sábado, 20 de agosto de 2011

Cowboys & Aliens



No soy muy adepto al cine industrial contemporáneo, al que cariñosamente, o no tanto, llamamos “pochoclero”, porque parece no perseguir otra cosa que ser vistoso y ruidoso acompañamiento del pegajoso maíz inflado. Pero por algún malfuncionamiento de un circuito de mi cerebro, la mezcla que prometía el título me resultaba atractiva. No por la mezcla en sí de ciencia ficción y western. No muy original, por otra parte, ya Oestelandia (Westworld, 1973) de Michel Critchon, una de las películas más interesantes con Yul Brynner, casaba ambos géneros. Quizá me interesaba porque remitía al cine B de la infancia, aquel que mandaba las amazonas a la luna. O quizá porque los nombres, Steven Spielberg (aquí, productor) y Harrison Ford, juntos o separados son para mí un imán irresistible. Harrison Ford puede actuar mal o involucrarse en bodrios (hizo ambas cosas, por suerte no con frecuencia), pero se lo perdono porque el hombre es Indiana Jones y eso siempre le da un crédito extra. Y Steven es Spielberg, y está todo dicho.

Sea por lo que sea, ahí estaba para ver a los cowboys meterse con los aliens o viceversa. Por las dudas, para no decepcionarme después (la experiencia tarda, pero enseña) no albergaba muchas expectativas. Ése fue el secreto del éxito. Si no se alientan muchas esperanzas, entretiene y hasta puede resultar buena, cuando en realidad no lo es. Usa unos cuantos lugares comunes (muchos, casi todos) de las viejas películas de vaqueros. De la ciencia ficción sólo toma los monstruitos (en versión feroz, esta vez) y sus naves, lo que permite, claro, explosiones a granel, festival de efectos especiales y estentóreas reverberaciones sonoras. Fluye indolora y cuando uno quiere acordar, estamos en un final tan pero tan almibarado, que si alguien entrara en ese momento, creería que estamos viendo una telenovela clásica en vez de una película de acción.

Lo que más llama la atención, sobre todo porque la dirige Jon Favreau, que viene de darle color a los Iron Man, (con la inestimable ayuda del inmenso Robert Downey Jr. claro), es la ausencia de humor. Jon se la tomó muy en serio. Error. Grave. Por momentos pareciera como que estuviera haciendo otra versión de Solaris, en vez de una de aventuras para vender más pochoclos.

Harrison Ford hace otra buena variación del viejo gruñón con corazón de oro (y… el tiempo pasa). Daniel Craig es un actor de la puta madre, como lo demostrara en las numerosas películas independientes en las que participó antes de ser elegido el nuevo James Bond, y los héroes parcos y duros no tienen secreto para él. El interés romántico es Olivia Wilde, linda chica, buena actriz,  la 13 del Doctor House. Anda también por ahí, el bueno de Sam Rockwell ensayando una caracterización.

No pasará a la historia, pero no aburre y devuelve la plata de la entrada. No es mucho, pero alcanza.


Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 12 de agosto de 2011

En un mundo mejor



En un mundo mejor bien podría tener como título alternativo: Cómo enfrentar a tres matones y no morir en el intento. Es que tres violentos pivotean el relato y los buenos buenísimos deben lidiar con el mal que desparraman.

La historia se maneja en dos planos narrativos. Uno tiene lugar en África en donde Anton (Mikael Persbrant), un médico en misión humanitaria, cura como puede a las víctimas de un caudillo local, sádico y pérfido como pocos. El otro transcurre en Dinamarca, donde su hijo Elías (Markus Rygaard) enfrenta en la escuela a un grandulón agresivo y discriminador. Por suerte, el pobre Elías recibirá la ayuda de un nuevo compañerito, Christian (William Johnk Nielsen) que trae un entorno muy particular que ensanchará más el relato. Anton, Elías y Christian, todos juntos, serán de algún modo víctimas de un tercer matón, el típico e insoportable machote xenófobo.

