sábado, 21 de marzo de 2020

Día 7 - Isi & Ossi


El humor no ha dejado títere con cabeza. Se ha reído incluso de esos temas “importantes” considerados tabú durante siglos. Limitaré los ejemplos al arte de la representación (teatro y cine), la ficción, en sus vertientes de novela y cuento, ha sido incluso más abarcadora. Se ha reído ¿del fascismo? La irresistible ascensión de Arturo Ui de Bertold Brecht; ¿del nazismo y sus campos de concentración? (dejaré de lado por la ambigüedad que me provocan La vita e bella de Benigni y la reciente Jo Jo Rabbit de Taika Waititi y consignaré las luminosas) Ser o no ser de Lubitsch (reformulada con no menos brillantez por Mel Brooks); ¿de las purgas stalinistas? Ninotchka de Ernst Lubitsch; ¿de la dictadura argentina y los desaparecidos? El nuevo mundo de Carlos Somigliana; ¿de la tortura? Muerte accidental de un anarquista de Dario Fo; ¿de la muerte? Una visita inoportuna de Copi; ¿de las sexualidades diferentes? Los productores de Mel Brooks; ¿de la miseria y la pobreza? Feos, sucios y malos de Ettore Scola; y así hay muchos ejemplos más para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero.


Esta enumeración viene a cuento de Isi & Ossi (Oliver Kienle, 2020) comedia romántica alemana que puede verse en Netflix.


El argumento parte del siempre rendidor esquema de Romeo y Julieta de don Shakepeare. Niña hija de la riquísima alta burguesía se enamora de retoño del lumpenaje más rancio. El entorno de cada uno permitirá reírse de las diferencias sociales, étnicas, sexuales, intelectuales, etcétera, sin provocar el menor escozor de culpabilidad, porque como todos los ejemplos mencionados, abreva en la buena leche.


Ese es el secreto del humor para reírse de lo que sea sin ofender: la buena leche.


Como se dijo, esta deliciosa y colorida comedia se puede disfrutar en Netflx.

Hasta mañana

Gustavo Monteros




viernes, 20 de marzo de 2020

Día 6 - Hasta que la muerte los juntó



Ayer circulaba un meme que decía: “Cuando veía películas de pandemia decía: La gente no puede ser pelotuda. Nunca más cuestionaré al guionista y al director” Aludía, por supuesto, a la imbecilidad de algunos comportamientos sociales. Como el de algunos directivos facultados para crear guardias con un mínimo de personas o suspender directamente las actividades, eso sí, manteniendo la escuela abierta, o sea, a ellos, los directivos, no se les disculpaba la obligación de ir y abrir, 10 minutos, una vez a la semana, si así se les ocurría, para contestar alguna inquietud de la comunidad, y que entonces socializaban esa obligación, por frustración o resentimiento, y compelían a que todos fueran, aunque solo fuera ¡a firmar! Mucho antes de que se decidiera la cuarentena severa, tuve que apagar el celular para no atestiguar la estupidez rampante de mis colegas. Lo que decían y hacían no era una afrenta a su inteligencia sino un insulto a la raza humana. ¡Dios! Es hora de una comedia de comportamientos.


A esta altura, la comedia coral de velorios es casi un género en sí misma. Ya existía antes de que la inglesa Muerte en un funeral (Death at the funeral, Frank Oz, 2007) revitalizara este tipo de comedias y lo llevara a nuevas alturas y que resucitará, sin duda,  una vez que se hayan apagado los ecos de alguna que fatigara a los espectadores. Sobre todo porque es fácil, efectiva y de elenco numeroso. Características que el cine industrial aprecia.


Hasta que la muerte, los juntó (This is where I leave you, Shawn Levy, 2014) se anota con honores en la tendencia. Se basa en guión y novela de Jonathan Tropper. Muerto el padre, una madre (Jane Fonda) obliga a sus cuatro hijos, Jason Bateman, Tina Fey, Corey Stoll y Adam Driver, a cumplir con la última voluntad del finadito: respetar una celebración religiosa judía que los compele  a vivir juntos una semana y sentarse cada tarde a recibir amigos, rezar y conmemorar al muerto. Cada uno de los hijos tiene parejas en distintos grados de conflictos (Abigail Spencer, Dax Shepard, Kathryn Haln y Connie Britton, respectivamente). Hay una amiga / vecina de toda la vida, Debra Monk, con un hijo afectado por TOC peculiar, Timothy Olyphant. Y una novia de juventud de Bateman, la siempre magnífica Rose Byrne. Y un rabino joven que fue compañero de tropelías de los hermanos, Ben Schwartz.


La ya mencionada Muerte en un funeral determinó que haya una pareja con problemas de fertilidad que coja a reglamento, otra con hijos que lloran o cagan a destiempo, relaciones pendientes que por fin se concretan o reverdecen, alguna sorpresa referida a la homosexualidad y la peculiaridad de uno o más personajes que garantice un gag continuo. Todo esto está aquí presente, pero bien puesto y casi no se nota que responde a una fórmula.


