jueves, 4 de abril de 2019

Traidores


Con dos autores próceres como Graham Greene y John Le Carré entre sus filas y con el agente secreto más famoso del mundo como estrella invitada, los ingleses pasan a ser los reyes del mundo del espionaje (en tu cara, Tom Clancy).


Más que en el policial, en el que un asesino puede estar loco de remate y por eso iniciar un baño de sangre, en el espionaje, los locos quedan afuera, puede que algún miembro de algún departamento secreto esté enajenado, pero para espiar se necesita dominio e inteligencia, de modo que las motivaciones de por qué se traiciona o se lucha por una facción en particular están a la orden del día. Y si de motivaciones se trata, los ingleses que también son los reyes del policial en su variación whodunit entienden y mucho.


Traidores, la nueva serie que puede verse en Netflix se retrotrae al inicio del mundo del espionaje moderno. Acaba de terminar la Segunda Guerra y todavía la Guerra Fría no se les cruza por la mente. Bah, puede que a los ingleses y los yanquis no, pero a los rusos sí.


Como todo dependerá de las motivaciones para obrar a favor o en contra de tal o cual bando, se necesitan personajes de caracterización fuerte y clara. Y uno puede adivinar si un cuento de espías será bueno o no, por el casting. Si los actores elegidos son de probado talento, la cosa perfila bien. Y aquí, por la mera elección de Keeley Hawes y Michael Stuhlbarg, esa premisa está cumplida con creces.



Keeley Hawes fue la alta dignataria protegida por el arrancasuspiros Richard Madden en Guardaespaldas, y fue un personaje apasionante en una de las temporadas de Line of duty (la tres, para ser preciso). Ambas series mencionadas pueden también verse en Netflix. La señora tiene talento de sobra y una intensidad hipnótica.



Michael Stuhlbarg dio unas cuantas vueltas hasta convertirse en el protagonista de una de las películas más peculiares de los Hermanos Coen, lo cual no es decir poco, Un hombre serio (2009), se lució en la más que interesante serie Boardwalk Empire (2010-2013) y anduvo por cuanta película interesante se hizo, a saber: Hugo (Scorsese, 2011), Hombres de negro 3 (Barry Sonnenfeld, 2012), 7 sicópatas, (Martin McDonagh, 2012), Lincoln (de este chiquito que no sabe nada de cine, el tal Spielberg, 2012), Hitchcock (Sacha Gervasi, 2012), Blue Jasmine (esa maravilla que hizo Woody Allen en 2013), La jugada maestra (Edward Zwick, 2014), Steve Jobs (Danny Boyle, 2015), Trumbo (Jay Roach, 2015), La llegada (Denis Villeneuve, 2016), Doctor Strange (Scott Derrickson, 2016), Llámame por tu nombre (Luca Guadagnino, 2017), la tercera temporada de la espléndida serie Fargo, creada por Noah Hawley, (2017), la inolvidable La forma del agua (Guillermo del Toro, 2017), The Post de nuevo, obra del chiquito este que no sabe nada de cine, el tal Spielberg (2017) y como curiosidad está en la por ahora maldita y sin estrenar Gore (Michael Hoffman, 2014) que es sobre el escritor Gore Vidal y está maldita porque al protagonista del título lo interpreta el ahora mala palabra de Kevin Spacey. Stuhlbarg es uno de los actores más sólidos e interesantes surgidos últimamente.



La protagonista de Traidores es la joven Emma Appleton, que no conocía y que me dejó una excelente impresión y que tiene como interés romántico a Luke Treadaway, que está redondeando una interesante carrera desde que se hiciera notar en la versión teatral de la novela de Mark Haddon, El curioso incidente del perro a la medianoche, obra que casualmente se estrenará este mes en el mítico Teatro Maipo.


