viernes, 16 de junio de 2023

Programa doble: El gran impostor - Atrápame si puedes



Ferdinand Waldo Demara Jr y Frank Abagnale Jr ratifican aquello de que la realidad supera a la ficción.

 

Ferdinand, apenas con estudios básicos completos, se hizo pasar por marine universitario, monje trapense, guardiacárceles licenciado y cirujano.

 

Frank, sin terminar el secundario, se agregó algunos años en documentos falsificados y se hizo pasar por piloto de aerolíneas comerciales, médico clínico y abogado.

 

En ambos el Junior pesaba. Idealizaron a sus padres y cuando estos fracasaron rotundamente, y del sueño americano pasaron a la pesadilla de la que no se despierta, se hicieron pasar por otros en un intento de ayudarlos a recuperar el paraíso perdido de casas acogedoras, esposas amorosas y bienestar económico continuo.

 

Estos dos estafadores camaleónicos no perseguían el lucro en primera instancia, aunque se volvieron expertos en meter el perro (sobre todo Ferdinand Waldo) y en falsificaciones exquisitas (sobre todo Frank).

 

Cuando les tocó ser médicos, Frank eligió ser jefe para derivar o constatar, y así evitar el peligro de hacer daño. Waldo estudió y se preparó autodidácticamente y cuando tuvo que pasar a la práctica, en teoría al menos estaba ducho. Y hasta se dio el lujo de operar a 19 pacientes, uno detrás del otro, se desempeñaba como cirujano de guerra en Corea y la celeridad era un prerrequisito para salvar vidas.

 

A Waldo no lo perseguía nadie y lo pescaban más por la corroboración de los datos mentidos que por pericia policial. En cambio, el juvenil Frank era seguido de cerca por un agente del FBI, Carl Hanratty, tan tenaz como obstinado, no en vano, esposa e hija se lo sacaron de encima por anteponer el trabajo a la familia.

 

Las proezas de ambos personificadores fueron materia de best-sellers tan populares que terminaron en películas.

 

En 1960 hicieron la de Ferdinand Waldo Demara Jr. La dirigió Robert Mulligan y la protagonizó Tony Curtis, al que por entonces le explotaban su simpatía arrolladora, de ahí que el tono imperante fue de una comedia con escasos toques dramáticos.

 

En 2002 hicieron la de Frank Abagnale Jr. La dirigió Steven Spielberg y la protagonizó Leonardo DiCaprio, actor por entonces joven al que le explotaban su vena dramática, de ahí que el tono imperante fue el de un thriller con derivaciones de melodrama. Carl, su perseguidor, fue encarnado por Tom Hanks, que unos veinte años antes habría podido ser un buen Frank.

 

La de Ferdinand Waldo Demara Jr se llamó The Great Impostor / El gran impostor y con suerte se la puede ver online.

 

La de Frank Abagnale Jr se llamó Catch me if you can / Atrápame si puedes y se la puede ver tanto en Amazon Prime Video como en Netflix.

 

Los gurúes de la autoayuda insisten con que si no se está de acuerdo con uno mismo, se debe intentar ser otro. Ferdinand Waldo y Frank llevaron la premisa con inusitado éxito hasta las últimas consecuencias y se convirtieron en figuras románticas incapaces de aceptar los condicionamientos de una sociedad que los condenaba a la oscuridad, la miseria, el escarnio por falta de oportunidades. Por las dudas no se recomienda hacer lo mismo. A menos, claro, que se tenga la inteligencia, la astucia, las habilidades necesarias, en cuyo caso, sí. El mundo está tan corrido para el lado de la injusticia, que cualquier intento de corregirlo es bienvenido. Incluso si es punible.  Y no es una incitación al delito, no, más bien es una invitación a pulir talentos que no siempre se estimulan.

Gustavo Monteros

 

 

viernes, 9 de junio de 2023

Programa doble - Hoy: Antoinette dans les Céveness - À plein temps


 Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Antoinette dans les Cévennes - À plein temps

Actuar es iluminar un comportamiento humano. Traducirlo, desentrañarlo, exponerlo para que todos podamos comprenderlo, dilucidarlo, aprehenderlo.

Actuar es jugar a saber de qué va la vida.

Actuar es refugiarse a la sombra de Dios cuando se cansa de ser omnipotente.

Eso que hace Laure Calamy tan bien es actuar.

Calamy en Antoinette dans les Cévennes (Caroline Vignal, 2020) es, claro, Antoinette, una maestra de música de primaria a la que la soledad la tiene a mal traer. Tiene una relación clandestina con el padre de una de sus alumnas, Vladimir (Benjamin Lavernhe), quien le ha prometido pasar las vacaciones de verano con ella, pero a último momento le dice que su futura exmujer, Eléonore (Olivia Côte) lo ha incluido en la excursión del Camino de Stevenson, que harán con su hija, Alice (Louise Vidal). Antoinette debe esperar a que él vuelva para pasar algunas horas de vacaciones juntos. Antoinette acepta, pero el desbarajuste hormonal que la llevó a vestirse para la fiesta de fin de curso como si anduviera por la pasarela de Cannes en la gala nocturna, la compele a inscribirse también en la excursión al Camino de Stevenson, paseo senderista que recrea el que hizo el escritor Robert Louis Stevenson en 1878, por Cévennes, durante 12 días a lo largo de 200 kilómetros para olvidar un amor prohibido. (Cualquier similitud con lo que Antoinette debe hacer no sería pura coincidencia) El ahora itinerario turístico, como la travesía que encaró Stevenson, se hace por postas e incluye la ayuda de un burro. A Antoinette le toca Patrick con el que es muy difícil congeniar. Antoinette que bordea siempre la cornisa de la vergüenza ajena, les ha contado a sus compañeros de viaje el por qué se ha unido a la travesía, de modo que todos la esperan con ansía en la cena en cada posta para enterarse de las novedades. Como es de prever, habrá desengaños, verdades develadas, relaciones imprevistas y por supuesto (o no) el cariño y el respeto del burro que no es tan burro. La película fue un éxito sorpresivamente descomunal en la Francia de origen que se hubiera multiplicado de no verse interrumpido por la aparición de la Covid. Éxito nada inaudito si se lo explica por el arrollador talento de Calamy.



En À plein temps (A tiempo completo, Eric Gravel, 2021), Calamy es Julie Roy, la madre de una hija pequeña, separada, que trabaja como servicio de limpieza en un hotel de lujo de París (según parece por esta película y por otras que tratan temas similares, los ricos son inmundos a la hora de darse permisos en la intimidad, como vomitar donde sea o emporcar muebles y paredes con caca). A Julie se le viene el cumpleaños de la hija, a la que quiere regalarle una cama elástica, el exmarido no contesta las llamadas, tiene que saltarse el cumplimiento estricto de algunos turnos para asistir a unas entrevistas de trabajo que podrían significarle conseguir uno más acorde a su formación, los tiempos duros no estimulan la solidaridad de pares entre las mucamas del hotel, la señora muy mayor que le cuida a la hija no quiere hacerlo más y no es fácil hallar quien la supla, y para colmo de males hay en París una huelga general de transporte por tiempo indeterminado y como Julie y su hija viven a varios kilómetros de París, llegar a horario al trabajo y a las entrevistas se complica con cada día que pasa. À plein temps es lo que podríamos denominar un thriller laboral. Los asesinos y los crímenes son los de un sistema económico que se ha olvidado del hombre. Y el suspenso se crea sobre la posibilidad de la restitución de derechos básicos, como los de vivir con una dignidad mínima. Julie en su agitado camino acertará, meterá la pata, fortificará la paciencia, la perderá, se caerá, se repondrá y nosotros siempre estaremos con ella, porque al ser corporizada por Calamy, la adhesión está garantizada. Calamy hace lo humano más humano. Descubrirla es amarla.

