viernes, 6 de diciembre de 2024

Querido diario - Hoy: Dos con Jeremy Irons


 

Cuando Waterland (rebautizada Nosotros mismos para su distribución local, Stephen Gyllenhaal, 1992) se estrenó allá por los lejanos principios de los noventa, leí críticas o reseñas y hubo un detalle que capturó mi atención. Como no la vi en ese momento, el detalle se me olvidó. Y ahora que finalmente la veo, me fue fácil distinguir cuál fue.

 

Un profesor de Historia, Tom Crick (Jeremy Irons) al comprobar que a sus alumnos les interesa tres cominos, dos pepinos y un arándano, el programa a desarrollar, se pone a contar su “historia”, lo que termina adelantando su jubilación porque incluye en la narración varias aventuras sexuales y los alumnos se quejan (transcurre en 1974 y parece que por entonces los adolescentes se escandalizan más o no estaban tan hechos a la idea de que hasta los viejos profesores habían tenido sexo alguna vez) De todos modos, estas incidencias son colaterales, la trama principal pasa por otro lado, por aquello tan sabido de que somos lo que vivimos.

 

Hay dos tiempos en esta historia, el contemporáneo, o sea el 74, que transcurre en Pittsburgh, y el de la juventud de Tom que sucede durante la Segunda Guerra en The Fens, una zona pantanosa del este de Inglaterra, con una breve desviación a incidentes que involucran al abuelo materno de Tom y que pasan en los prolegómenos y postrimerías de la Primera Guerra Mundial.

 

Todo el argumento es rebuscado, bien de novelón de aquellos. Arranquemos con el abuelo. El viejo era el rico propietario de una destilería de cerveza, pero el pueblo mucho no lo quería. Entonces, para una fiesta fundacional, creó una cerveza especial con alto contenido alcohólico, que puso a todo el pueblo borracho y que expuso in vino veritas toda su miseria. Tan miserable era el pueblo que ¡incendió la destilería!, lo que desató la bancarrota del anciano.

 

Vino la guerra (la Primera) y el castillo se convirtió en hospital y el viejo y su hija (la madre de Tom) pasaron a vivir en la casita del guardabosques. La cuestión es que al viejo se le voló la chaveta y empezó a tener relaciones con la hija, a la que confundía con la esposa, o algo así. La hija quedó embarazada, pero ocultó su desgracia casándose con un herido de la guerra (Pete Postlethwaite) que se reponía en el castillo en el que ella trabajaba de enfermera.

 

Nace Dick (David Morrissey), el fruto del incesto que, como en todo novelón que se precie, es un disminuido mental, eso sí, fuerte como un toro y con un miembro viril que le daría envidia al negro de WhatsApp. Yo no tengo nada que ver, pregúntenle al autor de la novela en la que se basa el film, Graham Swift, por qué el miembro es todo un tema.

 

Al poco tiempo nace Tom (que de joven es interpretado por Grant Warnock), él sí hijo de su papá y de su mamá, no de su mamá y su abuelo. La madre muere joven y de paso se salva de dar explicaciones del incesto y esas cosas.

 

Llega la Segunda Guerra y Dick y Tom son dos saludables mozalbetes. El despertar de las hormonas y el carpe diem, que incita la guerra, hacen que se borren las inhibiciones sexuales, a tal punto que Tom y su compañerita de curso, Mary (de joven es interpretada por Lena Headley, sí, sí, la que sería la Cersei Lannister de Games of Thrones) se la pasan dale que dale al pandeiro que se acaba el mundo. Como los conejos, como quien dice.

 

Tom, que es muy generoso, le pide a Mary que le dé conversación a Dick, así es menos huraño y aprende a tratar con las mujeres. Mary lo entiende (o lo desentiende) al vuelo e inicia a Dick en los placeres de la carne. Al principio tiene problemas con el tamaño del miembro, pero después se da maña de lo más bien. La cosa es que queda embarazada. ¿De Tom o de Dick? ¡Ah, misterio!

 

La cosa es que le dicen a Dick que el retoño a nacer bien puede ser de Freddie (Callum Dixon) un compañero de escuela de Tom y Mary, que aprovecha la guerra para dedicarse al contrabando, mercado negro y esas minucias. No le dicen a Dick que el hijo puede ser de Tom porque tienen miedo de que lo mate a golpes, porque cuando Dick pierde el control, ¡arde Troya!

 

A todo esto, o se muere el abuelo o recuerdan que al morir dejó de legado un cajón con 10 botellas de la cerveza aquella que enardeció al pueblo y una carta. La cosa es que Dick toma una de las botellas, se la da a beber a Freddie, y cuando está que se cae de borracho, Dick agarra la botella vacía y de un golpe desmaya a Freddie y lo ahoga, no olvidemos que estamos en una zona pantanosa, de modo que hay agua de sobra.

 

Mary y Tom optan por el aborto y van a ver a una vieja gitana, que deja a Mary sin hijo, pero sangrante y estéril. Tom confronta a Dick por la muerte de Freddie, esgrime como prueba irrefutable la botella de cerveza del abuelo. Dick se acuerda de que hay una carta, se la da a leer a Tom, que primero le dice cualquier bolazo, pero termina por leerle lo que en verdad está escrito. Dick entonces se entera de que su papá no es su papá sino ¡su abuelo!

 

Dick enloquece, agarra las botellas de cerveza restantes, se las va tomando, mientras huye en su motocicleta, perseguido por Tom y el padre. Dick se tira al mar y suponemos que ha muerto (digo suponemos porque Dick es un nadador excepcional y un buceador con gran capacidad pulmonar, de modo que bien puede haber terminado en una población vecina e iniciar una nueva vida, como sea, ya no importa)

 

Pasa el tiempo y Mary ya no es Lena Headey y se ha vuelto Sinéad Cusack, y con Tom que ahora ya es Jerermy Irons se han mudado de Inglaterra a Pittsburgh, donde Tom ejerce de profesor de Historia en un secundario.

 

Mary empieza a tener signos de demencia, anda contando que va a tener un bebé dentro de muy poco, algo que sabemos no es posible porque está pasada de edad (no olvidar que estamos en 1974 y no ahora) y porque el aborto juvenil la volvió yerma (y de paso homenajeamos a Lorca)

 

Una buena mañana, Mary va al shopping y aprovecha que una mamá entró a probarse un vestido y dejó a su hijito en un cochecito para secuestrarlo y llevárselo a su casa. Tom vuelve del trabajo y se pone como loco, claro, aunque hace entrar a Mary en sus cabales y la lleva a devolver el chico.

 

Mary como represalia, ¡lo deja! Encima a Tom se lo sacan de encima en el colegio por lo de los cuentos sexuales y entonces se queda sin trabajo. Noble hasta el fin, en el discurso de despedida se las arregla para darle ánimos a su alumno más cercano, Matthew (Ethan Hawke) que andaba preocupado por el inminente fin del mundo (no olvidar que entre las permanentes hipótesis de conflicto que maneja el imperio, por entonces batían el tambor por Vietnam y la Guerra Fría).

 

Tom vuelve a The Fenns, adonde antes había regresado Mary, y auguramos que ella deja de enloquecer, y que juntos se dan otra oportunidad.

 

La película es todo lo buena que puede ser una con ese argumento. Sé que contada como la conté da como para una comedia, pero no, está contada con gran seriedad y apunta para las de llanto.

 

El director es Stephen Gyllenhaal y si el apellido les suena es porque es el padre de Jake y de Maggie, que ya tienen una gran carrera en el cine. Y como todo está bien lo que termina en familia, consignemos como al pasar que Jeremy Irons y Sinéad Cusack son marido y mujer en la vida real y ¡que siguen casados! (Es que se tomaron muy en serio lo de comer perdices)

 

Dicen los Ibsenitas que El pato salvaje es una de las obras más queridas de Ibsen. No la más frecuentada, claro, ese lauro lo comparten Casa de muñecas, El enemigo del pueblo, Hedda Gabler o Peer Gynt. No ratifico la aseveración, porque más que Ibsenita, soy un admirador pasivo, veo sus obras siempre que puedo, las aprecio, pero no descorcho champanes a la salida.

