(Hasta la próxima semana)
jueves, 1 de junio de 2017
jueves, 25 de mayo de 2017
Noticias de la familia Mars
Siempre que puedo, aclaro que no hago críticas, si no
crónicas en las que más que juicios de valor de algún tipo, cuento mi relación
con las películas que veo. Respecto de esta película de Dominik Moll, separaré
lo que hubiera escrito de no haberme molestado un aspecto de la misma de lo que
me molestó al punto de descubrir que tengo mis límites para el humor negro.
Hubiera arrancado con algo así: Philippe Mars (François
Damiens), aunque no lo sabe más que vivir, subsiste. En el día de su cumpleaños
49, su exmujer, una periodista televisiva, que debe viajar a Alemania a cubrir
una crisis de Merkel, le pedirá que se haga cargo por un par de semanas, quizá
también más tiempo, de los hijos que tienen en común, Sarah (Jeanne Guittet) de
15 años y Grégoire (Tom Rivoire) de 11. Ese mismo día, en el trabajo, su jefe
le pedirá que controle y supervise a Jérôme (Vincent Macaigne) un programador
de computación como él, pero muy volátil e impredecible. Y como Philippe tiene
problemas para establecer límites dirá que sí. Jérôme se revelará como un
paciente de hospital psiquiátrico, del que terminará por escapar para
instalarse en casa de Philippe, a la que más tarde traerá a otra compañera de
la institución de la que escapó, Myrima (Léa Drucler) de la que está enamorado.
Hubiera seguido más o menos así: Noticias de la familia Mars (Des
nouvelles de la planète Mars, en el original) de Dominik Moll (recordado
por estos pagos por Harry, un amigo que
te quiere bien (2000) que no en poco contribuyó a la fama de Sergi López) es
una comedia melancólica que se vuelve brillante y punzante en más de una
oportunidad. Progresa asestándole a su protagonista una acumulación de tribulaciones
a cual más asfixiante, hasta que su paciencia y su capacidad de aguante
comiencen a agrietarse. Para el constante interés que despierta, no en poco
contribuye el sólido elenco, pródigo en talento y simpatía.
Y sin duda no hubiera mencionado la subtrama que
habría de alterarme y que haría que siempre recuerde a esta película. No
hubiera hablado de la misma, porque no es central y porque agrega color, y
mejor no mencionar los aspectos que suman, para que generen sorpresa cuando se
los descubra en la película. Resumir el argumento de una película es también un
ejercicio de ocultamiento, cuanto más se deje afuera, mejor, porque provocarán
quizá más disfrute. Solo que esta vez… Hagamos una cosa, si están decididos a
ver la película, saltéense los párrafos que siguen y vuelvan a ellos, después
de haberla visto. Si creen que no la verán o no les importa demasiado saber
detalles relevantes de la misma, sigan leyendo, sepan, claro, que un spoiler se
avecina.
Philippe tiene una hermana, Fabianne (Olivia Côte) una
artista plástica rebautizada Xanaé, quien por un viaje a Bruselas le pide que
se ocupe de su perro, el que puede verse en el afiche. El perro en cuestión es
uno de los más insoportables que se hayan visto en el cine y le depararán a
Philippe no pocos problemas. En un momento límite, bueno, más bien un punto de
inflexión, Philippe establecerá un punto de no retorno con dicho animal y lo
revoleará desde la baranda de un puente para que se ahogue en el Sena. Es un
truco de cámara que no necesita el aviso aquel de que no se lastimó a ningún
animal durante el rodaje, es más hasta se puede adivinar las manos que ponen a
salvo al antipático perro, pero a mí, no sé, no me resultó un gag gracioso,
todo lo contrario, me pareció innecesario, un paso en falso del director y del
coguionista, Gilles Marchand, porque en lo particular, a partir de ese momento,
Philippe dejó de despertarme simpatía y ya no me importó lo que el resto del
metraje tenía para depararle, ya no me interesaron más ni él ni sus amistades,
ni su vecino, ni el resto de su familia, por mí podría barrerlos la nube hongo
que no me desataría ni la más ligera de las compasiones. Puede que a otra gente
el gag no le moleste, lo disfruten, les parezca gracioso, conmigo no fue así,
me demostró que tengo un límite en el humor, que no soy tan amplio como creo.
No me preocupó en lo más mínimo, como con la postura política que hace rato
adopté, me honra estar de este lado.
Gustavo Monteros
El esgrimista
El esgrimista (Miekkailija
en el original, 2015) es una sorpresa. Por suerte agradable. Se trata de una
película estonia, coproducida por Finlandia y Alemania. Como es de rigor, con
casi el 99, 9 % de las películas actuales, se basa en una historia verdadera.
Aunque al menos esta vez no pretenden contarnos vida y milagro de sus
personajes, sino centrarse en una peripecia de vida de su protagonista, que le
trajo gloria y castigo casi por partes iguales.
