuelito, por eso su pésima actuación deportiva no pasó desapercibida y en las excolonias o sea los estados que se dicen unidos, es el Santo Patrono de los Negados para el Golf, con premios y un certamen con su nombre. Entonces…

 

Las tramas de estas dos películas no surgen del delirio creativo de trasnochados guionistas, sino más bien del Créase o no de la realidad. Y por eso tienen finales agridulces y no finales felices a toda orquesta. Puesto en la obligación el mundo puede ser generoso y no munificente. Sin embargo estas dos películas reverdecen la esperanza de que las segundas oportunidades y las alegrías de ser alguna vez lo que se es de verdad no es un mito de cine, un cuento de hadas para adultos, la plegaria cumplida de un santo que se levantó de la siesta, sino la concreción no muy frecuente de los sueños que persisten bajo la almohada sin que nadie ya los recuerde.

Gustavo Monteros

viernes, 19 de mayo de 2023

Programa doble: El amor en su lugar - Tercera llamada

Continuando con nuestra sección de Programa doble, repaso de dos películas con aspectos en común, hoy: El amor en su lugar y Tercera llamada.

 

Como se sabe, el teatro es celebración de vida. Y se puede decir también que lo que se ve en el escenario es solo la punta del iceberg, y lo que hay debajo, lo que pasa detrás de escena, puede ser grande como para hundir un transatlántico o apenas un dadito para completar el aperitivo. Pero si en una oficina, las emociones se ocultan, en el teatro se enmascaran para potenciar lo que se muestra al público. Toda actividad humana tiene una corriente submarina de amores desencontrados, envidias irresueltas, solidaridades inesperadas y odios imperecederos. Ah, pero las del teatro…

 

En El amor en su lugar (Love gets a room, Rodrigo Cortés, 2021), la actriz Stefcia (Clara Rugaard) debe decidir si fugarse con su examante, al actor, autor y compositor, Patryk (Mark Ryder) o si quedarse con su nuevo amor, el actor y cantante, Edmund (Ferdia Walsh-Peelo). La cuestión no solo es sentimental sino de vida o muerte, porque Stefcia debe resolver su dilema mientras representan El amor en su lugar, la comedia que escribió Jerzy Jurabdot  para entretener a quienes sobrevivían en el gueto de Varsovia en 1941. Sí, ese es el espacio-tiempo del dilema de Stefcia. Durante la función, ella barajará, negociará, alternará opciones. El resto del elenco y los músicos (porque de una comedia musical se trata) tiene sus propias cuitas no menos urgentes y desesperadas. Encima en mitad del espectáculo, aparece un nazi feroz que amedrenta a público y oficiantes por igual porque tiene el gatillo de tan fácil, facilísimo.

 

Sobre un hecho real (la obra que da al título de la película se escribió y se representó en un teatro del gueto antes de que empezaran las deportaciones) los guionistas Cortéx y David Safier construyeron una ficción atrapante que se transforma sobre el final en un homenaje al teatro. Un dato, la obra original de Jurandot no tiene canciones, se las agregó Cortés por necesidad dramática de su guión, las letras son suyas y la música es de Víctor Reyes.

 

Esta película pasó desapercibida, aunque no debió ser así. Se filmó antes de la pandemia y se esperó a que los cines se reabrieran para ser distribuida. Su público natural, los adultos con interés por películas serias, no había vuelto a las salas para ese entonces y se perdió entre las ofertas pochocleras para adolescentes. Merece ser redescubierta. No es perfecta, pero si valiosa.




   Pensé que Tercera llamada (Francisco Franco Alba, 2013) era una comedia brillante. Es una comedia, pero no brillante, más bien un tanto oscura. Isa (Karina Gidi) una puestista mexicana a cuatro semanas de estrenar una versión de Calígula de Albert Camus, con una monumental escenografía lista, con el vestuario en los últimos toques y los actores del numeroso elenco con la letra aprendida, decide que su puesta está equivocada, que “ahoga” el texto de Camus con tanta grandilocuencia y tira todo por la borda. Hay que empezar de cero, ahora todo será de una sencillez espartana, cuatro columnas, togas y de vuelta a Roma (en su concepción original la hacía transcurrir en la Italia fascista, con la monumentalidad que la caracteriza). Habrá resistencias, llantos, portazos. Perderá a su protagonista masculino, lo reemplazará por una actriz. Y las cuatro semanas se perderán en un caos de idas y vueltas y se llegará a la noche de estreno en un apocalipsis, no de metáfora sino de literalidad bíblica. Pero ya se sabe también, el actor es un bicho resistente que sabe que el show debe continuar y que en esa misión le va la vida, y hasta puede volver del carajo un mundo que se fue para allá y está de lo más instalado. El elenco es parejo en expresividad, desparpajo (si le toca) y patetismo (si le toca). Se destacan Irene Azuela, como Julia la actriz que asume el personaje de Calígula, Cecilia Suárez como una diseñadora de vestuario con urgencias sexuales que sacia con un tramoyista, Chippen (Víctor García) así apodado porque fue un stripper en un Chippendale, Mariana Treviño como Ceci, la delirada asistente de dirección, Fernando Luján como el actor viejo que nunca se rendirá, Anabel Ferreira como una representante y relacionista pública que no se aparta de su petaca ni aunque vengan disparando cañones, y una participación especial de la legendaria Silvia Pinal como una delegada del gremio de actores que se las trae. Hay cameos de Julieta Venegas, Ana Ofelia Murguía y otros figurones mexicanos que se me pierden porque no soy experto en su cine.

 

El film se cierra con Acuario, deja que entre el sol del musical Hair, y es apropiado porque por más nublado, encapotado, tormentoso que el cielo venga, el actor siempre deja entrar el sol, después de todo es su oficio, ¿no?

Gustavo Monteros

viernes, 12 de mayo de 2023

Festival LGBTQ+ - Novena jornada


 

Y como todo llega a su fin, concluyo con esta jornada mi primer festival Festival LGBTQ+.

Comienzo con Blue Jean (Georgia Oakley, 2022). Estamos en Newcastle en 1988. Jean (Rosy McEwen) lleva una vida partida. De día es profesora de Educación Física en una escuela secundaria, de noche vive plenamente el romance con su novia Vivi (Kerrie Hayes) en pubs, discotecas o en el refugio para lesbianas pobres que ayuda a mantener. O sea que sus días transcurren entre el closet y la zona de confort. Pero no son tiempos para medias tintas. El Thatcherismo rige desatado y logró instituir el Artículo 28 que prohíbe la representación positiva de la homosexualidad en escuelas, clubes y sedes municipales. Y ya se sabe, el oscurantismo no admite tibiezas. Y menos si se trabaja con adolescentes que intentan la definición de sus identidades sexuales, ante los cuales no hay que postularse necesariamente como un modelo a seguir, pero si ser sinceros y consecuentes con las elecciones de vida adoptadas. Jean despierta nuestra adhesión y simpatía porque no hace nada heroico: desanda caminos tomados, mete la pata y aprende a recomponerse. Se trata de una película elocuente y astuta, que en vez de predicarnos, nos invita a cuestionar y cuestionarnos. Está actuada como los dioses y merece todos y cada uno de los premios que lleva ganados.