 

Como con otros tantos grandes, perdón por la blasfemia, el manejo de la trama no es lo suyo. Convengamos que a veces la trama es lo de menos. Romeo y Julieta, por ejemplo, tiene más agujeros en el argumento que red de cazar ballenas, pero a nadie le importa. ¡Ni te digo el último acto de Hamlet! Pero para entonces estamos tan cautivados por la belleza de los textos y la complejidad de los personajes, que bien puede terminar con una invasión zombi sin que a nadie le importe.

 

Volvamos a Ibsen, al que, según mi modesta opinión, no se le da bien la lógica de los argumentos. Pero a Henrik se lo debe tomar como a los integrantes de la propia familia: viene así. El hombre no es un negado y tiene muchas otras virtudes que compensan sus tramas rebuscadas. No nos quedemos en la anécdota y vayamos a lo importante.

 

El pato salvaje ha sido llevada al cine varias veces y hay una versión de 1983, dirigida por Henri Safran, con el protagónico de Jeremy Irons y Liv Ullmann.

 

Según Wikipedia: (La obra) “Explora las complejidades de la verdad y la ilusión a través de la historia de una familia destrozada por los secretos y la intrusión de un extraño idealista.” (…) “Los temas de visibilidad y reconocimiento impregnan la narrativa, con personajes que luchan por ser vistos mientras son metafórica y literalmente ciegos a la verdadera identidad de los demás, simbolizada a través de motivos como la ceguera, la fotografía y el pato salvaje herido.”

 

He visto y leído la obra y la película de Safran respeta la esencia de la obra. La cosa es más o menos así, hay dos familias entrelazadas, la de Harold (Jeremy Irons) y la de Gregory (Arthur Digman) que fueron amigos desde chicos y compañeros de clase.

 

El padre de Gregory y el padre de Harold fueron socios alguna vez, pero el padre de Gregory se excedió en trapisondas ilegales y cuando las papas quemaban, le echó la culpa al padre de Harold, que pasó algunos años en la cárcel.

 

Hoy el padre de Gregory es un pilar de la sociedad, un patriarca respetado, que está quedándose ciego por una enfermedad que se trasmite de generación en generación. El padre de Harold es un señor que vive en un ático amplio lleno de animales varios, como pollos y conejos, a los que da caza creyendo que es el reputado cazador de antaño, el gran señor que era antes de la cárcel. Malvive haciendo copias de la contabilidad del padre de Gregory, dinero que invierte en botellas de licores varios, que lo emborrachan y le dan el aliento para soportar el destino. 

 

Gregory lleva añares sin ver a su padre, ahora vuelve porque su padre se casará con su ama de llaves de toda la vida, la Sra. Summers (Marion Edward), que lo cuidará en casa y atenderá los negocios cuando la ceguera sea total.

 

Gregory dejó la casa paterna a poco de morir su madre, que se suicidó amargada porque su marido andaba en amoríos con una de las criadas, Gina (Liv Ullman).

 

Para evitar el escándalo o por culpa, el padre de Gregory casó a Gina con Harold, y como dote, les instaló una casa de fotografía, negocio del que viven no muy holgadamente que digamos.

 

A meses de consumado el casamiento, Gina dio luz a Henrietta (Lucinda Jones) ahora una adolescente de unos 14 años ¡que se está quedando ciega de una enfermedad hereditaria! Dos más dos son cuatro.

 

No nos olvidemos del pato. Días anteriores al regreso de Gregory, su padre fue de caza y como ve cada vez menos, en vez de matar malhirió a un pato, que su perro rescató de morir ahogado al enredarse en las plantas acuáticas del fondo de un lago (gran escena del perro en cuestión). El pato es regalado a Henrietta que lo cuida y cura en el ático de su abuelo.

 

No nos olvidemos tampoco del doctor (Michael Pate) y el reverendo (Rhys McConnochie), dos borrachos consuetudinarios y alegres que viven en el departamento de abajo del de Gina y Harold, de los que son muy amigos.

 

Gregory finalmente se reencuentra con Harold, se entera de que este está casado con Gina y como es un “idealista” que cree que todos deben vivir en la verdad más absoluta, le cuenta a Harold que Gina tuvo un amorío con su padre y que quizá Henrietta sea hija del viejo George y no de él. Como todos los idealistas fanáticos, Gregory no vive según sus convicciones, sino que pretende que los demás lo hagan. No solo de buenas intenciones está lleno el camino al infierno, de fundamentalismos, también.

 

Harold comienza a rechazar a Henrietta, que vive para que su padre la quiera. Gregory convence a Henrietta que, si sacrifica al pato salvaje como acto de amor por su padre, Harold volverá a quererla. Henrietta abraza al pato con su brazo izquierdo y lo acurruca contra su pecho y con la mano derecha empuña una de las pistolas de su abuelo y le pega un tiro, muriendo en el acto, ella y el pato.

 

Harold comprende tarde su necedad. Gina quiere consolarlo, ¿dejará que lo haga y de paso la perdonará? Gregory está convencido de que pese a la tragedia, Gina y Harold están mucho mejor porque viven en la verdad. Algo que es ampliamente rebatido por el doctor, que cree que todos estaban más felices con las verdades tapadas. Incluso antes el doctor le había dicho a Gregory que se enorgullecía de ser el responsable de que Harold creyera que era un gran inventor que un día daría con el descubrimiento que lo sacaría de pobre, y que también incentivaba a que el padre de Harold creyera que seguía siendo el gran señor que fue y que el ático era su actual coto de caza, que era la ilusión y no la verdad desnuda lo que hace que los hombres sean felices y puedan seguir, aunque las realidades sean adversas.

 

Jeremy Irons es uno de los más grandes actores cinematográficos del mundo y de todos los tiempos, pero no es infalible, como lo prueban estas dos películas, que no están precisamente entre las mejores de su carrera, ni son redimidas por su actuación.

 

Le va mejor en Waterland / Nosotros mismos, porque su personaje es, en esencia, un narrador al que le pasan cosas, un rol que le pide más reacción que acción. Pero en The Wild Duck / El pato salvaje, es derrotado por el personaje. Lo entiende, lo “lee” bien, sin embargo, no termina de corporizarlo en plenitud. Por momentos lo erige en toda su vacuidad, su superficialidad, su egolatría, su arrogancia, pero las más de las veces lo sumerge en la indecisión (la peor, no la del personaje sino la del actor), lo desdibuja en una voluntad de intentar hacerlo más querible de lo que verdaderamente es, algo que surge más del deseo del actor que se vea así, que de lo que emerge del personaje en sus debilidades, que son, en definitiva, las que lo hacen estimable en su fallida humanidad.

 

Sin embargo, son las fallas las que, en comparación, engrandecen los logros, valga la contradicción. Los balbuceos siempre serán perdonados si alguna vez se fue elocuente y no solo locuaz. La genialidad perpetua aburre. La comprobación de que los grandes también tienen dudas, que meten la pata como todos, los devuelve más entrañables y cercanos.

Gustavo Monteros


viernes, 29 de noviembre de 2024

Querido diario - Hoy: Dos con Laure Calamy


 

La serie francesa Dix pour cent / Call My Agent, de 24 episodios, creada por Fanny Herrero, 2015-2020, se centra en una agencia de representantes de actores/actrices, directores/directoras y exhibe los problemas de los agentes y de sus representados, es decir las desventuras que se derivan de sus personalidades y de su conflictivo entorno. Es de tontos perdérsela, puesto que solo acepta elogios exacerbados, que uno sospecha pobres y mezquinos. Si no me creen, vean como muestra el episodio 6 de la segunda temporada que se llama Juliette, por Binoche, claro. Delicia de delicias. Comprobarán de paso por qué las actrices aparecen a veces disfrazadas en los eventos de alfombra roja y aprenderán también cómo sacarse de encima un pesado que es casi un ejemplo perfecto de acosador inmanejable. La serie catapultó a la fama a Laure Calamy y Camille Cottin, que venían haciéndose notar en secundarios y llevó a otro nivel las carreras de todos los que intervienen como miembros del staff de la agencia, como Nicolas Maury que en 2020 se probó como autor, director y protagonista de su propia película, Garçon chiffon (chico de peluche) o My Best Part (Mi mejor papel) para los países de habla anglosajona.