Endel Nelis (Märt Avandi) es un esgrimista campeón,
que en 1952 debe huir de Leningrado, porque están a punto de descubrir un
secreto de su pasado que lo enviaría de seguro a Siberia. Regresa, entonces, a
su ciudad natal en Estonia, Haapsalu, donde lo espera un puesto de profesor de
educación física en la única escuela del lugar. El director (el antagonista, un
personaje que se desmarca de la caracterización que se intenta dar de él, más
que nada porque en la vida real la maldad y el resentimiento escapan a veces en
su profundidad a los límites de la ficción) le hará la vida imposible. A Endel
no le quedará más remedio que recurrir a lo que más sabe, la esgrima. Y será
toda una sorpresa que los chicos se interesen por esta disciplina que parece
obsoleta o arcaica. Pero la paradoja radica en que termina por mostrar y
compartir los saberes que debía ocultar, lo que en plena purga stalinista tiene
un precio a pagar.
Eso sí, seamos sinceros, este film de Klaus Härö
siembra en el mismo campo fértil en que ya cosecharon los Rockys, los Karate
Kids, y otros cuantos beisbolistas, basquetbolistas, futbolistas, y tenistas, o
sea la vieja y querida historia del patito feo deportista que llega a cisne
campeón, o si se prefiere la Cenicienta de liga menor que se queda con el trofeo
Príncipe. Solo que esta vez la excusa argumental es la esgrima.
La pone a salvo del cinismo de la industria, la
elegancia de la realización, la nobleza de su elenco, la singularidad de la
historia y la convicción de la guionista y su director de estar contando una
hazaña deportiva que merece conocerse, por lo que costó en dicha y desdicha.
Touché.
Gustavo Monteros
jueves, 18 de mayo de 2017
Perfectos desconocidos
Paolo Genovese (Una
famiglia perfetta, 2012, Tutta colpa
di Freud, 2014, Sei mai stata sulla
luna?, 2015) ejerce la comedia popular, no la que se inscribe en la
tradición de la Commedia all’italiana que directores como Mario Monicelli,
Luigi Comencini, Nanni Loy, Pasquale Festa Campanile, Ettore Scola, Pietro
Germi, Antonio Pietrangeli, Dino Risi, Steno o Lina Wertmüller hicieron famosa
en el mundo entero, sino más bien la que se emparienta con el exitoso teatro
burgués de la segunda mitad del siglo XX (burgués no en sentido marxista de la
palabra, bueno, o casi, también, sino más bien según la definición de la Real
Academia Española que reza: integrante de la clase media acomodada)
Tanto se identifica con este estilo que, si bien este
film tiene un guión como Dios manda, no es difícil imaginarlo en una versión
teatral. No solo en el estilo se entronca con el teatro de “diversión para
antes de la cena”, asimismo el tema elegido es favorito en esta línea teatral:
el del desenmascaramiento, amable, de hipocresías varias. Apela, es obvio, a
nuestra curiosidad chismosa, ver x tipo de personajes en una compostura moral
determinada, para después contemplarlos sin dicha protección, algo que
podríamos definir como un strip-tease ético. Como ejemplo se me ocurre un título
antediluviano, muy representado en la televisión de mi infancia como
tragicomedia divertida y profunda, Cena
de matrimonios del dramaturgo español Alfonso Paso, otro ejemplo, más
cercano en el tiempo, es la taquillerísima Brujas
de Santiago Moncada, también español. Sí, hablamos del tan preciado y rendidor “lavado
de la ropa sucia” en un comedor o living lujosos.
Aquí la cosa va así: tres parejas de variopintas
profesiones y personalidades se reúnen a cenar, como lo hacen siempre, hay un
séptimo comensal que les presentará en esta ocasión a su nueva pareja (algo que
al fin de cuentas no ocurrirá). Andan entre el fin de la treintena y la
medianía de la cuarentena, y puede que alguno sea más joven o mayor que las
edades apuntadas, pero la descripción da una buena idea del corte etario. En
esta noche particular hay un eclipse y ya se sabe que los fenómenos astronómicos
generan sinceramientos (no hay comprobación científica de que esto ocurra en la
realidad, pero en la ficción no hay fenómeno astral que no despierte verdades o
provoque enamoramientos), la cuestión es que en la charla surge el inevitable
tema moderno de los teléfonos celulares, nuestra dependencia a los mismos y
cómo generan un protocolo que atenta contra el disfrute concreto del aquí y
ahora. Alguien menciona también que son poseedores y testigos de nuestros
secretos y que no podríamos socializarlos sin revelar alguna intimidad
vergonzante. Deciden entonces jugar con esta noción, los pondrán sobre la mesa
y leerán para todos los mensajes que entren y contestarán, con el altavoz
puesto, las llamadas entrantes. Mensajes y llamadas no tardarán en entrar y
unas cuantas verdades, algunas bastante incómodas, saldrán a la luz. Y no menos
reveladoras serán las reacciones que despierten en todos estos secretos
inesperados.
