viernes, 12 de septiembre de 2025

La quimera del oro


 

Últimamente ando con las teorías alborotadas. Como todo viejo antes de mí, comprendo que el mundo que dejaremos es muy diferente del que conocimos cuando entramos. Y como atestigüé cada cambio, me resisto a caer en la trampa de la nostalgia. Nada es mejor o peor, solo diferente. Aunque estas consideraciones no quitan que me ponga estricto y categórico. Como con las películas, por ejemplo.

 

Las películas que se hacen hoy poco o nada tienen que ver con las que se llamaron películas cuando el cine se consolidaba. Hoy más que películas se hacen registros audiovisuales que ya deberían conocerse bajo otro nombre. A falta de uno mejor, y en homenaje a Prince, propongo “lo que antes se conocía como películas” o “expelículas”, a secas.

 

A riesgo de parecer rígido, para mí las películas son esos artificios pensados y concebidos para ser mostrados en salas a oscuras, contra un lienzo blanco, a muchos o pocos espectadores, que las aprecian de manera simultánea y mancomunada al momento de su exhibición.

 

De ahí que digo, al contrario de otros pensadores (la originalidad, si existió, ya está extinta) que al cine no lo mató la videocasete, el cable o el streaming, sino la televisión. Cuando la televisión trajo el entretenimiento audiovisual a las casas y para completar una programación demandante comenzó a exhibir películas, no significó el lento ocaso de las salas de cine sino el fin del cine y sus películas.

 

Hoy en día la cabeza que piensa y el cuerpo que hace artilugios para una sala de cine ya no existe. Hoy se piensa y se hace metrajes para ser vistos individualmente (lo grupal ya no es prioritario) en porciones (un rato hoy, un rato mañana o cuando sea), en pantallas de vidrio y plástico. (Ojo, no mezclemos las discusiones, aquí lo que considero no es las nuevas formas de ver cine, sino la manera de concebir una película)

 

A los ejemplos me remito. Hoy se da como primicia, durante una semana en salas de cine, material que será luego visto en streaming. Y como he visto casi toda la filmografía de Martin Scorsese en cine, cuando se exhibió Killers of the Flower Moon / Los asesinos de la luna en salas, allá fui a ver, de una sentada, las 3 horas con 26 minutos que duraba este opus.

 

Y me pasó que no pude juzgarla como película, porque no lo era. Si la veía como película tenía que decir que era reiterativa, machacona, que subrayaba cada tanto lo que ya había sido dicho antes (y más de una vez), que volvía una y otra vez a referir detalles ya destacados, y así.

 

En resumidas cuentas, se vendía como película, algo que no lo era, porque no había sido pensada para ser vista de una sentada, sino para ser dividida en dos o tres sesiones.

 

O sea, no era una película sino una expelícula, que estaba más emparentada con El pájaro canta hasta morir que con Lawrence de Arabia.

 

La quimera del oro (Charles Chaplin, 1925) es una película pura. De cuando el cine se preparaba para ser el séptimo arte.

 

Anuncian que la darán durante una semana, en solo una función diaria, e invito a una amiga y a un amigo (no doy los nombres porque no les pregunté si me autorizaban) para que me acompañen a verla. Las películas se ven de a muchos.

 

Pensé que no seríamos muchos, como pasó este mismo año cuando dieron en salas de cine, Rocco y sus hermanos. ¡Sorpresa! Éramos unos cuantos. La sala, para 230 personas, estaba llena en su 80%. ¡Aguante, Chaplin! ¡En tu cara, Marvel!

 

Hablando de Marvel, como la copia está restaurada con tecnología de última generación, se ve y suena como una de Marvel.

 

Unos títulos iniciales nos cuentan la historia de la restauración y que parte de la misma (o toda) fue pagada por la municipalidad de Boloña. (¡Gracias, comuna boloñesa!)

 

Y comienza la magia. Somos un público variado, hay viejos como yo, familias con chicos, parejas adolescentes románticas, solos y solas, o sea un amplio abanico de edades y elecciones sexuales (esto lo supongo porque soy muy discreto).

 

Y como de comicidad se trata, se verifica aquello de que todos lloramos por lo mismo (cuando Disney mató a la mamá de Bambi, no dejó ojo seco en el mundo), pero no todos nos reímos de lo mismo.

 

Hay gags que todos festejamos y otros que no nos dan para la risa propia, aunque genera la ajena. Y pocas cosas desatan buenos aires que oír reír a los que nos acompañan, y no hablo solo de los que vinieron con nosotros.

 

Por lo tanto, se da eso que es propio del cine, la celebración mancomunada.

 

Los padres les preguntan a sus hijos si comprendieron la resolución de tal o cual gag. Los chicos que decodifican imágenes desde la cuna, los tranquilizan y hasta les dan cátedra sobre los detalles secundarios.

 

La quimera del oro, si bien tiene un arco narrativo, no está estructurada en exposición, desarrollo y desenlace, o sea cohesionada como City Lights / Luces de la ciudad o Modern Times / Tiempos modernos.

 

Es más bien una sucesión de gags, escenas que pueden extrapolarse, o sketches variados que van uniéndose por la repetición de personajes.

 

Eso hace que los chicos de TikTok puedan seguirla con entusiasmo renovado, enganchándose y desenganchándose, como si de reels o shorts se tratara.

 

La quimera del oro tiene dos hits que regocijan siempre, el de la comida del borceguí y el de los dos panes ensartados en sendos tenedores a los que Chaplin coreografía como si fueran dos pies bailando.

 

El primero es Chaplin típico. Es cómico en un nivel y desesperado en otro. Comen el borceguí porque tienen hambre y no hay nada más que comer. Pero Carlitos come la dura suela de cuero (el grandote se apropió del cuerpo del zapato) con cuchillo y tenedor, porque no hay que perder la dignidad ni con el hambre.

 

Termina, y hasta yo que soy un purista, hago eso que no se hace en el cine: aplaudir.

 

Todos salimos felices. Porque la genialidad no apabulla, solo celebra la gloria que puede ser el hombre.