Continúo con Desobediencia (Sebastián Lelio, 2017). Esti (Rachel McAdams) aprehende en sus huesos que al nacer se pierde todo sentido de libertad. Uno, como ella, puede nacer en un ambiente cerrado a cualquier posibilidad que no sea la que promueven estrictamente, por identidad, por filosofía, por convicción religiosa. Sus raíces se asientan en la comunidad judía ortodoxa. Al haberse apartado su objeto de amor y deseo, Ronit (Rachel Weisz), Esti  negó su sexualidad y se casó con el amigo de ambas, Dovid (Alessandro Nivola), un hombre que no perdió su bondad y comprensión por más que esté inscripto en la severa tradición. O quizás tan solo ama a Esti con todo su ser. Pero Ronit regresa porque ha muerto su padre, un gran rabino, respetado hasta la veneración y deja vacante un puesto para el que Dovid es requerido por todos. Ronit es una fotógrafa de prestigio que ahora vive su vida sin restricciones de ningún tipo. Y Esti no pretende replantearse nada, pero la mera presencia de Ronit despierta lo ineludible. Disobedience significó para el chileno Sebastián Lelio (Gloria, Una mujer fantástica) la primera incursión en el cine de habla inglesa y fue una experiencia de la que no solo salió ileso sino justamente laureado. Y los brillantes Weisz, McAdams y Nivola engrosaron su estimable currículo gracias a esta película con actuaciones de las que siempre se sentirán orgullosos.



Y termino con The World to Come / Deseo prohibido (Mona Fastvold, 2020). Estamos en 1856 en Shoharie County. Abigail (Katherine Waterson) y Dyer (Casey Affleck) son dos granjeros que intentan reponerse de la pérdida de su pequeña hija. Y no ayuda a superar la tristeza que la tierra no sea pródiga y las condiciones climáticas inclementes. Una pareja sin hijos, Tallie (Vanessa Kirby) y Finney (Christopher Abbott) se muda a las vecindades y palia levemente el aislamiento. Pero una pasión irrevocable surge entre Tallie y Abigail. Y si los amores son difíciles de ocultar en una metrópolis, en tierras tan inhóspitas y deshabitadas se vuelven tan visibles como el sol. Dyer, sensibilizado tal vez por la pérdida sufrida, tiende a ser generoso. Finney, en cambio, es cruel y mezquino y ya la anécdota del perro que cuenta lo presenta como temible a la hora de la frustración. Esta película puede verse en Amazon Prime Video y ganó el Queer Lion de la edición 2020 del Festival de Venecia.

 

Y así damos por finalizado el Primer Festival LGBTQ+. No hay premiación porque es una muestra de divulgación no competitiva. De no mediar imprevistos, volverá. Muchas gracias.

Gustavo Monteros

viernes, 5 de mayo de 2023

Festival LGBTQ+ - Octava jornada


 

Se podría decir que esta octava jornada del Festival LGBTQ+ que me organicé con películas que en su momento no vi es de Retrospectiva porque la componen películas con algún grado de antigüedad.


La primera es de 1995. Se trata de Total Eclipse (distribuida en Argentina como El fuego y la sombra y en España como Vidas al límite) dirigida por Agnieszka Holland con guion de Christopher Hampton. Y se centra en el tormentoso amor que mantuvieron los poetas Verlaine (David Thewlis) y Rimbaud (Leonardo Di Caprio) La frase de venta del afiche decía: “Tocados por el genio, maldecidos por la locura, enceguecidos por el amor”. A confesión de partes. Por el tema se inscribe en la tradición conocida como “amor entre artistas”. Subgénero que se centra en amantes fuera de toda convención social, a los que las ataduras morales que constriñen al resto de los mortales no los abarcan. Después de los créditos introductorios, unos subtítulos nos informan que Verlaine fue un poeta de talento, pero que Rimbaud fue un genio adelantado a su época y precursor de lo que se conoció como poesía moderna. Bien, si con toda esta información no sabemos a qué atenernos, somos más despistados de lo que creemos. Pero cuando el genio de Rimbaud entra a escena está más cerca de ser un idiota (en el sentido médico del término) que en un genio. La supuesta genialidad nunca será expresada, es a lo sumo mencionada. Y cuando leen un poema suyo y el que lo escucha pone cara de anonadamiento, se le dice que el oscuro poema es literal y que dice lo que dice. Como el Mozart del Amadeus Peter Shaffer, llevado al cine por Milos Forman en 1984, Rimbaud tiene malos modales en la mesa, come con la boca abierta, eructa sonoramente y hasta se sube a la mesa y patea platos y fuentes. Pero en el caso de Amadeus, basta que la banda sonora inicie una melodía de Mozart para que nos enteremos (si no lo sabemos de antes) que el muchacho es un genio. En cambio aquí al no haber contraprestación de genialidad, Rimbaud queda como un bobalicón desesperado por llamar la atención. En otros momentos parece jugar con los límites de lo permitido en asuntos más graves como el dolor y la muerte. Y clavará un puñal en una mano, por ejemplo, para expresar que lo único insoportable es que no hay nada insoportable (sic). Verlaine lo imitará y tirará a su mujer embarazada al piso y más tarde dará con el moisés con el recién nacido contra la pared. Puede que eso les sirva a los creadores para sentir que expresan el corrimiento de los límites de la sensibilidad burguesa a los que nuestros poetas protagonistas hacen caso omiso. Puede ser, pero ningún espectador los premiará con la corona de Miss Empatía. Admiro a Di Caprio sin peros, sin embargo esta es la peor actuación que le vi. “Actúa” cada momento, con mucha “mecánica” los que están fuera todo mandato social, los otros con distintos grados de “sensibilidad”, pero su personaje carece de cohesión, y hasta de sentido. Thewlis sale ligeramente mejor parado, porque casi todo el tiempo baila al son que le toca Di Caprio, y la supeditación lo salva. Holland se aferra a un par de ideas visuales para prefigurar la muerte (el lienzo batido por el viento y la voz que dice: Adelante, adelante, adelante; además de la del soldado enemigo dormido / muerto) y pone su morbo creativo en desentrañarlas al final, cuando ya es tarde. Christopher Hampton es un dramaturgo / guionista de inmenso talento, pero aquí no tiene idea de lo que anda contando ni para qué, cubre su confusión con palabras esdrújulas, altisonantes que fracasan en darnos gato por liebre. Puede que en los noventa la propuesta pareciera “importante” (esos tiempos eran muy vacuos), pero hoy se rebela boba, infantil, insustancial, atentatoria contra la mínima inteligencia y el más ligero sentido común.




