sábado, 9 de julio de 2011

De dioses y de hombres

El título de la novela del Gabo García Márquez, Crónica de una muerte anunciada, describe con exactitud esta película. No crean que mato el suspenso. Aunque no conozcan el caso real en que se basa, no se necesita ser Columbo para descubrir con sólo ver el afiche que los curitas son boleta. Bueno, también puede describirse como el viaje que va de la sensatez al misticismo, que lleva a su vez al sacrificio inútil, al martirologio evitable. (Lo primero es objetivo; lo segundo, mi temeraria apreciación).

La cosa es así. El año es 1996. El lugar, un monasterio de Tibhirine (Argelia) al ladito de los montes Atlas. Los protagonistas, ocho monjes trapenses que se dedican a lo que se dedican los monjes trapenses: meditar, rezar, cantar, cuidar la huerta, vender miel, atender enfermos, ser buenos vecinos, etc. Se los ve buena gente. De repente se arma un cacao entre el gobierno de facto (los milicos siempre traen quilombo) y unos terroristas islámicos (fundamentalistas, of course). Surge entonces la pregunta del millón: ¿irse o quedarse? Decisión difícil si las hay. Los curitas están muy apegados al lugar, sienten que es, por azar, elección o designio divino, su lugar en el mundo. Algunos querrán irse, otros quedarse. De a poco, todos madurarán la elección de quedarse. Craso error, piensa uno.

La película es clara, pero puede tener muchas interpretaciones. Algunos la verán como la glorificación de la fe y el sacrificio en un mundo descreído que desconfía de esos valores. Otros la verán como la aseveración de que hay determinadas decisiones que te matan, elijas lo que elijas; de un lado, una muerte real, del otro, una muerte en vida. A mí me tiró más para el lado de la ratificación de una verdad de Perogrullo que muchos insisten en desmentir: nadie escapa a la política. Ni la modelo más frívola ni el monje más espiritual. Siempre se está de un lado o del otro. Por convicción u omisión. No existe lo “apolítico”. Estos curitas, por ejemplo, quedarán tan en el centro de la tormenta que serán tironeados por los dos bandos en pugna. Los terroristas los respetarán, pero también desconfiarán de su mansedumbre, porque por historia la institución a la que representan siempre estuvo del lado opuesto al que están ellos y porque por tradición el país al que pertenecen (Francia) hasta ayer nomás andaba colonizando a lo bruto. Los milicos, por su falta de adhesión manifiesta al régimen y por su conducta piadosa, pensarán que simpatizan con los terroristas. Tan en el “centro” están que por momentos no se sabe de dónde vendrá la bala, si de los terroristas o de los milicos. El curita jefe dirá que el gobierno es corrupto, pero claro ellos con esas cosas no se meten. Saben que los terroristas son sanguinarios, pero atienden al herido por misericordia cristiana. Y si se sigue la idea por ese lado, se concluye que mueren de exceso de inocencia, lo que en el barrio se llama de otro modo, nada amable.

Como se ve, esta película de Xavier Beauvois es harto interesante. Atrapa, enoja y conmueve. Los rubros técnicos son impecables, pero no atraparía sin un elenco parejo y talentoso. Lambert Wilson y Michael Lonsdale son las caras conocidas, pero los otros seis no van a la zaga en expresividad, convicción y entrega.

Un remanso de calidad en una cartelera semanal (se exceptúan El laberinto y Medianoche en París) dominada por la habitual oferta pochoclera yanqui.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 2 de julio de 2011

Medianoche en París

Woody Allen es hombre de darse los gustos y celebrar su fantasía. En La rosa púrpura del Cairo, concretó un delirio que cruzó alguna vez por la cabeza de los que vamos mucho al cine: ¿y si las sombras planas que se pasean por la pantalla no fueran tales y tuvieran vida propia en una realidad paralela a la nuestra? Como recuerdan, no sólo daba una rotunda respuesta afirmativa sino que hasta un actor/personaje se escapaba de la pantalla y se colaba en la vida real.

Ahora vuelve realidad el sueño de algunos turistas de París. Muchos van a la Ciudad Luz por la arquitectura, algunos por los museos y otros a sentarse en cafés, bistrós, restaurantes por los que anduvieron hombres y mujeres notables que en el mundo han sido. Estos peculiares turistas van a embebecerse en los lugares visitados por sus notables favoritos, y a veces, mientras toman su café o comen sus tallarines, imaginan que los encuentran y que hablan con ellos. Una actriz amiga pasó una tarde maravillosa en un bistró de Montparnasse conversando con un Chagall fantasmal o imaginario que le contó todos sus secretos. La jarra de vino, que fue lo único que pudo pedir por tener poca plata, contribuyó no poco a la ensoñación. Los efectos pudieron haber sido más devastadores de no haberse apiadado el mozo y alcanzarle una panera y un platito con manteca. Vino, pan y manteca aparte, esta película y la vida demuestran que las personas de la cultura no estamos muy en nuestros cabales que digamos. De estarlo nos dedicaríamos a profesiones más sensatas como el resto del mundo.

