miércoles, 9 de agosto de 2017
Ya casi vuelvo...
pero mientras tanto homenajeemos a la inmensa Barbara Cook que ayer se volvió eterna. Brindo por vos, Barbara, con toda la gratitud y la emoción de haberte podido admirar. Saludos a Bernstein y a todos los demás grandes con los que debes estar poniéndote al día. Te queremos como siempre y por supuesto te extrañaremos mucho. Gracias, gracias, gracias.
viernes, 14 de julio de 2017
viernes, 7 de julio de 2017
jueves, 29 de junio de 2017
Después de la tormenta
Confieso que me daba un poco de miedo ver esta
película. Por algún lado había leído que su director, Hirokazu Koreeda, dijo
que este film partía de la premisa "No todo el mundo puede convertirse en
lo que desea ser." Y como pertenezco al 99, 99% de los hombres que no
somos George Clooney… No es que hubiera querido ser George Clooney, pero ser
celebrado, sexy, bien pensante y universalmente simpático y rico como George no
hubiera estado nada mal.
Mi temor se fundamentaba más que nada en el hecho
comprobado de que el cine de Hirokazu Koreeda tiene una forma única de
conmocionarme, confrontarme e interpelarme. Y no es que se proponga hacer eso
conmigo o que yo lo deje, pero es lo que termina por pasar. Su cine es, por
sobre todo, generoso, amable e inteligente. De la manera más insidiosa posible de
ser inteligente, que es la de plantear una situación y observarla, sin juzgar,
ni presumir, con la convicción de que lo que se ve a simple vista es apenas un
reflejo de lo que se oculta, de lo que se arrastra, de lo que está pendiente. Y
es su generosidad la que termina por desarmarnos, porque no se pone en semi
dios, en yo sé todas las respuestas, sino que acompaña a sus personajes como si
conociéndolos más, se conociera mejor él, y nosotros, claro, de paso.
En estos días en que la tragedia se vuelve farsa con
quitas de pensiones a viudas y tullidos, a deudas a cien años, de desarme de
ciencia y malintencionada desinformación perpetua, no andaba con ganas de que
encima me preguntaran cómo había llegado a no ser lo que quise ser, de modo que
me sumergí en esta película, como en una rambla que usan los perros para
descomer, con el sigilo de no pisar caca, no iba a dejar que me conmoviera o
que me llevara a estados emocionales inauditos. No, nada de eso, me iba a mantener a distancia. Y me
fue bastante bien, mantuve mi postura hasta la mitad de la película, entonces
una imagen cualquiera, de un paseo en autobús, me bañó de belleza, porque esa
misma generosidad y esa misma amabilidad para no juzgar personajes, las usa Hirokazu
Koreeda para ver la belleza que hay en lo simple, en dos trenes que se cruzan,
en la luz que se derrama sobre un árbol, y no lo subraya, no es que transforme
lo que ve en imagen de almanaque, no, es, como explicarlo, la generosidad, la
amabilidad, de las que ya hablé las que lo hacen ver así, todo tan simple, y
comunicarlo.
Esta vez convivimos con Ryota (Hiroshi Abe), un hombre
alto y flaco que anda rondando la cincuentena, que supo escribir una primera
novela, La mesa vacía, que levantó
algo de polvareda, que le dio un premio y una carrera promisoria, que no se
está cumpliendo, ya que no hubo una segunda, hace poco murió su padre y aunque
no le guste, se parece demasiado a él, por la afición al juego, por vivir
empeñando cosas o por pedir plata prestada, tiene un hijo de unos 10 años, al
que quiere mucho, pero casi no ve, tiene un trabajo de detective privado, que
dice que es temporal y que lo ejerce solo como investigación de ese mundo,
aprovecha esta experiencia para espiar a su exmujer que está muy cerca de
olvidarlo con una relación nueva que se solidifica día a día, está también su
madre (Kirin Kiri) que se pregunta si no tiene que aceptar que morirá en ese
departamento chiquito en el que iba a vivir por un tiempito que se extendió
hasta ahora, casi media vida, y está también la hermana, que le va mejor
económicamente, pero que hace que su
madre con la magra pensión que tiene le pague las clases de patín artístico a
su hija, y que no quiere que el hermano novelista vuelva a usar el pasado como
fuente de sus libros, porque no le pertenece por entero solo a él, que ella y
los demás también son y están en ese pasado, está también el compañero
detective, que es muy solidario con Ryota y uno no puede dejar de preguntarse
por qué, porque uno es así de jodido como espectador, y no es de aceptar así
porque sí la admiración, el compañerismo o el amor. Y la tormenta del título,
es un tifón que anda dando vuelta, el número 23 o el 24 de ese año, y será la
excusa para que algunos de estos personajes se reúnan y acepten lo que ya no puede corregirse.