Por suerte, me va mejor con Behind the Candelabra de 2013, dirigida por Steven Soderbergh y guión de Richard LaGravanese sobre el libro de Scott Thorson con Alex Thorleifson. Trata de los seis años que compartieron cama y techo, el rimbombante pianista Liberace (Michael Douglas) y el joven Scott Thorson (Matt Damon). En realidad da cuenta del paradigma con que Liberace trataba a sus amores. Scott reemplaza a Billy Leatherwood (Cheyenne Jackson), otro pianista de talento, y Scott será reemplazado por Cary James (Boyd Holbrook) el cantante líder de un grupo pop, con coreografías incluidas, tipo los Jackson Five o The Osmond Brothers. El título es muy apropiado, veremos lo que se oculta detrás de los candelabros aparatosos que adornan el escenario y el piano en los números de Liberace. Este pianista de espectacular (nunca más literal el adjetivo) vestuario aislaba a sus jóvenes amantes en casas / palacios que alguien equipara a los castillos de Ludwig II de Baviera. Los trata y viste como príncipes, los hace a su imagen y semejanza (en el caso de Scott la cuestión incluye una cirugía estética para darle rasgos de parentesco genético), dieta de anfetaminas primero y cocaína después para controlar el peso, seguridad económica con regalo de casas, joyas, pieles (es ¡Liberace!) y la amenaza de una adopción legal para que en el futuro, nadie puede disputarles el testamento, etc. Pero más tarde que temprano, la jaula de oro se nota, porque por más de oro que sea no deja de ser jaula y el amante aislado quiere libertad, rebelarse. Para cuando esto sucede, Liberace ya está cansado de su capricho y la relación cae pendiente abajo. Y como se basa en el libro de Scott conoceremos con detalles las circunstancias. Un detalle, el Scott verdadero tenía 18 años cuando comenzó la relación y 23 cuando se acabó. Su reemplazante, Cary James también tiene 18 cuando el nuevo ciclo comienza. En el film tanto Damon como Holbrook ni por asomo dan tan chicos, pero sí jóvenes. Me parece que no se quiso acentuar ese aspecto para que nuestro morbo como espectadores se concentrara en otros. Tampoco falsean nada, Liberace no estaba fuera de la ley. La película de Soderbergh es iluminadora porque no juzga, ni pretende escandalizar. Y si no olvidamos que eran tiempos de clóset riguroso, en los que se podía jugar con la ambigüedad pero nunca con la verdad, el análisis se vuelve si no piadoso, muy comprensible. En resumen, un film valioso que da tela para cortar. Gran actuación de Douglas que da una caracterización respetuosa, que su padre, Kirk Douglas, haya sido en algún momento vecino del verdadero Liberace y que el gran Kirk fuera la única gran estrella que asistiera al servicio fúnebre de Liberace quizá tuviera algo que ver. Debbie Reynolds (solo 12 años mayor que Michael) hace de madre de Liberace en un par de escenas deliciosas. Fue su última película. Long live the queen! (or queens)




Termino con una antigualla, Staircase / La escalera (Stanley Donen, 1969). Fue la primera película de abierta problemática gay con estrellas. Hubo otras con estrellas por esas fechas (The Sergeant / El sargento, John Flynn, 1968, con Rod Steiger y John Phillip Law, Reflection in a Golden Eye / Reflejos en tus ojos dorados, John Huston, 1967) con Marlon Brandon y Elizabeth Taylor, pero estos ejemplos, los personajes (muy enclosetados) eran gay, no la temática de la película. Staircase fue un sonado fracaso de crítica y público. Se la tildó de burlona y despreciativa. Ni tanto ni tan poco. Es un poco cruel, pero no del todo impiadosa. Es verdad que refuerza los estereotipos que se manejaban por entonces, el gay afeminado, gritón, de lengua viperina, bitchy, digamos. Se trata de una pareja veterana de 30 años de vida en común, que no se quieren mucho individualmente ni al otro. Manejan una peluquería de hombres. Harry (Richard Burton) cuida una madre senil y postrada que está en el mismo departamento. Charlie (Rex Harrison) espera la visita de una hija de 20 años a la que nunca vio y la vista por una demanda legal que le hizo un policía por “solicitation” (requerir acceso carnal), la trama transcurre en Londres y en aquellos tiempos la homosexualidad era delito en Inglaterra. Las dos estrellas aceptaron participar en el film, siempre y cuando estuviera el otro. Pero cuando la filmación comenzó, Harrison, sobre todo, estuvo a disgusto con el personaje y los textos que le tocaba decir. Se nota, pero su profesionalismo, en especial en el manejo de tiempos y subtextos, hace que la sangre no llegue al río. Su personaje no está redondeado, pero lo perfila bien y nos comunica cómo debería ser. Burton está impecable. Y si se me permite un juego con el tiempo, Richard parece estar imitando a la Judi Dench de hoy, algo imposible, por supuesto. Harrison quedó tan enojado que se alejó del cine por 8 años, regresaría en 1977 con The Prince and the Pauper / El príncipe y el mendigo (Richard Fleischer) y con el pie izquierdo, tenía escenas con Charlton Heston al que no aguantaba desde cuando compartieron cartel en The Agony and the Ecstasy / La agonía y el éxtasis (Carol Reed, 1965) en la que la supuesta homosexualidad de Michelangelo Buonarotti era gambeteada olímpicamente. Es que Heston era muy machirulo y tenía el sentido del humor de una hormiga renga.  

Fin de la octava jornada

Gustavo Monteros

viernes, 28 de abril de 2023

Festival LGBTQ+ - Séptima jornada


 

La séptima jornada del Festival LGBTQ+ que me organicé está compuesta de tres películas francesas. La primera es Plaire, aimer et courir vite (Christophe Honoré, 2018). Estamos en 1993, Jacques (Pierre Deladonchamps) es un escritor HIV positivo. Orbitan a su alrededor, Louis, su hijo de 10 años (Tristan Farge) y la mujer con que lo tuvo, Nadine (Adèle Wismes) y Mathieu (Denis Podalydès) un periodista que vive en el piso de arriba. Jacques está bien, pero como los tratamientos no eran tan efectivos como ahora, sabe que puede decaer irremediablemente de un momento a otro. Marco (Thomas Gonzalez) un examante también con HIV está en las etapas finales y esto deprime a Jacques y acelera su declive. Lo revive un poco su pasión por Arthur (Vincent Lacoste) un joven estudiantes de Rennes, al que conoció cuando fue a esa ciudad a ver los ensayos de una obra suya. Dura dos horas con doce minutos y yo sentí todos y cada uno de ellos. Por dos motivos principales: la tradición francesa, que se remonta unos cuantos siglos atrás y que no tiene fecha de cierre, de racionalizar los sentimientos, larguísimas consideraciones sobre lo que les pasa y no, sobre si lo que sienten es lo que sienten, si es que de verdad sienten o si les parece que sienten lo que deberían estar sintiendo y así. Y dos, porque los personajes principales, en realidad todos, salvo el chico, son unos tremendos narcisistas enamoradísimos de los personajes que creen ser, lo que dificulta o imposibilita, al menos en mi caso, identificarme con ellos. Ojo, es una buena película, que yo no pueda apreciarla en todo su valor, es mi problema, no atribuible en nada a trama, tratamiento y logros de la película. Como me gusta decir, solo no es para mí.