This is where I leave you está disponible en Netflix y es ideal para pasar un rato entretenido.

Hasta mañana,
Gustavo Monteros









jueves, 19 de marzo de 2020

Día 5 - El rey


Estoy a punto de perder toda esperanza en el género humano. A medida que pasan los días, se asienta la conciencia del peligro de la propagación del virus y las medidas de prevención se vuelven más estrictas, sin embargo algunos directivos de escuelas insisten con que los docentes deben ir a firmar y ¡estos van! No me extraña que los veteranos convaliden el absurdo, sus mentes hace rato que han sido canceladas por el poco uso, pero que los jóvenes no solo no se rebelen sino que acaten el sinsentido como algo razonable me excede y me deprime. Es hora de recurrir a la historia, no como fuente de explicación alguna (hasta esa esperanza he perdido) apenas como incitación al entretenimiento,


Los ingleses tienen una pulsión masturbatoria inacabable de visitar una y otra vez algunos hitos o mitos de su historia. Aunque esta vez, nobleza obliga, son dos australianos los que revisitan la epopeya de Enrique V.


De entre las obras históricas de William Shakespeare, Enrique V es la más luminosa. Su protagonista es un héroe que lleva la bandera inglesa a la victoria sobre los perfumados franceses. Lo secunda Sir John Falstaff, epítome del buen vivir, no entendido como una consigna de templanza new age, más bien todo lo contrario, como el exceso de bebida, comida y sexo. La obra termina con una nota alta, la presentación de una reina de carácter fuerte, una badass (guarra) precursora. Como puede suponerse todo es colorido, exultante, grandioso.


En la historia del cine, hay un par de Enrique V y un Falstaff ineludibles. En plena Segunda Guerra Mundial, Laurence Olivier eligió esta obra como material motivador, alentador, celebratorio, de propaganda, bah, del indomable espíritu inglés: Enrique V (Laurence Olivier, 1944). En 1989 Kenneth Branagh debutó con ella como director cinematográfico y cimentó de paso su carrera de actor y puestista shakesperiano. Y claro, Orson Welles, otro shakesperiano incurable, hizo de Falstaff el epicentro de su fallida obra maestra (valga el oxímoron) Campanas de medianoche (1965).


Y ahora el actor (y también director) Joel Edgerton y el director David Michod (Animal Kingdom / Reino animal, 2010, The Rover / El cazador, 2014, War Machine / Máquina de guerra, 2017) la revisitan sabrá Dios por qué motivo.


Edgerton se reserva Falstaff, que abandona las rotundeces y redondeces habituales y pasa a ser solo fornido para adaptarse a la estampa de quien lo corporiza. Como el personaje está en su ocaso, las aristas que lo definen (su amor por la bebida, la comida y las mujeres) están suavizadas. Ahora disfruta más de un baño vigorizante, de masajes y de descansar la espalda contra el piso que de entregarse a borracheras, banquetes y orgías pantagruélicas. La posadera (Tara Fitzgerald) con su memoria alude más a la gloria de Falstaff que este con su comportamiento.


Y Edgerton y Michod (los dos firman el guión) le otorgan el protagónico al actor del momento, Timothée Chalemet para  usufructuar su talento y carisma.


Y le crean a este Enrique, dos antagonistas, uno, a cara descubierta y otro solapado. Robert Pattison en su Delfín se anima al histrionismo y sale airoso. Mientras que el estupendo Sean Harris le da intensidad a su sinuoso William.


El guión le da también espacio a otro amigo de Edgerton y Michod, al ubicuo y omnipresente (¡no hay quien no lo solicite últimamente!) Ben Mendelshon que le da entidad a un moribundo Enrique IV.  Lily-Rose Depp, la famosa hija de Vannessa Paradis y Johnny Depp hace de Catherine. Y el joven Dean-Charles Chapman interpreta a Thomas, el hermano de Henry o Enrique, según el idioma que elijamos.


La película, como toda que hará uso y abuso de efectos de computadora, es azulina, o sea de paleta oscura. Esto subraya la gravedad elegida para tratar el tema. No es solemne, pero sí muy seria, en exceso quizá. Y sin nada de humor. Recién al final, Catherine y su padre amagan un tono más leve, pero ya la gravedad está instalada. Esta ausencia de humor hace que no haya alegría en las motivaciones de los personajes. Falstaff luce agotado, ya casi sin vida. Los cortesanos intrigan sin morbo visible, como por algún oscuro mandato del que no pueden desprenderse. Henry o Hal, como también se lo llama, accede al poder como por una maldición del destino, y una vez al mando parece que el dominio no le da ningún placer.


El guión elige estar a la sombra de Shakespeare, más que aludirlo, se alimenta de su eco. Esto se patentiza en la arenga antes de la batalla, uno de los más grandes hits shakesperianos.