París tuvo muchas épocas doradas. Una de las más recordadas es la de la década del veinte. Entre otros, coincidieron Zelda (Alison Pill) y Francis Scott Fitzgerald (Tom Hiddleston), Cole Porter (Yves Heck), Ernest Hemingway (Corey Stoll), Juan Belmonte (Daniel Lundh), Joséphine Baker (Sonia Rolland), Alice B. Toklas (Thérèse Bourou-Rubinsztein), Gertrude Stein (Kathy Bates), Pablo Picasso (Marcial Di Fonzo Bo), Djuna Barnes (Emmanuelle Uzan), Salvador Dalí (Adrien Brody), Luis Buñuel (Adrien de Van), T.S. Eliot (David Lowe), Henri Matisse (Yves-Antoine Spoto) y Man Ray (Tom Cordier). Pavada de gente para conocer y mezclarse.

Woody Allen le concede el sueño de conocerlos y mezclarse con ellos a Gil Pender (Owen Wilson) un guionista de Hollywood con aspiraciones de novelista. Gil está en París acompañando a los suegros (Mimi Kennedy y Kurt Fuller) de su novia (Rachel McAdams) y es obvio hasta para el boletero que ni con una ni con otros tiene mucho que ver. Una noche, harto de aguantar a un amigo de su novia (Michael Sheen) y su casi igualmente insoportable pareja (Arianda Carol), se va a caminar por las calles de la siempre hermosa París, et voilà, a la medianoche recala en la década del veinte. Se encontrará con todos los mencionados arriba y hasta tendrá un romance con Adriana (Marion Cotillard), la amante de Picasso. Adriana ratifica el tema de la película (la nostalgia por los oros del pasado) porque ella, que vive en una época dorada, añora otra, la de la Belle Epoque. De todos modos, aunque la película concluya con la celebración del presente y del futuro, para Allen, que maneja esas bandas de sonido preciosas en las que casi no hay nada contemporáneo, la nostalgia del pasado es un pecado en el que le gusta reincidir.

El elenco, incluida la primera dama francesa (Carla Bruni) como una guía del Museo Rodin, es tan delicioso como la película, pero como suele ser su costumbre, se destaca la maravillosa Marion Cotillard. El perezoso estilo de Woody Allen (pocos planos, tomas largas) nos permiten comprobar la destreza para manejar cambios de emociones que tiene la franchuta. La chica tiene muchísimo talento. Verla es un placer aparte.

París fue, es y será una fiesta. Para que nadie lo discuta, los directores de fotografía, Darius Khondji y Johanne Debas, nos regalan unas imágenes de apertura sencillamente gloriosas. A los que no hemos ido nos permiten figurarnos con nitidez lo que nos estamos perdiendo. Y los que ya la visitaron, se felicitarán de haber ido.

Un abrazo, Gustavo Monteros
En la foto, Marion Cotillard conversa con Woody Allen y Owen Wilson en una pausa del rodaje.

sábado, 25 de junio de 2011

El laberinto

El laberinto es un drama de luto. Tranquilos, no aspira a la corrección política, a la bajada de línea new age, a las lecciones de vida estilo manual de autoayuda ni a la deshidratación de lagrimales a fuerza de golpes bajos. Persigue la observación detallada de las conductas de un grupo de personajes cercenados por una desgracia súbita e incomprensible. Ocho meses después de un estúpido accidente que le costara la vida a su hijo de cinco o seis años (no se espanten, mis amigas impresionables, el accidente no se ve, no se recurre aquí a efectismos baratos; en un flashfoward sólo se ve la reacción de Nicole), un matrimonio de clase media alta (Kidman y Eckhart) lidia con el dolor como puede.

De lo expuesto se desprende que estamos ante la típica película que depende de la magia de los actores para sobrevivir. Para decirlo rápido, de la que los actores salen con una nominación para el Óscar o es otro drama fallido más de los que tanto abundan. Como se sabe, el objetivo fue cumplido porque la Kidman obtuvo su nominación. No es para menos, Nicole concreta otro trabajo superlativo, lo que no es decir poco, hablamos de una actriz que tiene una foja de servicios impresionante. La chica mostraba garras de tigresa hasta cuando era la linda de la película; siempre supo hacerse notar y devolver la plata de la entrada con creces. De un collar de escenas inolvidables por lo magistrales, me quedo con la del supermercado. Desde que Al Pacino le cerrara la puerta en la cara a Diane Keaton en El padrino II, no se ve a nadie hacer un cambio repentino de emociones con tanta naturalidad, espontaneidad y fuerza. Antológica.

