jueves, 1 de agosto de 2019

Sing, ¡ven y canta!



Sing, ¡Ven y canta! es simpatía a más no poder. Su autor director, Garth Jennings y su codirector Christophe Lourdelet recurren a dos tópicos de los más transitados en la historia del musical, el del teatro que debe salvarse y el de los aspirantes a estrellas que necesitan una oportunidad para lucirse. O sea el viejo cuento de los perdedores que deben redimirse, o para ponerlo con otro ejemplo, el del patito feo que debe comprender que es un cisne.


Tópicos de encanto garantizado. Claro, siempre y cuando se cumplan algunos requisitos previos, como que los personajes sean la mar de empáticos y que haya un gag tras otro, o una peripecia dramática de identificación básica. Ambos dos requisitos se cumplen aquí a rajatabla.


Y como de un espectáculo musical se trata, es menester que las canciones y que las interpretaciones sean tan admirables como deliciosas. Algo que también se cumple. Solo queda repantigarse, abrazar algún snack favorito y disfrutar.


Si optan por la versión original se toparán con la voces de Matthew McConaughey (Buster Moon), Reese Witherspoon (Rosita), Seth MacFarlane (Mike) (el gag de su versión de A mi manera es ¡inolvidable!, este sí que es un performer, no larga el micrófono ni aunque le tiren con un misil), Scarlett Johansson (Ash), John C. Reilly (Eddie), Taron Egerton (Johnny), ¡Tori Kelly! (Meena) (por Dios, qué voz tiene esta chica), Jennifer Saunders (Nana) y Jennifer Hudson (Nana de joven y cantando, su versión de Carry that weigh…¡guau!), Garth Jennings (Miss Crawly, una delicia de personaje, no en vano se la reservó el director/guionista), Peter Serafinowicz (Big Daddy, si querés saber a qué nos referimos con voz aterciopelada, aquí tenés un buen ejemplo) y Nick Kroll (Gunter).


Sing, ¡Ven y canta! puede verse en Netflix. Entretenimiento de cabo a rabo (y aquí hay unos cuantos rabos).

Gustavo Monteros

jueves, 25 de julio de 2019

Trapped

Ófærð (Trapped) es una serie islandesa creada por Baltasar Kormákur, actor, productor y director de instalada autoridad en el policial que llegó a filmar incluso en los Estados Unidos (Dos armas letales (2 guns, 2003) con Denzel Washington y Mark Wahlberg).


Trapped exhibe las características que aprendimos a apreciar en los policiales nórdicos: complejidad narrativa, personajes bien perfilados con motivaciones oscuras y profundas, aproximaciones a la tragedia griega y una resolución técnica impecable.


El protagonista es Andri Ólafsson, interpretado por Ólafur Darri Ólafsson, un urso de dos metros de presencia habitual en series yanquis como Quarry, The Missing, Emerald City, Lady Dynamite o True Detective y en películas como La increíble vida de Walter Mitty (Ben Stiller, 2014), El buen amigo gigante (Steven Spielberg, 2016) o  Animales Fantásticos: Los crímenes de Grindelwald (David Yates, 2018).


Ya hay dos temporadas disponibles de Trapped. Y como suele suceder con algunas series, la segunda temporada es mucho mejor que la primera, más lograda en todos los aspectos. Algo lógico, los personajes ya están corporizados, el arco narrativo es claro, el estilo ya está definido y se conoce hasta donde se puede ir y que no hacer. Y si bien los personajes principales se repiten y las historias se rozan, la segunda temporada puede seguirse perfectamente sin haber visto la primera.


Trapped puede verse en Netflix y es ineludible para los amantes del policial, los que no lo son pueden también disfrutarla mucho.

Gustavo Monteros

jueves, 18 de julio de 2019

It's Bruno! o Los paseos de Bruno


En un principio It’s Bruno! fue un corto que se hizo notar allá por el 2015. Un hombre y su perro, el tal Bruno, iban de camino al supermercado, pero como el vecindario era Brooklyn, el paseo estaba lleno de alternativas.