Gustavo Monteros

 

 

 

viernes, 5 de septiembre de 2025

Lecciones de un pingüino - El amigo



 

Tom (Steve Coogan) e Iris (Naomi Watts) andaban a los tumbos por la vida hasta que les cayeron como peludo de regalo a él, un pingüino (The Penguin Lessons / Lecciones de un pingüino, Peter Cattaneo, 2024) y a ella, un gran danés (The Friend / El amigo, Scott McGehhe, David Siegel, 2024)

 

(Aclaración para lectores no argentinos, “como peludo de regalo” es una expresión del lunfardo argentino que se usa para describir a alguien o algo que llega inesperada o inoportunamente, el peludo en cuestión puede referirse al armadillo, cuyo caparazón se usa para armar el instrumento musical llamado charango, o a un borracho, sinónimo muy en desuso)

 

En Lecciones de un pingüino, Tom llega a la Argentina, huyendo de una desgracia personal, pero estamos en marzo de 1976, y caerá de lleno en una de las peores desgracias sociales conocidas por la humanidad, la dictadura militar argentina, ejemplo perfecto de terrorismo de estado, con desaparición de personas, tortura y asesinatos, secuestros de bebés, apropiación ilegal de bienes y el inicio de una especulación financiera desastrosa que todavía subsiste.

 

Tom es un profesor de lengua y literatura inglesa que viene a trabajar a un exclusivo colegio bilingüe de Quilmes. A poco de llegar se desata el golpe de estado y como las clases se suspenden temporariamente, se va a pasar a unos días a Uruguay.

 

En una discoteca conoce a una mujer joven con la que espera tener sexo. Cuando salen de la disco, amanece y mientras caminan por la playa se topan con pingüinos muertos cubiertos de petróleo. Uno de ellos agoniza en realidad. Se lo llevan al hotel en el que él se aloja para limpiarlo.

 

Después, más tarde, Tom hará todo lo posible para sacárselo de encima. Obviamente por el título de la película (por lo tanto no es un espóiler) no podrá.

 

Tom, recién llegado, es indolente, indiferente, todo le resbala, le da lo mismo, es superficial, vacuo, egoísta, o sea un ser despreciable. Personaje para el que Steve Coogan se pinta solo.

 

De a poco el pingüino hará que se relacione con sus alumnos, su colega docente, Tapio (Björn Gustafsson), con el director del colegio (Jonathan Pryce), con el personal de limpieza, María (Vivian El Jaber), Sofía (Alfonsina Carrocio) de un modo diferente al inicial. Sabremos que su indolencia es una coraza para protegerse de las consecuencias de la desgracia que arrastra.

 

La película filmada en Gran Canaria es muy respetuosa con lo que de verdad importa, las dolorosas contingencias provocadas por la dictadura.

 

En los detalles escenográficos, Quilmes les quedó como una mezcla rara entre San Telmo (un barrio de la ciudad de Buenos Aires) y Concepción (ciudad uruguaya). No seamos quisquillosos, los ambientes no serán exactos, pero tienen sabor argentino.

 

En El amigo, Iris es una de las integrantes del harén de Walter (Bill Murray), escritor talentoso y celebrado. Dentro de este harén (metafórico), Iris es la amiga, Elaine (Carla Gugino) fue la primera esposa, Tuesday (Constance Wu) fue la segunda, y Barbara (Noma Dumezweni) es la esposa actual, y Val (Sarah Pidgeon) es una hija (¿adoptiva?, ¿fruto de una relación pasajera?, queda como un cotilleo, pero que es hija es hija.

 

A pesar de tanto soporte femenino, Walter, ya sea por una enfermedad terminal o por una depresión irreversible, ha decidido suicidarse, hecho que todas respetan.

 

Aunque un inconveniente persiste. Entre el legado material, intelectual y espiritual a repartir, figura con preminencia, Apolo (Bing), la mascota. Iris es la afortunada depositaria que debe cuidarlo.

 

Pero Iris vive en un departamento minúsculo, de renta controlada (o sea que no es cuestión de mudarse y perderlo) de un edificio que no acepta mascotas. Y Apolo no es un caniche toy, que se mete en una bolsa y se lleva a todas partes, es un gran danés, que como hasta su propio nombre lo indica, es de gran porte.

 

Encima Apolo también es un deudo y desconoce los protocolos humanos de lidiar con el duelo, el pobre extraña y no sabe qué hacer con eso.

 

Y mientras Iris considera cómo solucionar el problema (¿entregarlo a un refugio?, ¿darlo en adopción?, ¿encajárselo a alguien cercano?, ¿quedárselo?), se va relacionando con Apolo y como no ha tenido mascotas, no sabe que convivir con un animal de compañía no es algo que se tome a la ligera.

 

Las dos películas se centran en la relación hombre-animal y lo que provoca: solidaridad, entendimiento, trascenderse. Salirse de uno y hacerse cargo.

 

Y parece magia, pero no, a cambio de dar cariño, comida, un techo a un no humano, uno se vuelve más humano.

 

Yo soy un hombre perro más o menos reciente y lamento los años que perdí sin tener una mascota al lado.

 

En una nota reciente en The Guardian listaban las mejores películas vistas en el 2025 hasta la fecha y figuraban estas dos. Adhiero.

Gustavo Monteros

viernes, 29 de agosto de 2025

Better Man


Better Man (Michael Gracey, 2024) inaugura un género: la autobiopic o selfbiopic, o sea vida contada por su protagonista.

 

Le cabe entonces la pregunta que se hizo Liv Ullman al comienzo de la suya (en versión libro, Senderos): cuando uno tiene por delante todavía un trecho más para recorrer, ¿para qué ponerse a contar lo vivido? (al margen del beneficio económico que se recibirá por el encargo, claro)

 

Liv se contestó: para explicarse, para entender por qué se hizo lo que hizo, para conocerse más.

 

Robbie Williams con la suya (en versión película) adhirió a pie juntillas con lo que concluyó Liv y le agregó: para redimirse, para resarcir los daños cometidos, para pedir perdón, para apaciguar mis enemigos interiores.

Better man arranca en clave distanciamiento Brecht (tomar distancia subrayando el artificio, estilo que más que objetivar crea otra forma de establecer vínculo con el espectador).

 

Robbie no se presenta como tal, en el cuerpo y rostro que le conocemos, si no transformado en un CGI monkey, o sea un monito manipulado por imágenes creadas por computadora.

 

El artilugio es bueno y eficiente, el monito es Robbie y a la vez no es Robbie. Nos permite superponer o reemplazar las nociones preestablecidas (prejuicios o vista gorda) que tenemos sobre él con otras nuevas, surgidas por las intimidades que nos va a develar.

 

El retrato no es amable, ni cómodo, ni hagiográfico. De entrada, se presenta como egoísta, narcisista (aunque se parezcan, no son sinónimos), competitivo hasta con su sombra, cruel, despiadado, indiferente a todo lo que no sea él, superficial, caprichoso e inmaduro. Algo así como si me ven, crucen de vereda que les va a ir mejor.

