viernes, 28 de abril de 2023

Festival LGBTQ+ - Séptima jornada


 

La séptima jornada del Festival LGBTQ+ que me organicé está compuesta de tres películas francesas. La primera es Plaire, aimer et courir vite (Christophe Honoré, 2018). Estamos en 1993, Jacques (Pierre Deladonchamps) es un escritor HIV positivo. Orbitan a su alrededor, Louis, su hijo de 10 años (Tristan Farge) y la mujer con que lo tuvo, Nadine (Adèle Wismes) y Mathieu (Denis Podalydès) un periodista que vive en el piso de arriba. Jacques está bien, pero como los tratamientos no eran tan efectivos como ahora, sabe que puede decaer irremediablemente de un momento a otro. Marco (Thomas Gonzalez) un examante también con HIV está en las etapas finales y esto deprime a Jacques y acelera su declive. Lo revive un poco su pasión por Arthur (Vincent Lacoste) un joven estudiantes de Rennes, al que conoció cuando fue a esa ciudad a ver los ensayos de una obra suya. Dura dos horas con doce minutos y yo sentí todos y cada uno de ellos. Por dos motivos principales: la tradición francesa, que se remonta unos cuantos siglos atrás y que no tiene fecha de cierre, de racionalizar los sentimientos, larguísimas consideraciones sobre lo que les pasa y no, sobre si lo que sienten es lo que sienten, si es que de verdad sienten o si les parece que sienten lo que deberían estar sintiendo y así. Y dos, porque los personajes principales, en realidad todos, salvo el chico, son unos tremendos narcisistas enamoradísimos de los personajes que creen ser, lo que dificulta o imposibilita, al menos en mi caso, identificarme con ellos. Ojo, es una buena película, que yo no pueda apreciarla en todo su valor, es mi problema, no atribuible en nada a trama, tratamiento y logros de la película. Como me gusta decir, solo no es para mí.



Sigo, con mucho temor, con Jours de France (Jérôme Reybaud) porque temo que, por iguales motivos, me pase lo que me pasó con el film anterior. Pero no, termina por gustarme y mucho. Pierre (Pascal Cervo) abandona la casa que comparte con Paul (Arthur Igual) para lanzarse a la carretera con su Alfa Romeo de alta gama y dejarse guiar por el capricho del momento. Activa su aplicación grindr eso sí, porque por el camino no quiere privarse de los hombres interesantes que pueda ir conociendo en el sentido bíblico, claro. La película maneja muchos puntos suspensivos, que irán aclarándose a medida que el film avanza. Es una road movie con levantes gay. Pero los encuentros sexuales no serán los únicos determinantes de su itinerario, como lo demuestra el desvío para socorrer a Diane (Fabienne Babe), una cantante que se gana la vida dando shows en geriátricos, a la que se le quedó el auto a medio camino de un compromiso. También se topará con una exdocente suya de literatura del secundario (Nathalie Richard), una ladrona (Laetitia Dosch), además tendrá una reveladora conversación telefónica con su tía, una actriz veterana a la que la frecuentación con su arte le ha dado no solo un incansable histrionismo sino una gran sabiduría (la irrepetible Lilian Montevecchi en su última participación para el cine, Death, be not proud). Y habrá unos cuantos hombres, muy entrañables en sus peculiaridades, que viven su sexualidad de una manera diferente a los gays de las grandes ciudades. Paul no se quedará de brazos cruzados y con la ayuda de la aplicación mencionada, buscará a Jacques por los caminos, lo que sumará personajes a la galería de retratos atendibles. Dura dos horas con diecisiete minutos y no los sentí, se me pasaron volando.




Cruzo los dedos para que la suerte me dure y me pase con la tercera lo que me pasó con la segunda y no como con la primera. Ni tanto ni tan poco. Été 85 es el François Ozon de 2020. Los dos Ozon anteriores, L’amant doublé (2017) y Grâce à Dieu (2018) me habían aburrido un poco. De nuevo, culpa mía, no de Ozon, pero uno también tiene sus gustos, qué embromar. En 1985, el adolescente Alexis (Félix Lefebvre) es rescatado por David (Benjamin Voisin), otro adolescente apenas un par de años mayor, de un mar tormentoso cuando su botecito dio una vuelta de campana. Nacerá una amistad que derivará en una arrolladora iniciación de Alexis al erotismo homosexual, David, sospechamos, viene más curtido. Pero los problemas en el paraíso no tardarán en llegar y la historia de amor se abrirá ¿al policial? Algo así. Literatura para adolescentes que no se transcribe del todo bien a la pantalla. Por más que solo el universo adolescente puede albergar a esta historia, hay vueltas de tuerca que suenan falsas incluso en este universo tan elástico. Los adolescentes por estar en edad de transiciones se prestan, en manos de algunos autores, para justificar las conductas psicológicas más traídas de los pelos. No es este el caso, pero casi. Debo reconocer, eso sí, que esta vez no me aburrí.

Gustavo Monteros

viernes, 21 de abril de 2023

Festival LGBTQ+ - Sexta jornada

Inicio mi sexta jornada del festival LGBTQ+ con Moneyboys (2021), opera prima de C.B.Yi. Fei (Kai Ko) parece haber nacido para la profesión que por accidente le toca ejercer: trabajador sexual especializado en hombres. Tiene la mezcla exacta de narcisismo (para que los gajes del oficio no lo afecten demasiado) y capacidad para distanciarse, deshumanizarse y desentenderse así de pasiones que desata). Estas ventajas lo ayudan para sobrellevar los inconvenientes de prostituirse, pero le impiden reconocer a tiempo el amor. Primero el de Xioalai (J.C. Lin), un compañero de profesión que para escaparse del tráfico sexual o en una manera autodestructiva de expresar su amor por Fei, o porque no puede manejar los celos, llevará a cabo una acción de venganza contra uno de los clientes de Fei. Esta acción me confunde, o es una cuestión cultual que no sé leer, o tengo falencias para entender algunos comportamientos de autoinmolación. Como sea, es mi problema y no el de ustedes. Fei, más adelante, tampoco sabrá ver a tiempo el amor de Long (Yufan Bai), un amigo del pueblo que se le aparecerá en Taipei para que lo ayude a mejorar su situación económica. Fei le encontrará un trabajo esclavizador en un comedero, al que Long más temprano que tarde mandará al demonio, porque quiere hacer lo que Fei hace, porque no es secreto para nadie salvo para Fei, además lo admira hasta la idolatría y lo ama en secreto desde siempre. Fei elige verse como un proveedor de su familia, hace lo que hace para que ellos, lejos en su pueblo, vivan bien. Los familiares aceptan el dinero, pero cuando Fei los visita no pueden hacer la vista gorda a la profesión de Fei y lo atacan con moralinas ancestrales (si necesitan ejemplos mayúsculos de hipocresía, aquí hay uno). Ya lo sabía Emile Zola y todos los naturalistas, pocas cosas desatan más morbo que los entretelones de la prostitución, C.B.Yi nos entrega un retrato frío y elegante, un poco distante como su protagonista nada empático, pero nunca perdemos el interés, ya sea por morbo o por culpa de su talento.



Sigo con Große Freiheit  o Great Freedom (Sebastian Meise, 2021) considerada con justa razón una de las mejores películas de dicho año. El título es de una ironía punzante. Hans Hoffman (Franz Rogowski) es víctima reincidente de la infame ley alemana llamada el Párrafo 175 que criminalizaba la homosexualidad y la castigaba con cárcel efectiva. Esta historia se cuenta en tres tiempos, en 1945, en 1957 y en 1968. Y salvo en tres momentos claves, transcurre el resto del tiempo en la cárcel. Hans no resignó su sexualidad y vio la ironía trágica de salir en 1945 de un campo de concentración para terminar en una cárcel de la ocupación, (en la Berlín dividida, a él le tocaron los norteamericanos). Tiene que compartir la celda con Viktor (Georg Friedrich) un homófobo violento, pero no estúpido ni insensible. Iniciarán una amistad que derivará en unas cuantas cosas. El período de 1957 estará dominado por el amor que Hans siente por Oskar (Thomas Prenn). Y el de 1968 por la relación que establece con Leo (Anton von Lucke). Alguien dijo en broma que no es ni por lejos la habitual película de cárcel ni la típica historia de amor. Broma acertadísima que esconde una verdad irrefutable. Es una película extraordinaria con un momento inolvidable que conmueve al más pintado. No está al final, pero va a parar al cajón de la memoria imborrable donde están el final de El francotirador y el de Umberto D.