Traidores, aunque tiene una historia cerrada, ha elaborado personajes que bien pueden continuarse en otras temporadas, algo que ojalá ocurra, ya que tanto la Guerra Fría como el conflicto de Palestina están a la vuelta de la esquina. Conflictos horrorosos para el mundo real, pero fructíferos para el mundo ficcional.


Traidores, creada por Bathsheba Doran (Bash, para los amigos), puede verse en Netflix y si gustan de los espías, las cosas de época, buenas actuaciones o el té inglés, es imperdible por lo disfrutable.


Gustavo Monteros

jueves, 28 de marzo de 2019

Durante la tormenta


Por motivos que se me escapan, a veces insisto con autores que sé que en el fondo nunca me gustarán. Tal vez lo hago con la esperanza de cambiar de opinión alguna vez o de toparme con una obra que de verdad me haga dialogar con ese autor. Desde hace tiempo concibo mirar películas, leer libros, mirar cuadros o escuchar obras musicales como un diálogo entre el creador detrás de esas experiencias y uno mismo. Y como en la vida, no tenemos conversación con todo el mundo. Por experiencia sabemos que hay personas con las que se nos dificultan los intercambios más simples, como un saludo. Mientras que con otros, nos basta una mirada para iniciar un diálogo que durará largo y tendido. Con el catalán Oriol Paulo no creo que tenga esa suerte.


El hombre nacido en el 75 en Barcelona es un director y guionista que se dio a conocer internacionalmente con El cuerpo en el 2012. Un thriller centrado en la desaparición de un cadáver de la morgue. El film definía sus gustos con claridad. Le gustaba dar más vueltas que una calesita y tener giros sorprendentes todas las veces que se pudiera. Más que la veracidad, trabaja el verosímil. Como espectadores nos obliga al “es un poco rebuscado, pero factible, siempre y cuando se den todas esas variables azarosas”. Cuestión de gustos. Que como dije en la reseña sobre La trêve no comparto en lo más mínimo. En lo personal, porque llega un momento en que todo vale todo el tiempo y que con tal de crear otra sorpresa, no solo son capaces de matar a la madre sino de vender sus órganos también.


Su siguiente película, Contratiempo (que puede verse en Netflix) llevaba esos gustos a extremos de récords. Un policial tan arravesado y atravesado que ya olvidé. Tanta profusión de hechos y personajes tan extemporáneos hace que mi memoria los retenga menos que pelo en la boca.


Ahora, sabrá Dios por qué, le veo su estreno Netflix de la semana, Durante la tormenta, donde por género tiene todos los permisos para dar tantas vueltas como quiera o hasta marearse él mismo.
  

Durante la tormenta es un thriller metafísico de tiempos paralelos que pueden modificarse en la alteración de tales o cuales detalles o incidentes. Dicho así parece más complicado que lo que es. Una joven esposa se muda a una gran casa donde descubre unos videos, un televisor viejo y una igualmente vieja videocámara que le permite ver hechos sucedidos durante la caída del muro de Berlín en 1989. Durante una gran tormenta salvará la vida del chico que ve en el televisor y cuya realidad es la del 89, para después despertar en otro pliegue del tiempo en el que su hija no está. Comenzará a hacer lo imposible para recuperarla.


Aquí don Oriol Paulo, como ya dijimos, tiene todos los permisos del mundo para dar vueltas y vueltas y vueltas. La imaginación es el límite y la de él es muy extensa. Ojo, “One man’s meat is another man’s poison”, dicho inglés que bien puede traducirse como “Lo que a uno cura, a otro mata”. A lo que voy es que lo a que a mí me exaspera hasta la desesperación, puede ser el origen del placer para otro. Conozco espectadores que disfrutan hasta el babeo que les desbaraten el hilo de la historia cada treinta segundos. Nada malo, cuestión de gustos.


O sea, si les gusta que les sorprendan mucho y a cada rato con el retorcimiento de una trama, Durante la tormenta es su opción irresistible. Si les gustan las sorpresas, pero no tantas, escápenle mucho…mucho.