Gustavo Monteros

 

viernes, 2 de junio de 2023

Programa doble: Mary, Mary - Esa extraña sensación


 

Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Mary Mary - Esa extraña sensación 

Me pongo a leer Osvaldo Miranda, el comediante de Mario Gallina sobre vida y obra del actor mencionado en el título, uno de los que más he admirado. Cuando el libro repasa su trayectoria teatral, me entero que durante dos temporadas, las de 1963 y 1964, para extender la química que tenían con la actriz Irma Córdoba, rapport  escénico explotado entre 1958 y 1962 en la telecomedia Mi marido y mi padrino, hicieron la comedia Mary, Mary de Jean Kerr. Como no la conocía, me puse a ver qué averiguaba sobre ella. Descubrí que había sido llevada al cine en 1963 con Debbie Reynolds y Barry Nelson en los protagónicos, dirigidos por el ubicuo Mervyn LeRoy que venía de dirigir el insoslayable musical Gypsy (1962) con Rosalind Russell, Natalie Wood y Karl Malden. Como se la hallaba online en inglés por ahí, me puse a ver Mary, Mary.


Tras varios meses de separación, Mary (Debbie Reynolds) y Bob (Barry Nelson), a instancias del contador de ambos, Oscar (Hiram Sherman) vuelven a reunirse en el departamento de Bob para resolver algunos asuntos fiscales. Cuando el divorcio salga, Bob se casará con Tiffany (Diane McBain), una rica heredera, fanática de los alimentos sanos. Y a Mary, un cliente de Bob, que es editor de libros, al margen de discutir una autobiografía que hará olas, intentará seducirla. Se trata de Dirk Winsten (Michael Rennie) una estrella de Hollywood.


LeRoy no intenta disimular el origen teatral del material. La trama, salvo breves excepciones, transcurrirá por entero en el departamento de Bob. Habrá enredos, gags, caracterizaciones muy peculiares y un diálogo veloz e inteligente. Característica esta última que extrañaba de las comedias contemporáneas, que suelen desenvolverse sin una línea, no ya recordable o citable, sino decente.



Me pongo a ver en el mismo sitio otra película, That Certain Feeling (Esa extraña sensación, Melvin Frank, Norman Panama, 1956) basada en otra obra de Jean Kerr (King of Hearts). No es tan buena como Mary, Mary (quizá porque está forzada para ser un vehículo de lucimiento para Bob Hope), pero tiene lo suyo.


Larry Larkin (George Sanders) un historietista muy popular está perdiendo el “toque” con su personaje insignia, un chico inocente y travieso, por su intención de postularse para la política. Su agente y su secretaria, Dunreath (Eva Marie Saint) con la que va a casarse, desesperan. A ella, para salvar al autor y al personaje, se le ocurre contratar como “negro” (autor encubierto, cuya colaboración permanece anónima) a su exmarido, el también historietista, Francis X. Dignan (Bob Hope).  Hay también un sobrino de Larry, niño de 10 años recientemente huérfano, al que deberá adoptar y una mucama negra y pícara que canta como los dioses, como que es interpretada por la genial Pearl Bailey. Y un par de perros para subrayar que es un producto familiar.


Aquí habrá también enredos (más que en la anterior), gags (más que en la anterior, no en vano estamos en una “comedia” de Bob Hope), caracterizaciones muy peculiares (mucho más forzadas que en la anterior) y un diálogo veloz e inteligente (en realidad más veloz que inteligente). De todos modos tiene más chistes por minuto que todas las comedias de Netflix y Prime Video juntas.


Uno no puede menos que defender lo que uno es. Soy un hombre viejo, que se crió frecuentando las comedias de los grandes maestros (Billy Wilder, Howard Hawks, Preston Sturges, Ben Hecht, Neil Simon, Noël Coward, Sacha Guitry, Eduardo de Filippo, etc.) y no me resigno a que la comedia contemporánea sea tan poco brillante, tan escasa de ideas, pura fórmula tonta, balbuceo ininteligible. No sé, creo que tiene que haber continuidad, no decadencia.

Gustavo Monteros


Ah, en realidad a Jean Kerr la conocía, Please don’t eat the daisies (aquí se llamó Éramos tan felices, Charles Walters, 1960), aquella divertida comedia familiar con Doris Day, David Niven, cuatro niños que se las traen y un perro tan grandote como cobarde, se basa en una novela suya. Se le agradecen las risas y ¡las buenas líneas! 



viernes, 26 de mayo de 2023

Programa doble: La fórmula ganadora de Jerry y Marge - El gran Maurice


Programa doble, sección en la que repasamos dos películas con aspectos en común.

Hoy: Jerry & Marge Go Large y The Phantom of the Open

 

En Jerry & Marge Go Large (La fórmula ganadora de Jerry y Marge) (David Frankel, 2022), Jerry (Bryan Cranston) es un as de las matemáticas. Un genio desperdiciado, como le dice su hijo. En el trabajo fue pasado por alto, dejado de lado, dado por sentado, lo que fuera para no admitir su capacidad infrecuente, admitirla hubiera significado reconocer la propia mediocridad, y los mediocres prefieren intrigar, mentir, negar antes que asumir la brillantez que les fue negada. Y como son legión, el brillante, tímido, bueno, generoso Jerry tiene destino de oscuridad. El mundo es lo que es, un lugar cruel, egoísta, miserable. Por eso los compañeros de trabajo y lo que es peor, los jefes, están felices de sacárselo de encima, jubilándolo al fin. Y aunque Jerry es muy sociable, con amigos, parientes, vecinos que lo quieren y respetan, no es muy feliz, porque su peculiar destreza lo aísla, no puede dejar de ser lo que es, reducir todo, a toda hora, a una ecuación matemática. Como reconocerá con dolor a esposa Marge (Annette Benning) cuando su hijo le habló del primer amor, estaban en un bote de pesca, y él en vez de escucharlo, calculaba cuanto tardarían en volver a lo orilla según las distintas frecuencias, la de usar el motor a tal velocidad o los remos. Y ahora, jubilado, se desalienta más que se aburre, en el trabajo no usaban su talento, pero podía fingir que lo hacían y se entretenía calculando variantes que nadie usaba. Pero como las matemáticas no pueden frenarse jamás en su cabeza, un buen día descubre que hay un juego en la lotería que ofrece en el rebote una alta probabilidad de ganar. Lo comprueba sin contárselo a su esposa, pero cuando esta se entera, en vez de enojarse, se asocia, y como pasa ante imprevistos impensados, la relación florece y hasta vuelven a conjugar el sexo olvidado. Y esta felicidad repentina desata en ellos su generosidad en ciernes y participan del secreto a los habitantes del pueblo en que viven. Pueblo que languidece hacia su improductividad total porque el capitalismo versión neoliberal mata más rápido la hierba que el caballo de Atila, y entonces…