Hablando de finales, tanto Moneyboys como Great Freedom tienen un final no cerrado del todo. No es que sea abierto, para nada, es fácil descubrir para donde van los tiros, pero sus cineastas eligieron por los motivos que sean no cerrar sus historias con claridad. Lo respeto, pero no de mi preferencia. La bajada del telón final es un arte que no hay que resignar. Perdón, es lo que creo.


 
Termino esta sexta jornada con Animals, dirigida por Nabil Ben Yadir, filmada en 2018 y estrenada pandemia mediante en 2021. Película difícil de ver como pocas. Registra el crimen de odio contra Ihsane Jarfi de 32 años de edad en 2012 en la ciudad de Lieja, Bélgica. Jarfi fue muerto a golpes por cuatro hombres. Su cuerpo fue encontrado en un descampado dos semanas más tarde a su fallecimiento con 17 fracturas en las costillas y otras heridas graves. Tres de sus asesinos obtuvieron sentencias de por vida y el cuarto una pena de 30 años de prisión. Estos datos no son mencionados en la película, que comete el error de suponer que por ser un caso famoso en Bélgica es igual de conocido en el resto del mundo. De todos modos los nombres están cambiados, quizá algunas circunstancias también por necesidades dramáticas, aunque no falte el cartelito de Basado en hechos reales.

La primera media hora es angustiante pero visible. Brahim (Soufiane Chilah) aiste al cumpleaños de su madre, fiesta familiar muy concurrida. Todos pertenecen a la religión islamista. Brahim invitó a su pareja de cinco años para que su madre lo conozca al menos, no planea blanquear la relación sobre todo porque su hermano mayor, el único que sabe que es gay se lo tiene prohibido, pero la esposa del hermano los vio en el centro y no para de azuzar a que se diga lo indecible y se eche al “infiel degenerado” El hermano jura que la esposa no se lo contó a nadie, pero otra de las cuñadas trata mal a Brahim y una de las invitadas a la fiesta lo mira con agresividad. Thomas, la pareja de Brahim no llegará porque el hermano se lo impidió golpeándolo y agarrándolo del cuello. Brahim se irá del cumpleaños y buscará a Thomas en un boliche gay que frecuentan. No está, en la puerta logra que cuatro matones en un auto que molestan a una mujer, dejen de hacerlo, los patoteros le preguntan si en el lugar hay “vaginas”, Brahim les dice que sí, pero que no están disponibles para ellos. Cree reconocer al chico que está sentado detrás, lo saluda, se ofrece a indicarles un lugar con “vaginas” dispuestas y ¡se sube al auto! Una cosa lleva a la otra, un comentario airado a otro y comienza la violencia contra Brahim. La siguiente media hora es muy difícil de ver y roza lo insoportable. El crimen es recreado con atroz eficacia. Abandonado el cuerpo, la cámara se concentra en el chico que Brahim creyó reconocer. Lo dejan en la casa. Tiene los nudillos heridos y la ropa cubierta de sangre. Come algo, acaricia al perro y cuando se da cuenta de la sangre que lo mancha, se saca la ropa y la tira a la basura, después volverá a sacarla e intentará lavarla ¡a mano! El chico va a su cuarto y se viste como para ir a misa. La madre ya está despierta, es una mujer postrada que mira televisión. Su padrastro le pregunta dónde va. El chico le dice que ya sabe. El hombre se pone muy violento y le dice que no se ponga guarango, que está a su cargo, que él paga los medicamentos de su madre y por la manutención de todos. El chico se va, pero no llega a una iglesia, sino a un salón de fiesta, lo ponen a preparar mesas, su padre verdadero ya había anunciado que ayudaría al personal del salón. Es que en ese día, el padre celebra en ese salón su casamiento con otro hombre. Los últimos 20 minutos son sobre el chico en la fiesta. ¿Las películas sobre crímenes de odio son necesarias? Muchos creen que sí. Y yo no me pongo de acuerdo conmigo mismo. Algo es seguro, durante varios días me preguntaré por qué Brahim se subió a ese auto. La violencia de esos cuatro era tan evidente, que ¿por qué?, ¿por qué? Solo Brahim lo sabe y ya no nos lo puede decir.

Fin de la sexta jornada.

Gustavo Monteros 

viernes, 14 de abril de 2023

Festival LGBTQ+ - Quinta jornada


 

Inicio la quinta jornada de mi festival LGBTQ+ con In from the side (Matt Carter, 2022). Dos rugbiers del mismo club, uno de la liga amateur, Mark (Alexander Lincoln) y el otro del equipo profesional, Warren (Alexander King) pasan de las miradas lejanas en un tercer tiempo en un pub a una apasionada noche de sexo. El problema es que ambos están en pareja. Warren con un compañero del equipo profesional, John (John McPherson) y Mark con Richard (Alex Hammond) un ejecutivo de alto rango que viaja mucho. Y lo que iba a ser cosa de una sola noche se convierte en relación, pero ¿hasta dónde están dispuestos a llegar? Mark tiene dentro de su equipo un lastre, Henry (William Hearle) un amigo afecto carenciado que dice estar enamorado de él, y que apaga sus frustraciones con litros de alcohol, y que para colmo es conocido y excompañero de John. Y orbita por ahí un jugador mediocre, envidioso que oficia de perro del hortelano, Gareth (Carl Loughlin) Y lo que en un principio parece una comedia romántica decanta en drama de infidelidades.


Tres características sobresalen. La homosexualidad está integrada, naturalizada, nadie se mosquea porque un alto porcentaje del equipo sea gay, y hablen de sus parejas, se toquen y besen en público, etc. En este casi utópico estado de situación, se diría que está equiparada a la heterosexualidad. Hay una militancia diferente a la habitual, en la que siempre se pone el subrayado en la discriminación, la no aceptación, la homofobia. Aquí hay una especie de épater le bourgeois no desde la confrontación sino desde la naturalización. La convivencia con el homosexualismo es vivida por los que no lo son sin conflicto ni violencia. Dos, el amor es amor y los problemas de relación son los problemas de relación, y en esta equiparación de relaciones homo y hétero, el conflicto presentado no variaría en lo más mínimo si pusiéramos hombre y mujer en vez de dos hombres. Puede que en las parejas homosexuales, la monogamia no sea sine qua non sino solo otra opción, puede que la propensión a abrir la pareja sea más habitual que proverbial, pero como señala el personaje de la madre de Mark, lo que nace del engaño no engendra sino más engaños y mentiras. Sea como sea la pareja, si algo se le oculta al otro es traición, aunque lo disimulemos con palabras menos poderosas. Y tercero, llama la atención el nivel de la producción, se ve que se contó con un presupuesto generoso, que no se escatimaron gastos, que se filmó lo que se quiso como se quiso, lo que no es frecuente en filmes de temática LGBTQ+.


Continuo la jornada, créase o no, con una producción Disney (los que nos criamos con los domingos de Disneylandia nos da un poquito de escozor, esta apertura de la empresa del ratón, uno jamás hubiera sospechado que los antaño propulsores de la familia tradicional más rancia adhieran ahora a la nueva normalidad con igual entusiasmo, sé que van con el mundo, pero si este diera la vuelta atrás, serían los primeros en renegar de lo que hicieron, en el fondo no son de confiar). La película se llama Better Nate than ever (Tim Federle, 2022) y juega con el nombre del pibe protagonista y la frase hecha Better late than ever, Mejor tarde que nunca.


Nate (Rueby Wood) es un adolescente queer. Él no lo sabe o no lo asume todavía, pero todo su entorno sí. Adora tanto la comedia musical que concibe la vida en esos términos, vive su realidad como si en cualquier momento pudiera interrumpirla con un número musical que exprese en forma inmejorable lo que siente. Hay aquí un lugar común que la película abraza con fervor. El musical tiende a atraer a una mayoría gay, pero no exclusivamente, muchos heterosexuales aman los musicales y no conciben la vida en esos términos. No sabemos si Nate será gay, por eso prefiero decirle queer, las elecciones o las afinidades sexuales son harina de otro costal (elijo creer que al menos eso aprendimos) Lo que es seguro es que Nate no siente todavía impulsos sexuales. Su mundo tiene otras urgencias, ser elegido protagonista del musical que harán en la escuela, por ejemplo. Pero, pobre, no solo no es elegido para ser Lincoln en Lincoln, el musical no autorizado sobre su vida, sino que es relegado a árbol. En principio no debería desmoralizarse tanto en La bella y la bestia hay teteras, cómodas, candelabros con canciones que resuenan, pero no parece ser lo que este Árbol le depara. Su socia, amiga y compañera de escuela, Libby (Aria Brooks) combate su desaliento con una noticia que contrarrestará todo. En Broadway harán un casting para Lilo y Stich, el musical, claro, hay un pequeño problema de logística, ellos viven en Pensilvania, son menores y sus padres no son muy Broadway que digamos. Por supuesto se escaparán, pero como es vox populi  Nueva York es una ciudad peligrosa, para mantener un mínimo de credibilidad, Nate tiene allí una tía por parte de madre, Hedi (Lisa Kudrow) que para beneficio de la historia está distanciada de su hermana desde hace años por unos desplantes que ya nadie recuerda o que más bien le asignan una importancia misteriosa (suele pasar, el tiempo decrece la trascendencia asignada en su momento a hechos y eventos que van perdiendo día tras día su importancia hasta ser lo que siempre fueron: nimiedades). Y entonces…(el resto no es muy difícil de adivinar y uno puede ir tachando los cuadritos con las suposiciones cumplidas a medida que el argumento se desarrolla, pero la originalidad no es lo que cuenta sino la arrolladora simpatía de Nate, Libby y la tía Hedi. En el reparto hay guiños permanentes al Broadway mítico que se celebra y fortalece, todos estos actores tuvieron su momento de gloria en el spot en algún escenario de la calle de los teatros. Agradable y aunque es previsible no ofende la inteligencia.