Aaron Eckhart es un buen actor, aunque su notoria apostura le juega en contra. Siempre se desconfía de los actores tan lindos; algo así como: ¿encima no se les ocurrirá actuar bien, no? Y sí, a Aaron se le ocurre. Aquí exhibe una batería de recursos del mejor cuño que van de la comprensión esforzada, la angustia contenida a la rabia explosiva. Parte el alma en la escena de la discusión por el video y maneja estupendamente el humor involuntario en el momento en que muestra la casa a los posibles compradores.

Si bien por sus trabajos individuales merecen una carretillada de premios, el mérito se acrecienta por la química que lograron en la relación. Todo el tiempo “compramos” que es un matrimonio hecho y derecho. Manejan el ida y vuelta con soltura y lo retroalimentan con confianza, entrega y verdad.

El resto del elenco no se queda atrás. Como la madre de Nicole está la gigantesca Dianne Wiest, gloriosa como siempre. Tammy Blanchard se luce como la hermana medio tarambana de Nicole y Sandra Oh está maravillosa como la compañera impredecible de Eckhart en el grupo de contención. Por último y sin demérito de un trabajo altamente notable, Miles Teller intriga y conmociona como el adolescente que participó indeliberadamente del accidente. La fatalidad, ¿vio?

El guión de David Lindsay-Abaire es bello, fluido y elocuente. Se basa en su obra de teatro homónima que permitió el lucimiento en una sala neoyorquina, más el beneplácito crítico posterior que derivó en nominaciones para premiaciones varias, de Cynthia Nixon (la Miranda de Sex and the city). (Calma, tampoco hay aquí nada “teatral”, más bien lo contrario. Es cine puro. Sabrá Dios cómo es la obra original.)

A priori, John Cameron Mitchell, el director de la estrambótica Hedwig and the Angry Inch y la revulsiva Shortbus, parece la opción desaconsejada para este material. Aunque pensándolo bien, hay en Hedwig momentos de honda sensibilidad amarga. Como sea, demuestra que las especulaciones eran inútiles porque nos da un film sincero y conmovedor. Tristón, claro, pero en la vida no es todo jolgorio, lamentablemente.

Una reflexión final. ¿Para qué corno sirven los dramas de luto? Y, bueno, para empezar son catárticos como todo relato, pero como todos tenemos una ausencia en el placar que mitigar, la empatía que establecemos con la representación simbólica es inconscientemente más fuerte que ante un thriller, por ejemplo. De allí que exponernos a un film tan honesto como éste no sólo es liberador sino iluminador y, por extraño que parezca, a la larga reconfortante.

Una coda (juro que final): ¿de dónde habrán sacado los distribuidores locales un título tan borgeano? Mal no le queda, pero la pregunta persiste. El título original The rabbit hole (La madriguera del conejo) refiere al cómic que hace el adolescente partícipe adventicio del accidente y en el que refleja en clave lo que siente.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

8 minutos antes de morir

En un principio parece que estamos ante el thriller semanal. Tomas aéreas persiguen a un tren en movimiento con una dramática música de fondo estilo Alfred Hitchcock. Pero al ratito comprendemos que es una de ciencia-ficción. Dentro del tren, el bueno de Jake Gyllenhaal se despierta sobresaltado y una chica (Michelle Monoghan) le da charla como si lo conociera. Él ni por las tapas sabe quién es. Va al baño y, oh sorpresa, ve a un hombre que no es él reflejado en el espejo. Mientras intenta dilucidar qué corno está pasando, explota el tren. ¡Cómo! ¿Mataron al protagonista a minutos de empezar? Sí y no tanto. Como en Hechizo del tiempo o El día de la marmota con el gran Bill Murray, para descubrir las claves de lo que pasa, habrá que recurrir a la repetición de los 8 minutos a los que hace referencia el título en español.