Todo es muy simple, Hirokazu Koreeda, a quien
aprendimos a admirar por su De tal padre,
tal hijo, observa, solo observa, y como sin querer ahonda, y como es lógico
se pone profundo, y sabio, y a la salida de su película uno es como el pariente
cercano de todos sus personajes, y como también casi sin querer nos vimos en
ellos, nos volvemos más sabios, y más felices, con una ligera melancolía,
porque, bueno, no todos podemos ser George Clooney.
Gustavo Monteros
jueves, 22 de junio de 2017
Yo, Daniel Blake
Daniel Blake (Dave Johns) es un carpintero de 59 años en
obras de construcción. Un reciente ataque al corazón lo ha dejado
“temporariamente”, según su médico, fuera de su trabajo, lo que “supuestamente”
lo autoriza a pedir una pensión por incapacidad. Digo “supuestamente” porque el
sistema se emperra en no concedérsela, aunque tenga todos los méritos para
merecerla. La película contará su lucha para acceder a lo que le pertenece por
derecho sin perder la autoestima en el camino. En una de las oficinas que visita,
defenderá a Katie (Hayles Squires) madre soltera con dos hijos pequeños, Daisy
(Brianna Shann) y Dylan (Dylan McKiernan), recién llegados de Londres a
Newcastle, ciudad donde transcurre la acción. Eso será el comienzo de una
relación de amistad entre ellos. Daniel también contará, aquí y allá, con la
solidaridad de su vecino China (Kema Sikazwe) y de un excompañero de trabajo
(Shaun Prendergast).
Yo, Daniel Blake ganó la Palma de Oro en el festival de Cannes,
edición 2016. La dirigió el octogenario maestro del realismo social Ken Loach,
y sin duda, a pesar de sus discutibles cortedades, se convertirá en una
referencia ineludible de un momento político-social. Así como todavía vemos Ladrones de bicicletas y analizamos el
por qué de su anécdota, en años venideros se seguirá desmenuzando los
pormenores detrás de las políticas sociales de Yo, Daniel Blake.
Cuando hablo de cortedades (para mí no son tales ni
por asomo) me refiero a que es una pieza de combate, que muchos, para
desprestigiarla, la tildarán de panfletaria. Ojo, no lo es jamás, pero sería
necio no reconocer que tiene un objetivo claro, la crítica y modificación de un
sistema que transforma personas en números y que lo hace con la pretensión de
echarlos del circuito de protección social. Otros, también para menospreciarla,
dirán que sus personajes son demasiados puros y poco complejos, sin ese toque de
los tres elementos atribuibles a los pobres, resumidos en el título de la obra
maestra de 1976 de Ettore Scola, Feos,
sucios y malos. No, los personajes de Loach son más bien todo lo contrario,
lindos (más por nobleza que por belleza), limpios y buenos (más en el sentido
de solidaridad y compromiso que en el de la bondad religiosa).
La película no es neutral y yo tampoco. A los que
recién se acercan a estas crónicas, les digo que nunca votaré, avalaré o
toleraré políticas neoliberales. El capitalismo puede ser cruel, pero es la
Madre Teresa al lado del neoliberalismo, que con un cinismo atroz sume en el
hambre y la pobreza a generaciones enteras y las justifica por la necesidad de
lograr inversiones que garantizarán en un lejanísimo futuro un bienestar
improbable, mientras que en el presente solo promueven la desigualdad, la
concentración de riqueza y la fuga de capitales. Y después resulta que los
corruptos son los populistas distribucionistas…
Digo esto porque esta película llega con envidiable
oportunidad a dialogar con las idas y vueltas (vueltas por verse, porque con la
promesa de una revisión hay poca o ninguna vuelta) de las decisiones de la actual
ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley (siempre hay que memorizar el
nombre de los impiadosos) de recortar las pensiones por discapacidad. Dialoga
también con el prejuicio, retroalimentado por los medios de comunicación
hegemónicos, de que no hay que asistir a los necesitados (aquello de que no hay
que dar pescado sino enseñar a pescar). Es una pena que quienes deben ver esta
película, no la verán porque huyen de todo lo que cuestiona su zona de confort.