Y en la gran batalla, Michod, pierde en comparación con los logros exhibidos en algunos episodios de Game of Thrones que elevaron los combates a las alturas de los de Kurosawa, ni tampoco se acerca a la recordada Braveheart (Corazón valiente, Mel Gibson, 1995)


De todos modos se deja ver y más allá de lo discutible que pueda resultar que todos los personajes estén un chiquitín deprimidos en demasía (la contradicción es intencional) se disfruta del trabajo de los actores. No es poco para un encierro obligado. 

Ah, El rey, como lo indica el afiche, puede verse en Netflix. 

Hasta mañana

Gustavo Monteros






miércoles, 18 de marzo de 2020

Día 4 - Spencer Confidential


Y cundió la estupidez nomás. La resolución siguió diciendo que los docentes deben concurrir a sus lugares de trabajo, aunque después los gremios consiguieron la atenuación: Se facultaba a los directivos armar guardias mínimas, establecer turnos y otorgar dispensas a no concurrir. Unos pocos, con encomiable sentido común, por no tener su escuela comedor a cargo (como la mayoría de las que se encuentran en la ciudad) establecieron que los no docentes limpiaran y cerraran, y que todos los docentes se quedaran en sus casas y que desde ahí trabajaran en la continuidad pedagógica que se enviaría online, se trabajaría online y se convalidaría online. Los más, por desgracia, interpretaron que los gremios no habían salido de la reunión con un NO sino con un “ni”. Según esta versión, las autoridades insistían con que había que ir, mientras que los gremios instaban a que no, pero como no existía una declaración perentoria al respecto, estos directivos tradujeron el intríngulis a su lenguaje: no cumplir horario, pero venir a firmar. Atravesar la pandemia, desparramar el virus, para ¡estampar la firma en un papel! Un amigo sabio despotricaba que había ciudadanos que no estaban a la altura de la excepcionalidad de la hora. Y no, y a mí, más que decepción, me da tristeza. Papá Estado pide tres cosas. Si tienen comedor, den viandas. Garanticen la continuidad pedagógica no presencial. Y tres, tengan hasta las paredes y los techos limpios y desinfectados. Por supuesto, no se necesita a los docentes para las tareas uno y tres, que requieren obviamente de ir y cumplir. La tarea dos, que es la que les compete, puede hacerse desde sus casas. Y como Papá Estado está muy ocupado con una pandemia que puede diezmar las filas, dijo, mirá, si me equivoqué en alguna orden, corregila vos y decidí en consecuencia. Sin embargo, estos ciudadanos que no están a la altura de la excepcionalidad de la hora, en vez de corregir, se entregan a sus miserias y dicen: Ah, si yo tengo que venir a abrir la escuela, que vengan todos los otros también, aunque más no sea… ¡a firmar! Como se ve, es hora de quijotadas.


Todo autor de policiales con intenciones de redondear una saga sabe que debe crear su Sherlock Holmes, su Philip Marlowe, su Sam Spade, su Hercule Poirot, su Jules Maigret, su Kurt Wallander. Uno de los de Robert B. Parker fue Spencer (digo uno, porque el señor concibió también a Jesse Stone y B. L. Stryker, y por ahí, si profundizamos a algún otro). Spencer, su nombre nunca es revelado, tuvo entre 1985 y 1988 la cara de Robert Urich para una serie, primero, y entre 1993 y 1995 para unos cuatro telefilms independientes después. En 1999 solo por una vez lo corporizó Joe Mantegna. (Y por las dudas les interese, a Stryker lo hizo brevemente Burt Reynolds y a Jesse Stone, Tom Selleck en una sucesión de atendibles películas para la TV.


Y ahora Spencer renace en el cuerpo de Mark Wahlberg.


Mark Wahlberg ha conseguido lo que todos ambicionan y pocos consiguen: una “signature” (firma), o sea características reproducibles que lo vuelven único. Una manera singular de caminar, un peculiar modo de hablar, un identificable histrionismo, una gesticulación especial. Todo circunscripto a una estampa aun hoy envidiable (no olvidar que comenzó su carrera como modelo de ropa interior). Bah, en definitiva poder ser imitado con claridad o caracterizado de inmediato como a un Cary Grant, un James Stewart, un Burt Lancaster, un Humphrey Bogart o un Robert De Niro.


Spencer es un exboxeador, un expolicía, un actual investigador privado, pero por sobre todas las cosas es un quijote. Basta con que alguien al que haya conocido en algún momento y al que recuerda con afecto sea maltratado, involucrado en un delito o su nombre ensuciado, para que Spencer encienda los motores de su moralidad indignada y se lance como un bólido imparable a deshacer estos entuertos. 


Componen su mundo un viejo exentrenador de box, Henry (Alan Arkin) dueño de un gimnasio, un monolítico luchador negro, Hawk (Winston Duke) y una novia/exnovia/en vías de ser novia o exnovia, Cissy (Iliza Schlesinger) una badass (guarra) a la que mejor tener de amiga y que se ocupa de entrenar, pasear, atender perros, y uno adivina que es por los perros por los que se conocieron: Spencer tiene una perra ya viejita y adorable como pocas, de nombre Pearl.