Ah, Durante la tormenta puede verse en Netflix. La protagoniza (esforzadamente) Adriana Ugarte, el interés romántico es el Chino Darín, como un vecino que se las trae (y lleva) está el omnipresente Javier Gutiérrez, hay una participación especial de la hipnótica Belén Rueda y dos muy famosos por Netflix, como un marido anda Álvaro Monte, el recordado Profesor de La Casa de Papel y como un médico Francesc Orella, el nunca bien ponderado Merlí.

Gustavo Monteros

jueves, 21 de marzo de 2019

La trêve


El policial es uno de mis géneros favoritos, sino “el” favorito. Pero cuando los años han pasado y uno ha visto muchos, se ha aprendido a detectar las trampas, los lugares comunes, las salidas extemporáneas. Entonces uno se fastidia y se pelea con el material propuesto.


Algo de esto me pasa con La trêve, serie belga que va por Netflix. En la primera temporada me pareció que le daban demasiada vueltas al mismo trompo. La pobre víctima tenía una capacidad de sobrevivencia digna de un highlander porque medio pueblo intentaba liquidarla sin éxito. Además siguiendo el modelo del detective de vida tumultuosa, estilo Sherlock Holmes, que es un drogón el pobre, el detective de  La trêve, Yoann Peeters (Yoann Blanc) no se daba con nada, pero tenía un presente muy conflictivo. Siempre paga que los detectives tengan problemas que se reflejen en los casos. Tanto que uno ya extraña el modelo Philip Marlowe, que tenía un pasado duro que lo hacía proclive a enredarse en problemas por musculosos de tornillos flojos o de chicas despampanantes y letales, pero no lo andaba exhibiendo o arrastrando con cara de ténganme piedad.


En la segunda temporada, Yoann Peeters, ya no está en actividad propiamente dicha, sino que da clases a futuros policías, pero a pedido de su ex psiquiatra vuelve a la investigación para despejar la culpabilidad de un joven acusado de un sangriento crimen. El caso no es tan rebuscado como el de la primera temporada, pero casi. Entre los problemas personales de Yoann y la acumulación de motivos y sospechosos, por la mitad uno tiene ganas de inculparse y cantar  el tango aquel de arrésteme, sargento, y póngame cadenas, para que lleguen a una conclusión. Ah, eso sí, que el final sorprende…sorprende. Por lo lógico en el fondo, aunque en el transcurso repita el truco tan de moda en algunos autores, o sea la de crearte mucha empatía con algún personaje secundario y darle en el momento menos pensado un atroz destino, más que nada para disimular la meseta narrativa en la que cayó la trama. Aquí la sangre no llega al río, pero sí a la piscina.


Como sea, si un cuento te enoja, no te está resultado indiferente. Y si no te es indiferente, por algo es. Los motivos quizá no sean los que te hacen amar The killing, por ejemplo, más bien todo lo contrario, pero por algo no dejás de llegar al final.


En nombre de ese algo que no puedo precisar del todo, recomiendo que se acerquen a La trêve. Incluso si se es muy quisquilloso (como el insoportable que estas líneas subscribe), hay algo en los misterios de estas comarcas con bosques frondosos que atrae y tienta.


Como mencionamos antes, La trêve, creada por Stéphane Bergmans, Benjamin d'Aoust, Matthieu Donck, puede verse en Netflx.

Gustavo Monteros



jueves, 14 de marzo de 2019

Rebelión


Rebelión es una serie irlandesa con dos temporadas hasta la fecha, que evoca dos momentos cruciales en la lucha irlandesa para sacarse de encima el yugo inglés.


La primera temporada transcurre en Dublín en 1916 en lo que se conoce como el Alzamiento de Pascua. Diversos personajes claves (por posición social o por ubicuidad en la zona de conflicto) que obedecen los dictados del melodrama clásico o de la novela histórica romántica ven sus destinos entrecruzados gracias a grandes amores, traiciones y decisiones políticas.