 

En este film, Jérémie Meyer (el propio Nicolas Maury) es un ejemplo insuperable de drama queen. Joan Crawford hace costumbrismo realista al lado suyo. Los celos desmadrados lx dominan y arruinan su relación con Albert (Arnaud Valois), un veterinario de muy buen ver. Jérémie es actor, sin trabajo por el momento y su agente Jean-François (Laurent Capelluto) le ruega dos cosas, que se presente al casting de la obra teatral Despertar en primavera de Frank Wedekind y que bajo ninguna circunstancia acepte ser el coach actoral de la directora cinematográfica, Sylvie (Laure Calamy) que se apresta a protagonizar la película que dirigirá en breve.

 

Sylvie es la quintaesencia de la artista estrella en problemas, está vulnerable, insegura, emocionalmente lábil, hipersensible, manipuladora y demandante. Para estar a salvo del pedido de Sylvie y poder prepararse bien para la prueba teatral, Jérémie cumplirá con el compromiso de acompañar a su madre en el homenaje póstumo que le harán a su padre, que se suicidó no hace mucho.

 

Bernardette (Nathalie Baye), la madre, tiene una casa de huéspedes en un paraje turístico-vacacional y hacia allá va Jérémie. En el tributo fúnebre, Bernardette es solo la primera esposa, hay una segunda mujer, la viuda oficial de marras, que viene acompañada por su suegra, que está perdidamente senil.

 

Bernardette le reclama a Jérémie no haberla acompañado mejor en su proceso de ruptura y divorcio, aunque el reclamo no se convierte en culpa, porque Bernardette comprende que Jérémie era apenas un chico, que se encerraba en sus fantasías de divas para elaborar la separación de sus padres a su modo. Ve a su hijx tan solx y desvalidx que le regala un cachorro de perro.

 

Jérémie a su vez cela a su madre con Kévin (Théo Christine), un chico de su edad que ayuda con las tareas del hotelito. Kévin es hetero como el de más, pero respeta y le intriga la plumífera desfachatez con la que Jérémie vive su vida.

 

Jérémie vuelve a la ciudad y entre cosas que se arman y desarman encontrará algo de paz. El final lo hallará con Kévin que vino al estreno de la obra y si hay un romance en ciernes o el inicio de una gran amistad como en el desenlace de Casablanca es algo que no sabremos. De lo que no queda duda es que Jérémie vivirá lo que sobrevenga en sus propios términos, como una buena diva que se precie de tal.

 

Este film es un buen drama de relaciones con actuaciones impecables que vuelan alto en el caso de Calamy y Baye. Ambas están inspiradísimas, Calamy a pleno histrionismo y Baye en completo sosiego. Sylvie/Calamy desordena a pura locura. Bernardette/Baye reacomoda su presente a pura sabiduría. Baye en algunas tomas nos recuerda a Selva Alemán, que se fue de gira no hace mucho y eso vuelve a su personaje más profundo y entrañable.

 

En Une femme du monde / Una mujer de mundo, 2021, de Cecile Ducrocq, Laure Calamy es Marie, una trabajadora sexual, que cumple su tarea con convicción y sin ninguna vergüenza. Tanto así que su hijo adolescente, Adrien (Nissim Renard) y sus padres saben a qué se dedica. Su madre en algún momento le pedirá que cambie de profesión y Marie contestará que no, que por qué.

 

Adrien, como suele suceder con los adolescentes, anda desorientado y no sabe bien qué hacer con su vida. Cree que le gustaría ser chef, pero por una broma de mal gusto lo echaron del secundario público con orientación culinaria en el que cursaba. Ahora dice que le gustaría enrolarse en el ejército, como fantasean o tienen la intención, algunos de sus compinches.

 

Marie no quiere ni oír hablar del mundo castrense. Se enteran de la existencia de una encumbrada, cara y lujosa academia privada de cocina. Los aspirantes deben pasar primero una entrevista. Adrien, asesorado por una amiga travesti de Marie, que fue abogadx, pasa la entrevista con creces. Ahora solo quedar reunir el importe de la matrícula, que es bastante salado para ellos, y hacer frente a las mensualidades.

 

La calle enfrenta una de sus habituales crisis económicas y está más dura que de costumbre. Por eso es que Marie abandona el cuentapropismo que la enorgullece y comienza a trabajar en un prostíbulo disfrazado de discoteca. Algo que Adrien le echará en caro disgustado cuando se entere. Marie, a su vez, le pedirá a Adrien que colabore haciendo pequeños trabajos. Algo que en un principio Adrien de puro inmaduro incumplirá, para después entrar por la variante y responsabilizarse, lo que augura un buen final.

 

Calamy no pidió dobles de cuerpo y jugó todas las escenas descarnadas y muy arriesgadas de sexo y se puso vestuarios que desfavorecerían a la Venus de Milo. Porque, como declaró, no puede haber verdad en la interpretación de una prostituta si se anda con remilgos.

 

Dato que remite a su esencia como actriz, a su manera única de “leer” sus personajes, de corporizarlos con todas las emociones, fantasías y sensualidades sin red ni reaseguro alguno. El concepto actoral de “aquí y ahora” con el que hace parar a sus personajes es maravilloso. Conocerla es amarla. La inmediatez con la que mira, siente, camina desarma al descreído más acérrimo del arte de actuar. Su talento es coraje puro.

 

Muchas ponen el cuerpo. Calamy lo planta sin pedir nada a cambio, porque actuar es dar sin miedo, y eso hace el prodigio, y nuestra retribución natural de dar hasta lo que no tenemos.

 

Ante una entrega así, solo nos queda el placer de la admiración sin límites. Y si ese ida y vuelta entre actor/a y espectador/a, ese intercambio de verdades, no es amor, se le parece tanto que debería serlo.

Gustavo Monteros


viernes, 22 de noviembre de 2024

Querido diario - Hoy: El primer día del resto de nuestras vidas


 

Así como no hay hijos malos, no hay géneros malos (aunque ejemplares de unos y otros a veces salgan mal)

 

Confieso que hay géneros que frecuento con interés renovado: el policial, la comedia, el musical, el drama. Otros que visito tan poco que ya soy un ignorante supino de ellos: el terror, el documental. Algunos fueron pujantes y hoy son casi una rareza: el western y el de guerra. Otros muy de moda en estos tiempos que me dan pereza visitar (para decirlo amablemente), porque caen las más de las veces en la fórmula, la poca imaginación, lo probado hasta el hartazgo: la biopic y el navideño.

 

El cine comercial de Hollywood, pasada la fiesta de Halloween ataca con el bodrio navideño (hay excepciones, pocas, pero las hay). Y como en todo país colonizado culturalmente, tengo la acotada elección de qué ver, en respuesta al mandato sin escapatoria de ver algo navideño, porque es el momento del año de hacerlo. (El que pueda huir del “supuesto” espíritu navideño en algún especto de la vida cotidiana ¡que pase la receta!)

 

Llego a esta película de casualidad, busco antecedentes de Melvil Poupard, hallo que estaba aquí, incluida en mi lista larga e inabarcable de pendientes a ver.   

 

Un conte de Noël (2008) (El primer día del resto de nuestras vidas para su distribución local) de Arnaud Desplechin cubre dos casilleros: es de Navidad y de familias disfuncionales, tema tan recurrente en los últimos 15 años, o alrededor de (desde mediados de los sesenta a mediados de los setenta, el tema excluyente era la pareja, hoy es la familia peculiar).