Los que la vean, corroborarán lo que significa pelear
con el hambre y la miseria mientras se lucha por no perder la dignidad, por
como dice claramente Daniel Blake en un escena, “cuando te quitan la dignidad,
estás acabado”.
En resumen, una de las películas más valiosas que
veremos este año. Y a pesar de lo que pueda inferirse en esta crónica, no es
triste ni deprimente (bueno, un par de escenas los son y mucho) pero el tono
general es el de la alegría que da la lucha, o la preservación de la esperanza,
por más recaídas en la desesperación que se tengan, porque la mezquindad, el
odio, el prejuicio, están del otro lado, de este está la apetencia de equidad,
el sentido de justicia, el dar y no quitarle cosas a la gente.
Gustavo Monteros
Labels:
Brianna Shann,
Dave Johns,
Dylan McKiernan,
Ettore Scola,
Hayles Squires,
Kema Sikazwe,
Ken Loach,
Paul Laverty,
Shaun Prendergast
jueves, 15 de junio de 2017
El poder de la ambición
“Puede fallar” decía el mentalista Tu Sam para dar
suspenso en la previa de alguno de sus trucos más peligrosos. Gold, rebautizada por aquí El poder de la ambición, es una película
“fallada” en logros y sobre todo objetivos.
Es de una de esas apuestas calculadas de los hermanos y
productores Bob y Harvey Weinstein para cosechar premios en la temporada idem.
Se dijeron: pongamos a Matthew McConaughey en otra caracterización “matadora”,
si ya adelgazó hasta la extremaunción en Dallas
Buyers Club: El club de los desahuciados (Jean-Marc Vallée, 2013) y se alzó
con el Óscar al mejor actor del año, que ahora haga la gran DeNiro para El toro salvaje y engorde unos cuantos
kilos para que se alce con otro, tomemos una historia real, que es lo que ahora
se vende, pero que parezca una novela de tan azarosa, llamemos a un director de
prestigio, pero no caro ni inmanejable (Stephen Gaghan que hizo Syriana en el 2005) y como es una
historia de dos hombres, en el otro protagónico pongamos a un galán en ascenso,
Edgar Ramírez, que además es venezolano y abarcamos de paso al público latino,
y así podemos venderla bien y aspirar a más premios para nuestra vitrina de
lauros.
Lástima que el resultado esta vez les salió así de
premeditado. Todo muy profesional pero sin inspiración y con menos lustre que
desván cerrado.
Cuenta la historia de Kenny Wells (Matthew
McConaughey) un prospector o sea un señor que anda en busca de hallar
yacimientos minerales, petrolíferos o de aguas subterráneas. En su inicio el
film lo halla en 1981, en el momento en el que pierde la compañía que le legó
su padre, y cuando en plena desesperación decide apostar lo poco que le queda
por el geólogo Michael Acosta (Édgar Ramírez) que anda por Indonesia clamando
que hay oro en un rincón perdido de su jungla. Peripecia que, tras varias idas
y vueltas, derivó en lo que se llamó el escándalo minero, Bre-X de 1993.
Édgar Ramírez dijo en un reportaje que este material
tiene algo de las historias y héroes de John Huston, algo que podría conectarlo
con El tesoro de Sierra Madre. Con
mucha buena voluntad podríamos coincidir. Aunque pareciera que el director
Stephen Gaghan nunca vio dicho film ni La
reina africana, ni El hombre que
quería ser rey, bah, ni ningún otro del maestro Huston. Por aquí o por allá
hay un toque Huston y en otros un toque Martin Scorsese a la manera de Buenos muchachos o de El lobo de Wall Street. Pero son tan
desganados que parecen involuntarios. Hasta para copiar se necesita talento,
cuando un transformista logra parecerse a Marilyn Monroe, a Liza Minnelli, o a
Julie Andrews, no le bastó con maquillarse en ese estilo, subirse a tacos o
ponerse una peluca, no, detrás hay horas y horas de prueba y error, de búsqueda
obsesiva y minuciosa. En el cine a la hora de copiar pasa algo similar. No
basta con un “me gusta”, hay que trabajar con ahínco para recrearlo. Aquí no hay muestra de capacidad ni para
crear algo nuevo ni para copiar logros ajenos.