Y para culminar esta jornada veo Potato dreams of America (West Hurley, 2021) La película más peculiar de este festival hasta la fecha. Potato (Hersh Power) es un niño que sobrevive como puede en la Vladivostok de la Perestroika, juega con los chicos del barrio, después padece el maltrato que le propinan, la abuela lo llena de conceptos que lo aterrorizan aunque la señora los enuncie con la intención de fortificarlo, su padre es un borracho abusivo y el novio que lo reemplaza es un neurótico irresponsable al que aceptan porque viene con una tele a color, en la escuela el cuadro de Lenin está vivo y le hace guiños, gestos y otros comentarios faciales. Por su parte, la madre, Lena (Sera Barbieri) es una médica en una cárcel y sus jefes pretenden que haga pasar como accidentes las defunciones producto de las torturas y padece los novios posibles y a su peculiar madre (Lea DeLaria). Todo esto está contado con la lógica y estética de un programa televisivo de sketches cómicos. Escenografías toscas, chistes burdos, actuaciones caricaturescas, planos fijos, luces erráticas, etc. Y como la salvación es representada con el espejismo de los Estados Unidos, Lena se propuso como novia por correspondencia y se casó con John (Dan Lauria). Ahora Potato es un adolescente y lo encarna Tyler Bobock y ya que estamos en cambios, Lena en yanquilandia pasa a ser interpretada por Marya Sea Kaminski. Y hay también un cambio estético en la película, los autos son autos, las casas son ídem y no escenografías, la escuela es escuela y el video club eso mismo precisamente. Pero el supuesto paraíso está lleno de alimañas y nada es fácil. El estilo de actuación también cambia, es más sentido, estilizado, sí, pero inclinado al naturalismo, las lágrimas son lágrimas y las risas, risas. Y se llega al desenlace que ofrece unas cuantas rarezas como sacadas de cuentos desmelenados, pero cuando llegamos a los títulos del final sabremos que lo que vimos, pasó, que nos contaron hechos reales en los estilos descriptos. Y uno se sorprende doblemente, porque todo haya sido verdad y por el modo de contarlo, nos han domado con las biopic en estilo Hallmark o Billiken y sus cercanías que uno se pregunta, si tuviéramos que contar nuestras vidas, qué estilo elegiríamos.


West Hurley, el director y guionista de Potato Dreams of America nació en Rusia y ahora es de nacionalidad canadiense. Entre cortos, películas para televisión, pseudo documentales y películas de ficción va armando un currículum atendible. El estilo burdo, aleatorio, crudo, de pastiche es claramente elegido y cultivado. Almodóvar comenzó así y fue puliendo sus medios de expresión hasta ser el director de estilo personal e intransferible que es hoy. ¿West Hurley hará algo parecido? Veremos si persiste.

Fin de la quinta jornada

Gustavo Monteros

viernes, 7 de abril de 2023

Hiatus Pascual

 Aquí conocida como Intermezzo lírico (¡?) en realidad Easter Parade (Charles Walters, 1948) Judy Garland, Fred Astaire. ¡Felices Pascuas!


viernes, 31 de marzo de 2023

Festival LGBTQ+ - Cuarta jornada


 Inicio la cuarta jornada de mi festival LGBTQ+ con Mario (Marcel Gisler, 2018). Mario (Max Hubacher) es un alemán que se foguea en las inferiores del fútbol suizo con la intención de pasar el próximo año a alguna liga profesional. Es un delantero. A mitad de la temporada, el club presenta a Leon (Aaron Altaras) que ya está prácticamente en el fútbol profesional, pero por motivos que nunca quedan claros, las autoridades lo hacen trabajar un tiempo más en las inferiores. Leon es otro delantero y trabaja muy bien en tándem con Mario. Como la profesionalidad de ambos se da por descontada, el club los hace convivir en un departamento de la institución. La convivencia expone un secreto que ambos ocultan, son gay. Y pese a resistencias iniciales, terminan por tener sexo y eventualmente se enamoran. Las idas y vueltas de Mario a aceptar la relación hacen que se descuiden y sean vistos por otro jugador, no tan talentoso y que de pura envidia va a hacerles la vida imposible. Cuando el rumor de la relación llega a las autoridades se evidencia que la homosexualidad en el fútbol es más común de lo que se supone y acepta, pero lo que sigue siendo tabú, caca, inadmisible es que se haga público. Desatado el conflicto, habrá reacciones en el entorno tanto familiar como profesional, y habrá decisiones que repercutirán en el modo en que se elige vivir. Buena película que conmueve e interpela.


Continúo esta cuarta jornada con otra película alemana, Jonathan (Piotr J. Lewandoski, 2016) tan bella y triste como entrañable. Jonathan (Jannis Niewöhner) es un adolescente que trabaja en la granja familiar junto a su padre Burghardt (André Hennicke) y su tía Martha (Barbara Auer), estos hermanos llevan años sin hablarse, algo que ahora es muy relevante porque Burghardt está muriendo de un cáncer terminal de piel con metástasis en el cerebro. Jonathan cuida a su padre con amor, afecto que es extrañamente rechazado por el moribundo. Jonathan quiere que le hable de su madre muerta a la que prácticamente no conoció. Burghardt se niega. Un buen día llega un extraño, Ron (Thomas Sarbacher) preguntando por Burghardt, al que Martha aleja de la propiedad a escopetazos. Una recaída hace que Burghardt sea hospitalizado, Martha lo visita con renuencia, lo halla dormido, pero ve una foto muy manoseada cerca de la cama en la que se ve a dos hombres jóvenes en una piscina. Sospechamos primero y comprobamos después que Ron fue amante de Burghardt, pero también el gran amor de Martha. Ahora Jonathan debe lidiar con un conflicto con el que ni soñaba. Su padre no solo es homosexual sino que esta determinación sexual pudo haber tenido mucho que ver en la muerte de su madre. Pero, claro, no hay mucho tiempo para andar rumiando traumas, Burghardt se está muriendo. Por suerte para Jonathan, con él anda Anka (Julia Koschitz) una enfermera sabia y sensual que contrató Martha para que lo ayudara con Burghardt. Anka sabe lo que es trabajar con la muerte, aprendió que la sensualidad la espanta y que nadie muere si antes no ha hecho las paces con las deudas pendientes. El film es tanto un coming of age para Jonathan como una elegía para el amor de Burghardt por Ron. Lo interesante es que lo que pasó cuando los personajes mayores eran jóvenes no se explicita demasiado, si no que se trabaja solo con las consecuencias de las elecciones que tomaron. Sin embargo, es fácil armar lo que pasó y deducir el motivo de las conductas. Porque, por desgracia, no es necesario que nos detallen la no aceptación de las sexualidades ajenas ni la homofobia ni la aceptación de mandatos sociales que deberíamos haber mandado al diablo mucho tiempo antes de lo que lo hicimos y que debemos trabajar día a día para que no vuelvan jamás, ya que no provocan más que tristeza y desamor.