El relato es atrapante y se sigue con expectativa constante. Y más allá del discutible final (¿había necesidad?), las piezas encajarán; el problema es que a pesar de contar en el rol central con el magnético Gyllenhaal, pichón de superestrella carismática a la usanza tradicional, no empatizamos del todo con su personaje. Lo que sucede nos interesa más en términos de trama que en identificación con este flaco en problemas que suda tinta china. El interés no se pierde, pero no hay conmoción. El poco espesor humano que se vislumbra lo pone Vera Farmiga, que se luciera en 15 minutos, Los infiltrados y en Amor sin escalas. O sea todo muy lindo, pero un poco frío e impersonal. Y livianito,  pese a que coquetea con temas considerados “profundos”, con los cuales no me meto porque revelaría vericuetos del argumento que deben permanecer misteriosos hasta que lo vean.

Dirige con brío y efectividad Duncan Jones (está bien, cumplamos con el chusmaje: es el hijo de David Bowie). El niño de 40 años recién cumplidos viene de dirigir la interesantísima Moon, una lograda reflexión sobre la distancia, el Gris de ausencia de la lejanía.

En definitiva, salvo el pero señalado y un par de énfasis patrioteros innecesarios (los yanquis si no agitan las banderitas cada tantos centímetros del metraje, no degluten el pochoclo tranquilos), un entretenimiento recomendable.
Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 18 de junio de 2011

Los agentes del destino

Como con el libre albedrío los hombres no hicieron más que desastres, Alguien decidió que los destinos fueran predeterminados. Para cuidar que las vidas no se salgan de cauce, hay un comando burocrático de hombres trajeados y con sombrero: los agentes del destino (o The adjustment bureau, según el título original). Demás está decir que ponen particular celo en los destinos importantes, los otros que se arreglen más o menos como puedan. De allí que la historia se centre en un político carismático (Matt Damon) llamado a ser el futuro presidente de los EEUU (¡andá!), que no va y pone su futuro de gloria en peligro porque se enamora de una bailarina (Emily Blunt) (algo muy comprensible porque hay que ser extraterrestre para no enamorarse de la Blunt). Los hombrecitos trajeados harán lo imposible para separarlos. El suspenso consistirá en saber si el amor que se profesan el próximo cortador de bacalao mundial y la heredera de Terpsícore es lo suficientemente fuerte como para superar las triquiñuelas de los hombrecitos con sombrero.


Basada muy libremente en un cuento de Philip K. Dirk, la película tiene un arranque promisorio, pero de a poco se desbarranca en un mar de explicaciones para sustentar el trámite. Y es harto sabido que en la ficción cuantas más explicaciones se dan, más rápido se instala el tedio y se vuelve tan irremontable como las cataratas del Iguazú. Nobleza obliga, confieso que el poco interés que el cuento me despertaba se diluyó más rápido que un alka seltzer cuando supe que se trataba de “salvar” al futuro presidente yanqui; el encumbramiento del rol del presidente como un ser noble, digno y dotado casi de infalibilidad divina que lo compren los yanquis que serán la primera carne de cañón en la próxima invasión; en mi modesta opinión, el presidente yanqui no es sino un generador de hambre, odio, guerras, hecatombes ecológicas y negocios fabulosos para tres o cuatro corporaciones o sea un ser miserable que no encuentra dignidad o nobleza ni en un diccionario.


Lo único indiscutible de este film de George Nolfi es la gran química que hay entre Damon y la Blunt, la relación está tan bien trabajada que nos convencen que su amor es verdadero. Logro que el cine yanqui curiosamente no repetía desde que Heath Ledger y Jake Gyllenhaal fueron cowboys gays en "Secreto en la montaña". Desde ese film hubo muchos romances “profesionales”, pero poco amor “verdadero”.


En definitiva, ideal para verlo cuando lo dé Telefé, que más que películas da resúmenes de películas. Quizá con cortes abusivos, se vuelva más misteriosa y apreciable.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 11 de junio de 2011

Hanna

A la pobre Saoirse Ronan, (quien fuera la adolescente histericona que desataba el drama en Expiación, deseo y pecado), le tocan los relatos multigéneros. Viene de Desde mi cielo, un error mayúsculo de Peter Jackson, que mezclaba el thriller, el drama de pérdida y ausencia con lo sobrenatural. Ahora en Hanna, primera incursión en la acción de Joe Wright (Orgullo y prejuicio, Expiación, deseo y pecado), le toca lidiar con el cuento de hadas macabro, los enredos de espías, las vueltas de la iniciación a la vida, el drama de venganza y una pizca de ciencia ficción.


A la chica le va mejor con Hanna, que no estará lograda, pero al menos no es un bodrio irredimible como Desde mi cielo.


Hanna tiene sus errores, pero también sus hallazgos. Entre los primeros podemos consignar las escenas de acción, elementales y trabajadas a reglamento; algunas transiciones de escenas como la del número cabaret que pareciera querer terminar en algo contundente y no termina en nada; algunas caracterizaciones como la Tom Hollander en el lugar común del gay sádico; el cuadro de flamenco, que pretende color local y es anodino; y un humor tan ramplón que más que humor es carencia de toda gracia.


