jueves, 18 de abril de 2019

Hello, my name is Doris


Hello, my name is Doris se inscribe en un género reciente de creciente popularidad, el género geriátrico, aquí en su variable comedia. Y sí, la querida Sally Field nació en el 46.


El inicio encendió todas mis alarmas. Parecía que la película cumpliría con algunos de los lugares comunes más usados. La anciana madre de Doris muere y la deja ya muy adulta con la posibilidad de liberarse, de vivir finalmente la vida con algo de plenitud. Y no bien se reintegra al trabajo, se topa con un nuevo y joven compañero del que se enamora a primera vista, o primera proximidad, ya que viajan apretados en un ascensor atestado. Huy, me dije, segundas oportunidades en variación geriátrica desata pasión en veterana, que luego de confesarse, deberá aceptar el paso del tiempo y desistir de ser el interés romántico y pasar a ser la abuela o tía abuela del protagonista.


Pero no, la película da un triple salto mortal en las alturas sin red y cae ilesa. Acrobacia que puede hacer solo porque la protagoniza Sally Field, que tuvo como 800 carreras, que pasó de chica con personalidades múltiples a mujer madura generalmente madre que sobrevive a duras peripecias a fuerza de indeclinable dignidad, pasando por la sexy boba siempre predispuesta a hacerte el favor, o la empleada de fábrica de perturbadora remera que se atrevía a treparse a una mesa con el cartel de Huelga, más muchas otras variables más. A lo que voy es que, a pesar del paso del tiempo, Sally está de lo más enterita y puede todavía crear el verosímil primero y la plausibilidad después de que un treintañero pueda enamorarse de ella también en lo carnal, porque para lo espiritual le sobra, Sally siempre da como que tiene más vida interior que Emily Dickinson. Bah, a lo que voy es que de MILF pasó a GILF con honores (MILF = Mom I’d like to fuck / GILF = Granny I’d like to fuck).


Doris es un aparato, no solo querible sino que en el ambiente adecuado hasta puede hacerte quedar como los dioses, por más ridícula que pueda parecer en la vida “normal”.


Sally Field se ubica alto en las ligas mayores de las actrices que son leyenda, y si su nombre sale bastante después de las Meryls, las Bettes, las Katharines, las Vanessas, las Maggies, las Jessicas y demás es por su humildad de comediante, que se toma en serio su trabajo y no su fama. Aquí redondea con mucha contención uno de sus mejores trabajos. Su juego histriónico está lleno de detalles, matices, sutilezas y está vertido a puro coraje.


Hay un momento que roza la maravilla, lisa y llanamente. Doris siempre está tan maquillada como un transformista en plena función y por las vueltas del argumento se quita todo el maquillaje y va a aceptar que es una vieja llena de arrugas, de rasgos deformados y cachetes macilentos. Esa es la idea, pero sin maquillaje y frente al espejo, es bellísima, por más arrugas que tenga, por más que sus redondas mejillas se caigan y sean pasas. Es bellísima porque Sally sigue siendo Sally, y por más retoques y cirugías que se haya hecho, sigue siendo Sally, y en nuestro recuerdo se funden y superponen las 800 Sallys que conocemos y que hemos visto a lo largo de sus 800 carreras, y si bien no es Catherine Deneuve, o sea una mujer de rostro perfecto, Sally tiene un fulgor que se lo envidian hasta las más agraciadas.


Hello, my name is Doris, escrita y dirigida por Michael Showalter y con ayuda de Laura Terruso en el guión, puede ahora verse en Netflix.


Ah, el galán es Max Greenfield, y como una amiga de toda la vida de Doris, está la siempre impecable Tyne Daly. También hay un cameo de Peter Gallagher.


¡Aguante Doris, carajo!

Gustavo Monteros

jueves, 11 de abril de 2019

Annie

El director John Huston podía hacer cualquier cosa. No porque su versatilidad fuera prodigiosa, sino porque su profesionalismo era a prueba de balas. A lo largo de su carrera había probado ser un profesional hábil y sobre todo confiable. Puede que el proyecto no se aviniera a su sensibilidad, su interés o su talento, pero no por eso dejaría de entregar un producto serio y vendible y a tiempo, sin demasiadas demoras que engrosaran el presupuesto inicial.