 

Si de chico, lo hubieran dejado elegir destino hubiera preferido ser jugador de fútbol. No pudo ser, en la cancha era un perro que no la veía ni cuadrada. Con un padre que ya tenía un pie fuera de la casa, compartía un tiempo de calidad, emulando a Frank Sinatra.

 

Él le pegó el virus de la performance, de actuar para que te quieran. Le pasó también la maldición: no ser uno más, si no tener “eso”, como Sinatra, como Dean Martin, como Sammy Davis Jr., que la luz te dé, abrir la boca, emitir la primera nota y que los que te ven se olviden de todo, elevarlos a lo que cantas, que vivan en lo que sentís y creas.

 

Algo más que la excelencia, la magia del arte.

 

El padre terminará por abandonar a su esposa, a su propia madre y a Robbie, claro, que se pasará anhelando su aprobación, porque lo quiere y lo necesita y por la culpa de no saber si se fue porque hubo algo que él no pudo o no supo hacer.

 

Tendrá suerte, en la adolescencia formará parte de una boy band, Take That, y no disfrutará la experiencia, por no aceptar su lugar, por querer ser el líder, porque lo suyo es sobresalir o morir, porque ya lo carcome la dicotomía del artista no bien plantado, aquello de “quiero que me quieran” versus “no me acompañen que me quiero destruir”.

 

Y comienza el ciclo habitual de drogas cada vez más duras, de alcohol cada vez más fino y en insaciables cantidades, de tabaco en continuado, de sexo de todo tipo y color.

 

Entonces será cruel con los que siempre han estado, mezquino con las relaciones sentimentales nuevas, generoso con los que quieren vaciarlo y fugitivo de todo lo no resuelto.

 

Pasará a ser solista, logrará que lo quieran, en lo público una audiencia cada vez más multitudinaria y en lo privado, minas fieles de gran corazón, pero nada le servirá mientras no aplaque los demonios que lo persiguen, a los que dice odiar, aunque alimenta a cuerpo de rey. 

 

Hasta que toca fondo, y de a poco empieza a encajar las piezas donde van y aprende que eso no es cosa de un día, sino de cada segundo hasta el fin de los tiempos, porque si se descuida volverá a lo mismo, una y otra vez.

 

Y obtiene algo parecido al perdón y a la paz, y reivindicará lo que su papá le enseñó, ser Sinatra, Dean Martin o Sammy Davis Jr.

 

Para el mundo del pop y del rock, eso es querer ser un crooner de night club (“a cabaret act”, en el original), un cantante de cantina, de restaurante, de bingo, una nada.

 

Puede ser, dice Robbie, pero me importa un comino (él no es tan fino, pero la idea es clara) quiero ser eso, pero el mejor.

 

Qué vivo, no es una declaración de principios, es una certeza. Él ya sabe que tiene “eso”, porque se pone a cantar y todos los que lo escuchan se olvidan de lo que los aqueja y hasta de lo que no. Porque pasan a vivir según lo que él siente y crea. Y está bien que así sea, porque ahí por un rato somos todos un better man, él y cada uno de nosotros.

Gustavo Monteros

 

viernes, 22 de agosto de 2025

Ice Road: Vengeance


 

Uno tiene la constatación de que es irremediablemente viejo, cuando para hablarle a alguien más joven, a las diez oraciones ya tiene que poner notas al pie de página.

 

Ejemplo: comentaba que, en mi etapa de actor, uno de mis espectáculos se llamó Ídolo de matiné. ¿Ídolo de qué?, me interrumpió un interlocutor con el fastidio de no conocer algo que tendría que sonarle familiar.

 

Porque el tiempo que mucho lo borra, se llevó puestas las matinés. Las últimas que usaron la palabra, creo, fueron las discotecas para designar turnos para chicos o adolescentes. Para entonces, las matinés de los cines y los teatros eran tan del pasado como la luz de gas. De ahí que un veinteañero no tuviera ni idea de lo que hablaba. 

 

Me guardé tan bellos pensamientos y no insistí con ningún tema que fuera más allá de los noventa. Mi joven amigo, lisa y llanamente, equipara a los años setenta y ochenta con la Edad Media, o sea un tiempo tan anterior que le parece oscuro y lejanísimo. Sabe mi edad, debe creer que nací y viví en tiempos del Antiguo Testamento.

 

La idea era que viéramos El ángel exterminador de Buñuel, pero como yo tenía la cabeza perdida en sandeces, propuse que viéramos algo más liviano. Nos costó encontrar algo que no hubiéramos visto los que estaban presentes. Optamos por una de las últimas con Liam Neeson: Ice Road: Vengeance (2025) de Jonathan Hensleigh. Ya había habido una The Ice Road uno, que todos habíamos visto.

 

En esta saga, Liam Neeson es Mike McCann, un camionero con experiencia en caminos difíciles. En la ahora uno anduvo por caminos de hielo, de ahí el título, porque tenía que llegar contrarreloj a salvar unos mineros atrapados en una excavación lejana y helada. En una de las vueltas del argumento, perdía a su hermano Gurty, que moría heroicamente.

 

En el inicio de esta continuación, Mike anda lidiando mal con la culpa de haber sobrevivido a su hermano. Para acelerar el duelo, decide llevar las cenizas de Gurty para esparcirlas desde las alturas de los Himalayas. Nada de tirarlas desde un puente de aquí a la vuelta.

 

Mike llega a Katmandú y es recibido por una guía experta que contrató, Dhani (Bingbing Fan) (¡Y después dicen que los orientales tienen nombres raros!).

 

En paralelo vemos que en Kodari, un líder opositor, Ganesh Rai (Shapoor Batliwalla) se manifiesta contra la hechura de un dique, que lleva adelante para gran beneficio propio, Rudra (Mahesh Jadu), que es más malo que escorpiones enojados y tiene un ejército de matones a cargo.

 

Mientras Ganesh se gana la simpatía del pueblo, Rudra mata al padre de Ganesh, desbarrancando el bus en el que viajaba con otra gente que no tenía nada que ver en el entuerto del dique. A los malos ya no les importa nada.

 

Vijay (Saksham Sharma), el hijo de Ganesh, sospecha que Rudra matará a Ganesh a continuación y lo esconde en las montañas.

 

Mike y Dhani irán a los Himalayas en el colectivo de Spike (Geoff Morrell), un veterano tan duro como simpático. Más tarde se les unirá Vijay y ya están a bordo, Evan Myers (Bernard Curry) un profesor universitario estadounidense muy importante y su hija, Starr (Grace O’Sullivan), chica moderna que no se puede despegar de su ultramoderno celular.