 

Junon (Catherine Deneuve) y Abel (Jean-Paul Roissillon) tienen una familia atravesada por la muerte. De jóvenes perdieron un hijo a los seis años de un cáncer. Y ahora a Junon se le declaró uno parecido que necesita de la médula de un donante compatible. Sin hacer mucho suspenso porque la gracia no va por ahí, en su familia tiene dos que podrían donarle médula, su hijo Henri (Mathieu Amalric) y su nieto Paul (Emile Berling).

 

Pero arranquemos con más orden, aparte del finadito, Junon y Abel tuvieron a Henri, que es financista, a Elizabeth (Anne Consigny) que es una dramaturga de éxito y a Ivan (Melvin Poupaud) que no queda claro a qué se dedica o se me pasó por alto.

 

Henri, un irresponsable, amoral, mujeriego, bebedor, tiene una novia, Faunia (Emmanuelle Devos), mujer de ascendencia judía con mucho humor y paciencia. (El judaísmo no es tema de conflicto en esta familia, pero no se soslaya, como si sintieran el mandato social de hacerse cargo de los prejuicios sociales)

 

Elizabeth, que como ya dijimos es una dramaturga de éxito, casada con un matemático genial, Claude (Hippolyte Girardot) y son padres de Paul, un adolescente que padece de un desequilibrio mental, que puede o no desembocar en la locura.

 

Ivan está casado con Sylvia (Chiara Mastroianni) y son padres de mellizos de unos ocho años, Basile (Thomas Obled) y Baptiste (Clément Obled).

 

El núcleo familiar inmediato incluye a Simon (Laurent Capelluto), sobrino de Junon y primo, claro, de Henri, Elizabeth e Ivan.

 

Y esta Navidad, debido a la enfermedad de Junon, es la primera reunión de todos en 5 años. Cuando la familia celebraba algo, siempre faltaba Henri, exiliado por Elizabeth como resultado de un juicio por deudas. Elizabeth, desde que decidió ser dramaturga, contó con el apoyo de Henri, tanto así que hasta le compró un teatro para que lo dirigiera y probara su creatividad con plena libertad, pero Herni cayó en una pequeña omisión, se olvidó de pagarlo. Al momento del juicio, pretendía saldar las deudas vendiendo lo que a los efectos reales no era suyo, dado que jamás lo había pagado. Abel estaba dispuesto a hipotecar la casona familiar y su empresa, una tintorería (más que limpiar ropa, se dedica a teñir telas para la industria), aunque había un problemita, lo que pudiera obtener no cubría la deuda. La solución vino de un as bajo la manga que sacó Elizabeth: cubrirá la deuda en su plenitud con la condición de no ver nunca jamás a Henri en ningún evento familiar. No podía evitar que todos vieran o visitaran a Henri, pero exigió que bajo ninguna circunstancia se lo pusieran por delante. La jueza que intervenía le dijo que la ley no podía avalarla, que era una cuestión privada, que solo podía pedir el compromiso de la familia. Y la familia optó con complacerla y exiliar a Henri de las reuniones familiares, hasta ahora, en que la enfermedad de Junon obliga a todos a deponer las diferencias.

 

Lo que Henri es, está a la vista desde el principio, pero ¿qué determinó específicamente que Elizabeth dijera basta? El motivo es objeto de especulación para el resto, nunca llegan a una conclusión satisfactoria. Incluso el propio Henri le reclama que defina qué fue lo que le hizo. Elizabeth nunca lo dice, solo equipara a Henri con el Mal Absoluto, con lo horrible, lo abyecto, con todo de lo que hay que huir para mantener a su hijo, sobre todo, alejado y protegido. Por supuesto, Henri y Paul simpatizan, y si pudieran desarrollar una relación, verían que no solo son compatibles en medula para Junon.

 

Junon enfrenta la enfermedad sin remilgos ni delicadezas. Desde la pérdida del primogénito, vida y muerte son contingencias cercanas para ella. Confiesa que Henri nunca le cayó bien y que nunca lo quiso. Henri dice que él siente lo mismo. Puede que sea verdad, pero no se convive inútilmente y terminan manifestándose una sinceridad conmovedora, que bien puede ser amor. Nada es blanco y negro en la vida.

 

Junon expresa que Sylvia le cae poco y mal, porque se ha llevado de premio a su hijo preferido, el más querido, Ivan. Y le dice a Faunia, que ella sí le cae bien, porque le saca de encima a su hijo menos querido, o sea Henri. Junon puede hablar con Faunia sin tapujos, porque es la extraña, la desconocida, a la que se le puede decir y contar lo que sea. Y si bien Junon no es de andar cargando lastre, le hace bien hablar con Faunia, la clarifica.

 

De adolescentes, Henri, Simon e Ivan estuvieron enamorados (o deseaban) a Sylvia. Henri en apariencia solo quería acostarse con ella y como no lo logró, no la cortejó más. Simon se la “cedió” a Ivan. Secreto contado por Rosaimée (Françoise Bertin) la abuela postiza de todos, que fue a su vez amante de la madre de Abel (la amplitud de las relaciones no es cosa que se inventó ayer, puede que ahora se tienda a poner los puntos sobre las íes, pero las alternativas vitales vienen desde el principio de los tiempos). Retomo, cuando Rosaimée le relata a Sylvia que Simon la “cedió”, aunque nunca dejó de amarla y perdió en la entrega su sentido del humor y su alegría de vivir, Sylvia se pregunta lo que en algún momento nos preguntamos todos: ¿qué hubiera sido de mi vida si en vez de lo que viví, hubiera vivido esto otro? Enterarse de la verdad le cae a Sylvia en un mal momento. No porque sienta que concluyó su ciclo con Ivan, sino por todo lo contrario, porque no hace mucho aceptó estar enamorada de él. Pero también siempre quiso a Simon, sin atreverse a desearlo. Ahora ¿tiene el permiso?

 

Elizabeth también tiene un pretendiente desfavorecido, Spatafora (Samir Guesmi) amigo de sus hermanos, hoy un delincuente de poca monta, con el que pudo haberse casado, y que esta Navidad le deja de regalo una cadenita de oro con una medalla, no el colmo de la belleza, pero no carente de encanto. ¿Sería Elizabeth una dramaturga de haberse casado con Spatasfora? Y este, ¿habría en tal caso zafado de una vida delincuencial? Sabrá Dios o el universo paralelo.

 

Como bien puede deducirse, es un film navideño, pero alejado de las ñoñerías habituales. Habla de reencuentros, sí, pero sin las boberas entusiastas de una superación amortizada a plazos. Como en la vida, no hay cambios drásticos ni definitivos. En los días que atestiguamos, todos son sacudidos emocionalmente. No sabremos a ciencia cierta en qué medida el sacudón los modificará. Junon obtiene su transfusión de médula. ¿La aceptará su cuerpo, le dará una larga y buena sobrevida? Como Elizabeth elegimos creer que sí. Después de todo, si hay que completar el cuento, que sea con la mejor de las probabilidades. ¿A quién no le gusta un final feliz?

Gustavo Monteros


viernes, 15 de noviembre de 2024

Historias dos veces contadas - Hoy: The End of the Affair


 


En las historias de amor, ¿qué impedimentos obstaculizan el final feliz a toda orquesta? A juzgar por Romeo y Julieta, La dama de las camelias, Titanic, Juventud divino tesoro, La strada, Ojos negros o Lo que queda del día, para mencionar algunos ejemplos pertinentes, los sospechosos de siempre serían el destino, la muerte, los mandatos sociales, las fallas personales insalvables o el peor de todos los castigos, la maldita mala suerte.