Para que este tipo de comedia funcione como el mentado
relojito es necesario que el ritmo no decaiga y que el elenco despierte una
inmediata simpatía. Ambos requisitos se cumplen aquí a rajatabla. El armado, o
sea el espaciamiento de secretos a descubrir, es eficaz, y Giuseppe Battiston,
Anna Foglietta, Marco Giallini, Edoardo Leo, Valerio Mastrandea, Alba
Rohrwacher y Kasia Smutniak no serán Alberto Sordi, Vittorio Gassman, Marcello
Mastroianni, Ugo Tognazzi, Nino Manfredi, Sofia Loren, Aldo Fabrizi, Walter
Chiari, Stefania Sandrelli, Vittorio de Sica, Monica Vitti, Claudia Cardinale,
Carla Gravina, Adolfo Celi, Lando Buzzanca, Gina Lollobrigida, Totò, Renato
Salvatori, Giancarlo Giannini o Mariangela Melato, bah, nadie lo será nunca,
pero generan interés y empatía.
En resumen, es un remanso más que agradable escuchar
hablar en italiano después de tanta película en inglés. Attenti, tampoco verla con mucho apetito, aquí comen bastante y uno
no es de palo y evoca sabores, que no en vano es tan famosa la cocina
mediterránea.
Gustavo Monteros
jueves, 11 de mayo de 2017
El hijo de Jean
Mathieu (Pierre Deladonchamps) tiene su vida
encarrilada. A los 33 años su carrera laboral luce estable y promisoria, y en
su vida personal hay una meseta apacible, tuvo un divorcio amable que su hijo
de 10 años parece no resentir. Pero, siempre hay un pero fundador, una buena
mañana recibe una llamada telefónica desde Canadá, que le dice que su padre
(del que no tenía noticias, su difunta madre le decía que fue fruto de una
relación casual) ha muerto y que le ha dejado como herencia un paquete. Mathieu
decide entonces abandonar París y ver en persona que hay detrás de esta noticia
desestabilizadora. Del otro lado del océano, lo espera Pierre (Gabriel Arcand),
amigo del padre y que será su cicerone por estos parajes de un nuevo pasado.
Como se ve, estamos ante una dramática peripecia
humana. Para que un cuento de esta naturaleza se desarrolle con solvencia se
necesita: un buen estudio de personalidades (lo tachamos de la lista, ya que
aquí se encuentra), situaciones enriquecedoras que despierten identificación (la
empatía famosa) y hagan crecer la historia (tachado también, porque se hallan
presentes), alguna que otra sorpresa que condimente bien la narración y la
eleve de la amabilidad a un estado que la haga perdurable o al menos más
recordable que el promedio de cuentos humanos que consumimos (tachado también,
se halla en deliciosas y saludables cantidades), un director sensible y seguro
(Philippe Lioret, el de la recordada Welcome,
2009, aporta además una sobriedad y una elegancia que lo alejan de las estridencias
y los subrayados, así que tachamos también este ítem de nuestra lista) y por
supuesto, actores capaces de hacer asequible y conmovedora esta aventura de
descubrimientos no menos trascendentales por lo pequeños, (ítem tachadísimo,
porque los dos conductores primordiales de la acción, Pierre Deladonchamps (que
pasó a la fama por El desconocido del
lago (Alain Guiraudie, 2013) como el veterano canadiense Gabriel Arcand, se
muestran pródigos y prodigiosos a la hora de transmitir emoción y de iluminar
conductas.
En resumen, una hermosa historia bien contada. Otra
épica de lo pequeño, y no hay contradicción en los términos opuestos.
Gustavo Monteros
Graduación
Christian Mungiu con 4 meses, 3 semanas y 2 días (2007) no solo ganó fama internacional
sino que puso al cine rumano en primer plano. Más allá de las inevitables
diferencias creativas entre los distintos directores de este cine pujante, un
factor común sobresalía. Todos parten de una situación pequeña y reconocible,
que al irse profundizando, de a poco, se va cargando de implicancias políticas
y sociales. Lo macro contenido en lo micro, que se vuelve más y más revelador, a
medida que se focaliza mejor la lupa. O sea la más lograda y envidiable manera
de contar un relato. Cargarlo de ecos y significaciones con tan solo
detallarlo, ya se trate de algo tan personal e individual como la posibilidad
de un aborto o de la decisión de dejar a alguien.
Aquí el cuento se abre con una piedra que rompe el
vidrio de un departamento habitado por un médico, Romeo (Adrian Titieni),
ansioso porque su hija Eliza (Maria-Victoria Dragus) apruebe el último examen
del bachillerato y logre así continuar los estudios en Inglaterra, la madre
Magda (Lia Bugnar), se verá más tarde, es una figura secundaria y superada en
el presente de Romeo. La piedra que rompió el vidrio prefigura unas cuantas tribulaciones
posteriores. Eliza será víctima de un intento de violación que desbastará la
difícil tranquilidad necesaria para enfrentar un examen. Romeo quiere que su
hija tenga la posibilidad de estudiar en el exterior sí o sí, por ella y
también por él, que cumplirá vicariamente lo que no pudo o supo conseguir.