Entonces lo que debió ser una épica de perdedores
termina por ser una aventurita de gente que no gana del todo. Matthew
McConaughey, panzón y casi pelado, ensaya otra caracterización notable,
demasiado esforzada para ser fluida, razón por la cual no obtuvo nominaciones
para premios. Es la segunda más esforzada actuación del año, hasta ahora el
primer puesto lo ocupa Brad Pitt y la trabajada caracterización (y que tampoco
fluye jamás) del general que hace para War
Machine/Máquina de guerra. Édgar Ramírez solo se preocupa por lucir robusto
y no mal parecido, una opción nada mala ante la nada que es la película.
Para ver en una plataforma de contenidos, tipo Netflix,
en una noche de insomnio en la que se acabaron las opciones.
Gustavo Monteros
jueves, 8 de junio de 2017
Dulces sueños
Suelo pelearme mucho con las gacetillas informativas
que acompañan los tráileres en las páginas que anuncian estrenos. Me parecen
mal traducidas o mal escritas, que informan poco o que incluyen spoilers, que
no son claras o que de tan diáfanas no dicen nada. Los muchachos de la calle me
dirían que no hay tamaño que me venga bien.
Para contradecirme a mí mismo (una de mis ocupaciones
favoritas) la de Dulces sueños (Fai bei sogni, Marco Bellocchio, 2016)
no me disgusta, dice: “Turín, 1969. La idílica niñez de Massimo, 9 años, se
quiebra por la misteriosa muerte de su madre. El joven se rehúsa a aceptar esta
brutal pérdida, incluso si el cura dice que ella ahora está en el Cielo. Años
después en los 90s, Massimo, ahora adulto, se ha convertido en un habilidoso periodista.
Luego de reportar sobre la guerra en Sarajevo, empieza a sufrir de ataques de
pánico. Mientras se prepara para vender el departamento de sus padres, Massimo
es forzado a revivir su trauma pasado. Elisa, una doctora compasiva, podrá
ayudar al atormentado Massimo a abrirse y confrontar sus heridas del pasado.
Este drama italiano está basado en la novela de Massimo Gramellini 'Fai bei
sogni'.”
Si son muy estrictos, algunos quizá opinen que
contiene demasiada información, que cuenta demasiado. Puede ser, pero con Dulces sueños el argumento es lo de
menos, lo que importa es cómo se despliega. Comencemos por lo que tendríamos
que haber empezado remarcando. Dulces
sueños es la obra más reciente de uno de los pocos grandes maestros del
cine vivos: Marco Bellocchio. Por eso digo que el argumento importa poco. Es
más, es de esas historias que hemos visto millones de veces, la de la
superación de un trauma infantil, la aceptación de que hay heridas que no se
cierran nunca, que de tanto arrastrar se aprende a convivir con ellas.
El material de base es una novela autobiográfica que
gira cual satélite alrededor del planeta Madre. Sí, la Mamma. Una madre
maravillosamente omnipresente que sale de escena intempestivamente, lo que da
origen al misterio de cómo y por qué. Por aquellos tiempos a los chicos no se
les decía toda la verdad, se les comunicaba versiones alternativas de los
hechos, mentiras, bah. Este chico crece con esta “distorsión”, sabe qué algo se
le oculta, pero no confronta, no pregunta, hasta que obligado por las
circunstancias se ve compelido a enfrentar el “misterio”. Bellocchio no juega a
las escondidas con el espectador, pero nos raciona los datos, sabemos más que
el niño, y esa poquedad alcanza para que nos arrimemos a la verdad, quizá nos
falte algún que otro detalle, pero acertaremos. No, no estamos ante un thriller
de misterio, no, es más bien un juego para que acompañemos al protagonista a su
revelación final.
Bellocchio, repito, es un auténtico maestro y lo
evidencia en cada secuencia, en como usa la luz, la música, el dentro y fuera
de cámara. Ya es lo suficientemente sabio (nació en 1939) para saber que el
genio no radica en deslumbrar sino en iluminar, en todo el sentido de la
palabra, una historia. En desentrañarla para hacerla reveladora y universal.
Con una puesta en escena pletórica de logros, el placer de acompañar esta obra
de arte se vuelve una dicha continua. Puede que lo que se cuente sea un poco
tristón, pero andamos tan huérfanos de excelentes películas que a la larga
experimentamos más gozo que piedad.
