viernes, 20 de julio de 2012

El camino


El camino (The way, 2010) es una especie de pyme familiar. Está escrita y dirigida por Emilio Estevez, protagonizada por Martin Sheen, padre del anterior y en un pequeño papel esta Renée Estevez, hermana del primero e hija del segundo. Este film es un buen ejemplo de un subgénero del drama al que podríamos denominar la película sermón. O sea esas películas que antes que entretener o contar una historia parecen responder al imperativo categórico moral o religioso de subirse al púlpito e infringir lecciones de vida a diestra y siniestra. No crean ver aquí una crítica implícita, es sólo una descripción.

Tom (Martin Sheen) tiene un hijo, Daniel (Emilio Estevez) con el que no se entiende mucho. Daniel muere en un accidente y Tom, con los restos del hijo en una urna, emprende el camino de Santiago de Compostela, que el hijo se proponía desandar, para repartir las cenizas. Conocerá personas diversas y su visión del mundo cambiará.
Ideal para los que disfrutan de una buena homilía. El resto abstenerse.

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 13 de julio de 2012

Plan perfecto


Jennifer Westfeldt, entre otras cosas, vendría a decir que el casado de vez en cuando quisiera estar solo porque se aburre, que el soltero de vez en cuando quisiera estar casado para aburrirse un poco, que los padres a veces quisieran no haber tenido hijos para descansar por un rato de demandas y obligaciones, que los que no son padres quisieran a veces tener hijos para saber lo que es tener la vida alterada por esa cosita que llora, caga, pide teta y se niega a dormir. Bien, dirán ustedes, nada que no sepamos. Por supuesto, pero no se trata de decir sólo cosas inéditas sino también de ratificar las que ya sabemos de un modo atrapante y ¿por qué no? más esclarecedor. ¿Lo logra? Veamos.

Jennifer Westfeldt, después de guionar y protagonizar Besando a Jessica Stein (2001) y Cásate conmigo otra vez (2006) se le anima ahora con Un plan perfecto (Friends with kids o sea Amigos con hijos, en el original) a la triple corona de escribir, protagonizar y dirigir. No diré que sale triple campeona, hazaña que en algún momento lograron el ahora castigadísimo Woody Allen (¿por qué tanto odio con el hombre?, ¿les violó una hija?, ¿los cagó con guita?, ¿los dejó en la calle?, ¡sólo hace películas!, tanta saña revela más la miseria de quien denosta que de quien es denostado) o el recientemente justipreciado Kenneth Branagh, pero la chica algún lauro obtiene.

Jennifer Westfeldt ensaya una comedia romántica distinta. Julie (Jennifer Westfeldt) y Jason (Adam Scott) son los amigos solteros del grupo. Los demás están casados, Missy (Kristen Wiig) con Ben (Jon Hamm) y Leslie (Maya Rudolph) con Alex (Chris O’Dowd). Dos matrimonios bien avenidos mientras no tienen hijos. Cuando los retoños lleguen, uno sorteará el estrés más o menos felizmente y el otro sucumbirá a la frustración y el reproche. Julie, apurada por el reloj biológico, se preguntará por qué no tener un hijo con su amigo Jason y después seguir cada uno por su cuenta con la búsqueda de su pareja ideal. Jason estará de acuerdo y aceptará el plan. El experimento parece funcionar, pero ¿hay una manera perfecta de sortear las dificultades que entraña tener un hijo?

Hoy, por suerte, hay tantas maneras de fundar una familia como las que dicta el amor. Algunas son más aceptadas que otras. Ya nadie levanta una ceja si los miembros de una pareja divorciada con hijos vuelven a casarse con personas que también traen hijos a la nueva unión (las tan mentadas parejas ensambladas). Las parejas del mismo sexo con hijos son miradas con suspicacia por los mayorcitos, criados con otra concepción de la vida, pero no por los jóvenes, los adolescentes y los niños, que aceptan con naturalidad la vida multiforme. Entre estos extremos, hay otras formas de familia, como la de las madres o padres solteros (conocidas también como familias monoparentales), etc. Julie prueba la de una familia de amigos.

Como decíamos Jennifer Westfeldt ensaya una comedia romántica distinta, pero se queda en el ensayo. Hace un planteo audaz aunque no lo lleva hasta las últimas consecuencias. Cuando llega a la resolución, se deja tentar por convencionalismos que huelen a claudicación.

En resumen, una primera hora cercana a la impecabilidad, con diálogos filosos, situaciones mordaces, personajes ricos actuados con profundidad y una media hora final tan tranquilizadora de conciencias que hasta a Doris Day le hubiera parecido poco transgresora.

Ah, el envidiable reparto se completa con Megan Fox que hace de chica bella narcisista con atributos como para curar la impotencia (bien, porque le da el cuero) y el también guionista, actor y director Edward Burns que se divierte a lo grande con su Sr. Perfecto (el hombre es uno de los pocos que tiene espalda para tal cometido).
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 6 de julio de 2012

El chico de la bicicleta


Syril (Thomas Doret) es pelirrojito y tiene unos 11 años. Sostiene el teléfono e insiste en llamar. El adulto que está con él le dice que es inútil, que ya sabe la respuesta. Syril de todos modos llama. El mensaje automático le dice que ese número ya no existe, que ha sido dado de baja. Syril quiere entonces llamar al portero del edificio donde vivían. El adulto le dice que ya lo han hecho, que sabe la respuesta. Syril no puede comprender que su padre se haya mudado sin decírselo, sin haberle traído la bicicleta como prometió. Comprendemos así que Syril está en un hogar de acogida en el que su padre lo ha dejado y que el adulto es un tutor de la institución. Syril intenta escapar, lo agarran. Al día siguiente escapará de la escuela, llegará al edificio de su domicilio anterior, hablará con el portero, quien le dirá que su padre se ha ido, que no tiene la nueva dirección, que el departamento está vacío. Pero Syril es como un perro abandonado, tenaz y obcecado, no en vano después lo apodarán Pitbull. Toca entonces el timbre de unos consultorios médicos de la planta baja, dice que se cayó y que se lastimó y que necesitan que lo vean. Le abren la puerta. Syril sube al quinto piso, al viejo departamento. Golpea, golpea. Un vecino le dice que no hay nadie, que está vacío, que se vaya. Se sienta en las escaleras y ve venir a los tutores del hogar de acogida. Trata de huir. Cercado, se meterá en los consultorios médicos. Los tutores lo siguen. Syril se abraza a una mujer sentada en la sala de espera y la hace caer. Sólo se calmará cuando el portero le asegure que puede dejarlo entrar al departamento en el que vivía. Comprueba que no hay nada, que su bicicleta no está. Días más tarde, aparecerá la mujer del consultorio a la que se aferró. Se llama Samantha (Cécile de France) y le trae su bicicleta. Le cuenta que se la compró a un chico del vecindario a quien su padre se la vendió. Syril dice que no es posible y que si no es su bicicleta no la quiere. Comprueba que el rayón que le hizo sigue ahí, que es la suya, dice que su padre no debe haberla vendido, que se la deben haber robado. Samantha parte en su auto, recorre el callejón hacia la calle, pero cuando está por trasponer los portones de entrada, Syril le pide que lo saque los fines de semana. Samantha dice que no cree que sea fácil. Syril le asegura que sí, que es fácil, que siempre están escasos de familias adoptivas temporarias para los fines de semana. Entonces…