Durante la primera hora y media el relato avanza con
seguridad y despierta nuestro continuo interés, pero se cae (esa fue mi
sensación) en el desenlace. La última media hora se desbarranca, como si no se
supiera concluir con gloria lo que se quería contar, o no se pudiera establecer con
certeza qué era lo que se pretendía contar. Las diversas aristas que se fueran
perfilando se quedan sin filo. Algunas historias se cierran con las formas
caprichosas y gratuitas de algunos thrillers tramposos. Y cuando al fin prima
la ética individual versus hasta dónde es capaz de llegar un padre para que sus
hijos vivan mejor, el relato luce retorcido, como si lo que hubiera tenido que
surgir de él fue reemplazado por algo impuesto por la fuerza.
Mungiu filma con la pericia de un maestro, de allí que
uno tienda a dudar de la propia percepción, pero a la salida, cuando uno puede
armar con tranquilidad el rompecabezas y fundamentar el análisis, se ve que
esta vez los ecos sociales y políticos no surgen de la historia sino que son
tirados desde afuera como aquella piedra de la primera escena.
Una decepción luminosa, y no es un juego de palabras,
puede que la película no sea tan satisfactoria como se esperaba, pero hay mucho
talento detrás, y la experiencia igual recompensa. La equivocación de los
maestros es a veces mejor que los aciertos de unos cuantos discípulos poco
agraciados.
Gustavo Monteros
jueves, 4 de mayo de 2017
Un momento de amor
Marion Cotillard es una actriz prodigiosa. Su belleza
no empalaga, porque no depende de simetrías indiscutibles ni angulosidades
comprobables para deslumbrar. Su apabullante talento no fatiga, porque no
depende de adaptaciones a su personalidad ni asimilaciones a su físico. Su
excepcionalidad la equipara con las grandes divas imperecederas del cine
clásico y su histrionismo único, que no se alimenta de gestos, posturas y
prosodias determinantes, la equiparan a las grandes actrices modernas que
prescinden de artificios y artilugios para proyectar su magia. En fin, que
reencontrarse con la Cotillard es siempre una fiesta, aunque la película sea
mala, cosa que ésta, por suerte, no lo es para nada.
Estamos en la década del cincuenta del siglo pasado en
la campiña francesa. Gabrielle (Marion Cotillard) sufre de los nervios,
subterfugio que ocultaba por aquel entonces la ignorancia de las afecciones
psicológicas. Parece padecer de una aflicción psicosomática y tener
inconvenientes para dar satisfacción a los ardores sexuales. Como suele ser el
caso, se prendará de quién no debe, y su madre, pragmática, como son algunas
personas que viven en contacto con la naturaleza, la casará con un español,
José (Alex Brendemülhl) que trabaja de recolector en los campos de la familia y
que mira a Gabrielle con una deferencia que bien podría transformarse en
afecto. Un aborto espontáneo hará que descubran que la aqueja, el “Mal de
pierres” del título original. Terminará en un hospital de Davos que se
especializa en erradicar dicha enfermedad. Allí conocerá a André (Louis Garrel)
y entonces…
Este trabajo de Marion Cotillard, sobre todo en esto
de chica de campo, aquejada por insatisfacciones sexuales, apasionada, libre y
un poco salvaje, dialoga con uno de los
mejores personajes corporizados por Isabelle Adjani, el de L'été
meurtrier (Verano Mortal, Jean
Becker, 1983), pero mientras que el de Adjani se hundía en la locura y en el
crimen, porque de un policial negro se trataba, este personaje de Cotillard se
dirige hacia la epifanía deslumbradora, porque ésta es una historia de amor.
Nicole Garcia (también actriz, los memoriosos la
recordarán como la protagonista junto a Gérard Depardieu de una de las mejores
obras del maestro Alain Resnais, Mi tío
de América (Mon oncle d'Amérique,
1980)) conduce con autoridad y buen pulso este cuento que se vuelve seductor y
entrañable, más que nada porque se fortifica en hombres que saben amar. En estos últimos tiempos,
generalmente se nos acusa de no comprometernos, de no saber escuchar ni
acompañar, pero a veces también, para contrarrestar tanta falencia, como en
este caso, sabemos amar.
,
Por lo dicho, no es de extrañar que elogie a los
caballeros que secundan a Cotillard, el barcelonés Alex Brendemülhl (que fuera
el Mengele de nuestra Wakolda (Lucía
Puenzo, 2013)) y el parisino Louis Garrel concretan una faena casi a la altura
de la de Cotillard, encomio que puede resultar mezquino, aunque en realidad es
todo un ditirambo.
