¡Feliz primavera! Perdón, pero he tenido poca suerte y me ha llegado una traducción más larga que la guía telefónica de Nueva York así que otra vez no podré ir al cine. De todos modos, de la ventana de mi prisión se ve un sol que deja pocas ganas de perderlo en la oscuridad de una sala. No se preocupen, pronto volveré a mi antiguo vicio de hablar de las películas. (Eso espero...)
En la foto dos íconos. Uno del cine (Sophia ¿necesita presentación?) Loren. Otro de la pintura (bueno, ya saben quién). Dos modelos de belleza imperecedera. (Aunque uno es más lindo que el otro ¿tengo que aclarar cuál?... Una chanza, claro)
Abrazo grande y gracias
Gustavo Monteros
viernes, 21 de septiembre de 2012
domingo, 16 de septiembre de 2012
Sepan disculpar
Sepan disculpar,
pero no habrá crónica de estreno esta semana. Me quedé sin tiempo de ver una
película porque me dediqué a vivir. Sí, ya sé que saben que el cine para mí es
como respirar, dormir o comer, pero me avoqué a otros menesteres igual de
sabrosos como ir al teatro, pasear o leer. De las películas estrenadas vería
¿Qué voy a hacer con mi marido? en la que Meryl Streep vuelve a trabajar con David
Frankel el director de El diablo viste a la moda. Según leí es una comedia
atendible con grandes trabajos de Meryl y Tommy Lee Jones. Quizá la vea durante
la semana y haga la crónica o quizá no. Pasen ustedes un domingo fantástico.
Con
afecto, Gustavo Monteros
viernes, 7 de septiembre de 2012
360
La ronda es muy volvedora, y no me refiero al
juego infantil al son del Puente de Aviñón, sino a la obra teatral de Arthur
Schnitzler. La ronda, escrita en 1897
pero estrenada recién en los años veinte del pasado siglo en Berlín y Viena con
éxito, censura y escándalo, como las mareas y las golondrinas, no deja de
volver. Conoció incontables versiones teatrales, numerosas adaptaciones cinematográficas
y televisivas. Hoy se vampirizan sus temas y su estructura, más que su
contenido. (¡Hasta yo tengo una reformulación de la misma!) Es que el amor, el
adulterio, la pasión, el deseo, la frustración, la melancolía, la
insatisfacción, el descontento son cositas tan inherentes al humano como las
cucarachas a la cocina. Pero lo más seductor de La ronda es su estructura. A se relaciona con B, B con C y así
hasta la letra que queramos; pongamos que lleguemos a la Z; al final Z se
relaciona con A, y el círculo se completa.
Ahora le toca el turno al guionista Peter Morgan (El último rey de Escocia, La reina,
Frost/Nixon, Más allá de la vida) y al director Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El jardinero fiel, Ceguera)
tomarse de las manos y ponerse a dar vueltas. De La ronda de Schnitzler sólo queda que el círculo se abre y se
cierra en Viena con la prostitución como fondo, y dos aportaciones novedosas
saltan a la vista, primero, ya no son los habitantes de una misma ciudad los
que se relacionan sino hombres y mujeres de distintas partes del mundo, porque
ya se sabe, claro, el planeta hoy está interconectado e ir de acá para allá es
de lo más común. Viena, Paris, Berlín, Londres, Denver, Phoenix son algunas de
las ciudades por las que pasean las historias. Y segundo, los personajes más
que de lujuria y deseo, están dominados por la ansiedad, la depresión y la
culpa.
La diversidad de las historias en diferentes ciudades trae el
recuerdo de todas aquellas películas de los sesenta y setenta que se
articulaban en episodios o que transcurrían en locaciones turísticas como valor
agregado. El elenco es multiestelar y va desde estrellas internacionales como
Anthony Hopkins, Jude Law, Rachel Weisz o Ben Foster hasta estrellas reinantes
sólo en su país de origen como la brasileña María Flor o el alemán Moritz
Bleibtreu. Y las historias van del viejo y querido adulterio hasta otras mucho
menos transitadas como la del violador en recuperación. Morgan y Meirelles
quieren patentizar aquello siempre rendidor del azar y el destino, pero son los
personajes los que terminarán implantándose o no en nuestra memoria.
A mí me hicieron más mella la historia del aeropuerto con
Hopkins, María Flor y Ben Foster y la de Londres con Rachel Weisz, más que nada,
porque como ya he confesado más de una vez en estas páginas, la amo hasta el
delirio, la chica es hermosa, tiene una voz acariciante y talento para
repartir.
