Volvemos el 8 de agosto, mientras tanto los invitamos a ver al redescubierto Bobby Darin (en Broadway, en este mismo momento, Jonathan Groff celebra su genio y figura en el musical Just in Time) en dos shows televisivos de 1967 en Londres. El primero es un recital filmado en un teatro, el segundo es un show de estudio con invitados. Y de yapa, el mencionado Jonathan Groff en su versión para el musical de Beyond the Sea, o sea la traducción al inglés de la hermosa canción francesa de Charles Trenet La mer.
viernes, 18 de julio de 2025
viernes, 11 de julio de 2025
Elis - Homem con H
Insisto, no es que el género no me guste. Sería una
estupidez que no me gustase, algunas de las mejores películas de la historia
del cine son biopics. Por ejemplo: Lawrence de Arabia, El toro
salvaje o Ed Woods.
Pero es muy enojoso como se lo hace hoy. Las películas
biográficas contemporáneas responden todas a la misma fórmula, ilustrar una
vida recreando más la época y la moda que la vida del retratado.
Pocas películas biográficas contemporáneas pueden responder
satisfactoriamente a las preguntas de qué nos deja la vida del fulano o la
zutana protagonistas o qué sentido tendría hacer la vida de este y no de aquel.
Y nada revela más que están hechas en serie, como ristra de
chorizos, que las que son sobre cantantes. Siempre hay primero algunas
pinceladas sobre la infancia, le siguen el descubrimiento de la vocación y los
sinsabores iniciales antes de la consagración, pasamos al éxito anhelado y luego
vienen los problemas artísticos (cuando quieren salirse del repertorio que los
llevó a la fama y el público, los productores y la crítica se resisten) y los
problemas sentimentales (parejas que ven la magia pasional vencida, o que no
dan la medida ante la avalancha de fama y fortuna), entonces el artista en
cuestión resiente los problemas y los supera y pasa a otra etapa en la que
vuelve el triunfo, o no los supera y muere revolcado en la auto conmiseración.
Veo una detrás de la otra, dos películas brasileñas sobre
ídolos que he admirado y seguido que, a pesar de muchas virtudes expuestas,
siguen la fórmula de película biográfica al uso actual. Se trata de Elis
(Hugo Prata, 2016) sobre vida de Elis Regina y Homem con H (Esmir Filho)
sobre vida de Ney Matogrosso.
El inicio de ambas se espeja en la conflictiva relación que
tuvieron con sus padres. La juvenil Elis tuvo que liberarse de su padre, su
primer representante, para crecer como persona y como artista.
La relación de Matogrosso con el suyo fue más problemática.
Cuando Ney era niño, el padre procuraba reprimir, incluso con violencia, las
inclinaciones artísticas perfiladas. El señor era un militar y Ney decidió
superar su influencia siendo un soldado modelo.
Después de haberlo logrado, fue como si Ney le dijera: Ya
fui como querías que fuera, ahora voy a ser yo a mi propia manera. Y así
primero se le dan las artesanías y después cuando casi de casualidad, en un
coro, descubre su voz, peculiar como pocas, como de castrato de la vieja ópera,
se le da la música.
Y crea así, ese ser escénico inclasificable que es tanto
hombre como mujer y animal. Y más tarde, cerca del final, la reconciliación con
el padre revelará una verdad insospechada.
Chapeau, Sr. Padre de Ney, ni toda la militarización
adquirida y adherida le impidió reconocer el arte en estado simple y puro.
Entre tanto y por todo eso, Ney triunfó medio grandecito.
No fue el caso de Elis, la fama le sonrió pronto y su voz
fue apreciada y querida de inmediato. Acumulo maridos, triunfos e hijos
raudamente.
Padeció el gran cambio de las discográficas. En los sesenta
y principios de los setenta buscaban y promovían lo nuevo. A fines de los
setenta, cuando habían aprendido que, a fuerza de mercadeo, podían dominar el
gusto musical de la mayoría, ya no les interesaba vender talento, innovación,
calidad, les bastaba con vender productos de fácil acceso al oído general, ejecutados
por artistas dóciles que se amoldaban con fidelidad a los estrictos contratos.