 

A poco de empezar el viaje, dos matones de Rudra intentarán secuestrar o matar a Vijay, pero…

 

La película tuvo críticas muy malas, lo que es injusto. Es un film de presupuesto medio sobre un viaje que te lleva a destino con algún que otro rasguño, pero sin aburrirte. Su única ambición es entretener y que se te pase rápido el tiempo que toma verla. Y lo logra. Es de la que nos apasionaban en las matinés de la infancia.

 

Me muerdo la palabra matiné y el comentario supuestamente culto de que ese esquema narrativo, el del viaje de diversas personas que deben sobrevivir ataques varios, se originó con el western La diligencia (Stagecoach), dirigido por John Ford, en 1939.

 

Suspiro, me resigno y digo Western/La diligencia, 1939/John Ford, y abro y expando los comentarios al pie de página.

 

Para no quedar muy pedante, cuando hablo del esquema narrativo iniciado, les pido que recuerden todas las películas que han visto en las que hay un viaje de varias personas que soportan ataques, contratiempos, impedimentos varios para llegar a destino.

 

Pueden ser de cualquier género, incluso los más insospechados de un argumento así, como el musical y el romántico. Se entusiasman y tiran unos cuántos títulos.

 

Los hago olvidar mi pedantería o mi erudición, que no es más que un enciclopedismo trasnochado. Pero yo no pude olvidar los años que se me acumulan encima, el entretenimiento fugaz de la lista de películas no hubiera sido posible sin las notas de pies de página.

Gustavo Monteros

viernes, 15 de agosto de 2025

Misericordia - Cuando cae el otoño




 

Íbamos en el Costera a Buenos Aires a ver una obra de teatro. La conversación fluctuaba animosa como siempre. Agotados los temas personales, pasamos a libros, filmes y exposiciones, temas que nos unían y apasionaban. En algún momento ella me dice: Volví a ver esa película de Ozon de los levantes gays en un bosque al lado de una playa. ¿Cuál?, ¿El desconocido del lago?, precisé yo. Sí, esa, me confirmó ella. Pero no es de Ozon, es de un tal Guiraudie, aclaré. Y como no le gustaba saberse en falta, se encogió de hombros, y dijo: Si no es de Ozon, debería serlo, el coso ese y Ozon son casi hermanos mellizos. Me reí y cambiamos de tema.

 

Ahora que ya he visto más películas de Guiraudie, no puedo insistirle con que el cine de François Ozon no puede ser más diferente que el de Alain Guiraudie. porque ella ya no está.

 

François Ozon es proteico, salta de un género a otro, aunque él dice que no se concentra en géneros, sino que busca el modo que más le conviene a la historia que quiere contar. Guiraudie, mientras tanto, profundiza en el desconcierto que es la vida y la imposibilidad de saber qué nos motiva a hacer lo que hacemos.

 

Sin embargo y no por darte la razón, se estrenan dos películas que no los hacen mellizos, pero los hermanan bastante.

 

En Miséricorde (Alain Guiraudie, 2024), Jérémie Pastor (Félix Kysyl) vuelve de Toulouse al pueblito de Saint-Martial para el entierro de su antiguo jefe, un panadero, por el que sentía amor y pasión, que no sabemos si fueron correspondidos.

 

La viuda, Martine (Catherine Frot) lo invita a que se quede en su casa todo el tiempo que quiera. En un principio no parece que tenga apetencias sexuales con Jérémie, pero lo quiere y lo cela.

 

El hijo de Martine, Vincent (Jean-Baptiste Durand) resiente la presencia de Jérémie y sospecha que quiere acostarse con su madre. Vincent vive en otra casa con su mujer e hijo, pero se le aparece a Jérémie en el dormitorio todos los días a las cuatro de la mañana, antes de ir a trabajar. Entonces ¿a quién cela en realidad? ¿A la madre o a Jérémie?

 

Es que Jérémie, como decían en la Catamarca de mi infancia, es medio Beba, la irresistible. Porque también, tanto Walter (David Ayala), un amigo de la familia, y de Vincent en particular (aunque lo niegue) como el cura del lugar, Philippe (Jacques Develay) (que no lo niega para nada, más bien lo contrario) sienten atracción sexual por Jérémie.

 

El binomio deseo-violencia anda siempre inseparable, y tanta tensión sexual dando vuelta deriva, más temprano que tarde, en un hecho de sangre.

 

En Cuando cae el otoño (Quand vient láutomme, François Ozon, 2024). Hélène Vincent (Michelle Giraud) y Marie-Claude Perrin (Josiane Balasko) son dos señoras maduras, amigas de toda la vida, que viven en la campiña francesa.

 

Las pobres han tenido poca suerte con los hijos, el de Marie-Claude, Vincent (Pierre Lottin) cumple sentencia en prisión y la de Hélène, Valérie (Ludivine Sagnier) tiene un rechazo por su madre que se parece al odio.

 

Cuando la película empieza, Valérie viene de París a dejarle a su hijo, Lucas (Garland Tessier) unos días, para que Hélène se ocupe de él, mientras ella se va de vacaciones. Hélène le ha preparado a Valérie su plato favorito, un guiso con champiñones, recolectados en un bosque cercano por ella y Marie-Claude.

 

Hélène no come porque se le ha cerrado el estómago de los nervios que le provoca Valérie. Lucas tampoco come porque no le gustan los champiñones. Valérie halla el guiso tan sabroso, que repite.

 

Termina en el hospital con lavaje de estómago, los hongos eran venenosos. ¿Hélène se equivocó o lo hizo a propósito? Valérie la castiga, se lleva al hijo y que Hélène, que es investigada de oficio, agradezca que no le ponga además una denuncia.

 

Al poco tiempo, Vincent sale de la cárcel y hace pequeños trabajos en el jardín para Hélène, que además le da el dinero para que haga realidad el emprendimiento con el que sueña, poner un bar. La cercanía de Vincent y Hélène derivará en un hecho de sangre.

 

Las dos películas, aparte de los hechos de sangre, parafraseando a Homero Expósito, son raras como encendidas. Para empezar las motivaciones de los personajes son inescrutables. Imposible saber con certeza por qué hacen lo que hacen. Las dos subvierten el sentido de justicia que hemos aprendido a sostener y aceptar.