Lo de Hopkins viene con un chusmaje. El hombre tiene una larga
historia de pelear y haber vencido adicciones varias y quería que algo de eso
apareciera en la película. Morgan y Meirelles coincidieron con que la
sugerencia sumaría a su personaje y agregaron la secuencia de Alcohólicos
Anónimos, en la que Hopkins hace un desparramo de talento que yo venía
extrañando desde los tiempos de Lo que
queda del día.
La película fue elogiada o denostada por los mismos motivos:
su ambición, su elegancia, la elocuencia de sus historias. De modo que todo se
reduce al lugar donde uno se para. Yo me paro entre los que la aprecian. Meirelles
es un director que me gusta. Soy sensible a su buen gusto visual, a su banda de
sonido tan sofisticada como bella y a su talento narrativo. De allí que la
recomiendo, uno pasa un par de horas de lo más agradables y estimulantes. Para
un fin de semana que se anuncia lluvioso ¿qué más se puede pedir?
Un abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 31 de agosto de 2012
Vacaciones explosivas
Mel Gibson es un hombre complicado (para decirlo
amablemente). Se permitió comentarios homófonos pesados, exabruptos xenófobos y
si hemos de creerle a las ex esposas (en los juicios de divorcio se puede
llegar a decir cualquier cosa, son un strip tease emocional no siempre veraz)
es un misógino violento. O sea que sin pelos en la lengua podríamos decir que
es un ser humano despreciable. Y sin embargo es un artista atendible. La
historia de las artes nos enseña que no es una paradoja infrecuente. Muchos
grandes han sido miserables en la intimidad.
Mis amigos saben que hubo una época en que le tuve particular
afecto y simpatía. Lo conocí como casi todos por Mad Max, que no en vano le dio proyección internacional. Después
vino el inolvidable período con Peter Weir con quien hizo dos películas
maravillosas: Gallipoli y El año que vivimos en peligro. Se
convirtió en súper estrella de acción con Arma
mortal, puesto que defendió con El
rescate, El complot y El patriota,
se lució en la comedia con Dos pájaros a
tiros, Maverick y Lo que ellas
quieren, fue un buen Hamlet para
Zeffirelli, hizo un despropósito con Win Wenders (El hotel de un millón de dólares) y descolló en la dirección con Corazón valiente y la polémica Pasión de Cristo. Y se portó muy bien en
el peor período de Robert Downey Jr. Lo hizo protagonizar la más que
interesante El detective cantante,
cuando Hollywood estaba dispuesto a lincharlo por caótico, alcohólico y
drogadicto.
Y en medio de todo eso, el desbarrancamiento comenzó, se fue
de boca varias veces, terminó en la Corte y troqué afecto y simpatía por
desilusión y distancia. Y como casi todos también, me tuve que tragar el juicio
moral lapidario cuando estrenó la excepcional Apocalypto. Hasta sus detractores más feroces tuvieron que
reconocer su valía. Pero siguió metiendo la pata al reincidir con más
barbaridades. Hizo un buen policial, Al
filo de la oscuridad, del que De Niro huyó por diferencias con el director
Martin Campbell. Sobrevino un divorcio sangriento con detalles escabrosos y su
amiga Jodie Foster vino al rescate y le sacó su mejor actuación dramática hasta
la fecha: La doble vida de Walter. Y
otra vez sus detractores debieron tragarse los chistes ponzoñosos y reconocer
que tiene talento.
Ahora regresa con una buena película que será maltratada, vilipendiada
o ignorada, y sin duda rescatada cuando sobreviva en el cable. Vacaciones explosivas (Get the gringo) es
un film cínico y nihilista que se contacta con Revancha de Brian Helgeland que protagonizó en 1999. Coincido con
el crítico de The Guardian que dijo que de no haberse mandado Mel Gibson tanto
moco en su vida, Get the gringo/
Vacaciones explosivas sería saludada por lo que es, una buena película de
acción que cualquier actor querría tener en su currículum.
El tráiler que adjunto, creativo y original, les da una idea
que no es un resabio del cariño que le tuve el que habla. Dirigió Adrian
Grünberg, el guión es de Grünberg y Gibon y fue, claro, producida y
protagonizada por Gibson.