En The Phantom of the Open (El gran Maurice) (Craig Roberts, 2021) Maurice Flitcroft (Mark Rylance) no sabe muchas cosas, pero sabe querer. Cuando su esposa, Jean (Sally Hawkins) antes de serlo, le confesó que no estaba sola en el mundo, que tenía un hijo, Michael (Jake Davies), él la quiso más y se casó con ella. Tendrían después mellizos, Gene (Christian Lees) y James (Johan Lees). Y cuando el Thatcherismo iba a reducir el personal del astillero donde Maurice era un operador de grúas, Jean lo insta a que se concentre en él y cumpla algún sueño postergado. Pero él ya ni se acuerda de qué sueños tenía, se despojó de toda ambición para darle a sus hijos lo mejor que podía alcanzar, y entonces se le ocurre que podría ser el golf, y como puesto a imaginar no es de andar con chiquitas, no piensa en practicar los fines de semana, sino de participar y ganar el Open de Inglaterra. Aunque persiste un pequeño inconveniente, no sabe nada de golf, o solo lo que sabemos todos por la tele o por las películas. Y como las arbitrariedades de los certámenes no tienen mucha lógica, logra inscribirse y participar. Se prepara lo mejor que puede, se atiborra de reglamentos, compra el equipo más barato que no es muy bueno precisamente y entrena a hurtadillas, porque otro camino no le queda, el golf no es para obreros de un astillero, suena amplio y abarcador en los papeles, pero en realidad es más snob que el protocolo para estar en las carreras de Ascot. Y llega la hora de la verdad, participa en el Open y obtiene un record, el peor desempeño que tuvo jamás un jugador. Eso le dio una fama chiquita que le alcanzó para ir a programas de televisión a repetir los bochornos, y divertir a los crueles y a los inocentes. Afuera el Thatcherismo destruía todo lo que estuviera en su camino de acumular riquezas para los ricos, y Maurice y Jean pierden su casa y se van a vivir a un tráiler más chico que su suerte. Y cuando la cuerda está por cortarse, el casi milagro. Si el mundo siempre fue un pañuelo, ahora que estamos interconectados (por entonces solo por el cable, la internet y las redes sociales no se usaban todavía) es un pañuelito, por eso su pésima actuación deportiva no pasó desapercibida y en las excolonias o sea los estados que se dicen unidos, es el Santo Patrono de los Negados para el Golf, con premios y un certamen con su nombre. Entonces…

 

Las tramas de estas dos películas no surgen del delirio creativo de trasnochados guionistas, sino más bien del Créase o no de la realidad. Y por eso tienen finales agridulces y no finales felices a toda orquesta. Puesto en la obligación el mundo puede ser generoso y no munificente. Sin embargo estas dos películas reverdecen la esperanza de que las segundas oportunidades y las alegrías de ser alguna vez lo que se es de verdad no es un mito de cine, un cuento de hadas para adultos, la plegaria cumplida de un santo que se levantó de la siesta, sino la concreción no muy frecuente de los sueños que persisten bajo la almohada sin que nadie ya los recuerde.

Gustavo Monteros

viernes, 19 de mayo de 2023

Programa doble: El amor en su lugar - Tercera llamada

Continuando con nuestra sección de Programa doble, repaso de dos películas con aspectos en común, hoy: El amor en su lugar y Tercera llamada.

 

Como se sabe, el teatro es celebración de vida. Y se puede decir también que lo que se ve en el escenario es solo la punta del iceberg, y lo que hay debajo, lo que pasa detrás de escena, puede ser grande como para hundir un transatlántico o apenas un dadito para completar el aperitivo. Pero si en una oficina, las emociones se ocultan, en el teatro se enmascaran para potenciar lo que se muestra al público. Toda actividad humana tiene una corriente submarina de amores desencontrados, envidias irresueltas, solidaridades inesperadas y odios imperecederos. Ah, pero las del teatro…

 

En El amor en su lugar (Love gets a room, Rodrigo Cortés, 2021), la actriz Stefcia (Clara Rugaard) debe decidir si fugarse con su examante, al actor, autor y compositor, Patryk (Mark Ryder) o si quedarse con su nuevo amor, el actor y cantante, Edmund (Ferdia Walsh-Peelo). La cuestión no solo es sentimental sino de vida o muerte, porque Stefcia debe resolver su dilema mientras representan El amor en su lugar, la comedia que escribió Jerzy Jurabdot  para entretener a quienes sobrevivían en el gueto de Varsovia en 1941. Sí, ese es el espacio-tiempo del dilema de Stefcia. Durante la función, ella barajará, negociará, alternará opciones. El resto del elenco y los músicos (porque de una comedia musical se trata) tiene sus propias cuitas no menos urgentes y desesperadas. Encima en mitad del espectáculo, aparece un nazi feroz que amedrenta a público y oficiantes por igual porque tiene el gatillo de tan fácil, facilísimo.

 

Sobre un hecho real (la obra que da al título de la película se escribió y se representó en un teatro del gueto antes de que empezaran las deportaciones) los guionistas Cortéx y David Safier construyeron una ficción atrapante que se transforma sobre el final en un homenaje al teatro. Un dato, la obra original de Jurandot no tiene canciones, se las agregó Cortés por necesidad dramática de su guión, las letras son suyas y la música es de Víctor Reyes.

 

Esta película pasó desapercibida, aunque no debió ser así. Se filmó antes de la pandemia y se esperó a que los cines se reabrieran para ser distribuida. Su público natural, los adultos con interés por películas serias, no había vuelto a las salas para ese entonces y se perdió entre las ofertas pochocleras para adolescentes. Merece ser redescubierta. No es perfecta, pero si valiosa.




   Pensé que Tercera llamada (Francisco Franco Alba, 2013) era una comedia brillante. Es una comedia, pero no brillante, más bien un tanto oscura. Isa (Karina Gidi) una puestista mexicana a cuatro semanas de estrenar una versión de Calígula de Albert Camus, con una monumental escenografía lista, con el vestuario en los últimos toques y los actores del numeroso elenco con la letra aprendida, decide que su puesta está equivocada, que “ahoga” el texto de Camus con tanta grandilocuencia y tira todo por la borda. Hay que empezar de cero, ahora todo será de una sencillez espartana, cuatro columnas, togas y de vuelta a Roma (en su concepción original la hacía transcurrir en la Italia fascista, con la monumentalidad que la caracteriza). Habrá resistencias, llantos, portazos. Perderá a su protagonista masculino, lo reemplazará por una actriz. Y las cuatro semanas se perderán en un caos de idas y vueltas y se llegará a la noche de estreno en un apocalipsis, no de metáfora sino de literalidad bíblica. Pero ya se sabe también, el actor es un bicho resistente que sabe que el show debe continuar y que en esa misión le va la vida, y hasta puede volver del carajo un mundo que se fue para allá y está de lo más instalado. El elenco es parejo en expresividad, desparpajo (si le toca) y patetismo (si le toca). Se destacan Irene Azuela, como Julia la actriz que asume el personaje de Calígula, Cecilia Suárez como una diseñadora de vestuario con urgencias sexuales que sacia con un tramoyista, Chippen (Víctor García) así apodado porque fue un stripper en un Chippendale, Mariana Treviño como Ceci, la delirada asistente de dirección, Fernando Luján como el actor viejo que nunca se rendirá, Anabel Ferreira como una representante y relacionista pública que no se aparta de su petaca ni aunque vengan disparando cañones, y una participación especial de la legendaria Silvia Pinal como una delegada del gremio de actores que se las trae. Hay cameos de Julieta Venegas, Ana Ofelia Murguía y otros figurones mexicanos que se me pierden porque no soy experto en su cine.