Entre los hallazgos podemos mencionar a Cate Blanchett, que si bien no convierte en oro todo lo que toca, lo dignifica y lo vuelve apreciable; Berlín, que es tan de películas de espías; la música de The chemical brothers, un descanso para el oído de la habitual batahola estúpida pochoclera; la escenografía de la secuencia final, ese parque de diversiones decadente y siniestro; y Saoirse Ronan.


La chica es un talento que viene en un formato raro. Es flaquísima, casi andrógina, desgarbada y hasta desangelada, pero es imposible dejar de mirarla o no conectarse con su luminosidad prerrafaelista.


En definitiva, Hanna no amalgama sus heterodoxos elementos, exige una tremenda suspensión de la incredulidad, pero entretiene, se sigue con interés y para variar uno sale del cine sin sentirse estafado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 4 de junio de 2011

Blue Valentine

Blue Valentine es una película triste, triste, triste. Cuenta el fin de una pareja y paralelamente en flashbacks el nacimiento y la consolidación de la misma. El debutante Derek Cianfrance narra las escenas del pasado principalmente con cámara en mano y las del presente mayormente en video de alta definición con acercamientos asfixiantes. Pero se le va la mano con los juegos estilísticos y una película que pudo ser emocionalmente devastadora se queda en apenas conmovedora.


Es obvio que siente una gran admiración por el cine de John Cassavetes y sus modismos de actuación. Cassavettes manejaba un club privado de grandes actores que se dedicaban a bucear y profundizar, desde la improvisación, en un acotado tipo de personajes y situaciones en pos de una verdad reveladora. Si bien obtenían actuaciones frescas y sinceras, no podían escaparle al artificio.


La actuación es ante todo un juego y la verdad, esa cosa inaprehensible que se esconde en la realidad. Una actuación se acerca a la verdad, pero nunca es la verdad. La verdad huye ante una cámara o en un escenario porque no son los lugares en que se sienta a sus anchas.


La actuación alude a la verdad, pero no es la verdad. Se puede orinar en cámara, pero no se orina de verdad. El elemento del ojo visor, de sentido de espectáculo le quitan "sinceridad" y cubren de "exhibicionismo" al hecho natural de orinar.


Una improvisación no da nunca una verdad, da a lo sumo una ilusión de naturalismo. De modo que Cassavetes y su club lejos de alcanzar la verdad, se pierden en un nuevo ejercicio de naturalismo "supuestamente" extremo.


Parece que Cianfrance para acercarse a su ídolo Cassavetes propuso a sus actores Williams y Gosling encerrarse en una casa y experimentar la cercanía aguda. Se dice que en momento le propuso a Gosling que le tirara los galgos mal a la Williams hasta convencerla de acostarse con él. La actriz se negó y el director usó la emoción negativa desatada para alimentar el conflicto del personaje de la actriz.


Como Cassavetes, Cianfrance es un pichón de manipulador. Y como todo manipulador, es un demiurgo en ciernes. Y como todo demiurgo, es más cruel con sus personajes que el mismo Dios. Michelle Williams y Ryan Gosling corporizan, con indiscutible talento, un par de perdedores en el amor y en la vida al que su creador no les da la más mínima esperanza o les concede la mínima piedad. O sea todo es triste, triste, triste.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 28 de mayo de 2011

Incendies

Incendies del director canadiense Denis Villeneuve, Maelström (2000) y Polytechnique (2009), se basa en una obra de teatro de Wajdi Mouawad y compitió por Canadá en la última entrega de los Oscar. Su director la describe con justicia como "Una brillante mezcla de film de detectives y tragedia griega".

Dos gemelos, Jeanne y Simon, al morir su madre reciben el encargo de entregar dos cartas, una al padre que creían muerto, y otra a un hermano mayor del que no tenían ni noticia. Y así, Jeanne, primero, y Simon, después, comienzan a desandar el periplo del pasado de su madre, o como dice el director el "viaje de Jeanne y Simon hacia el origen del odio de su madre". Terminarán en el país de origen de la madre, que está aquí ficcionalizado, pero que oculta con transparencia el Líbano de las luchas y matanzas entre musulmanes y cristianos.

El relato atrapa y se permite algunas crudezas. Necesarias para comprender algunas decisiones de la madre.