Un abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 24 de agosto de 2012
Cuando los chanchos vuelen
La expresión en español, al
menos el de estos lugares, es Cuando las
vacas vuelen, o sea la imposibilidad de lo utópico. Como la película gira
alrededor de un chancho se tradujo más o menos literalmente el título en inglés
(When Pigs Have Wings / Cuando los
chanchos tengan alas). Porque en inglés sí, los que vuelan son los chanchos
y no las vacas. Chanchos y vacas aparte, el título original en francés es El chancho de Gaza (Le cochon de Gaza),
que alude a otro dicho en español rioplatense: el del chupete ya sabemos dónde.
Porque si hay un lugar en el que el chancho está desubicado es en Gaza. Los dos
bandos en pugna en esta conflictiva región, los árabes y los judíos, consideran
impura a la carne de chancho.
El protagonista, el iraquí
Sasson Gabay (a quien viéramos en La
visita de la banda) es un actor carismático y simpático como pocos. Arranco
con él porque gracias a su encanto, uno se pasa toda la proyección deseando que
la película sea mejor de lo que es. En remotas épocas pretéritas nos pasaba lo
mismo con Peter Sellers. Él también nos hacía desear que algunas de esas
películas flojitas, flojitas que solía protagonizar fueran mejores.
El inicio une a Sasson Gabai con
el chancho en una impronta que consideraremos de “realismo mágico” para no
descartarla como una absoluta tontería. Jafar (Gabai) es un pescador y como
está prohibido apartarse mucho de la costa, tiene que tener mucha suerte para
pescar otra cosa que zapatillas viejas, latas vacías y otras basuras. No va que
un día atrapa en sus redes a un chancho. ¿Cómo llegó el chancho ahí?, sabrán los
guionistas. Después se dice que el chancho pudo haber venido de ¡Vietnam!
Obviamente Jafar intentará
desembarazarse del chancho y su precaria vida se verá alterada. Habrá
situaciones que con mucha buena voluntad podrían considerarse humorísticas,
personajes de trazo grueso que con mucha buena voluntad podrían considerarse
simpáticos y chistes que con mucha buena voluntad podrían considerase
graciosos. Y si uno no ha agotado la mucha buena voluntad se llega a un final
obvio-simbólico que dice que los árabes y los judíos están más cerca de lo que
creen y que podrían vivir en paz. Los buenos deseos siempre se aplauden aunque,
como declara con poca fe el título, vayan a pasar cuando los chanchos, las
vacas o los corderos vuelen.
Esta película de Sylvain Estibal
ganó el César (el Óscar francés) a la Mejor Ópera Prima, ¿cómo habrán sido las
otras?
Un abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 17 de agosto de 2012
La era del rock
Camino del cine, La era
del rock más que intriga me provoca un suspenso atenazador. Desde su
estreno en los EEUU me cruzo con opiniones dicotómicas tan claramente
diferenciables como el Norte y el Sur. De un lado están los que piensan que es
un bodrio irredimible y del otro los que creen que con un mínimo de buena
voluntad es divertida. Yo ¿de qué lado me pondré? Buena voluntad me sobra, pero
me he incinerado tantas veces… Como voy caminando, tengo tiempo de pensar. Me
digo que los musicales me gustan y que tiendo a tenerles indulgencia. ¿Acaso no
vi completa y sin pestañar Grease 2?
Sí, pero ¿y Bailarina en la oscuridad?
También la vi completa aunque fue una experiencia tan traumática que casi
abandono el cine por completo. Tardé como una semana en ver otra película. Me
tranquilizo con que ésta viene para el lado de la comedia. Sí, pero ¿hay algo
más triste que una comedia que sale mal? Me consuelo con que nada en que estén
Bryan Cranston, Alec Baldwin o Catherine Zeta Jones pueda ser del todo malo.
Claro, pero si no tienen buen material con el que trabajar, juntos o separados
pueden dar lástima. OK, OK, pero tanto los sostenedores como los detractores
coincidieron en que Tom Cruise está bien. El hombre puede ser un poco “tieso”
cuando es el protagonista, pero hace desparramo de talento en los secundarios (Magnolia, Una guerra de película). Se
acaba el suspenso, ahora viene el deleite, la paciencia o el padecimiento:
entro al cine.
Y hubo un poco de los tres, nomás. Experimenté deleite,
ejercí la paciencia y padecí. Pero comencemos por el principio.
