jueves, 25 de mayo de 2017

Noticias de la familia Mars

Siempre que puedo, aclaro que no hago críticas, si no crónicas en las que más que juicios de valor de algún tipo, cuento mi relación con las películas que veo. Respecto de esta película de Dominik Moll, separaré lo que hubiera escrito de no haberme molestado un aspecto de la misma de lo que me molestó al punto de descubrir que tengo mis límites para el humor negro.


Hubiera arrancado con algo así: Philippe Mars (François Damiens), aunque no lo sabe más que vivir, subsiste. En el día de su cumpleaños 49, su exmujer, una periodista televisiva, que debe viajar a Alemania a cubrir una crisis de Merkel, le pedirá que se haga cargo por un par de semanas, quizá también más tiempo, de los hijos que tienen en común, Sarah (Jeanne Guittet) de 15 años y Grégoire (Tom Rivoire) de 11. Ese mismo día, en el trabajo, su jefe le pedirá que controle y supervise a Jérôme (Vincent Macaigne) un programador de computación como él, pero muy volátil e impredecible. Y como Philippe tiene problemas para establecer límites dirá que sí. Jérôme se revelará como un paciente de hospital psiquiátrico, del que terminará por escapar para instalarse en casa de Philippe, a la que más tarde traerá a otra compañera de la institución de la que escapó, Myrima (Léa Drucler) de la que está enamorado.


Hubiera seguido más o menos así: Noticias de la familia Mars (Des nouvelles de la planète Mars, en el original) de Dominik Moll (recordado por estos pagos por Harry, un amigo que te quiere bien (2000) que no en poco contribuyó a la fama de Sergi López) es una comedia melancólica que se vuelve brillante y punzante en más de una oportunidad. Progresa asestándole a su protagonista una acumulación de tribulaciones a cual más asfixiante, hasta que su paciencia y su capacidad de aguante comiencen a agrietarse. Para el constante interés que despierta, no en poco contribuye el sólido elenco, pródigo en talento y simpatía.


Y sin duda no hubiera mencionado la subtrama que habría de alterarme y que haría que siempre recuerde a esta película. No hubiera hablado de la misma, porque no es central y porque agrega color, y mejor no mencionar los aspectos que suman, para que generen sorpresa cuando se los descubra en la película. Resumir el argumento de una película es también un ejercicio de ocultamiento, cuanto más se deje afuera, mejor, porque provocarán quizá más disfrute. Solo que esta vez… Hagamos una cosa, si están decididos a ver la película, saltéense los párrafos que siguen y vuelvan a ellos, después de haberla visto. Si creen que no la verán o no les importa demasiado saber detalles relevantes de la misma, sigan leyendo, sepan, claro, que un spoiler se avecina.


Philippe tiene una hermana, Fabianne (Olivia Côte) una artista plástica rebautizada Xanaé, quien por un viaje a Bruselas le pide que se ocupe de su perro, el que puede verse en el afiche. El perro en cuestión es uno de los más insoportables que se hayan visto en el cine y le depararán a Philippe no pocos problemas. En un momento límite, bueno, más bien un punto de inflexión, Philippe establecerá un punto de no retorno con dicho animal y lo revoleará desde la baranda de un puente para que se ahogue en el Sena. Es un truco de cámara que no necesita el aviso aquel de que no se lastimó a ningún animal durante el rodaje, es más hasta se puede adivinar las manos que ponen a salvo al antipático perro, pero a mí, no sé, no me resultó un gag gracioso, todo lo contrario, me pareció innecesario, un paso en falso del director y del coguionista, Gilles Marchand, porque en lo particular, a partir de ese momento, Philippe dejó de despertarme simpatía y ya no me importó lo que el resto del metraje tenía para depararle, ya no me interesaron más ni él ni sus amistades, ni su vecino, ni el resto de su familia, por mí podría barrerlos la nube hongo que no me desataría ni la más ligera de las compasiones. Puede que a otra gente el gag no le moleste, lo disfruten, les parezca gracioso, conmigo no fue así, me demostró que tengo un límite en el humor, que no soy tan amplio como creo. No me preocupó en lo más mínimo, como con la postura política que hace rato adopté, me honra estar de este lado.  


Gustavo Monteros

El esgrimista

El esgrimista (Miekkailija en el original, 2015) es una sorpresa. Por suerte agradable. Se trata de una película estonia, coproducida por Finlandia y Alemania. Como es de rigor, con casi el 99, 9 % de las películas actuales, se basa en una historia verdadera. Aunque al menos esta vez no pretenden contarnos vida y milagro de sus personajes, sino centrarse en una peripecia de vida de su protagonista, que le trajo gloria y castigo casi por partes iguales.