Tanto matón dando vuelta en un mismo melodrama tiene su razón de ser. Susanne Bier, la directora y guionista de este film, se ha propuesto un análisis del círculo de violencia que parece imparable en todo tipo de sociedad. Bueno, más que un análisis, se ha propuesto una disertación. Y llegamos así al problema principal del film, su costado pedagógico, instructivo, formador. Es como que la buena de Susanne se trepa al púlpito y le entra a dar a la prédica como loca. No a través del discurso que enuncian los actores, sino a través del armado del guión, del delineamiento de algunos personajes y de la resolución de algunas escenas. Por ejemplo, Anton es tan, pero tan políticamente correcto que dan ganas de tirarle el rígido manual de ética que maneja por la cabeza. Y si no llega a ser intolerable, es porque la buena de Susanne le dio un costadito oscuro para que no sea tan pero tan santo. El hombre se está divorciando de Marianne (Trine Dyholm, una actriz notable) a quien hizo sufrir miserablemente, portándose muy pero muy mal. Y si insisto con subrayar los aumentativos, es porque en todo el film hay un tufillo maniqueo que aplana los conflictos. Está bien, es un melodrama, y el contraste muy marcado es un recurso válido en el género, pero la buena de Susanne quiere venderlo como un gran drama, y es ahí donde se le notan los costurones de pespuntes gruesos. Un final a toda orquesta redime a todos y siembra amor y comprensión, porque ya se sabe la bondad siempre paga.

Sin embargo, no llega a ser un bodrio. El perfecto acabado técnico, la elegancia de su estilo, la destreza con que resuelve algunas escenas (la culminante entre los dos chicos está muy lograda) y por sobre todo, las excelentes actuaciones (no hay nada que hacerle, algo puede no ser del todo bueno, pero si te actúan impecablemente, te comprás todo) la hacen seductora y agradable.  

En conclusión, si uno acepta que lo sermonearán un rato y que recibirá una lección de bondad y ética, se puede pasar un momento entretenido. Ah, sí, es la peli que ganó el Óscar a la Mejor Película Extranjera este año.

Coda:

La buena de Susanne declaró que se propuso modificar también la idea de paraíso cívico y moral que se tiene de los países escandinavos. No te hubieras preocupado, querida, el inspector Wallander, la inolvidable creación literaria de Henning Mankell, Lisbeth Salander, la protagonista de la trilogía de Milenium de Stieg Larsson, y la reciente masacre de Oslo ya nos despabilaron al respecto. Además el maestro Ingmar Bergman nos advirtió hace tiempo que detrás de las fachadas se escondían unos cuantos demonios.


Un abrazo, 

Gustavo Monteros

viernes, 5 de agosto de 2011

Súper 8



No demos vueltas, no empecemos con los peros, hablemos con franqueza, digámoslo de una vez, ¡qué joder! Disfruté enormemente de Súper 8. Sí, es una película pochoclera, pero del mejor cuño. No es perfecta, para su desenlace elige los puntos suspensivos y corre el riesgo de depender demasiado en que armemos y compremos la idea del extraterrestre que quizá no cierre del todo, pero, confieso que después de pasarla tan bien durante su desarrollo, no importa mucho.

J.J. Abrams (Lost, Alias, Misión imposible III, Star Trek – el futuro comienza) escribe y dirige un abierto homenaje a Steven Spielberg que casualmente o no tanto es el productor. Jota Jota o Jay Jay pone en 1979 a un grupo de chicos a filmar una peli en Súper 8, un pueblito que maquilla la mejor imagen posible de los yanquis, un militar pérfido y un extraterrestre que se las trae. Contar más es abrir el horno antes de que el bizcochuelo se leve del todo.


Las referencias al Spielberg director (ET, Encuentros cercanos del Tercer Tipo, La guerra de los mundos, Jurassic Park) y al Spielberg productor (Los Goonies, Gremlins, Volver al fururo) son constantes y merecidas. Spielberg es uno de los más grandes narradores que nos ha dado el cine, y el cine de aventuras contemporáneo le debe casi todo. Y como se trata de seguir sus huellas, el relato es clásico, sólido, sabroso, adrenalínico, encantador, atrapante.


Los actores, niños y adultos, están impecables, pero es imposible no mencionar a Elle Fanning, la hermana buena actriz de la insoportable Dakota. La chica ya se lució en Somewhere de Sofia Coppola y vuelve aquí a hacerse notar a lo grande.


Perdonen que no abunde en detalles, que no analice secuencias o que intente correlatos, pero no quiero dañarles la sorpresa.


Si les gusta el cine de aventuras, perdérsela es imperdonable. (Ah, no se levanten cuando comiencen los títulos finales, hay una deliciosa sorpresita). 


Un abrazo, 

Gustavo Monteros.

viernes, 29 de julio de 2011

Copia certificada





















Para paradojal, nada como el hombre. Me la paso puteando que no nos dan más que basura hollywoodense y cuando, como excepción, ¡por fin!,  nos dan una película decente, ando con ánimo de ver un film pochoclero de cuarta. Y sí, cuando la peli empezó, estaba con más ganas de ver a los musculosos de moda cagarse a tiros con explosiones de autos como fondo mientras los invaden unos extraterrestres deformes, que degustar un ejemplo insoslayable de cine arte. Por suerte, a los minutos estaba tan encantado, seducido, hipnotizado por lo que veía, que parecía que nunca hubiera querido ver otra cosa.