Termino esta cuarta jornada con una curiosidad casi marginal, Johan (Philippe Valois, 1976) película que mezcla el cine arte, el documental y el porno, uniendo estas variantes desde el metalenguaje. El relato dominante se estructura en las cartas que Philippe le escribe a su amante Johan que está en la cárcel. Es verano en París y el cineasta Philippe tiene a su disposición el equipo prometido para hacer la película, que iba a protagonizar Johan, que por no estar libre debe ser reemplazado. Y como en la película habrá desnudos y sexo, el casting se hace levantando muchachos. De ahí que nos muestren como es el levante en el Jardín de las Tullerías y el uso que se le da a los baños públicos. En algún momento la narración se desvía hacia los sitios de turismo gay y se habla de las facilidades para el sexo ocasional que ofrece New York. Entra en escena Manolo (Manolo Rosales) que es un cubano exiliado. Por momentos prima la confusión geográfica, porque nos hablan de New York pero nos muestran París, aunque después por suerte se aclara. Hay otro desvío documental por prácticas y juguetes sexuales, pero después se vuelve a la búsqueda del sustituto de Johan. El film es narcisista, exhibicionista, a la vez que liberador y desvergonzado. Se enorgullece de la diversidad sexual y documenta como la comunidad gay se percibe en ese tiempo, como se muestra y se celebra. Entonces el film adquiere una importancia extracinematográfica. Al ser fiel al registrar el momento, se vuelve histórico. Nada nuevo, ratifica aquello de lo del diario de ayer es para envolver huevos, pero el de hace tres años, es Historia.

Fin de la cuarta jornada

Gustavo Monteros

viernes, 24 de marzo de 2023

Festival LGBTQ+ - Tercera Jornada


 

Inicio la tercera jornada de mi festival LGBTQ+ con Bros (Nicholas Stoller, 2022), comedia romántica de un gran estudio que se suponía rompería las barreras de un público de nicho, en este caso los homosexuales, y que atraería a un público masivo en general. No lo logró por culpa de un mal manejo de mercadeo (pésima fecha de estreno, una errada campaña publicitaria) según los expertos en el tema. Si bien falló en el aspecto comercial, en el frente artístico ostenta varios logros.


Bobby (Billy Eichner, además de protagonista, coautor del guion con el director), un influencer aguerrido en temas LGTBQ+, que ha escrito libros para niños sobre la homosexualidad, tiene un podcast en debate y demuele lo que se le pone en frente y forma parte de la junta directiva de un futuro museo LGTBQ+ conoce y se enamora de Aaron (Luke Macfarlane), un abogado corporativo que trabaja en legados y testamentos. Y como en toda rom-com (abreviatura de romantic comedy) que se precie habrá un flirteo conflictivo, una consolidación temprana, una ruptura más que justificada y el suspenso por una reconciliación final a toda orquesta.


Tres características se destacan y a pesar de altibajos (¿ineludibles?) se imponen. Primero, logra hacer interesantes y entrañables a dos protagónicos que en los papeles se inclinan por lo contrario. Bobby / Eichner es un gritón enojoso y agresivo al que uno quiere callar todo el tiempo, una especie de personaje de Walter Matthau, más joven y gay, pero igual de gruñón, frustrado y mal arriado. Aaron / Macfarlane es la variación habitual del gay musculado, testosteronoso, esteroidiado. O sea el típico narcisista, vacuo, hueco. Y también, por supuesto, como corresponde, buenmozo como para partir veredas y de una voz que derrite témpanos. Pero de a poco los actores imponen sus personajes, explotan su humanidad y los vuelven atractivos, empáticos. Segundo, la comedia ubica la problemática gay en otro peldaño, no hay aquí ni salidas del clóset problemáticas, ni parientes cercanos discriminadores, ni ambientes censores que impiden el desarrollo de la cultura gay, no, su realidad es otra, todo eso forma parte del museo que inaugurarán en breve. Esto no implican que duerman en un lecho de rosas, la lucha por los derechos y la aceptación plena continúa, pero en otro nivel. Y la trama respira así un aire libre y fresco que se agradece por lo novedoso. Tercero, pese a la acumulación de temas (el poliamor, la pareja de a tres, la necesidad de confrontar a los niños con la problemática gay desde siempre y no esperar a que crezcan para presentárselas, la admisión sin tapujos de lo qué y quién se es, la discriminación positiva que suele ser tan nociva como la negativa y algún otro tema que se me escapa) que es una marca de fábrica de quienes trabajaron o trabajan con el definidor de este tipo de comedia, o sea Judd Apatow, se nota la libertad, el desparpajo y el valor de no censurarse a la hora de crear y plantear disquisiciones. Esta suerte de pongamos todo lo que se nos ocurra no sea cosa que no haya o no podamos hacer otra película, típico de algunas operas primas ansiosas o desesperadas, apabulla, sí, pero también reconforta, porque no desdeñan o desconfían del público sino que lo consideran un adulto con discernimiento.




Sigo mi tercera jornada con Fire Island (Andrew Ahn, 2022) con la que Joel Kim Booster, actor protagónico y a la vez guionista, se propuso, nada más ni nada menos que reformular el clásico de Jane Austen, Orgullo y prejuicio en versión contemporánea y gay. Para lograr el terreno en que distintas clases sociales convivan, manda a todos los personajes a unas vacaciones a Fire Island, definida en la película como el Disney World de los gays. Aquí la familia Bennet de la novela mencionada estaría compuesta por Erin (Margaret Cho) una lesbiana veterana que gracias a una indemnización laboral pudo comprar una casa en la isla en la que recibe a los demás personajes o sea a Noah (Joel Kim Booster, que representaría a la inefable Elizabeth Bennet de la novela), Howie (Bowen Yang), Luke (Matt Rogers), Keegan (Tomas Matos) y Max (Torian Miller). Todos ellos son como el Lado B del mundo gay, son pobres, asiáticos y latinos. Como todo grupo humano, el mundo gay se hermana ante enemigos comunes, pero establece categorías en tiempos de paz. De ahí que esta subespecie sea mirada con desdén como vulgar, ruidosa y arribista, por la cresta WASP (blanco-protestante-anglosajona) de la isla, representada aquí por unos profesionales exitosos que alquilan una mansión en franca oposición a la casa de Erin. Ellos son Will (Conrad Ricamora) que equivaldría al famoso Darcy de la Austen), Charlie (James Scully), (objeto de amor de Howie), y los orgullosos y muy clasistas, Braden (Aidan Wharton) y Cooper (Nick Adams). Y como en la novela de Austen, habrá conversaciones sorprendidas sin querer por quien no debiera oírlas, intrigas creadas a base de mentiras, enconos enardecidos que no son sino tensión sexual no reconocida, chantajes, entuertos y desenlaces gloriosos. Salvo el enfrentamiento Elizabeth Bennet-Mr Darcy, no hay equivalencias directas con los personajes y situaciones de la novela de Austen, pero los elementos principales están y se reconocen y el resultado final es delicioso. Y la transcripción es válida, porque el amor y la lucha de clases son eternos.



Y para terminar esta tercera jornada veo Three Months (Jared Frieder, 2022, también guionista). Caleb (Troye Sivan) terminó la secundaria y en el verano anterior a su ida a una universidad, tiene un atroz percance, después de tener sexo casual con un turista, este le informa que el condón que usaron se rompió y que se acaba de enterar de que es seropositivo. Caleb recurre al centro contra el SIDA y le dicen que el análisis para saber si es portador de VIH toma tres meses, tiempo en el que no tiene que tener sexo y no perderse los análisis respectivos. El doctor que lo atiende, el Dr. Díaz (Javier Muñoz) le recomienda que asista al grupo de ayuda y contención que dirige. Allí conoce a Estha (Viveik Kalra), un adolescente indio que está en la misma situación. Esta nueva amistad que derivará en romance resiente su relación con Dara (Brianne Tju) excompañera de escuela, actual compañera de trabajo y amiga de toda la vida, que tiene una relación tormentosa con Suzanne (Judy Greer) la dueña del minimercado en el que trabaja con Caleb. Benny (Louis Gossett Jr.), la pareja de la abuela de Caleb, Valerie (Ellen Burstyn) descubrirá la ordalía por la que pasa Caleb y lo obligará a que la asuma ante Valerie, que es la familia directa que le queda, ya que el padre murió y la madre está ausente armando otra familia.


Three Months es básicamente una coming of age (película de pasaje a la adultez) fluida, elocuente, sincera que no esquiva los aspectos oscuros, pero que no pierde jamás una bienvenida amabilidad que hace que sigamos la trama con una tierna sonrisa.

Fin de la tercera jornada.

Gustavo Monteros

viernes, 17 de marzo de 2023

Festival LGBTQ+ - Segunda jornada

 


Para la segunda jornada de mi festival LGBTQ+ comienzo con Plynace wiezowce (Floating Skyscrapers / Rascacielos flotantes) de 2013, película polaca escrita y dirigida por Tomasz Wasilewski.