Elis respiraba innovación y su anhelo de vanguardia la
halló mal parada en lo personal. Desarrollo una omnipotencia que su
sensibilidad no podía sostener, su perfeccionamiento se agudizó obsesivo y solo
se sentía plena en escena.
Fuera del escenario no halló nadie que la contuviera y los
alivios para la angustia, la droga, el alcohol, la dependencia a relaciones
enfermas, le pasaron factura.
Y Dios, el azar, el destino o la desgracia nos privaron de
una dadora de belleza en su plenitud. Desde entonces atesoramos todo lo que
quedó registrado y no dejamos de maravillarnos. Y nos resarcimos con un mito
que jamás quisimos. De poder elegir, la querríamos viva, no vigente.
Ney Matogrosso enfrentó demonios similares, pero no iguales
a los de Elis. La resistencia que enfrentó no fue por la innovación de su
música, sino a la libertad de armar y desarmar su personaje escénico.
La esencia de su canto y de su figura es libre, sensual,
gozosa, doliente, perturbadora, inquieta, inaprensible, mutante. Interpelaba
los prejuicios sexuales, estéticos, de conformidad y usanza.
Sus relaciones sentimentales de tan fluidas solo pueden
calificarse de acuosas. El torbellino escénico que encantaba no se aplacaba en
la intimidad. Creaba en el arte y en la vida.
La llegada del SIDA cambió sus prioridades, aprendió a
cuidar, vigilar sueños, a prodigar ternuras, y a llorar en silencio. Se es
libre en escena porque se sabe amar.
Y amor con amor se paga. Puede que Elis y Homen
con H estén hechos a la usanza de las películas biográficas de estos
tiempos, más ilustrativas que reveladoras, más hagiográficas que revisionistas,
tan perdonavidas que sus protagonistas son más santos que humanos, con miserias
tan en cuentagotas que ya con aparecer son estatuas de dignidad y ética.
No es que les falten hallazgos y virtudes a estas dos
biografías, aunque están más cerca de los portfolios de las viejas revistas
semanales, con sus datitos y recuerdos acompañados de fotos.
De
estas dos se sale como de leer una efeméride exhaustiva, completamos los datos
que no teníamos y nos enteramos de alguna que otra peculiaridad. Eso sí, exudan
admiración y respeto por sus retratados. Y los contagian a sus espectadores. Y
un acto de amor, pese a sus cortedades, no debe pasar desapercibido.
Gustavo Monteros
viernes, 4 de julio de 2025
Como visto al pasar - Hoy: La venganza
Puede algo, un film en este caso, ser fallido y a la vez,
pertinente. ¿Es el cielo azul? Y sí.
Vogter o La venganza, por
estos lados (Gustav Möller, 2024) sin ser una obra
maestra impecable nos plantea el para qué de una revancha si no da un cierre o
una clausura emocional, nos interroga sobre el sentido y el límite del duelo:
¿acaso termina?, y nos interpela sobre si todos merecen o pueden aspirar a la
redención.
Eva (Sidse Babett Knudsen) la
protagonista de esta historia está para un chiste malo de colmos. ¿Cuál es el
colmo de una guardiacárcel (la profesión de Eva)? Tener un hijo prisionero.
Y el colmo de este chiste en sí bastante malo es que el
pobre chico termina muerto en prisión a manos de otro interno. Algo así como (y
sin caer en sobreinterpretaciones) que la profesión de la madre no pudo
mantenerlo lejos de la cárcel ni a salvo cuando estuvo adentro.
Pero ahora las casualidades de la vida o el capricho del
director y coguionista le dan a esta guardiana la oportunidad de resarcirse de
¿la culpa?, ¿el duelo?, ¿la ausencia? El joven que mató a su hijo, Mikkel
(Sebastian Bull) viene a cumplir condena en el penal en el que ella trabaja.
Y esa es la primera de las muchas improbabilidades que nos
tenemos que tragar como a los sapos del dicho.
Enunciemos algunos ejemplos. El pasillo al que da la celda
de Mikkel quizá tenga una cámara, si no cómo la ve su nuevo jefe, Rami (Dar
Salim) cuando ella se queda sola frente a la puerta. (Eso del nuevo jefe viene
a cuento porque Eva estaba en un pabellón de presos comunes o recuperables y al
ver que Mikkel cae en este penal, pide el traslado al pabellón de presos
peligrosos que es dónde lo ponen) Retomo a la suposición de la cámara. Si la
hay como tal parece, ¿cómo es que no la filma cuando más adelante se mete a la
celda con drogas y un arma para incriminarlo?