A principios de los ochenta, andaba por los setenta y pico y procuraba tachar de su lista los proyectos que quería hacer y que comprometían su arte. Su salud declinaba y no era un hombre proclive a restringirse placeres de alcohol y tabaco, sobre todo. A lo largo de su vida se había bebido un par de destilerías y se había fumado un par de cosechas de Cuba. Había tenido a todas las mujeres que había querido y no extrañaba las hazañas de la cama. Las drogas no lo habían hecho adicto y podía prescindir de ellas por un whisky, incluso uno regular.


Entre sus ambiciones no realizabas, figuraba llevar al cine la novela de Malcolm Lowry (considerada infilmable) Under the volcano/Bajo el volcán. Como era considerado un proyecto muy poco rentable, no había productores dispuestos a aventurarse, por lo que el viejo Huston debía producirla él mismo. Para ello necesitaba trabajar y aceptaba lo que le propusieran. Aunque fuera una de terror, terrorífica en todo aspecto comenzando por un muy pobre guión (Fobia, 1980) o una de fútbol en un campo de concentración de la Segunda Guerra en la que había que hacer magia, porque el presupuesto era magro, el elenco numeroso, y encima había que recrear “época”. Le salió bastante bien y fue por estos pagos todo un éxito. Porque somos futboleros y aparte de las rutilancias de Stallone y Michael Caine, andaban en este argumento el mundialista Osvaldo Ardiles y el rey Pelé. Victory, a secas, era el título original, ampliado aquí como Escape a la victoria, 1981.


A poco de terminarla, el productor Ray Stark, muy amante de llevar obras de teatro triunfadoras en Broadway al cine, le ofreció el éxito más comentado por aquellas temporadas: el musical Annie.


Cuando la vi en ocasión de su estreno en 1982, me pareció que no se había esmerado demasiado, pero ahora que se supone sé más, o que al menos tengo muchísimas más horas de cine, comprendo que estaba equivocado.


Para empezar se aseguró de tener en el reparto amigos y talentos que le resolvieran los personajes sin obligarse a estar excesivamente sobrio al dirigirlos. Albert Finney, convenientemente pelado para el rol, era el ricachón que necesitaba invitar una huerfanita a su palacete (literalmente) para mejorar su imagen de sociópata. Su asistente era la alta de piernas eternas Ann Reinking. A John le divirtió la idea de equiparla a la también maravillosa bailarina de piernas eternas, Cyd Charisse. La directora del orfanato era la infaliblemente cómica Carol Burnett, secundada por los “malos” Bernardette Peters y Tim Curry, dos delicias en estado puro. Y claro, un ejército de niñitas.


Para sorpresa de todos, dirigirlas fue su mejor contribución a la película. El hombre tenía en su currículum unas cuantas historias de malandrines sin suerte. Quizá las huerfanitas no llegaran a dedicarse a una vida de delito, pero que tenían poca  o ninguna suerte era muy comprobable. Y ¿cuál es la diferencia ente una cárcel y un orfanato de melodrama tipificado? La edad de los internos. Esto, supongo, que fue lo que más estimuló su morbo creativo. Como sea, insisto, lo mejor de la película son las escenas en el encierro del orfanato. También tiene mucho nervio la persecución final, el final feliz está garantizado, pero que no sea óbice para no someter a la pobre Annie a unas cuantas torturas previas.


La nena Aileen Quinn fue una Annie tan pelirroja como simpática secundada por el peludo y pulguiento perro Sandy.


Annie tiene unas cuantas canciones muy logradas y de mejor oír.


Lo ganado en esta  película redondeó finalmente el presupuesto para rodar Bajo el volcán en 1984, el protagónico recaería de nuevo en el muy talentoso Finney, con pelo esta vez.


Annie ha regresado a Netflix y merece verse o reverse porque después de todo “Seguro que hay sol…mañana”


Gustavo Monteros









En colores imágenes de la película. En blanco y negro, el director John Huston y las chicas de Annie.

jueves, 4 de abril de 2019

Traidores


Con dos autores próceres como Graham Greene y John Le Carré entre sus filas y con el agente secreto más famoso del mundo como estrella invitada, los ingleses pasan a ser los reyes del mundo del espionaje (en tu cara, Tom Clancy).