Sigo, con mucho temor, con Jours de France (Jérôme Reybaud) porque temo que, por iguales motivos, me pase lo que me pasó con el film anterior. Pero no, termina por gustarme y mucho. Pierre (Pascal Cervo) abandona la casa que comparte con Paul (Arthur Igual) para lanzarse a la carretera con su Alfa Romeo de alta gama y dejarse guiar por el capricho del momento. Activa su aplicación grindr eso sí, porque por el camino no quiere privarse de los hombres interesantes que pueda ir conociendo en el sentido bíblico, claro. La película maneja muchos puntos suspensivos, que irán aclarándose a medida que el film avanza. Es una road movie con levantes gay. Pero los encuentros sexuales no serán los únicos determinantes de su itinerario, como lo demuestra el desvío para socorrer a Diane (Fabienne Babe), una cantante que se gana la vida dando shows en geriátricos, a la que se le quedó el auto a medio camino de un compromiso. También se topará con una exdocente suya de literatura del secundario (Nathalie Richard), una ladrona (Laetitia Dosch), además tendrá una reveladora conversación telefónica con su tía, una actriz veterana a la que la frecuentación con su arte le ha dado no solo un incansable histrionismo sino una gran sabiduría (la irrepetible Lilian Montevecchi en su última participación para el cine, Death, be not proud). Y habrá unos cuantos hombres, muy entrañables en sus peculiaridades, que viven su sexualidad de una manera diferente a los gays de las grandes ciudades. Paul no se quedará de brazos cruzados y con la ayuda de la aplicación mencionada, buscará a Jacques por los caminos, lo que sumará personajes a la galería de retratos atendibles. Dura dos horas con diecisiete minutos y no los sentí, se me pasaron volando.




Cruzo los dedos para que la suerte me dure y me pase con la tercera lo que me pasó con la segunda y no como con la primera. Ni tanto ni tan poco. Été 85 es el François Ozon de 2020. Los dos Ozon anteriores, L’amant doublé (2017) y Grâce à Dieu (2018) me habían aburrido un poco. De nuevo, culpa mía, no de Ozon, pero uno también tiene sus gustos, qué embromar. En 1985, el adolescente Alexis (Félix Lefebvre) es rescatado por David (Benjamin Voisin), otro adolescente apenas un par de años mayor, de un mar tormentoso cuando su botecito dio una vuelta de campana. Nacerá una amistad que derivará en una arrolladora iniciación de Alexis al erotismo homosexual, David, sospechamos, viene más curtido. Pero los problemas en el paraíso no tardarán en llegar y la historia de amor se abrirá ¿al policial? Algo así. Literatura para adolescentes que no se transcribe del todo bien a la pantalla. Por más que solo el universo adolescente puede albergar a esta historia, hay vueltas de tuerca que suenan falsas incluso en este universo tan elástico. Los adolescentes por estar en edad de transiciones se prestan, en manos de algunos autores, para justificar las conductas psicológicas más traídas de los pelos. No es este el caso, pero casi. Debo reconocer, eso sí, que esta vez no me aburrí.

Gustavo Monteros

viernes, 21 de abril de 2023

Festival LGBTQ+ - Sexta jornada

Inicio mi sexta jornada del festival LGBTQ+ con Moneyboys (2021), opera prima de C.B.Yi. Fei (Kai Ko) parece haber nacido para la profesión que por accidente le toca ejercer: trabajador sexual especializado en hombres. Tiene la mezcla exacta de narcisismo (para que los gajes del oficio no lo afecten demasiado) y capacidad para distanciarse, deshumanizarse y desentenderse así de pasiones que desata). Estas ventajas lo ayudan para sobrellevar los inconvenientes de prostituirse, pero le impiden reconocer a tiempo el amor. Primero el de Xioalai (J.C. Lin), un compañero de profesión que para escaparse del tráfico sexual o en una manera autodestructiva de expresar su amor por Fei, o porque no puede manejar los celos, llevará a cabo una acción de venganza contra uno de los clientes de Fei. Esta acción me confunde, o es una cuestión cultual que no sé leer, o tengo falencias para entender algunos comportamientos de autoinmolación. Como sea, es mi problema y no el de ustedes. Fei, más adelante, tampoco sabrá ver a tiempo el amor de Long (Yufan Bai), un amigo del pueblo que se le aparecerá en Taipei para que lo ayude a mejorar su situación económica. Fei le encontrará un trabajo esclavizador en un comedero, al que Long más temprano que tarde mandará al demonio, porque quiere hacer lo que Fei hace, porque no es secreto para nadie salvo para Fei, además lo admira hasta la idolatría y lo ama en secreto desde siempre. Fei elige verse como un proveedor de su familia, hace lo que hace para que ellos, lejos en su pueblo, vivan bien. Los familiares aceptan el dinero, pero cuando Fei los visita no pueden hacer la vista gorda a la profesión de Fei y lo atacan con moralinas ancestrales (si necesitan ejemplos mayúsculos de hipocresía, aquí hay uno). Ya lo sabía Emile Zola y todos los naturalistas, pocas cosas desatan más morbo que los entretelones de la prostitución, C.B.Yi nos entrega un retrato frío y elegante, un poco distante como su protagonista nada empático, pero nunca perdemos el interés, ya sea por morbo o por culpa de su talento.



Sigo con Große Freiheit  o Great Freedom (Sebastian Meise, 2021) considerada con justa razón una de las mejores películas de dicho año. El título es de una ironía punzante. Hans Hoffman (Franz Rogowski) es víctima reincidente de la infame ley alemana llamada el Párrafo 175 que criminalizaba la homosexualidad y la castigaba con cárcel efectiva. Esta historia se cuenta en tres tiempos, en 1945, en 1957 y en 1968. Y salvo en tres momentos claves, transcurre el resto del tiempo en la cárcel. Hans no resignó su sexualidad y vio la ironía trágica de salir en 1945 de un campo de concentración para terminar en una cárcel de la ocupación, (en la Berlín dividida, a él le tocaron los norteamericanos). Tiene que compartir la celda con Viktor (Georg Friedrich) un homófobo violento, pero no estúpido ni insensible. Iniciarán una amistad que derivará en unas cuantas cosas. El período de 1957 estará dominado por el amor que Hans siente por Oskar (Thomas Prenn). Y el de 1968 por la relación que establece con Leo (Anton von Lucke). Alguien dijo en broma que no es ni por lejos la habitual película de cárcel ni la típica historia de amor. Broma acertadísima que esconde una verdad irrefutable. Es una película extraordinaria con un momento inolvidable que conmueve al más pintado. No está al final, pero va a parar al cajón de la memoria imborrable donde están el final de El francotirador y el de Umberto D.

Hablando de finales, tanto Moneyboys como Great Freedom tienen un final no cerrado del todo. No es que sea abierto, para nada, es fácil descubrir para donde van los tiros, pero sus cineastas eligieron por los motivos que sean no cerrar sus historias con claridad. Lo respeto, pero no de mi preferencia. La bajada del telón final es un arte que no hay que resignar. Perdón, es lo que creo.