Rami, después de retarla por haber andado por el pasillo
sola, le muestra el expediente de Mikkel en el que hay fotos del cadáver del
hijo de Eva, ¿y no figuran en el expediente datos de la madre? En una sociedad
tan cuidadosa como la dinamarquesa, ¿no se entrecruzan datos para reducir las
posibilidades de riesgo en las prisiones de mezclar a victimarios con víctimas?
Cuando en la redada por armas y drogas en las celdas, Eva
se extralimita con Mikkel, ¿no hay ni siquiera una medida precautoria para que
Eva no vuelva a cruzarse con Mikkel?
Como vemos la lógica de la historia se desnaturaliza porque
responde más a las preguntas conflictivas que quiere plantear el guion que a la
organicidad que se necesita para que una trama se sustente creíble.
Así todo el acercamiento posterior entre Mikkel y Eva queda
muy endeble y avanza porque dimos por válido lo anterior, sin chistar ni
cuestionarlo demasiado.
De todos modos, es fácil ir aceptando los reveses pocos
creíbles del argumento y ver adonde nos lleva por dos razones. Primero el
trabajo de Sidse Babett Knudsen, una actriz magnífica que nunca hace obvias o
muy visibles las motivaciones de su personaje y que nos intriga con cada paso
que toma. Y segundo, el clima de encierro que sabe crear el director Gustav
Möller y que nos atrapa como a sus personajes.
Curiosidades. El título original Vogter, en danés,
significa “guardián” y por extensión supongo que también guardiana, o sea, refiere
a Eva directamente.
En inglés eligieron llamarla Sons, es decir, “hijos”,
acentuando el rol que las madres tienen respecto del futuro de los dos hijos,
el asesino y el asesinado, que quedan equiparados.
En España se decidieron por Condenados, subrayando
que los personajes son víctimas de un destino que se cumple en el mismo ámbito,
en prisión, porque como toda película centrada en un microcosmos, las
distinciones sociales tienden a perderse, y la diferencia entre guardianes y
condenados se diluye, se uniforma porque estar de un lado u otro de la puerta que
se cierra es apenas un detalle, las mismas reglas sujetan a todos.
Aquí, en Argentina, se optó por La venganza,
deteniéndose en el deseo de infligir en el otro lo que se ha sufrido en carne propia.
Cada elección de cómo vender la película eligió un aspecto
distinto de la trama, que sin embargo los contiene a todos. Que no haya una
propuesta unívoca quizá no sea casual. Como reza el lugar común sobre la Filosofía,
las respuestas son menos abarcadoras que las preguntas, dado que estas nunca se
dan por respondidas del todo.
Gustavo Monteros
viernes, 27 de junio de 2025
Como visto al pasar - Hoy: La fiebre de los ricos - Rich Flu
La premisa del film no podía menos que atraparme. Después
de todo me alimento todos los días (por ahora), tengo un techo sobre la cabeza
(no sé hasta cuándo) y pago lo que me corresponde sin que me quede mucho resto
(siempre), es decir, pertenezco a los que no tienen donde caerse muertos (un
destino). Dicho lo cual, una película que promete castigar a los ricos
inútiles, frívolos y avarientos (responsables de que el mundo esté como esté)
cuenta con mi interés de inmediato.
La película en cuestión es La fiebre de los ricos (Rich
Flu, 2024) de Galder Gaztelu-Urrutia, con guion de Pedro Rivero, Galder
Gaztelu-Urrutia y Sam Steiner.
Pero empecemos por el principio. Seguimos a Laura Palmer
(Mary Elizabeth Winstead). Sí, el nombre no es casual y no queda sin su
referencia a David Lynch y su Twin Peaks). Como sea, esta Laura trabaja
como ejecutiva de un conglomerado de empresas. En la actualidad selecciona
proyectos cinematográficos con posibilidades de realizarse y cosechar millones
en la taquilla.
Uno tras otro, hombres y mujeres esperanzados le cuentan
argumentos disparatados, muy similares a los de las películas que se estrenan
todas las semanas, vía la productora o sello o logo de su preferencia. Entre
los que se sientan frente a ella está Toni (Rafe Spall), un abogado del que se
está divorciando y con el que pelea por la tenencia de la hija, Anna (Dixie
Egerickx).