La segunda temporada (que en el original ya no se llama Rebelión sino Resistencia) se centra en 1920, también en Dublín, en lo que se conoce como el Domingo Sangriento. Operación de limpieza del IRA comandada por Michael Collins contra agentes de inteligencia inglesa que trabajaban más o menos ocultos. De nuevo, un grupo de personajes claves (por su utilidad) verán sus vidas entrecruzarse por amores, traiciones y resoluciones políticas.


Las dos temporadas, si bien tienen unos pocos personajes en común, pueden verse independientemente. Cada temporada tiene cinco capítulos de cerca de una hora. En lo personal me gustó más la segunda. Obviamente está vista desde el punto de vista irlandés. Los ingleses por culpa de la lógica imperialista manejaron siempre horriblemente el conflicto, agravándolo en cada instancia. La lógica imperialista que podía reportarles beneficios en el extranjero, no se avenía ni por asomo a las ambiciones de los irlandeses, que por sobre todo querían que los dejaran en paz (gentileza que los ingleses se encapricharon en no conceder).



En esta segunda temporada, Brian Gleeson, uno de los doscientos hijos de Brendan Gleeson que se dedican a la actuación como su célebre padre, se calza el proyecto al hombro y despunta un interesante hambre de ser estrella que, de tener un poco de suerte, puede verse saciado.


Rebelión, como es de esperarse, tiene una impecable reproducción de época, diálogos encendidos, y atrapantes ambiciones políticas encontradas y desencontradas. Los puristas dicen que no respeta la verdad histórica al pie de la letra, pero ¿qué ficción lo hace? Si no aprendimos ya que la historia en la ficción histórica es solo un pretexto, no lo aprenderemos más. Las lecciones las dan los manuales de historia. Las ficciones solo entretienen con algo que puede parecerse o no a los hechos. Y si bien la temporada tiene un final claro, abre la puerta de par en par para una bienvenida continuación.


Rebelión, creada por Colin Teevan, puede verse en Netflix y es muy recomendable. Los irlandeses siempre pagan.

Gustavo Monteros

jueves, 7 de marzo de 2019

Suburra - La serie


Primero fue una novela de Giancarlo de Cataldo y Carlo Bonini. Después una película de 2015 que dirigió Stefano Sollima. Y ahora una serie, la primera hecha en Italia para Netflix.


Las tres se centran en tres núcleos narrativos, los trapicheos de la distribución de drogas por la mafia a secas, las prebendas políticas en los entretelones por el poder, la explotación por parte de la iglesia de sus viejos privilegios.


La película, que también puede verse en Netflix, busca escandalizar y exacerbar prejuicios, acentúa por ejemplo las orgías sexuales con participación de obispos y políticos.


La serie, mi favorita, en cambio, busca más la complicidad del espectador e interpela moralmente acercando los hechos delictivos a experiencias que los no delincuentes podemos llegar a tener.


Ojo, la serie pretende ser una precuela a la película, en la que importantes personajes hallan su destino final. Digo pretende porque en la segunda temporada, la historia adquiere independencia y no sé si todos los personajes llegarán a como se los presenta en la película. Este apartamiento de la película más que lamentarse, se agradece.


En la primera temporada, vemos a tres jóvenes protagonistas enfrentar sus entornos familiares, que intenta moldearlos, determinarlos, condicionarlos (como todo entorno familiar, la verdad sea dicha). Claro, ellos tienen sus propias ideas y apetencias, y más temprano que tarde comprenderán que no se puede vivir la vida de los otros.


Ellos son: Aureliano Adami (Alessandro Borghi) un mafioso en ciernes que debe lidiar con el legado de su padre y la influencia de su hermana. Alberto “Spadino” Anacleti (Giacomo Ferrara) un gitano con elecciones que se apartan de las tradiciones de su tribu. Y Gabriele Marchilli (Eduardo Valdarnini) un joven hijo de policía que está dispuesto a contentar a su papá hasta ahí.