Endel Nelis (Märt Avandi) es un esgrimista campeón, que en 1952 debe huir de Leningrado, porque están a punto de descubrir un secreto de su pasado que lo enviaría de seguro a Siberia. Regresa, entonces, a su ciudad natal en Estonia, Haapsalu, donde lo espera un puesto de profesor de educación física en la única escuela del lugar. El director (el antagonista, un personaje que se desmarca de la caracterización que se intenta dar de él, más que nada porque en la vida real la maldad y el resentimiento escapan a veces en su profundidad a los límites de la ficción) le hará la vida imposible. A Endel no le quedará más remedio que recurrir a lo que más sabe, la esgrima. Y será toda una sorpresa que los chicos se interesen por esta disciplina que parece obsoleta o arcaica. Pero la paradoja radica en que termina por mostrar y compartir los saberes que debía ocultar, lo que en plena purga stalinista tiene un precio a pagar.


Eso sí, seamos sinceros, este film de Klaus Härö siembra en el mismo campo fértil en que ya cosecharon los Rockys, los Karate Kids, y otros cuantos beisbolistas, basquetbolistas, futbolistas, y tenistas, o sea la vieja y querida historia del patito feo deportista que llega a cisne campeón, o si se prefiere la Cenicienta de liga menor que se queda con el trofeo Príncipe. Solo que esta vez la excusa argumental es la esgrima.


La pone a salvo del cinismo de la industria, la elegancia de la realización, la nobleza de su elenco, la singularidad de la historia y la convicción de la guionista y su director de estar contando una hazaña deportiva que merece conocerse, por lo que costó en dicha y desdicha.


Touché.

Gustavo Monteros


jueves, 18 de mayo de 2017

Perfectos desconocidos

Paolo Genovese (Una famiglia perfetta, 2012, Tutta colpa di Freud, 2014, Sei mai stata sulla luna?, 2015) ejerce la comedia popular, no la que se inscribe en la tradición de la Commedia all’italiana que directores como Mario Monicelli, Luigi Comencini, Nanni Loy, Pasquale Festa Campanile, Ettore Scola, Pietro Germi, Antonio Pietrangeli, Dino Risi, Steno o Lina Wertmüller hicieron famosa en el mundo entero, sino más bien la que se emparienta con el exitoso teatro burgués de la segunda mitad del siglo XX (burgués no en sentido marxista de la palabra, bueno, o casi, también, sino más bien según la definición de la Real Academia Española que reza: integrante de la clase media acomodada)


Tanto se identifica con este estilo que, si bien este film tiene un guión como Dios manda, no es difícil imaginarlo en una versión teatral. No solo en el estilo se entronca con el teatro de “diversión para antes de la cena”, asimismo el tema elegido es favorito en esta línea teatral: el del desenmascaramiento, amable, de hipocresías varias. Apela, es obvio, a nuestra curiosidad chismosa, ver x tipo de personajes en una compostura moral determinada, para después contemplarlos sin dicha protección, algo que podríamos definir como un strip-tease ético. Como ejemplo se me ocurre un título antediluviano, muy representado en la televisión de mi infancia como tragicomedia divertida y profunda, Cena de matrimonios del dramaturgo español Alfonso Paso, otro ejemplo, más cercano en el tiempo, es la taquillerísima Brujas de Santiago Moncada, también español. Sí, hablamos del tan preciado y rendidor “lavado de la ropa sucia” en un comedor o living lujosos.


Aquí la cosa va así: tres parejas de variopintas profesiones y personalidades se reúnen a cenar, como lo hacen siempre, hay un séptimo comensal que les presentará en esta ocasión a su nueva pareja (algo que al fin de cuentas no ocurrirá). Andan entre el fin de la treintena y la medianía de la cuarentena, y puede que alguno sea más joven o mayor que las edades apuntadas, pero la descripción da una buena idea del corte etario. En esta noche particular hay un eclipse y ya se sabe que los fenómenos astronómicos generan sinceramientos (no hay comprobación científica de que esto ocurra en la realidad, pero en la ficción no hay fenómeno astral que no despierte verdades o provoque enamoramientos), la cuestión es que en la charla surge el inevitable tema moderno de los teléfonos celulares, nuestra dependencia a los mismos y cómo generan un protocolo que atenta contra el disfrute concreto del aquí y ahora. Alguien menciona también que son poseedores y testigos de nuestros secretos y que no podríamos socializarlos sin revelar alguna intimidad vergonzante. Deciden entonces jugar con esta noción, los pondrán sobre la mesa y leerán para todos los mensajes que entren y contestarán, con el altavoz puesto, las llamadas entrantes. Mensajes y llamadas no tardarán en entrar y unas cuantas verdades, algunas bastante incómodas, saldrán a la luz. Y no menos reveladoras serán las reacciones que despierten en todos estos secretos inesperados.


Para que este tipo de comedia funcione como el mentado relojito es necesario que el ritmo no decaiga y que el elenco despierte una inmediata simpatía. Ambos requisitos se cumplen aquí a rajatabla. El armado, o sea el espaciamiento de secretos a descubrir, es eficaz, y Giuseppe Battiston, Anna Foglietta, Marco Giallini, Edoardo Leo, Valerio Mastrandea, Alba Rohrwacher y Kasia Smutniak no serán  Alberto Sordi, Vittorio Gassman, Marcello Mastroianni, Ugo Tognazzi, Nino Manfredi, Sofia Loren, Aldo Fabrizi, Walter Chiari, Stefania Sandrelli, Vittorio de Sica, Monica Vitti, Claudia Cardinale, Carla Gravina, Adolfo Celi, Lando Buzzanca, Gina Lollobrigida, Totò, Renato Salvatori, Giancarlo Giannini o Mariangela Melato, bah, nadie lo será nunca, pero generan interés y empatía.