 
Termino esta sexta jornada con Animals, dirigida por Nabil Ben Yadir, filmada en 2018 y estrenada pandemia mediante en 2021. Película difícil de ver como pocas. Registra el crimen de odio contra Ihsane Jarfi de 32 años de edad en 2012 en la ciudad de Lieja, Bélgica. Jarfi fue muerto a golpes por cuatro hombres. Su cuerpo fue encontrado en un descampado dos semanas más tarde a su fallecimiento con 17 fracturas en las costillas y otras heridas graves. Tres de sus asesinos obtuvieron sentencias de por vida y el cuarto una pena de 30 años de prisión. Estos datos no son mencionados en la película, que comete el error de suponer que por ser un caso famoso en Bélgica es igual de conocido en el resto del mundo. De todos modos los nombres están cambiados, quizá algunas circunstancias también por necesidades dramáticas, aunque no falte el cartelito de Basado en hechos reales.

La primera media hora es angustiante pero visible. Brahim (Soufiane Chilah) aiste al cumpleaños de su madre, fiesta familiar muy concurrida. Todos pertenecen a la religión islamista. Brahim invitó a su pareja de cinco años para que su madre lo conozca al menos, no planea blanquear la relación sobre todo porque su hermano mayor, el único que sabe que es gay se lo tiene prohibido, pero la esposa del hermano los vio en el centro y no para de azuzar a que se diga lo indecible y se eche al “infiel degenerado” El hermano jura que la esposa no se lo contó a nadie, pero otra de las cuñadas trata mal a Brahim y una de las invitadas a la fiesta lo mira con agresividad. Thomas, la pareja de Brahim no llegará porque el hermano se lo impidió golpeándolo y agarrándolo del cuello. Brahim se irá del cumpleaños y buscará a Thomas en un boliche gay que frecuentan. No está, en la puerta logra que cuatro matones en un auto que molestan a una mujer, dejen de hacerlo, los patoteros le preguntan si en el lugar hay “vaginas”, Brahim les dice que sí, pero que no están disponibles para ellos. Cree reconocer al chico que está sentado detrás, lo saluda, se ofrece a indicarles un lugar con “vaginas” dispuestas y ¡se sube al auto! Una cosa lleva a la otra, un comentario airado a otro y comienza la violencia contra Brahim. La siguiente media hora es muy difícil de ver y roza lo insoportable. El crimen es recreado con atroz eficacia. Abandonado el cuerpo, la cámara se concentra en el chico que Brahim creyó reconocer. Lo dejan en la casa. Tiene los nudillos heridos y la ropa cubierta de sangre. Come algo, acaricia al perro y cuando se da cuenta de la sangre que lo mancha, se saca la ropa y la tira a la basura, después volverá a sacarla e intentará lavarla ¡a mano! El chico va a su cuarto y se viste como para ir a misa. La madre ya está despierta, es una mujer postrada que mira televisión. Su padrastro le pregunta dónde va. El chico le dice que ya sabe. El hombre se pone muy violento y le dice que no se ponga guarango, que está a su cargo, que él paga los medicamentos de su madre y por la manutención de todos. El chico se va, pero no llega a una iglesia, sino a un salón de fiesta, lo ponen a preparar mesas, su padre verdadero ya había anunciado que ayudaría al personal del salón. Es que en ese día, el padre celebra en ese salón su casamiento con otro hombre. Los últimos 20 minutos son sobre el chico en la fiesta. ¿Las películas sobre crímenes de odio son necesarias? Muchos creen que sí. Y yo no me pongo de acuerdo conmigo mismo. Algo es seguro, durante varios días me preguntaré por qué Brahim se subió a ese auto. La violencia de esos cuatro era tan evidente, que ¿por qué?, ¿por qué? Solo Brahim lo sabe y ya no nos lo puede decir.

Fin de la sexta jornada.

Gustavo Monteros 

viernes, 14 de abril de 2023

Festival LGBTQ+ - Quinta jornada


 

Inicio la quinta jornada de mi festival LGBTQ+ con In from the side (Matt Carter, 2022). Dos rugbiers del mismo club, uno de la liga amateur, Mark (Alexander Lincoln) y el otro del equipo profesional, Warren (Alexander King) pasan de las miradas lejanas en un tercer tiempo en un pub a una apasionada noche de sexo. El problema es que ambos están en pareja. Warren con un compañero del equipo profesional, John (John McPherson) y Mark con Richard (Alex Hammond) un ejecutivo de alto rango que viaja mucho. Y lo que iba a ser cosa de una sola noche se convierte en relación, pero ¿hasta dónde están dispuestos a llegar? Mark tiene dentro de su equipo un lastre, Henry (William Hearle) un amigo afecto carenciado que dice estar enamorado de él, y que apaga sus frustraciones con litros de alcohol, y que para colmo es conocido y excompañero de John. Y orbita por ahí un jugador mediocre, envidioso que oficia de perro del hortelano, Gareth (Carl Loughlin) Y lo que en un principio parece una comedia romántica decanta en drama de infidelidades.


Tres características sobresalen. La homosexualidad está integrada, naturalizada, nadie se mosquea porque un alto porcentaje del equipo sea gay, y hablen de sus parejas, se toquen y besen en público, etc. En este casi utópico estado de situación, se diría que está equiparada a la heterosexualidad. Hay una militancia diferente a la habitual, en la que siempre se pone el subrayado en la discriminación, la no aceptación, la homofobia. Aquí hay una especie de épater le bourgeois no desde la confrontación sino desde la naturalización. La convivencia con el homosexualismo es vivida por los que no lo son sin conflicto ni violencia. Dos, el amor es amor y los problemas de relación son los problemas de relación, y en esta equiparación de relaciones homo y hétero, el conflicto presentado no variaría en lo más mínimo si pusiéramos hombre y mujer en vez de dos hombres. Puede que en las parejas homosexuales, la monogamia no sea sine qua non sino solo otra opción, puede que la propensión a abrir la pareja sea más habitual que proverbial, pero como señala el personaje de la madre de Mark, lo que nace del engaño no engendra sino más engaños y mentiras. Sea como sea la pareja, si algo se le oculta al otro es traición, aunque lo disimulemos con palabras menos poderosas. Y tercero, llama la atención el nivel de la producción, se ve que se contó con un presupuesto generoso, que no se escatimaron gastos, que se filmó lo que se quiso como se quiso, lo que no es frecuente en filmes de temática LGBTQ+.


Continuo la jornada, créase o no, con una producción Disney (los que nos criamos con los domingos de Disneylandia nos da un poquito de escozor, esta apertura de la empresa del ratón, uno jamás hubiera sospechado que los antaño propulsores de la familia tradicional más rancia adhieran ahora a la nueva normalidad con igual entusiasmo, sé que van con el mundo, pero si este diera la vuelta atrás, serían los primeros en renegar de lo que hicieron, en el fondo no son de confiar). La película se llama Better Nate than ever (Tim Federle, 2022) y juega con el nombre del pibe protagonista y la frase hecha Better late than ever, Mejor tarde que nunca.