Por el lado de la mafia a secas, tenemos a Samurái (Francesco Acquaroli) que lucha con llevar a cabo una asociación con la mafia napolitana, trámite que no viene muy fácil que digamos. Por el lado de la política, todo gira alrededor de Amadeo Cinaglia (Filippo Nigro), un señor que dejará las buenas intenciones por un ansia de poder. Y por el lado de la iglesia, más que a los varios arzobispos, la trama elige ir por el lado de la lobista Sara Monaschi (Claudia Gerini). Estos son los personajes principales, su séquito de secundarios son igual e incluso más apasionantes.


Y no precisamente como invitada, sino como eje central, tenemos a la ciudad de Roma, por cuyo dominio definitivo todos pelean, y que está tan bella como el primer día.


Las dos temporadas de Suburra (18 bellos y apasionantes episodios hasta la fecha, producidos en el 17 la primera y en 18 la segunda) más la película de 2015 pueden verse en Netflix.


Si, como yo, aman el policial y aledaños, tienen con Suburra una cita imperdible.

Gustavo Monteros



jueves, 28 de febrero de 2019

Escolta


Las películas “de tiros”, como les decíamos antes, se organizan, o bien por personajes que motorizan la trama, o bien por la concatenación de hechos que definen circunstancias y personajes.


En el primer modelo, por ejemplo, una pareja despareja de policías desarma una red de narcotráfico o caza al asesino serial. En el segundo modelo, alguien queda atrapado en una intriga que debe resolver con urgencia porque su vida corre peligro.


Las de guardaespaldas se prestan al segundo modelo, porque generalmente no bien comienzan a trabajar, se ven envueltos en una trepidante sucesión de hechos, que deben desentrañar para conservar el pellejo.


Eso le pasa a la pobre Sam Carlson (Noomi Rapace) que a poco de entrar al servicio de la, en un principio, insoportable, Zoe (Sophie Nélisse) debe andar esquivando balas y golpes. La cuestión, claro, es descubrir de dónde provienen y por qué. La supuestamente pérfida madrastra de Zoe, Rima (Indira Varma) ¿tiene algo que ver?


A estas películas de acción intempestiva, uno les pide que sean atrapantes, que no den respiro ni pausa para pensar, y que después cuando el cuento esté armado no hayan dejado cabo suelto ni improbabilidades y que los personajes hayan respondido a pulsiones psicológicas reconocibles cuanto menos. Esto último es difícil de lograr porque, como dijimos, en la rapidez de la trama no hay tiempos para retratos y las conductas se definen en la misma acción.


Escolta (Close en el original) cumple mayoritariamente con la premisa del género. Mayoritariamente digo, porque sospecho que algunas variantes psicológicas no cierran del todo, más que nada porque se optó por darle a Rapace un perfil no demasiado monolítico de su personaje. Las debilidades, o mejor dicho, las flaquezas no redondean muy bien su comportamiento. A personajes tan fuertes, no les quedan bien tantas lágrimas. Clint Eastwood no se andaba con estos sentimentalismos cuando le tocaba llevar a Sondra Locke o a Bernardette Peters a buen puerto. Si se hubiera concedido ser tierno, los habrían matado a todos.


En lo que sí Escolta (escrita y dirigida por Vicky Jewson) cumple con creces es en meternos de lleno en su historia y hacernos olvidar de todo mientras transcurre. Mérito nada menor.


Escolta puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros


jueves, 21 de febrero de 2019

Soni


Al menos a mí, el resumen que acompaña a la película me resultó engañoso. Dice: “Mientras luchan contra los femicidios en Delhi, una mujer policía y su jefa enfrentan la violencia de género en carne propia.”