En resumen, es un remanso más que agradable escuchar hablar en italiano después de tanta película en inglés. Attenti, tampoco verla con mucho apetito, aquí comen bastante y uno no es de palo y evoca sabores, que no en vano es tan famosa la cocina mediterránea.


Gustavo Monteros

jueves, 11 de mayo de 2017

El hijo de Jean

Mathieu (Pierre Deladonchamps) tiene su vida encarrilada. A los 33 años su carrera laboral luce estable y promisoria, y en su vida personal hay una meseta apacible, tuvo un divorcio amable que su hijo de 10 años parece no resentir. Pero, siempre hay un pero fundador, una buena mañana recibe una llamada telefónica desde Canadá, que le dice que su padre (del que no tenía noticias, su difunta madre le decía que fue fruto de una relación casual) ha muerto y que le ha dejado como herencia un paquete. Mathieu decide entonces abandonar París y ver en persona que hay detrás de esta noticia desestabilizadora. Del otro lado del océano, lo espera Pierre (Gabriel Arcand), amigo del padre y que será su cicerone por estos parajes de un nuevo pasado.


Como se ve, estamos ante una dramática peripecia humana. Para que un cuento de esta naturaleza se desarrolle con solvencia se necesita: un buen estudio de personalidades (lo tachamos de la lista, ya que aquí se encuentra), situaciones enriquecedoras que despierten identificación (la empatía famosa) y hagan crecer la historia (tachado también, porque se hallan presentes), alguna que otra sorpresa que condimente bien la narración y la eleve de la amabilidad a un estado que la haga perdurable o al menos más recordable que el promedio de cuentos humanos que consumimos (tachado también, se halla en deliciosas y saludables cantidades), un director sensible y seguro (Philippe Lioret, el de la recordada Welcome, 2009, aporta además una sobriedad y una elegancia que lo alejan de las estridencias y los subrayados, así que tachamos también este ítem de nuestra lista) y por supuesto, actores capaces de hacer asequible y conmovedora esta aventura de descubrimientos no menos trascendentales por lo pequeños, (ítem tachadísimo, porque los dos conductores primordiales de la acción, Pierre Deladonchamps (que pasó a la fama por El desconocido del lago (Alain Guiraudie, 2013) como el veterano canadiense Gabriel Arcand, se muestran pródigos y prodigiosos a la hora de transmitir emoción y de iluminar conductas.


En resumen, una hermosa historia bien contada. Otra épica de lo pequeño, y no hay contradicción en los términos opuestos.


Gustavo Monteros

Graduación

Christian Mungiu con 4 meses, 3 semanas y 2 días (2007) no solo ganó fama internacional sino que puso al cine rumano en primer plano. Más allá de las inevitables diferencias creativas entre los distintos directores de este cine pujante, un factor común sobresalía. Todos parten de una situación pequeña y reconocible, que al irse profundizando, de a poco, se va cargando de implicancias políticas y sociales. Lo macro contenido en lo micro, que se vuelve más y más revelador, a medida que se focaliza mejor la lupa. O sea la más lograda y envidiable manera de contar un relato. Cargarlo de ecos y significaciones con tan solo detallarlo, ya se trate de algo tan personal e individual como la posibilidad de un aborto o de la decisión de dejar a alguien.


Aquí el cuento se abre con una piedra que rompe el vidrio de un departamento habitado por un médico, Romeo (Adrian Titieni), ansioso porque su hija Eliza (Maria-Victoria Dragus) apruebe el último examen del bachillerato y logre así continuar los estudios en Inglaterra, la madre Magda (Lia Bugnar), se verá más tarde, es una figura secundaria y superada en el presente de Romeo. La piedra que rompió el vidrio prefigura unas cuantas tribulaciones posteriores. Eliza será víctima de un intento de violación que desbastará la difícil tranquilidad necesaria para enfrentar un examen. Romeo quiere que su hija tenga la posibilidad de estudiar en el exterior sí o sí, por ella y también por él, que cumplirá vicariamente lo que no pudo o supo conseguir.


Durante la primera hora y media el relato avanza con seguridad y despierta nuestro continuo interés, pero se cae (esa fue mi sensación) en el desenlace. La última media hora se desbarranca, como si no se supiera concluir con gloria lo que se quería contar, o no se pudiera establecer con certeza qué era lo que se pretendía contar. Las diversas aristas que se fueran perfilando se quedan sin filo. Algunas historias se cierran con las formas caprichosas y gratuitas de algunos thrillers tramposos. Y cuando al fin prima la ética individual versus hasta dónde es capaz de llegar un padre para que sus hijos vivan mejor, el relato luce retorcido, como si lo que hubiera tenido que surgir de él fue reemplazado por algo impuesto por la fuerza.


