Better Man (Michael Gracey, 2024)
inaugura un género: la autobiopic o selfbiopic, o sea vida contada por su
protagonista.
Le cabe entonces la pregunta que se hizo Liv Ullman al
comienzo de la suya (en versión libro, Senderos): cuando uno tiene por
delante todavía un trecho más para recorrer, ¿para qué ponerse a contar lo
vivido? (al margen del beneficio económico que se recibirá por el encargo,
claro)
Liv se contestó: para explicarse, para entender por qué se
hizo lo que hizo, para conocerse más.
Robbie Williams con la suya (en versión película) adhirió a
pie juntillas con lo que concluyó Liv y le agregó: para redimirse, para
resarcir los daños cometidos, para pedir perdón, para apaciguar mis enemigos
interiores.
Better man arranca en clave
distanciamiento Brecht (tomar distancia subrayando el artificio, estilo que más
que objetivar crea otra forma de establecer vínculo con el espectador).
Robbie no se presenta como tal, en el cuerpo y rostro que
le conocemos, si no transformado en un CGI monkey, o sea un monito manipulado
por imágenes creadas por computadora.
El artilugio es bueno y eficiente, el monito es Robbie y a
la vez no es Robbie. Nos permite superponer o reemplazar las nociones
preestablecidas (prejuicios o vista gorda) que tenemos sobre él con otras
nuevas, surgidas por las intimidades que nos va a develar.
El retrato no es amable, ni cómodo, ni hagiográfico. De
entrada, se presenta como egoísta, narcisista (aunque se parezcan, no son
sinónimos), competitivo hasta con su sombra, cruel, despiadado, indiferente a
todo lo que no sea él, superficial, caprichoso e inmaduro. Algo así como si me
ven, crucen de vereda que les va a ir mejor.
Si de chico, lo hubieran dejado elegir destino hubiera
preferido ser jugador de fútbol. No pudo ser, en la cancha era un perro que no
la veía ni cuadrada. Con un padre que ya tenía un pie fuera de la casa,
compartía un tiempo de calidad, emulando a Frank Sinatra.
Él le pegó el virus de la performance, de actuar para que
te quieran. Le pasó también la maldición: no ser uno más, si no tener “eso”,
como Sinatra, como Dean Martin, como Sammy Davis Jr., que la luz te dé, abrir
la boca, emitir la primera nota y que los que te ven se olviden de todo,
elevarlos a lo que cantas, que vivan en lo que sentís y creas.
Algo más que la excelencia, la magia del arte.
El padre terminará por abandonar a su esposa, a su propia
madre y a Robbie, claro, que se pasará anhelando su aprobación, porque lo
quiere y lo necesita y por la culpa de no saber si se fue porque hubo algo que
él no pudo o no supo hacer.
Tendrá suerte, en la adolescencia formará parte de una boy
band, Take That, y no disfrutará la experiencia, por no aceptar su lugar, por
querer ser el líder, porque lo suyo es sobresalir o morir, porque ya lo carcome
la dicotomía del artista no bien plantado, aquello de “quiero que me quieran”
versus “no me acompañen que me quiero destruir”.
Y comienza el ciclo habitual de drogas cada vez más duras,
de alcohol cada vez más fino y en insaciables cantidades, de tabaco en
continuado, de sexo de todo tipo y color.
Entonces será cruel con los que siempre han estado,
mezquino con las relaciones sentimentales nuevas, generoso con los que quieren
vaciarlo y fugitivo de todo lo no resuelto.
Pasará a ser solista, logrará que lo quieran, en lo público
una audiencia cada vez más multitudinaria y en lo privado, minas fieles de gran
corazón, pero nada le servirá mientras no aplaque los demonios que lo
persiguen, a los que dice odiar, aunque alimenta a cuerpo de rey.
Hasta que toca fondo, y de a poco empieza a encajar las
piezas donde van y aprende que eso no es cosa de un día, sino de cada segundo
hasta el fin de los tiempos, porque si se descuida volverá a lo mismo, una y
otra vez.
Y obtiene algo parecido al perdón y a la paz, y
reivindicará lo que su papá le enseñó, ser Sinatra, Dean Martin o Sammy Davis
Jr.
Para el mundo del pop y del rock, eso es querer ser un crooner
de night club (“a cabaret act”, en el original), un cantante de cantina, de
restaurante, de bingo, una nada.
Puede ser, dice Robbie, pero me importa un comino (él no es
tan fino, pero la idea es clara) quiero ser eso, pero el mejor.
Qué vivo, no es una declaración de principios, es una
certeza. Él ya sabe que tiene “eso”, porque se pone a cantar y todos los que lo
escuchan se olvidan de lo que los aqueja y hasta de lo que no. Porque pasan a
vivir según lo que él siente y crea. Y está bien que así sea, porque ahí por un
rato somos todos un better man, él y cada uno de nosotros.
Gustavo Monteros
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