Otra caracterización notable de Marion Cotillard y una
buena historia ¿qué más se puede pedir para pasar un par de horas más que
agradables en un cine?
Gustavo Monteros
El ídolo
El ídolo de Hany Abu-Assad trata algunos aspectos de la vida
de Mohammad Assaf, que durante un tiempo gozó de la aprobación y la popularidad
que alguna vez tuvo la Selección Argentina-México 86. Ahora bien ¿quién es Mohammad
Assaf? Un cantante de gran voz, ganador de la segunda versión de Arab Idol en 2013.
Hany Abu-Assad, el director de Paradise Now (2005) y Omar
(2013) manifestó en estas dos películas, más allá de las aristas sociales y
políticas, un gusto por el cine popular industrial. Ahora con El ídolo (Ya tayr el tayer, en el original, 2005) se da el gusto de
explorarlo a sus anchas.
De no saber que se basa en hechos reales, diríamos que
director y guionista se permiten todas las ambivalencias del típico melodrama,
a saber, bienaventuranza-desgracia, felicidad-enfermedad, humillación-reparación,
sacrificio-redención, vejación-triunfo y desventura-suerte.
Es decir, de no ser cierta la historia de este
aspirante a cantante que triunfa apoteóticamente, la acusaríamos de regodearse
en los tópicos más ramplones y usados de los melodramas más vergonzantes (hoy,
no ayer que eran la usanza obligada) de Libertad Lamarque, tanto en Argentina
como México.
Pero a Dios a veces le gusta emular a los más
atrevidos guionistas de telenovelas y le da a sus criaturas destinos de contrastes
tan fuertes que parecen cuento. No en vano el dicho dice: La realidad supera a
la ficción.
Eso sí, como corresponde al melodrama o a la
telenovela, todo es llano, directo, sin espesor ni dobleces, se debe aceptar
que los buenos son buenos por designio primero y que los fanáticos pueden dar
un volantazo porque tienen también corazón.
De todos modos, de puro escasa y nada frecuente, es
hermosa la idea de que las diferencias políticas y religiosas puedan superarse
por ir detrás de la voz evocadora de un artista único.
Se deja ver, aunque se la puede esperar que llegue al
cable, las plataformas de contenidos o las mantas de la calle.
Gustavo Monteros
jueves, 27 de abril de 2017
Personal shopper
Olivier Assayas, después de filmar El otro lado del éxito (Clouds of Sils Maria, 2014), se quedó
con ganas de seguir trabajando con Kristen Stewart, lo bien que hizo, porque
entre las estrellas jóvenes es una de las más dúctiles, flexibles, hipnóticas y
arrebatadoras. Se pasea por la vida y por la pantalla como poseedora de un
secreto que uno siempre va a querer desentrañar, y no se equivoca, uno la ve
venir y ya no la quiere perder de vista, queremos seguirla, acompañarla,
aliviarle los pesares, desentrañarle los problemas, alegrarle los días y
despertarle los placeres. Además, aunque tiene todas las curvas en los lugares
correctos, ostenta un algo perturbadoramente andrógino, y en su mirada, ávida y
vivaz, hay una tristeza de lago perdido que uno quiere desbaratar, para
rescatarla, de una vez y para siempre, de traumas añejos y quizá olvidados.
Esta vez Assayas la sumerge en una historia de
fantasmas, que es también un thriller y un retrato psicológico de soledades
huérfanas en laberintos glamorosos. Maureen Cartwright (Kristen Stewart) tuvo
un hermano mellizo, que se ha muerto, no hace mucho, de un ataque al corazón
por una malformación congénita, que ella también padece, claro. Dicho hermano era
médium, ella quizá también, y se
prometieron que el que muriera primero procuraría comunicarse desde el más allá
con el que quedara vivo, para tranquilizarlo (o no). Maureen se gana la vida
como personal shopper (compradora, asesora) de una súper modelo de alto perfil,
que de tan famosa no puede dignarse a pasearse por las casas de alta costura,
zapaterías inaccesibles y joyerías de renombre. Por eso, allá va Maureen, en su
motito, por el París para los very few, llevando y trayendo trapos, calzados y
joyas tan exclusivas como caras, no, carísimas. Tiene un novio antropólogo, si
no entendí mal, que está en Sultanato de Omán y que la espera con paciencia,
ella le insiste que no puede dejar París hasta que no se haya comunicado con el
hermano partido. En esta misión la ayuda la novia-viuda. Entre intentos de
comunicación con el otro lado de las cosas y las idas y vueltas por las casas
de fashionistas, se verá involucrada en un crimen.
Assayas juega con los géneros fantástico y policial,
citando sus tropos determinantes para escaparse de ellos y trascenderlos con la
elegancia y la perversión del cine arte. Junto con su protagonista va
redondeando un film tan fascinante como enigmático, que se resignifica a cada
paso y que nos perturba hasta el último segundo con su coda final.