James Miller (William Shimell) es un escritor inglés que está en Florencia presentando un libro llamado Copia certificada en el que sostiene que en arte las copias son tan o más valiosas que el original. La dueña de una tienda de antigüedades (Juliette Binoche) lo invita a conversar con ella y lo llevará de paseo a Lucignano, un pueblito de Arezzo. En el viaje filosofarán y al llegar, harán un juego de roles que los trasmutará en pareja, una copia certificada de las experiencias de su vida que los acercará a la verdad de lo que son y sienten.

Abbas Kiorastami (El sabor de la cereza) entrega un film, en apariencia, sencillo, directo y humilde que es, en esencia, profundo, reflexivo, indagador. Como bien dice Herb Bloomfield: “Una película que muestra el mundo, mientras se piensa a sí misma”. Antinomias como representación y realidad, ilusión y verdad, original y copia, se despliegan y multiplican fascinantemente una y otra vez.

Juliette Binoche, que se llevó el premio a la mejor actriz del Festival de Cannes, 2010, por este trabajo, es de una luminosidad enceguecedora. Como Meryl Streep o Catherine Deneuve acepta los estragos del paso del tiempo con naturalidad y al revés de otras que se plastifican o se siliconizan para eternizar la fugaz belleza, luce arrebatadoramente sensual y terrena. William Shimell, un celebrado barítono inglés, debuta a lo grande como actor de cine y concreta una actuación inolvidable y perfecta.

Mis queridos amigos cinéfilos, larguen todo y vayan corriendo al cine. Copia certificada es un auténtico, legítimo, verdadero tesoro. Absolutamente imperdible.


Un abrazo, 

Gustavo Monteros

domingo, 17 de julio de 2011

Tengo algo que decirles

Al cine del ítalo-turco Ferzan Ozpetek el adjetivo “elegante” le viene de perillas, como se decía antes. Su cine es naturalmente elegante, igual que esas personas que incluso desgreñadas y rotosas son gráciles y con donaire. Dos temas son recurrentes (aunque no excluyentes, uy, me salió rimado) en su obra: la familia y la homosexualidad. En el presente caso, como el título en español lo delata, una salida del clóset pone en marcha el argumento. Esta familia, como todas, tiene sus peculiaridades, entre las que no se cuenta la facilidad para aceptar la sexualidad diferente. El padre, sobre todo, sufre la confesión como una afrenta imperdonable. Cerca del final, otra puesta en claro acelerará algunas decisiones.

En las tres películas anteriores estrenadas en el país (Hamam-El baño turco, El hada ignorante y La ventana de enfrente) primaban el drama o el melodrama, aquí la balanza se inclina para el lado de la comedia. No de la que provoca carcajadas sino de la que despierta sonrisas amables. La película es despareja, pero agradable. Y la elegancia antes mencionada acentúa los logros y disimula los yerros. Entre estos últimos figuran algunas caracterizaciones esteoripadas, como la del padre, que no se desbarranca en la caricatura por la mesura del actor; diálogos demasiado “armados” como el de la pelea de los hermanos, muy literario o teatral; inconsistencias como los amigos “locas” que se disfrazan de heterosexuales, pero que al natural, la escena de la playa, no son tan “locas”; excesos como que la abuela no pare de tirar sentencias. Entre los logros están la cena de la confesión; las deliciosas mucamas; el diálogo en la marroquinería, que si bien es un lugar común, está bien puesto y resuelto; la escena final que bordea el realismo mágico; y que el ritmo y el interés no decaigan.

El cine italiano no tendrá hoy maestros incuestionables como otrora, pero conserva la vitalidad y ese-no-sé-qué sanguíneo tan latinos que atrapa. En resumen, agrada porque la elegancia y la amabilidad son seductoras irresistibles.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 9 de julio de 2011

De dioses y de hombres

El título de la novela del Gabo García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, describe con exactitud esta película. No crean que mato el suspenso. Aunque no conozcan el caso real en que se basa, no se necesita ser Columbo para descubrir con sólo ver el afiche que los curitas son boleta. Bueno, también puede describirse como el viaje que va de la sensatez al misticismo, que lleva a su vez al sacrificio inútil, al martirologio evitable. (Lo primero es objetivo; lo segundo, mi temeraria apreciación).