La era del rock fue primero un jukebox musical de
Broadway, o sea un musical armado en base a temas populares archiconocidos, con
canciones de Poison, Twisted Sister, Scorpions, Def Leppard, Pat Benatar, Joan
Jett, Warrant, Foreigner, Journey entre otros, en este caso. Una celebración
del rock de los ochenta. La historia transcurre en 1987. Broadway es Broadway y
Broadwayriza todo lo que toca y el rock made in Broadway pierde algo de su
salvajismo y se asimila en un punto al showtune tradicional, lo cual no está
mal ni bien, es una descripción de hechos. El argumento de los jukebox
musicales es otro asunto. Suelen ser tan leves como el batido punto nieve. Más una
excusa para hilvanar las canciones del período elegido que otra cosa. Y es ahí
donde entró a tallar mi paciencia.
La era del rock se cimenta en fórmulas narrativas
que ya eran viejas en el cine mudo. Bah, ya eran viejas cuando los griegos
inventaron la comedia. No hay nada malo con las fórmulas. Toda narración puede
reducirse a una, pero cuando no es más que un esquema pelado y visto hasta el
hartazgo, estamos en problemas. Tenemos aquí a “chico (Diego Boneta) conoce
chica (Julianne Hough), chico pierde chica y chico… adivinen, sí, chico
recupera chica”. Y “chicos pueblerinos (los mencionados) llegan a la ciudad a
triunfar y… adivinen, sí, ¡triunfan!”. Si les parece que lo han visto en todas
las películas de cantantes, desde las de Elvis hasta las de Palito, no se
equivocan. Pero hay más. “Estrella de rock (Tom Cruise), estancada artísticamente
y en vertiginosa autodestrucción se recupera a través de… adivinen, sí, ¡del
amor! (la bella Malin Akerman), y hasta ¡funda una familia! Y “representante desalmado
(Paul Giamatti) manipula a estrella en problemas (Tom Cruise, of course)”, ¡qué
novedoso! Y “fanática político-religiosa (Catherine Zeta Jones) quiere destruir
a estrella (el susodicho Cruise) por… adivinen, sí, ¡despecho!”. Más “dos
personas (Alec Baldwin y Russell Brand) que ya son pareja en todo menos en los
hechos, un día lo descubren y… adivinen, sí, ¡lo aceptan!”.
Si la historia me obligó a hace acopio de paciencia, padecí
lisa y llanamente el “supuesto” humor de la propuesta. Los chistes son tan pero
tan malos que me dejan sin aumentativos ni superlativos. Pero, claro, Hollywood
puede ser obvio aunque a veces no muy estúpido. Saben que si un guión es malo,
buenos actores quizá no lo rescaten, pero al menos pueden hacerlo más
soportable. El gran Bryan Cranston, como el político esposo de Zeta Jones, a
fuerza de mucho oficio y tremendo talento transforma un no-gag en gag y
no-chiste en chiste. El no menos grande Paul Giamatti hace un caldo cuasi
nutritivo con el hueso pelado de su “representante desalmado”. Catherine Zeta
Jones sobreactúa a más no poder y se lo agradecemos porque otra cosa no puede
hacer y le da color a un personaje que en el fondo no es nada. Alec Baldwin y
Russell Brand están divertidos en el montaje paródico de la pareja feliz,
aunque no hacen mucho para dar sustento a sus personajes. No los culpo, tienen
algunas de las peores líneas cómicas de toda la historia de la comedia
cinematográfica. Hay también que sufrir algunas de las resoluciones escénicas más
torpes que se hayan visto jamás, como la del notero corriendo micrófono en mano
entre los bandos de los roqueros y de las anti-roqueras. No abundo para no
aburrir, sin embargo, créanme, hay otras secuencias antológicas de inenarrable
torpeza.
Y ¿el deleite? Vino por el lado del primer número de Zeta
Jones, exageradamente tenso pero efectivo, del breve diálogo de la parejita en
el último encuentro detrás del cartel de Hollywood, no es porque fuera muy bueno,
pero por como veníamos, parecía de un Neil Simon inspiradísimo, y (jamás pensé
que lo diría, el caballero dista mucho de ser santo de mi devoción) por lo que
hace Tom Cruise. Está estupendo de toda “estupendez”.
En definitiva, en la dicotomía que mencionábamos al comienzo
¿dónde me pongo? En el medio. La era del
rock alterna permanentemente una de cal y una de arena. Es un bodrio, pero
algunas canciones, los actores y la cantante Mary J Blige la salvan de la caída
al abismo de los bodrios irrecuperables, aunque juega todo el tiempo con el
borde del precipicio. Dirigió, es una manera de decir, Adam Shankman.