Más que en el policial, en el que un asesino puede estar loco de remate y por eso iniciar un baño de sangre, en el espionaje, los locos quedan afuera, puede que algún miembro de algún departamento secreto esté enajenado, pero para espiar se necesita dominio e inteligencia, de modo que las motivaciones de por qué se traiciona o se lucha por una facción en particular están a la orden del día. Y si de motivaciones se trata, los ingleses que también son los reyes del policial en su variación whodunit entienden y mucho.


Traidores, la nueva serie que puede verse en Netflix se retrotrae al inicio del mundo del espionaje moderno. Acaba de terminar la Segunda Guerra y todavía la Guerra Fría no se les cruza por la mente. Bah, puede que a los ingleses y los yanquis no, pero a los rusos sí.


Como todo dependerá de las motivaciones para obrar a favor o en contra de tal o cual bando, se necesitan personajes de caracterización fuerte y clara. Y uno puede adivinar si un cuento de espías será bueno o no, por el casting. Si los actores elegidos son de probado talento, la cosa perfila bien. Y aquí, por la mera elección de Keeley Hawes y Michael Stuhlbarg, esa premisa está cumplida con creces.



Keeley Hawes fue la alta dignataria protegida por el arrancasuspiros Richard Madden en Guardaespaldas, y fue un personaje apasionante en una de las temporadas de Line of duty (la tres, para ser preciso). Ambas series mencionadas pueden también verse en Netflix. La señora tiene talento de sobra y una intensidad hipnótica.



Michael Stuhlbarg dio unas cuantas vueltas hasta convertirse en el protagonista de una de las películas más peculiares de los Hermanos Coen, lo cual no es decir poco, Un hombre serio (2009), se lució en la más que interesante serie Boardwalk Empire (2010-2013) y anduvo por cuanta película interesante se hizo, a saber: Hugo (Scorsese, 2011), Hombres de negro 3 (Barry Sonnenfeld, 2012), 7 sicópatas, (Martin McDonagh, 2012), Lincoln (de este chiquito que no sabe nada de cine, el tal Spielberg, 2012), Hitchcock (Sacha Gervasi, 2012), Blue Jasmine (esa maravilla que hizo Woody Allen en 2013), La jugada maestra (Edward Zwick, 2014), Steve Jobs (Danny Boyle, 2015), Trumbo (Jay Roach, 2015), La llegada (Denis Villeneuve, 2016), Doctor Strange (Scott Derrickson, 2016), Llámame por tu nombre (Luca Guadagnino, 2017), la tercera temporada de la espléndida serie Fargo, creada por Noah Hawley, (2017), la inolvidable La forma del agua (Guillermo del Toro, 2017), The Post de nuevo, obra del chiquito este que no sabe nada de cine, el tal Spielberg (2017) y como curiosidad está en la por ahora maldita y sin estrenar Gore (Michael Hoffman, 2014) que es sobre el escritor Gore Vidal y está maldita porque al protagonista del título lo interpreta el ahora mala palabra de Kevin Spacey. Stuhlbarg es uno de los actores más sólidos e interesantes surgidos últimamente.



La protagonista de Traidores es la joven Emma Appleton, que no conocía y que me dejó una excelente impresión y que tiene como interés romántico a Luke Treadaway, que está redondeando una interesante carrera desde que se hiciera notar en la versión teatral de la novela de Mark Haddon, El curioso incidente del perro a la medianoche, obra que casualmente se estrenará este mes en el mítico Teatro Maipo.


Traidores, aunque tiene una historia cerrada, ha elaborado personajes que bien pueden continuarse en otras temporadas, algo que ojalá ocurra, ya que tanto la Guerra Fría como el conflicto de Palestina están a la vuelta de la esquina. Conflictos horrorosos para el mundo real, pero fructíferos para el mundo ficcional.