 

El hecho de sangre de Misericordia se ve, el de Cuando cae el otoño está fuera de cámara. Quien ejecuta el primero y es sospechoso del segundo no tendrán castigo. Aquí el crimen no solo paga, sino que es disculpado por los más cercanos a las víctimas.

 

La mirada es práctica. ¿Si al culpable le cae el peso de la ley, la condena le devolverá la vida a la víctima? No, entonces mejor que siga libre y que compense con buenas acciones que de paso satisfagan los deseos de los cercanos a las víctimas.

 

Misericordia es un poquito más delirada, con un dejo de humor permanente. Cuando cae el otoño es más poética, hasta tiene un fantasma que vigila que las compensaciones por el crimen no se desvirtúen. Y las dos tienen hasta un elemento (¿menor?) que las acerca: en las dos se va al bosque a buscar setas.

 

Si se ven con un hiato temporal en el medio, es posible que las diferencias se destaquen, pero si las ven una detrás de otra, como yo hice, parecen salidas de la misma mente creadora. Acaso en la poca escrutabilidad del motivo de mi mirada, ¿le quiero dar la razón a mi amiga, con la que ya no puedo discutir, pero traigo con esto a mi cercanía? Quizás. No. Bah, seguro.

Gustavo Monteros

 

 

viernes, 8 de agosto de 2025

Hoy: La reine blanche


 

La memoria es un ministerio caótico. Algunas oficinas, las Primeras, son pulcras, luminosas y con sus archivos ordenados. Otras, las Segundas, son lúgubres, sucias y los archivos son anárquicos y azarosos. Y están también, las Terceras, que, si bien son moderadamente limpias y prolijas, tienen los archivos a medio procesar.

 

Mis recuerdos cinematográficos están casi por completo en las Primeras. Nunca en las Segundas y a veces en las Terceras.

 

Cuando era chico, alguien me dijo: Si algo te gusta, procurá saber lo más que podás sobre ese algo y serás feliz. Y como desde siempre, me gusta el cine. Las oficinas Primeras abarcan la mayoría de mis recuerdos. Pero como nadie es perfecto, según la última y genial línea que escribió Billy Wilder para Una Eva y dos Adanes (Some Like it Hot, 1959), con escasa frecuencia, mis recuerdos van a parar las oficinas Terceras.

 

Mi memoria para todo lo que tiene que se relaciona con ver películas, sobre todo, no es solo prodigiosa, es perfecta (válgame el autobombo). Recuerdo con precisión cuando vi cada película, con quién (si es que me acompañaban) y en qué circunstancias. Y si no registro las fechas es para que no me aíslen por delirante. Pero, si me apuran el mes y el año, te lo puedo acercar.

 

Eso sí, no recuerdo cuando me enamoré por primera vez, cuando casi me suicido, cuando fui plenamente y sin excusas feliz, cuando momentáneamente perdí la razón y cuando odié con tanta furia, que hubiera podido matar, pero si me preguntás de películas, te puedo decir hasta qué fantaseaba con comer después de verlas.

 

Así soy y no pido disculpas, las películas jamás me traicionaron, no me prometieron lo que no podían cumplir, ni intentaron dañarme, desgraciarme o vaciarme. Ni la peor película que he visto robó mi tiempo, mi dicha, mi heredad, mi deseo.

 

De ahí que me desconcierto cuando una película se pierde en las oficinas Terceras. Las pobres no fueron vistas con mi mente plena sino obnubilada por algún problema que me aquejaba. Aprendí que no tengo que ver películas cuando no puedo ser justo con ellas, pero también se es joven, inexperto y tonto en algún momento y no se puede evitar.

 

Un día, no quieran saber por qué, es demasiado íntimo, repasaba la carrera de Catherine Deneuve y no recordaba si había visto o no La reine blanche (Jean-Loup Hubert, 1991). Concluí que no. La encuentro y me pongo a verla. Al rato de empezada, me doy cuenta que sí, que la había visto, y recordé el cine, en qué momento y con quién fui. Este recuerdo estaba en las oficinas Terceras del Ministerio de mi memoria.

 

Liliane (Catherine Deneuve) tiene la maldición de la belleza. Por ser bella todo se le ha hecho fácil en la vida, hasta han tomado decisiones por ella.

 

Estamos en los años sesenta en una ciudad costera cerca de Nantes. Liliane vive con su esposo plomero, Jean (Richard Bohringer), sus dos hijos y su padre, Lucien (Jean Carmet). Veinte años atrás, Liliane fue pretendida por dos jóvenes, Jean e Yvon (Bernard Giraudeau). Mientras se decidía, un buen día, sin despedirse siquiera, Yvon se fue. Ahora regresa, casado con una antillana de La Guadeloupe y tres hijos, la mayor, una quinceañera, muy bella, de la misma edad de la hija de Liliane, Annie (Isabelle Carré).

 

Este regreso inesperado da vuelta la parsimoniosa vida de Liliane y salen a luz los secretos guardados, los fracasos no enfrentados y los conflictos no asumidos. Habrá discusiones, enojos, reconciliaciones, fugas, carrozas de carnaval y concursos de belleza. Y el final los encontrará a todos reconciliados con lo que lo hicieron de sus vidas.

 

Jean-Loup Hubert logra de su elenco actuaciones muy naturales que nos aproximan a sus personajes. Tanto así que nos vemos en ellos. No es una película impecable ni grandiosa, no pretende serlo, pero es cercana y bella. Entonces ¿por qué fue a parar a las oficinas Terceras?

 

La vi a la salida de mi trabajo de entonces, una escuela de la que debí huir muchos años antes de que me fui. Uno es tonto, espera milagros, le teme a lo nuevo, sobrevalora lo viejo y el hábito obnubila el pensar con claridad. Fui con una amiga que también tenía deseos incumplidos, un trabajo no muy estimulante, pero al menos muy bien pago y que esa tarde me dio un consejo que me enojó y que de haber seguido hubiera hecho mi vida más fácil y plena.

 

Todo muy como en la película, aunque nadie volvía a nuestra vida para desbaratárnosla. Nuestros conflictos se resolverían casi diez años después. La reina blanca vino a decirnos algo que no supimos comprender. Los estancamientos, por muy naturalizados que estén, son siempre malos.