Un abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 10 de agosto de 2012
La fuerza del amor
Luc Besson es más francés que le croissant, la baguette o
l’éclair. Sin embargo es el más hollywoodense de los realizadores europeos. A
las pruebas me remito: Azul profundo,
Nikita, El perfecto asesino, El quinto elemento. Aunque le ha dado un toque
de finesse, d’auteur a la estandarizada receta yanqui del cine de acción.
La fuerza del amor (The
lady, en el original) es su segunda biopic (película biográfica) si
consideramos como tal su pochoclerísima Juana
de Arco. Se centra en Aung San Suu Kyi, una líder pacifista birmana que se
opone a una dictatorial Junta Militar. Ya se sabe, en las dictaduras la vida no
vale nada y Suu conserva su pellejo primero por la superstición de un general y
después por la siempre atendible razón de que contra un enemigo vivo se puede
luchar mientras que con un mártir no queda otra que verlo agigantarse. La dama,
que lo es en todo el sentido de la palabra, cuenta con el apoyo incondicional
del marido y padre de sus dos hijos, Michael Aris, un erudito inglés en
cuestiones orientales.
The lady comete todos los pecados veniales y
mortales de una biopic. Idolatra a su protagonista, simplifica lineamientos
políticos que se intuyen más complejos y banaliza dilemas éticos
inconmensurables. Con buen criterio Besson muestra cuidado y reserva en el
registro de las atrocidades de una dictadura, lo que resulta paradójico en
alguien que no tuvo restricciones en pergeñar sadismos varios en producciones
anteriores. Pero claro aquello era ficción pura y esto realidad amarga: la
crueldad de los dictadores supera la imaginación descabellada de cualquier
autor. De todos modos el peor pecado del film, la santificación de su
protagonista (de la que se ríen en un tierno diálogo) es absuelto por la
franqueza que exhibe. Es una película militante, el problema sigue sin
resolverse, Birmania continúa bajo una dictadura y se dice por ahí: Ustedes que
tienen libertad ayúdennos a obtener la nuestra. La señora ganó en 1991 el
otrora significativo Premio Nobel de la Paz, devaluadísimo ahora desde que se
lo dieron a ¡Obama!
El film triunfa o sea gana en temperatura emocional cuando se
concentra en detalles: la radio sin pilas, el teléfono espasmódico que
incomunica más que comunica, el piano que enseña la palabra música o los dedos
del asesino que se despiden en el gesto de disparar un arma. Es cuando lo
político se convierte en peripecia humana que se logra la conmoción y la
solidaridad del espectador.
Me costó entrar en la película, un problemita que tengo
últimamente. Es que el cine contemporáneo es tan previsible, tan verificable,
tan fácilmente decodificable que uno al segundo fotograma ya sabe de qué viene
el trámite y se padece un déjà vu que dura toda la proyección. Como siempre los
actores vinieron a mi rescate. Una mirada desesperada, triste y piadosa de
Michelle Yeoh me hizo entrar y la historia ya no me soltó. Yeoh nació en
Malasia y tiene una carrera muy particular. Estudió danza en Londres, fue reina
de la belleza, triunfó en el cine haciendo acrobacias y artes marciales en
películas de acción, hasta coprotagonizó un par con, nos ponemos de pie y
hacemos una reverencia, el genial Jackie Chan. Occidente la conoció cuando
James Bond era Pierce Brosnan en El
mañana nunca muere y alcanzó notoriedad mundial con la inolvidable El tigre y el dragón. Después Hollywood
la usó en varios despropósitos, pero no importó, porque ya sabíamos que era una
actriz maravillosa. Aquí deslumbra. Hay una foto del estreno, en la que Besson
se inclina y le besa la mano. No es un aspaviento francés, es el reconocimiento
sincero a una grande. El bueno de David Thewlis es el marido, que hace una cosa
medio rara, por momentos su actuación tiene profundidad y sutileza y en otros
un trazo grueso con acabado de hilo chanchero. Sea como fuere, tamaño contraste
lo vuelve hipnótico.