Y después de pelearse con el hijo de su jefe Sebastian
Snail Jr. (Jonah Hauer-King) vuela a Alaska a encontrase con el jefe en
persona, Seabastian Snail (Timothy Spall).
Mientras nos vamos enterando de la vida de los personajes,
sus relaciones y de cómo reaccionan, nos informan que el Papa ha muerto a la
vez que otros ricos mandamases (¿el Papa es un multimillonario más?, Luis
Buñuel estaría de acuerdo, yo tengo mis contravenciones, pero sigamos adelante
que recién estamos comenzando).
Como sea estos multimillonarios mueren por un raro virus
que ataca solo a los muy ricos, el primer síntoma es que sus dentaduras
perfectas se ponen de un radioactivo blanco brillante, como en algunas
propagandas de dentífrico.
En Alaska, el Sebastian en jefe, reunió a muchos ejecutivos
ambiciosos y después del típico panegírico neoliberal de que el libre mercado
es el camino a la felicidad empresarial (cualquier coincidencia con los dichos
y credos del actual presidente argentino no es pura casualidad) y esas cosas,
les comunica que han sido seleccionados para una nueva división que se dedicará
a acciones sociales como caridades, becas y esas cosas, y como no podrán
extraer regalías en su nuevo trabajo, se les otorgarán acciones de la empresa,
validadas en mil millones, más otros beneficios de lujos y preeminencias. Ahora
Laura es multimillonaria y entra en peligro del virus.
Snail la envía a que compre algunas obras de arte y
antigüedades en una subasta para caridades en el Palacio de Buckingham. Va y se
compra un cuadrito por dos millones de libras.
Mientras tanto el mundo es un inmenso caos. Los ricos para
ponerse a salvo del virus se desprenden de todo lo que pueden y si no pueden,
lo incendian, lo bombardean, lo dinamitan, lo destruyen.
Laura decide abandonar Inglaterra e ir a Barcelona, donde
están su hija, su futuro exmarido y su madre, una hippie de aquellas, Martha
(Lorraine Bracco).
La historia avanza a los saltos y sobresaltos, literalmente
y llegada a su conclusión, deja una desazón. ¿Es un bodrio? ¿Una genialidad? ¿Una
obra bienintencionada que salió mal? O sea, ¿me dormí?, ¿me tomaron el pelo?,
¿me perdí y la entendí mal? Recapitulo y reconsidero.
Humor no tiene, o sea, comedia-comedia no es. Tampoco se
toma en serio el pochoclo style, o sea que al lado de El día de la
independencia no va ir. ¿Es una sátira? Podría ser. El inicio parecería
aseverarlo, aunque el final va más para el lado de una parábola sociológica.
Como sea, o sea lo que sea, se lleva por delante los
retratos psicológicos. Tanto que es más bien tirando a una historieta que se
desentiende de la psicología de los personajes.
Eso sí, se ve fácil, se llega al final sin ponerle
paciencia extra. Puede que uno deje en el camino por ver adónde va, los
agujeros en la trama, los saltos extraños en el comportamiento de los
personajes, los datos que se tiran y jamás se retoman, los elementos sin
desarrollo, como el mismísimo virus, que queda como metáfora al paso. Porque se
sabe que es mortal, que los dientes brillosos es uno de sus primeros síntomas,
que supuestamente no es contagioso, y que cuenta con la inteligencia
(¿genética?) de saber quienes son los ricos y quienes no. Pero, ¿cómo se
desarrolla?
Y entre las muchas cosas que dejan en veremos, ¿por qué el
Sr. Snail padre, regala copias de Walden de Thoreau, que habla de una
subsistencia en ambientes creados por uno mismo? ¿El libro contiene claves
sobre el futuro? Por un noticiero (¿qué harían las películas sin los noticieros
para proveernos datos relevantes de las tramas?), nos enteramos que de Snail,
padre, no se sabe si ha muerto o si se ha fugado. Como lo hace un actor
notable, esperamos que reaparezca.