 

El film se cierra con Acuario, deja que entre el sol del musical Hair, y es apropiado porque por más nublado, encapotado, tormentoso que el cielo venga, el actor siempre deja entrar el sol, después de todo es su oficio, ¿no?

Gustavo Monteros

viernes, 12 de mayo de 2023

Festival LGBTQ+ - Novena jornada


 

Y como todo llega a su fin, concluyo con esta jornada mi primer festival Festival LGBTQ+.

Comienzo con Blue Jean (Georgia Oakley, 2022). Estamos en Newcastle en 1988. Jean (Rosy McEwen) lleva una vida partida. De día es profesora de Educación Física en una escuela secundaria, de noche vive plenamente el romance con su novia Vivi (Kerrie Hayes) en pubs, discotecas o en el refugio para lesbianas pobres que ayuda a mantener. O sea que sus días transcurren entre el closet y la zona de confort. Pero no son tiempos para medias tintas. El Thatcherismo rige desatado y logró instituir el Artículo 28 que prohíbe la representación positiva de la homosexualidad en escuelas, clubes y sedes municipales. Y ya se sabe, el oscurantismo no admite tibiezas. Y menos si se trabaja con adolescentes que intentan la definición de sus identidades sexuales, ante los cuales no hay que postularse necesariamente como un modelo a seguir, pero si ser sinceros y consecuentes con las elecciones de vida adoptadas. Jean despierta nuestra adhesión y simpatía porque no hace nada heroico: desanda caminos tomados, mete la pata y aprende a recomponerse. Se trata de una película elocuente y astuta, que en vez de predicarnos, nos invita a cuestionar y cuestionarnos. Está actuada como los dioses y merece todos y cada uno de los premios que lleva ganados.


Continúo con Desobediencia (Sebastián Lelio, 2017). Esti (Rachel McAdams) aprehende en sus huesos que al nacer se pierde todo sentido de libertad. Uno, como ella, puede nacer en un ambiente cerrado a cualquier posibilidad que no sea la que promueven estrictamente, por identidad, por filosofía, por convicción religiosa. Sus raíces se asientan en la comunidad judía ortodoxa. Al haberse apartado su objeto de amor y deseo, Ronit (Rachel Weisz), Esti  negó su sexualidad y se casó con el amigo de ambas, Dovid (Alessandro Nivola), un hombre que no perdió su bondad y comprensión por más que esté inscripto en la severa tradición. O quizás tan solo ama a Esti con todo su ser. Pero Ronit regresa porque ha muerto su padre, un gran rabino, respetado hasta la veneración y deja vacante un puesto para el que Dovid es requerido por todos. Ronit es una fotógrafa de prestigio que ahora vive su vida sin restricciones de ningún tipo. Y Esti no pretende replantearse nada, pero la mera presencia de Ronit despierta lo ineludible. Disobedience significó para el chileno Sebastián Lelio (Gloria, Una mujer fantástica) la primera incursión en el cine de habla inglesa y fue una experiencia de la que no solo salió ileso sino justamente laureado. Y los brillantes Weisz, McAdams y Nivola engrosaron su estimable currículo gracias a esta película con actuaciones de las que siempre se sentirán orgullosos.



Y termino con The World to Come / Deseo prohibido (Mona Fastvold, 2020). Estamos en 1856 en Shoharie County. Abigail (Katherine Waterson) y Dyer (Casey Affleck) son dos granjeros que intentan reponerse de la pérdida de su pequeña hija. Y no ayuda a superar la tristeza que la tierra no sea pródiga y las condiciones climáticas inclementes. Una pareja sin hijos, Tallie (Vanessa Kirby) y Finney (Christopher Abbott) se muda a las vecindades y palia levemente el aislamiento. Pero una pasión irrevocable surge entre Tallie y Abigail. Y si los amores son difíciles de ocultar en una metrópolis, en tierras tan inhóspitas y deshabitadas se vuelven tan visibles como el sol. Dyer, sensibilizado tal vez por la pérdida sufrida, tiende a ser generoso. Finney, en cambio, es cruel y mezquino y ya la anécdota del perro que cuenta lo presenta como temible a la hora de la frustración. Esta película puede verse en Amazon Prime Video y ganó el Queer Lion de la edición 2020 del Festival de Venecia.

 

Y así damos por finalizado el Primer Festival LGBTQ+. No hay premiación porque es una muestra de divulgación no competitiva. De no mediar imprevistos, volverá. Muchas gracias.

Gustavo Monteros

viernes, 5 de mayo de 2023

Festival LGBTQ+ - Octava jornada


 

Se podría decir que esta octava jornada del Festival LGBTQ+ que me organicé con películas que en su momento no vi es de Retrospectiva porque la componen películas con algún grado de antigüedad.