Mungiu filma con la pericia de un maestro, de allí que uno tienda a dudar de la propia percepción, pero a la salida, cuando uno puede armar con tranquilidad el rompecabezas y fundamentar el análisis, se ve que esta vez los ecos sociales y políticos no surgen de la historia sino que son tirados desde afuera como aquella piedra de la primera escena.


Una decepción luminosa, y no es un juego de palabras, puede que la película no sea tan satisfactoria como se esperaba, pero hay mucho talento detrás, y la experiencia igual recompensa. La equivocación de los maestros es a veces mejor que los aciertos de unos cuantos discípulos poco agraciados.


Gustavo Monteros

jueves, 4 de mayo de 2017

Un momento de amor

Marion Cotillard es una actriz prodigiosa. Su belleza no empalaga, porque no depende de simetrías indiscutibles ni angulosidades comprobables para deslumbrar. Su apabullante talento no fatiga, porque no depende de adaptaciones a su personalidad ni asimilaciones a su físico. Su excepcionalidad la equipara con las grandes divas imperecederas del cine clásico y su histrionismo único, que no se alimenta de gestos, posturas y prosodias determinantes, la equiparan a las grandes actrices modernas que prescinden de artificios y artilugios para proyectar su magia. En fin, que reencontrarse con la Cotillard es siempre una fiesta, aunque la película sea mala, cosa que ésta, por suerte, no lo es para nada.


Estamos en la década del cincuenta del siglo pasado en la campiña francesa. Gabrielle (Marion Cotillard) sufre de los nervios, subterfugio que ocultaba por aquel entonces la ignorancia de las afecciones psicológicas. Parece padecer de una aflicción psicosomática y tener inconvenientes para dar satisfacción a los ardores sexuales. Como suele ser el caso, se prendará de quién no debe, y su madre, pragmática, como son algunas personas que viven en contacto con la naturaleza, la casará con un español, José (Alex Brendemülhl) que trabaja de recolector en los campos de la familia y que mira a Gabrielle con una deferencia que bien podría transformarse en afecto. Un aborto espontáneo hará que descubran que la aqueja, el “Mal de pierres” del título original. Terminará en un hospital de Davos que se especializa en erradicar dicha enfermedad. Allí conocerá a André (Louis Garrel) y entonces…


Este trabajo de Marion Cotillard, sobre todo en esto de chica de campo, aquejada por insatisfacciones sexuales, apasionada, libre y un poco salvaje,  dialoga con uno de los mejores personajes corporizados por Isabelle Adjani,  el de L'été meurtrier (Verano Mortal, Jean Becker, 1983), pero mientras que el de Adjani se hundía en la locura y en el crimen, porque de un policial negro se trataba, este personaje de Cotillard se dirige hacia la epifanía deslumbradora, porque ésta es una historia de amor.


Nicole Garcia (también actriz, los memoriosos la recordarán como la protagonista junto a Gérard Depardieu de una de las mejores obras del maestro Alain Resnais, Mi tío de América (Mon oncle d'Amérique, 1980)) conduce con autoridad y buen pulso este cuento que se vuelve seductor y entrañable, más que nada porque se fortifica en hombres  que saben amar. En estos últimos tiempos, generalmente se nos acusa de no comprometernos, de no saber escuchar ni acompañar, pero a veces también, para contrarrestar tanta falencia, como en este caso, sabemos amar.
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Por lo dicho, no es de extrañar que elogie a los caballeros que secundan a Cotillard, el barcelonés Alex Brendemülhl (que fuera el Mengele de nuestra Wakolda (Lucía Puenzo, 2013)) y el parisino Louis Garrel concretan una faena casi a la altura de la de Cotillard, encomio que puede resultar mezquino, aunque en realidad es todo un ditirambo.


Otra caracterización notable de Marion Cotillard y una buena historia ¿qué más se puede pedir para pasar un par de horas más que agradables en un cine?


Gustavo Monteros

El ídolo

El ídolo de Hany Abu-Assad trata algunos aspectos de la vida de Mohammad Assaf, que durante un tiempo gozó de la aprobación y la popularidad que alguna vez tuvo la Selección Argentina-México 86. Ahora bien ¿quién es Mohammad Assaf? Un cantante de gran voz, ganador de la segunda versión de Arab Idol en 2013.


Hany Abu-Assad, el director de Paradise Now (2005) y Omar (2013) manifestó en estas dos películas, más allá de las aristas sociales y políticas, un gusto por el cine popular industrial. Ahora con El ídolo (Ya tayr el tayer, en el original, 2005) se da el gusto de explorarlo a sus anchas.


De no saber que se basa en hechos reales, diríamos que director y guionista se permiten todas las ambivalencias del típico melodrama, a saber, bienaventuranza-desgracia, felicidad-enfermedad, humillación-reparación, sacrificio-redención, vejación-triunfo y desventura-suerte.