Debe acaso entenderse que los blancos europeos son ¿los
nuevos balseros del mundo? ¿Por qué los pobres que son muchísimos más ante los
nuevos desmanes de los ricos en retirada, como la quema de palacios, museos y
demás, no arman una revolución, modelo francesa o bolchevique, e instauran un
nuevo orden? ¿O ya está pasando en Europa? No pareciera.
Uno de los motivos (si no “el” motivo) por el que uno no
deja de ver este film es la arrolladora presencia de Mary Elizabeth Winstead en
el protagónico. La chica no solo se carga la película al hombro, sino que la
hace ineludiblemente atractiva. Y eso que hace un personaje altamente
detestable. Pero la pasión que pone en ser, en un principio, lo que por estos
lados se denomina “una yegua”, o sea, una hija de ustedes ya saben qué, la
deposita después en ser una madre capaz de todo, hasta de matar, para que nada
le haga daño a la hija.
Hija que como todas las adolescentes del cine contemporáneo
tiende a ser una pesada marca cañón, con su idealismo trasnochado y demandas
injustificables ante realidades atroces. Querida, el mundo se fue al carajo y
no hay qué comer o beber, no es momento de caprichos y reclamos.
El marido o futuro ex justifica con creces el juicio que
sobre él emite Laura al comienzo, es un bobo mediocre e insustancial, por más
que lo haga el eterno cara de perro bueno de Rafe Spall.
Claro que hay un modo de verla que reubica sus supuestas
falencias, cortedades o errores y la acercan a las obras incomprendidas. Toda la
película está narrada casi exclusivamente desde el punto de vista de Laura,
cuya vida se organiza y desorganiza según los conflictivos ejes temporales
inmediatos: la celeridad de su ascenso, la proliferación del virus, el caos
social, la violencia desatada, etc.
Y ella va de un tumulto al siguiente, desentendiéndose de los
motivos que crean esos disturbios. No le interesa analizarlos ni explicarlos,
solo sobrevivir. De ser este el caso, nosotros, tan acostumbrados por las
pochocleras películas catástrofes que nos dan todo digerido, explicadito, no comprendemos
lo que los autores intentan hacer aquí. Como se dice en la calle: Ponele.
Como sea, verla ¿satisfizo mi necesidad de castigar a los
ricos? Más bien, no. En el final nos dicen que todos, dadas las oportunidades
necesarias, nos comportaríamos como los ricos, que la avaricia está dentro de
nosotros tan vital como el deseo de comer.
Como soy pobre y lo he sido toda la vida, elijo creer que,
de convertirme de repente en multimillonario, no me olvidaría de donde vengo,
como Maradona, por ejemplo. (Si nos vamos a comparar, no andemos con modestias)
Ah, en el campo de la suposición todo es posible y no creo
que pueda verificarlo. Puede que algo o alguien mejore mi calidad de vida, pero
¿hasta volverme un potentado? No sé, no creo. Ni imaginármelo puedo.
Gustavo Monteros
viernes, 20 de junio de 2025
Historias dos veces contadas - Hoy: Bajo custodia - Bajo sospecha
Si el corazón tiene razones que la razón ignora, según
Pascal dixit, la mente de un productor hollywoodense tiene motivos que la
lógica ignora.
Nueve de cada diez veces que toman una película extranjera
para hacer una remake hollywoodense, le dan tantas vueltas, cambian tanto las
cosas, que terminan por hacer algo que, con mucha buena voluntad, se parece solo
remotamente al original que les gustó como para intentar la remake.
Tomemos dos ejemplos argentinos. 9 reinas (Fabián
Bielinsky, 2000) fue metamorfoseada en Criminal (Gregory Jacobs, 2004),
¿por qué? Dios, ¿por qué? La gracia de 9 reinas es que la relación que se da
durante un día entre dos estafadores, uno mayor y avezado y el otro más joven y
bisoño, termina sorpresivamente en un desquite planeado con genio. La remake
hollywoodense, para decirlo con amabilidad, es torpe, enrevesada, y sabrá Dios
a qué conclusiones llega el que desconoce el original. El secreto de sus
ojos (Juan José Campanella, 2009, sobre novela de Eduardo Sacheri) fue
transformada en Secret in Their Eyes (Billy Ray, 2015), y retitulada como Secretos
de una obsesión para el estreno local. Bue, esta vez, gracias a Julia
Roberts sobre todo, verla fue un trámite menos vergonzoso. Se cambiaron
conflictos, se modificaron circunstancias, varió el sexo de los personajes y
las relaciones entre ellos. Les salió otra cosa, menos punzante y conmovedora
que la original, pero con benevolencia se puede decir que la historia en gran
medida quedó contada.