La cosa es así. El año es 1996. El lugar, un monasterio de Tibhirine (Argelia) al ladito de los montes Atlas. Los protagonistas, ocho monjes trapenses que se dedican a lo que se dedican los monjes trapenses: meditar, rezar, cantar, cuidar la huerta, vender miel, atender enfermos, ser buenos vecinos, etc. Se los ve buena gente. De repente se arma un cacao entre el gobierno de facto (los milicos siempre traen quilombo) y unos terroristas islámicos (fundamentalistas, of course). Surge entonces la pregunta del millón: ¿irse o quedarse? Decisión difícil si las hay. Los curitas están muy apegados al lugar, sienten que es, por azar, elección o designio divino, su lugar en el mundo. Algunos querrán irse, otros quedarse. De a poco, todos madurarán la elección de quedarse. Craso error, piensa uno.

La película es clara, pero puede tener muchas interpretaciones. Algunos la verán como la glorificación de la fe y el sacrificio en un mundo descreído que desconfía de esos valores. Otros la verán como la aseveración de que hay determinadas decisiones que te matan, elijas lo que elijas; de un lado, una muerte real, del otro, una muerte en vida. A mí me tiró más para el lado de la ratificación de una verdad de Perogrullo que muchos insisten en desmentir: nadie escapa a la política. Ni la modelo más frívola ni el monje más espiritual. Siempre se está de un lado o del otro. Por convicción u omisión. No existe lo “apolítico”. Estos curitas, por ejemplo, quedarán tan en el centro de la tormenta que serán tironeados por los dos bandos en pugna. Los terroristas los respetarán, pero también desconfiarán de su mansedumbre, porque por historia la institución a la que representan siempre estuvo del lado opuesto al que están ellos y porque por tradición el país al que pertenecen (Francia) hasta ayer nomás andaba colonizando a lo bruto. Los milicos, por su falta de adhesión manifiesta al régimen y por su conducta piadosa, pensarán que simpatizan con los terroristas. Tan en el “centro” están que por momentos no se sabe de dónde vendrá la bala, si de los terroristas o de los milicos. El curita jefe dirá que el gobierno es corrupto, pero claro ellos con esas cosas no se meten. Saben que los terroristas son sanguinarios, pero atienden al herido por misericordia cristiana. Y si se sigue la idea por ese lado, se concluye que mueren de exceso de inocencia, lo que en el barrio se llama de otro modo, nada amable.

Como se ve, esta película de Xavier Beauvois es harto interesante. Atrapa, enoja y conmueve. Los rubros técnicos son impecables, pero no atraparía sin un elenco parejo y talentoso. Lambert Wilson y Michael Lonsdale son las caras conocidas, pero los otros seis no van a la zaga en expresividad, convicción y entrega.

Un remanso de calidad en una cartelera semanal (se exceptúan El laberinto y Medianoche en París) dominada por la habitual oferta pochoclera yanqui.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 2 de julio de 2011

Medianoche en París

Woody Allen es hombre de darse los gustos y celebrar su fantasía. En La rosa púrpura del Cairo, concretó un delirio que cruzó alguna vez por la cabeza de los que vamos mucho al cine: ¿y si las sombras planas que se pasean por la pantalla no fueran tales y tuvieran vida propia en una realidad paralela a la nuestra? Como recuerdan, no sólo daba una rotunda respuesta afirmativa sino que hasta un actor/personaje se escapaba de la pantalla y se colaba en la vida real.

Ahora vuelve realidad el sueño de algunos turistas de París. Muchos van a la Ciudad Luz por la arquitectura, algunos por los museos y otros a sentarse en cafés, bistrós, restaurantes por los que anduvieron hombres y mujeres notables que en el mundo han sido. Estos peculiares turistas van a embebecerse en los lugares visitados por sus notables favoritos, y a veces, mientras toman su café o comen sus tallarines, imaginan que los encuentran y que hablan con ellos. Una actriz amiga pasó una tarde maravillosa en un bistró de Montparnasse conversando con un Chagall fantasmal o imaginario que le contó todos sus secretos. La jarra de vino, que fue lo único que pudo pedir por tener poca plata, contribuyó no poco a la ensoñación. Los efectos pudieron haber sido más devastadores de no haberse apiadado el mozo y alcanzarle una panera y un platito con manteca. Vino, pan y manteca aparte, esta película y la vida demuestran que las personas de la cultura no estamos muy en nuestros cabales que digamos. De estarlo nos dedicaríamos a profesiones más sensatas como el resto del mundo.