El caso que le toca en esta película pinta complejo, aunque termina por tener una resolución directa y sencilla, demasiado quizá. No importa en realidad porque el interés pasa por otro lado, por los personajes. Atractivos como pocos.


Este film no es ninguna obra de arte, la narración es despareja y la intriga se vuelve obvia más de una vez, pero entretiene y mucho porque los personajes enganchan y seducen. Ideal para una tarde de lluvia. El final invita a una nueva aventura, ojalá el convite se efectivice pronto, así de mucho nos han divertido.


Spencer Confidential (Peter Berg, 2020) puede verse en Netflix.

Hasta mañana

Gustavo Monteros






martes, 17 de marzo de 2020

Día 3 - ¡Madre!


Y la batalla fue perdida. Los docentes, que intentaban la derogación del artículo dos de la resolución que los obligaba a concurrir a sus lugares de trabajo en medio de la pandemia, no lo lograron. O peor, recayó en sus manos la decisión, porque el frente gremial después de reunirse con las autoridades de educación obtuvo un compromiso de que solo podrían volver a las escuelas, cuando estas eestuvieran en condiciones higiénicas, y como por ahora tal estado era inalcanzable, aconsejaban a los docentes a no asistir a sus lugares de trabajo. Y a los docentes dubitativos, que esperan respuestas concretas, desaconsejarles no hacer algo los sume más en la inacción. Eventualmente se supo que la “distrital” facultaba a directores a tomar la decisión de armar guardias mínimas, turnos y dispensas de no ir. Y como hay también directivos dubitativos, más predispuestos a bajar órdenes que a decidir, se entregaron estos a la desesperación, al lamento de quedar en tal predicamento, y hasta recurrir al insulto a quienes votan funcionarios incapaces de decidir con claridad (la ironía de ver en el otro lo que ellos tampoco pueden hacer se les escapa). De modo que docentes y directivos se debaten entre ir o no ir, entre hacer cumplir o no hacer cumplir disposiciones, de las que no saben todavía si respaldan o no. Como es día de zonas grises, vayamos por una película igual de difusa: ¡Madre! (Mother!, Darren Aronofsky, 2017).


Como ante toda película de Darren Aronofsky (Pi, 1998, Réquiem por un sueño, 2000, La fuente de la vida, 2006, El luchador, 2008, El cisne negro, 2010 y Noé, 2014) debemos prepararnos para comprobar cuán raro puede llegar a ser lo raro.


Una mujer, identificada en el reparto como la Madre (Jennifer Lawrence) está casada con un poeta, identificado en el reparto simplemente como Él (Javier Bardem). Ella, sola, con sus propias manos, le está reconstruyendo a su esposo poeta la casa devastada por un incendio. Se supone que sabe de albañilería, carpintería, plomería, electricidad, etc. Él solo debe dedicarse a escribir, tarea que se presenta titánica porque no se le ocurre nada, su creatividad está en blanco. La casa parece estar viva, tiene “heridas” que sangran, que se niegan a cerrar, a desaparecer. Ella toma un medicamento, un polvo amarillo que disuelve en agua y que parece calmarle los nervios o espasmos de alguna dolencia. Ella se sentirá invadida, primero por el Hombre (Ed Harris) un traumatólogo que hace buenas migas con Él, o sea, el poeta. Como los males no vienen de a uno y los intrusos tampoco, pronto al Hombre se le unirá la Mujer (Michelle Pfeiffer), esposa del Hombre, claro. La irrupción traerá un despertar del deseo y Ella, la Madre, o futura Madre, para ser más precisos, quedará embarazada. Entonces…


Aronofsky, como en todas sus películas, procura nuestra inmersión en la historia y la trabaja desde lo visual, lo auditivo y la extrañeza que pueda provocar con ambas herramientas. Ejemplo, las “heridas” de la casa, lo que se oye o no, los comportamientos lábiles de la Madre y así. De a poco, uno se enfrenta como con El cisne negro con tres posibilidades. Una, la película es ¿el retrato de un descenso al desequilibrio psíquico, primero, y a la locura, después? Dos, procura el director ¿mostrarnos simbólicamente lo que siente una mujer ante la maternidad?, de ahí la importancia del hogar, de la pertenencia, de lo que se comparte y de lo que no. O tres, estamos quizá ante un película de terror a secas y ¿hay algo diabólico detrás de estas “posesiones”, “transformaciones”, “revelaciones”?


Estas son las tres posibilidades que se me ocurrieron a mí, ustedes pueden descubrir u ocurrírseles muchas más. No hay que olvidar que ante lo indeterminado, todo está permitido. Si para ustedes esta Madre es una costurera de Marte que se enajena porque no puede dar con una buena receta de buñuelos, todo bien, es una posibilidad más. Si el director busca perdernos en lo gris, en lo que tiene múltiples sentidos o interpretaciones, todas están permitidas, todas son bienvenidas, ese es el juego. Por los motivos que sean, no quiere que el blanco sea blanco y el negro sea negro. Piedra libre para todos nosotros, entonces.