Traidores, creada por Bathsheba Doran (Bash, para los amigos), puede verse en Netflix y si gustan de los espías, las cosas de época, buenas actuaciones o el té inglés, es imperdible por lo disfrutable.


Gustavo Monteros

jueves, 28 de marzo de 2019

Durante la tormenta


Por motivos que se me escapan, a veces insisto con autores que sé que en el fondo nunca me gustarán. Tal vez lo hago con la esperanza de cambiar de opinión alguna vez o de toparme con una obra que de verdad me haga dialogar con ese autor. Desde hace tiempo concibo mirar películas, leer libros, mirar cuadros o escuchar obras musicales como un diálogo entre el creador detrás de esas experiencias y uno mismo. Y como en la vida, no tenemos conversación con todo el mundo. Por experiencia sabemos que hay personas con las que se nos dificultan los intercambios más simples, como un saludo. Mientras que con otros, nos basta una mirada para iniciar un diálogo que durará largo y tendido. Con el catalán Oriol Paulo no creo que tenga esa suerte.


El hombre nacido en el 75 en Barcelona es un director y guionista que se dio a conocer internacionalmente con El cuerpo en el 2012. Un thriller centrado en la desaparición de un cadáver de la morgue. El film definía sus gustos con claridad. Le gustaba dar más vueltas que una calesita y tener giros sorprendentes todas las veces que se pudiera. Más que la veracidad, trabaja el verosímil. Como espectadores nos obliga al “es un poco rebuscado, pero factible, siempre y cuando se den todas esas variables azarosas”. Cuestión de gustos. Que como dije en la reseña sobre La trêve no comparto en lo más mínimo. En lo personal, porque llega un momento en que todo vale todo el tiempo y que con tal de crear otra sorpresa, no solo son capaces de matar a la madre sino de vender sus órganos también.


Su siguiente película, Contratiempo (que puede verse en Netflix) llevaba esos gustos a extremos de récords. Un policial tan arravesado y atravesado que ya olvidé. Tanta profusión de hechos y personajes tan extemporáneos hace que mi memoria los retenga menos que pelo en la boca.


Ahora, sabrá Dios por qué, le veo su estreno Netflix de la semana, Durante la tormenta, donde por género tiene todos los permisos para dar tantas vueltas como quiera o hasta marearse él mismo.
  

Durante la tormenta es un thriller metafísico de tiempos paralelos que pueden modificarse en la alteración de tales o cuales detalles o incidentes. Dicho así parece más complicado que lo que es. Una joven esposa se muda a una gran casa donde descubre unos videos, un televisor viejo y una igualmente vieja videocámara que le permite ver hechos sucedidos durante la caída del muro de Berlín en 1989. Durante una gran tormenta salvará la vida del chico que ve en el televisor y cuya realidad es la del 89, para después despertar en otro pliegue del tiempo en el que su hija no está. Comenzará a hacer lo imposible para recuperarla.


Aquí don Oriol Paulo, como ya dijimos, tiene todos los permisos del mundo para dar vueltas y vueltas y vueltas. La imaginación es el límite y la de él es muy extensa. Ojo, “One man’s meat is another man’s poison”, dicho inglés que bien puede traducirse como “Lo que a uno cura, a otro mata”. A lo que voy es que lo a que a mí me exaspera hasta la desesperación, puede ser el origen del placer para otro. Conozco espectadores que disfrutan hasta el babeo que les desbaraten el hilo de la historia cada treinta segundos. Nada malo, cuestión de gustos.


O sea, si les gusta que les sorprendan mucho y a cada rato con el retorcimiento de una trama, Durante la tormenta es su opción irresistible. Si les gustan las sorpresas, pero no tantas, escápenle mucho…mucho.


Ah, Durante la tormenta puede verse en Netflix. La protagoniza (esforzadamente) Adriana Ugarte, el interés romántico es el Chino Darín, como un vecino que se las trae (y lleva) está el omnipresente Javier Gutiérrez, hay una participación especial de la hipnótica Belén Rueda y dos muy famosos por Netflix, como un marido anda Álvaro Monte, el recordado Profesor de La Casa de Papel y como un médico Francesc Orella, el nunca bien ponderado Merlí.