París tuvo muchas épocas doradas. Una de las más recordadas es la de la década del veinte. Entre otros, coincidieron Zelda (Alison Pill) y Francis Scott Fitzgerald (Tom Hiddleston), Cole Porter (Yves Heck), Ernest Hemingway (Corey Stoll), Juan Belmonte (Daniel Lundh), Joséphine Baker (Sonia Rolland), Alice B. Toklas (Thérèse Bourou-Rubinsztein), Gertrude Stein (Kathy Bates), Pablo Picasso (Marcial Di Fonzo Bo), Djuna Barnes (Emmanuelle Uzan), Salvador Dalí (Adrien Brody), Luis Buñuel (Adrien de Van), T.S. Eliot (David Lowe), Henri Matisse (Yves-Antoine Spoto) y Man Ray (Tom Cordier). Pavada de gente para conocer y mezclarse.

Woody Allen le concede el sueño de conocerlos y mezclarse con ellos a Gil Pender (Owen Wilson) un guionista de Hollywood con aspiraciones de novelista. Gil está en París acompañando a los suegros (Mimi Kennedy y Kurt Fuller) de su novia (Rachel McAdams) y es obvio hasta para el boletero que ni con una ni con otros tiene mucho que ver. Una noche, harto de aguantar a un amigo de su novia (Michael Sheen) y su casi igualmente insoportable pareja (Arianda Carol), se va a caminar por las calles de la siempre hermosa París, et voilà, a la medianoche recala en la década del veinte. Se encontrará con todos los mencionados arriba y hasta tendrá un romance con Adriana (Marion Cotillard), la amante de Picasso. Adriana ratifica el tema de la película (la nostalgia por los oros del pasado) porque ella, que vive en una época dorada, añora otra, la de la Belle Epoque. De todos modos, aunque la película concluya con la celebración del presente y del futuro, para Allen, que maneja esas bandas de sonido preciosas en las que casi no hay nada contemporáneo, la nostalgia del pasado es un pecado en el que le gusta reincidir.

El elenco, incluida la primera dama francesa (Carla Bruni) como una guía del Museo Rodin, es tan delicioso como la película, pero como suele ser su costumbre, se destaca la maravillosa Marion Cotillard. El perezoso estilo de Woody Allen (pocos planos, tomas largas) nos permiten comprobar la destreza para manejar cambios de emociones que tiene la franchuta. La chica tiene muchísimo talento. Verla es un placer aparte.

París fue, es y será una fiesta. Para que nadie lo discuta, los directores de fotografía, Darius Khondji y Johanne Debas, nos regalan unas imágenes de apertura sencillamente gloriosas. A los que no hemos ido nos permiten figurarnos con nitidez lo que nos estamos perdiendo. Y los que ya la visitaron, se felicitarán de haber ido.

Un abrazo, Gustavo Monteros
En la foto, Marion Cotillard conversa con Woody Allen y Owen Wilson en una pausa del rodaje.

sábado, 25 de junio de 2011

El laberinto

El laberinto es un drama de luto. Tranquilos, no aspira a la corrección política, a la bajada de línea new age, a las lecciones de vida estilo manual de autoayuda ni a la deshidratación de lagrimales a fuerza de golpes bajos. Persigue la observación detallada de las conductas de un grupo de personajes cercenados por una desgracia súbita e incomprensible. Ocho meses después de un estúpido accidente que le costara la vida a su hijo de cinco o seis años (no se espanten, mis amigas impresionables, el accidente no se ve, no se recurre aquí a efectismos baratos; en un flashfoward sólo se ve la reacción de Nicole), un matrimonio de clase media alta (Kidman y Eckhart) lidia con el dolor como puede.

De lo expuesto se desprende que estamos ante la típica película que depende de la magia de los actores para sobrevivir. Para decirlo rápido, de la que los actores salen con una nominación para el Óscar o es otro drama fallido más de los que tanto abundan. Como se sabe, el objetivo fue cumplido porque la Kidman obtuvo su nominación. No es para menos, Nicole concreta otro trabajo superlativo, lo que no es decir poco, hablamos de una actriz que tiene una foja de servicios impresionante. La chica mostraba garras de tigresa hasta cuando era la linda de la película; siempre supo hacerse notar y devolver la plata de la entrada con creces. De un collar de escenas inolvidables por lo magistrales, me quedo con la del supermercado. Desde que Al Pacino le cerrara la puerta en la cara a Diane Keaton en El padrino II, no se ve a nadie hacer un cambio repentino de emociones con tanta naturalidad, espontaneidad y fuerza. Antológica.