Kuba (Mateusz Banasiuk) vive con su madre Ewa (Katarzyna Herman) y su novia Sylwia (Marta Nieradkiewicz). Kuba es un nadador talentoso que intenta ingresar al equipo olímpico. Y un poco por casualidad y otro poco porque tarde o temprano tenía que pasar, se enamora de Michal (Bartosz Gelner). Pero la decisión de Kuba de aceptar su homosexualidad no le será nada fácil, dado que las mujeres que lo rodean, madre y novia, son acérrimas defensoras de la heteronormatividad patriarcal. Como la mayoría de la sociedad en la que viven.

Estos Rascacielos flotantes conmueven, interpelan, perduran. Durante siglos significaron la infelicidad (y a veces la muerte) de miles de personas.


Sigo mi festival con The Man With The Answers, coproducción chipriota-creco-italiana de 2021, escrita y dirigida por Stelios Kammitsis.

Victoras (Vasilis Magouliotis) va de mal en peor. No tiene trabajo estable, del temporal que tenía le dicen que ya no lo necesitan, situación nada desconocida en la Grecia contemporánea en la que transcurre la acción, para colmo no va y se muere la abuela con la que vivía y su madre con la que se comunica esporádicamente por teléfono no dejará ni por un segundo a su nueva familia en Alemania para acompañarlo. Victoras que es un clavadista de competición venderá las medallas de oro obtenidas, desempolvará un viejo Audi que la madre dejó atrás y se irá a buscarla para echarle en cara su abandono. Y en el camino, se topará con Mathias (Anton Weil), un alemán que es al menos en personalidad su opuesto.

Este hombre con las respuestas es una mezcla amable de road movie y buddy movie que sabe lo que hace y adónde se dirige. Se sigue con deleite.


Termino mi segunda jornada con Hot Guys With Guns, película de 2023, escrita y dirigida por Doug Spearman. Ejemplo de gay sexploitation si los hay. Patrick “Pip” Armstrong (Brian McArdle) participa de una orgía donde todos son drogados y robados. A él le robaron un Rolex que le dejó su padre y se llevaron el auto de lujo que maneja. Como a la policía no puede recurrir, le pide ayuda a su exnovio, Danny Lohman (Marc Anthony Samuel), camarero aspirante a actor, que como ambiciona participar de una serie policial toma un curso de detective, dictado por un expolicía o exdetective, no queda claro y no importa, Jimmy Peppice (Alan Blumenfeld). El slogan de la película dice “Es como si en Arma mortal, Mel Gibson y Danny Glover fueran jóvenes y sexis exnovios” En realidad podrían no ser ex, pero la mamá de Pip, Patricia Armstrong (Joan Ryan) una delirante certificada no le gusta Danny para su hijo.

Cuando empecé a ver cine, el cine de explotación era mal mirado, era como el hijo bastardo de los géneros, pero después vino el postmodernismo y nos liberó de las cadenas del esnobismo y nos hizo admitir que todos los géneros son iguales ante el dios-pantalla.

El cine de sexploitation tiene sus propias reglas y parámetros. Por sobre todo debe ser disparatado, excéntrico, caótico, ilógico y muy divertido. Y este ejemplo es todo eso, así que para espanto del típico espectador neoclásico, concluimos que se trata de un buen film. Y si alguien no está de acuerdo, como dice el lugar común de las películas de los noventa…Sue me!

Fin de la segunda jornada

Gustavo Monteros

viernes, 10 de marzo de 2023

Festival LGBTQ+ - Primera Jornada

Repaso en mi colección de películas las que me faltan ver y compruebo que se me han acumulado las de temática LGBTQ+. Decido hacer un festival privado.


Para comenzar la primera jornada voy a lo seguro. God’s Own Country (por aquí Tierra de Dios, 2017), el aclamado debut en el largometraje del actor Francis Lee.

Dice la gacetilla que acompaña el film: “Primavera. Yorkshire. El joven granjero Johnny Saxby adormece sus frustraciones diarias con las borracheras y el sexo casual, hasta que la llegada de un trabajador migrante rumano para la “paridera” (época en la nacen los corderos) enciende una relación intensa que pone a Johnny en un nuevo camino.”

La trama se resuelve con cuatro personajes, Johnny (trabajo consagratorio del joven Josh O’Connor al que le darían el personaje del Príncipe Carlos en The Crown), su padre Martin (el siempre excelente y querible Ian Hart), su abuela Deirdre (Gemma Jones) y el ya mencionado objeto amoroso Gheorghe Ionescu (el también rumano Alec Secareanu).

Johnny no se quiere mucho, de ahí que beba hasta el desmayo y practique un sexo duro, seco, al borde de la animalidad. La homosexualidad no tiene cabida en el ambiente en que se ha criado. El padre fue víctima reciente de un ACV que lo ha dejado incapacitado para el trabajo rural. La abuela Deirdre tiene siempre la comida lista, la ropa de Johnny lavada y planchada, pero no es afectuosa.  Gheorghe es todo lo contrario de estos tres ingleses. Sabe quién es, no se avergüenza, no rehúye de la intimidad y la ternura y tiene la prestancia de no aceptar el maltrato, así venga justificado por las circunstancias.

Hermosa historia de amor, contada como los dioses (por ahí ayuda ponerlo en el título), actuada inolvidablemente.


 

Sigo con Riot (Jeffrey Walker, 2018), película para la televisión australiana, vista en los cines en el resto del mundo. Está protagonizada por Damon Herriman, actor al que conocí en la mejor miniserie que vi el verano pasado, The Tourist (Harry y Jack Williams, 2022), encabezada por el magnético Jamie Dornan y la irresistible Danielle Macdonald. Damon Herriman era uno de los villanos y sus peculiaridades lo hacían inolvidable, gracias a la impar caracterización a puro talento del actor.

Riot se hizo para conmemorar el 40 aniversario del Primer Mardi Gras (la traducción sería Carnaval, equivalente a lo que llamamos Marcha del Orgullo Gay-Lésbico de Sydney, que se llevó a cabo el sábado 24 de junio de 1978.

El film comienza en esa noche y va para atrás para contarnos vida y obra de los que gestaron el evento y los precios personales y profesionales que tuvieron que pagar para luchar por derechos, que hoy de tan asentados se dan casi por añadidura y se olvida la violencia, la desolación y la tristeza que trajo conquistarlos.

Se trata de una crónica elocuente, muy bien contada y recreada que nos recuerda que todo, absolutamente todo, lo que se apartaba de la heteronormativa patriarcal, era lisa y llanamente una aberración, que se penaba con exclusión, cárcel y más casos de los que se quiere admitir martirologios. Altamente recomendable.



Termino esta primera jornada de mi festival con otra película para televisión, The Normal Heart (Ryan Murphy, 2014) llena de estrellas (entre las más rutilantes: Mark Ruffalo, Jonathan Groff, Taylor Kitsch, BD Wong, Jim Parsons, Matt Bomer, Alfred Molina y last but not least, ¡qué va!, la inmensa Julia Roberts.

Se basa en la obra de teatro del mismo nombre de Larry Kramer, que junto con Angels in America, el grandioso díptico de Tony Kushner, interpelan a la sociedad norteamericana en su tratamiento inicial de la pandemia del HIV-SIDA.

The Normal Heart tiene dos ejes, el personaje de Mark Ruffalo, Ned Weeks, un activista y el de Julia Roberts, la Dra. Emma Brookner. Ella está postrada en una silla de ruedas y fue víctima del anterior virus mundialmente dañino, el de la poliomielitis. Alrededor de Weeks-Ruffalo se nuclean los aspectos personales y políticos de la comunidad homosexual y alrededor de Brookner-Roberts, los científicos y también los políticos.

El surgimiento de la crisis HIV-SIDA promovió en sus primeros tiempos lo que llamaríamos una tormenta perfecta: una negación casi suicida en la comunidad gay, más la inacción del gobierno de Ronald Reagan, más las divisiones en los movimientos de obtención de derechos, más la indiferencia primero y luego las actitudes oscurantistas del resto de la sociedad. El escalamiento del número de víctimas terminó por poner las cosas en su lugar y encarriló la lucha, sino unificada al menos cohesiva contra el virus.

El prolífico Ryan Murphy (creador de Glee, Nip/Tuck, The New Normal, Scream Queens, Feud, Hollywood, The Politician, Pose, Halston, American Horror Stories, Dahmer-Monster: The Jeffrey Dahmer Story, 9-1-1, The Watcher, Ratched, y menciono solo las series) garantiza elencos tan estelares como talentosos.

Con la COVID todavía pisándonos los talones, no queda sino preguntarnos ¿estaremos alguna vez, si no todos, la gran mayoría a la altura de la circunstancia planteada por una crisis epidemiológica? Aprender de las precedentes ya no es una opción, es una obligación.