Gustavo Monteros

jueves, 21 de marzo de 2019

La trêve


El policial es uno de mis géneros favoritos, sino “el” favorito. Pero cuando los años han pasado y uno ha visto muchos, se ha aprendido a detectar las trampas, los lugares comunes, las salidas extemporáneas. Entonces uno se fastidia y se pelea con el material propuesto.


Algo de esto me pasa con La trêve, serie belga que va por Netflix. En la primera temporada me pareció que le daban demasiada vueltas al mismo trompo. La pobre víctima tenía una capacidad de sobrevivencia digna de un highlander porque medio pueblo intentaba liquidarla sin éxito. Además siguiendo el modelo del detective de vida tumultuosa, estilo Sherlock Holmes, que es un drogón el pobre, el detective de  La trêve, Yoann Peeters (Yoann Blanc) no se daba con nada, pero tenía un presente muy conflictivo. Siempre paga que los detectives tengan problemas que se reflejen en los casos. Tanto que uno ya extraña el modelo Philip Marlowe, que tenía un pasado duro que lo hacía proclive a enredarse en problemas por musculosos de tornillos flojos o de chicas despampanantes y letales, pero no lo andaba exhibiendo o arrastrando con cara de ténganme piedad.


En la segunda temporada, Yoann Peeters, ya no está en actividad propiamente dicha, sino que da clases a futuros policías, pero a pedido de su ex psiquiatra vuelve a la investigación para despejar la culpabilidad de un joven acusado de un sangriento crimen. El caso no es tan rebuscado como el de la primera temporada, pero casi. Entre los problemas personales de Yoann y la acumulación de motivos y sospechosos, por la mitad uno tiene ganas de inculparse y cantar  el tango aquel de arrésteme, sargento, y póngame cadenas, para que lleguen a una conclusión. Ah, eso sí, que el final sorprende…sorprende. Por lo lógico en el fondo, aunque en el transcurso repita el truco tan de moda en algunos autores, o sea la de crearte mucha empatía con algún personaje secundario y darle en el momento menos pensado un atroz destino, más que nada para disimular la meseta narrativa en la que cayó la trama. Aquí la sangre no llega al río, pero sí a la piscina.


Como sea, si un cuento te enoja, no te está resultado indiferente. Y si no te es indiferente, por algo es. Los motivos quizá no sean los que te hacen amar The killing, por ejemplo, más bien todo lo contrario, pero por algo no dejás de llegar al final.


En nombre de ese algo que no puedo precisar del todo, recomiendo que se acerquen a La trêve. Incluso si se es muy quisquilloso (como el insoportable que estas líneas subscribe), hay algo en los misterios de estas comarcas con bosques frondosos que atrae y tienta.


Como mencionamos antes, La trêve, creada por Stéphane Bergmans, Benjamin d'Aoust, Matthieu Donck, puede verse en Netflx.

Gustavo Monteros



jueves, 14 de marzo de 2019

Rebelión


Rebelión es una serie irlandesa con dos temporadas hasta la fecha, que evoca dos momentos cruciales en la lucha irlandesa para sacarse de encima el yugo inglés.


La primera temporada transcurre en Dublín en 1916 en lo que se conoce como el Alzamiento de Pascua. Diversos personajes claves (por posición social o por ubicuidad en la zona de conflicto) que obedecen los dictados del melodrama clásico o de la novela histórica romántica ven sus destinos entrecruzados gracias a grandes amores, traiciones y decisiones políticas.



La segunda temporada (que en el original ya no se llama Rebelión sino Resistencia) se centra en 1920, también en Dublín, en lo que se conoce como el Domingo Sangriento. Operación de limpieza del IRA comandada por Michael Collins contra agentes de inteligencia inglesa que trabajaban más o menos ocultos. De nuevo, un grupo de personajes claves (por su utilidad) verán sus vidas entrecruzarse por amores, traiciones y resoluciones políticas.