Su creador, el proteico Solvan Naim (el hombre en cuestión del dúo humano-perro) supuso que había material como para una serie y logró que Netflix se la produjera a costo limitado, algo así como te doy algo de plata, producila y veamos que sale. Y salió una serie de humor que podríamos definir como extravagante, con personajes muy particulares de manías peculiares. Ya se sabe, en el humor el verosímil es muy distinto al del drama, el disparate y el revés de trama está permitido.


Entre los hallazgos que luce, está el de la duración, unos veinte minutos de promedio, es decir, sigue el formato que el dio origen, el de un corto. Y es ideal para cuando se tiene un ratito o se almuerza o se cena. Yo la vi así como acompañamiento o postre de almuerzos y cenas y la disfruté enormemente.


Solvan Naim, conocido también como Solvan “Slick” Naim es un rapero nacido y criado en Nueva York, tiene ancestros argelinos y se ha destacado también como un cortometrajista de comprobado talento. Su obra más premiada es Stanhole (2015) sobre un adolescente neoyorquino que termina de sicario.


Cuando decidí escribir sobre esta serie, se cernía la amenaza de los Emmys cuyos candidatos se conocerían al día siguiente. Con la clarividencia de una miopía atroz que me caracteriza, supuse que no verían ni la hora en tal premiación y me dije que en esta reseña jugaría con “underdog” que como adjetivo puede traducirse como desvalido, desamparado, pobre, sin chances, perdedor. Pero hete aquí que cuando llegan las nominaciones It’ Bruno! tiene la suya en la categoría “Outstanding Short Form Comedy or Drama Series” y me tuve que guardar el juego de palabras en donde ustedes supongan o dispongan.


La temporada uno de It’s Bruno! (o Los paseos de Bruno) puede verse ahora en Netflix, consta de 8 episodios y si ya tenía antes asegurada la temporada dos, con esto del Emmy por ahí hay hasta más,

Gustavo Monteros


jueves, 11 de julio de 2019

Black Earth Rising


El showrunner, guionista y director inglés Hugo Blick parece haber descubierto una vertiente que no va a parar de explotar hasta secarla. La empezó con The honourable woman (2014) y la sigue ahora con Black Earth Rising (2018).


La fórmula consiste en elegir algún conflicto mundial irreconciliable (Israel-Palestina en The honourable woman) (el genocidio tutsi a manos de los hulus en Ruanda en Black Earth Rising), colocar en el centro de la escena a una mujer (Maggie Gyllenhaal en The honourable woman, Michaela Coel en Black Earth Rising) cercarla de secretos que irá develando de a poco y dar sobre el final un giro sorpresivo.


La cosa le salió bien en The honourable woman porque en la trama había negocios turbios que se prestan siempre para alianzas inesperadas y traiciones de último momento, en cambio a Black Earth Rising que transcurre entre abogados de juicios internacionales se le nota mucho los saltos y las trampas del argumento.


Por ejemplo: un personaje muy importante para la historia muere en circunstancias harto sospechosas y nadie se pregunta quién lo mató y por qué, no, siguen con sus vidas como si tal cosa y cerca del final recién saben quién fue el asesino y dicen algo como ¡Ah! Después el famoso secreto central es postergado más por razones de argumento que por lógica de los personajes. Por política deciden guardarlo, pero humanamente no se entiende por qué no se lo contaron a la interesada desde que era chica y evitarle posibles traumas y listo, no, se lo callan para el momento oportuno en que el argumento lo necesite. Si no se lo analiza mucho, no es traído de los pelos, pero exige una gran postergación de nuestra incredulidad.


De todos modos, creo que debe verse, porque los hallazgos ocasionales son brillantes y porque la protagonista. Michaela Coel es de una belleza rara, única, verdaderamente hipnótica. Sus ojos, tan inmensos como sus labios, parangonan una presencia arrolladora también en talento. Esta miniserie de ocho episodios tiene además la virtud de convertir a un veterano y prostático John Goodman en un galán factible.