Y no crean que conté media película, no, conté sólo los primeros tres o cuatro minutos. Los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne (La promesa, Rossetta, El hijo, El niño, El silencio de Lorna) narran a acción pura. Sus personajes son “físicos”, pragmáticos, hablan poco y cuando lo hacen son directos. No se andan por las ramas y lo que no pueden decir, lo callan a cal y canto.

Los hermanos Dardenne aborrecen la sensiblería habitual. Jamás hay planos bonitos y violines llorones. La única música con sentido dramático que se usa es un brevísimo fragmento del “Adagio un poco mosso” del Concierto para piano N° 5 “El emperador” de Beethoven. Pero préparez vos mouchoirs (preparen los pañuelos) porque la emoción que provocan es pura y fuerte. Proviene de la acción, del movimiento, del hecho, no de la manipulación berreta seca-lagrimales yanqui. Lo de ellos no es el melodrama, no, es el drama seco, parco. Es como un bofetón. Como un bofetón merecido y bien dado, del que no hay que disculparse.

El chico de la bicicleta es un film de tres íes: insoslayable, imperecedero, inolvidable.

Un abrazo, Gustavo Monteros
(Ah, el padre de Syril es Jérémie Renier, el que hace de curita belga en Elefante blanco de Trapero.)

viernes, 29 de junio de 2012

A Roma con amor






Para los cinéfilos agradecidos, no para los críticos que desde hace 20 años lo tienen como su punching ball preferido, Woody Allen es un amigo de toda la vida, que una vez al año nos invita a una cena que él mismo cocina. A veces el menú es genial, otra exquisito y las menos, apenas digerible. Nosotros, los cinéfilos agradecidos, comemos con deleite (sincero a veces, de fabricado entusiasmo otras), nos limpiamos la boca y agradecemos siempre el convite. Porque él es un amigo y los amigos no tienen por qué ser siempre geniales. Tiene sus mañas, filma rápido, mucho plano y contraplano, y a veces le da pereza revisar los guiones. Se lo decimos, entre bromas, con educación y respeto, porque es un amigo. Pero en el fondo no nos importa y se lo perdonamos porque ¿qué amigo es perfecto?
Últimamente, alejado de su musa Nueva York, se le dio por pasear por Europa. Ya anduvo por Londres, Barcelona, París y ahora le toca el turno a Roma. Para la próxima vuelve a los Estados Unidos, más precisamente a la muellística y puentística San Francisco.
Roma es la Ciudad eterna y con Woody tiene un poco menos de suerte que París, la Ciudad luz. Y sí, A Roma con amor no es Medianoche en París. Aunque, claro, los críticos me adelantaron que me encontraría con un bodrio indigerible, insulso y malcocido, y, oh sorpresa, A Roma con amor no figurará entre sus mejores obras, pero está lejos de esos títulos que rozan la impresentabilidad, que también los tiene.
Se vertebra en cuatro historias, dos con italianos y dos con norteamericanos. Un puestista de ópera jubilado (Woody Allen), casado con una psiquiatra (Judy Davis), viene a Roma a conocer al novio (Flavio Parenti) de su hija (Alison Pill) y descubre que su futuro consuegro (Fabio Armiliato) es un cantante de ópera magnífico. Salvo que sólo puede cantar en la ducha. Una pareja de recién casados, Antonio (Alessandro Tiberi) y Milly (Alessandra Mastronardi) llega a Roma a hacer buenas migas con los parientes ricachones y bienudos de él. Pero ella se perderá y atajará los manotazos del primer actor Luca Salta (Antonio Albanese) y él terminará “liado” con una prostituta, Anna (Penélope Cruz). Un arquitecto rico y famoso, John (Alec Baldwin) aconsejará a un estudiante de arquitectura, Jack (Jesse Eisenberg) indeciso entre dos mujeres, Sally (Greta Gerwig) y Mónica (Ellen Page). Y un italiano común y corriente, Leopoldo (Roberto Benigni) disfrutará y padecerá los “15 minutos” de fama.
Como siempre con Allen, hay referencias cinematográficas directas e indirectas. Por ejemplo, la historia de Alec Baldwin evoca a la inolvidable Nos habíamos amado tanto (Ettore Scola, 1974). Y el policía de tráfico y el vecino del final recuerdan a los narradores de algunos films de Fellini. La historia de la parejita tiene más de una impronta de De Sica.  Mientras que al segmento de Benigni, bien lo podrían haber firmado Monicelli o Risi.
Se preocupa porque Roma luzca bella, hay cuidado en la puesta en escena y todos los actores brillan. Aunque hay problemitas de guión, unas cuantas podas no le vendrían mal y más líneas brillantes le vendrían bien. Pero su oficio es tan grande que algunas situaciones están muy bien planteadas y mejor resueltas.
Se dijo por ahí que abusa de la moralina. Más que una crítica es una descripción de estilo. Las cuatro historias son cuentos morales con moraleja explícita. No se necesita ser un experto en Allen para saber que esta vez los subrayados son a propósito. El hombre tiene una larga historia con films de implicancia indirecta sin ningún acentuado. Frenen con la mala leche, críticos del mundo, y fundamenten lo que digan. Gánense  el mango con decencia y no digan pavadas.
Woody Allen repite su personaje habitual con más de un guiño para su público habitual. Judy Davis tiene un personaje mal armado o armado a medias, de todas maneras se luce porque Allen le reservó los remates brillantes que la actriz emite con placer e inteligencia. Penélope Cruz es una prostituta descarada deliciosa. Roberto Begnini está perfecto en su don nadie bendecido y maldecido por la súbita fama. Alec Baldwin, Jesse Eisenberg y Ellen Page están felices de filmar con Allen y pulen sus parlamentos y personajes. Los demás actores italianos están tan cómodos y fluidos que parecen haber trabajado con Allen toda la vida.
En resumen, no fue el plato de fideos babosos con salsa ácida que me dijeron que era, no, es más bien un plato de fideos de paquete con salsa casera, sencilla y sabrosa. Tal plato de fideos puede que no sea inolvidable, pero está mal de la cabeza quien niegue que cuando hay hambre no sea éste un plato de lo más bienvenido.
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 23 de junio de 2012