Aaron Eckhart es un buen actor, aunque su notoria apostura le juega en contra. Siempre se desconfía de los actores tan lindos; algo así como: ¿encima no se les ocurrirá actuar bien, no? Y sí, a Aaron se le ocurre. Aquí exhibe una batería de recursos del mejor cuño que van de la comprensión esforzada, la angustia contenida a la rabia explosiva. Parte el alma en la escena de la discusión por el video y maneja estupendamente el humor involuntario en el momento en que muestra la casa a los posibles compradores.

Si bien por sus trabajos individuales merecen una carretillada de premios, el mérito se acrecienta por la química que lograron en la relación. Todo el tiempo “compramos” que es un matrimonio hecho y derecho. Manejan el ida y vuelta con soltura y lo retroalimentan con confianza, entrega y verdad.

El resto del elenco no se queda atrás. Como la madre de Nicole está la gigantesca Dianne Wiest, gloriosa como siempre. Tammy Blanchard se luce como la hermana medio tarambana de Nicole y Sandra Oh está maravillosa como la compañera impredecible de Eckhart en el grupo de contención. Por último y sin demérito de un trabajo altamente notable, Miles Teller intriga y conmociona como el adolescente que participó indeliberadamente del accidente. La fatalidad, ¿vio?

El guión de David Lindsay-Abaire es bello, fluido y elocuente. Se basa en su obra de teatro homónima que permitió el lucimiento en una sala neoyorquina, más el beneplácito crítico posterior que derivó en nominaciones para premiaciones varias, de Cynthia Nixon (la Miranda de Sex and the city). (Calma, tampoco hay aquí nada “teatral”, más bien lo contrario. Es cine puro. Sabrá Dios cómo es la obra original.)

A priori, John Cameron Mitchell, el director de la estrambótica Hedwig and the Angry Inch y la revulsiva Shortbus, parece la opción desaconsejada para este material. Aunque pensándolo bien, hay en Hedwig momentos de honda sensibilidad amarga. Como sea, demuestra que las especulaciones eran inútiles porque nos da un film sincero y conmovedor. Tristón, claro, pero en la vida no es todo jolgorio, lamentablemente.

Una reflexión final. ¿Para qué corno sirven los dramas de luto? Y, bueno, para empezar son catárticos como todo relato, pero como todos tenemos una ausencia en el placar que mitigar, la empatía que establecemos con la representación simbólica es inconscientemente más fuerte que ante un thriller, por ejemplo. De allí que exponernos a un film tan honesto como éste no sólo es liberador sino iluminador y, por extraño que parezca, a la larga reconfortante.

Una coda (juro que final): ¿de dónde habrán sacado los distribuidores locales un título tan borgeano? Mal no le queda, pero la pregunta persiste. El título original The rabbit hole (La madriguera del conejo) refiere al cómic que hace el adolescente partícipe adventicio del accidente y en el que refleja en clave lo que siente.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

8 minutos antes de morir

En un principio parece que estamos ante el thriller semanal. Tomas aéreas persiguen a un tren en movimiento con una dramática música de fondo estilo Alfred Hitchcock. Pero al ratito comprendemos que es una de ciencia-ficción. Dentro del tren, el bueno de Jake Gyllenhaal se despierta sobresaltado y una chica (Michelle Monoghan) le da charla como si lo conociera. Él ni por las tapas sabe quién es. Va al baño y, oh sorpresa, ve a un hombre que no es él reflejado en el espejo. Mientras intenta dilucidar qué corno está pasando, explota el tren. ¡Cómo! ¿Mataron al protagonista a minutos de empezar? Sí y no tanto. Como en Hechizo del tiempo o El día de la marmota con el gran Bill Murray, para descubrir las claves de lo que pasa, habrá que recurrir a la repetición de los 8 minutos a los que hace referencia el título en español.

El relato es atrapante y se sigue con expectativa constante. Y más allá del discutible final (¿había necesidad?), las piezas encajarán; el problema es que a pesar de contar en el rol central con el magnético Gyllenhaal, pichón de superestrella carismática a la usanza tradicional, no empatizamos del todo con su personaje. Lo que sucede nos interesa más en términos de trama que en identificación con este flaco en problemas que suda tinta china. El interés no se pierde, pero no hay conmoción. El poco espesor humano que se vislumbra lo pone Vera Farmiga, que se luciera en 15 minutos, Los infiltrados y en Amor sin escalas. O sea todo muy lindo, pero un poco frío e impersonal. Y livianito,  pese a que coquetea con temas considerados “profundos”, con los cuales no me meto porque revelaría vericuetos del argumento que deben permanecer misteriosos hasta que lo vean.