Un abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 3 de agosto de 2012
Amigos intocables
Philippe (François Cluzet) es un francés cincuentón rico, aristocrático,
culto, sin ninguna necesidad a satisfacer,
con un pequeño problema, está tetrapléjico después de un accidente en
parapente. Driss (Omar Sy) es un senegalés treintañero pobre que acaba de salir
de la cárcel, sin oportunidades, con todas las necesidades a satisfacer. Driss
está en la casa de Philippe, bueno, un palacete de aquellos en realidad, para
ser rechazado en el trabajo que se ofrece o sea cuidarlo. Tres rechazos le
permitirán acceder al seguro de desempleo. Sin embargo el desparpajo, la espontaneidad,
la indiferencia o más bien la falta de lástima por su condición conquistan a
Philippe y a Driss le ofrecen el trabajo. Cada uno tiene lo que el otro carece
y más allá del contrato que los une, surgirá una amistad incondicional.
Amigos intocables, si no se basara en un documental
que registra esta historia verdadera, sería desestimada como el colmo del
caradurismo de un guionista manipulador a ultranza. Tiene todos los elementos
de un melodrama ramplón y el catálogo completo de las triquiñuelas marketineras
berretas, pero más allá del derroche de encanto que se permiten en la
narración, el hecho existió y confirma que
la vida se comporta de vez en cuando como un cuento de hadas.
Esta película de Olivier Nakache y Eric Toledano fue un
tremendo éxito en las pantallas francesas el año pasado y se vendió muy bien en
los países en los que fue distribuida. Es comprensible. Está filmada con
elegancia clásica, sensibilidad astuta y bastante buen gusto. Como si se
hubieran dicho: Tenemos una historia linda y “buena”, hagámosla lo más linda y
buena posible (según los cánones comerciales de “bondad” y belleza más
estandarizados, claro).La musicalización es tan dulce que si uno obvia la culpa
y el prejuicio el oído se deja acariciar con placer. Y los actores redimen la historia de todos
sus excesos de seducción y de su obstinada voluntad de agradar.
Cuando comenzó, pensé que iba a detestarla, pero la
convicción con que está contada, el nivel de compromiso con los personajes es
tal que terminé “comprándola”. El final certifica
que es honesta y que todo cinismo fue inútil. Que se le va a hacer, habrá que
aceptar que los milagros también se dan.
Un
abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 27 de julio de 2012
Todo queda en familia
En las vacaciones de invierno, los cines se llenan de niños,
padres y adolescentes con baldes de pochoclo y gaseosas para alimentar las eras
de hielo cuaternarias, los terceros madagascares, las valientes pelirrojas
pixar-disneylandianas, los sorprendentes (?) hombres arañas y los murciélagos
ensombrecidos de masacres. Sin embargo los distribuidores no descuidan a los
minoritarios adultos cinéfilos y nos sorprenden con una película croata de
2010.
Me divierte la idea de ver una película sobre la que no sé nada,
firmada por un director del que me acabo de anoticiar. Tanto me divierte la
idea que se me cruza verla y no contarles nada para que ustedes pasen por la
misma experiencia. Aunque, claro, si hiciera esto, ¿para qué corno tendría este
blog? De modo que me pongo a averiguar de qué viene la peli. Primero miro el
tráiler y veo que anda por los andurriales de la infidelidad, tema sabroso y
eterno. Descubro también que ganó un premio en el festival de Karlovy Vary. El
original se titula Neka ostane medju nama,
que sabrá Dios cómo se traduce; en inglés se la llamó Just between us (Entre
nosotros) y en español: Todo queda en
familia. A uno de los protagonistas, Miki Manojlovic, lo hemos visto en
varias películas de Kustirica y en otros tantos films franceses. Leo por ahí
que el director Rajko Grlic dijo: "nuestra vida está muy determinada por
nuestros empleadores, familia, iglesia, estado, medios de comunicación y
dinero. Parece que lo único que resta susceptible de cambio es la persona con
quien compartir nuestra cama. Hoy en día, los adúlteros reemplazan a los
bandidos de ayer -los revolucionarios, los rebeldes y los visionarios-. Según
los sociólogos, la emoción de la rebelión, el dulzor de romper las reglas y el
peligro de cruzar hacia lo desconocido han quedado reducidos a una aventura
llamada adulterio". Interesante idea rectora.
Hace transcurrir la acción en Zagreb, capital y ciudad más
grande de Croacia, a la que equipara con cualquier otra metrópolis europea, por
momentos parece París, en otros Lisboa. La trama, una vez completa, se asemeja
a una mezcla de Almodóvar con un culebrón brasilero-colombiano, aunque la
musicalización me devolvía a las telenovelas argentinas de los setentas y
ochentas, subrayadas también por Satie y reconfortantes melodías. El tono es
agridulce y las actuaciones, impecables.