Kristen Stewart logra una actuación deslumbrante,
doblemente seductora porque hace cosas dificilísimas como si no le costaran
nada, talento más puro no se puede hallar.
En resumen, un film tan desconcertante y perturbador
como su protagonista, y que nos deja con unos cuantos puntos suspensivos que debemos
rellenar a la salida y que nos llevarán a tales o cuales conclusiones, según
sea lo que prioricemos, tarea para el hogar que no pesa como un deber, porque
es de lo más estimulante.
Gustavo Monteros
viernes, 21 de abril de 2017
Frantz
Ernst Lubitsch fue uno de los maestros de la comedia clásica, tan grande fue que se llama
“toque Lubitsch” a los momentos en los que el ingenio, la singularidad, la
sofisticación y la elegancia elevan a la comedia al campo de lo sublime. Pero
como integrante de la producción del Hollywood de la Era de Oro se vio obligado
a cultivar todos los géneros. En 1932 aparte de concebir una de sus comedias
más destacables Una hora contigo y
una de sus obras maestras Un ladrón en la
alcoba (Trouble in Paradise), le
encomendaron un melodrama antibélico Remordimiento
(Broken Lullaby, Canción de cuna rota, en el original). Se basaba en una obra de
teatro de Maurice Rostand, I killed a man (Maté a un hombre). A un francés, Paul Renard (Philips Holmes) le
cuesta superar haber matado a un alemán, Walter Holderlin (Tom Douglas) durante
un combate hombre a hombre un una trinchera de la Primera Guerra Mundial. En
1919, decide viajar a Alemania y conocer a la familia de la víctima para
pedirles perdón. Facilita las cosas que el padre del difunto sea médico, el Dr
Holderlin (Lionel Barrymore). Llegado el momento de la verdad, al francés le
falta coraje y se hace pasar por amigo. Terminará por desatar el amor de la
novia del alemán, Elsa (Nancy Carroll). La guerra “es un monstruo grande y pisa
fuerte”, pero aquí no es mostrada en su dimensión épica con una Vivien Leigh
caminando entre cadáveres como en Lo que
el viento se llevó, sino que se centra en su costado más íntimo, el de los
individuos particulares y sus pérdidas.
François Ozon, que ha hecho de la heterogeneidad el
rasgo más sobresaliente de su carrera, toma este viejo melodrama de Lubitsch y
lo somete a una transformación extrema. Para empezar tiene el coraje de decir
que se basa, no en tal obra de teatro o en tal guión, sino en la película de
Lubitsch. Otros, por pudor o hipocresía, dicen que recrearán tal o cuál
material por este o aquel motivo, nunca que reharán la película que otro hizo
antes. Una tontería, una remake es siempre en primer término sobre una
película, no sobre una historia. Respeta, eso sí, el punto de partida y el
blanco y negro del original. Cambia los nombres, el francés afligido se llama
ahora Adrien Rivoire (Pierre Niney), la víctima es el Frantz del título, Frantz Hoffmeister (Anton von Lucke), el padre
sigue siendo médico, pero va con el nombre de Hans Hoffemeister (Ernst
Stötzner) y la novia del muerto responde al nombre de Anna (Paula Beer).
Ozon ofrece una versión corregida y aumentada. No en
el sentido de corregir lo que está mal (a pesar del tiempo transcurrido, aceptados
los códigos de la época de su creación, casi nada está mal en el film de
Lubitsch) sino de potenciar lo que estaba en ciernes, y aumentar no solo el
volumen de los conflictos sino extenderlos para explorar otras posibilidades y
otros finales. No en vano el viejo film dura 76 minutos, mientras que el de
Ozon dura 113. Y pueden verse uno detrás del otro sin que el de Ozon pierda
interés, tan distintos son, a pesar de sus coincidencias.
Durante los primeros 18 minutos, Ozon concreta una
película como las que aprendimos a amar en los setenta o de antes con los
grandes maestros. La acción avanza a imagen pura, sin subrayados musicales, con
sonido natural, o sea sin que nadie nos indique cómo tenemos que sentir, qué
emoción manejar de acuerdo a la situación. Pero en el minuto 18 entrará la
música, que ya no se irá, y el color, que aparecerá y desaparecerá. Ozon les da
más carnadura psicológica a los personajes, ya no están solo dominados por las
pasiones demandantes que impulsan a los protagonistas de Lubitsch. Adrien es un
narcisista rico y mimado, por lo tanto es un peligro inmenso para una familia
que atraviesa un luto. La novia ya no es una personita práctica con gran
sentido del sacrificio, no, es una mujer compleja que comprende el poder de la mentira
y comienza a usarlo, no bien Adrien confiesa que no es un amigo de Frantz, sino
el soldado que lo mató. Nótese que la irrupción del color coincide cuando la
mentira, en cuanto fantasía, revive y se fortifica. Aunque, a pesar del
atractivo de someter a otros y del color, la fantasía mentirosa es un
artificio, no tiene la contundencia de la verdad y se necesita verdad para amar
y ser amado, de allí el regreso al blanco y negro.