Las actuaciones son muy buenas y Villeneuve dirige con elegancia, austeridad y firmeza, aunque abusa del plano que se abre (se comienza la escena con un plano detalle de alguna cosa que obviamente no se percibe del todo y entonces se comienza a abrir el plano para hacernos comprender de qué va o dónde transcurre la escena. Un recurso muy de moda entre los directores de cine de autor para generar atención e interés. Todo bien, pero cuando se reitera una y otra vez, termina por ser monocorde).

De todos modos, altamente recomendable.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 21 de mayo de 2011

Poder que mata

Poder que mata de Doug Liman (Viviendo sin límites, Identidad desconocida, Sr. y Sra. Smith) es una estupidez, una pérdida de tiempo a la que fui arrastrado por el afecto, la admiración y el respeto que siento por Naomi Watts y Sean Penn.


La primera parte relata con módico brío (léase: con ligero interés) algo que ya sabe hasta el más despistado paseador de perros o la modelo más frívola: que la administración Bush inventó que Saddam Hussein tenía armas nucleares para invadir Irak. Entonces Joe Wilson (Sean Penn) escribe en el New York Times que el presidente miente, y el gobierno se venga desclasificando información secreta y revelando que su esposa, Valerie Blame (Naomi Watts) trabaja para la CIA. O sea que para intentar cubrir el cielo con la mano, agitan, con la complicidad de medios poco interesados en la verdad, el siempre rendidor fantasma del enemigo interno. (Es harto conocido, a los yanquis les gritás “antipatriótico”, y salen en manada a agitar banderas y cazar brujas). Y por un tiempo, como dirá más tarde el personaje de Sean Penn, la pregunta pasa de “¿Qué hacemos en esta guerra?” a “¿Quién es la mujer de este tipo?”.


Poco importa que la historia sea real y que sea una variación de David venciendo a Goliat, porque el guión, basado en sendos libros de Valerie y Joe, no promueve simpatía alguna por los personajes ni les da mucho espesor humano. Se presupone que creamos que Valerie y Joe son los buenos de la historia, porque sufren y son interpretados por Naomi y Sean. Y de este lado del universo, eso, sin una elaboración o desarrollo de personajes y circunstancias, es muy difícil de aceptar por más ganas que le pongamos.


La película espera que traguemos dos núcleos (más bien tremendos sapos) para que la identificación con las tribulaciones de Joe y Valerie funcione. Que veamos como heroína a una agente de la CIA (¡andá!) y que aceptemos como verdad revelada la defensa de la democracia que hace Sean Penn en un “supuestamente” conmovedor y componedor discurso que culmina con un “Dios bendiga a los Estados Unidos” (¿no será mucho?)


Como buenos capitalistas, los yanquis te venden todo. Tanto las ínfulas patrióticas que los llevan a cometer cualquier desmán (invasiones, asesinatos, guerras, desastres ecológicos, etc.) como el posterior arrepentimiento, las lágrimas de cocodrilo y el compungido golpeteo de pechos. Todo con la misma convicción, sinceridad y pretensiones de inimputabilidad. Las películas yanquis, hasta las más torpes, no son inocentes. Están imbuidas de la ideología y la lógica del imperio.


No le recrimino a Naomi Watts y Sean Penn el tiempo que me hicieron perder y que podría haber aprovechado mejor leyendo un libro, durmiendo una siesta o cocinando un postre. No. Mi afecto, admiración y respeto por ellos permanece incólume. Son actores y tienen que comer, pagar sus cuentas o expresar sus convicciones políticas. Puede que para ellos, esta película sea de una corrección política pertinente y necesaria. Pero para nosotros es, digámoslo claro, de una pelotudez pomposa, redundante e hipócrita.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 14 de mayo de 2011

Mujeres al poder

A François Ozon le gusta jugar con el cine y el teatro. No lleva al cine obras de teatro en el sentido tradicional, sino que experimenta con las herramientas de ambos medios expresivos. En Gotas que caen sobre rocas calientes, sobre obra de Rainer Maria Fassbinder, privilegió la forma por sobre el contenido, el cómo se contaba era más importante que el qué se contaba. En 8 mujeres, sobre obra de Robert Thomas, se movió en el más puro artificio y creó un homenaje a las divas del cine con las convenciones de los vehículos de lucimiento de las divas teatrales. Ahora, en Mujeres al poder, Potiche (florero) en el original, sobre obra del dúo Pierre Barillet y Jean-Pierre Grédy, opta por la transformación, la relectura feroz de una pieza enmohecida y apolillada.


Potiche fue el último vehículo estelar que eligió Mirtha Legrand para plantarse como florero en el escenario, lo que prueba la vetustez del original, porque ya se sabe que la señora atrasa en política, moral y buen gusto. El conservadurismo recalcitrante es su ADN.