Al principio la odié y de a poco me fue seduciendo. Se exhibe
en horarios difíciles, pero vale la pena acercarse, aunque más no sea para visitar
una cinematografía que frecuentamos muy poco.
Un abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 20 de julio de 2012
El dictador
Las generalizaciones más que malas son peligrosas. Si son
negativas derivan en prejuicios. Si son positivas se convierten en corrección
política. Ambos extremos son enemigos del discernimiento libre y saludable. Los
prejuicios engendran fundamentalismos y fanatismos. La corrección política, si
no es genuina o ingenua, alberga esa cosa hipocritona mal.
Sacha Baron Cohen, como buen autor satírico, se las ingenia
para atacar a ambos. Aunque la que más sufre es la corrección política porque
su progresismo es endeble y cubre con el manto de piedad más de lo que debe. Con
El dictador, Baron Cohen se aparta
del esquema de falso documental que usara en Borat y en Brüno, intenta
una trama tradicional propulsada a gag y chiste que está más cerca de ¿Dónde está el piloto? que de One, two, three. El resultado puede que
sea desparejo, pero ya lo era, incluso con las cámaras ocultas, en las dos
precedentes. Aunque está más allá de toda discusión el discurso final en The
Lancaster, antológico y de una genialidad absoluta.
Convengamos que la sátira no debe medirse con los cánones de
la comedia. Por su esencia reniega de toda prolijidad, corrección o del tan
cacareado buen gusto. La sátira es re “des”: desmadrada, desmesurada,
desaforada. De allí que cuando logra "épater le bourgeois" se la
acusa de obscena, escatológica y atrevida. La sátira se mide por la eficacia de
sus descalabros, por la claridad conceptual de sus ataques. Y si en ese campo
se miden las de Baron Cohen son más que logradas.
Otra cosa que diferencia a El dictador de Borat y Brüno es que en éstas le escapaba al
estereotipo y sus personajes más allá de los colores fuertes se perfilaban con
humanidad. Aladino, el dictador vitalicio de Wadiya, un inventado país
norafricano, es estereotipo liso y
llano, lo que no le resta contundencia a sus embates.
En lo personal debo confesar que poder apreciar el trabajo de
Baron Cohen me rejuvenece. Mis contemporáneos suelen rechazar sus excesos, les
da cositas algunos chistes y culpa, ciertas barbaridades. Yo, en cambio, como
los jóvenes, me deleito a lo grande.
Un
abrazo, Gustavo Monteros
Los tres chiflados
Los
tres chiflados no es, como pudiera esperarse, otra vampirización de
una vieja serie de televisión para que los descerebrados productores puedan
vender toneladas de pochoclos. No, es una carta de amor de los hermanos Bobby y
Peter Farrelly (Tonto y retonto, Loco por
Mary, Irene, yo y mi otro yo, Inseparablemente juntos, Amor ciego) al trío
que alegró sus infancias. Sean Hayes (Will
& Grace) es Larry, Will Sasso es Curly y Chris Diamantopoulos es Moe. En
algún momento se habló de que estos roles pudieran ser cubiertos por Jim
Carrey, Sean Penn, Benicio del Toro o Robert De Niro, pero los Farrelly
prefirieron que tremendas personalidades no se antepusieran a los personajes
del adorado trío. Los voraces productores hubieran preferido lo contrario, no
se necesita ser muy despabilado para suponer que es más fácil vender a Penn o a
De Niro que a Sasso o Diamantopoulos. Como toda carta de amor, pueda que tenga
faltas ortográficas o de sintaxis, aunque nada de eso sea de relevancia a quien
va dirigida.
Para fanáticos y nostálgicos de Los tres chiflados. El resto va por su cuenta y riesgo.
Un abrazo, Gustavo Monteros
El camino
El camino (The
way, 2010) es una especie de pyme familiar. Está escrita y dirigida por
Emilio Estevez, protagonizada por Martin Sheen, padre del anterior y en un
pequeño papel esta Renée Estevez, hermana del primero e hija del segundo. Este
film es un buen ejemplo de un subgénero del drama al que podríamos denominar la
película sermón. O sea esas películas que antes que entretener o contar una
historia parecen responder al imperativo categórico moral o religioso de
subirse al púlpito e infringir lecciones de vida a diestra y siniestra. No
crean ver aquí una crítica implícita, es sólo una descripción.