Un amor imposible



Lasse Hallström es un director sensible, muy sensible. Pero su eficacia deriva de las bondades de los originales. Si el material es bueno como en ¿A quién ama Gilbert Grape? o Las reglas de la vida logra un resultado decente, que perdura. Si es malo, no es de redimir con arte lo espurio. Querido John es tan bodrioso y berreta como la novela que le dio origen.

Esta vez el original (una novela de Paul Torday) parecía promisorio. Al menos para una farsa política de primer nivel, género tan infrecuente como el famoso unicornio. Después de volar una mezquita que hace la participación de los ingleses en Afganistán más antipática todavía, la jefa de prensa del primer ministro (Scott-Thomas), necesita una noticia amable de alguna coincidencia de intereses entre ingleses y musulmanes. Entonces “fabrican” una que estaba en proceso de realización. Un sheik (Amr Waked) pretende armar un río para pescar salmones en tierras desérticas de Yemen. Una asesora de inversiones (Blunt) se contacta con un experto ictícola (McGregor) para viabilizar el proyecto y entonces…

Pero como indica el anodino título que aquí le pusieron, Amor imposible, Hallström se concentró en lo que más conoce o en lo que mejor le sale: la comedia romántica, con más romance que comedia. Todo bien, pero se nota mucho que desvirtúa algo que en el frente y en el todo apunta para otro lado: la incorrección política, la ironía y el cinismo revelador.

Es inevitable que venga a la mente el recuerdo de Uno, dos, tres (1961) de Billy Wilder, farsa política modélica que también se motorizaba por una historia de amor. Ésta podría haber sido una respuesta contemporánea a aquel clásico inoxidable, pero optaron por la habitual venta de pochoclos sentimentales. Una pena, que sin embargo puede disfrutarse por los actores.

Ewan McGregor está muy bien en su primer galán maduro (Dios mío, cumplió 40 años, ayer nomás, era el adolescente de Trainspotting). Su personaje es el que hace que el amor sea “imposible”. Es tan reservado, estirado, metódico y reprimido que si no fuera interpretado por Ewan sería muy difícil desarrollar la más mínima empatía con un ser tan enojoso. Claro, cambiará, a fuerza de las “lecciones de vida” que le propinan  Hallström y sus guionistas.

Emily Blunt destella belleza y talento. (Por favor, que alguien le dé pronto un papel que la catapulte a la fama imperecedera, es una de las pocas actrices jóvenes que no le teme al superestrellato).

Kristin Scott-Thomas (espléndida como el primer día, pero resignada desde hace rato a que le den sólo papeles de dama madura) brinda una interpretación briosa que se agradece. Está como en otra película, la película que debió haber sido.

Para contrarrestar la demonización habitual a los musulmanes, los guionistas se dejan ganar por una corrección política tan acendrada que el sheik de Amr Waked es poco menos que un santo, un ejemplo de sabiduría con una tendencia al misticismo, al mantra de autoayuda y la frase altisonante. Habla muy bien de este actor egipcio que logre un personaje digerible.

En resumen, Salmonfishing in the Yemen (según su título en inglés o sea La pesca del salmón en Yemen) pudo haber sido un peliculón pero es apenas una peliculita.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 15 de junio de 2012

El secreto de Albert Nobbs




"Hay algo tan profundamente conmovedor en la vida de Albert que nunca dejó de emocionarme”: dijo Glenn Close en un reportaje. Y sí, es así. Albert tiene la rigidez y ese aire absurdo de los hombrecitos de Magritte, el dulce patetismo del Carlitos de Chaplin y el despiste de un mozambiqueño en el Ártico. Es que por más que conozca la rutina de su papel, sus líneas, las entradas y las salidas, allá en el fondo está un poco perdido. Bueno, un poco no, muy. Es que Albert no es Albert, es Albertina. Y es Albert no por elección o identificación, no. Es Albert por accidente, por supervivencia. No era fácil ser huérfana en la Irlanda del siglo XIX. Nunca lo es, pero a veces es incluso más difícil. A los 14 años, después de una experiencia traumática como pocas, consigue un trabajo de una noche como mozo. Y no tarda en advertir las ventajas del rol, que nadie le presta mucha atención al sirviente perfecto, ése que no nota los secretos y las impudicias, el que se confunde con la pared contra la que se apoya. Entonces huye y es Albert. Pero la fuga es también una forma de prisión. Otra. No hay libertad en el engaño. En la omisión quizás, pero no en el engaño. Después de tantos años de máscara y disfraz, ya no sabe qué desear. A veces pareciera que quisiera ser un hombre, otras, una mujer. Tiene un sueño. Modesto. Que lo impulsa a un pragmatismo confundidor. Una noche accidentada lo hará entrever que quizá sea posible ser feliz. Si tan sólo…

El secreto de Albert Nobbs es un viejo y querido proyecto de Glenn Close. El original es una “novella” o cuento largo de George Moore que se convirtió en una obra de teatro que Close protagonizó en el off-Broadway en 1982. Primero barajó hacerla película con István Szabó con quien trabajó en Encuentro con Venus (1991). Terminó haciéndola con Rodrigo García con quien hizo Con sólo mirarte (1999) y Nueve vidas (2005).