Nate (Rueby Wood) es un adolescente queer. Él no lo sabe o no lo asume todavía, pero todo su entorno sí. Adora tanto la comedia musical que concibe la vida en esos términos, vive su realidad como si en cualquier momento pudiera interrumpirla con un número musical que exprese en forma inmejorable lo que siente. Hay aquí un lugar común que la película abraza con fervor. El musical tiende a atraer a una mayoría gay, pero no exclusivamente, muchos heterosexuales aman los musicales y no conciben la vida en esos términos. No sabemos si Nate será gay, por eso prefiero decirle queer, las elecciones o las afinidades sexuales son harina de otro costal (elijo creer que al menos eso aprendimos) Lo que es seguro es que Nate no siente todavía impulsos sexuales. Su mundo tiene otras urgencias, ser elegido protagonista del musical que harán en la escuela, por ejemplo. Pero, pobre, no solo no es elegido para ser Lincoln en Lincoln, el musical no autorizado sobre su vida, sino que es relegado a árbol. En principio no debería desmoralizarse tanto en La bella y la bestia hay teteras, cómodas, candelabros con canciones que resuenan, pero no parece ser lo que este Árbol le depara. Su socia, amiga y compañera de escuela, Libby (Aria Brooks) combate su desaliento con una noticia que contrarrestará todo. En Broadway harán un casting para Lilo y Stich, el musical, claro, hay un pequeño problema de logística, ellos viven en Pensilvania, son menores y sus padres no son muy Broadway que digamos. Por supuesto se escaparán, pero como es vox populi  Nueva York es una ciudad peligrosa, para mantener un mínimo de credibilidad, Nate tiene allí una tía por parte de madre, Hedi (Lisa Kudrow) que para beneficio de la historia está distanciada de su hermana desde hace años por unos desplantes que ya nadie recuerda o que más bien le asignan una importancia misteriosa (suele pasar, el tiempo decrece la trascendencia asignada en su momento a hechos y eventos que van perdiendo día tras día su importancia hasta ser lo que siempre fueron: nimiedades). Y entonces…(el resto no es muy difícil de adivinar y uno puede ir tachando los cuadritos con las suposiciones cumplidas a medida que el argumento se desarrolla, pero la originalidad no es lo que cuenta sino la arrolladora simpatía de Nate, Libby y la tía Hedi. En el reparto hay guiños permanentes al Broadway mítico que se celebra y fortalece, todos estos actores tuvieron su momento de gloria en el spot en algún escenario de la calle de los teatros. Agradable y aunque es previsible no ofende la inteligencia.



Y para culminar esta jornada veo Potato dreams of America (West Hurley, 2021) La película más peculiar de este festival hasta la fecha. Potato (Hersh Power) es un niño que sobrevive como puede en la Vladivostok de la Perestroika, juega con los chicos del barrio, después padece el maltrato que le propinan, la abuela lo llena de conceptos que lo aterrorizan aunque la señora los enuncie con la intención de fortificarlo, su padre es un borracho abusivo y el novio que lo reemplaza es un neurótico irresponsable al que aceptan porque viene con una tele a color, en la escuela el cuadro de Lenin está vivo y le hace guiños, gestos y otros comentarios faciales. Por su parte, la madre, Lena (Sera Barbieri) es una médica en una cárcel y sus jefes pretenden que haga pasar como accidentes las defunciones producto de las torturas y padece los novios posibles y a su peculiar madre (Lea DeLaria). Todo esto está contado con la lógica y estética de un programa televisivo de sketches cómicos. Escenografías toscas, chistes burdos, actuaciones caricaturescas, planos fijos, luces erráticas, etc. Y como la salvación es representada con el espejismo de los Estados Unidos, Lena se propuso como novia por correspondencia y se casó con John (Dan Lauria). Ahora Potato es un adolescente y lo encarna Tyler Bobock y ya que estamos en cambios, Lena en yanquilandia pasa a ser interpretada por Marya Sea Kaminski. Y hay también un cambio estético en la película, los autos son autos, las casas son ídem y no escenografías, la escuela es escuela y el video club eso mismo precisamente. Pero el supuesto paraíso está lleno de alimañas y nada es fácil. El estilo de actuación también cambia, es más sentido, estilizado, sí, pero inclinado al naturalismo, las lágrimas son lágrimas y las risas, risas. Y se llega al desenlace que ofrece unas cuantas rarezas como sacadas de cuentos desmelenados, pero cuando llegamos a los títulos del final sabremos que lo que vimos, pasó, que nos contaron hechos reales en los estilos descriptos. Y uno se sorprende doblemente, porque todo haya sido verdad y por el modo de contarlo, nos han domado con las biopic en estilo Hallmark o Billiken y sus cercanías que uno se pregunta, si tuviéramos que contar nuestras vidas, qué estilo elegiríamos.


West Hurley, el director y guionista de Potato Dreams of America nació en Rusia y ahora es de nacionalidad canadiense. Entre cortos, películas para televisión, pseudo documentales y películas de ficción va armando un currículum atendible. El estilo burdo, aleatorio, crudo, de pastiche es claramente elegido y cultivado. Almodóvar comenzó así y fue puliendo sus medios de expresión hasta ser el director de estilo personal e intransferible que es hoy. ¿West Hurley hará algo parecido? Veremos si persiste.

Fin de la quinta jornada

Gustavo Monteros

viernes, 7 de abril de 2023

Hiatus Pascual

 Aquí conocida como Intermezzo lírico (¡?) en realidad Easter Parade (Charles Walters, 1948) Judy Garland, Fred Astaire. ¡Felices Pascuas!


viernes, 31 de marzo de 2023

Festival LGBTQ+ - Cuarta jornada


 Inicio la cuarta jornada de mi festival LGBTQ+ con Mario (Marcel Gisler, 2018). Mario (Max Hubacher) es un alemán que se foguea en las inferiores del fútbol suizo con la intención de pasar el próximo año a alguna liga profesional. Es un delantero. A mitad de la temporada, el club presenta a Leon (Aaron Altaras) que ya está prácticamente en el fútbol profesional, pero por motivos que nunca quedan claros, las autoridades lo hacen trabajar un tiempo más en las inferiores. Leon es otro delantero y trabaja muy bien en tándem con Mario. Como la profesionalidad de ambos se da por descontada, el club los hace convivir en un departamento de la institución. La convivencia expone un secreto que ambos ocultan, son gay. Y pese a resistencias iniciales, terminan por tener sexo y eventualmente se enamoran. Las idas y vueltas de Mario a aceptar la relación hacen que se descuiden y sean vistos por otro jugador, no tan talentoso y que de pura envidia va a hacerles la vida imposible. Cuando el rumor de la relación llega a las autoridades se evidencia que la homosexualidad en el fútbol es más común de lo que se supone y acepta, pero lo que sigue siendo tabú, caca, inadmisible es que se haga público. Desatado el conflicto, habrá reacciones en el entorno tanto familiar como profesional, y habrá decisiones que repercutirán en el modo en que se elige vivir. Buena película que conmueve e interpela.