Ozon conserva los vericuetos de la trama y reescribe con malicia diálogos y personajes. Sacude el moho, mata las polillas, elimina las ñoñerías y dinamita la moralina bobalicona. Para empezar, manda la acción a 1977, lo que le permite explotar lo retro y exacerbar lo kirsch. Se da el gusto de entregarse a excesos en los subrayados musicales y termina por vitalizar una obra convencional y llena de telarañas hasta volverla una mordaz comedia farsesca sobre la guerra de los sexos y la diferencia de clases. Y así la historia de una señora burguesota y cornuda, pasiva como un florero que termina potenciando capacidades que desconocía y llega a ser una buena directora de fábrica y luego política, se cubre de resonancias pertinentes y tiros por elevación certeros hacia la realidad contemporánea.


Catherine Deneuve y Gérard Depardieu no son monstruos sagrados del cine por azar o imposición del mercadeo. Prolíficos y/o generosos con su talento, han alcanzado una madurez deslumbrante. Regocija verlos hacer cosas difíciles a la velocidad de la luz. Los cambios, reacciones y transiciones de sus personajes fluyen con la celeridad con que ocurren en la vida. Aún en la farsa, se desenvuelven con la naturalidad de lo real. Y Ozon celebra sus mitos a la vez que los reinventa: el baile en la discoteca, por ejemplo, es un deleite endorfínico inusitado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 7 de mayo de 2011

Cocina del alma













Zinos Kazantsakis (Adam Bousdoukos) tiene una fonda de mala muerte ampulosamente llamada Soul Kitchen, porque la música soul acompaña los grasosos platos que sirven. Su hermano, Illias (Moritz Bleibtreu), un convicto para nada reformado con régimen de salidas temporales le pide que finja darle trabajo en el comedero. Su novia, Nadine (Pheline Roggan) se va a trabajar a Shanghai. En la cena de despedida que la familia de Nadine organiza en un restaurant de lujo, Zinos ve que despiden al temperamental chef, Shayn Weiss (Birol Ünel) al que eventualmente contratará.


Es el punto de partida de esta comedia de 2009 del director germano-turco Fatih Akin, de quien hace tres años conociéramos la valiosa y atrapante El otro lado.


Soul Kitchen ganó el premio especial del jurado del Festival de Venecia de 2009. Dicho jurado estuvo integrado por Ang Lee, Sandrine Bonnaire, Liliana Cavani, Joe Dante, Anurag Kashyap, Sergej Bodrov, Luciano Ligabue. (Consigno los nombres para que sepan a quien reclamarle si el galardón les parece exagerado).


Soul Kitchen no es un bodrio, es más bien una indigestión. Tiene demasiados platos, complicaciones que se huelen antes de que terminen de cocinarse, y unos cuantos condimentos ya degustados demasiadas veces. Sin embargo se paladea con agrado porque Fatih Akin es un chef astuto, algunos personajes son sabrosos y la banda sonora dulcifica el oído sin empalagar.


No es un menú imperdible, pero puede no caer mal si se va provisto de antiácidos, digestivos o antiespasmódicos.


Eso sí, démosle una buena copa de vino picado a quien decidió el título en español, dándole a la comedia una espiritualidad siempre bienvenida, pero que no tiene. El señor o la señora deben ser sordos o ignorantes musicales.

Un abrazo,
Gustavo Monteros

sábado, 30 de abril de 2011

Mis tardes con Margueritte






Había una vez en un pueblito francés tan encantador y pintoresco como el de una obra de Marcel Pagnol, un tontón tan grandote como brutazo. De niño fue maltratado por su madre (algunas mamás en su día más que un regalo merecerían un buen escupitajo en medio del rostro) y por su maestro (algunos docentes merecerían que se les revocara el título y que les sumergieran las manos en aceite hirviente). A Germaine, el tontón, un grupo de amigos en un bar le permiten beber con ellos, más como objeto de burla que por camaradería. Que Germaine no sea un pozo ciego de resentimiento y crea todavía en la especie humana es un auténtico milagro. Pero no todo es horroroso en la vida de Germaine. Una conductora de autobús, inteligente y bella, lo ama porque claro, Germaine es Gérard Depardieu, y el hombre habrá perdido gallardía y donosura con los años, pero ganó en kilos y en sensibilidad, y hoy es el equivalente humano a James P. "Sulley" Sullivan, el bicho inmenso y entrañable de Monsters, Inc.