Fin de la primera jornada

Gustavo Monteros

viernes, 3 de marzo de 2023

Desafío del mes de San Valentín - Quinta semana

Y llegué nomás al final y completé la lista. Y el desafío cumplió con el propósito de crearme una línea secundaria de pensamiento y así no me encerré en las decisiones a tomar y en los condicionamientos a aceptar. Me dijeron que la premisa era falsa, que con la cantidad de películas de amor que había, cómo no iba a encontrar 28. Sí, pero la dificultad radicaba en el “que de verdad me gustaran”. Uno es uno y soy parcial, por ejemplo, con el policial negro, con la comedia o con el musical, pero con las de amor, soy peculiar y quisquilloso. Aunque no solo llegué a completar la lista sino que hasta me quedaron muchas en el tintero. No sé si llegan a otras 28, cosa que no comprobaré porque no se trata de llegar al fondo del baúl sino de entretenerse un rato con juegos de charla de café.

Sábado 25 de febrero de 2023


Día 25: Notting Hill (Un lugar llamado Notting Hill, Roger Michell, 1999)

Estamos siempre tan hambreados de justicia que cada vez que nos cuentan una versión de la Cenicienta, como la copita de ginebra holandesa, nos estimula y sienta bien. Notting Hill es eso, una Cenicienta invertida en la que él (Hugh Grant) es la fregona y ella (Julia Roberts) el príncipe azul que no destiñe. Claro que como todo es moderno, él no friega sino que tiene otros encantos. Es un librero, que entre los mercachifles, es el más encumbrado. Vende al menos sustento para el alma y el intelecto y no cigarrillos o tuercas. Ella es perfecta como toda estrella. Pero como sabemos los que tuvimos la suerte de conocer alguna de entre casa, las estrellas son como todos los demás, solo que con las ventajas y peculiaridades del empleo elegido. Por eso le puede decir aquello de Soy solo una chica parada frente a un chico pidiéndole que la quiera, que es el fino y poético de Soy accesible hasta para vos, chabón. Claro que él todavía tiene que perder el zapato que en su caso es enredarse con la baja estima y comportarse como un reverendo pelotudo. Pero como no es una novela rusa clásica, el final feliz está en ciernes y entonces ponen She de Aznavour cantado por Elvis Costello y si bien ya veníamos enamorados de Julia Roberts desde los tiempos de Pretty Girl (otra Cenicienta), la canción nos recordaba todos los motivos para amarla y obedientes nos volvíamos a enamorar de Julia hasta la masmédula, que no existe, que es un invento de Oliverio Girondo, pero que debería existir. Y por más policiales negros que consumamos, siempre nos van a gustar las versiones de la Cenicienta porque es un cuento de progresión social ascendente y por más que el garcaje le enseñó a algunos de nosotros a odiar a los que de mal van para bien en términos de ascenso, los demás nos vamos a enganchar con la esperanza secreta de que alguna vez nos toque echar buena y quedarnos con la Julia Roberts que liguemos, porque con ella hasta el pan y cebolla va a ser caviar y centolla.

 

Domingo 26 de febrero de 2023


 Día 26: Zee and Co. (Salvaje y peligrosa, Brian G. Hutton, 1972)

Preguntas del millón. ¿Qué es el adulterio? ¿Cuándo empieza? ¿Por qué? Es una enfermedad de pareja monogámica. En parejas abiertas o poliamorosas no aplica. ¿Es venial si es solo sexual? ¿Es mortal si involucra sentimientos? ¿Es ignorado o negado? ¿Es un juego de poder? ¿Surge para salpimentar una relación agotada? ¿Comienza en la mente mucho antes de ocurrir o solo se da? La o el tercero en discordia ¿ambiciona ocupar el lugar del o de la traicionada? ¿Acepta participar en un juego en el que tiene más para perder que ganar? Ya sea que se supere ¿el fantasma de lo que pasó queda de por vida? ¿Es consentido si no se hace nada para evitarlo? ¿Gana el o la que se queda con la convivencia del objeto de pasión? ¿Hay ganadores o solo perdedores? ¿Hay verdadero amor en una relación que nace en la clandestinidad y que implica traición? ¿Surge de la insatisfacción ante la pareja o de un impulso ingobernable de una de las partes? Una vez establecido y tolerado ¿es para toda la vida como el matrimonio católico? ¿Hay víctimas y victimarios o solo victimarios? Si surge como una aventura y no se corta a tiempo ¿se complica? ¿Es más grave entre los tradicionalistas que entre los bohemios? Elizabeth Taylor como la esposa, Michael Caine como el marido y Susannah York como la amante barajan respuestas en Salvaje y peligrosa. Pero ¿hay respuestas correctas cuando se presenta una anomalía donde no debería haberla?

 

Lunes 27 de febrero de 2023

 
Día 27: The Shop Around the Corner (El bazar de las sorpresas, Ernest Lubitsch, 1940)

Con una falta de originalidad digna de ninguna causa, en las aulas, ante las peleas reiteradas, se intenta disuadirlas con un perogrullo que se supone freudiano: Los que se pelean, se quieren. Casi nunca es verdad y en escasísimas oportunidades es disuasorio, pero en el caso de Klara Novak (Margaret Sullavan) y Alfred Kralik (James Stewart) es cierto de toda certeza y se puede jurar sobre su veracidad no sobre una, sino sobre siete Biblias. Los dos trabajan en el Bazar Matuschek que queda a la vuelta de alguna esquina en el centro de Budapest. Estamos en los años precedentes a la Segunda Guerra Mundial y nada presagia los funestos delirios expansionistas de Hitler. En este ¿bazar? que es más bien una marroquinería, su vendedor estrella, el mencionado Kralik y su vendedora más reciente, la susodicha Novak, en persona, se detestan a más no poder, pero, por carta, (sin saber quiénes son en realidad porque usan seudónimos) están más que cerca de formalizar un noviazgo. Solo hace falta el detonante para que la tensión sexual ya desatada y el amor en ciernes exploten, se fusionen y comiencen los prolegómenos de cazar perdices. El bazar de las sorpresas es una de las piezas claves del maestro Ernest Lubitsch y reapareció en 1949 como un vehículo de lucimiento para Judy Garland (In the Good Old Summertime, llamado aquí La novia incógnita) dirigida por Robert Z, Leonard, acompañada por Van Johnson (en la escena final hace su debut en el cine una nena de tres años llamada Liza Minnelli) y en 1998, convenientemente aggiornada, para que otra vez se enreden sentimentalmente Tom Hanks y Meg Ryan (You've Got Mail / Tienes un e-mail) con dirección de Nora Ephron) Y desde 1963 es un delicioso y logradísimo musical de Broadway con el título de She Loves Me, con libro de Joe Masteroff, música de Jerry Bock y letras de Sheldon Harnick. Todas se basan en la obra teatral de 1937, Parfumerie, del húngaro Miklós László. Pero como suele suceder en algunas familias es la primigenia la más agraciada y querida. Los que vienen detrás, a llorar a la iglesia o a rumiar a terapia.

 

Martes 28 de febrero de 2023

Día 28: New York, New York (Martin Scorsese, 1977)

Fue un fogonazo de luz, calor y belleza, cuando en la calle hasta el aire diáfano olía a sangre, los alaridos sospechados te desvelaban en el silencio de la siesta y el miedo nos atería de frío incluso en el ardiente calor del verano. Se estrenó el 5 de enero de 1978. Y menos mal que no era ni crédula ni jovial. No andábamos como para ingenuidades ni optimismos. María von Trapp nos hubiera fastidiado hasta la indigestión. Scorsese dice que es un noir musical y no le falta razón. La Segunda Guerra Mundial acaba de terminar y él, el saxofonista Jimmy Doyle (Robert De Niro), quizás por haber visitado el Infierno, es un desencantado que por más que lo intenta no puede confiar ni querer y la rabia por no poder hacerlo se le vuelve violencia y desprecio por sí mismo. Ella, la cantante Francine Evans (Liza Minnelli) no es perfecta, muchas veces no sabe qué hacer con él, pero comparte el perfil de las nobles minas del tango, es fiel y de gran corazón, y hasta le da un hijo. Cuando él por fin consigue un poco de paz y aquieta sus demonios, ella ya está en otra y no quiere volver atrás. La frase matadora del afiche decía: El amor es como una canción, es hermoso mientras dura. Y yo, un veinteañero reciente que alcanzaba la edad de oro en años de plomo, mientras duraba esta película casi no tenía miedo y el mundo me parecía menos hostil y doloroso. Por eso la amo. Fin.