La primera es de 1995. Se trata de Total Eclipse (distribuida en Argentina como El fuego y la sombra y en España como Vidas al límite) dirigida por Agnieszka Holland con guion de Christopher Hampton. Y se centra en el tormentoso amor que mantuvieron los poetas Verlaine (David Thewlis) y Rimbaud (Leonardo Di Caprio) La frase de venta del afiche decía: “Tocados por el genio, maldecidos por la locura, enceguecidos por el amor”. A confesión de partes. Por el tema se inscribe en la tradición conocida como “amor entre artistas”. Subgénero que se centra en amantes fuera de toda convención social, a los que las ataduras morales que constriñen al resto de los mortales no los abarcan. Después de los créditos introductorios, unos subtítulos nos informan que Verlaine fue un poeta de talento, pero que Rimbaud fue un genio adelantado a su época y precursor de lo que se conoció como poesía moderna. Bien, si con toda esta información no sabemos a qué atenernos, somos más despistados de lo que creemos. Pero cuando el genio de Rimbaud entra a escena está más cerca de ser un idiota (en el sentido médico del término) que en un genio. La supuesta genialidad nunca será expresada, es a lo sumo mencionada. Y cuando leen un poema suyo y el que lo escucha pone cara de anonadamiento, se le dice que el oscuro poema es literal y que dice lo que dice. Como el Mozart del Amadeus Peter Shaffer, llevado al cine por Milos Forman en 1984, Rimbaud tiene malos modales en la mesa, come con la boca abierta, eructa sonoramente y hasta se sube a la mesa y patea platos y fuentes. Pero en el caso de Amadeus, basta que la banda sonora inicie una melodía de Mozart para que nos enteremos (si no lo sabemos de antes) que el muchacho es un genio. En cambio aquí al no haber contraprestación de genialidad, Rimbaud queda como un bobalicón desesperado por llamar la atención. En otros momentos parece jugar con los límites de lo permitido en asuntos más graves como el dolor y la muerte. Y clavará un puñal en una mano, por ejemplo, para expresar que lo único insoportable es que no hay nada insoportable (sic). Verlaine lo imitará y tirará a su mujer embarazada al piso y más tarde dará con el moisés con el recién nacido contra la pared. Puede que eso les sirva a los creadores para sentir que expresan el corrimiento de los límites de la sensibilidad burguesa a los que nuestros poetas protagonistas hacen caso omiso. Puede ser, pero ningún espectador los premiará con la corona de Miss Empatía. Admiro a Di Caprio sin peros, sin embargo esta es la peor actuación que le vi. “Actúa” cada momento, con mucha “mecánica” los que están fuera todo mandato social, los otros con distintos grados de “sensibilidad”, pero su personaje carece de cohesión, y hasta de sentido. Thewlis sale ligeramente mejor parado, porque casi todo el tiempo baila al son que le toca Di Caprio, y la supeditación lo salva. Holland se aferra a un par de ideas visuales para prefigurar la muerte (el lienzo batido por el viento y la voz que dice: Adelante, adelante, adelante; además de la del soldado enemigo dormido / muerto) y pone su morbo creativo en desentrañarlas al final, cuando ya es tarde. Christopher Hampton es un dramaturgo / guionista de inmenso talento, pero aquí no tiene idea de lo que anda contando ni para qué, cubre su confusión con palabras esdrújulas, altisonantes que fracasan en darnos gato por liebre. Puede que en los noventa la propuesta pareciera “importante” (esos tiempos eran muy vacuos), pero hoy se rebela boba, infantil, insustancial, atentatoria contra la mínima inteligencia y el más ligero sentido común.




Por suerte, me va mejor con Behind the Candelabra de 2013, dirigida por Steven Soderbergh y guión de Richard LaGravanese sobre el libro de Scott Thorson con Alex Thorleifson. Trata de los seis años que compartieron cama y techo, el rimbombante pianista Liberace (Michael Douglas) y el joven Scott Thorson (Matt Damon). En realidad da cuenta del paradigma con que Liberace trataba a sus amores. Scott reemplaza a Billy Leatherwood (Cheyenne Jackson), otro pianista de talento, y Scott será reemplazado por Cary James (Boyd Holbrook) el cantante líder de un grupo pop, con coreografías incluidas, tipo los Jackson Five o The Osmond Brothers. El título es muy apropiado, veremos lo que se oculta detrás de los candelabros aparatosos que adornan el escenario y el piano en los números de Liberace. Este pianista de espectacular (nunca más literal el adjetivo) vestuario aislaba a sus jóvenes amantes en casas / palacios que alguien equipara a los castillos de Ludwig II de Baviera. Los trata y viste como príncipes, los hace a su imagen y semejanza (en el caso de Scott la cuestión incluye una cirugía estética para darle rasgos de parentesco genético), dieta de anfetaminas primero y cocaína después para controlar el peso, seguridad económica con regalo de casas, joyas, pieles (es ¡Liberace!) y la amenaza de una adopción legal para que en el futuro, nadie puede disputarles el testamento, etc. Pero más tarde que temprano, la jaula de oro se nota, porque por más de oro que sea no deja de ser jaula y el amante aislado quiere libertad, rebelarse. Para cuando esto sucede, Liberace ya está cansado de su capricho y la relación cae pendiente abajo. Y como se basa en el libro de Scott conoceremos con detalles las circunstancias. Un detalle, el Scott verdadero tenía 18 años cuando comenzó la relación y 23 cuando se acabó. Su reemplazante, Cary James también tiene 18 cuando el nuevo ciclo comienza. En el film tanto Damon como Holbrook ni por asomo dan tan chicos, pero sí jóvenes. Me parece que no se quiso acentuar ese aspecto para que nuestro morbo como espectadores se concentrara en otros. Tampoco falsean nada, Liberace no estaba fuera de la ley. La película de Soderbergh es iluminadora porque no juzga, ni pretende escandalizar. Y si no olvidamos que eran tiempos de clóset riguroso, en los que se podía jugar con la ambigüedad pero nunca con la verdad, el análisis se vuelve si no piadoso, muy comprensible. En resumen, un film valioso que da tela para cortar. Gran actuación de Douglas que da una caracterización respetuosa, que su padre, Kirk Douglas, haya sido en algún momento vecino del verdadero Liberace y que el gran Kirk fuera la única gran estrella que asistiera al servicio fúnebre de Liberace quizá tuviera algo que ver. Debbie Reynolds (solo 12 años mayor que Michael) hace de madre de Liberace en un par de escenas deliciosas. Fue su última película. Long live the queen! (or queens)




Termino con una antigualla, Staircase / La escalera (Stanley Donen, 1969). Fue la primera película de abierta problemática gay con estrellas. Hubo otras con estrellas por esas fechas (The Sergeant / El sargento, John Flynn, 1968, con Rod Steiger y John Phillip Law, Reflection in a Golden Eye / Reflejos en tus ojos dorados, John Huston, 1967) con Marlon Brandon y Elizabeth Taylor, pero estos ejemplos, los personajes (muy enclosetados) eran gay, no la temática de la película. Staircase fue un sonado fracaso de crítica y público. Se la tildó de burlona y despreciativa. Ni tanto ni tan poco. Es un poco cruel, pero no del todo impiadosa. Es verdad que refuerza los estereotipos que se manejaban por entonces, el gay afeminado, gritón, de lengua viperina, bitchy, digamos. Se trata de una pareja veterana de 30 años de vida en común, que no se quieren mucho individualmente ni al otro. Manejan una peluquería de hombres. Harry (Richard Burton) cuida una madre senil y postrada que está en el mismo departamento. Charlie (Rex Harrison) espera la visita de una hija de 20 años a la que nunca vio y la vista por una demanda legal que le hizo un policía por “solicitation” (requerir acceso carnal), la trama transcurre en Londres y en aquellos tiempos la homosexualidad era delito en Inglaterra. Las dos estrellas aceptaron participar en el film, siempre y cuando estuviera el otro. Pero cuando la filmación comenzó, Harrison, sobre todo, estuvo a disgusto con el personaje y los textos que le tocaba decir. Se nota, pero su profesionalismo, en especial en el manejo de tiempos y subtextos, hace que la sangre no llegue al río. Su personaje no está redondeado, pero lo perfila bien y nos comunica cómo debería ser. Burton está impecable. Y si se me permite un juego con el tiempo, Richard parece estar imitando a la Judi Dench de hoy, algo imposible, por supuesto. Harrison quedó tan enojado que se alejó del cine por 8 años, regresaría en 1977 con The Prince and the Pauper / El príncipe y el mendigo (Richard Fleischer) y con el pie izquierdo, tenía escenas con Charlton Heston al que no aguantaba desde cuando compartieron cartel en The Agony and the Ecstasy / La agonía y el éxtasis (Carol Reed, 1965) en la que la supuesta homosexualidad de Michelangelo Buonarotti era gambeteada olímpicamente. Es que Heston era muy machirulo y tenía el sentido del humor de una hormiga renga.  