Durante media película me la pasé peleando con la misma, porque por culpa del resumen, esperaba algo más pochoclero. Había imaginado que ellas dos luchaban contra el sistema y enfrentaban el machismo de su lugar de trabajo. O sea que andaban a los balazos tras el perpetrador de los femicidios, a la vez que ponían en cajas a sus superiores y compañeros de comportamiento macho. Nada más alejado de lo que la película es.


Soni retrata en clave menor, muy menor, y en tono realista unos días en la vida de la comisaria (o como sea que se denomine el cargo en la India) Kalpana (Saloni Batra) y de la agente, Soni (Geetika Vidya Ohlyan).


El director Ivan Ayr junto al guionista Kislay Kislay, cocinan este sensible relato a fuego muy lento, pero que no pierde jamás su sabor por la cantidad de detalles y sutilezas con que lo sazonan.


Un film ideal para machistas acérrimos porque podrán comprender las dificultades permanentes que experimentan las mujeres en sus conquistas laborales, personales, sexuales, sobre la infinita paciencia que deben tener para con la estupidez eterna con la que las quieren someter a un rol determinado, único e inamovible.


Es cine de autor, pero accesible a todos. Una película necesaria con dos mujeres muy hermosas en su determinación y coraje.


Soni puede verse en Netflix

Gustavo Monteros





jueves, 14 de febrero de 2019

The lady in the van



¿La realidad supera a la ficción? Todo el tiempo. Cómo sea, cuando sea, por dónde sea. La realidad hace lo que se le da la gana. La ficción responde a normas, leyes, códigos, constituciones, porque la ficción debe ser “creíble”. La realidad no se ata a nada y se desata para dónde quiere. Y si contraría la credibilidad, mejor.


Y ya que hablamos de respeto a las normas, convengamos que los ingleses aman la regularidad, la habitualidad, lo esperable, lo comprobable. Aman las convenciones para tener la libertad de ser excéntricos. Fascinados por la paradoja, cuanto más se apegan a las reglas, más excéntricos se permiten ser. Repasen con la mente durante unos segundos los personajes más conspicuos de la literatura inglesa y verán que la premisa se cumple.


The lady in the van une estas dos características, una situación real que escapa a la credibilidad llevada a cabo por unos personajes muy amigos de las excentricidades.


Cuando el prolífico comediógrafo Alan Bennett por fin echa buenas, se compra una casa en Camden, un peculiar barrio de Londres. (En Inglaterra, todo es “peculiar”). El hombre es muy tímido y su inclinación sexual no contribuye a que sea más comunicativo. Vive su homosexualidad furtivamente. Detalles que lo hacen proclive a ser invadido por personalidades más fuertes, como la de Mary Shepherd, por ejemplo. Mary Sheperd es una mujer mayor que vive en una furgoneta estacionada en la calla donde se muda Alan Bennett. No pasará mucho antes de que la señora le instale la furgoneta en la entrada a la propiedad de Alex, lo que los llevará a “convivir” durante 15 años.


Mary (Maggie Smith) es muy “peculiar”, aunque Alan (Alex Jennings) no le va a la zaga, si de rarezas se trata. Mary cuenta muchas cosas, ¿son ciertas?, ¿algunas?, ¿todas?, ¿ninguna?


Esta historia “mayormente” cierta tuvo varias formas, primero fue un ensayo, después una novela corta, luego una obra de teatro, a continuación una obra para la radio y por último, esta película. Las tres últimas transformaciones tuvieron a Maggie Smith en el protagónico.


Un talento como el de Maggie Smith necesita personajes ricos para exponerse en todo su potencial. Por suerte, hay autores preocupados por proveérselos. Alan Bennett es uno de ellos. Actrices tan inmensas representan un desafío para cualquier dramaturgo que se precie. Los que tuvimos la suerte de crecer con  Maggie Smith atestiguamos que a medida que ella y nosotros nos “añejábamos”, los autores y los directores hallaban modos de solazarnos con su talento. (Pasó lo mismo ¡por suerte! con las otras tres grandes intérpretes de la escena inglesa (Vanessa Redgrave, Judi Dench y Helen Mirren) (Sin contar a Joan Plowright y Glenda Jackson, por voluntad propia, jubilada la primera y retirada la segunda para dedicarse a la política, aunque ahora vuelve por sus fueros).