Gustavo Monteros

viernes, 24 de febrero de 2023

Desafío del mes de San Valentín - Cuarta semana

Este Febrero es un mes complicado para mí. Tengo que despejar incógnitas, tomar decisiones, aceptar condicionamientos que no dependen de mí, etc. Pero para no obsesionarme, desarrollar ideas satélites o hacer de mi mente un embudo atascado, me conviene pensar en otras cosas. Y como el cine es una de las pocas cosas que siempre me divirtió, nunca me traicionó y si alguna vez me decepcionó, me recompensó casi de inmediato, me planteé un desafío. Como es el mes de San Valentín, voy a ver si puedo completar una lista de 28 películas de amor que me gusten de verdad.

Sábado 18 de febrero de 2023


 Día 18: My Fair Lady (Mi bella dama, George Cukor, 1964)

Si a la salida de una función de ópera del Covent Garden en Londres en la primera década del siglo XX no se hubiera puesto a llover y escasearan los taxis.

Si el arrogante e insufrible profesor de fonética de puro aburrido no se hubiera puesto a alardear de que podría decir según los acentos que oyera el lugar exacto del que proviene el hablante.

Si entre el público que el profesor había congregado no hubiera entre las numerosas floristas una que prestara más atención que las otras.

Si un rico coronel recién llegado de la India aficionado a la fonética no hubiera ido a matar el tiempo en el teatro hasta que llegara la mañana y pudiera conocer al profesor que ahora les decía a los transeúntes su origen por el habla.

Si la florista no se hubiera asustado de la que denunciaran a la policía por ocultar que tenía cambio.

Si el profesor soliviantado por el éxito no se hubiera puesto a vociferar que podría hacer pasar a la quejumbrosa florista por una duquesa en un evento encumbrado.

Si el coronel al saber que el adivinador de orígenes por el habla era el erudito que se proponía conocer y si no hubiera aceptado alojarse desde ese instante en la casa del profesor.

Si la florista no hubiera tenido ambición y no se hubiera presentado en casa del docente al día siguiente para aprender a pronunciar el inglés como una dama.

Si el coronel no hubiera tenido dinero de sobra y aceptado pagar los gastos del desafío hecho la noche anterior.

Si no hubieran decidido que la florista se alojara también en la misma casa para que aprendiera de sol a sol.

Si la frecuentación no hubiera alimentado la necesidad de saberse cerca y complementarse.

Si no hubiera nacido algo así como el amor entre el profesor y la florista, una de las mejores comedias románticas no habría nacido (Pygmalion, o Pigmalión entre nosotros).

Si no hubiera habido presión popular por parte del público para que el autor (George Bernard Shaw) le diera un final feliz a su historia irresistible.

Si un letrista y un compositor de musicales (Alan Jay Lerner y Frederick Loewe) no hubieran persistido para que la obra se transformara en un musical (My Fair Lady) con el final feliz que merecía, no hubiera existido uno de los musicales más perfectos y gozosos del teatro.

Si el éxito imparable de la pieza no hubiera determinado que se hiciera una película.

Si mi padre no me hubiera llevado a verla incluso cuando yo no tenía una edad para entenderla del todo.

Si igual no me hubiera deslumbrado. Y si no la hubiera amado como la amé, desde entonces y para siempre. Habría habido menos amor en el mundo. Y más fealdad, maldad y miseria. Pero Dios, el Universo, o el Aliento Inerte Que Hace Que Todo Funcione y Persista no son zonzos. (Y por más que lo nieguen, les gustan las buenas comedias y los mejores musicales)

 

Domingo 19 de febrero de 2023



Día 19: The Quiet American (El americano, Phillip Noyce, 2002)

Principios de la década del 50 del siglo XX.

La Indochina francesa.

Thomas Fowler (Michael Caine), un cínico periodista inglés.

Phuong (Thi Hai Yen Do), una bella vietnamita, ex bailarina de alquiler (trabajaba en un dancing, en el que se compran fichas para bailar con las chicas dispuestas a tal fin).

Alden Pyle (Brendan Fraser), un norteamericano, presunto médico en misión humanitaria, en realidad un activista de la CIA para crear ataques terroristas culpando a los comunistas y así garantizar el involucramiento de los Estados Unidos, una vez que se vayan los franceses.

Fowler ama a Phuong.

¿Ama Phuong a Fowler? No se sabe, su necesidad de casarse con Fowler para poder emigrar a Inglaterra y no volver se antepone a sentimientos románticos.

¿Pyle ama a Phuong? No se sabe, su superficie de yanqui crédulo oculta frialdad y crueldad.

Fowler tiene en Inglaterra una esposa católica que nunca le concederá el divorcio por sus creencias religiosas. No le puede dar a Phuong lo que quiere.

Pyle es soltero y le puede garantizar a Phuong un futuro, matrimonio incluido.

Lo indubitable es que Fowler ama a Phuong, pero cuando la situación lo amerite, ¿será capaz de llegar a la última instancia?

Porque Fowler ama a Phuong y la gran paradoja es que el más cínico, egoísta e indolente de los personajes prueba ser el más noble, sincero y humanista. Contradicciones del buen amar.

 

Lunes 20 de febrero de 2023


 
Día 20: L'histoire d'Adèle H. (La historia de Adela H., François Truffaut, 1975)

El peor amor no es el que termina mal, no, el peor es el no correspondido. Y es el más rastrero, porque llega sin avisar. De sopetón, por la bronca de no ser nunca elegido. Y salvo para los mimados de la suerte, es el iniciático. En el apuro por amar, elegimos a quien jamás podrá querernos. Porque cuando nos abrimos al amor, somos adolescentes, que es la edad de los tropezones, los aturdimientos, los atolondramientos. En todos los aspectos, sin que el amor sea la excepción. ¿Qué nos lleva a enamorarnos de tal o cual persona y no de otra? Misterio incognoscible. Terminamos por atribuirlo a los caprichos del destino, a la burla de los dioses, a los errores de la química, a los arcanos del universo, a los cambios climáticos. Deberíamos tomarlo como una etapa del aprendizaje, como llevarse una materia en el secundario, como un atractivo turístico del ser. Como siempre, como con todo, superar el traspié nos hace más fuertes, pero a algunos les deja un agujero en la autoestima para siempre. Los deja rengos de por vida y no hacen más que tropezar. Es el tema más frecuente de cuanto poeta haya sido, de ahí que cuando nos toca, literatura de apoyo hay de sobra. Pero la Santa Patrona Mártir de los No Correspondidos es Adela H o Adela Hugo, para los entendidos. La hija del Víctor Hugo de Los miserables y otras cumbres. Allá por 1863 o cerca de, la pobre se enamoró de un tenientito, un tal Pinson y no se desenamoró más. Y se le volvió una idea fija que él la retribuyera. Entonces lo acosó, lo persiguió, lo espió, le hizo la vida imposible, amenazó a las mujeres que amara, dificultó la carrera militar del muchacho. Adela no cejó jamás y el cuerpo primero y la mente después se lo cobraron. Terminó confinada. Pero el amor es fuerte y aguerrido, en una época en que la gente moría más bien joven, ella, a pesar de todos sus problemas de salud, llegó hasta los 80 largos. Truffaut se topó con la historia de Adela H mientras investigaba para una película anterior (El niño salvaje) y si bien le prometió el papel a Catherine Deneuve, terminó por dárselo a Isabelle Adjani, que andaba dando sus pininos en el cine. Lo que hizo en la película la catapultó a la fama internacional y la puso en el balcón de las grandes actrices cinematográficas. Truffaut dice que la película es muy triste, pero que tiene para su protagonista un final feliz. Cerca del final, Adela se cruza con Pinson y no lo reconoce. Para Truffaut es una superación. Difiero, Adela perdida en su obnubilación se ha alejado tanto de la realidad y del Pinson real que en su mundo de fantasía el tal Pinson ya es otro. Porque en el fondo Adela termina por tener razón, de tanto insistir, su amor es correspondido. Su obsesión termina por amarla, poseerla, elevarla. La hundió en los peores infiernos, pero Adela amó, no se ajó en un rincón sin deletrear la pasión.