Las dos temporadas, si bien tienen unos pocos personajes en común, pueden verse independientemente. Cada temporada tiene cinco capítulos de cerca de una hora. En lo personal me gustó más la segunda. Obviamente está vista desde el punto de vista irlandés. Los ingleses por culpa de la lógica imperialista manejaron siempre horriblemente el conflicto, agravándolo en cada instancia. La lógica imperialista que podía reportarles beneficios en el extranjero, no se avenía ni por asomo a las ambiciones de los irlandeses, que por sobre todo querían que los dejaran en paz (gentileza que los ingleses se encapricharon en no conceder).



En esta segunda temporada, Brian Gleeson, uno de los doscientos hijos de Brendan Gleeson que se dedican a la actuación como su célebre padre, se calza el proyecto al hombro y despunta un interesante hambre de ser estrella que, de tener un poco de suerte, puede verse saciado.


Rebelión, como es de esperarse, tiene una impecable reproducción de época, diálogos encendidos, y atrapantes ambiciones políticas encontradas y desencontradas. Los puristas dicen que no respeta la verdad histórica al pie de la letra, pero ¿qué ficción lo hace? Si no aprendimos ya que la historia en la ficción histórica es solo un pretexto, no lo aprenderemos más. Las lecciones las dan los manuales de historia. Las ficciones solo entretienen con algo que puede parecerse o no a los hechos. Y si bien la temporada tiene un final claro, abre la puerta de par en par para una bienvenida continuación.


Rebelión, creada por Colin Teevan, puede verse en Netflix y es muy recomendable. Los irlandeses siempre pagan.

Gustavo Monteros

jueves, 7 de marzo de 2019

Suburra - La serie


Primero fue una novela de Giancarlo de Cataldo y Carlo Bonini. Después una película de 2015 que dirigió Stefano Sollima. Y ahora una serie, la primera hecha en Italia para Netflix.


Las tres se centran en tres núcleos narrativos, los trapicheos de la distribución de drogas por la mafia a secas, las prebendas políticas en los entretelones por el poder, la explotación por parte de la iglesia de sus viejos privilegios.


La película, que también puede verse en Netflix, busca escandalizar y exacerbar prejuicios, acentúa por ejemplo las orgías sexuales con participación de obispos y políticos.


La serie, mi favorita, en cambio, busca más la complicidad del espectador e interpela moralmente acercando los hechos delictivos a experiencias que los no delincuentes podemos llegar a tener.


Ojo, la serie pretende ser una precuela a la película, en la que importantes personajes hallan su destino final. Digo pretende porque en la segunda temporada, la historia adquiere independencia y no sé si todos los personajes llegarán a como se los presenta en la película. Este apartamiento de la película más que lamentarse, se agradece.


En la primera temporada, vemos a tres jóvenes protagonistas enfrentar sus entornos familiares, que intenta moldearlos, determinarlos, condicionarlos (como todo entorno familiar, la verdad sea dicha). Claro, ellos tienen sus propias ideas y apetencias, y más temprano que tarde comprenderán que no se puede vivir la vida de los otros.


Ellos son: Aureliano Adami (Alessandro Borghi) un mafioso en ciernes que debe lidiar con el legado de su padre y la influencia de su hermana. Alberto “Spadino” Anacleti (Giacomo Ferrara) un gitano con elecciones que se apartan de las tradiciones de su tribu. Y Gabriele Marchilli (Eduardo Valdarnini) un joven hijo de policía que está dispuesto a contentar a su papá hasta ahí.


Por el lado de la mafia a secas, tenemos a Samurái (Francesco Acquaroli) que lucha con llevar a cabo una asociación con la mafia napolitana, trámite que no viene muy fácil que digamos. Por el lado de la política, todo gira alrededor de Amadeo Cinaglia (Filippo Nigro), un señor que dejará las buenas intenciones por un ansia de poder. Y por el lado de la iglesia, más que a los varios arzobispos, la trama elige ir por el lado de la lobista Sara Monaschi (Claudia Gerini). Estos son los personajes principales, su séquito de secundarios son igual e incluso más apasionantes.


Y no precisamente como invitada, sino como eje central, tenemos a la ciudad de Roma, por cuyo dominio definitivo todos pelean, y que está tan bella como el primer día.