 

En su novela The End of the Affair (El fin de la aventura, según la traducción de Ricardo Bazza para la editorial Sur en 1952), Graham Greene, como no era hombre de andarse con chiquitas, elige como impedimento para el final feliz al supremo obstáculo si los hay: Dios, el mismísimo, el único que viste y calza. Por eso la novela por título y trama parece ser de amor, pero en realidad es de fe y las dificultades para acceder o permanecer en ella.

 

En cine la novela tiene hasta la fecha dos versiones, que como en el caso de Speak No Evil, que comentábamos hace poco, pueden verse una detrás de la otra, sin que perdamos interés, y esta vez no porque haya dos finales distintos, si no porque las circunstancias menores o aledañas son distintas y compararlas o contrastarlas le da sabor a la visión de las dos en sucesión.

 

La primera es de 1955, (que se dio con el título de la traducción de la novela o sea El fin de la aventura) la dirigió Edward Dimytryk, con guion de Leonore J. Coffe y el protagónico (nos ponemos de pie y cantamos un himno) de Deborah Kerr y Van Johnson (elegimos un comportamiento caballeroso y reprimimos la chiflada). Y llegué a ella por andar repasando la carrera de la Kerr en los años cincuenta. (El cinéfilo es un inadaptado con sus paraísos intransferibles, a veces soy feliz, ¡envídienme!)

 

La segunda es de 1999 (buen año para mí, escribí y protagonicé una obra que fue apreciada, angelada y exitosa) y es una de mis favoritas. La dirigió Neil Jordan, sobre guion propio y la protagonizaron Ralph Fiennes, el talentoso, y su majestad (nos ponemos de pie y vivamos tres hurras por su majestad) Julianne Moore. (Se la distribuyó rebautizada como El ocaso de un amor)

 

Y sin olvidar ni menoscabar, el cuarto en discordia (el tercero es Dios) o sea el marido, en la primera versión es Peter Cushing (en una de sus actuaciones más “serias” dado que el hombre sería uno de los reyes del género de terror) y en la segunda versión, nada más ni nada menos, que el bueno de Stephen Rea en una actuación tan conmovedora que dan ganas de adoptarlo.

 

La trama viene de triángulo habitual. Durante el bombardeo de Londres en la Segunda Guerra Mundial (el Blitz que le dicen), un novelista, Maurice Bendrix (Van Johnson / Ralph Fiennes) se enamora de Sarah Miles (tocaya de la actriz que descolló en los años sesenta y setenta, sobre todo en La hija de Ryan, David Lean, 1970) (o sea Deborah Kerr / Julianne Moore), que está casada con un alto funcionario, Henry Miles (Peter Cushing / Stephen Rea). La relación es pasional y poco les importa el bombardeo, tanto es así que uno los sorprende en plena cama. Él se había levantado para ver si la casera se había ido al refugio y Sarah podía salir del departamento y la explosión lo agarró en el pasillo. Sarah lo cree muerto y vuelve al cuarto a rezar y pedirle a Dios lo imposible, que lo devuelva a la vida, a cambio ella ofrece el sacrificio de no verlo más. Y al rato no va que Maurice se le aparece vivito y coleando. Cueste lo que le cueste, ella decide cumplir la promesa, ¿podrá?

 

Este es el núcleo y está respetado en las dos películas, todo lo demás es distinto. La relación entre Henry y Maurice, el hombre de fe que ayuda a Sarah, en un caso un polemista, en otro un sacerdote, la relación entre Maurice y Albert Parkis, el detective que contrata Maurice en nombre de Henry para que espíe a Sarah, cuando ya no está relacionada con Maurice, el hijo de Albert Parkis, un detalle en la primera, crucial en la segunda, el breve período en el que Sarah y Maurice son felices, que ocupa un momento en la primera y otro muy diferente en la segunda, el resurgimiento de la pasión en Maurice, bastante torpe en la primera (¿quizás más cercana a la novela original?, no lo sé, leí mucho Greene, pero me salteé esta novela, mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa), más lógica en la segunda versión, etc.

 

Eso sí, la segunda versión corrige la ridiculez de la primera de sacar a Sarah de la cama en la que está convaleciente para mandarla otra vez a la cama a los minutos. Y enriquece de paso la relación de Maurice con el detective, en la primera más allá de la impecable actuación del gigante de John Mills (como la mencioné digo de paso que Mills ganó el Oscar como Mejor actor de reparto por La hija de Ryan, ¡quien lo ha visto, no lo olvida!) luce desperdiciado, en cambio el bueno de Ian Hart, en la segunda, tiene una relación más desarrollada con el personaje de Maurice, que se agradece con creces, porque tanto Fiennes como Hart pulen sus papeles y están maravillosos.

 

Y la verdad sea dicha, es tan espléndido lo de Julianne Moore que uno tiende a descuidar a Fiennes, que está glorioso en su relación con todos los demás personajes, sean estos la Sarah de Moore, el Henry de Rea o el Albert de Hart, y por supuesto el omnipresente (a la vez no presente, por problemas de cachet) Dios.

 

Dios es Dios y cuando se inmiscuye, la cosa se complica (dos Testamentos hay para comprobarlo), pero aquí no hay motivo para que desate su ira porque nadie toma su santo nombre en vano.

Gustavo Monteros


viernes, 8 de noviembre de 2024

Deborah en los cincuenta - Hoy: Los héroes también lloran


 

Si el viejo Hollywood fuera una religión, Deborah Kerr sería una de sus santas tutelares. Por belleza, talento innato y virtud camaleónica de perderse en sus personajes, fue la antecesora de Maggie Smith, Meryl Streep, Cate Blanchett y Julianne Moore.

 

Su inmensa capacidad se daba tan por descontado que, aunque la nominaron a seis premios Oscar, jamás se lo dieron. La compensaron con uno a su trayectoria en 1994, cuando ya llevaba casi 7 años retirada. BAFTA (o sea la British Academy of Film and Television) se había disculpado por no haberla premiado nunca con un galardón honorífico en 1991 y el Festival de Cannes había enmendado el deshonor con un trofeo especial en 1984.

 

Su especialidad eran las damas inglesas que hoy se denominan "clásicas", es decir, personajes refinados y reprimidos, que atraviesan experiencias emocionales desgarradoras. Pero su versatilidad inmanente la hacía desmarcarse del encasillamiento y sorprendía con caracterizaciones alejadas de lo que se esperaba de ella.

 

Fue del drama a la comedia con la naturalidad con la que se respira y se pueden dar clases de actuación con cualquiera de sus trabajos.

 

Su carrera en cine se extendió desde 1940 a 1969, año en el que se retiró. Entre 1982 y 1987 hizo solo televisión. Y hasta 1987 también se extendió su labor en el teatro, que no tuvo hiato desde que asomó en los escenarios a fines de los años treinta.

 

La rosa inglesa, le decían, aunque había nacido en Glasgow, Escocia. Y si en las películas en blanco y negro podía parecer rubia, era una pelirroja natural.

 

Me encantaría repasar su carrera de cabo a rabo, por ahora me conformo con revisitar los filmes que hizo en los años cincuenta, década en la que consolidó su estrellato con títulos insoslayables como Las minas del rey Salomón, Quo Vadis, El prisionero de Zenda, Julio César, De aquí a la eternidad, El rey y yo, Té y simpatía, Algo para recordar, o Mesas separadas. Y conste que dejo fuera de esta lista títulos de igual valía, como el que hoy me ocupa. Los héroes también lloran (The Proud and Profane, George Seaton, 1956)




Estamos en 1943 en Noumea, Nueva Caledonia. Lee Ashley (Deborah Kerr) llega con otras a ocupar sus puestos en la Cruz Roja (no son enfermeras, son proveedoras de servicios, en un club deben preparar y servir sanguches y bebidas, jugar a las cartas y al ajedrez con los soldados, enseñar francés y música, y aunque no forma partes de sus ocupaciones estrictas, dar una mano con los heridos, eso sí, de entrar en relación sentimental o sexual con alguno de los soldados, son devueltas a casa de inmediato. En resumen, son una especie de geishas occidentales, enviadas a estos confines para que los soldados no pierdan sentido de humanidad.