Su protagonista adulto es Valerio Mastandrea, con
quien últimamente he tenido la suerte de familiarizarme (estaba en Perfectos desconocidos, el Paolo
Genovese que se estrenó hace poco y lo vi también en Viva la libertad, un Roberto Andò disponible en Netflix) es un
señor de cara larga (no triste, sino de caballo) medio parco en un histrionismo
(a pesar de su cepa romana) que funciona más por lo que oculta que por lo que
muestra, de allí de que cuando llega al estallido, se vuelva más conmovedor incluso
(ejemplo, aquí está magistral cuando libera el cuerpo en el baile, y recupera
la soltura que tenía de chico). El elenco está a su altura, con una doble
participación francesa, las breves pero sustanciosas apariciones de Bérénice
Bejo y Emmanuelle Devos.
En dos palabras: im perdible.
Gustavo Monteros
jueves, 1 de junio de 2017
jueves, 25 de mayo de 2017
Noticias de la familia Mars
Siempre que puedo, aclaro que no hago críticas, si no
crónicas en las que más que juicios de valor de algún tipo, cuento mi relación
con las películas que veo. Respecto de esta película de Dominik Moll, separaré
lo que hubiera escrito de no haberme molestado un aspecto de la misma de lo que
me molestó al punto de descubrir que tengo mis límites para el humor negro.
Hubiera arrancado con algo así: Philippe Mars (François
Damiens), aunque no lo sabe más que vivir, subsiste. En el día de su cumpleaños
49, su exmujer, una periodista televisiva, que debe viajar a Alemania a cubrir
una crisis de Merkel, le pedirá que se haga cargo por un par de semanas, quizá
también más tiempo, de los hijos que tienen en común, Sarah (Jeanne Guittet) de
15 años y Grégoire (Tom Rivoire) de 11. Ese mismo día, en el trabajo, su jefe
le pedirá que controle y supervise a Jérôme (Vincent Macaigne) un programador
de computación como él, pero muy volátil e impredecible. Y como Philippe tiene
problemas para establecer límites dirá que sí. Jérôme se revelará como un
paciente de hospital psiquiátrico, del que terminará por escapar para
instalarse en casa de Philippe, a la que más tarde traerá a otra compañera de
la institución de la que escapó, Myrima (Léa Drucler) de la que está enamorado.
Hubiera seguido más o menos así: Noticias de la familia Mars (Des
nouvelles de la planète Mars, en el original) de Dominik Moll (recordado
por estos pagos por Harry, un amigo que
te quiere bien (2000) que no en poco contribuyó a la fama de Sergi López) es
una comedia melancólica que se vuelve brillante y punzante en más de una
oportunidad. Progresa asestándole a su protagonista una acumulación de tribulaciones
a cual más asfixiante, hasta que su paciencia y su capacidad de aguante
comiencen a agrietarse. Para el constante interés que despierta, no en poco
contribuye el sólido elenco, pródigo en talento y simpatía.
Y sin duda no hubiera mencionado la subtrama que
habría de alterarme y que haría que siempre recuerde a esta película. No
hubiera hablado de la misma, porque no es central y porque agrega color, y
mejor no mencionar los aspectos que suman, para que generen sorpresa cuando se
los descubra en la película. Resumir el argumento de una película es también un
ejercicio de ocultamiento, cuanto más se deje afuera, mejor, porque provocarán
quizá más disfrute. Solo que esta vez… Hagamos una cosa, si están decididos a
ver la película, saltéense los párrafos que siguen y vuelvan a ellos, después
de haberla visto. Si creen que no la verán o no les importa demasiado saber
detalles relevantes de la misma, sigan leyendo, sepan, claro, que un spoiler se
avecina.