García tiene sensibilidad, discreción y respeto por sus personajes, maneja los actores, sobre todo las actrices con firmeza y empatía. Cualidades que Glenn, veterana de varias guerras artísticas, aprecia y agradece, más en este caso, en que no sólo era el eje sino el mismísimo motor del proyecto. Escribió el guión, la letra de la canción, produjo el film, eligió casi todo el elenco y las locaciones principales. Sólo le faltó lo del plumero o la escoba ya sabemos dónde…

Y no lo hizo del todo mal. El guión es perfectible pero bueno, la canción es poética y sentida, a la producción no le falta nada y el elenco es soñado. Mia Wasikowska (la Alicia de Tim Burton) y Aaron Johnson (el glorioso Kick-ass) no fueron las primeras opciones, eran Amanda Seyfried y Orlando Bloom, pero como están más ocupados que yo los lunes, no pudieron participar, aunque alcanzaron a ensayar, de allí que aparezcan en los agradecimientos. Wasikowska está muy bien con su “damita joven”, Johnson no del todo en su galán con ingredientes. Pauline Collins (la inolvidable Shirley Valentine, 1989), que tanto sufriera junto a Glenn desandando el Paradise Road (de Bruce Beresford, 1997), está de rechupete como la dueña del hotel. Jonathan Rhys Meyers y John Light, que fueran hijos de Glenn en Un león en invierno, lucen esta vez más apostura que talento, pero no es culpa de ellos sino de los que les toca en suerte. Brenda Fricker, Antonia Campbell-Hughes, Maria Doyle Kennedy, Mark Williams, James Greene son un personal de cocina-comedor de lujo. Phyllida Law, la mamá de Emma Thompson, se hace notar entre los huéspedes. Pero mis favoritas en este film, aparte de Glenn, claro, son Janet McTeer (también travestida y nominada a varios premios al igual que Glenn) que hace de Hubert Page, un pintor de brocha gorda de lo más seductor y Bronagh Gallagher como Cathleen, una simpática y cálida modista. Y dejo para el final al inmenso Brendan Gleeson, que es el médico. De talento tan rotundo como su figura. Que sea él quien lleve adelante una de las escenas claves me mató. Su humanidad es tan luminosa que es imposible no conmoverse.

A Glenn Close ya no le falta nada, salvo ganar un Óscar. Ella sonríe y dice: “A menudo se me confunde con Meryl Streep, pero nunca en las noches de los Óscars.” Lleva seis nominaciones sin ganar. Comparte el podio de las seis nominaciones sin premio con Deborah Kerr y Thelma Ritter (pavada de compañía). Ya se le dará o no. No importa, todos tenemos un personaje favorito de Glenn y eso pesa más que el pisapapeles dorado “parecido a mi tío Óscar”. Hoy no sé si a la larga su Albert/Albertina superará en mi memoria a Iris Gaines (El mejor), a Maxie (Maxie), a Alex (Atracción fatal), a la marquesa Isabelle de Merteuil (Relaciones peligrosas), a Sunny von Bülow (Mi secreto me condena), a la Sra. Farraday (El secreto de Mary Reilly), a la reina Gertrudis (Hamlet), a la Primera Dama de Marte ataque, a la vicepresidente de Avión presidencial, a la Camille de La fortuna de Cookie, a Cruella de Vil de Los 101 y 102 dálmatas, a la Leonor de Aquitania de El león en invierno o a la Patti Hewes de Damages, lo que es seguro es que logró otro hito en su carrera y que tiene razón, Albert es conmovedor y se vuelve inolvidable.

Eso sí, el chico del pasillo sabe que Albert y Hubert algo esconden. Aunque más no sea porque su mirada es limpia. Se puede engañar a los adultos, pero nunca a un niño. A veces no hay sabiduría mayor que la ingenuidad.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 8 de junio de 2012

Mi semana con Marilyn





Mientras trabajó, para mi padre, los amigos, vecinos y parientes eran sólo nombres y saludos. Pero cuando se jubiló, desarrolló una curiosidad voraz, se aprendió vida y milagros de Dios y María Santísima y no había hecho, desliz o matiz que no comentara. Tenía su humor, como todo el mundo, y cuando lo cargábamos con que era un chusma de cuarta, contestaba: Lo mío no es chusmaje, es periodismo. A lo que voy es que en el fondo todos somos chusmas, porque si hasta mi padre abandonó décadas de discreción…

Aunque debo confesar que mi curiosidad periodística no es indiscriminada. Le deseo lo mejor, pero francamente los escándalos o la pudicia de Ayelén Paleo me importan cuatro pepinos. En cambio la privacidad de Marilyn Monroe provoca todo mi morbo. Quizá por su vida marcada de contrastes. Tuvo una infancia desgraciada (que le provocó una vulnerabilidad emocional que jamás superó) y una juventud llena de fama y éxito (que le dio pocas satisfacciones y ninguna felicidad). Su personaje público era el de la rubia pulposa y tarambana, pero en privado se sabía inteligente, quiso cultivarse y ser considerada también por su intelecto. Lo logró apenas. El envoltorio era demasiado contundente para que quisieran sus ideas. Su muerte (¿suicidio o asesinato?) abrió enigmas que hoy siguen irresueltos.

El príncipe y la corista (1957) de Laurence Olivier, basada en una obra del recientemente revalorizado Terence Rattigan que Leigh y Olivier habían protagonizado en el teatro, fue un experimento que salió mal. La propuesta era interesante. Unir a una de las estrellas más sensuales que la pantalla haya conocido Marilyn Monroe (Michelle Williams) con uno de los mejores actores del mundo Laurence (de sobrenombre Larry) Olivier (Kenneth Branagh). La película salió frígida. Cualidad que pone a cualquier comedia romántica en agonía irreversible.