 

La jefa de este servicio es Kate Connors (Thelma Ritter), pura sensatez, practicidad y sabiduría. Kate resistió el nombramiento de Lee, porque cree que esta viene solo a averiguar el trasfondo de la muerte de su marido en la batalla de Bloody Ridge en Guadalcanal.

 

Lee no tarda en conocer al teniente coronel Colin Black (William Holden) del que termina por enamorarse, pero nos quedamos cortos si calificamos a la relación de difícil. (Él no es un soldado raso por la tanto puede entablar con ella una relación sin que la manden de vuelta a casa, privilegios del rango)

 

En más de un sentido son opuestos perfectos. Lee pertenece a las clases altas, tiene educación, clase, y jamás pasó necesidades. Colin viene de las clases bajas, tiene sangre indígena, creció en orfanatos y casas de acogida y el ejército fue su salvación de un casi predeterminado destino de cárcel. Al refinamiento y sofisticación de Lee, ofrece tosquedad, rudeza, machismo y violencia, aunque la calle le ha dado flexibilidad, astucia, sentido común, el valor de la palabra y solidaridad de especie.

 

Ella es católica, él, ateo. Ella resiste sus avances, pero la vence la voracidad sexual que él le despierta. Lee cree que Colin es soltero y avizora una boda en el horizonte. Sin embargo, no tarda en descubrir que él es casado y cuando le recrimina la mentira, él la empuja y la hace rodar unos escalones de piedra que le provocan el fin del embarazo.

 

Colin va a combate y vuelve en estado de shock pidiendo ser perdonado. Suponemos que ella eventualmente lo perdonará.

 

En un principio ella tiene un alto concepto de sí misma. De a poco descubrirá que es injustificado. Le cuesta aceptar que debe trabajar con heridos. Es manipuladora, soberbia, poco solidaria, inmisericorde. Corregirá alguna de estas cortedades, pero el final la sorprende resentida y vengativa. Él es feroz, bestial, pero evidencia una sensibilidad que no ha sabido cultivar.

 

Hay dos subtramas, la del soldado Eddie Wodcik (Dewey Martin) y la del capellán teniente Holmes (William Redfield).

 

Eddie conoció a Kate de niño, cuando ella era servidora social en un barrio carenciado y él, casi un chico de la calle. Kate y Eddie se quieren mucho y aunque la relación es primordialmente materno-filial, por debajo hay un sustrato sexual. Eddie cree que su hermanita que murió en un incendio, de haber crecido se habría parecido a Lee, y establece con ella, a pesar de la diferencia de edad, una actitud protectora de hermano mayor y hasta se trompea por ella.

 

El capellán Holmes inicia su misión con una fe férrea que comienza de a poco a tambalear. Después de una escaramuza con el enemigo, hizo que los soldados más creyentes se arrodillaran a rezar, pero un enemigo, herido, no muerto como creían todos, hizo explotar una granada que mató a mitad de los arrodillados, algo que el teniente coronel Colin Black considera inaceptable, por la torpeza de los soldados y la ingenuidad del capellán. Este se obsesionará en preguntarse qué motivos pudo haber tenido Dios para hacerlo sobrevivir, llegará a inquietantes conclusiones.

 

Como se ve es un drama rico y potente, con diálogos elocuentes y reveladores, sentenciosos a veces, profundos, la mayoría. Se me dio por pensar que los dramas revelan no solo las inquietudes de los tiempos en que fueron escritos, sino también el modo en que las sociedades que los produjeron eligen verse y pensarse.

 

Hoy los dramas de relación no necesitan consideraciones filosóficas, sociológicas o psicoanalíticas para ser relevantes, por el contrario, van por los detalles, por mostrar cómo las relaciones se establecen y se desarrollan.

 

En los años cincuenta se necesitaba establecer primero un marco de referencia, hacer pensar en que lo que se daba por hecho podía analizarse, profundizarse, estudiarse.

 

Hoy, que esos deberes ya fueron realizados, se muestra cómo los conflictos se establecen, se dilucidan las conductas que llevan a ellos, las “fallas” personales que los permiten.

 

Pero esta página es sobre Deborah, y si antes pudimos explayarnos sobre su personaje es por la riqueza de su trabajo. En un plano elemental podemos decir que la labor de un actor o de una actriz es aprenderse la letra y hacer creíble, o al menos cercana, la escena en la que participa. Pero cuando lo hacen bien y con talento, iluminan una conducta humana, la develan, y al hacerlo trascienden lo humano y participan por unos instantes de la naturaleza divina. Hacen arte. Deborah sabía de estas cosas. Y mucho.

Gustavo Monteros


viernes, 1 de noviembre de 2024

Historias dos veces contadas - Hoy: No hables con extraños


 

En un principio pensé que se trataba de otra instancia de eso que está tan de moda últimamente y que yo llamo “original y fotocopias” Es decir el fenómeno comercial de cuando una cinematografía comercial de algún país produce un argumento, que es repetido, casi sin reelaboraciones, por otras cinematografías, como la argentina Corazón de león (Marco Carnevale, 2013) (la de Francella que es enano y Julieta Díaz se enamora de él) que hasta la fecha tiene una copia colombiana, Corazón de león, Emilio T.Caballero, 2015, una francesa Un homme à la hauteur, Laurent Tirard, 2016, una peruana El gran León, Ricardo Maldonado, 2018, una mexicana, Mi pequeño gran hombre, Jorge Ramírez Suárez, 2018 y una brasileña, Amor Sem Medida, Ale McHaddo, 2021.

 

La dinamarco-holandesa Speak no evil Christian Tafdrup, 2022, y la estadounidense-croata-canadiense Speak No Evil (No hables con extraños), James Watkins, 2024, caen dentro de la lógica habitual de make y remake.

 

Comencé por la estadounidense, porque el tráiler me dejó con las ganas de saber si James McAvoy acentuaba la “intensidad” de su personaje a propósito o si sufría de los efectos secundarios de los anabólicos a los que se somete para tener cuerpo de patovica. No prolongaré la intriga, es lo primero con arrebatos incontrolables de lo segundo.

 

(En la nueva serie de HBO, The Franchise, que divierte con moderación, porque la comicidad depende en exclusivo de la enajenación de todos los personajes, que están relacionados con el mundo de las narraciones visuales, cine, televisión, juegos, etc., el personaje del actor que hace Billy Magnussen sufre precisamente de meterse en el cuerpo anabólicos y aledaños para dar el supuesto volumen corporal que su caracterización requiere, lo que le provoca trastornos físicos y psíquicos. ¿La burla te alcanza, querido James?)

 

El argumento de las dos Speak No Evil es muy sencillo y tiene dos partes claramente discernibles. En la de James McAvoy, una pareja de edad mediana, Louise (Mackenzie Davis) y Ben (Scoot McNairy), padres de una hija preadolescente, Agnes (Alix West Leffer) veranean con un contingente en la Toscana. Allí conocen a la pareja compuesta por Paddy (James McAvoy) y Clara (Aisling Franciosi), también con un hijo preadolescente, Ant (Dan Hough). La paridad de sus situaciones (misma edad, hijos de edad parecida) los lleva a relacionarse, y congeniar en líneas generales. Las vacaciones terminan, cada pareja vuelve a su hábitat, pasa un corto tiempo, y Louise, Ben y Agnes son invitados por Paddy, Clara y Ant a pasar un fin de semana en la casa grande en la que estos viven, que queda en una comarca apartada, donde los celulares no reciben conexión satelital. Las peculiaridades de los dueños de casa surgirán sin restricciones y los invitados enfrentarán dilemas de pesadilla.