Fin de la octava jornada

Gustavo Monteros

viernes, 28 de abril de 2023

Festival LGBTQ+ - Séptima jornada


 

La séptima jornada del Festival LGBTQ+ que me organicé está compuesta de tres películas francesas. La primera es Plaire, aimer et courir vite (Christophe Honoré, 2018). Estamos en 1993, Jacques (Pierre Deladonchamps) es un escritor HIV positivo. Orbitan a su alrededor, Louis, su hijo de 10 años (Tristan Farge) y la mujer con que lo tuvo, Nadine (Adèle Wismes) y Mathieu (Denis Podalydès) un periodista que vive en el piso de arriba. Jacques está bien, pero como los tratamientos no eran tan efectivos como ahora, sabe que puede decaer irremediablemente de un momento a otro. Marco (Thomas Gonzalez) un examante también con HIV está en las etapas finales y esto deprime a Jacques y acelera su declive. Lo revive un poco su pasión por Arthur (Vincent Lacoste) un joven estudiantes de Rennes, al que conoció cuando fue a esa ciudad a ver los ensayos de una obra suya. Dura dos horas con doce minutos y yo sentí todos y cada uno de ellos. Por dos motivos principales: la tradición francesa, que se remonta unos cuantos siglos atrás y que no tiene fecha de cierre, de racionalizar los sentimientos, larguísimas consideraciones sobre lo que les pasa y no, sobre si lo que sienten es lo que sienten, si es que de verdad sienten o si les parece que sienten lo que deberían estar sintiendo y así. Y dos, porque los personajes principales, en realidad todos, salvo el chico, son unos tremendos narcisistas enamoradísimos de los personajes que creen ser, lo que dificulta o imposibilita, al menos en mi caso, identificarme con ellos. Ojo, es una buena película, que yo no pueda apreciarla en todo su valor, es mi problema, no atribuible en nada a trama, tratamiento y logros de la película. Como me gusta decir, solo no es para mí.



Sigo, con mucho temor, con Jours de France (Jérôme Reybaud) porque temo que, por iguales motivos, me pase lo que me pasó con el film anterior. Pero no, termina por gustarme y mucho. Pierre (Pascal Cervo) abandona la casa que comparte con Paul (Arthur Igual) para lanzarse a la carretera con su Alfa Romeo de alta gama y dejarse guiar por el capricho del momento. Activa su aplicación grindr eso sí, porque por el camino no quiere privarse de los hombres interesantes que pueda ir conociendo en el sentido bíblico, claro. La película maneja muchos puntos suspensivos, que irán aclarándose a medida que el film avanza. Es una road movie con levantes gay. Pero los encuentros sexuales no serán los únicos determinantes de su itinerario, como lo demuestra el desvío para socorrer a Diane (Fabienne Babe), una cantante que se gana la vida dando shows en geriátricos, a la que se le quedó el auto a medio camino de un compromiso. También se topará con una exdocente suya de literatura del secundario (Nathalie Richard), una ladrona (Laetitia Dosch), además tendrá una reveladora conversación telefónica con su tía, una actriz veterana a la que la frecuentación con su arte le ha dado no solo un incansable histrionismo sino una gran sabiduría (la irrepetible Lilian Montevecchi en su última participación para el cine, Death, be not proud). Y habrá unos cuantos hombres, muy entrañables en sus peculiaridades, que viven su sexualidad de una manera diferente a los gays de las grandes ciudades. Paul no se quedará de brazos cruzados y con la ayuda de la aplicación mencionada, buscará a Jacques por los caminos, lo que sumará personajes a la galería de retratos atendibles. Dura dos horas con diecisiete minutos y no los sentí, se me pasaron volando.




Cruzo los dedos para que la suerte me dure y me pase con la tercera lo que me pasó con la segunda y no como con la primera. Ni tanto ni tan poco. Été 85 es el François Ozon de 2020. Los dos Ozon anteriores, L’amant doublé (2017) y Grâce à Dieu (2018) me habían aburrido un poco. De nuevo, culpa mía, no de Ozon, pero uno también tiene sus gustos, qué embromar. En 1985, el adolescente Alexis (Félix Lefebvre) es rescatado por David (Benjamin Voisin), otro adolescente apenas un par de años mayor, de un mar tormentoso cuando su botecito dio una vuelta de campana. Nacerá una amistad que derivará en una arrolladora iniciación de Alexis al erotismo homosexual, David, sospechamos, viene más curtido. Pero los problemas en el paraíso no tardarán en llegar y la historia de amor se abrirá ¿al policial? Algo así. Literatura para adolescentes que no se transcribe del todo bien a la pantalla. Por más que solo el universo adolescente puede albergar a esta historia, hay vueltas de tuerca que suenan falsas incluso en este universo tan elástico. Los adolescentes por estar en edad de transiciones se prestan, en manos de algunos autores, para justificar las conductas psicológicas más traídas de los pelos. No es este el caso, pero casi. Debo reconocer, eso sí, que esta vez no me aburrí.

Gustavo Monteros

viernes, 21 de abril de 2023

Festival LGBTQ+ - Sexta jornada

Inicio mi sexta jornada del festival LGBTQ+ con Moneyboys (2021), opera prima de C.B.Yi. Fei (Kai Ko) parece haber nacido para la profesión que por accidente le toca ejercer: trabajador sexual especializado en hombres. Tiene la mezcla exacta de narcisismo (para que los gajes del oficio no lo afecten demasiado) y capacidad para distanciarse, deshumanizarse y desentenderse así de pasiones que desata). Estas ventajas lo ayudan para sobrellevar los inconvenientes de prostituirse, pero le impiden reconocer a tiempo el amor. Primero el de Xioalai (J.C. Lin), un compañero de profesión que para escaparse del tráfico sexual o en una manera autodestructiva de expresar su amor por Fei, o porque no puede manejar los celos, llevará a cabo una acción de venganza contra uno de los clientes de Fei. Esta acción me confunde, o es una cuestión cultual que no sé leer, o tengo falencias para entender algunos comportamientos de autoinmolación. Como sea, es mi problema y no el de ustedes. Fei, más adelante, tampoco sabrá ver a tiempo el amor de Long (Yufan Bai), un amigo del pueblo que se le aparecerá en Taipei para que lo ayude a mejorar su situación económica. Fei le encontrará un trabajo esclavizador en un comedero, al que Long más temprano que tarde mandará al demonio, porque quiere hacer lo que Fei hace, porque no es secreto para nadie salvo para Fei, además lo admira hasta la idolatría y lo ama en secreto desde siempre. Fei elige verse como un proveedor de su familia, hace lo que hace para que ellos, lejos en su pueblo, vivan bien. Los familiares aceptan el dinero, pero cuando Fei los visita no pueden hacer la vista gorda a la profesión de Fei y lo atacan con moralinas ancestrales (si necesitan ejemplos mayúsculos de hipocresía, aquí hay uno). Ya lo sabía Emile Zola y todos los naturalistas, pocas cosas desatan más morbo que los entretelones de la prostitución, C.B.Yi nos entrega un retrato frío y elegante, un poco distante como su protagonista nada empático, pero nunca perdemos el interés, ya sea por morbo o por culpa de su talento.