Philippe tiene una hermana, Fabianne (Olivia Côte) una
artista plástica rebautizada Xanaé, quien por un viaje a Bruselas le pide que
se ocupe de su perro, el que puede verse en el afiche. El perro en cuestión es
uno de los más insoportables que se hayan visto en el cine y le depararán a
Philippe no pocos problemas. En un momento límite, bueno, más bien un punto de
inflexión, Philippe establecerá un punto de no retorno con dicho animal y lo
revoleará desde la baranda de un puente para que se ahogue en el Sena. Es un
truco de cámara que no necesita el aviso aquel de que no se lastimó a ningún
animal durante el rodaje, es más hasta se puede adivinar las manos que ponen a
salvo al antipático perro, pero a mí, no sé, no me resultó un gag gracioso,
todo lo contrario, me pareció innecesario, un paso en falso del director y del
coguionista, Gilles Marchand, porque en lo particular, a partir de ese momento,
Philippe dejó de despertarme simpatía y ya no me importó lo que el resto del
metraje tenía para depararle, ya no me interesaron más ni él ni sus amistades,
ni su vecino, ni el resto de su familia, por mí podría barrerlos la nube hongo
que no me desataría ni la más ligera de las compasiones. Puede que a otra gente
el gag no le moleste, lo disfruten, les parezca gracioso, conmigo no fue así,
me demostró que tengo un límite en el humor, que no soy tan amplio como creo.
No me preocupó en lo más mínimo, como con la postura política que hace rato
adopté, me honra estar de este lado.
Gustavo Monteros
El esgrimista
El esgrimista (Miekkailija
en el original, 2015) es una sorpresa. Por suerte agradable. Se trata de una
película estonia, coproducida por Finlandia y Alemania. Como es de rigor, con
casi el 99, 9 % de las películas actuales, se basa en una historia verdadera.
Aunque al menos esta vez no pretenden contarnos vida y milagro de sus
personajes, sino centrarse en una peripecia de vida de su protagonista, que le
trajo gloria y castigo casi por partes iguales.
Endel Nelis (Märt Avandi) es un esgrimista campeón,
que en 1952 debe huir de Leningrado, porque están a punto de descubrir un
secreto de su pasado que lo enviaría de seguro a Siberia. Regresa, entonces, a
su ciudad natal en Estonia, Haapsalu, donde lo espera un puesto de profesor de
educación física en la única escuela del lugar. El director (el antagonista, un
personaje que se desmarca de la caracterización que se intenta dar de él, más
que nada porque en la vida real la maldad y el resentimiento escapan a veces en
su profundidad a los límites de la ficción) le hará la vida imposible. A Endel
no le quedará más remedio que recurrir a lo que más sabe, la esgrima. Y será
toda una sorpresa que los chicos se interesen por esta disciplina que parece
obsoleta o arcaica. Pero la paradoja radica en que termina por mostrar y
compartir los saberes que debía ocultar, lo que en plena purga stalinista tiene
un precio a pagar.
Eso sí, seamos sinceros, este film de Klaus Härö
siembra en el mismo campo fértil en que ya cosecharon los Rockys, los Karate
Kids, y otros cuantos beisbolistas, basquetbolistas, futbolistas, y tenistas, o
sea la vieja y querida historia del patito feo deportista que llega a cisne
campeón, o si se prefiere la Cenicienta de liga menor que se queda con el trofeo
Príncipe. Solo que esta vez la excusa argumental es la esgrima.
La pone a salvo del cinismo de la industria, la
elegancia de la realización, la nobleza de su elenco, la singularidad de la
historia y la convicción de la guionista y su director de estar contando una
hazaña deportiva que merece conocerse, por lo que costó en dicha y desdicha.
Touché.
Gustavo Monteros
jueves, 18 de mayo de 2017
Perfectos desconocidos
Paolo Genovese (Una
famiglia perfetta, 2012, Tutta colpa
di Freud, 2014, Sei mai stata sulla
luna?, 2015) ejerce la comedia popular, no la que se inscribe en la
tradición de la Commedia all’italiana que directores como Mario Monicelli,
Luigi Comencini, Nanni Loy, Pasquale Festa Campanile, Ettore Scola, Pietro
Germi, Antonio Pietrangeli, Dino Risi, Steno o Lina Wertmüller hicieron famosa
en el mundo entero, sino más bien la que se emparienta con el exitoso teatro
burgués de la segunda mitad del siglo XX (burgués no en sentido marxista de la
palabra, bueno, o casi, también, sino más bien según la definición de la Real
Academia Española que reza: integrante de la clase media acomodada)
Tanto se identifica con este estilo que, si bien este
film tiene un guión como Dios manda, no es difícil imaginarlo en una versión
teatral. No solo en el estilo se entronca con el teatro de “diversión para
antes de la cena”, asimismo el tema elegido es favorito en esta línea teatral:
el del desenmascaramiento, amable, de hipocresías varias. Apela, es obvio, a
nuestra curiosidad chismosa, ver x tipo de personajes en una compostura moral
determinada, para después contemplarlos sin dicha protección, algo que
podríamos definir como un strip-tease ético. Como ejemplo se me ocurre un título
antediluviano, muy representado en la televisión de mi infancia como
tragicomedia divertida y profunda, Cena
de matrimonios del dramaturgo español Alfonso Paso, otro ejemplo, más
cercano en el tiempo, es la taquillerísima Brujas
de Santiago Moncada, también español. Sí, hablamos del tan preciado y rendidor “lavado
de la ropa sucia” en un comedor o living lujosos.