Un día, en la plaza del pueblo, conoce a Margueritte (así con dos tes por un error de ortografía de su padre al anotarla), una anciana luminosa de 95 años. Margueritte (Gisèle Casadesus) tiene un libro en sus manos y le lee un pasaje. Germaine visualiza todo lo que se le lee. Será la iniciación al vicio de la literatura. Germaine seguirá siendo grandote, pero ya no será ni tontón ni brutazo.


Mis tardes con Margueritte (La tête en friche) de Jean Becker como todo cuento de hadas es ingenuo, tiene giros melodramáticos, redenciones sorpresivas, y finales justicieros. Para ser disfrutado a pleno, el film exige que dejemos nuestro cinismo en el foyer del cine. En mi caso, tres factores se unieron para que lo lograra. Uno, la naturalidad y la facilidad con la que Depardieu abraza el personaje; dos, la ratificación de que la educación debe estar al alcance de todos; y tres, la celebración de la literatura, que no dará la felicidad, pero ayuda bastante. Conceptos, estos dos últimos, a los que adhiero con fervor.


En el transcurso de la película, se leen extractos de “La peste” de Albert Camus, “La promesa del alba” de Romain Gary, “Un viejo que leía novelas de amor” de Luis Sepúlveda, y “La niña de alta mar” de Jules Supervielle.


Transcribo la cita completa de “La promesa del alba” de Romain Gary, porque googleando otra cosa, la encontré de casualidad y no me gusta contradecir el azar: «No es bueno ser amado de esa manera, tan joven, tan pronto. Uno se acostumbra mal. Mides, confías, aguardas. Creemos que eso existe en otra parte, que lo podemos encontrar. Con el amor materno, la vida te hace al alba una promesa que jamás cumple. Después nos vemos obligados a comer frío hasta el final de nuestros días. Después de eso, cada vez que una mujer te abraza y te aprieta contra su corazón no hace más que darte el pésame. Uno siempre vuelve a aullar sobre la tumba de su madre, como un perro abandonado. Nunca más, nunca más, nunca más, unos brazos adorables te rodean el cuello y unos labios dulces te hablan de amor. Tú ya sabes de qué va. Fuiste muy temprano a la fuente y te lo bebiste todo. Cuando vuelves a tener sed, por más que busques por doquier, ya no quedan pozos, sólo hay espejismos. Desde el primer resplandor del alba, has hecho un estudio muy riguroso del amor y dispones de documentación. Vayas donde vayas, llevas contigo el veneno de las comparaciones y pasas el tiempo esperando lo que ya recibiste... »

Un abrazo,
Gustavo Monteros

domingo, 24 de abril de 2011

El gato desaparece

Carlos Sorín (La película del rey, Historias mínimas, El perro) es uno de nuestros grandes maestros y no hay quien lo niegue. Decide ahora jugar con el thriller y nos da una de las películas más firmes, precisas y elegantes del cine argentino.


Luis (Luis Luque) es un profesor universitario de literatura y regresa a su casa después de estar internado en una clínica psiquiátrica por un brote psicótico en el que atacó a un ayudante de cátedra. Beatriz (Beatriz Spelzini), su mujer, luce desencajada. ¿Por temor a que el brote se repita o la loca es ella? Sólo uno de los muchos interrogantes que nos planteamos mientras el argumento se desarrolla.


En un thriller lo más importante es el “durante”, que la narración nos atrape y que nos mantenga en vilo. Y claro, que la resolución esté a la altura de la intriga planteada. Esto aquí se cumple a rajatabla. El único “pero” es que a la salida, con el rompecabezas armado, comprendemos que la historia es tan mínima como endeble en su plausibilidad, aunque ya no importa, porque nos entretuvo mientras se desenvolvía.


Muchos factores contribuyen a que la intriga nos interesara en todo momento. La impecable secuenciación, la maravillosa dirección de arte de Margarita Jusid, la deslumbrante fotografía de Julián Apezteguía (Crónica de una fuga, Carancho, Los Marziano), la bellísima música de Nicolás Sorín (hijo del director) y las notables actuaciones de un elenco parejísimo.


Luque, Spelzini y María Abadi (como la hija) ofrecen trabajos que sólo los superlativos pueden describir. Y que ande por allí la gran Norma Argentina no es un placer menor. Ni que decir de la presencia del inolvidable protagonista de El perro, Juan Villegas (cuando apareció en escena, quien esto escribe y unas cuantas personas más emitimos un “Ah” de reconocimiento y afecto; es que quien haya visto El perro no puede sino recordar con cariño a Juan Villegas).


Toda una sorpresa, El gato desaparece. Se estrenó casi sin aviso y nos dio una hora y media de entretenimiento inusitado.

Un abrazo,
Gustavo Monteros