Es decir, de no ser cierta la historia de este aspirante a cantante que triunfa apoteóticamente, la acusaríamos de regodearse en los tópicos más ramplones y usados de los melodramas más vergonzantes (hoy, no ayer que eran la usanza obligada) de Libertad Lamarque, tanto en Argentina como México.


Pero a Dios a veces le gusta emular a los más atrevidos guionistas de telenovelas y le da a sus criaturas destinos de contrastes tan fuertes que parecen cuento. No en vano el dicho dice: La realidad supera a la ficción.


Eso sí, como corresponde al melodrama o a la telenovela, todo es llano, directo, sin espesor ni dobleces, se debe aceptar que los buenos son buenos por designio primero y que los fanáticos pueden dar un volantazo porque tienen también corazón.


De todos modos, de puro escasa y nada frecuente, es hermosa la idea de que las diferencias políticas y religiosas puedan superarse por ir detrás de la voz evocadora de un artista único.


Se deja ver, aunque se la puede esperar que llegue al cable, las plataformas de contenidos o las mantas de la calle.


Gustavo Monteros

jueves, 27 de abril de 2017

Personal shopper

Olivier Assayas, después de filmar El otro lado del éxito (Clouds of Sils Maria, 2014), se quedó con ganas de seguir trabajando con Kristen Stewart, lo bien que hizo, porque entre las estrellas jóvenes es una de las más dúctiles, flexibles, hipnóticas y arrebatadoras. Se pasea por la vida y por la pantalla como poseedora de un secreto que uno siempre va a querer desentrañar, y no se equivoca, uno la ve venir y ya no la quiere perder de vista, queremos seguirla, acompañarla, aliviarle los pesares, desentrañarle los problemas, alegrarle los días y despertarle los placeres. Además, aunque tiene todas las curvas en los lugares correctos, ostenta un algo perturbadoramente andrógino, y en su mirada, ávida y vivaz, hay una tristeza de lago perdido que uno quiere desbaratar, para rescatarla, de una vez y para siempre, de traumas añejos y quizá olvidados.


Esta vez Assayas la sumerge en una historia de fantasmas, que es también un thriller y un retrato psicológico de soledades huérfanas en laberintos glamorosos. Maureen Cartwright (Kristen Stewart) tuvo un hermano mellizo, que se ha muerto, no hace mucho, de un ataque al corazón por una malformación congénita, que ella también padece, claro. Dicho hermano era médium, ella quizá también,  y se prometieron que el que muriera primero procuraría comunicarse desde el más allá con el que quedara vivo, para tranquilizarlo (o no). Maureen se gana la vida como personal shopper (compradora, asesora) de una súper modelo de alto perfil, que de tan famosa no puede dignarse a pasearse por las casas de alta costura, zapaterías inaccesibles y joyerías de renombre. Por eso, allá va Maureen, en su motito, por el París para los very few, llevando y trayendo trapos, calzados y joyas tan exclusivas como caras, no, carísimas. Tiene un novio antropólogo, si no entendí mal, que está en Sultanato de Omán y que la espera con paciencia, ella le insiste que no puede dejar París hasta que no se haya comunicado con el hermano partido. En esta misión la ayuda la novia-viuda. Entre intentos de comunicación con el otro lado de las cosas y las idas y vueltas por las casas de fashionistas, se verá involucrada en un crimen.


Assayas juega con los géneros fantástico y policial, citando sus tropos determinantes para escaparse de ellos y trascenderlos con la elegancia y la perversión del cine arte. Junto con su protagonista va redondeando un film tan fascinante como enigmático, que se resignifica a cada paso y que nos perturba hasta el último segundo con su coda final.


Kristen Stewart logra una actuación deslumbrante, doblemente seductora porque hace cosas dificilísimas como si no le costaran nada, talento más puro no se puede hallar.


En resumen, un film tan desconcertante y perturbador como su protagonista, y que nos deja con unos cuantos puntos suspensivos que debemos rellenar a la salida y que nos llevarán a tales o cuales conclusiones, según sea lo que prioricemos, tarea para el hogar que no pesa como un deber, porque es de lo más estimulante.


Gustavo Monteros

viernes, 21 de abril de 2017

Frantz

Ernst Lubitsch fue uno de los maestros de  la comedia clásica, tan grande fue que se llama “toque Lubitsch” a los momentos en los que el ingenio, la singularidad, la sofisticación y la elegancia elevan a la comedia al campo de lo sublime. Pero como integrante de la producción del Hollywood de la Era de Oro se vio obligado a cultivar todos los géneros. En 1932 aparte de concebir una de sus comedias más destacables Una hora contigo y una de sus obras maestras Un ladrón en la alcoba (Trouble in Paradise), le encomendaron un melodrama antibélico Remordimiento (Broken Lullaby, Canción de cuna rota, en el original). Se basaba en una obra de teatro de  Maurice Rostand, I killed a man (Maté a un hombre). A un francés, Paul Renard (Philips Holmes) le cuesta superar haber matado a un alemán, Walter Holderlin (Tom Douglas) durante un combate hombre a hombre un una trinchera de la Primera Guerra Mundial. En 1919, decide viajar a Alemania y conocer a la familia de la víctima para pedirles perdón. Facilita las cosas que el padre del difunto sea médico, el Dr Holderlin (Lionel Barrymore). Llegado el momento de la verdad, al francés le falta coraje y se hace pasar por amigo. Terminará por desatar el amor de la novia del alemán, Elsa (Nancy Carroll). La guerra “es un monstruo grande y pisa fuerte”, pero aquí no es mostrada en su dimensión épica con una Vivien Leigh caminando entre cadáveres como en Lo que el viento se llevó, sino que se centra en su costado más íntimo, el de los individuos particulares y sus pérdidas.