Ah, como hijos del Hombre y de la Mujer aparecerán los hermanos en la vida real, Brian Gleeson y Domhnall Gleeson, y como este último nació en el 83 y el primero en el 87, hacen de Hijo Mayor y Menor, respectivamente.


La indeterminación no tiene por qué ser angustiante o tediosa, también puede ser desafiante y atractiva. Si te sentís con ganas de ver algo diferente, que se aparte de lo habitual, que te incite a inquietudes impensadas, esta es hoy una opción a no desestimar.


¡Madre! (Mother!, en el original) puede verse en Netflix. No te quiero condicionar, pero que los personajes no tengan nombres y el signo de admiración del título pueden ser indicativos de algo, ¿de qué? Ah, vos dirás.

Hasta mañana,

Gustavo Monteros






lunes, 16 de marzo de 2020

Día 2 - Overboard - ¡Hombre al agua!

Y llegó finalmente la ansiada comunicación oficial de la suspensión de clases en todos los niveles de enseñanza para impedir la propagación del coronavirus. Pero el anuncio presidencial no trajo la ansiada paz entre los docentes de la provincia de Buenos Aires, quienes por una confusa resolución de “la distrital” se verían obligados a concurrir a sus escuelas respectivas a firmar, cumplir horario y elaborar un plan de contingencia para compensar la pérdida de clases presenciales. Otro ejemplo más de ser más papistas que el papa. Una mala interpretación de las palabras presidenciales respecto a que las escuelas con comedores estarán abiertas llevó a esta resolución poco feliz, que por puntos y comas y verbos grises es versionada por algunas autoridades provinciales de cumplimiento fehaciente de tareas docentes, como si no hubiera pandemia alguna. Los gremios no tardaron en reaccionar y ya hay quejas y pedidos de derogación de la papeleta en cuestión, pero mientras se resuelve la eliminación y la consecuente aclaración, los enajenados de siempre, clasificación que abarca tanto a docentes, directivos como a inspectores, enloquecen y vociferan en cómo implementar la obligatoriedad de la compulsa. El sentido común  no solo se perdió sino que hallarlo es más difícil que ganar la lotería tres veces el mismo día. Buen momento entonces para una comedia.


Si el drama necesita credibilidad, la necesaria creación de un verosímil para desatar la imprescindible empatía con lo que se cuenta, la comedia es un mundo cerrado regido por razones propias y una lógica ilógica. El verosímil no importa, puede reinar el disparate. Lo que importa es que el sinsentido tenga sentido en la subversión del orden establecido o en la aceptación del caos como normalidad. Dicho así parece muy complicado, pero es lo más fácil del mundo. Es un juego que todos sabemos jugar, hay una decodificación inmediata y sin esfuerzos. Todos queremos reír y aprendemos rápido a hacerlo.


En 1987, la guionista Leslie Dixon concibió un efectivo vehículo de lucimiento para Goldie Hawn, Overboard / Hombre nuevo, vida nueva  que el director Garry Marshall (Mujer bonita / Pretty woman, 1990, Un equipo muy especial / A league of their own, 1992, Jamás besada / Never been kissed, 1999) aceitó con singular empeño. En la misma, una rica soberbia e insoportable (una Goldie muy inspirada) maltrataba a borde de su yate a un carpintero contratado (un Kurt Russell de lo más oportuno). Ella terminaba por tener un accidente, caía al agua, se despertaba con amnesia y él aprovechaba y se vengaba de los maltratos recibidos convenciéndola de que era su esposa y de que pertenecía a la clase trabajadora.


En 2018, la comedia reaparece, pero ahora como vehículo de lucimiento de un actor, el mexicano Eugenio Derbez. Los roles, claro, se han invertido. Él es el millonario insoportable y maltratador y ella, la siempre simpática Anna Faris, ya no es carpintera sino una empleada de una empresa de limpieza que está en el yate para sacarle la mugre a una alfombra. Lo del accidente y posterior amnesia se mantienen, aunque, obviamente, será ella la que lo hará pasar por su marido proletario.


Derbez es un comediante hábil y muy histriónico y tiene lo que se necesita para sostener un protagónico y llenarlo de matices. Faris no es tan competente como su compañero, pero suple con encanto lo que le falta en hacer más variado su juego de comedia.


El director Rob Greenberg sabe que la comedia necesita de secundarios tan atractivos y coloridos como los protagonistas, e incluso más si la ocasión lo amerita. Y en un elenco de simpáticos, sobresale el talento de tres mujeres. Una irreconocible Swoosie Kurtz (puede que la cirugía estética le haya desdibujado el rostro que le conocimos, pero el talento lo conserva incólume) es una madre de Faris que no será postergada por nada. Mariana Treviño (la Cecilia Rosado de la última temporada conocida de Narcos: Mexico y la Jenny Quetzal de la flojita segunda temporada de La casa de las flores es la hermana música del tarambana millonario. Mientras que la magnífica Cecilia Suárez, que gracias a su Paulina de la Mora para La casa de las flores alcanzó una proyección mundial es la otra hermana, ambiciosa y decidida a todo. Ah, está también una desaprovechada Eva Langoria, que esta vez no suma por el lado de la actriz, pero que multiplica por su incandescente belleza.