Sigo con Große Freiheit  o Great Freedom (Sebastian Meise, 2021) considerada con justa razón una de las mejores películas de dicho año. El título es de una ironía punzante. Hans Hoffman (Franz Rogowski) es víctima reincidente de la infame ley alemana llamada el Párrafo 175 que criminalizaba la homosexualidad y la castigaba con cárcel efectiva. Esta historia se cuenta en tres tiempos, en 1945, en 1957 y en 1968. Y salvo en tres momentos claves, transcurre el resto del tiempo en la cárcel. Hans no resignó su sexualidad y vio la ironía trágica de salir en 1945 de un campo de concentración para terminar en una cárcel de la ocupación, (en la Berlín dividida, a él le tocaron los norteamericanos). Tiene que compartir la celda con Viktor (Georg Friedrich) un homófobo violento, pero no estúpido ni insensible. Iniciarán una amistad que derivará en unas cuantas cosas. El período de 1957 estará dominado por el amor que Hans siente por Oskar (Thomas Prenn). Y el de 1968 por la relación que establece con Leo (Anton von Lucke). Alguien dijo en broma que no es ni por lejos la habitual película de cárcel ni la típica historia de amor. Broma acertadísima que esconde una verdad irrefutable. Es una película extraordinaria con un momento inolvidable que conmueve al más pintado. No está al final, pero va a parar al cajón de la memoria imborrable donde están el final de El francotirador y el de Umberto D.

Hablando de finales, tanto Moneyboys como Great Freedom tienen un final no cerrado del todo. No es que sea abierto, para nada, es fácil descubrir para donde van los tiros, pero sus cineastas eligieron por los motivos que sean no cerrar sus historias con claridad. Lo respeto, pero no de mi preferencia. La bajada del telón final es un arte que no hay que resignar. Perdón, es lo que creo.


 
Termino esta sexta jornada con Animals, dirigida por Nabil Ben Yadir, filmada en 2018 y estrenada pandemia mediante en 2021. Película difícil de ver como pocas. Registra el crimen de odio contra Ihsane Jarfi de 32 años de edad en 2012 en la ciudad de Lieja, Bélgica. Jarfi fue muerto a golpes por cuatro hombres. Su cuerpo fue encontrado en un descampado dos semanas más tarde a su fallecimiento con 17 fracturas en las costillas y otras heridas graves. Tres de sus asesinos obtuvieron sentencias de por vida y el cuarto una pena de 30 años de prisión. Estos datos no son mencionados en la película, que comete el error de suponer que por ser un caso famoso en Bélgica es igual de conocido en el resto del mundo. De todos modos los nombres están cambiados, quizá algunas circunstancias también por necesidades dramáticas, aunque no falte el cartelito de Basado en hechos reales.

La primera media hora es angustiante pero visible. Brahim (Soufiane Chilah) aiste al cumpleaños de su madre, fiesta familiar muy concurrida. Todos pertenecen a la religión islamista. Brahim invitó a su pareja de cinco años para que su madre lo conozca al menos, no planea blanquear la relación sobre todo porque su hermano mayor, el único que sabe que es gay se lo tiene prohibido, pero la esposa del hermano los vio en el centro y no para de azuzar a que se diga lo indecible y se eche al “infiel degenerado” El hermano jura que la esposa no se lo contó a nadie, pero otra de las cuñadas trata mal a Brahim y una de las invitadas a la fiesta lo mira con agresividad. Thomas, la pareja de Brahim no llegará porque el hermano se lo impidió golpeándolo y agarrándolo del cuello. Brahim se irá del cumpleaños y buscará a Thomas en un boliche gay que frecuentan. No está, en la puerta logra que cuatro matones en un auto que molestan a una mujer, dejen de hacerlo, los patoteros le preguntan si en el lugar hay “vaginas”, Brahim les dice que sí, pero que no están disponibles para ellos. Cree reconocer al chico que está sentado detrás, lo saluda, se ofrece a indicarles un lugar con “vaginas” dispuestas y ¡se sube al auto! Una cosa lleva a la otra, un comentario airado a otro y comienza la violencia contra Brahim. La siguiente media hora es muy difícil de ver y roza lo insoportable. El crimen es recreado con atroz eficacia. Abandonado el cuerpo, la cámara se concentra en el chico que Brahim creyó reconocer. Lo dejan en la casa. Tiene los nudillos heridos y la ropa cubierta de sangre. Come algo, acaricia al perro y cuando se da cuenta de la sangre que lo mancha, se saca la ropa y la tira a la basura, después volverá a sacarla e intentará lavarla ¡a mano! El chico va a su cuarto y se viste como para ir a misa. La madre ya está despierta, es una mujer postrada que mira televisión. Su padrastro le pregunta dónde va. El chico le dice que ya sabe. El hombre se pone muy violento y le dice que no se ponga guarango, que está a su cargo, que él paga los medicamentos de su madre y por la manutención de todos. El chico se va, pero no llega a una iglesia, sino a un salón de fiesta, lo ponen a preparar mesas, su padre verdadero ya había anunciado que ayudaría al personal del salón. Es que en ese día, el padre celebra en ese salón su casamiento con otro hombre. Los últimos 20 minutos son sobre el chico en la fiesta. ¿Las películas sobre crímenes de odio son necesarias? Muchos creen que sí. Y yo no me pongo de acuerdo conmigo mismo. Algo es seguro, durante varios días me preguntaré por qué Brahim se subió a ese auto. La violencia de esos cuatro era tan evidente, que ¿por qué?, ¿por qué? Solo Brahim lo sabe y ya no nos lo puede decir.

Fin de la sexta jornada.

Gustavo Monteros 

viernes, 14 de abril de 2023

Festival LGBTQ+ - Quinta jornada


 

Inicio la quinta jornada de mi festival LGBTQ+ con In from the side (Matt Carter, 2022). Dos rugbiers del mismo club, uno de la liga amateur, Mark (Alexander Lincoln) y el otro del equipo profesional, Warren (Alexander King) pasan de las miradas lejanas en un tercer tiempo en un pub a una apasionada noche de sexo. El problema es que ambos están en pareja. Warren con un compañero del equipo profesional, John (John McPherson) y Mark con Richard (Alex Hammond) un ejecutivo de alto rango que viaja mucho. Y lo que iba a ser cosa de una sola noche se convierte en relación, pero ¿hasta dónde están dispuestos a llegar? Mark tiene dentro de su equipo un lastre, Henry (William Hearle) un amigo afecto carenciado que dice estar enamorado de él, y que apaga sus frustraciones con litros de alcohol, y que para colmo es conocido y excompañero de John. Y orbita por ahí un jugador mediocre, envidioso que oficia de perro del hortelano, Gareth (Carl Loughlin) Y lo que en un principio parece una comedia romántica decanta en drama de infidelidades.