Continúo esta cuarta jornada con otra película alemana, Jonathan (Piotr J. Lewandoski, 2016) tan bella y triste como entrañable. Jonathan (Jannis Niewöhner) es un adolescente que trabaja en la granja familiar junto a su padre Burghardt (André Hennicke) y su tía Martha (Barbara Auer), estos hermanos llevan años sin hablarse, algo que ahora es muy relevante porque Burghardt está muriendo de un cáncer terminal de piel con metástasis en el cerebro. Jonathan cuida a su padre con amor, afecto que es extrañamente rechazado por el moribundo. Jonathan quiere que le hable de su madre muerta a la que prácticamente no conoció. Burghardt se niega. Un buen día llega un extraño, Ron (Thomas Sarbacher) preguntando por Burghardt, al que Martha aleja de la propiedad a escopetazos. Una recaída hace que Burghardt sea hospitalizado, Martha lo visita con renuencia, lo halla dormido, pero ve una foto muy manoseada cerca de la cama en la que se ve a dos hombres jóvenes en una piscina. Sospechamos primero y comprobamos después que Ron fue amante de Burghardt, pero también el gran amor de Martha. Ahora Jonathan debe lidiar con un conflicto con el que ni soñaba. Su padre no solo es homosexual sino que esta determinación sexual pudo haber tenido mucho que ver en la muerte de su madre. Pero, claro, no hay mucho tiempo para andar rumiando traumas, Burghardt se está muriendo. Por suerte para Jonathan, con él anda Anka (Julia Koschitz) una enfermera sabia y sensual que contrató Martha para que lo ayudara con Burghardt. Anka sabe lo que es trabajar con la muerte, aprendió que la sensualidad la espanta y que nadie muere si antes no ha hecho las paces con las deudas pendientes. El film es tanto un coming of age para Jonathan como una elegía para el amor de Burghardt por Ron. Lo interesante es que lo que pasó cuando los personajes mayores eran jóvenes no se explicita demasiado, si no que se trabaja solo con las consecuencias de las elecciones que tomaron. Sin embargo, es fácil armar lo que pasó y deducir el motivo de las conductas. Porque, por desgracia, no es necesario que nos detallen la no aceptación de las sexualidades ajenas ni la homofobia ni la aceptación de mandatos sociales que deberíamos haber mandado al diablo mucho tiempo antes de lo que lo hicimos y que debemos trabajar día a día para que no vuelvan jamás, ya que no provocan más que tristeza y desamor.


Termino esta cuarta jornada con una curiosidad casi marginal, Johan (Philippe Valois, 1976) película que mezcla el cine arte, el documental y el porno, uniendo estas variantes desde el metalenguaje. El relato dominante se estructura en las cartas que Philippe le escribe a su amante Johan que está en la cárcel. Es verano en París y el cineasta Philippe tiene a su disposición el equipo prometido para hacer la película, que iba a protagonizar Johan, que por no estar libre debe ser reemplazado. Y como en la película habrá desnudos y sexo, el casting se hace levantando muchachos. De ahí que nos muestren como es el levante en el Jardín de las Tullerías y el uso que se le da a los baños públicos. En algún momento la narración se desvía hacia los sitios de turismo gay y se habla de las facilidades para el sexo ocasional que ofrece New York. Entra en escena Manolo (Manolo Rosales) que es un cubano exiliado. Por momentos prima la confusión geográfica, porque nos hablan de New York pero nos muestran París, aunque después por suerte se aclara. Hay otro desvío documental por prácticas y juguetes sexuales, pero después se vuelve a la búsqueda del sustituto de Johan. El film es narcisista, exhibicionista, a la vez que liberador y desvergonzado. Se enorgullece de la diversidad sexual y documenta como la comunidad gay se percibe en ese tiempo, como se muestra y se celebra. Entonces el film adquiere una importancia extracinematográfica. Al ser fiel al registrar el momento, se vuelve histórico. Nada nuevo, ratifica aquello de lo del diario de ayer es para envolver huevos, pero el de hace tres años, es Historia.

Fin de la cuarta jornada

Gustavo Monteros

viernes, 24 de marzo de 2023

Festival LGBTQ+ - Tercera Jornada


 

Inicio la tercera jornada de mi festival LGBTQ+ con Bros (Nicholas Stoller, 2022), comedia romántica de un gran estudio que se suponía rompería las barreras de un público de nicho, en este caso los homosexuales, y que atraería a un público masivo en general. No lo logró por culpa de un mal manejo de mercadeo (pésima fecha de estreno, una errada campaña publicitaria) según los expertos en el tema. Si bien falló en el aspecto comercial, en el frente artístico ostenta varios logros.


Bobby (Billy Eichner, además de protagonista, coautor del guion con el director), un influencer aguerrido en temas LGTBQ+, que ha escrito libros para niños sobre la homosexualidad, tiene un podcast en debate y demuele lo que se le pone en frente y forma parte de la junta directiva de un futuro museo LGTBQ+ conoce y se enamora de Aaron (Luke Macfarlane), un abogado corporativo que trabaja en legados y testamentos. Y como en toda rom-com (abreviatura de romantic comedy) que se precie habrá un flirteo conflictivo, una consolidación temprana, una ruptura más que justificada y el suspenso por una reconciliación final a toda orquesta.


Tres características se destacan y a pesar de altibajos (¿ineludibles?) se imponen. Primero, logra hacer interesantes y entrañables a dos protagónicos que en los papeles se inclinan por lo contrario. Bobby / Eichner es un gritón enojoso y agresivo al que uno quiere callar todo el tiempo, una especie de personaje de Walter Matthau, más joven y gay, pero igual de gruñón, frustrado y mal arriado. Aaron / Macfarlane es la variación habitual del gay musculado, testosteronoso, esteroidiado. O sea el típico narcisista, vacuo, hueco. Y también, por supuesto, como corresponde, buenmozo como para partir veredas y de una voz que derrite témpanos. Pero de a poco los actores imponen sus personajes, explotan su humanidad y los vuelven atractivos, empáticos. Segundo, la comedia ubica la problemática gay en otro peldaño, no hay aquí ni salidas del clóset problemáticas, ni parientes cercanos discriminadores, ni ambientes censores que impiden el desarrollo de la cultura gay, no, su realidad es otra, todo eso forma parte del museo que inaugurarán en breve. Esto no implican que duerman en un lecho de rosas, la lucha por los derechos y la aceptación plena continúa, pero en otro nivel. Y la trama respira así un aire libre y fresco que se agradece por lo novedoso. Tercero, pese a la acumulación de temas (el poliamor, la pareja de a tres, la necesidad de confrontar a los niños con la problemática gay desde siempre y no esperar a que crezcan para presentárselas, la admisión sin tapujos de lo qué y quién se es, la discriminación positiva que suele ser tan nociva como la negativa y algún otro tema que se me escapa) que es una marca de fábrica de quienes trabajaron o trabajan con el definidor de este tipo de comedia, o sea Judd Apatow, se nota la libertad, el desparpajo y el valor de no censurarse a la hora de crear y plantear disquisiciones. Esta suerte de pongamos todo lo que se nos ocurra no sea cosa que no haya o no podamos hacer otra película, típico de algunas operas primas ansiosas o desesperadas, apabulla, sí, pero también reconforta, porque no desdeñan o desconfían del público sino que lo consideran un adulto con discernimiento.