Black Earth Rising puede verse en Netflix

Gustavo Monteros

jueves, 4 de julio de 2019

El fin del sueño americano





Y a 17 años de una experiencia en el corto, en 2016 Ewan McGregor debutó en el largo. No se la hizo fácil. Eligió una novela de Philip Roth, American Pastoral, que a la complejidad del tema le suma un largo reparto y es de época. Aquí le pusieron un título revelador de la trama: El fin del sueño americano.


El Sueco Levov (Ewan McGregor) y su esposa Dawn (Jennifer Connelly) son la personificación hecha y derecha del famoso Sueño Americano. Él fue una estrella deportiva en la escuela, fue a la guerra y volvió sin un rasguño, llevó el negocio familiar a nuevas cumbres, es un pequeño Rey Midas. Ella fue una reina de la belleza, con su hermosura y la fuerza de su carácter logra torce el brazo de su suegro y ser aceptada en la familia de su novio. Ellos tienen una hija que es un sol, aunque algo le pasa, de niña tiene  un tartamudeo que no se debe a razones fisiológicas y cuando crece y se convierte en Dakota Fanning, es tentada por los grupos más radicalizados de los sesenta.


McGregor más que contar la historia, la ilustra. A su trabajo le falta rugosidad, espesor. Todo se nombra y se ve más que lo que transmite o se vive. Sin embargo, su labor es bella y fluida y obtiene grandes trabajos actorales.


Jennifer Connelly está espléndida y deslumbra con los innumerables matices con los que abunda su caracterización. Los que me conocen más cercanamente saben que Dakota Fanning no es santo de mi devoción y blanco de cuanto chiste se me ocurra. Sin embargo, debo admitir que aquí está impecable. Las mejores actuaciones son para mí aquellas que uno ve sólidas pero en las que los actores no develaron todas sus trampas, en las que uno si se topara con ellos quisiera averiguar en qué pensaba cuando la armó, qué sentía o qué secreto se guarda. Aquí doña Dakota logra eso, me encantaría preguntarle para ella qué es lo que lleva el personaje a hacer lo que hace.


El único pero del elenco es el propio Ewan, en otra película menos compleja quizá pudiera autodirigirse mejor, aquí solo alcanza la corrección. No es poco, pero suena a poco en lo que nos suele entregar.


De todos modos creo que merece verse, porque el material es bueno y habilita preguntas y discusiones. Si las historias de amor duradero son un misterio irresoluto, las de las frustraciones entre padres e hijos son el colmo de la intriga. ¿Qué se pudo hacer para que lxs hijxs no se fueran tan al carajo? ¿Qué se hizo mal? ¿Se pudo evitar? Ah, si supiera las respuestas sería sabio y rico.


El fin del sueño americano puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros






jueves, 27 de junio de 2019

The confirmation


The confirmation (Bob Nelson, 2016) es de esas películas tan chiquitas que puede pasar desapercibida cuando no lo merece. El director - guionista de esta película, Bob Nelson, escribió el guión de Nebraska (Alexander Payne, 2013). Destaco este dato porque quienes vieron Nebraska pueden saber a qué atenerse.


The confirmation es una comedia dramática realista en clave menor, y milita un cristianismo laico para nada catequista.


Anthony, un chico de unos 10 años, (Jaeden Martell) debe pasar un fin de semana al cuidado de su padre, Walt (Clive Owen) ya que su madre, Bonnie (María Bello) se va con su nueva pareja, Kyle (Matthew Modine) a un seminario religioso para parejas.