Es una remake más decente que inspirada, pero en tiempos en que la buena comedia no abunda se deja ver con agrado. ¿Qué más se puede pedir en un encierro por virus? 


Ah, Overboard / ¡Hombre al agua! puede verse en Netflix. 

Hasta mañana
Gustavo Monteros

domingo, 15 de marzo de 2020

Día 1 - Cities of Last Things


Los perros me sacan de la cama con el clamor habitual que no puede ser desatendido. No me puedo quejar, no es tan temprano, y debo agradecerles la paciencia. Primero le toca a ella, a Bruna, porque es joven y llena de vida como todo lo joven. Perrito es un anciano y no tiene la sabiduría, aunque sí la resignación de los viejos. Le toca, claro, el segundo turno.


La ciudad duerme, no la urge levantarse. Supongo que está cansada por el demorado anuncio de la suspensión de clases en todos los niveles. Entre los docentes fue un tema de álgida preocupación desde el viernes temprano en que, por el bendito coronavirus, muchas actividades se suspendían, menos las clases. El resto del viernes lo ocupamos en el duelo, en masticar la injusticia de la medida.


El sábado a la mañana pasamos lista a las razones que se nos ocurrieron para contrarrestar lo decidido. La tarde fue un hervidero de guasaps, posteos en facebook e instagram, mensajes de telegram y tuits. Las bases estaban tan cabreras que los gremialistas se sacudieron la modorra con la que habían acatado el mandato de no suspender y comenzaron a oír los argumentos de los docentes ofuscados. Los ministros habían esgrimido la sensata comanda de la escuela como bastión de contención, que era aconsejable ante la emergencia que los chicos estuvieran en las escuelas y no en “la calle o en shopping” (mis alumnos pertenecen a la primera categoría, los de escuela privada cara caen en la segunda opción), que si no iban estarían en contacto con abuelos o sea con gente en alto riesgo. Ante la inevitable pregunta, una médica, sentada entre los ministros dijo la verdad, los chicos no sufren el virus con la virulencia con que lo sufren los muy mayores, pero que lo transmiten, lo transmiten.


No diré que lo que el oficialismo postulaba no fuera atendible, pero no entendía la insistencia de no suspender todos los niveles, como si nuestros lugares de trabajo fueran de perfección sueca.


A los padres siempre les urge secarse de encima los más chicos, circunstancia que les permite algunas horas de libertad para trabajar u ocuparse de sus vidas. Los oficialismos nunca olvidan que deben ser demagógicos con esos padres en particular. Los que están en el último ciclo de la primaria y los de la secundaria preocupan menos a los padres, porque son menos demandantes y más independientes. No impiden trabajar y se los puede tomar como cómplices para poder continuar con la vida al margen de la paternidad.


O sea, en mi modesta opinión, debieron garantizarse las clases en el preescolar y en los primeros ciclos de primaria y analizar cómo se trabajaría con el resto. Mi sugerencia para la secundaria y el terciario era que fuéramos algunos grupos unos días, otros los restantes, no todos juntos a la vez. Por la sencilla razón de que las escuelas, públicas y privadas, trabajando al tope son la más perfecta garantía de la propagación de cualquier virus: están casi siempre sucias, las aulas están hacinadas (algunas privadas incluso más que las públicas) y la ventilación en la mayoría es mala, y en otras, inexistente. 


Además los escolares y docentes colapsan el sistema de transporte en las horas de entrada y de salida. Hay un montón de barrios sin escuelas, lo que obliga a la migración escolar a los barrios en los que sí las hay, o con cupo suficiente para recibir los alumnos propios y los ajenos. 


Conocedores del problema, los ministros no tardaron en asegurar que contaríamos con todos los elementos de limpieza y que se evitarían los viajes de micros llenos. Todo muy lindo, pensamos los que vamos de escuela a escuela, pero la lavandina no te soluciona la sobrepoblación por aula y la ausencia de ventilación. Además, la restricción en los micros, si se lograra, duraría un par de días, al tercero volveríamos a lo acostumbrado, porque algunos hábitos resisten hasta el virus más letal.


Pero la demagogia no tiene límite y en vez de limitarse solo a los más chicos, se incluyó en la no suspensión de clases a todos los niveles. Los terciarios y universitarios fueron los primeros en abarcar el problema y tomar cartas en el asunto: no darían ni una sola clase hasta que no se garantizaran las condiciones indispensables para manejarse en una emergencia. Sabedores que se tardaría unos cuántos siglos, comenzaron a plantearse clases o programas virtuales.