El personaje de Mary Sheperd parece estar siempre igual, apenas modificada por un lentísimo deterioro. Y es en esta dificultad en la que Maggie Smith pule toda su brillantez y sabiduría y nos entrega un personaje con más matices y sutilezas que un cuadro de Turner. Y más allá de las virtudes del diálogo, de las actuaciones del reparto, de los encuadres, de los detalles de puesta y realización, la película (como antes lo fueron Primavera de una solterona (Ronald Neame, 1969), Viajes con mi tía (George Cukor, 1972), La solitaria pasión de Judith Hearne (Jack Clayton, 1987) o el telelfilm Mi casa en Umbría (Richard Loncraine, 2003)) es un apabullante y altamente placentero one-woman-show de Maggie Smith en plena forma.


Nicholas Hytner es el director, que no casualmente llevó al cine las obras más célebres y populares de Alan Bennett: La locura del rey George (1994) y The history boys (2006). Y conforma ahora con esta The lady in the van (2025) una trilogía. Ojalá pronto sea una tetralogía.


The lady in the van puede verse en Netflix. Y es, por si no quedó claro, una imperdible por lo magistral actuación de la siempre luminosa Maggie Smith.

Gustavo Monteros









jueves, 7 de febrero de 2019

Todo para mi ex



A la hora del amor, nadie acierta, todos nos equivocamos.


A la hora del dolor, nadie gana, todos perdemos.


A la hora de la ausencia, más que amor, todo es dolor.


Jay (Roy Chiu), Liu Sanlian (Ying-Xuan Hsieh) y el adolescente Song Chengxi (Joseph Huang) se gritan, se insultan, se golpean, se lastiman. Giran enloquecidos, sin vergüenza, pero también sin consuelo. Han perdido a Song Zhengyuan (Spark Chen), amante del primero,  esposo de la segunda, padre del tercero.


Y en la ausencia no hay reclamo, no hay motivo, solo silencio. Liu no puede entender que su esposo le haya dejado el beneficio del seguro a su amante y no a ella. Song no puede entender que su padre lo haya dejado, que fuera gay no le importa, que lo haya dejado sí, y mucho. Jay no puede entender que lo haya elegido para morir y no para vivir.


Dear ex, rebautizada Todo para mi ex es una punzante y entrañable película taiwanesa, escrita y dirigida por Chin-Yen Hsu y Mag Hsu. Bella de toda belleza porque es de una verdad apabullante. Porque a la hora del amor no hay culpa, por más que se lastime o duela.


Ver películas extranjeras es también conocer mundo. Uno puede espiar cómo viven, qué comen, qué se ponen, cómo conciben la vida, civilizaciones alejadas de nuestros usos y hábitos. Y en este caso, lo más curioso es que, a pesar de todo lo que nos diferencia o separa, comprobamos que el amor y el dolor guardan igual eco en todas las culturas. Las exuberancias o los recatos no modifican lo esencial, la no presencia se balbucea igual en cualquier idioma.


Y aunque por lo dicho, no lo parezca, Todo para mi ex es una comedia, oscura, pero comedia al fin, porque más allá del dolor, tiene espíritu de comedia. De aceptación, de resignación, de alivio, de superación. Porque en algún momento, la ausencia deja de doler y se la comprende, se la abraza como quien abraza una sombra, para no morir de tristeza, porque al menos algo se tuvo, y el silencio se puebla de recuerdos.


Todo para mi ex es una delicia. Tristona pero delicia al fin, y desde hace unos días puede verse en Netflix.

Gustavo Monteros