 

Por tratarse de una película anglosajona, las motivaciones de todos los personajes se explicitan (no hasta la obviedad, como acostumbran, pero sí con una claridad subrayada) y así sabremos que el matrimonio de Louise y Ben está más cerca de la disolución que de la continuación, con el perdón de la rima, que Agnes se resiste a abandonar la infancia, de ahí que no pueda estar sin su peluche, al que, sin embargo, olvida en todas partes.

 

También la relación de Paddy y Clara, y las historias que los llevaron a unirse serán dilucidadas en detalle y el final no se apartará de lo que el público aprendió a esperar.




La original del director dinamarqués Christian Tafdrup tiene otra agenda y a pesar de todo los que las dos películas tienen en común en su primera parte, pueden verse una después de la otra sin problema y con gran interés.

 

Como dijimos la apertura es paralela, el conocimiento en la Toscana y la invitación que surge a continuación, después todo es diferente.

 

El equivalente al matrimonio de Louise y Ben es la pareja compuesta por Louise (Sidsel Siem Koch) y Bjørn (Morten Burain) y la hija sigue llamándose Agnes (Liva Forsberg). Se nota que Bjørn y Louise no están muy cómodos en su matrimonio, pero los motivos nunca se desarrollan, están implícitos y abiertos a las contingencias que el espectador pueda atribuirles. Agnes sigue sin poder estar sin su peluche, pero igual lo pierde a la primera de cambio.

 

La pareja que los invitará a la casa perdida en regiones apartadas está compuesta esta vez por Patrick (Fedja van Huêt) y Karin (Karina Smulders) y el hijo se llama Abel (Marius Damslev). Y como con Louise y Ben, las circunstancias que los llevaron a unirse y ser cómo son no se perfilan con minucia, quedan al arbitrio del espectador.

 

Y como también ya mencionamos el final (siempre en versión thriller sangriento a toda orquesta en ambas) es muy distinto y hace hincapié en atavismos perdidos. En un momento Bjørn le preguntará a Patrick: ¿Por qué nos hacen esto? Y Patrick responderá: Porque ustedes nos lo permiten. Y por desgracia, cualquier parecido con la situación social actual de la Argentina no es pura coincidencia. O sea, machaco yo a mi vez: El mal no es invencible, solo se expande porque se lo deja.

Gustavo Monteros

viernes, 25 de octubre de 2024

Querido diario - Hoy: Una árida estación blanca


 

Cuando los diarios salían solo en papel, los obituarios eran formales, solemnes. Algunas películas y confidencias autobiográficas de escritores nos informaron que, en los tiempos de las oficinas de redacción, urgentes y pujantes, los recién iniciados en el periodismo se ocupaban de las gacetillas informativas sin ningún relieve o actualizaban los futuros obituarios de personas famosas.

 

O sea, el obituario era un work in progress que tenía su punto final el eventual día en el que la notoria o notable figura finalmente moría.

 

Hoy, en tiempos de inmediatez, de internet, redes, globalización automática, simultaneidad al segundo, las oficinas de redacción se han reducido al mínimo staff que se concentra en las noticias que constituirán la agenda informativa u operacional del medio, es decir los que decidirán que se pone en primer plano y que va bajo la alfombra, según los intereses del conglomerado al que pertenecen. Los demás pueden trabajar desde casa, o donde se hallen, y mandar su contribución por teléfono, mail, o el modo adecuado ya inventado o a inventar.

 

Entonces los obituarios pueden escribirse al momento de que muera el personaje en cuestión y no estar objetivamente prefabricados de antes. Esto hace que ahora sean más informales, personales o descontracturados.

 

Sobre todo, los obituarios de las personas de la cultura se han vuelto más la sentida despedida de quien lo firma que el listado seco de los logros del difunto. Que no están ausentes en este panegírico final, pero que se mezclan con los recuerdos del firmante. De allí que nos enteremos que se sedimentó de toda la carrera de tal o cual en la memoria de tal o cual crítico.

 

Por ejemplo, ante la reciente muerte de Donald Sutherland, el crítico cinematográfico de The Guardian, Peter Bradshaw, en su obituario termina la sucesión de logros insoslayables de Sutherland (Casanova, Federico Fellini, 1976, Novecento, Bernardo Bertolucci, 1976, MASH, Robert Altman, 1970, Gente como uno (Ordinary People), Robert Redford, 1980, Venecia rojo shocking (Don’t Look Now), Nicolas Roeg, 1973, El pasado me condena (Klute), Alan Pacula, 1971, Como plaga de langosta (The Day of the Locust), John Schlesinger, 1975, Doce del patíbulo (The Dirty Dozen), Robert Aldrich, 1967) con una nota personal: el recuerdo del cachetazo que un docente (Donald, claro) le pega a un director en Una árida estación blanca (A Dry White Season) de la martiniquesa Euzhan Palcy.

 

El dato concita mi interés de inmediato: soy un docente en actividad sujeto a directivos varios. Busco en mi baqueteada memoria y llego a la conclusión de que la vi, aunque lo único que recuerdo, a raíz de revisitar más datos, es que es la película por la que Marlon Brando volvió a la actividad en 1989, después de haber colgado los guantes con La fórmula (The Formula, John G. Avildsen, 1980) y por la que recibió una nominación al Oscar como Mejor Actor de Reparto. Recuerdo que se dijo que su personaje tenía silla de ruedas porque le costaba estar de pie mucho rato. Recuerdo también que era un abogado o algo así que defendía una noble causa por la que Marlon, más que nunca, masticaba los sonidos y hacía largas pausas significativas. Para dilucidar nieblas y lagañas de mi acicateada memoria, la busco y me pongo a verla.

 

La cosa es así. Estamos en Sudáfrica en 1976 en pleno apartheid. Ben Du Toit (Donald Sutherland) es un profesor de secundaria en una escuela para blancos. Un día, el hijo preadolescente de su jardinero, Gordon Ngubene (Winston Ntshona), es encarcelado después de una protesta pacífica por una mejor educación para los negros. En la cárcel es apaleado, torturado y eventualmente asesinado. Gordon le pide ayuda a Ben para esclarecer las cosas. Ben se niega por su confianza en la policía.

 

Gordon también termina preso y es torturado por el capitán Stolz (Jürgen Prochnow). A pesar de la oposición de su esposa Susan (Janet Suzman) y su hija Suzette (Susannah Harker), Ben se involucra en la causa de Gordon, que también es asesinado en prisión.

 

Ben, que cumple con la premisa de Tolstoi de que es imposible volver atrás una vez que se ha visto la verdad de algo, decide llevar el caso a la justicia, con Ian McKenzie (Marlon Brandon) como su abogado. Pierden como en la guerra, pero Ben gana el apoyo del defensor de derechos humanos, que trabaja como chofer Stanley Makhaya (Zakes Mokae) y de una periodista de sociales, Melanie Bruwer (Susan Sarandon).

 

Debido a esto Ben se convierte en un paria. Es rechazado por su entorno y segregado hasta por su esposa e hija. Lo echan del trabajo (el director lo llama traidor y es ahí cuando Ben le pega la cachetada que Peter Bradshaw no olvidó), aunque no se queda del todo solo, ya que se gana el apoyo de su hijo adolescente, Johan (Rowen Elmes).

 

Ben comprende que obtener justicia es imposible, que lo único que pueden hacer es reunir evidencia para dar a conocer en el exterior. La policía, incluso a través de la familia de Ben, lo sigue de cerca. Y como en las películas de los setenta, no hay otra salida que la muerte para los que se enteran de cómo son las cosas.

 

La película hoy luce mejor intencionada que lograda. Le falta el rigor del cine de Costa Gavras, el brío de las intrigas conspiratorias del cine francés y norteamericano de los setenta y las actuaciones, salvo por algunos grandes momentos de Sutherland, lucen superficiales, como si les faltara ensayo. Algo de eso hubo porque se filmó como se pudo, con las estrellas cobrando sueldos de convenios gremiales en vez de los suculentos estipendios que suelen disfrutar. Años más tarde, la directora Euzhan Palcy recibiría premios y homenajes por el compromiso de su obra y de esta película en particular. Después de todo, el filme lograba lo que sus personajes principales no pudieron conseguir: exponer al mundo las barbaridades engendradas por el apartheid.