Padre e hijo pasaran por peripecias que parecen pequeñas, pero vistas desde lo que les cuesta atravesarlas alcanzan proporciones épicas, heroicas. Walt es un alcohólico en recuperación, carpintero él, le roban las herramientas que necesitará para una changa el lunes. Deberá recuperarlas a como dé lugar. Otto (Robert Foster) y Vaughn (Tim Blake Nelson) y sus hijos oficiarán de muy peculiares ángeles de la guarda.


Los personajes, muy entrañables, son unos pobres diablos que, a pesar de todo lo que les pasa, no pierden una bondad natural que los ilumina. Es lo que más llama la atención, no hay villanos, sino gente necesitada y víctima, como los perpetradores del robo o el entusiasta Drake (Patton Oswalt) lleno de buenas intenciones que no puede llevar a buen puerto por sus adicciones.


El relato cobra una vigencia inusitada en la realidad argentina. Todos, en mayor o menor medida son víctimas de un neoliberalismo feroz, indiferente a los despojos que provoca.


El chico protagonista es ya todo un profesional experimentado. Anduvo por St Vincent (Theodore Melfi, 2014) junto a Bill Murray, Naomi Watts y  Melissa McCarthy, por Aloha (Cameron Crowe, 2015) junto a Bradley Cooper, Rachel McAdams y Emma Stone, por Midnight Special (Jeff Nichols, 2016) junto a Michael Shannon, Joel Edgerton y Adam Driver y más cercano en el tiempo, fue uno de los chicos que padecieron al payaso demoníaco de It (Andy Muschietti, 2017). Aquí ratifica que toda esa experiencia no fue en vano. Clive Owen, huelga decirlo, es una estrella por mérito propio y está tan magnético como el primer día. Los demás en roles pequeños se hacen notar, lo que no es poco.


The confirmation puede verse en Netflix. Ideal para cuando uno está a punto de perder la fe en los contemporáneos.

Gustavo Monteros








jueves, 20 de junio de 2019

About a boy - Un gran chico

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(¿No es que una imagen vale más que mil palabras? Me ahorro las mil palabras, pero por si no hubiera quedado claro, recomiendo rever o ver uno de los clásicos recientes: About a boy o Un gran chico (2002) de Chris y Paul Weitz con una de las más notables actuaciones del gigantesco Hugh Grant, a la que le sumamos una performance inolvidable de la genia de Toni Colette, más la hermosa y talentosa Rachel Weisz, más el papel que le dio el espaldarazo a la carrera del por entonces pequeño Nicholas Hoult. Más una historia inolvidable, llena de réplicas brillantes. ¿Qué más se puede pedir?

About a boy o Un gran chico puede verse en Netflix. 

¡Buen día de la Bandera!

Gustavo Monteros 

jueves, 13 de junio de 2019

Sueños de libertad


Después de ver un bodrio o una película no tan buena, me pregunto por qué no habré utilizado mejor mi tiempo y habré revisto algún clásico o alguna buena película reciente.


Netflix tiene clásicos, no muchos, pero algunos tiene. Reviso Mi lista y como las opciones seleccionadas no me resultan particularmente tentadoras, opto por un clásico más o menos reciente, The Shawshank Redemption o Sueños de libertad, como se la conoció por aquí. Se basa en una novela corta de Stephen King, (Rita Hayworth and Shawshank Redemption, algo así como en tu cara, Manuel Puig, no sos el único de incluir a la Hayworth en un título) y la dirigió Frank Darabont en 1994.


Y como sin duda recuerdan la protagonizan Tim Robbins y Morgan Freeman. Y en el centro, están una amistad entre hombres y las apetencias de alguna forma de justicia. Un par de temas de lo más matadores.


Cuando se revisita una película con la que uno tiene alguna historia después de un buen tiempo de no haberla visto, se siente un cosquilleo de temor, y ¿si ya no nos gusta tanto?, y ¿si se ha vuelto obsoleta?


Por suerte, Sueños de libertad sigue gustándome mucho y no ha envejecido para nada.