Tres características sobresalen. La homosexualidad está integrada, naturalizada, nadie se mosquea porque un alto porcentaje del equipo sea gay, y hablen de sus parejas, se toquen y besen en público, etc. En este casi utópico estado de situación, se diría que está equiparada a la heterosexualidad. Hay una militancia diferente a la habitual, en la que siempre se pone el subrayado en la discriminación, la no aceptación, la homofobia. Aquí hay una especie de épater le bourgeois no desde la confrontación sino desde la naturalización. La convivencia con el homosexualismo es vivida por los que no lo son sin conflicto ni violencia. Dos, el amor es amor y los problemas de relación son los problemas de relación, y en esta equiparación de relaciones homo y hétero, el conflicto presentado no variaría en lo más mínimo si pusiéramos hombre y mujer en vez de dos hombres. Puede que en las parejas homosexuales, la monogamia no sea sine qua non sino solo otra opción, puede que la propensión a abrir la pareja sea más habitual que proverbial, pero como señala el personaje de la madre de Mark, lo que nace del engaño no engendra sino más engaños y mentiras. Sea como sea la pareja, si algo se le oculta al otro es traición, aunque lo disimulemos con palabras menos poderosas. Y tercero, llama la atención el nivel de la producción, se ve que se contó con un presupuesto generoso, que no se escatimaron gastos, que se filmó lo que se quiso como se quiso, lo que no es frecuente en filmes de temática LGBTQ+.


Continuo la jornada, créase o no, con una producción Disney (los que nos criamos con los domingos de Disneylandia nos da un poquito de escozor, esta apertura de la empresa del ratón, uno jamás hubiera sospechado que los antaño propulsores de la familia tradicional más rancia adhieran ahora a la nueva normalidad con igual entusiasmo, sé que van con el mundo, pero si este diera la vuelta atrás, serían los primeros en renegar de lo que hicieron, en el fondo no son de confiar). La película se llama Better Nate than ever (Tim Federle, 2022) y juega con el nombre del pibe protagonista y la frase hecha Better late than ever, Mejor tarde que nunca.


Nate (Rueby Wood) es un adolescente queer. Él no lo sabe o no lo asume todavía, pero todo su entorno sí. Adora tanto la comedia musical que concibe la vida en esos términos, vive su realidad como si en cualquier momento pudiera interrumpirla con un número musical que exprese en forma inmejorable lo que siente. Hay aquí un lugar común que la película abraza con fervor. El musical tiende a atraer a una mayoría gay, pero no exclusivamente, muchos heterosexuales aman los musicales y no conciben la vida en esos términos. No sabemos si Nate será gay, por eso prefiero decirle queer, las elecciones o las afinidades sexuales son harina de otro costal (elijo creer que al menos eso aprendimos) Lo que es seguro es que Nate no siente todavía impulsos sexuales. Su mundo tiene otras urgencias, ser elegido protagonista del musical que harán en la escuela, por ejemplo. Pero, pobre, no solo no es elegido para ser Lincoln en Lincoln, el musical no autorizado sobre su vida, sino que es relegado a árbol. En principio no debería desmoralizarse tanto en La bella y la bestia hay teteras, cómodas, candelabros con canciones que resuenan, pero no parece ser lo que este Árbol le depara. Su socia, amiga y compañera de escuela, Libby (Aria Brooks) combate su desaliento con una noticia que contrarrestará todo. En Broadway harán un casting para Lilo y Stich, el musical, claro, hay un pequeño problema de logística, ellos viven en Pensilvania, son menores y sus padres no son muy Broadway que digamos. Por supuesto se escaparán, pero como es vox populi  Nueva York es una ciudad peligrosa, para mantener un mínimo de credibilidad, Nate tiene allí una tía por parte de madre, Hedi (Lisa Kudrow) que para beneficio de la historia está distanciada de su hermana desde hace años por unos desplantes que ya nadie recuerda o que más bien le asignan una importancia misteriosa (suele pasar, el tiempo decrece la trascendencia asignada en su momento a hechos y eventos que van perdiendo día tras día su importancia hasta ser lo que siempre fueron: nimiedades). Y entonces…(el resto no es muy difícil de adivinar y uno puede ir tachando los cuadritos con las suposiciones cumplidas a medida que el argumento se desarrolla, pero la originalidad no es lo que cuenta sino la arrolladora simpatía de Nate, Libby y la tía Hedi. En el reparto hay guiños permanentes al Broadway mítico que se celebra y fortalece, todos estos actores tuvieron su momento de gloria en el spot en algún escenario de la calle de los teatros. Agradable y aunque es previsible no ofende la inteligencia.



Y para culminar esta jornada veo Potato dreams of America (West Hurley, 2021) La película más peculiar de este festival hasta la fecha. Potato (Hersh Power) es un niño que sobrevive como puede en la Vladivostok de la Perestroika, juega con los chicos del barrio, después padece el maltrato que le propinan, la abuela lo llena de conceptos que lo aterrorizan aunque la señora los enuncie con la intención de fortificarlo, su padre es un borracho abusivo y el novio que lo reemplaza es un neurótico irresponsable al que aceptan porque viene con una tele a color, en la escuela el cuadro de Lenin está vivo y le hace guiños, gestos y otros comentarios faciales. Por su parte, la madre, Lena (Sera Barbieri) es una médica en una cárcel y sus jefes pretenden que haga pasar como accidentes las defunciones producto de las torturas y padece los novios posibles y a su peculiar madre (Lea DeLaria). Todo esto está contado con la lógica y estética de un programa televisivo de sketches cómicos. Escenografías toscas, chistes burdos, actuaciones caricaturescas, planos fijos, luces erráticas, etc. Y como la salvación es representada con el espejismo de los Estados Unidos, Lena se propuso como novia por correspondencia y se casó con John (Dan Lauria). Ahora Potato es un adolescente y lo encarna Tyler Bobock y ya que estamos en cambios, Lena en yanquilandia pasa a ser interpretada por Marya Sea Kaminski. Y hay también un cambio estético en la película, los autos son autos, las casas son ídem y no escenografías, la escuela es escuela y el video club eso mismo precisamente. Pero el supuesto paraíso está lleno de alimañas y nada es fácil. El estilo de actuación también cambia, es más sentido, estilizado, sí, pero inclinado al naturalismo, las lágrimas son lágrimas y las risas, risas. Y se llega al desenlace que ofrece unas cuantas rarezas como sacadas de cuentos desmelenados, pero cuando llegamos a los títulos del final sabremos que lo que vimos, pasó, que nos contaron hechos reales en los estilos descriptos. Y uno se sorprende doblemente, porque todo haya sido verdad y por el modo de contarlo, nos han domado con las biopic en estilo Hallmark o Billiken y sus cercanías que uno se pregunta, si tuviéramos que contar nuestras vidas, qué estilo elegiríamos.


West Hurley, el director y guionista de Potato Dreams of America nació en Rusia y ahora es de nacionalidad canadiense. Entre cortos, películas para televisión, pseudo documentales y películas de ficción va armando un currículum atendible. El estilo burdo, aleatorio, crudo, de pastiche es claramente elegido y cultivado. Almodóvar comenzó así y fue puliendo sus medios de expresión hasta ser el director de estilo personal e intransferible que es hoy. ¿West Hurley hará algo parecido? Veremos si persiste.

Fin de la quinta jornada

Gustavo Monteros

viernes, 7 de abril de 2023

Hiatus Pascual

 Aquí conocida como Intermezzo lírico (¡?) en realidad Easter Parade (Charles Walters, 1948) Judy Garland, Fred Astaire. ¡Felices Pascuas!