François Ozon, que ha hecho de la heterogeneidad el rasgo más sobresaliente de su carrera, toma este viejo melodrama de Lubitsch y lo somete a una transformación extrema. Para empezar tiene el coraje de decir que se basa, no en tal obra de teatro o en tal guión, sino en la película de Lubitsch. Otros, por pudor o hipocresía, dicen que recrearán tal o cuál material por este o aquel motivo, nunca que reharán la película que otro hizo antes. Una tontería, una remake es siempre en primer término sobre una película, no sobre una historia. Respeta, eso sí, el punto de partida y el blanco y negro del original. Cambia los nombres, el francés afligido se llama ahora Adrien Rivoire (Pierre Niney), la víctima es el Frantz del título, Frantz Hoffmeister (Anton von Lucke), el padre sigue siendo médico, pero va con el nombre de Hans Hoffemeister (Ernst Stötzner) y la novia del muerto responde al nombre de Anna (Paula Beer).


Ozon ofrece una versión corregida y aumentada. No en el sentido de corregir lo que está mal (a pesar del tiempo transcurrido, aceptados los códigos de la época de su creación, casi nada está mal en el film de Lubitsch) sino de potenciar lo que estaba en ciernes, y aumentar no solo el volumen de los conflictos sino extenderlos para explorar otras posibilidades y otros finales. No en vano el viejo film dura 76 minutos, mientras que el de Ozon dura 113. Y pueden verse uno detrás del otro sin que el de Ozon pierda interés, tan distintos son, a pesar de sus coincidencias.


Durante los primeros 18 minutos, Ozon concreta una película como las que aprendimos a amar en los setenta o de antes con los grandes maestros. La acción avanza a imagen pura, sin subrayados musicales, con sonido natural, o sea sin que nadie nos indique cómo tenemos que sentir, qué emoción manejar de acuerdo a la situación. Pero en el minuto 18 entrará la música, que ya no se irá, y el color, que aparecerá y desaparecerá. Ozon les da más carnadura psicológica a los personajes, ya no están solo dominados por las pasiones demandantes que impulsan a los protagonistas de Lubitsch. Adrien es un narcisista rico y mimado, por lo tanto es un peligro inmenso para una familia que atraviesa un luto. La novia ya no es una personita práctica con gran sentido del sacrificio, no, es una mujer compleja que comprende el poder de la mentira y comienza a usarlo, no bien Adrien confiesa que no es un amigo de Frantz, sino el soldado que lo mató. Nótese que la irrupción del color coincide cuando la mentira, en cuanto fantasía, revive y se fortifica. Aunque, a pesar del atractivo de someter a otros y del color, la fantasía mentirosa es un artificio, no tiene la contundencia de la verdad y se necesita verdad para amar y ser amado, de allí el regreso al blanco y negro.


Como vemos a Ozon le interesan otras cosas aparte del alegato antibelicista, como el poder que da la mentira manipuladora, o en tiempos en los que Europa tiende a cerrar fronteras, hablar también del  temor al extranjero, al que se ve, antes que nada y por sobre todo, como a un enemigo. En Lubitsch, la confesión del francés lleva al final del drama, aquí conduce a otra culminación y a una segunda parte, comandada más por el punto de vista de la novia, que el del francés. Y nos adentramos, entonces, en el más puro y delicioso melodrama de sentimientos, de amores que quien sabe si pueden ser.


Algunas películas nos regalan frases que no nos abandonan y que hacemos nuestras para usar cuando llegue la ocasión ideal. Aquí hay una que a mí en lo particular se me pegó, sabrá Dios quien la pergeño, un guión es una tarea a varias manos, ya estaba en el filme de Lubitsch y Ozon vuelve a usarla, los padres del muerto le pedirán al francés en un momento clave: “No tenga miedo de hacernos felices.”


En resumen, Frantz es un elegante y exquisito film melancólico que merece verse.