Gustavo Monteros

viernes, 18 de julio de 2025

Vacaciones de invierno

 Volvemos el 8 de agosto, mientras tanto los invitamos a ver al redescubierto Bobby Darin (en Broadway, en este mismo momento, Jonathan Groff celebra su genio y figura en el musical Just in Time) en dos shows televisivos de 1967 en Londres. El primero es un recital filmado en un teatro, el segundo es un show de estudio con invitados. Y de yapa, el mencionado Jonathan Groff en su versión para el musical de Beyond the Sea, o sea la traducción al inglés de la hermosa canción francesa de Charles Trenet La mer.

viernes, 11 de julio de 2025

Elis - Homem con H



 

Insisto, no es que el género no me guste. Sería una estupidez que no me gustase, algunas de las mejores películas de la historia del cine son biopics. Por ejemplo: Lawrence de Arabia, El toro salvaje o Ed Woods.

 

Pero es muy enojoso como se lo hace hoy. Las películas biográficas contemporáneas responden todas a la misma fórmula, ilustrar una vida recreando más la época y la moda que la vida del retratado.

 

Pocas películas biográficas contemporáneas pueden responder satisfactoriamente a las preguntas de qué nos deja la vida del fulano o la zutana protagonistas o qué sentido tendría hacer la vida de este y no de aquel.

 

Y nada revela más que están hechas en serie, como ristra de chorizos, que las que son sobre cantantes. Siempre hay primero algunas pinceladas sobre la infancia, le siguen el descubrimiento de la vocación y los sinsabores iniciales antes de la consagración, pasamos al éxito anhelado y luego vienen los problemas artísticos (cuando quieren salirse del repertorio que los llevó a la fama y el público, los productores y la crítica se resisten) y los problemas sentimentales (parejas que ven la magia pasional vencida, o que no dan la medida ante la avalancha de fama y fortuna), entonces el artista en cuestión resiente los problemas y los supera y pasa a otra etapa en la que vuelve el triunfo, o no los supera y muere revolcado en la auto conmiseración.

 

Veo una detrás de la otra, dos películas brasileñas sobre ídolos que he admirado y seguido que, a pesar de muchas virtudes expuestas, siguen la fórmula de película biográfica al uso actual. Se trata de Elis (Hugo Prata, 2016) sobre vida de Elis Regina y Homem con H (Esmir Filho) sobre vida de Ney Matogrosso.

 

El inicio de ambas se espeja en la conflictiva relación que tuvieron con sus padres. La juvenil Elis tuvo que liberarse de su padre, su primer representante, para crecer como persona y como artista.

 

La relación de Matogrosso con el suyo fue más problemática. Cuando Ney era niño, el padre procuraba reprimir, incluso con violencia, las inclinaciones artísticas perfiladas. El señor era un militar y Ney decidió superar su influencia siendo un soldado modelo.

 

Después de haberlo logrado, fue como si Ney le dijera: Ya fui como querías que fuera, ahora voy a ser yo a mi propia manera. Y así primero se le dan las artesanías y después cuando casi de casualidad, en un coro, descubre su voz, peculiar como pocas, como de castrato de la vieja ópera, se le da la música.

 

Y crea así, ese ser escénico inclasificable que es tanto hombre como mujer y animal. Y más tarde, cerca del final, la reconciliación con el padre revelará una verdad insospechada.

 

Chapeau, Sr. Padre de Ney, ni toda la militarización adquirida y adherida le impidió reconocer el arte en estado simple y puro. Entre tanto y por todo eso, Ney triunfó medio grandecito.

 

No fue el caso de Elis, la fama le sonrió pronto y su voz fue apreciada y querida de inmediato. Acumulo maridos, triunfos e hijos raudamente.

 

Padeció el gran cambio de las discográficas. En los sesenta y principios de los setenta buscaban y promovían lo nuevo. A fines de los setenta, cuando habían aprendido que, a fuerza de mercadeo, podían dominar el gusto musical de la mayoría, ya no les interesaba vender talento, innovación, calidad, les bastaba con vender productos de fácil acceso al oído general, ejecutados por artistas dóciles que se amoldaban con fidelidad a los estrictos contratos.

 

Elis respiraba innovación y su anhelo de vanguardia la halló mal parada en lo personal. Desarrollo una omnipotencia que su sensibilidad no podía sostener, su perfeccionamiento se agudizó obsesivo y solo se sentía plena en escena.

 

Fuera del escenario no halló nadie que la contuviera y los alivios para la angustia, la droga, el alcohol, la dependencia a relaciones enfermas, le pasaron factura.

 

Y Dios, el azar, el destino o la desgracia nos privaron de una dadora de belleza en su plenitud. Desde entonces atesoramos todo lo que quedó registrado y no dejamos de maravillarnos. Y nos resarcimos con un mito que jamás quisimos. De poder elegir, la querríamos viva, no vigente.

 

Ney Matogrosso enfrentó demonios similares, pero no iguales a los de Elis. La resistencia que enfrentó no fue por la innovación de su música, sino a la libertad de armar y desarmar su personaje escénico.

 

La esencia de su canto y de su figura es libre, sensual, gozosa, doliente, perturbadora, inquieta, inaprensible, mutante. Interpelaba los prejuicios sexuales, estéticos, de conformidad y usanza.

 

Sus relaciones sentimentales de tan fluidas solo pueden calificarse de acuosas. El torbellino escénico que encantaba no se aplacaba en la intimidad. Creaba en el arte y en la vida.

 

La llegada del SIDA cambió sus prioridades, aprendió a cuidar, vigilar sueños, a prodigar ternuras, y a llorar en silencio. Se es libre en escena porque se sabe amar.

 

Y amor con amor se paga. Puede que Elis y Homen con H estén hechos a la usanza de las películas biográficas de estos tiempos, más ilustrativas que reveladoras, más hagiográficas que revisionistas, tan perdonavidas que sus protagonistas son más santos que humanos, con miserias tan en cuentagotas que ya con aparecer son estatuas de dignidad y ética.

 

No es que les falten hallazgos y virtudes a estas dos biografías, aunque están más cerca de los portfolios de las viejas revistas semanales, con sus datitos y recuerdos acompañados de fotos.

 

Si de Lawrence de Arabia, El toro salvaje o Ed Woods se sale con la certeza de que conocemos a esos personajes, no por entero porque es imposible, pero sí lo suficiente como para dar un poco de pudor porque algunos de sus rincones más oscuros fueron iluminados.

 

De estas dos se sale como de leer una efeméride exhaustiva, completamos los datos que no teníamos y nos enteramos de alguna que otra peculiaridad. Eso sí, exudan admiración y respeto por sus retratados. Y los contagian a sus espectadores. Y un acto de amor, pese a sus cortedades, no debe pasar desapercibido.