Pero si la película fue un fiasco, el conflictivo rodaje deparó numerosas historias, una de las cuales cuenta Mi semana con Marilyn de Simon Curtis, nada más ni nada menos que el brevísimo y tenue romance entre Colin Clark (Eddie Redmayne) el tercer ayudante del director y la insegura y voluble estrella. Se trata de un relato apasionante, fascinante, que aparte de los mencionados involucra a un elenco de notables, tales como la maravillosa actriz Vivien Leigh (Julia Ormond), el genial dramaturgo Arthur Miller (Dougray Scott),el fotógrafo Milton Berne (Dominic Cooper), la primera dama del teatro inglés Sibyl Thorndike (Judi Dench) o la instructora actoral Paula Strasberg (Zoë Wanamaker), esposa de Lee Strasberg, el creador del Método, un sistema de actuación que revitaliza los postulados interpretativos de Stanislavsky. 

El guión, que se basa en los diarios de Clark y en un libro que también escribió sobre el tema, (El príncipe, la corista y yo), tiene la sinceridad y la veracidad de lo vivido y atestiguado en primera mano. Nos permite acceder a la intimidad de estos grandes nombres, a sus dudas y a sus desequilibrios.

Más allá de la eficacia narrativa, la destreza fotográfica, la bella música, ésta es una película de actores porque es una película de personajes únicos que halla los intérpretes ideales. No es muy original lo que diré porque lo han dicho casi todos. Michelle Williams y Kenneth Branagh parecen haber nacido para interpretar a Monroe y Olivier. Ella corporiza asombrosamente la sensualidad y complejidad de Marilyn. Y Kenneth hace un inesperado despliegue de talento. Inesperado porque cuando uno ya cree que los actores lo han dado todo y sólo les queda repetirse, encuentran un personaje que da cauce a un histrionismo aún inédito.

Todos los demás actores están impecables pero es imposible no detenerse en el chofer-guardaespaldas de Philip Jackson, el dueño del pub de Jim Carter o en el lujo de contar con Toby Jones y Derek Jacobi para pequeñas apariciones. Y en un papel importante, la bella y ahora más madura Emma Watson, ya alejada de su Hermoine de la saga de Harry Potter, exhibe el aplomo de haberse criado ante las cámaras. Con buenos papeles como éste puede forjar una carrera atendible. El personaje de Judi Dench, el de la actriz Sybil Thorndike, para quien el inmenso George Bernard Shaw escribiera su obra maestra Santa Juana,  puede aquí también parecer una santa, pero doy fe que lo que se registra en el film empalidece ante otras anécdotas que pude conocer sobre ella. Una gran estrella del teatro que fue además, según consenso unánime, una mujer libre, noble, íntegra y solidaria como pocas.

En conclusión: un film imperdible para cotillas o discretos (mi padre como pudimos ver fue ambas cosas y quizá yo haya heredado algo) porque ilumina conductas de famosos que a la hora del amor, la desesperación o la frustración se parecen a la de cualquier hijo de vecino. La fama como bien dice el tango es puro cuento.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 1 de junio de 2012

Cerrado por fiaca


Esta semana dos películas de lo más interesantes renuevan nuestra cartelera cinematográfica. La argentina Abrir puertas y ventanas de Milagros Mumenthaler que hasta ahora ganó premios en el festival de Mar del Plata y de Locarno. Digo hasta ahora porque quizá gane algunos más. Transcurre en una casona en la que tres hermanas, como las de Chejov, mujeres jóvenes entre 18 y veintitantos, elaboran el duelo de haber quedado solas de repente. Parece ser de esas películas que se vuelven apasionantes si se les da un poco de paciencia. La describen como “sensorial”, llena de elipsis, actuada como los dioses y que presenta la punta de un iceberg tan demoledor como intrigante: las relaciones fraternas. Y sí, uno comparte recuerdos, los mismos hechos, la misma crianza, pero se forjan personalidades tan contrastantes, que a veces deben recordarse los lazos de sangre para no romper el vínculo.

La otra es el pochoclo semanal: Blancanieves y el cazador de Rupert Sanders, que contra todo pronóstico parece usar los habituales efectos especiales con inteligencia. Se dice que recrea la historia de los Grimm con astucia, que está narrada con resonancias clásicas, que desarrolla ideas, cosa extraña si las hay en un film pochoclero, que la bella Charlize Theron ratifica su talento y que la también hermosa Kristen Stewart cimenta su carrera. Y como si fuera poco, andan por ahí los inmensos Toby Jones y Eddie Marsan.

Pero yo tengo fiaca de ir al cine esta semana. Vestirme y salir se me presentan como obstáculos insalvables. Tengo ganas de tirarme en la cama y cabecear mientras intento leer un libro. Espero sepan disculpar.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 25 de mayo de 2012

El exótico hotel Marigold


Decido pasar el 25 de mayo con Maggie Smith en El exótico hotel Marigold. Festejo patrio un poco inusitado el mío. O no, si se lo piensa bien. ¿Acaso uno no aprovecha también los feriados para visitar a la familia? Como me pasé la vida viendo películas con Maggie Smith, a esta altura del partido ella es como de mi familia.

El exótico hotel Marigold de John Madden, digámoslo sin empaques, es una historia de viejos. Siempre me gustaron las historias de viejos. Después de todo, si uno tiene suerte, es a viejo a lo que se llega. Ahora, incluso me gustan un poco más, porque seamos sinceros, uno ya está más cerca del geriátrico que del jardín de infantes.

Un grupo de 7 jubilados ingleses compra la opción de pasar los “años dorados” (eufemismo si los hay) en el hotel Marigold en la India. Se les promete confort, lujo, atención y exotismo a bajos precios. Cuando lleguen obtendrán mucha atención y exotismo, pero nada de lujo ni confort. Es que el hotel Marigold de los folletos es una ambición que existe, hoy por hoy, sólo en la imaginación de un veinteañero entusiasta (Dev Patel, el simpatiquísimo protagonista de Slumdog millionaire - ¿Quién quiere ser millonario?) Como la mayoría de estos jubilados no tiene para pagarse el pasaje de vuelta, deciden quedarse. Lo bien que harán. La vida les demostrará que aún tiene sorpresas para ellos.