Dirige con brío y efectividad Duncan Jones (está bien, cumplamos con el chusmaje: es el hijo de David Bowie). El niño de 40 años recién cumplidos viene de dirigir la interesantísima Moon, una lograda reflexión sobre la distancia, el Gris de ausencia de la lejanía.

En definitiva, salvo el pero señalado y un par de énfasis patrioteros innecesarios (los yanquis si no agitan las banderitas cada tantos centímetros del metraje, no degluten el pochoclo tranquilos), un entretenimiento recomendable.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 18 de junio de 2011

Los agentes del destino

Como con el libre albedrío los hombres no hicieron más que desastres, Alguien decidió que los destinos fueran predeterminados. Para cuidar que las vidas no se salgan de cauce, hay un comando burocrático de hombres trajeados y con sombrero: los agentes del destino (o The adjustment bureau, según el título original). Demás está decir que ponen particular celo en los destinos importantes, los otros que se arreglen más o menos como puedan. De allí que la historia se centre en un político carismático (Matt Damon) llamado a ser el futuro presidente de los EEUU (¡andá!), que no va y pone su futuro de gloria en peligro porque se enamora de una bailarina (Emily Blunt) (algo muy comprensible porque hay que ser extraterrestre para no enamorarse de la Blunt). Los hombrecitos trajeados harán lo imposible para separarlos. El suspenso consistirá en saber si el amor que se profesan el próximo cortador de bacalao mundial y la heredera de Terpsícore es lo suficientemente fuerte como para superar las triquiñuelas de los hombrecitos con sombrero.


Basada muy libremente en un cuento de Philip K. Dirk, la película tiene un arranque promisorio, pero de a poco se desbarranca en un mar de explicaciones para sustentar el trámite. Y es harto sabido que en la ficción cuantas más explicaciones se dan, más rápido se instala el tedio y se vuelve tan irremontable como las cataratas del Iguazú. Nobleza obliga, confieso que el poco interés que el cuento me despertaba se diluyó más rápido que un alka seltzer cuando supe que se trataba de “salvar” al futuro presidente yanqui; el encumbramiento del rol del presidente como un ser noble, digno y dotado casi de infalibilidad divina que lo compren los yanquis que serán la primera carne de cañón en la próxima invasión; en mi modesta opinión, el presidente yanqui no es sino un generador de hambre, odio, guerras, hecatombes ecológicas y negocios fabulosos para tres o cuatro corporaciones o sea un ser miserable que no encuentra dignidad o nobleza ni en un diccionario.


Lo único indiscutible de este film de George Nolfi es la gran química que hay entre Damon y la Blunt, la relación está tan bien trabajada que nos convencen que su amor es verdadero. Logro que el cine yanqui curiosamente no repetía desde que Heath Ledger y Jake Gyllenhaal fueron cowboys gays en "Secreto en la montaña". Desde ese film hubo muchos romances “profesionales”, pero poco amor “verdadero”.


En definitiva, ideal para verlo cuando lo dé Telefé, que más que películas da resúmenes de películas. Quizá con cortes abusivos, se vuelva más misteriosa y apreciable.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 11 de junio de 2011

Hanna

A la pobre Saoirse Ronan, (quien fuera la adolescente histericona que desataba el drama en Expiación, deseo y pecado), le tocan los relatos multigéneros. Viene de Desde mi cielo, un error mayúsculo de Peter Jackson, que mezclaba el thriller, el drama de pérdida y ausencia con lo sobrenatural. Ahora en Hanna, primera incursión en la acción de Joe Wright (Orgullo y prejuicio, Expiación, deseo y pecado), le toca lidiar con el cuento de hadas macabro, los enredos de espías, las vueltas de la iniciación a la vida, el drama de venganza y una pizca de ciencia ficción.


A la chica le va mejor con Hanna, que no estará lograda, pero al menos no es un bodrio irredimible como Desde mi cielo.


Hanna tiene sus errores, pero también sus hallazgos. Entre los primeros podemos consignar las escenas de acción, elementales y trabajadas a reglamento; algunas transiciones de escenas como la del número cabaret que pareciera querer terminar en algo contundente y no termina en nada; algunas caracterizaciones como la Tom Hollander en el lugar común del gay sádico; el cuadro de flamenco, que pretende color local y es anodino; y un humor tan ramplón que más que humor es carencia de toda gracia.


Entre los hallazgos podemos mencionar a Cate Blanchett, que si bien no convierte en oro todo lo que toca, lo dignifica y lo vuelve apreciable; Berlín, que es tan de películas de espías; la música de The chemical brothers, un descanso para el oído de la habitual batahola estúpida pochoclera; la escenografía de la secuencia final, ese parque de diversiones decadente y siniestro; y Saoirse Ronan.