Los docentes de los demás niveles, primero, y los padres, después, comenzaron a razonar, bueno, más a condicionar pensamientos al miedo que otra cosa, como sea, a comprender que quizá el remedio fuera peor que la enfermedad, como quien dice. Si se suspende toda actividad multitudinaria, menos las clases, no cabe la posibilidad de que las clases ¿sean el caballo de Troya? Y así, propagaran el virus, que ¿la anulación de todas las otras actividades evitarían?


A la nochecita la desesperación del docentaje llegó a su clímax, se pedía abiertamente la suspensión de las clases. Un gremio menor lo tomó como bandera. Gremios mayores conjugaron de apuro proclamas, reclamos y rectificaciones. En el medio, giró una resolución falsa que daba licencia a embarazadas, inmunodepresivos, diabéticos, asmáticos, cardíacos y viejos de más de 65, entre otros grupos de riesgo.


Sobre las diez, un portal de noticias muy derechoso y poco serio aseguró que hoy domingo se anunciaría el levantamiento de las clases. Los principales medios comerciales, que habían militado en días anteriores con fervor infatigable la suspensión de actividades sociales, artísticas y deportivas, repicaron la noticia, y nos fuimos a dormir tranquilos con la seguridad de que el buen tino se impondría y las clases se suspenderían. De ahí que durmiéramos hasta tarde. La preocupación cansa y el miedo ni te digo.


Son las 10 y media de la mañana de este domingo 15 de marzo de 2020, y el anuncio no solo no se produjo sino que encima se dice que está sujeto a reuniones y evaluaciones de urgencia. Sea pato o gallareta, la vigilia (no me gusta la palabra “cuarentena” porque no es exacta) al menos en la sensación de la mayoría, se inicia.


¿Por qué hablo de estas cosas en un blog de cine? Porque me propongo, mientras dure la contingencia, sugerir una película por día para paliar el hastío que, de antemano, da la idea del encierro obligatorio. (Lo anterior fue necesario para circunscribir la iniciativa).


Hoy propongo una coproducción taiwanesa-chino-franco-estadounidense (como se ve, tan cosmopolita como el virus que nos acecha) y de título de lo más elocuente para la hora: Cities of Last Things (2019) del director malayo Wi Ding Ho.


La historia se estructura en tres momentos claves de la vida de un hombre violento. El primer momento se desarrolla en un futuro cercano, el segundo correspondería a nuestro presente y el último a un pasado conocido, al menos por los que no nos cocemos en el primer hervor.


Como toda película que parte de una premisa que define pero que también limita, uno se pregunta ¿me interesará lo segundo tanto como lo primero y querré llegar al tercero? Al menos para mí, la respuesta fue un rotundo ¡sí!


Cities of Last Things es una aventura que recompensa haber optado por ella. Intriga, atrapa, emociona y se queda en nuestra cabeza para que rumiemos, si hay en nuestra vida, experiencias así de determinantes. No es poco para iniciar una obligada prisión domiciliaria.


Hasta mañana

Gustavo Monteros






jueves, 7 de noviembre de 2019

Las reglas no aplican



Uno de los cambios que trajeron en nuestra forma de mirar películas, primero los videocassettes, después los DVDs, los BluRays, las bajadas y el streaming, es que podemos verlas en capítulos.


Antes en el cine y en la tele no quedaba más que verlas de un tirón.


Se fortalecieron así hábitos y manías de algunos espectadores.


En lo que a mí respecta, soy muy quisquilloso con los directores, les doy 45 minutos para “engancharme”, si no lo logran en ese tiempo, doy por concluido el intento. Con los actores (solo con los que considero mis “favoritos”, claro) soy más paciente.


Los directores, incluso los del cine industrial siempre tienen (acotado en algunos casos, es verdad) un margen de maniobra, pueden optar en seguir este o aquel proyecto. Los de cine de autor, por otra parte, se suponen que solo hacen lo que les interesa o les excita su morbo creativo.


Los actores, no siempre tienen tantas posibilidades de opción. Como bien dijo Paul Newman: “Cuando se siente que se ha descansado mucho y las cuentas comienzan a pesar, es hora de elegir un proyecto, si se tiene suerte, sale una película decente o buena, pero no siempre se tiene suerte…”


A lo que voy es que soy fiel sin claudicaciones a mis actores “favoritos”, los veré en no importa el bodrio en el que se hayan visto obligados a participar, ya sea porque eligieron mal o porque no les quedó otra.


Si el bodrio de tan mayúsculo bordea lo insoportable, lo de ver un film en capítulos viene de lo más bien.


Sin duda le debemos esto de la militancia de verlos en lo que sea a Robert De Niro, el hombre a veces (con más frecuencia de la que quisiéramos) acepta participar en cada cosa, que ni les cuento, bah, no hay necesidad, ustedes las han visto.


Otro que acepta lo que sea es Bruce Willis, tiene como una devoción con un director, un tal Brian A. Miller, que debe ser un gran compañero de juergas o tener una conversación apasionante, porque Bruce le protagoniza tremendos bodrios sin inmutarse.