El exótico hotel Marigold es una de esas películas que son lo que son y no se avergüenzan de serlo. Es un film “feel good” o sea vistoso, positivo y reconfortante. Los más jóvenes pueden llegar a amarlo. He notado que les encantan las películas con frases “importantes” y “lecciones de vida”. Si nosotros los “veteranos” nos educamos con películas en que las ironías se comprendían a la salida, cuando armábamos otra vez lo que habíamos visto; los más jóvenes, en cambio, prefieren (por las películas con las que les tocó crecer) que se les subraye lo que deben entender. Si se hiciera hoy una remake de El tesoro de Sierra Madre, los personajes que quedan vivos tendrían que “explicar” la inutilidad de esa aventura. Y si digo que amarían El exótico hotel Marigold es porque las frases importantes y las lecciones de vida están deletreadas. Sin embargo, esta vez, a los “veteranos” no nos molesta mucho tamaña exposición de lo evidente, porque, para variar, hay inteligencia e ingenio en el trámite.

Las historias son variadas. Hay dos que no quieren resignar el sexo. Él (Ronald Pickup) todavía busca la horma de su zapato. Ella (Celia Imrie) se resiste a morir como la abuelita cuida-nietos. Hay un hombre (Tom Wilkinson) que vuelve a la India a cerrar una historia de amor. La del único amor que tuvo en su vida. Hay una viuda (Judi Dench) a la que el marido sobreprotegió y que se siente estafada. Hay un matrimonio (Penelope Wilton y Bill Nighy) que lleva demasiados años de matrimonio sin comprender que al lazo hace rato que se le pasó la fecha de vencimiento. Y hay una vieja xenófoba como pocas (Maggie Smith) que, por un inesperado acto de amabilidad, comprenderá que sus “pares” la usaron, mientras que los “otros” no le dieron sino comprensión, apoyo y hasta una esperanza. Hay también una subtrama con el dueño del hotel (Dev Patel), su madre, su novia y el hermano de su novia.

Algunas historias conmueven más que las otras, y si tienen baches, son rellenados de inmediato por el inmenso talento de un elenco soñado.

En resumen, un hotel que se visita con beneplácito. Cualquier objeción por el estado de las habitaciones se anula por la luminosa capacidad histriónica de Maggie Smith, Judi Dench o Tom Wilkinson (menciono sólo mis favoritos, aunque los otros no le van a la zaga.

Confieso, nobleza obliga, ninguna película en la que Maggie Smith tenga un personaje a desarrollar puede ser del todo defectuosa. Ver actuar a Maggie es una de las maravillas y alegrías de esta vida pelandruna.

Un abrazo, Gustavo Monteros
Gracias, Maggie, me encantó tomar mate con tortas fritas con vos este 25.

jueves, 24 de mayo de 2012

El puerto


El médico: Y también a veces se dan los milagros.

La paciente: No en mi barrio.



El cine del finlandés Aki Kaurismäki (se pronuncia “oki kourismaki”, perdón no puedo con la deformación profesional) es subyugante como pocos. Sus personajes viven al margen, al día. De ayer. Les sobra casi nada y sin embargo tienen siempre algo para dar. Desconfían de lo institucionalizado y saben que sobrevivirán con la ayuda mutua. Van con el orgullo de los que tienen poco y pueden perder todo sin merma ni mella de la dignidad. Tienen cosas un poco anticuadas como si no pudieran poseer más que lo que los demás ya no quieren.

La puesta en escena va en consonancia con los personajes. Los planos son sencillos, secos. Los colores son definidos aunque un poco saturados, más como mojones de color que persisten a fuerza de tozudez. La música, que incluye al inolvidable Carlos Gardel, no subraya lo que pasa ni anticipa lo que vendrá. Aparece cuando la situación ya está en marcha, como para lo que se inició no se desande.

Todo es muy claro, mínimo, humilde aunque un poquitito absurdo. Como si los personajes lo hubiesen visto todo y se tomaran un ratito para decodificar lo que les toca y saber si deben transformar la sonrisa en una mueca. Porque aunque lluevan sapos y pestes, no pierden el humor como si estuvieran de vuelta de todo o a dieta de alprazolam y comprendieran que ya no vale la pena tomarse nada muy en serio porque a la larga algo te salva.

El puerto es un cuento que celebra las dos virtudes que primero se pierden cuando el neoliberalismo se enseñorea: la bondad y la solidaridad. Y es también un homenaje al cine y la cultura francesa. Toman calvados, hay una señora que se llama Arletty, el médico se apellida Becker como el director Jean, los policías visten impermeable y sombrero como Maigret, hay un bar que se llama La Marlene, una clienta de la verdulería es la Sra. Flaubert, el inspector es ¡Monet!, etc. Y no es un detalle menor que el médico sea interpretado por el actor y director Pierre Étaix y que un irreconocible Jean Pierre Léaud, el actor fetiche de Truffaut, sea el denunciante.

Un lustrabotas, que fuera un ex escritor devenido linyera, recuperado por una extranjera, sabe donde está un niño africano que se escapó de la policía cuando abrieron el contenedor con rumbo a Londres y que por un error informático quedó varado en Le Havre. Entonces…

El puerto es como el Segundo Vals de Shostakovich (http://enunbelmondo.blogspot.com.ar/#!/2012/05/mi-corazon-eglogico-y-sencillo.html) puede parecer melancólico pero es en esencia muy alegre.

Consejo de amigo, véanla, es una delicia. Pero véanla pronto, el cine de autor es un milagro en nuestras pantallas y como todo milagro no dura mucho ni se repite. Estas películas no suelen llegar a la segunda semana, o sobreviven en horarios incómodos y casi imposibles.

Si hasta ahora no han tenido la suerte de conocer a Aki Kaurismäki, aprovechen y no pierdan la ocasión. El señor es un maestro y conocer a los maestros, perdonen que me ponga sufí, siempre mejora la vida.
Un abrazo, Gustavo Monteros

sábado, 19 de mayo de 2012

La fuente de las mujeres



Como saben, procuro escribir cada semana sobre una de las películas que se estrenan en La Plata. Esta semana me propuse escribir sobre Elefante blanco, el último film de Trapero, pero entre ocupaciones y contingencias varias no llegué a verla todavía. De allí que haya resuelto escribir sobre una película que está en cartel y que se da desde hace algunas semanas. En su momento no escribí sobre ella porque se estrenó al mismo tiempo que la maravillosa Una separación y por evidentes razones preferí hablar de esta impar película iraní. Pero me rindo al designio, quizá estaba en mi camino hablar de La fuente de las mujeres. Empecemos.