Los invito a que la revisiten ustedes también. Es mejor que clavarte ese bodrio casi asegurado que no te decidís a ver de una vez. Te entretendrá, te enojará y volverá a emocionarte. Además, como si fuera poco, está narrada por el mismísimo Morgan Freeman, que es como te la cuente el mismo Dios, porque si Dios se decidiera a hablar y eligiera una voz, seguro sería la de Morgan Freeman.


Sueños de libertad volvió a las opciones de la plataforma de contenidos, Netflix. Aprovechala antes de que se vaya de nuevo.

Gustavo Monteros

jueves, 6 de junio de 2019

Tiempo compartido


En el prólogo, Andrés (Miguel Rodante) el empleado de un inmenso complejo vacacional, a pesar del aliento de su esposa Gloria (Montserrat Marañón) se quiebra y el quiebre no augura nada bueno respecto a las condiciones de trabajo y las intenciones del monstruo vacacional. Cuando la historia propiamente dicha comienza, vemos a Pedro (Luis Gerardo Méndez) llegar con su mujer Eva (Cassandra Ciangherotti) y su hijo Ratón al hiperbólico sitio de descanso. Van a reparar algo que le pasa con Eva o que le ha pasado a Eva, no lo sabemos todavía, pero que algo pasó, pasó. Los problemas no tardan en empezar. Tendrán que compartir el departamentito asignado con otra familia, la de Abel (Andrés Almeida), señor que parece tener una sospechosa cercanía con la administración del complejo.


Después veremos que la historia se articula por partida doble, por lo que le pasa a Pedro y por cómo es ahora la vida de Andrés.


Muy de a poco, las circunstancias de Pedro se enrarecen y su familia comienza a tomar el punto de vista de Abel, por el que Pedro siente una insuperable animadversión.


Se introducirá entonces un personaje muy particular, Tom (RJ Mitte) un gerente de liderazgo que entrena a los aspirantes a ascender, entre los que se encuentra Gloria.


La película exhibe dos tendencias que el cine mexicano maneja a la perfección, uno, en esto de enrarecer climas surge como ineludible la sombra del gran Luis Buñuel que dejó en México su gran impronta, y dos, en el manejo de circunstancias dolorosas nadie mejor que ellos, que tienen una larga y férrea tradición en el melodrama. Lástima que en un momento clave, el relato se incline o haga pie en el melodrama cuando hubiera sido mejor la sutileza o la distancia.


Tiempo compartido es de esas películas que se admiran más por el esfuerzo que por los logros obtenidos. Se la hizo difícil y si bien no triunfa, no sale mal parada, de ahí los premios para los actores y las nominaciones para director Sebastián Hofman y para los guionistas, el mismo Hofman más Julio Chavezmontes en festivales varios. Quiere establecerse como metáfora de la vieja y querida dicotomía de la ciencia ficción: el mundo corporativo y su modelo de vida ordenado, imperturbable, consumidor y uniforme y los que resisten a ser atrapados por ese hipnótico y ficticio modo de vida, ya sea por convicción o porque aunque lo intenten, no les sale, ya que les es más fuerte el impulso a resistirse a una vida, que ellos ven en su esencia, siniestra y manipulada por cuatro cínicos, por más que en la superficie “de venta” parezca buena, alegre, brillante y confortable.


Más allá de los reparos, que mucho no puedo detallar sin espoliar, creo que merece verse, por las actuaciones, porque habilita la discusión de qué mundo queremos y porque cuando la pega, nos da una idea de lo difícil que se la hicieron y lo cerca que estuvieron de lograrla.


Tiempo compartido puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros



jueves, 30 de mayo de 2019

Alta mar



Un barco muy Art Nouveau en el que hay un crimen. ¿Alguien dijo Muerte en el Nilo? Sí, sí, solo que esta vez el crimen es en un transatlántico de España a Argentina con parada en Brasil. Art Nouveau hay, pero más que espíritu Agatha Christie, hay impronta de teleteatro.