Gustavo Monteros

El porvenir

Nathalie (Isabelle Huppert) es una profesora de filosofía que tiene la vida “ordenada”. Bueno, ordenada quizá no sea la palabra exacta, a lo que voy es que ha logrado que cada cosa esté en el compartimento que ella le ha asignado. Por eso cuando su esposo, Heinz (André Marcon) otro profesor de filosofía, le confiese que tiene una amante, Nathalie le contestará “¿Y por qué no te guardaste la información?”, o sea ¿para qué me lo contás, si yo estaba bien como estaba? Cuando los alumnos del secundario donde enseña le quieren impedir entrar, porque hacen un piquete de protesta, intentarán convencerla de que se ponga del lado de ellos, mencionándole que si triunfan mejorarán los términos de su jubilación, ella admitirá discutir el problema, pero que ni le mencionen la jubilación (que entre paréntesis está a la vuelta de su esquina). Su madre, Yvette (Edith Scob) una exmodelo y ahora actriz part-time la acosa con sus ataques de pánico, un problema que curiosamente Nathalie atiende con paciencia y generosidad. Se reencontrará con un exalumno, Fabien (Roman Kolinka) que ella ha ayudado y protegido, hasta lograr incluso que la editorial en la que ella publica un manual de estudios y dirige una colección de ensayos, le saque un libro a Fabien. Editorial con la que Nathalie tiene serias diferencias respecto a cómo vender sus libros. Todo parece apuntar a que ella se está quedando atrás en ciertas cosas, que ya no la atraen las posturas radicalizadas, ni que los libros se vendan con portadas coloridas de revistas. Está entre la determinación de que nada cambie por un tiempo más y la aceptación de que ya quiere apartarse, o sea la antesala al ocaso definitivo. Pero la vida hasta el mismísimo final es cambio, movimiento, caos. Sus hijos quizá sean quienes más la comprendan, se burlan  cariñosamente de ella y la dejan hacer.


El porvenir, sin duda, es una película que los filósofos y profesores de filosofía le sacarán el jugo y comprenderán todos los guiños de los autores que se leen, se mencionan, se discuten (en su mayoría son franceses). Pero los que sabemos poco, o como en mi caso, casi nada de filosofía podemos también sacarle provecho, porque es una película, como casi todas, bah, sobre la vida. Esa vida que es contingencia pura, que jamás se queda quieta, que nos pone en contradicción con lo que decíamos ayer o con la idea de mañana. Terminada de verla, me quedé pensando en el destino de la gata, Pandora, porque si bien la película se abre con la visita a la tumba de Chateaubriand y se cierra con un nacimiento, ilustrando un círculo de vida, el otro elemento que enhebra todas las vicisitudes de los conflictos es la gata Pandora, testigo de las tristezas de quien se cree en permanente abandono y del amor que puede ser si tan solo dejaran de pensar un rato. Pero al margen de lo que atestigua la pobra gata, su destino es curioso.


Este film, escrito y dirigido por Mia Hansen-Løve, por el que ganó el Oso de Plata del Festival de Berlín a la Mejor Dirección, se engrandece por el protagónico de Isabelle Huppert, que tiene una manera única de adueñarse de los papeles que le tocan en suerte, tanto es así que uno no imagina a ninguna otra actriz en esos roles, lo cual es un logro mayúsculo.


Al bebé le regalan un libro sobre Sócrates al final de la película y se bromea sobre la pertinencia del regalo. Alguien dirá que nunca es demasiado temprano para adentrarse en la filosofía. Puede ser, porque según Sócrates, la filosofía es como una preparación para la muerte. Pero no nos pongamos lúgubres, este film es luminoso en más de un sentido. Se lo recomienda.


Gustavo Monteros

viernes, 7 de abril de 2017

Paréntesis

Amigxs, con su permiso, abriré un pequeño paréntesis, vuelvo después de Semana Santa. Ah, si no la vieron todavía, dense una vuelta por la película de Fernán Mirás: El peso de la ley, por suerte sigue en cartel, está en Cinema Paradiso y va en su ya acostumbrados dos horarios: 18:30 y 23:05. Es una buena película y de paso apoyamos el cine nacional. Abrazo. 



viernes, 31 de marzo de 2017

El peso de la ley

Voy a hacer una excepción. En alguna crónica pasada declaré que no escribiría sobre películas argentinas porque no perdía la esperanza de participar de alguna y no quería que, llegado por fin el caso, se me reprochara un comentario trasnochado. Pero hoy hablaré de El peso de la ley con libertad y sin renuencias por la sencilla razón que no tengo nada malo que decir de ella.


La veo en una función del Espacio Incaa en el cine Gaumont de Buenos Aires, de cara a la Plaza Congreso. Es en la sala 1 que parece inmensa para albergar a la cincuentena de espectadores que somos. Terminada la proyección se da una tímida salva de aplausos, que se vuelve cálida porque nos sumamos casi todos. Camino a la salida, escucho que una espectadora le preguntaba a la chica, que había entrado con escoba y palita para adecentar otra vez el lugar, si alguna vez la sala se había llenado con esta película. A la señora le resultaba increíble que una película tan buena no convocara multitudes.


Camino del subte, que me llevará a Retiro, repaso mentalmente las reviews que leí sobre la película. Desacuerdo fervientemente con ellas. Una vez en casa, entro a la página argentina equivalente a Rotten Tomatoes, o sea, que rejunta todas, o casi todas, o más o menos todas las críticas publicadas sobre tal o cual film. Veo que los mismos motivos derivan en elogios o descalificaciones. Ratifican mi creencia de la inutilidad de las críticas. Lo mejor que uno puede hacer es describir lo que la película nos despertó y confiar que esto le sirva como orientación a los probables espectadores. Ponerse por encima de lo se ve y levantar el dedito para calificar o bajar línea es tan anacrónico como un dinosaurio en la Revolución Francesa.