La fuente de las mujeres de Radu Mihaileanu podría definirse como una reformulación de la vieja y querida Lisistrata en versión fábula ambientada en algún lugar de la península árabe. Como en la obra de Aristófanes, una huelga sexual motoriza el relato.

Si en Lisistrata las mujeres no volverán a cumplir con sus deberes maritales hasta que no acaben la guerra, aquí no volverán a consentir tener relaciones hasta que no consigan los hombres que el agua lleve al pueblo o vayan ellos a buscarla a la montaña. Por una antigua tradición son las mujeres las que deben proveer el agua, trepar las pedregosas laderas y bajar cargadas con los pesados baldes. La tradición, según se cuenta, nació en épocas en que los hombres protegían las casas de ataques de pueblos vecinos. Ya no hay guerra ni trabajo, los hombres se pasan el día en el bar y las mujeres siguen cargando el agua como mulas. Pero la pesadez de la carga y las caídas las hacen perder embarazos o las hacen parir niños muertos. Eso será la gota que derramará no el vaso sino el balde en este caso.

Al cine de Mihaileanu (El tren de la vida, Ser digno de ser, El concierto) le cabe lo que se decía del cine de Claude Lelouch cuando yo era chico: los personajes y las situaciones son tan atractivos, vitales y seductores que se le perdona todo lo demás. En el caso de Mihaileanu serían las simplificaciones, los maniqueísmos, la ausencia de todo rigor y el atrevimiento de meterse con temas riesgosos y tratarlos con la levedad de los cuentos de hadas.

Sin embargo, uno se enamora de sus personajes. Y ya se sabe el amor es demasiado difícil y azaroso como para buscarle defectos cuando se da tan así de espontáneo y abarcador. Juro que intento hacer acopio de cuanto cinismo he aprendido y no caer en sus trampas, algunas grandes como un océano de tan obvias, pero hay un detalle, un matiz que me gana y ya no me importa criticar sino entregarme al deleite. Me digo: no te dejes atrapar que eso no es sino una ingenuidad profesional, una manipulación que de tan vieja ya es berreta, y allí está otra vez ese detallecito inusitado que me pierde.

Se ha dicho que con esta película ha reducido los problemas de la cuestión islámica a los pintoresquismos de una tarjeta postal, a la superficialidad de un mensaje de galleta de la suerte. Quizá tengan razón y sean injustos a la vez. No pretende un tratado filosófico sino contar una fábula, con moraleja y todo. Está bien, podría circunscribirla en realidades menos complejas, pero a él el talento le tira para ese lado, qué se le va  a hacer.

En resumen: un film seductor, leve como una pluma y bello como una boa de plumas que se desliza sigilosa sobre las curvas de una mujer despampanante.
Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 11 de mayo de 2012

Tenemos que hablar de Kevin


Tenemos que hablar de Kevin. ¿Te parece? Y bueno, si no queda más remedio… Es que hablar de Kevin incomoda. Cuestiona lo que la tradición judeo-cristiana considera incuestionable: la relación madre-hijo. Es que la tradición celebra el melodrama del Sandrini de “la vieja ve lo’ colore’ (Cuando los duendes cazan perdices, Luis Sandrini, 1955), el de la Lamarque de La sonrisa de mamá (Enrique Carreras, 1972) o todo lo que ponga a mamá en el altar venerada por el hijo devoto, sumiso e incondicional. Todo bien, pero ¿y las filicidas? ¿Medea (Pier Paolo Pasolini, 1969)? ¿Y Magda Goebbels (La caída, Oliver Hirschbiegel, 2004)? Bueno, contesta la tradición, Medea mató a sus hijos porque amaba más su obsesión por Jasón que a sus vástagos y Magda Goebbels tenía poca tolerancia al fracaso. Cuando el Tercer Reich cayó, prefirió sacrificar sus hijos y eliminarse antes de vivir en un mundo sin raza superior. Modelo de coherencia, Magda. Aunque al menos se mató. La turra de Medea siguió vivita y coleando.

Pero no nos vayamos por las ramas. A mamá Eva (Tilda Swinton) (parafraseemos a Borges una vez más) no la une a su hijito Kevin (Ezra Miller) el amor sino el espanto. Y no en metáfora sino de verdad. Porque Kevin cometió “el peor de los pecados que puede cometer un hombre” limpió a mansalva, porque sí, sin que venga a cuento, sin comerla ni beberla a 9 compañeritos de la secundaria. Y malhirió a otros tantos. Oops.

Tenemos que hablar de Kevin va más allá de Elephant (Gus Van Sant, 2003) o Bowling for Columbine (Michael Moore, 2002), trata las consecuencias de una matanza. Aquietadas las aguas ¿quién tiene la culpa? La familia. En este caso la mamá, que no sólo lidia con el desbarajuste psicológico sino también con la venganza social: la segregan, le tiran pintura roja en la casa y el auto y hasta la trompean en la calle. Y ella qué culpa tiene. Ninguna, salvo haberlo parido y quizá nunca haberlo querido parir. Y llegamos al quid de la cuestión, a lo que la tradición judeo-cristiana no admite: no todas las mamás son santas. Algunas ni a beatas llegan. Nada que no sepan algunos hijos. Porque hay hijos y entenados. Algunos son queridos y se les perdona todo. A otros ni se los quiere ni se les perdona nada. (Oops, lo dije, perdón, juro que no volveré a repetir que a todos los hijos no se los quiere por igual).

Está bien, Eva no es mala, le pone garra, pero Kevin es el niño más cruel, manipulador e insoportable de la historia del cine después del Damien de la saga de La profecía. Y Eva, por su lado, sufre la más tremenda depresión post parto de toda la cinematografía.