Aquí la cosa va así: tres parejas de variopintas
profesiones y personalidades se reúnen a cenar, como lo hacen siempre, hay un
séptimo comensal que les presentará en esta ocasión a su nueva pareja (algo que
al fin de cuentas no ocurrirá). Andan entre el fin de la treintena y la
medianía de la cuarentena, y puede que alguno sea más joven o mayor que las
edades apuntadas, pero la descripción da una buena idea del corte etario. En
esta noche particular hay un eclipse y ya se sabe que los fenómenos astronómicos
generan sinceramientos (no hay comprobación científica de que esto ocurra en la
realidad, pero en la ficción no hay fenómeno astral que no despierte verdades o
provoque enamoramientos), la cuestión es que en la charla surge el inevitable
tema moderno de los teléfonos celulares, nuestra dependencia a los mismos y
cómo generan un protocolo que atenta contra el disfrute concreto del aquí y
ahora. Alguien menciona también que son poseedores y testigos de nuestros
secretos y que no podríamos socializarlos sin revelar alguna intimidad
vergonzante. Deciden entonces jugar con esta noción, los pondrán sobre la mesa
y leerán para todos los mensajes que entren y contestarán, con el altavoz
puesto, las llamadas entrantes. Mensajes y llamadas no tardarán en entrar y
unas cuantas verdades, algunas bastante incómodas, saldrán a la luz. Y no menos
reveladoras serán las reacciones que despierten en todos estos secretos
inesperados.
Para que este tipo de comedia funcione como el mentado
relojito es necesario que el ritmo no decaiga y que el elenco despierte una
inmediata simpatía. Ambos requisitos se cumplen aquí a rajatabla. El armado, o
sea el espaciamiento de secretos a descubrir, es eficaz, y Giuseppe Battiston,
Anna Foglietta, Marco Giallini, Edoardo Leo, Valerio Mastrandea, Alba
Rohrwacher y Kasia Smutniak no serán Alberto Sordi, Vittorio Gassman, Marcello
Mastroianni, Ugo Tognazzi, Nino Manfredi, Sofia Loren, Aldo Fabrizi, Walter
Chiari, Stefania Sandrelli, Vittorio de Sica, Monica Vitti, Claudia Cardinale,
Carla Gravina, Adolfo Celi, Lando Buzzanca, Gina Lollobrigida, Totò, Renato
Salvatori, Giancarlo Giannini o Mariangela Melato, bah, nadie lo será nunca,
pero generan interés y empatía.
En resumen, es un remanso más que agradable escuchar
hablar en italiano después de tanta película en inglés. Attenti, tampoco verla con mucho apetito, aquí comen bastante y uno
no es de palo y evoca sabores, que no en vano es tan famosa la cocina
mediterránea.
Gustavo Monteros
jueves, 11 de mayo de 2017
El hijo de Jean
Mathieu (Pierre Deladonchamps) tiene su vida
encarrilada. A los 33 años su carrera laboral luce estable y promisoria, y en
su vida personal hay una meseta apacible, tuvo un divorcio amable que su hijo
de 10 años parece no resentir. Pero, siempre hay un pero fundador, una buena
mañana recibe una llamada telefónica desde Canadá, que le dice que su padre
(del que no tenía noticias, su difunta madre le decía que fue fruto de una
relación casual) ha muerto y que le ha dejado como herencia un paquete. Mathieu
decide entonces abandonar París y ver en persona que hay detrás de esta noticia
desestabilizadora. Del otro lado del océano, lo espera Pierre (Gabriel Arcand),
amigo del padre y que será su cicerone por estos parajes de un nuevo pasado.