Como vemos a Ozon le interesan otras cosas aparte del
alegato antibelicista, como el poder que da la mentira manipuladora, o en tiempos
en los que Europa tiende a cerrar fronteras, hablar también del temor al extranjero, al que se ve, antes que
nada y por sobre todo, como a un enemigo. En Lubitsch, la confesión del francés
lleva al final del drama, aquí conduce a otra culminación y a una segunda
parte, comandada más por el punto de vista de la novia, que el del francés. Y nos
adentramos, entonces, en el más puro y delicioso melodrama de sentimientos, de
amores que quien sabe si pueden ser.
Algunas películas nos regalan frases que no nos
abandonan y que hacemos nuestras para usar cuando llegue la ocasión ideal. Aquí
hay una que a mí en lo particular se me pegó, sabrá Dios quien la pergeño, un
guión es una tarea a varias manos, ya estaba en el filme de Lubitsch y Ozon
vuelve a usarla, los padres del muerto le pedirán al francés en un momento
clave: “No tenga miedo de hacernos felices.”
En resumen, Frantz
es un elegante y exquisito film melancólico que merece verse.
Gustavo Monteros
El porvenir
Nathalie (Isabelle Huppert) es una profesora de
filosofía que tiene la vida “ordenada”. Bueno, ordenada quizá no sea la palabra
exacta, a lo que voy es que ha logrado que cada cosa esté en el compartimento
que ella le ha asignado. Por eso cuando su esposo, Heinz (André Marcon) otro
profesor de filosofía, le confiese que tiene una amante, Nathalie le contestará
“¿Y por qué no te guardaste la información?”, o sea ¿para qué me lo contás, si
yo estaba bien como estaba? Cuando los alumnos del secundario donde enseña le
quieren impedir entrar, porque hacen un piquete de protesta, intentarán
convencerla de que se ponga del lado de ellos, mencionándole que si triunfan
mejorarán los términos de su jubilación, ella admitirá discutir el problema,
pero que ni le mencionen la jubilación (que entre paréntesis está a la vuelta
de su esquina). Su madre, Yvette (Edith Scob) una exmodelo y ahora actriz
part-time la acosa con sus ataques de pánico, un problema que curiosamente
Nathalie atiende con paciencia y generosidad. Se reencontrará con un exalumno,
Fabien (Roman Kolinka) que ella ha ayudado y protegido, hasta lograr incluso
que la editorial en la que ella publica un manual de estudios y dirige una
colección de ensayos, le saque un libro a Fabien. Editorial con la que Nathalie
tiene serias diferencias respecto a cómo vender sus libros. Todo parece apuntar
a que ella se está quedando atrás en ciertas cosas, que ya no la atraen las
posturas radicalizadas, ni que los libros se vendan con portadas coloridas de
revistas. Está entre la determinación de que nada cambie por un tiempo más y la
aceptación de que ya quiere apartarse, o sea la antesala al ocaso definitivo. Pero
la vida hasta el mismísimo final es cambio, movimiento, caos. Sus hijos quizá
sean quienes más la comprendan, se burlan
cariñosamente de ella y la dejan hacer.
El porvenir, sin duda, es una película que los filósofos y
profesores de filosofía le sacarán el jugo y comprenderán todos los guiños de
los autores que se leen, se mencionan, se discuten (en su mayoría son
franceses). Pero los que sabemos poco, o como en mi caso, casi nada de
filosofía podemos también sacarle provecho, porque es una película, como casi
todas, bah, sobre la vida. Esa vida que es contingencia pura, que jamás se
queda quieta, que nos pone en contradicción con lo que decíamos ayer o con la
idea de mañana. Terminada de verla, me quedé pensando en el destino de la gata,
Pandora, porque si bien la película se abre con la visita a la tumba de
Chateaubriand y se cierra con un nacimiento, ilustrando un círculo de vida, el
otro elemento que enhebra todas las vicisitudes de los conflictos es la gata
Pandora, testigo de las tristezas de quien se cree en permanente abandono y del
amor que puede ser si tan solo dejaran de pensar un rato. Pero al margen de lo
que atestigua la pobra gata, su destino es curioso.
Este film, escrito y dirigido por Mia Hansen-Løve, por
el que ganó el Oso de Plata del Festival de Berlín a la Mejor Dirección, se
engrandece por el protagónico de Isabelle Huppert, que tiene una manera única
de adueñarse de los papeles que le tocan en suerte, tanto es así que uno no
imagina a ninguna otra actriz en esos roles, lo cual es un logro mayúsculo.
Al bebé le regalan un libro sobre Sócrates al final de
la película y se bromea sobre la pertinencia del regalo. Alguien dirá que nunca
es demasiado temprano para adentrarse en la filosofía. Puede ser, porque según
Sócrates, la filosofía es como una preparación para la muerte. Pero no nos
pongamos lúgubres, este film es luminoso en más de un sentido. Se lo
recomienda.