¿Y si ese rechazo inicial tuvo algo que ver con el psicópata en que se convirtió? Pregunta que Tenemos que hablar de Kevin se atreve a formular. Al margen de la respuesta que demos, mamá Eva no es el modelo de amplitud mental y de espíritu libre que ella imagina que es, como cuando critica a los gordos en el mini golf. Oops, otra vez. ¿Acaso los hijos no son también una amplificación de la madre en sus aspectos más negativos, aunque las madres no quieran verse en ese reflejo poco halagüeño? Menuda pregunta. De todos modos, este film yanqui (la producción es más británica que la Union Jack, pero el film es en esencia yanqui) no puede ocultar su filiación puritana de descendiente del Mayflower. A lo que voy es que como buen neto hecho artístico yanqui se interroga sobre la esencia del mal. Yo los critico a los yanquis pero en eso algo de razón les doy. El Mal (así con mayúsculas) es un Misterio (con mayúsculas también). Un secreto que sólo conocen los verdaderamente malos. El Bien también es un misterio, pero como es positivo es menos intrigante. Se disfruta, se lo anhela, se lo atesora y listo. María Von Trapp (Julie Andrews, La novicia rebelde, Robert Wise, 1965) o la sheriff  Marge Gunderson (Frances McDormand, Fargo,  los hermanos Coen, 1996) no son dos pelotudas a pedal, son buenas personas, pero tampoco levantan polvareda.

¿Y Kevin? ¿Es malo per se o mamá tuvo algo que ver? Sea pato o gallareta, uno no puede dejar de preguntarse si las cosas no hubieran sido distintas con otra madre o con otra conducta materna. Reformulemos entonces la pregunta: ¿hasta dónde mamá tuvo algo que ver? Sí, ahora sí, la pregunta se vuelve pertinente porque la película es tanto una indagación sentimental o metafísica como un policial con enigma. Habrá respuestas. No sé si satisfactorias, esclarecedoras o rotundas pero respuestas al fin.

La gran Tilda Swinton redondea otra labor descollante, aunque por el tema y el tratamiento agudamente “artístico”, extremadamente “sensorial” que hace la directora, Lynne Ramsay (El viaje de Morvern), su trabajo despierta una adhesión más intelectual que emocional. Ezra Miller, Jasper Newell y Rock Duer, que son los Kevins a medida que pasan los años, proveen la necesaria incomodidad e inquietud que el personaje requiere. Ashley Gerasinovich reparte simpatía y encanto como Celia, la hermanita de Kevin. John C. Reilly está muy bien como el padre optimista, ingenuo y despistado. Pobre. No ver o no querer ver paga mal siempre.

 Otro mérito y no menor es que el film parece basado en hechos reales y no, se basa en una novela de Lionel Shriver.

En resumen un film que reverdece dos adjetivos perimidos de tan trillados, es interesante y  polémico.

Ah, mis amigas impresionables pueden verlo. Los hechos sangrientos no se muestran, se implican. Aunque por ello quizá no deberían verlo. Ellas me entienden.

Comentario frívolo. La culpa de todo tal vez la tengan los zapatos de Tilda Swinton. ¿Es necesario ir por la vida con zapatos que quizá sean lindos de ver (no sé, no me lo parecen) pero tan incómodos?

Un abrazo, Gustavo Monteros

viernes, 4 de mayo de 2012

La separación



Las películas multipremiadas me dan desconfianza. Quizá porque me intimidan, ya que es como si me patotearan, como si me dijeran: ¿no serás tan bobo como para no adorarnos, para no respetar nuestras condecoraciones?

Hace tiempo que tengo una copia de La separación de Asghar Farhadi,  pero cada vez que intentaba verla no pasaba del segundo minuto. Me parecía un capítulo iraní de Nosotros y los miedos. Hoy decidí verla para hacer este comentario. Y es una suerte haber pasado al minuto tres.  De a poco comprendí que esa primera escena, que repelía porque la interpretaba como el planteo, esconde astucia y es sólo la patada inicial que acciona el juego. Una pareja le peticiona un divorcio a un juez que no se ve, porque es la cámara, o sea nosotros. Ella quiere aprovechar una oportunidad que tiene de hacer una vida mejor para su hija en otro país. Él no quiere irse con ellas porque lo retiene su padre que sufre Alzheimer. Lo que se llama un conflicto perfecto porque ambas partes o fuerzas tienen  razones valederas. No hay aquí alguien acertado y otro equivocado. El tironeo que incluye a la hija es movilizador e inquietante como todo lo que seguirá.

Más que La separación, este film debería tener uno de esos largos títulos que ostentaban los capítulos de las novelas del siglo XIX. Algo así como “Insospechables derivaciones con intrincados vericuetos y sorprendentes revelaciones de un intento de separación conyugal”. La pareja sale del juzgado, ella se va a la casa de su madre y él se ve obligado a contratar una mujer para que cuide al padre. Y allí comienzan las derivaciones, los vericuetos y las revelaciones. Primero uno se interesa porque los conflictos se desarrollan en una sociedad, la iraní, de la que uno tiene poca o nula información. Se diferencia de otras películas iraníes que he visto porque hay aquí celulares, computadoras, CDs y LCDs. Una sociedad contemporánea, moderna y sin embargo con peculiaridades que le son intransferibles.

Después el argumento va cargándose casi sin que nos demos cuenta (y eso es maravilloso) de lecturas sociales, de diferencias de clases, de problemas de género, de adherencias religiosas y de sutilezas filosóficas. Las sociedades pueden que sean distintas pero el hombre es hombre en todas partes. El orgullo, la mentira, la traición, la manipulación, la culpa, el resentimiento, el prejuicio, el afecto, el respeto, la religiosidad o su carencia son inherentes a esa bestia que llamamos hombre.  Y entonces uno se apasiona. Y se deslumbra. Porque la película se vuelve una proeza única e irrepetible como los milagros. Tiene el suspenso de un thriller, nos mantiene en vilo como un drama de juzgado y guarda la profundidad de los mejores films de Bergman. Tiene algo del Caché – Escondido (2005) de Haneke y del Rashomon (1950)  de Kurosawa, porque lo que se ve guarda siempre un doblez, una subtrama secreta, otra posible interpretación. Y en un momento me voló la cabeza porque me traía ecos de las obras bellas, perfectas, imperecederas de Lope de Vega por aquello de la importancia de la palabra, del buen nombre, del honor.

En resumen una película que merece todos los premios que recibió y más. Una experiencia cinematográfica madura, deslumbrante, apasionante. Un drama que se vuelve una tragedia contemporánea que reíte de los griegos. Imperdible. 
Un abrazo, Gustavo Monteros