Me pongo a ver Roubaix, une lumière (en el
original), ¡Oh Mercy! (según título en inglés) Roubaix, Misericordia
(en español) (Arnaud Desplechin, 2019), sobre la investigación de un asesinato,
de una desaparición y de un robo. O sea, lo que ahora se denomina una historia
procedimental, subgénero del policial que se centra en cómo la policía lleva
adelante un caso o varios.
Y por esas cosas de la memoria me dan ganas de rever Garde
à vue / Bajo custodia (Claude Miller, 1981) una de las primeras
procedimentales si se quiere, porque se centra en cómo la repetición de un
interrogatorio puede llevar al reconocimiento de una verdad o culpabilidad,
según el caso. O sea, años antes incluso de la serie inglesa Prime Suspect /
El principal sospechoso (la primera es de 1991) que hacía de las
variaciones de un interrogatorio su eje ficcional.
En una Nochebuena, un abogado prominente, Jerome Martinaud
(Michel Serrault) es interrogado por el inspector Antoine Gallien (Lino
Ventura) en un caso de abuso y asesinato de dos niñas. Jerome pasa de testigo a
sospechoso y le aplican la garde à vue del título, lo que entre nosotros sería
un arresto preventivo. El testimonio de la esposa de Jerome, Chantal (Romy
Schneider) da un vuelco a la investigación y desnuda el amor que Jerome tiene
por ella.
Se basa en una novela de John Wainwright y el diálogo
creado por el propio Miller con Jean Herman es sencillamente magistral. La
lógica procedimental del interrogatorio largo e ininterrumpido parte de la idea
de que el sospechoso oculta algo que en realidad quiere decir. Se lo obliga a
repetir su versión para pescar inconsistencias, contradicciones, pasos en
falso. Se supone que si lo que se dice es verdad, puede repetirse sin muchos
tropiezos, en cambio si lo que expone es una versión falseada, aunque más no
sea por cansancio, más tarde que temprano, se le empezarán a ver los agujeros
de la trama.
Este juego es todo un desafío para el guionista. En la vida
real el procedimiento puede ser tedioso, agotador, interminable, pero en una
ficción tiene que ser sustancioso, variado, atrapante. El truco más usado para
lograr mantener el interés del espectador es el de la profundización. Se
respeta o se acepta en apariencia la versión del sospechoso y se ahonda en la
falta de detalles reveladores que sostendrían el relato si fuera de verdad y
que cuando es inventado no aparecen.
Casi 20 años después, Hollywood hizo la remake, Under Suspicion
/ Bajo sospecha (Stephen Hopkins, 2000). Ya no es la Nochebuena
parisina, sin que estamos en vísperas de carnaval, en San Juan, Puerto Rico. El
abogado sospechoso ahora se llama Henry Hearst (Gene Hackman) y el interrogador
es el capitán Víctor Benezet (Morgan Freeman). La esposa (Monica Bellucci) se
sigue llamando Chantal y es un personaje más joven del que hacía Romy
Schneider.
Abogado y policía aquí son compinches con un pasado en
común, fueron compañeros en el secundario. Esto más que enriquecer el conflicto
lo enturbia. La familiaridad termina por entorpecer el desarrollo de la
indagación más que favorecerlo.
Y el que Chantal sea más joven y casi de la misma clase
social del marido cambia la sustancia de la relación. Lo que en Schneider era
resentimiento, por no haber tenido otra opción para salir de pobre que casarse,
lo que la predispone al odio y a ver lo que espió como una monstruosidad, en
Bellucci es celos y el temor a ser reemplazada.
Quizá por eso ahora el final no es trágico y la pareja
queda como para iniciar una obra de August Strindberg con todo lo que el sueco
opinaba de las dinámicas de pareja.
La francesa era aristotélica porque respetaba las unidades
de acción, tiempo y lugar (tanto que el conflicto único se filmó en orden en un
mismo set).