Las dos temporadas de Suburra (18 bellos y apasionantes episodios hasta la fecha, producidos en el 17 la primera y en 18 la segunda) más la película de 2015 pueden verse en Netflix.


Si, como yo, aman el policial y aledaños, tienen con Suburra una cita imperdible.

Gustavo Monteros



jueves, 28 de febrero de 2019

Escolta


Las películas “de tiros”, como les decíamos antes, se organizan, o bien por personajes que motorizan la trama, o bien por la concatenación de hechos que definen circunstancias y personajes.


En el primer modelo, por ejemplo, una pareja despareja de policías desarma una red de narcotráfico o caza al asesino serial. En el segundo modelo, alguien queda atrapado en una intriga que debe resolver con urgencia porque su vida corre peligro.


Las de guardaespaldas se prestan al segundo modelo, porque generalmente no bien comienzan a trabajar, se ven envueltos en una trepidante sucesión de hechos, que deben desentrañar para conservar el pellejo.


Eso le pasa a la pobre Sam Carlson (Noomi Rapace) que a poco de entrar al servicio de la, en un principio, insoportable, Zoe (Sophie Nélisse) debe andar esquivando balas y golpes. La cuestión, claro, es descubrir de dónde provienen y por qué. La supuestamente pérfida madrastra de Zoe, Rima (Indira Varma) ¿tiene algo que ver?


A estas películas de acción intempestiva, uno les pide que sean atrapantes, que no den respiro ni pausa para pensar, y que después cuando el cuento esté armado no hayan dejado cabo suelto ni improbabilidades y que los personajes hayan respondido a pulsiones psicológicas reconocibles cuanto menos. Esto último es difícil de lograr porque, como dijimos, en la rapidez de la trama no hay tiempos para retratos y las conductas se definen en la misma acción.


Escolta (Close en el original) cumple mayoritariamente con la premisa del género. Mayoritariamente digo, porque sospecho que algunas variantes psicológicas no cierran del todo, más que nada porque se optó por darle a Rapace un perfil no demasiado monolítico de su personaje. Las debilidades, o mejor dicho, las flaquezas no redondean muy bien su comportamiento. A personajes tan fuertes, no les quedan bien tantas lágrimas. Clint Eastwood no se andaba con estos sentimentalismos cuando le tocaba llevar a Sondra Locke o a Bernardette Peters a buen puerto. Si se hubiera concedido ser tierno, los habrían matado a todos.


En lo que sí Escolta (escrita y dirigida por Vicky Jewson) cumple con creces es en meternos de lleno en su historia y hacernos olvidar de todo mientras transcurre. Mérito nada menor.


Escolta puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros


jueves, 21 de febrero de 2019

Soni


Al menos a mí, el resumen que acompaña a la película me resultó engañoso. Dice: “Mientras luchan contra los femicidios en Delhi, una mujer policía y su jefa enfrentan la violencia de género en carne propia.”


Durante media película me la pasé peleando con la misma, porque por culpa del resumen, esperaba algo más pochoclero. Había imaginado que ellas dos luchaban contra el sistema y enfrentaban el machismo de su lugar de trabajo. O sea que andaban a los balazos tras el perpetrador de los femicidios, a la vez que ponían en cajas a sus superiores y compañeros de comportamiento macho. Nada más alejado de lo que la película es.


Soni retrata en clave menor, muy menor, y en tono realista unos días en la vida de la comisaria (o como sea que se denomine el cargo en la India) Kalpana (Saloni Batra) y de la agente, Soni (Geetika Vidya Ohlyan).


El director Ivan Ayr junto al guionista Kislay Kislay, cocinan este sensible relato a fuego muy lento, pero que no pierde jamás su sabor por la cantidad de detalles y sutilezas con que lo sazonan.


Un film ideal para machistas acérrimos porque podrán comprender las dificultades permanentes que experimentan las mujeres en sus conquistas laborales, personales, sexuales, sobre la infinita paciencia que deben tener para con la estupidez eterna con la que las quieren someter a un rol determinado, único e inamovible.


Es cine de autor, pero accesible a todos. Una película necesaria con dos mujeres muy hermosas en su determinación y coraje.


Soni puede verse en Netflix

Gustavo Monteros