Gustavo Monteros
viernes, 7 de abril de 2017
Paréntesis
Amigxs, con su permiso, abriré un pequeño paréntesis, vuelvo después de Semana Santa. Ah, si no la vieron todavía, dense una vuelta por la película de Fernán Mirás: El peso de la ley, por suerte sigue en cartel, está en Cinema Paradiso y va en su ya acostumbrados dos horarios: 18:30 y 23:05. Es una buena película y de paso apoyamos el cine nacional. Abrazo.
viernes, 31 de marzo de 2017
El peso de la ley
Voy a hacer una excepción. En alguna crónica pasada
declaré que no escribiría sobre películas argentinas porque no perdía la
esperanza de participar de alguna y no quería que, llegado por fin el caso, se
me reprochara un comentario trasnochado. Pero hoy hablaré de El peso de la ley con libertad y sin
renuencias por la sencilla razón que no tengo nada malo que decir de ella.
La veo en una función del Espacio Incaa en el cine
Gaumont de Buenos Aires, de cara a la Plaza Congreso. Es en la sala 1 que
parece inmensa para albergar a la cincuentena de espectadores que somos. Terminada
la proyección se da una tímida salva de aplausos, que se vuelve cálida porque
nos sumamos casi todos. Camino a la salida, escucho que una espectadora le
preguntaba a la chica, que había entrado con escoba y palita para adecentar
otra vez el lugar, si alguna vez la sala se había llenado con esta película. A la
señora le resultaba increíble que una película tan buena no convocara
multitudes.
Camino del subte, que me llevará a Retiro, repaso
mentalmente las reviews que leí sobre la película. Desacuerdo fervientemente
con ellas. Una vez en casa, entro a la página argentina equivalente a Rotten
Tomatoes, o sea, que rejunta todas, o casi todas, o más o menos todas las
críticas publicadas sobre tal o cual film. Veo que los mismos motivos derivan
en elogios o descalificaciones. Ratifican mi creencia de la inutilidad de las
críticas. Lo mejor que uno puede hacer es describir lo que la película nos
despertó y confiar que esto le sirva como orientación a los probables
espectadores. Ponerse por encima de lo se ve y levantar el dedito para
calificar o bajar línea es tan anacrónico como un dinosaurio en la Revolución
Francesa.
El peso de la ley, como su título lo indica, viene de abogados y sus
casos. Y es el debut como director del actor Fernán Mirás. En una nota del
diario La Capital de Mar del Plata hallo lo siguiente (quien habla es el
coguionista Roberto Gispert): “La
historia la escribimos con Fernán, está basada en un expediente real, que
utilicé para recibirme (de abogado) y cuyo hecho ocurrió en un pueblo del
interior”, agregó Gispert, quien contó que el filme se sostiene “en el humor
negro” para narrar una historia que ocurre en 1983, a poco de que termine la
dictadura cívico militar. “No caímos en mostrar hechos escabrosos ni
escatológicos, es un filme sobre las luchas intestinas que se viven en el poder
judicial”, agregó Gispert. (…) Según el
coguionista, motivó el filme un expediente que, de tan absurdo, los abogados se
lo pasaban entre ellos como un chiste. Pero hubo personas que padecieron las
decisiones de ese expediente, seguramente por las condiciones sociales a las
que pertenecían.
De un lado tenemos a Gloria Soriano (Paola Barrientos),
una abogada a la que le toca defender al Gringo (Daniel Lambertini) acusado de
violar al idiota del pueblo, Mamfredo (Fernán Mirás), la fiscal del caso Mercedes
Rivas (María Onetto) fue profesora de Gloria. El expediente es casi un chiste
de mal gusto de tan precario y prejuicioso. Darío Grandinetti será el juez,
personaje comprometido en el caso por más de un aspecto.
Los detractores del film insisten con que el
tratamiento del tema es enfático, los personajes está subrayados y que el
contenido es discursivo. Los defensores damos vuelta esos argumentos y decimos
que no hay énfasis sino voluntad de claridad, no hay personajes subrayados sino
caracterizaciones claras y que el contenido no es discursivo sino elocuente.
Eso sí, todos coincidimos en que la historia es muy atrayente y que las
actuaciones son excelentes.
Yo, ya es obvio, milito en las filas de los defensores
de un film, que me pareció lisa y llanamente el mejor que he visto este año
hasta la fecha. Por su audacia, por sus logros, por su historia, por volver inolvidables
a sus personajes. (Y porque antes de los títulos finales reconocí las
locaciones necochenses utilizadas)
En resumen, asúmase como juez de este film impar y
emita sentencia. (Se exhibe en el Cinema Paradiso en solo dos horarios, uno muy
cómodo: 18:40 y otro no tanto: 23:05, incluso a pesar de esta incomodidad, no
se lo pierda)
Gustavo Monteros
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