La versión hollywoodense recrea las versiones que da Hearst
/ Hackman, con Benezet / Freeman como un trasplantado testigo de lujo, que
acepta sin comentario o modifica lo que ve, según cree que pudo haber pasado.
Tampoco es muy feliz el cambio en el personaje del policía
que transcribe el interrogatorio. En la versión francesa lo hace Guy Marchand y
en la hollywoodense, Thomas Jane.
Marchand es un policía celoso de su trabajo, que resiente
que Ventura lo desautorice y que pierde los estribos con Serrault, porque
advierte que no respeta lo que la policía está haciendo.
Thomas Jane va para el lado del gallito que hasta se quiere
tirar un lance con Bellucci. Más colorido en un punto, pero menos armónico para
lo que es la historia en sí.
El resultado no es vergonzante, sobre todo por la defensa
de sus personajes que hacen Hackman y Freeman, pero, a juzgar por los foros de
discusión en internet, es confuso.
De tanto hacer explícito, gritado y subrayado lo que en el
original francés está implícito, aunque meridionalmente claro, se pasaron de
rosca y el amor del personaje de Serrault / Hackman, central en la historia, deviene
difuso y periférico.
Entre los sagrados mandamientos del teatro está el que
dice: Si algo tiene éxito, ¡no lo cambies, alteres, o modifiques! Los
productores cinematográficos que se creen más perspicaces no lo respetan. Así
les va como les va. La soberbia puede que te dé poder, pero no crea nada bueno.
Gustavo Monteros
viernes, 13 de junio de 2025
Cerrado por proscripción
Perdón, pero no me puedo organizar para hablar de cine, me puede más la bronca, la injusticia, la impotencia de comprobar como unos pocos se roban la democracia en mi país. Nos reencontramos la próxima semana. Gracias por la comprensión.
Gustavo Monteros
viernes, 6 de junio de 2025
Querido diario - Hoy: Sinners
La película se abre con una voz en off que nos recuerda
creencias míticas ancestrales. Menciona leyendas que giran alrededor de músicos
capaces de hacer una música tan verdadera que conjura personas que vivieron en
tiempos diferentes y que rasga el velo que separa la vida de la muerte. Estos
músicos pueden curar (tanto física como espiritualmente) comunidades, pero
atraer a la vez el mal (entendido como un absoluto).
De inmediato muestra a un músico cansado, sangrante, con la
cara arañada, que maneja un auto y llega a un templo rural en pleno servicio
religioso. Cuando baja del auto, el músico empuña una guitarra rota. Al entrar
en el templo, comprendemos que el oficiante es su padre y que le pide que
entregue el instrumento, en el sentido de abandonar la música. El músico se
muestra reacio.
O sea que apenas iniciada, la narración exhibe las dos
vertientes por las que hará transcurrir la trama: la música y el mal. Esto
viene a cuento para subrayar que la homogeneidad del relato es sólida y no
vacilante, como se dijo por ahí, que arranca para un lado y termina para el
otro.
Es que, al director y guionista, Ryan Coogler, le quedaron
como dos películas, una musical y otra de terror. La primera más singular y la
otra, más convencional, genérica. Y eso puede confundir al apresurado que no se
detiene a discernir. Porque en realidad, una deriva en la otra.
Estamos en las tierras del Sur de los Estados Unidos, a
fines de los años veinte, comienzo de los treinta. Y los negros son respetados
más en la apariencia que en la realidad.
Los hermanos mellizos, Smoke y Jack (ambos interpretados
por Michael B. Jordan) vuelven a su pueblo natal a gerenciar un bar con músicos
en vivo que inaugurarán esa mismísima noche.
El regreso nos permitirá conocer los amores que tuvieron,
los pleitos que dejaron atrás y los conflictos sin resolver. Y entre las
historias a conocer está la de Sammie Moore (Miles Caton), el músico del
principio.
Esta primera parte es casi antropológica. Conocemos cómo
viven, piensan y, sobre todo, cómo hace música esta gente. Sin embargo, a pesar
de que la música está en primer plano, el personaje de Sammie se pierde, ante
la apabullante star-quality de Michael B. Jordan, que encima viene multiplicada
por dos.
Sammie debiera ser el epicentro de la historia, y los
personajes de Michael B. Jordan los posibilitadores del marco narrativo para
que surja el choque de la Música con el Mal (así en mayúsculas).