El plot se centra en dos hermanas, Eva Villanueva (Ivana Baquero, la ex niña de El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006) convenientemente crecida) una novelista en ciernes de vívida imaginación y Carolina (una rubísima Alejandra Onieva) que se casará con uno de los dueños del paquebote, Fernando Fábregas (un barbado Eloy Azorín). Las niñas, como son ricas, van asistidas por una mucama de toda la vida, Francisca (Chiqui Fernández) y su hija, la ambiciosa y casquivana Verónica (Begoña Vargas). Hay un capitán argentino de duelo y con compromisos varios, Santiago Aguirre (Eduardo Blanco), secundado por el oficial Nicolás (Jon Kortajarena en plan galanazo) como el interés romántico para Eva y otro oficial de acento francés, Pierre (Daniel Lundh) enamorado hasta los dientes de la cantante del barco, Clara (la bella Laura Prats con un pelucón imposible). Hay también un don Juan tarambana, Sebastián de la Cuesta (Tamar Novas) atendido por el ayuda de cámara con un invento promisorio, Dimas (Ignacio Montes). Está también la bella hermana de Fernando, Natalia (Natalia Rodríguez, a la que le va mejor en peluquería y vestuario que a la cantante Clara) casada con el bestial Aníbal de Souza (Félix Gómez). Tenemos además al tío de las chicas, un amable en demasía Pedro (José Sacristán), en compañía permanente de un demasiado acicalado doctor Rojas (Pepe Ocio) un médico con unos cuantos bemoles. Y como corresponde no debe faltar el polizonte, en femenino en este caso, Luisa (Manuela Vellés) y el hombre de cara desfigurada que nadie ve, Mario Plazaola (Luis Bermejo). Y un acreedor misterioso (Ben Temple) que suponemos participará más en la segunda parte. Sí, la trama se resuelve en su mayoría, pero hay una continuación en ciernes, o más bien en votes salvavidas. Para dar tranquilidad a la población, dicha continuación ya está en producción.


Es de la productora Bambú que antes trajera Las chicas del cable, Velvet y Gran Hotel, los que vieron o pasearon por dichas series saben qué esperar. Clasicismo narrativo y recreación de época detallada y lujosa. Los creadores o, como se dice en anglosajón, show runners de esta serie son Ramón Campos y Gema R. Neira.


Pensé que exigirían una tremenda suspensión de la incredulidad por culpa del escondite de la polizona Luisa. Puedo detallar porque no es un spoiler, es algo que ocurre casi detrás de los títulos iniciales. En una calle llena de gente de bote a bote (para hacer juego con lo náutico del escenario) en la que se vislumbra ya el gran barco, a un auto en el que viajan las hermanas Villanueva, Francisca y Verónica, se le tira encima la futura polizona Luisa, que las convence con rapidez sospechosa de que la lleven con ellas y la salven de una persecución tan mortal como enigmática porque Luisa se niega a dar precisiones. El auto tiene un gran baúl atado a la parte trasera. ¿Dónde esconden a Luisa para meterla en el barco? ¡En el baúl, claro! Pero, ¿dónde la ocultaron? ¿En medio de la calle? Retroceder con el auto no se puede, está atiborrada. Ir hacia adelante es llegar al barco. O sea, ¿la metieron en el baúl a la vista de todos? Y ¿qué hicieron con lo que estaba adentro? Encima no bien están subiendo el baúl, se menciona que el resto del equipaje de todos ya está en los camarotes o en la bodega. Entonces, ¿qué, iba vacío? Si así era, ¿para qué iba atado al auto? Errores o practicidades que los continuistas no toman en cuenta y que a cualquiera con un mínimo de sentido común distrae o hace que la atención se desvíe para ver cuál será el próximo. Por suerte es el único grosero, de modo que mi atención regresó a la trama principal.


Si se gusta de los melodramas policiales (ojo, es eso, más que un policial en sí) o de los teleteatros/culebrones, no lo duden, esta es su serie ideal para una maratón de fin de semana de lluvia.