Gustavo Monteros

viernes, 4 de julio de 2025

Como visto al pasar - Hoy: La venganza


 

Puede algo, un film en este caso, ser fallido y a la vez, pertinente. ¿Es el cielo azul? Y sí.

 

Vogter o La venganza, por estos lados (Gustav Möller, 2024) sin ser una obra maestra impecable nos plantea el para qué de una revancha si no da un cierre o una clausura emocional, nos interroga sobre el sentido y el límite del duelo: ¿acaso termina?, y nos interpela sobre si todos merecen o pueden aspirar a la redención.

 

Eva (Sidse Babett Knudsen) la protagonista de esta historia está para un chiste malo de colmos. ¿Cuál es el colmo de una guardiacárcel (la profesión de Eva)? Tener un hijo prisionero.

 

Y el colmo de este chiste en sí bastante malo es que el pobre chico termina muerto en prisión a manos de otro interno. Algo así como (y sin caer en sobreinterpretaciones) que la profesión de la madre no pudo mantenerlo lejos de la cárcel ni a salvo cuando estuvo adentro.

 

Pero ahora las casualidades de la vida o el capricho del director y coguionista le dan a esta guardiana la oportunidad de resarcirse de ¿la culpa?, ¿el duelo?, ¿la ausencia? El joven que mató a su hijo, Mikkel (Sebastian Bull) viene a cumplir condena en el penal en el que ella trabaja.

 

Y esa es la primera de las muchas improbabilidades que nos tenemos que tragar como a los sapos del dicho.

 

Enunciemos algunos ejemplos. El pasillo al que da la celda de Mikkel quizá tenga una cámara, si no cómo la ve su nuevo jefe, Rami (Dar Salim) cuando ella se queda sola frente a la puerta. (Eso del nuevo jefe viene a cuento porque Eva estaba en un pabellón de presos comunes o recuperables y al ver que Mikkel cae en este penal, pide el traslado al pabellón de presos peligrosos que es dónde lo ponen) Retomo a la suposición de la cámara. Si la hay como tal parece, ¿cómo es que no la filma cuando más adelante se mete a la celda con drogas y un arma para incriminarlo?

 

Rami, después de retarla por haber andado por el pasillo sola, le muestra el expediente de Mikkel en el que hay fotos del cadáver del hijo de Eva, ¿y no figuran en el expediente datos de la madre? En una sociedad tan cuidadosa como la dinamarquesa, ¿no se entrecruzan datos para reducir las posibilidades de riesgo en las prisiones de mezclar a victimarios con víctimas?

 

Cuando en la redada por armas y drogas en las celdas, Eva se extralimita con Mikkel, ¿no hay ni siquiera una medida precautoria para que Eva no vuelva a cruzarse con Mikkel?

 

Como vemos la lógica de la historia se desnaturaliza porque responde más a las preguntas conflictivas que quiere plantear el guion que a la organicidad que se necesita para que una trama se sustente creíble.

 

Así todo el acercamiento posterior entre Mikkel y Eva queda muy endeble y avanza porque dimos por válido lo anterior, sin chistar ni cuestionarlo demasiado.

 

De todos modos, es fácil ir aceptando los reveses pocos creíbles del argumento y ver adonde nos lleva por dos razones. Primero el trabajo de Sidse Babett Knudsen, una actriz magnífica que nunca hace obvias o muy visibles las motivaciones de su personaje y que nos intriga con cada paso que toma. Y segundo, el clima de encierro que sabe crear el director Gustav Möller y que nos atrapa como a sus personajes.

 

Curiosidades. El título original Vogter, en danés, significa “guardián” y por extensión supongo que también guardiana, o sea, refiere a Eva directamente.

 

En inglés eligieron llamarla Sons, es decir, “hijos”, acentuando el rol que las madres tienen respecto del futuro de los dos hijos, el asesino y el asesinado, que quedan equiparados.

 

En España se decidieron por Condenados, subrayando que los personajes son víctimas de un destino que se cumple en el mismo ámbito, en prisión, porque como toda película centrada en un microcosmos, las distinciones sociales tienden a perderse, y la diferencia entre guardianes y condenados se diluye, se uniforma porque estar de un lado u otro de la puerta que se cierra es apenas un detalle, las mismas reglas sujetan a todos.

 

Aquí, en Argentina, se optó por La venganza, deteniéndose en el deseo de infligir en el otro lo que se ha sufrido en carne propia.

 

Cada elección de cómo vender la película eligió un aspecto distinto de la trama, que sin embargo los contiene a todos. Que no haya una propuesta unívoca quizá no sea casual. Como reza el lugar común sobre la Filosofía, las respuestas son menos abarcadoras que las preguntas, dado que estas nunca se dan por respondidas del todo.

Gustavo Monteros


viernes, 27 de junio de 2025

Como visto al pasar - Hoy: La fiebre de los ricos - Rich Flu


 

La premisa del film no podía menos que atraparme. Después de todo me alimento todos los días (por ahora), tengo un techo sobre la cabeza (no sé hasta cuándo) y pago lo que me corresponde sin que me quede mucho resto (siempre), es decir, pertenezco a los que no tienen donde caerse muertos (un destino). Dicho lo cual, una película que promete castigar a los ricos inútiles, frívolos y avarientos (responsables de que el mundo esté como esté) cuenta con mi interés de inmediato.

 

La película en cuestión es La fiebre de los ricos (Rich Flu, 2024) de Galder Gaztelu-Urrutia, con guion de Pedro Rivero, Galder Gaztelu-Urrutia y Sam Steiner.

 

Pero empecemos por el principio. Seguimos a Laura Palmer (Mary Elizabeth Winstead). Sí, el nombre no es casual y no queda sin su referencia a David Lynch y su Twin Peaks). Como sea, esta Laura trabaja como ejecutiva de un conglomerado de empresas. En la actualidad selecciona proyectos cinematográficos con posibilidades de realizarse y cosechar millones en la taquilla.

 

Uno tras otro, hombres y mujeres esperanzados le cuentan argumentos disparatados, muy similares a los de las películas que se estrenan todas las semanas, vía la productora o sello o logo de su preferencia. Entre los que se sientan frente a ella está Toni (Rafe Spall), un abogado del que se está divorciando y con el que pelea por la tenencia de la hija, Anna (Dixie Egerickx).

 

Y después de pelearse con el hijo de su jefe Sebastian Snail Jr. (Jonah Hauer-King) vuela a Alaska a encontrase con el jefe en persona, Seabastian Snail (Timothy Spall).