Sigo mi tercera jornada con Fire Island (Andrew Ahn, 2022) con la que Joel Kim Booster, actor protagónico y a la vez guionista, se propuso, nada más ni nada menos que reformular el clásico de Jane Austen, Orgullo y prejuicio en versión contemporánea y gay. Para lograr el terreno en que distintas clases sociales convivan, manda a todos los personajes a unas vacaciones a Fire Island, definida en la película como el Disney World de los gays. Aquí la familia Bennet de la novela mencionada estaría compuesta por Erin (Margaret Cho) una lesbiana veterana que gracias a una indemnización laboral pudo comprar una casa en la isla en la que recibe a los demás personajes o sea a Noah (Joel Kim Booster, que representaría a la inefable Elizabeth Bennet de la novela), Howie (Bowen Yang), Luke (Matt Rogers), Keegan (Tomas Matos) y Max (Torian Miller). Todos ellos son como el Lado B del mundo gay, son pobres, asiáticos y latinos. Como todo grupo humano, el mundo gay se hermana ante enemigos comunes, pero establece categorías en tiempos de paz. De ahí que esta subespecie sea mirada con desdén como vulgar, ruidosa y arribista, por la cresta WASP (blanco-protestante-anglosajona) de la isla, representada aquí por unos profesionales exitosos que alquilan una mansión en franca oposición a la casa de Erin. Ellos son Will (Conrad Ricamora) que equivaldría al famoso Darcy de la Austen), Charlie (James Scully), (objeto de amor de Howie), y los orgullosos y muy clasistas, Braden (Aidan Wharton) y Cooper (Nick Adams). Y como en la novela de Austen, habrá conversaciones sorprendidas sin querer por quien no debiera oírlas, intrigas creadas a base de mentiras, enconos enardecidos que no son sino tensión sexual no reconocida, chantajes, entuertos y desenlaces gloriosos. Salvo el enfrentamiento Elizabeth Bennet-Mr Darcy, no hay equivalencias directas con los personajes y situaciones de la novela de Austen, pero los elementos principales están y se reconocen y el resultado final es delicioso. Y la transcripción es válida, porque el amor y la lucha de clases son eternos.



Y para terminar esta tercera jornada veo Three Months (Jared Frieder, 2022, también guionista). Caleb (Troye Sivan) terminó la secundaria y en el verano anterior a su ida a una universidad, tiene un atroz percance, después de tener sexo casual con un turista, este le informa que el condón que usaron se rompió y que se acaba de enterar de que es seropositivo. Caleb recurre al centro contra el SIDA y le dicen que el análisis para saber si es portador de VIH toma tres meses, tiempo en el que no tiene que tener sexo y no perderse los análisis respectivos. El doctor que lo atiende, el Dr. Díaz (Javier Muñoz) le recomienda que asista al grupo de ayuda y contención que dirige. Allí conoce a Estha (Viveik Kalra), un adolescente indio que está en la misma situación. Esta nueva amistad que derivará en romance resiente su relación con Dara (Brianne Tju) excompañera de escuela, actual compañera de trabajo y amiga de toda la vida, que tiene una relación tormentosa con Suzanne (Judy Greer) la dueña del minimercado en el que trabaja con Caleb. Benny (Louis Gossett Jr.), la pareja de la abuela de Caleb, Valerie (Ellen Burstyn) descubrirá la ordalía por la que pasa Caleb y lo obligará a que la asuma ante Valerie, que es la familia directa que le queda, ya que el padre murió y la madre está ausente armando otra familia.


Three Months es básicamente una coming of age (película de pasaje a la adultez) fluida, elocuente, sincera que no esquiva los aspectos oscuros, pero que no pierde jamás una bienvenida amabilidad que hace que sigamos la trama con una tierna sonrisa.

Fin de la tercera jornada.

Gustavo Monteros

viernes, 17 de marzo de 2023

Festival LGBTQ+ - Segunda jornada

 


Para la segunda jornada de mi festival LGBTQ+ comienzo con Plynace wiezowce (Floating Skyscrapers / Rascacielos flotantes) de 2013, película polaca escrita y dirigida por Tomasz Wasilewski.

Kuba (Mateusz Banasiuk) vive con su madre Ewa (Katarzyna Herman) y su novia Sylwia (Marta Nieradkiewicz). Kuba es un nadador talentoso que intenta ingresar al equipo olímpico. Y un poco por casualidad y otro poco porque tarde o temprano tenía que pasar, se enamora de Michal (Bartosz Gelner). Pero la decisión de Kuba de aceptar su homosexualidad no le será nada fácil, dado que las mujeres que lo rodean, madre y novia, son acérrimas defensoras de la heteronormatividad patriarcal. Como la mayoría de la sociedad en la que viven.

Estos Rascacielos flotantes conmueven, interpelan, perduran. Durante siglos significaron la infelicidad (y a veces la muerte) de miles de personas.


Sigo mi festival con The Man With The Answers, coproducción chipriota-creco-italiana de 2021, escrita y dirigida por Stelios Kammitsis.

Victoras (Vasilis Magouliotis) va de mal en peor. No tiene trabajo estable, del temporal que tenía le dicen que ya no lo necesitan, situación nada desconocida en la Grecia contemporánea en la que transcurre la acción, para colmo no va y se muere la abuela con la que vivía y su madre con la que se comunica esporádicamente por teléfono no dejará ni por un segundo a su nueva familia en Alemania para acompañarlo. Victoras que es un clavadista de competición venderá las medallas de oro obtenidas, desempolvará un viejo Audi que la madre dejó atrás y se irá a buscarla para echarle en cara su abandono. Y en el camino, se topará con Mathias (Anton Weil), un alemán que es al menos en personalidad su opuesto.

Este hombre con las respuestas es una mezcla amable de road movie y buddy movie que sabe lo que hace y adónde se dirige. Se sigue con deleite.


Termino mi segunda jornada con Hot Guys With Guns, película de 2023, escrita y dirigida por Doug Spearman. Ejemplo de gay sexploitation si los hay. Patrick “Pip” Armstrong (Brian McArdle) participa de una orgía donde todos son drogados y robados. A él le robaron un Rolex que le dejó su padre y se llevaron el auto de lujo que maneja. Como a la policía no puede recurrir, le pide ayuda a su exnovio, Danny Lohman (Marc Anthony Samuel), camarero aspirante a actor, que como ambiciona participar de una serie policial toma un curso de detective, dictado por un expolicía o exdetective, no queda claro y no importa, Jimmy Peppice (Alan Blumenfeld). El slogan de la película dice “Es como si en Arma mortal, Mel Gibson y Danny Glover fueran jóvenes y sexis exnovios” En realidad podrían no ser ex, pero la mamá de Pip, Patricia Armstrong (Joan Ryan) una delirante certificada no le gusta Danny para su hijo.

Cuando empecé a ver cine, el cine de explotación era mal mirado, era como el hijo bastardo de los géneros, pero después vino el postmodernismo y nos liberó de las cadenas del esnobismo y nos hizo admitir que todos los géneros son iguales ante el dios-pantalla.

El cine de sexploitation tiene sus propias reglas y parámetros. Por sobre todo debe ser disparatado, excéntrico, caótico, ilógico y muy divertido. Y este ejemplo es todo eso, así que para espanto del típico espectador neoclásico, concluimos que se trata de un buen film. Y si alguien no está de acuerdo, como dice el lugar común de las películas de los noventa…Sue me!

Fin de la segunda jornada

Gustavo Monteros