 

De todos modos, la película me interpela y no por la cachetada (y mis deseos de propinársela a algún director injusto) sino por la reacción de la familia, que incluso llega a traicionar a Ben, que deja de ser un padre o un esposo y pasa a ser un renegado al que hay que enmendar, aunque la delación implique la muerte. En un mundo tan dividido, en el que el mundo exterior queda de un lado y la posición moral de uno de los miembros de la familia del otro, no se duda ni un segundo. Se elige la pertenencia al grupo mayor, al mandato social conocido, a seguir incluido en el status quo al que adhiere a toda costa. El pariente díscolo pasa a ser una cosa que puede, no peor, debe ser eliminada.

 

El 18 de diciembre de 2017 estaba en la esquina del teatro Liceo, Rivadavia y Paraná, participando de las protestas contra la reforma previsional que se discutía en el Congreso cuando se desató la feroz represión. Corrí con muchos otros por Paraná para el lado de Corrientes y la generosidad de un portero nos salvó de ser apaleados por los policías en motocicletas que nos perseguían. El portero no nos hizo entrar al hall del edificio donde trabajaba, sino que levantó la puerta rebatible del garaje, nos hijo entrar al mismo y bajó la puerta aislándonos del peligro. Éramos una señora mayor (apenas unos años más que yo, pero, aunque asumo mi edad, en mi mente siempre soy un joven Gregory Peck que pasea princesas por Roma), una chica trans, unos estudiantes universitarios, unos oficinistas y un repartidor de comida. Casi no hablamos la hora y monedas que estuvimos allí. En algún momento el portero nos convidó con agua fresca que dispuso en unos vasos descartables que compartimos. Más tarde bajó y nos dijo que ya nos podíamos ir, que la tele mostraba que la represión continuaba por otros lados. Le agradecimos con profusión, y como los hijos de Fierro seguimos cada cual su camino.

 

Extraños se solidarizaron conmigo, en cambio personas muy allegadas no. Expresaron en redes sociales su indignación por los daños a unas baldosas, por los desmanes de algunos manifestantes, y por la falta de civilidad de todos los que estábamos allí por no aceptar las decisiones de un gobierno que acababa de ganar las elecciones. Ninguna de esas personas tan cercanas a mí consideró que yo había estado allí, que había puesto el cuerpo como todos los que fuimos, que pudieron haberme hecho mucho daño físico, que pude terminar en la cárcel. En esos incidentes, para esas personas, dejé de ser un ser humano, por la simple razón de estar del otro lado. Es difícil vivir en una sociedad dividida.

Gustavo Monteros


viernes, 18 de octubre de 2024

Querido diario - Hoy: Dos potencias se saludan


 

Ginger Rogers en una carrera que se extendió por 60 años practicó todos los géneros forjados por el viejo Hollywood. Pero es recordada por haber sido, si no la mejor, sin duda la más emblemática pareja de baile del portentoso Fred Astaire.

 

Doris Day tenía una voz muy bella y agradable. Y si bien el sistema de estudios de hollywoodense la paseó por dramas potentes, su lugar de pertenencia fue el musical en versión comedia liviana. Pero se la recuerda por las deliciosas comedias que coprotagonizó con Rock Hudson.

 

En 1950 Warner Bros juntó a estas reinas del musical en ¡un drama testimonial! Storm Warning. Lo dirigió el ubicuo y eficiente Stuart Heisler, sobre un guion de los capaces y elocuentes Daniel Fuchs y Richard Brooks, este último también un director insoslayable.

 

Marsha Mitchell (Ginger Rogers) es una modelo veterana que gira por los Estados Unidos con un vendedor, que en vez de mostrar solo un catálogo, hace que Marsha exhiba la ropa en su cuerpo. Marsha aprovecha que el itinerario del bus en el que viajan hace escala en la ciudad en la que reside su hermana menor, Lucy (Doris Day) para bajarse y hacerle una visita de unas horas. Lucy se casó recientemente con un camionero, Hank Rice (Steve Cochran). Sin buscarlo ni quererlo, Marsha es testigo de cómo el Ku Klux Klan saca de la cárcel para ahorcarlo a un periodista que, al intentar huir, es asesinado a balazos. Dos de los encapuchados muestran sus rostros y Marsha los ve con nitidez.

 

Marsha se reencuentra con Lucy en el centro de recreación en el que Lucy trabaja de mesera. Marsha le cuenta lo que acaba de atestiguar y Lucy le dice que Hank les dirá qué es lo mejor que pueden hacer. Van a casa de Lucy, llega Hank y ¡oh, sorpresa! ¡es uno de los dos encapuchados que mostraron su rostro y es el que apretó el gatillo. (El otro es el jefe de Hank en el aserradero en el que trabaja y líder del Klan). Lucy no sabía que Hank estaba en el KKK y encima ¡está embarazada!

 

Por supuesto, como en todo drama testimonial hay dos vertientes. La personal que es la acabamos de delinear y la social o política que aquí involucra a un fiscal que quiere desbaratar el poder del KKK en la región, Burt Rainey (Ronald Regan).

 

Fuchs y Brooks manejan el conflicto con frontalidad y sin sutileza alguna y logran mantener el interés por la resolución todo el tiempo. Y como todo film pre años setenta, es celebratorio de las virtudes del sistema norteamericano. Puede que haya organizaciones paragubernamentales que consoliden poder, pero tarde o temprano la justicia las anula. En este caso hasta se sugiere pedagógicamente que las consecuencias luctuosas pudieron evitarse si se hubiera prestado testimonio a tiempo.

 

El drama personal tiene resonancias de Tennessee Williams. ¿Hermana mayor que visita a hermana menor casada con un camionero musculoso y sexy? ¿Alguien mencionó El tranvía llamado Deseo? Esta obra se había estrenado en diciembre de 1947 y llegaría al cine en el mismo año que este Aviso de tormenta (rebautizado en estos pagos como ¿Acusaría usted?)

 

El paralelismo con la obra de Williams acaba ahí. Marsha está lejos de la fragilidad de Blance Du Bois y da feroz pelea cuando Hank intenta violarla. Hank, al igual que Stanley Kowalski, es prepotente, tosco, violento, sensual, pero al contrario de Kowalski, que es la quintaesencia de lo que hoy llamaríamos la masculinidad tóxica, y por lo tanto, narcisista y autosuficiente, es dependiente y servicial de su jefe en el Klan y patrón en el trabajo.

 

La admiración y el deslumbramiento del aquí solo guionista Richard Brooks por Tennessee Williams se patentizaría en que Brooks llevaría al cine, no uno sino dos de los dramas capitales de Williams: Cat on a Hot Tin Roof (La gata sobre el tejado de zinc caliente, 1958) y Dulce pájaro de juventud (Sweet Bird of Youth, 1962)

 

Una peculiaridad de esta película. Aquí el KKK no centra su hijaputez en un accionar racista, sino en un crimen contra un periodista blanco, que amenaza con denunciar el fraude practicado por la cabeza local del Klan, que se quedaba con un alto porcentaje de las contribuciones de los adeptos. Se subraya entonces que además de asesinos son corruptos.

 

A juzgar por las fotos del detrás de escena de la filmación, Ginger y Doris congeniaron muy bien. Se llevaban diez años, Ginger había nacido en 1911 y Doris en 1922, pero como Roger había empezado su carrera de muy jovencita, Day se había criado admirándola.

 

Esta película es buena y resistió el paso del tiempo. Aunque lo hubiéramos preferido, ¿hubiera sido mejor que estas dos superpotencias del musical anduvieran a los cantos y bailes? Ya nunca lo sabremos. Otro de los misterios del universo.

Gustavo Monteros