El peso de la ley, como su título lo indica, viene de abogados y sus casos. Y es el debut como director del actor Fernán Mirás. En una nota del diario La Capital de Mar del Plata hallo lo siguiente (quien habla es el coguionista Roberto Gispert): “La historia la escribimos con Fernán, está basada en un expediente real, que utilicé para recibirme (de abogado) y cuyo hecho ocurrió en un pueblo del interior”, agregó Gispert, quien contó que el filme se sostiene “en el humor negro” para narrar una historia que ocurre en 1983, a poco de que termine la dictadura cívico militar. “No caímos en mostrar hechos escabrosos ni escatológicos, es un filme sobre las luchas intestinas que se viven en el poder judicial”, agregó Gispert. (…)  Según el coguionista, motivó el filme un expediente que, de tan absurdo, los abogados se lo pasaban entre ellos como un chiste. Pero hubo personas que padecieron las decisiones de ese expediente, seguramente por las condiciones sociales a las que pertenecían.


De un lado tenemos a Gloria Soriano (Paola Barrientos), una abogada a la que le toca defender al Gringo (Daniel Lambertini) acusado de violar al idiota del pueblo, Mamfredo (Fernán Mirás), la fiscal del caso Mercedes Rivas (María Onetto) fue profesora de Gloria. El expediente es casi un chiste de mal gusto de tan precario y prejuicioso. Darío Grandinetti será el juez, personaje comprometido en el caso por más de un aspecto.


Los detractores del film insisten con que el tratamiento del tema es enfático, los personajes está subrayados y que el contenido es discursivo. Los defensores damos vuelta esos argumentos y decimos que no hay énfasis sino voluntad de claridad, no hay personajes subrayados sino caracterizaciones claras y que el contenido no es discursivo sino elocuente. Eso sí, todos coincidimos en que la historia es muy atrayente y que las actuaciones son excelentes.


Yo, ya es obvio, milito en las filas de los defensores de un film, que me pareció lisa y llanamente el mejor que he visto este año hasta la fecha. Por su audacia, por sus logros, por su historia, por volver inolvidables a sus personajes. (Y porque antes de los títulos finales reconocí las locaciones necochenses utilizadas)


En resumen, asúmase como juez de este film impar y emita sentencia. (Se exhibe en el Cinema Paradiso en solo dos horarios, uno muy cómodo: 18:40 y otro no tanto: 23:05, incluso a pesar de esta incomodidad, no se lo pierda)


Gustavo Monteros

jueves, 23 de marzo de 2017

Dos noches hasta mañana

Decía la vieja canción de Dave Ellingson y Kim Carnes:

Love comes from the most unexpected places (El amor llega de los lugares más inesperados)/
In someone's eyes you've never met (en los ojos de alguien que no conocías)/
Who wants to get to know you (y que quiere conocerte)/
In someone's smile you can't forget (En una sonrisa que no puedes olvidar)/
And if the music plays on in your mind (Y si la música suena en tu cabeza)/
Take all the love that you can find (Apodérate del amor que halles)/
And if love takes you in (Y si el amor te engaña)/
Take all the love that you can find (Apodérate del amor que halles)/
And hope it comes again (Y cruza los dedos para que vuelva)

Y algo así les pasa a Caroline y Jaakko. Caroline (Marie-Josée Croze) es una arquitecta que está de paso en la ciudad de Vilna, capital de Lituania por un trabajo. Su vuelo de regreso a París parte a la mañana siguiente. En el bar del hotel cruza miradas y sonrisas con Jaakko (Mikko Nousiainen) quien se acercará a su mesa y comenzarán una noche de juegos, tragos y sexo. Pero la casualidad, el azar, el destino o la pura coincidencia harán que el aeropuerto se cierre por una nube de cenizas volcánicas y que deba permanecer en Vilna un día y una noche más.


Si bien esta película escrita y dirigida por el finlandés Mikko Kuparinen trabaja con intensidad el símil de verdad y realismo, abreva en la fantasía romántica del amor inesperado que define las relaciones en conflicto que arrastramos o que nos enfrenta a aspectos nuestros algo adormecidos, por no decir negados.


Para que la historia funcione es necesario que desarrollemos una instantánea empatía con los personajes, a través de los actores, claro. Yo, al menos, lo hice de inmediato y entré y viví con ellos los vaivenes y vericuetos de una relación que termina por poner negro sobre blanco el amor rengo que ella arrastra o la soledad luminosa que el éxito de él oculta.


En resumen, si alguna vez elucubraste adónde te llevaría esa mirada o aquella sonrisa de lxs extrañxs si hubieran dejado de serlxs y te hubieras relacionado con ellxs, este film te ofrece una agradable respuesta a esa inquietud.


Gustavo Monteros