Como se ve, estamos ante una dramática peripecia
humana. Para que un cuento de esta naturaleza se desarrolle con solvencia se
necesita: un buen estudio de personalidades (lo tachamos de la lista, ya que
aquí se encuentra), situaciones enriquecedoras que despierten identificación (la
empatía famosa) y hagan crecer la historia (tachado también, porque se hallan
presentes), alguna que otra sorpresa que condimente bien la narración y la
eleve de la amabilidad a un estado que la haga perdurable o al menos más
recordable que el promedio de cuentos humanos que consumimos (tachado también,
se halla en deliciosas y saludables cantidades), un director sensible y seguro
(Philippe Lioret, el de la recordada Welcome,
2009, aporta además una sobriedad y una elegancia que lo alejan de las estridencias
y los subrayados, así que tachamos también este ítem de nuestra lista) y por
supuesto, actores capaces de hacer asequible y conmovedora esta aventura de
descubrimientos no menos trascendentales por lo pequeños, (ítem tachadísimo,
porque los dos conductores primordiales de la acción, Pierre Deladonchamps (que
pasó a la fama por El desconocido del
lago (Alain Guiraudie, 2013) como el veterano canadiense Gabriel Arcand, se
muestran pródigos y prodigiosos a la hora de transmitir emoción y de iluminar
conductas.
En resumen, una hermosa historia bien contada. Otra
épica de lo pequeño, y no hay contradicción en los términos opuestos.
Gustavo Monteros
Graduación
Christian Mungiu con 4 meses, 3 semanas y 2 días (2007) no solo ganó fama internacional
sino que puso al cine rumano en primer plano. Más allá de las inevitables
diferencias creativas entre los distintos directores de este cine pujante, un
factor común sobresalía. Todos parten de una situación pequeña y reconocible,
que al irse profundizando, de a poco, se va cargando de implicancias políticas
y sociales. Lo macro contenido en lo micro, que se vuelve más y más revelador, a
medida que se focaliza mejor la lupa. O sea la más lograda y envidiable manera
de contar un relato. Cargarlo de ecos y significaciones con tan solo
detallarlo, ya se trate de algo tan personal e individual como la posibilidad
de un aborto o de la decisión de dejar a alguien.
Aquí el cuento se abre con una piedra que rompe el
vidrio de un departamento habitado por un médico, Romeo (Adrian Titieni),
ansioso porque su hija Eliza (Maria-Victoria Dragus) apruebe el último examen
del bachillerato y logre así continuar los estudios en Inglaterra, la madre
Magda (Lia Bugnar), se verá más tarde, es una figura secundaria y superada en
el presente de Romeo. La piedra que rompió el vidrio prefigura unas cuantas tribulaciones
posteriores. Eliza será víctima de un intento de violación que desbastará la
difícil tranquilidad necesaria para enfrentar un examen. Romeo quiere que su
hija tenga la posibilidad de estudiar en el exterior sí o sí, por ella y
también por él, que cumplirá vicariamente lo que no pudo o supo conseguir.
Durante la primera hora y media el relato avanza con
seguridad y despierta nuestro continuo interés, pero se cae (esa fue mi
sensación) en el desenlace. La última media hora se desbarranca, como si no se
supiera concluir con gloria lo que se quería contar, o no se pudiera establecer con
certeza qué era lo que se pretendía contar. Las diversas aristas que se fueran
perfilando se quedan sin filo. Algunas historias se cierran con las formas
caprichosas y gratuitas de algunos thrillers tramposos. Y cuando al fin prima
la ética individual versus hasta dónde es capaz de llegar un padre para que sus
hijos vivan mejor, el relato luce retorcido, como si lo que hubiera tenido que
surgir de él fue reemplazado por algo impuesto por la fuerza.
Mungiu filma con la pericia de un maestro, de allí que
uno tienda a dudar de la propia percepción, pero a la salida, cuando uno puede
armar con tranquilidad el rompecabezas y fundamentar el análisis, se ve que
esta vez los ecos sociales y políticos no surgen de la historia sino que son
tirados desde afuera como aquella piedra de la primera escena.
Una decepción luminosa, y no es un juego de palabras,
puede que la película no sea tan satisfactoria como se esperaba, pero hay mucho
talento detrás, y la experiencia igual recompensa. La equivocación de los
maestros es a veces mejor que los aciertos de unos cuantos discípulos poco
agraciados.
Gustavo Monteros
Suscribirse a:
Entradas (Atom)