A veces a las actrices parece que el apego a algunos agentes las lleva por el mal camino. Sandra Bullock tiene más de un par de bodrios impresentables, por suerte, se reivindica con facilidad.


Jennifer Anniston tiene una suerte superlativa, ha encabezado más bodrios que cualquier otra persona, muchos en cadena, sin redención total o parcial, que habrían acabado con la carrera de gente incluso mejor plantada en el mundo del espectáculo.


En los viejos tiempos de ir al cine, en los programas dobles o continuados de hasta tres películas, uno veía sin chistar, por ejemplo, como Goldie Hawn se topaba en Italia con Giancarlo Giannini para un Viaggio con Anita (Mario Monicelli, 1979). Ese mismo año, sin ir más lejos, otra reina de la botería de aquellos entonces, Monica Vitti se juntaba con el bueno de Keith Carradine y perpetraban bajo dirección de Michael Ritchie: An almost perfect affair/Un lío casi perfecto (lo de casi perfecto se volvía irónico porque era un auténtico bodrio inmaculado). Y también nos la aguantábamos de un tirón.


Hoy tal hazaña con ¿Y dónde están los Morgan? (Did you hear about the Morgans?, Marc Lawrence, 2009), con el siempre estupendo de Hugh Grant y la siempre divina de Sarah Jessica Parker, pinta imposible si no es en capítulos. Grant tiene suerte y le aparecen buenas historias, a la pobre Sarah Jessica, no. La suerte, pobre chica, no le sonríe.


Otra actriz, en empate con De Niro, por la prepotencia numérica en bodrios, es la híper magnífica de Diane Keaton. La señora acepta encima unos melodramas indigestos en los que terminan por matarla con enfermedades terminales, (estimados guionistas, alguna vez, mátenla de un ataque cardíaco para variar).


Todo esto sirve como una buena introducción a Rules don’t apply (Warren Beatty, 2016) estrenada en cine con el buen título de La excepción a la regla y exhibida ahora en Netflix con el literal de Las reglas no aplican.


Si me hubiera apegado a mi regla de pocas pulgas, al director Beatty, le habría bajado el pulgar mucho antes de llegar a los 45 minutos de paciencia estipulada. Pero como en el elenco figuraba una de mis “favoritas” imprescindibles, la genial Annette Benning (esposa en la vida real de don Warren), la vi hasta el final. En capítulos, claro.


La trama se centra a principio de los años cincuenta en la pelea que tiene Howard Hughes con la TWA, el problema es que Hughes pasa por un período maníaco en que no quiere mostrarse ante casi nadie, y se maneja por teléfono o intercomunicadores, lo que es inadmisible para los ejecutivos que quieren negociar cara a cara y que como no pueden, buscan declararlo insano, algo para lo que Hughes ofrece muchos argumentos. Mientras tanto mantiene un harén de bellezas jóvenes, provenientes de todo el país, con la esperanza de convertirlas en estrellas, eso sí, no solo las hace esperar sino que también las forma en canto, baile y actuación. Para controlarlas cuenta con una tropa de choferes que las llevan de la casa a las clases y viceversa. Los choferes tienen prohibido relacionarse sentimental o sexualmente con las aspirantes. Conoceremos este lado de la historia a través de una de ellas, Marla Mabrey (Lily Collins) virgen, religiosa, y con inquietudes y su chofer, Frank Forbes (Alden Ehrenreich) un muchacho con buenas ideas para progresar, pero que necesita inversionistas, y que llegará a pertenecer al círculo estrecho de Hughes, pero…


El “misterio” es por qué Hughes (Warren Beatty, of course) se niega a ser visto. La resolución a esta pregunta llegará demasiado tarde, cuando ya no nos interesa en lo más mínimo.


Y ese es el quid de la cuestión, los personajes, sus circunstancias, sus conflictos principales no despiertan empatía alguna…jamás. Entonces solo queda “disfrutar” de lo que hagan los actores.


Para que el tedio no sea absoluto, cuenta con un elenco de notables, a la mencionada Bennig, hay que sumar a Matthew Broderick, Paul Sorvino, Candice Bergen, Martin Sheen, Oliver Platt, Alec Baldwin, Dabney Coleman o Steve Coogan, más cameos de Ed Harris y Amy Madigan (esposos también en la vida real). Alden Ehrenreich, el nuevo Han Solo y el divertidísimo galán con problemas de dicción en Hail, Caesar (¡Salve, César!, Ethan y Joel Coen, 2016) y Lily Collins, la Cenicienta torturada por la bruja de Julia Roberts en Espejito, espejito (Tarsem Singh, 2012) evidencian encanto a granel y se agradece que estén en los protagónicos. Warren Beatty es un zorro viejo y no ha perdido las buenas mañas actorales.


Cuánto más recurro a Netflix es a la hora de ir a dormir. Pero al ver algo que me apasiona y que va a quitarme el sueño, lo alterno con capítulos en los que divido a películas como Rules don’t appy…proyectos fallidos, que por sus actores termino por ver sí o sí.

Gustavo Monteros