Alta mar puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros



jueves, 23 de mayo de 2019

Los Hermanos Caradura - The Blues Brothers


¡Volvió The Blues Brothers (Los hermanos caradura, 1980) a Netflix! ¿Estaba? ¿Cuándo se fue?, se preguntarán ustedes en broma. No olvidemos que Netflix es una plataforma de contenidos que varían para hacer espacios a otros, algunos incluso regresan. Por suerte, The Blues Brothers entre ellos.



A mí, a veces me pasa que la oferta me apabulla. No sé qué ver, o más bien, no sé qué tengo ganas de ver. Y cuando la neurosis está a punto de atormentarme, opto por un musical. El género me tira, y mucho. El problema es que en esos estados de duda, prefiero la comedia musical, y ya se sabe que en el mundo moderno, ha triunfado el drama musical, que está bueno, pero no para todas las ocasiones. En este preciso momento, por ejemplo, si exceptúo los shows o los documentales, puedo optar entre Miss Saigón e Into the Woods, muy buenas opciones a las que le falta el toque “feel good” (optimista) que me desate alguna sonrisa. Bueno, está también la versión televisiva de Hairspray, con sus logros, sí, pero prefiero la versión cinematográfica que sacaron ya hace un año. Lo sé con precisión porque la alternaba con…The Blues Brothers.



The Blues Brothers no es un musical en el sentido estricto del género, es más bien una comedia de acción con canciones, lo que la acerca al público que NO le gusta el musical. Como sea es lo suficientemente FEEL GOOD, así con mayúsculas, como para verla con frecuencia.



Es una creación de John Landis, bueno, más bien una travesura, que protagoniza el malogrado John Belushi en su esplendor y el siempre delicioso y permanentemente subestimado Dan Aykroyd. Los dos deben reunir una banda de rhythm and blues que tuvieron para un beneficio que recupere el orfanato en el que se criaron los hermanos. Los perseguirá la policía y hasta unos parapoliciales. En el camino se encontrarán con amores despechados (la siempre recordada Carrie Fisher) o con una cita ineludible (Twiggy en el colmo de su belleza). Y en el camino no solo reunirán una banda de músico excepcionales sino que también habrá números de los míticos (y nos quedamos cortos) Cab Calloway, James Brown, Aretha Franklin, Ray Charles entre otros gigantes. Y en un gag semi final el cameo del genial (y muy joven por entonces) Steven Spielberg.



Hay además el disfrute permanente de destruir patrullas policiales porque sí y meter gags de todo tipo.



Si no la vieron, no se la pierdan. Es tan gozosa como parece. Y si la vieron, repásenla, sigue tan pimpante como el primer día.

Gustavo Monteros

jueves, 16 de mayo de 2019

Delhi Criminal



Lo que pasó en ese bus en movimiento por la noche de Delhi es un crimen tan atroz, tan aciago que ensombrece no solo la historia del hombre sino la de la condición humana. Cometeré el spoiler de la tranquilidad: no se ve nada de ese horroroso crimen que desafía el poder de las palabras, solo sus temibles consecuencias para la víctima femenina.


Parece que fue un crimen que partió aguas, que endureció penas para las violaciones y socavó la moral machista.


La miniserie se centra en la investigación y muestra la historia del lado de la policía. Celebra sobre todo a la investigadora en jefe, Vartika Chaturveli (Shefali Shah) en un retrato que roza la santidad por su elevada dedicación y paciencia. (Detalle al margen, ya vi varias series o películas indias que acentúan la importancia de las mujeres en lugares de autoridad dentro de la policía, subrayan que son necesarias e incluso mejores que sus pares masculinos). Algunos de sus compañeros en la fuerza son más egoístas, más desidiosos, menos comprometidos. Otros, ojo, son igual de abnegados que ella.