Tom (Martin Sheen) tiene un hijo, Daniel (Emilio Estevez) con
el que no se entiende mucho. Daniel muere en un accidente y Tom, con los restos
del hijo en una urna, emprende el camino de Santiago de Compostela, que el hijo
se proponía desandar, para repartir las cenizas. Conocerá personas diversas y
su visión del mundo cambiará.
Ideal
para los que disfrutan de una buena homilía. El resto abstenerse. Un abrazo, Gustavo Monteros
viernes, 13 de julio de 2012
Plan perfecto
Jennifer Westfeldt, entre otras
cosas, vendría a decir que el casado de vez en cuando quisiera estar solo
porque se aburre, que el soltero de vez en cuando quisiera estar casado para
aburrirse un poco, que los padres a veces quisieran no haber tenido hijos para
descansar por un rato de demandas y obligaciones, que los que no son padres
quisieran a veces tener hijos para saber lo que es tener la vida alterada por
esa cosita que llora, caga, pide teta y se niega a dormir. Bien, dirán ustedes,
nada que no sepamos. Por supuesto, pero no se trata de decir sólo cosas
inéditas sino también de ratificar las que ya sabemos de un modo atrapante y
¿por qué no? más esclarecedor. ¿Lo logra? Veamos.
Jennifer Westfeldt, después de guionar
y protagonizar Besando a Jessica Stein
(2001) y Cásate conmigo otra vez
(2006) se le anima ahora con Un plan
perfecto (Friends with kids o sea
Amigos con hijos, en el original) a
la triple corona de escribir, protagonizar y dirigir. No diré que sale triple
campeona, hazaña que en algún momento lograron el ahora castigadísimo Woody
Allen (¿por qué tanto odio con el hombre?, ¿les violó una hija?, ¿los cagó con
guita?, ¿los dejó en la calle?, ¡sólo hace películas!, tanta saña revela más la
miseria de quien denosta que de quien es denostado) o el recientemente
justipreciado Kenneth Branagh, pero la chica algún lauro obtiene.
Jennifer Westfeldt ensaya una
comedia romántica distinta. Julie (Jennifer Westfeldt) y Jason (Adam Scott) son
los amigos solteros del grupo. Los demás están casados, Missy (Kristen Wiig)
con Ben (Jon Hamm) y Leslie (Maya Rudolph) con Alex (Chris O’Dowd). Dos
matrimonios bien avenidos mientras no tienen hijos. Cuando los retoños lleguen,
uno sorteará el estrés más o menos felizmente y el otro sucumbirá a la
frustración y el reproche. Julie, apurada por el reloj biológico, se preguntará
por qué no tener un hijo con su amigo Jason y después seguir cada uno por su
cuenta con la búsqueda de su pareja ideal. Jason estará de acuerdo y aceptará
el plan. El experimento parece funcionar, pero ¿hay una manera perfecta de
sortear las dificultades que entraña tener un hijo?
Hoy, por suerte, hay tantas
maneras de fundar una familia como las que dicta el amor. Algunas son más
aceptadas que otras. Ya nadie levanta una ceja si los miembros de una pareja
divorciada con hijos vuelven a casarse con personas que también traen hijos a
la nueva unión (las tan mentadas parejas ensambladas). Las parejas del mismo
sexo con hijos son miradas con suspicacia por los mayorcitos, criados con otra
concepción de la vida, pero no por los jóvenes, los adolescentes y los niños,
que aceptan con naturalidad la vida multiforme. Entre estos extremos, hay otras
formas de familia, como la de las madres o padres solteros (conocidas también
como familias monoparentales), etc. Julie prueba la de una familia de amigos.
Como decíamos Jennifer Westfeldt
ensaya una comedia romántica distinta, pero se queda en el ensayo. Hace un
planteo audaz aunque no lo lleva hasta las últimas consecuencias. Cuando llega
a la resolución, se deja tentar por convencionalismos que huelen a
claudicación.
En resumen, una primera hora
cercana a la impecabilidad, con diálogos filosos, situaciones mordaces,
personajes ricos actuados con profundidad y una media hora final tan
tranquilizadora de conciencias que hasta a Doris Day le hubiera parecido poco
transgresora.
Ah, el envidiable reparto se
completa con Megan Fox que hace de chica bella narcisista con atributos como
para curar la impotencia (bien, porque le da el cuero) y el también guionista,
actor y director Edward Burns que se divierte a lo grande con su Sr. Perfecto (el
hombre es uno de los pocos que tiene espalda para tal cometido).
Un abrazo, Gustavo Monteros
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