 

Martes 21 de febrero de 2023


 


Día 21: An Affair to Remember (Algo para recordar, Leo McCarey, 1957)

Se hizo tres veces. Pero en contrario a lo que es dable esperar, ni la primera fue la inolvidable, ni la tercera la vencida. La segunda es la inevitable. Quizá porque el mismo director de la primera, la repitió años más tarde y corrigió o mejoró lo que sintió que le faltaba a la primera. Hablo del cuento de Mildred Cram llevado al cine, primero en 1939 como Love Story (Cita de amor, por estos pagos) protagonizado por Irene Dunne y Charles Boyer, dirigido por Leo McCarey, después en 1957 con el título de An Affair to remember (Algo para recordar, para el público local) con el protagónico de Deborah Kerr y Cary Grant, dirigido otra vez por McCarey y por último (por ahora) en 1994 de nuevo con el título de Love Affair (Secretos del corazón, en estos lares) con Annette Bening y Warren Beatty, más la inestimable presencia de Katharine Hepburn, dirigidos por Glenn Gordon Caron. Contar un cuento es atrapar la atención de alguien y mantenerla con recursos lícitos durante el desarrollo de lo que se narra hasta llegar a un final que se aconseja sorprendente. Si la experiencia es placentera, se le agradece al contador con beneplácito y si no lo es, se le sugiere esforzarse más la próxima vez o dedicarse a otra cosa. Este romance en particular tiene una trampa (muy lícita) que se revela satisfactoria en el final. Un hombre y una mujer se conocen en un crucero y se enamoran. Los dos tienen compromisos adquiridos de los que prometen desembarazarse para cuando se reencuentren dentro de un tiempo acotado en el techo del Empire State Building. Llega el momento de la cita y ella no acude. ¿Por qué? Pasa otro tiempo prudencial y se reencuentran. Ella explicitará a medias el motivo. Queda en él insistir, no dar por sentado lo visto y asegurar el final feliz para los dos. No sé si será porque Deborah Kerr y Cary Grant son estrellas fascinantes, porque la química entre ellos es poderosa, o porque está presente ese imponderable que hace que algo sea exitoso siempre me sorprendo, aunque sé cuál es la trampa. Mientras la veo, supongo que olvido a propósito ese detalle que me recompensará con el placer de lo que termina bien. O quizás es que nunca se deja de ser un chico al que le gusta que le cuenten siempre el mismo cuento. Por lo que sea, cada tanto, como una necesidad, un vicio, o una manía, la vuelvo a ver y sonrío donde hay que sonreír y me enojo donde corresponde. La magia del cine, diría un afiche cursi que no le falta a la verdad.

 

Miércoles 22 de febrero de 2023



Día 22: I girasoli (Los girasoles de Rusia, Vittorio de Sica, 1970)

Llevan añares sin verse. En este reencuentro por suerte el marido de ella trabaja en el turno noche y pueden hablar largo y tendido sin interrupciones ni excusas. Pero no va que hay un corte de luz. Se reconocen entonces entre penumbras. El hijo menor de Giovanna (Sophia Loren), un bebé, se despierta y lloriquea. Ella va a la cuna a ayudarlo a retomar el sueño. Antonio (Marcello Mastroianni) se acerca a conocerlo. Le sonríe y pregunta: ¿Cómo se llama? Antonio, contesta Giovanna. ¿Cómo yo?, inquiere Antonio. No, dice Giovanna, Antonio como San Antonio. Un diálogo bobo fuera de contexto. En contexto, uno de los más reveladores y conmovedores, no exento de humor. Giovanna y Antonio se casaron en los albores de la Segunda Guerra Mundial. Por ser un italiano saludable y fuerte, Antonio fue arrastrado a la guerra. Tras idas y vueltas, terminó en el frente ruso y ya no volvió a saberse más de él. Terminada la guerra, pasados unos pocos años, ella fue a Rusia a buscarlo. Mejor no fuera. Él se entera de que una mujer lo anduvo buscando y viaja a Italia para saber si era Giovanna. Se ven y el diálogo que refería antes tiene lugar. Hay innumerables comedias sobre regresos de personas que se creen perdidas y a las que ya no se las busca. La mujer o el marido que vuelven porque se perdieron por accidentes en lugares remotos de donde es difícil salir, o que no salieron por no saber quiénes eran por una oportuna amnesia, o porque se entretuvieron de más donde sea que fueron a parar. Aquí es la guerra la que separa a los amantes y cuando se reencuentran ya es tarde, como los girasoles miraron hacia el sol y siguieron adelante y construyeron una vida nueva. Por unanimidad se dice que el mismo material, la peripecia humana, alimenta la tragedia o la comedia, que el autor decide como contar su cuento y elige las herramientas pertinentes según su elección de tragedia o comedia. Dicho de otro modo, la tragedia y la comedia tratan los mismos temas, desde estilos diferentes. Una vez decidido nuestro destino, ¿podemos elegir vivirlo como tragedia, comedia, drama, musical, grotesco, revista, vodevil o absurdo? Cada cual tiene su respuesta.

 

Jueves 23 de febrero de 2023


 
Día 23: The Way We Were (Nuestros años felices, Sidney Pollack, 1973)

Son el puro ejemplo de la atracción de los opuestos. Él (Robert Redford) es un WASP rico, linajudo y se pretende apolítico. Ella (Barbra Streisand) es una narigona princesa judía marxista (no hay intención peyorativa, reproduzco como Streisand definió este personaje). A ella todo le cuesta mucho, a él todo le sale con la facilidad de los predestinados, lo que escribe es fluido y gusta mucho, pero ella le nota la pereza, el conformismo y la falta de ambición. Él es un individualista a ultranza, ella cree en la lucha con todos, para todos. Pero mientras existe la voluntad de amarse, lo que los separa, los une (nunca más válida la contradicción). Hasta que se cansan. El amor en el capitalismo se contagia. Si se pone más de lo que se saca, el negocio se hunde y hay que liquidarlo. Pero quien nos quita lo bailado (The way we were). Ojo, no es la política la que los separa, sino dos modos de vida contrapuestos, lo irreconciliable es que cada uno tiene una visión diferente de cómo vivir, de cómo ser, de qué esperar. El final los sorprende con parejas nuevas con las que quizás sean felices porque tienen más que ver con lo que ellos son. Aunque se siguen queriendo. En la última escena cuando ella con la mano enguantada le acomoda el jopo rebelde y él casi sonríe es un momento que se queda a vivir en nosotros. Nos dicen que si hay amor todo se soluciona. No, no es así, es una mentira, porque el amor es el mejor de los misterios.

 

Viernes 24 de febrero de 2023


 
Día 24: Boquitas pintadas (Leopoldo Torre Nilsson, 1974)

Boquitas pintadas (sobre novela de Manuel Puig)  transcurre en la Argentina de los años treinta y cuarenta y es un caleidoscopio de historias y personajes con Juan Carlos (Alfredo Alcón) un Don Juan de provincias como imán o centro gravitacional. Este galanazo se relaciona con Nené (Marta González) una muchacha humilde y crédula, con Mabel (Luisina Brando) tan inconstante, infiel y sexual como él, con la viuda Di Carlo (Cipe Lincovsky) una mujer vapuleada por las malas lenguas del pueblo por no respetar la viudez como es debido. Estas relaciones repercutirán en las de Celina (Isabel Pisano), la hermana solterona acérrima de Juan Carlos y en la pareja de La Rabadilla (Leonor Manso) y el Pancho (Raúl Lavié). Pero a la hora de la verdad final, el amor de Nené por Juan Carlos prevalecerá y justificará la vida de ambos. Nené en su lecho de muerte les pedirá a sus hijos que quemen las cartas y las fotos que hay en una caja de zapatos. Nené, al contrario de la Francesca de Los puentes de Madison, decide que su historia de amor muera con ella. Todos guardamos una historia no contada. Si pudiéramos elegir, ¿destruiríamos los vestigios o los dejaremos para que los descubran? Los viejitos de Suk Suk (Amor al ocaso en Netflix) cuando se ven venir el final, destruyen todos las evidencias incriminadoras, no quieren que se sepa que a pesar de casamientos e hijos, siempre pusieron el nombre de otro hombre en la almohada. Tanta precaución puede ser inútil. Abundan las paradojas. He ayudado a desarmar varias casas después de la muerte de un familiar, y los herederos tiran, sin ver, cartas, fotos en las que no están y otros recuerdos que pueden ser reveladores de alguna pasión oculta. Por el apuro o por no desatar entuertos que contradigan lo que saben o suponen saber de ese familiar directo, eligen tirar sin detenerse a observar. Y así algunos secretos permanecen tales para siempre. Hasta la llegada de la PC, existían las cartas, las fotos, las notas, las tarjetas, hoy nos comunicamos digitalmente. Cuando nos hayamos ido, ¿alguien hackeará nuestras contraseñas y leerá los emails guardados?, ¿abrirá los archivos doc, pdf, o en bloc de notas donde confesamos oscuridades, nos dicen que nos quieren o revelamos generosidades insospechadas?, ¿verán las fotos que guardamos y cómo las organizamos?, ¿espiarán el porno que se nos olvidó tirar?, o ¿borrarán todo sin fijarse siquiera? Si no nos toca un revisor curioso, es casi seguro de que nos den por sentado y nos olviden. Como corresponde.

Gustavo Monteros