La chica es un talento que viene en un formato raro. Es flaquísima, casi andrógina, desgarbada y hasta desangelada, pero es imposible dejar de mirarla o no conectarse con su luminosidad prerrafaelista.


En definitiva, Hanna no amalgama sus heterodoxos elementos, exige una tremenda suspensión de la incredulidad, pero entretiene, se sigue con interés y para variar uno sale del cine sin sentirse estafado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 4 de junio de 2011

Blue Valentine

Blue Valentine es una película triste, triste, triste. Cuenta el fin de una pareja y paralelamente en flashbacks el nacimiento y la consolidación de la misma. El debutante Derek Cianfrance narra las escenas del pasado principalmente con cámara en mano y las del presente mayormente en video de alta definición con acercamientos asfixiantes. Pero se le va la mano con los juegos estilísticos y una película que pudo ser emocionalmente devastadora se queda en apenas conmovedora.


Es obvio que siente una gran admiración por el cine de John Cassavetes y sus modismos de actuación. Cassavettes manejaba un club privado de grandes actores que se dedicaban a bucear y profundizar, desde la improvisación, en un acotado tipo de personajes y situaciones en pos de una verdad reveladora. Si bien obtenían actuaciones frescas y sinceras, no podían escaparle al artificio.


La actuación es ante todo un juego y la verdad, esa cosa inaprehensible que se esconde en la realidad. Una actuación se acerca a la verdad, pero nunca es la verdad. La verdad huye ante una cámara o en un escenario porque no son los lugares en que se sienta a sus anchas.


La actuación alude a la verdad, pero no es la verdad. Se puede orinar en cámara, pero no se orina de verdad. El elemento del ojo visor, de sentido de espectáculo le quitan "sinceridad" y cubren de "exhibicionismo" al hecho natural de orinar.


Una improvisación no da nunca una verdad, da a lo sumo una ilusión de naturalismo. De modo que Cassavetes y su club lejos de alcanzar la verdad, se pierden en un nuevo ejercicio de naturalismo "supuestamente" extremo.


Parece que Cianfrance para acercarse a su ídolo Cassavetes propuso a sus actores Williams y Gosling encerrarse en una casa y experimentar la cercanía aguda. Se dice que en momento le propuso a Gosling que le tirara los galgos mal a la Williams hasta convencerla de acostarse con él. La actriz se negó y el director usó la emoción negativa desatada para alimentar el conflicto del personaje de la actriz.


Como Cassavetes, Cianfrance es un pichón de manipulador. Y como todo manipulador, es un demiurgo en ciernes. Y como todo demiurgo, es más cruel con sus personajes que el mismo Dios. Michelle Williams y Ryan Gosling corporizan, con indiscutible talento, un par de perdedores en el amor y en la vida al que su creador no les da la más mínima esperanza o les concede la mínima piedad. O sea todo es triste, triste, triste.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 28 de mayo de 2011

Incendies

Incendies del director canadiense Denis Villeneuve, Maelström (2000) y Polytechnique (2009), se basa en una obra de teatro de Wajdi Mouawad y compitió por Canadá en la última entrega de los Oscar. Su director la describe con justicia como "Una brillante mezcla de film de detectives y tragedia griega".

Dos gemelos, Jeanne y Simon, al morir su madre reciben el encargo de entregar dos cartas, una al padre que creían muerto, y otra a un hermano mayor del que no tenían ni noticia. Y así, Jeanne, primero, y Simon, después, comienzan a desandar el periplo del pasado de su madre, o como dice el director el "viaje de Jeanne y Simon hacia el origen del odio de su madre". Terminarán en el país de origen de la madre, que está aquí ficcionalizado, pero que oculta con transparencia el Líbano de las luchas y matanzas entre musulmanes y cristianos.

El relato atrapa y se permite algunas crudezas. Necesarias para comprender algunas decisiones de la madre.

Las actuaciones son muy buenas y Villeneuve dirige con elegancia, austeridad y firmeza, aunque abusa del plano que se abre (se comienza la escena con un plano detalle de alguna cosa que obviamente no se percibe del todo y entonces se comienza a abrir el plano para hacernos comprender de qué va o dónde transcurre la escena. Un recurso muy de moda entre los directores de cine de autor para generar atención e interés. Todo bien, pero cuando se reitera una y otra vez, termina por ser monocorde).

De todos modos, altamente recomendable.

Un abrazo,
Gustavo Monteros