 

Mientras nos vamos enterando de la vida de los personajes, sus relaciones y de cómo reaccionan, nos informan que el Papa ha muerto a la vez que otros ricos mandamases (¿el Papa es un multimillonario más?, Luis Buñuel estaría de acuerdo, yo tengo mis contravenciones, pero sigamos adelante que recién estamos comenzando).

 

Como sea estos multimillonarios mueren por un raro virus que ataca solo a los muy ricos, el primer síntoma es que sus dentaduras perfectas se ponen de un radioactivo blanco brillante, como en algunas propagandas de dentífrico.

 

En Alaska, el Sebastian en jefe, reunió a muchos ejecutivos ambiciosos y después del típico panegírico neoliberal de que el libre mercado es el camino a la felicidad empresarial (cualquier coincidencia con los dichos y credos del actual presidente argentino no es pura casualidad) y esas cosas, les comunica que han sido seleccionados para una nueva división que se dedicará a acciones sociales como caridades, becas y esas cosas, y como no podrán extraer regalías en su nuevo trabajo, se les otorgarán acciones de la empresa, validadas en mil millones, más otros beneficios de lujos y preeminencias. Ahora Laura es multimillonaria y entra en peligro del virus.

 

Snail la envía a que compre algunas obras de arte y antigüedades en una subasta para caridades en el Palacio de Buckingham. Va y se compra un cuadrito por dos millones de libras.

 

Mientras tanto el mundo es un inmenso caos. Los ricos para ponerse a salvo del virus se desprenden de todo lo que pueden y si no pueden, lo incendian, lo bombardean, lo dinamitan, lo destruyen.

 

Laura decide abandonar Inglaterra e ir a Barcelona, donde están su hija, su futuro exmarido y su madre, una hippie de aquellas, Martha (Lorraine Bracco).

 

La historia avanza a los saltos y sobresaltos, literalmente y llegada a su conclusión, deja una desazón. ¿Es un bodrio? ¿Una genialidad? ¿Una obra bienintencionada que salió mal? O sea, ¿me dormí?, ¿me tomaron el pelo?, ¿me perdí y la entendí mal? Recapitulo y reconsidero.

 

Humor no tiene, o sea, comedia-comedia no es. Tampoco se toma en serio el pochoclo style, o sea que al lado de El día de la independencia no va ir. ¿Es una sátira? Podría ser. El inicio parecería aseverarlo, aunque el final va más para el lado de una parábola sociológica.

 

Como sea, o sea lo que sea, se lleva por delante los retratos psicológicos. Tanto que es más bien tirando a una historieta que se desentiende de la psicología de los personajes.

 

Eso sí, se ve fácil, se llega al final sin ponerle paciencia extra. Puede que uno deje en el camino por ver adónde va, los agujeros en la trama, los saltos extraños en el comportamiento de los personajes, los datos que se tiran y jamás se retoman, los elementos sin desarrollo, como el mismísimo virus, que queda como metáfora al paso. Porque se sabe que es mortal, que los dientes brillosos es uno de sus primeros síntomas, que supuestamente no es contagioso, y que cuenta con la inteligencia (¿genética?) de saber quienes son los ricos y quienes no. Pero, ¿cómo se desarrolla?

 

Y entre las muchas cosas que dejan en veremos, ¿por qué el Sr. Snail padre, regala copias de Walden de Thoreau, que habla de una subsistencia en ambientes creados por uno mismo? ¿El libro contiene claves sobre el futuro? Por un noticiero (¿qué harían las películas sin los noticieros para proveernos datos relevantes de las tramas?), nos enteramos que de Snail, padre, no se sabe si ha muerto o si se ha fugado. Como lo hace un actor notable, esperamos que reaparezca.

 

Debe acaso entenderse que los blancos europeos son ¿los nuevos balseros del mundo? ¿Por qué los pobres que son muchísimos más ante los nuevos desmanes de los ricos en retirada, como la quema de palacios, museos y demás, no arman una revolución, modelo francesa o bolchevique, e instauran un nuevo orden? ¿O ya está pasando en Europa? No pareciera.

 

Uno de los motivos (si no “el” motivo) por el que uno no deja de ver este film es la arrolladora presencia de Mary Elizabeth Winstead en el protagónico. La chica no solo se carga la película al hombro, sino que la hace ineludiblemente atractiva. Y eso que hace un personaje altamente detestable. Pero la pasión que pone en ser, en un principio, lo que por estos lados se denomina “una yegua”, o sea, una hija de ustedes ya saben qué, la deposita después en ser una madre capaz de todo, hasta de matar, para que nada le haga daño a la hija.

 

Hija que como todas las adolescentes del cine contemporáneo tiende a ser una pesada marca cañón, con su idealismo trasnochado y demandas injustificables ante realidades atroces. Querida, el mundo se fue al carajo y no hay qué comer o beber, no es momento de caprichos y reclamos.

 

El marido o futuro ex justifica con creces el juicio que sobre él emite Laura al comienzo, es un bobo mediocre e insustancial, por más que lo haga el eterno cara de perro bueno de Rafe Spall.

 

Claro que hay un modo de verla que reubica sus supuestas falencias, cortedades o errores y la acercan a las obras incomprendidas. Toda la película está narrada casi exclusivamente desde el punto de vista de Laura, cuya vida se organiza y desorganiza según los conflictivos ejes temporales inmediatos: la celeridad de su ascenso, la proliferación del virus, el caos social, la violencia desatada, etc.

 

Y ella va de un tumulto al siguiente, desentendiéndose de los motivos que crean esos disturbios. No le interesa analizarlos ni explicarlos, solo sobrevivir. De ser este el caso, nosotros, tan acostumbrados por las pochocleras películas catástrofes que nos dan todo digerido, explicadito, no comprendemos lo que los autores intentan hacer aquí. Como se dice en la calle: Ponele.

 

Como sea, verla ¿satisfizo mi necesidad de castigar a los ricos? Más bien, no. En el final nos dicen que todos, dadas las oportunidades necesarias, nos comportaríamos como los ricos, que la avaricia está dentro de nosotros tan vital como el deseo de comer.  

 

Como soy pobre y lo he sido toda la vida, elijo creer que, de convertirme de repente en multimillonario, no me olvidaría de donde vengo, como Maradona, por ejemplo. (Si nos vamos a comparar, no andemos con modestias)

 

Ah, en el campo de la suposición todo es posible y no creo que pueda verificarlo. Puede que algo o alguien mejore mi calidad de vida, pero ¿hasta volverme un potentado? No sé, no creo. Ni imaginármelo puedo.

Gustavo Monteros