Se nos dice que se basa no solo en hechos reales sino que nos contarán la investigación tal como fue. De ser así, esta vez, los policías estuvieron a la altura de la circunstancia, usaron toda su experiencia para dar con los culpables y traerlos a la justicia (Otro detalle al margen, también por series o películas sabemos que en la India, lo que llamamos apremios ilegales está permitido, y así se golpea o tortura a los sospechosos)


Los abnegados policías deben enfrentar además de las dificultades de la investigación, a dos poderes que aliados son temibles: el de los medios y el de las trapisondas políticas para trepar en cargos o amasar más poder. Circunstancias que se padecen y mucho cuando gobierna la derecha, carroñera y corrupta en esencia (cualquier similitud con el régimen macrista no es pura coincidencia).


Delhi Crime o Delhi Criminal, creada por Laurence Bowen, Toby Bruce y Richie Mehta, puede verse en Netflix. Y más allá de desbordes muy melodramáticos, de algunos trazos muy gruesos y de unos cuantos lugares comunes, es sencillamente apasionante, sobre todo en los aspectos de la investigación que debelan lo universal. En el mundo real hay hombres que hacen cosas que empalidecerían al mismísimo Hannibal Lecter…


En resumen, imperdible por lo que revela y porque (para usar un término de moda) nos interpela y sacude la modorra de nuestro bien pensar, como ¿qué hacer con el monstruo cuando sus acciones son imperdonables?

Gustavo Monteros

jueves, 9 de mayo de 2019

Undercover, Operación Éxtasis



De antemano de entre las vertientes del policial, me da más confianza la de los policías infiltrados en una red mafiosa. Por las siguientes razones: los personajes principales tienen una doble vida, la que dejan atrás y la que empiezan a tener, el peligro siempre latente de ser descubiertos, el secreto que debe mantenerse y que siempre se cuela (así un colega corrupto puede ponerlos al borde de la muerte), la manipulación de un inocente (siempre se logran más cosas de los que están alrededor de los mafiosos), el difuso margen que existe entre los que viven de este o aquel lado de la ley  (al estar sumidos en un mundo de violencia, los códigos y las actitudes ante la vida se vuelven muy parecidos), y la riqueza de las relaciones (entre los policías que pasan a interpretar un rol con alguien al que acaban de conocer, fingir ser marido y mujer y esas cosas) y la empatía que desarrollan con quienes deben a la larga acusar (en las noticias en los medios de después, todos son malos, pero en el día a día, hasta el villano más perverso exhibe rasgos queribles).


Todos estas características y otras más que no enumeramos para no espoilear aparecen en Undercover, Operación Éxtasis, miniserie belga que Netflix acaba de estrenar. Bob (Tom Waes) y Kim (Anna Drijver) son dos policías que hasta ayer ni sabían de la existencia del otro y que a partir de mañana deben pasar por casados. Serán vecinos en un camping de Ferry Bouman (Frank Lammers), un alto capo del narcotráfico, y de su joven esposa, Danielle (Elise Schaap). Hay, también, como corresponde, un lugarteniente muy peligroso, John (Raymond Thiry, por momentos de asombroso parecido al Frank Sinatra adulto).


El showrunner Nico Moolenaar perjura que se basa en hechos reales, aunque lo más exacto sería decir inspirada en hechos reales, porque en líneas generales los hechos policiales suelen tener un punto final y aquí se deja una rendija para una nueva temporada.
En resumen, aunque no es perfecta, hay un par de personajes en apariencia importantes al principio que desaparecen sin que nadie se pregunte mucho por ellos (¡?), y sobre el final el destino de otro queda boyando, ¿quizá como puente para la parte dos?, no impide que se vuelva adictiva y uno consuma capítulo tras capítulo. 

Además está el interés adicional de espiar cómo viven y trabajan comunidades como las belgas, de las que no sabemos tanto porque no son tan frecuentadas en el cine o la tele que se ven por estos pagos.


Ideal para organizarse una maratón de fin de semana lluvioso.

Gustavo Monteros