En los papeles es así, pero en la realización la empatía
que genera Michael B. Jordan con solo aparecer y estar en el plano, desdibuja y
no poco el diseño narrativo.
Los hermanos que hace Jordan posibilitan que la historia
ocurra, pero no la lideran, no la conducen. Algo que puede confundir porque las
estrellas, por definición y designio, son las que generalmente hacen la
historia. No es este el caso.
Presentados los personajes, con nuestras simpatías creadas
hacia unos y hacia otros no, comienza la segunda parte: la aparición del mal.
La herramienta elegida para diseminarse es el cuerpo y alma
de Remmick (Jack O’Connell) A poco de entrar en escena se consigue dos
secuaces: Joan (Lola Kirke) y Bert (Peter Dreimanis), activos militantes del
KKK (versión “natural” del mal en contraposición de la supernatural que encarna
Remmick)
El tráiler oculta con destreza la forma que adopta Remmick
para propagar su maldición, así que no cometeré spoiler y no adelantaré nada.
Eso sí, permítaseme decir que Jack O’Connell exhibe un talento para la música
que le desconocíamos hasta ahora. Y su voz es también muy agradable en el
canto. El muchacho se está convirtiendo en todo un catálogo de virtudes.
No soy un experto en cine de terror, frecuento muy poco el
género, pero lo que aquí se ve me pareció efectivo y atrapante. Aunque más no
sea por la lógica de ver (o adivinar) quién vive (o sobrevive) y quién no.
Sinners (2025) tuvo una preventa
larguísima. Los primeros avances aparecieron unos 7 meses antes de su estreno.
Mercadeo que no siempre juega a favor, puede saturar. Eso no pasó esta vez.
Se estrenó y fue un gigantesco éxito de público y
sorpresivamente (o no) de crítica. Ryan Coogler es un director talentoso y
astuto. Pero tiende a tomarse su material demasiado en serio, lo que redunda en
una solemnidad involuntaria. Aquí ese defecto no es tan patente. Ligeros toques
de humor disuelven la pomposidad y la seriedad surge de la necesidad de la
historia, no del estilo.
Solo queda razonar el porqué del título. ¿Quiénes son los
pecadores (sinners)? Y ¿por qué? Habrá tantas teorías como espectadores tenga
la película. Para mí son los que necesitan de un músico excepcional para sanar
sus males físicos y espirituales. Lástima que los músicos vengan con sombras no
invocadas.
Gustavo Monteros
viernes, 30 de mayo de 2025
Querido diario - Hoy: Bring Them Down / Acaba con ellos
Si nada se sabe de esta película, Bring Them Down / Acaba
con ellos (Chris Andrews, 2024), su primera parte puede resultar desconcertante,
pero si se persiste con ella, lo que no resulta muy difícil porque la narración
es atrapante, de a poco las piezas se acomodan y la historia alcanza su
plenitud.
Estamos en Irlanda, en la zona rural, entre pastores de
ovejas, que intentan duramente sobrevivir en este ambiente agreste. En el
prólogo hay un accidente cuyas consecuencias se comprenderán luego. Hay un salto
a unos veinte años después, o sea la actualidad.
Michael (Christopher Abbott) ha vuelto recientemente a ayudar
a su padre Ray (Colm Meaney) que está impedido de ocuparse de las tareas de
granja y pastoreo de ovejas. Michael nota que una tranquera está derribada.
Ray recibe un llamado telefónico de un granjero vecino Gary
(Paul Ready) que le dice que dos carneros han aparecido muertos en su propiedad.
Gary está casado con Caroline (Nora-Jane Noone) exnovia de Michael (presente en
el accidente que vimos al principio) con quien tiene un hijo, Jack (Barry
Keoghan).
Michael va al mercado de animales a reponer los animales
perdidos y comprende que Gary ha mentido respecto de los corderos. Entonces le pide
a Gary que se los restituya, este dice que no y casi se van a las manos, lo que
otros granjeros impiden.
Cuando Ray se entera de que Gary tiene los carneros, le
exige a Michael que los rescate a cualquier precio. Todo derivará en un
enfrentamiento que tendrá derramamiento de sangre.
A medida que nos vamos enterando de estos acontecimientos,
notamos que hay saltos en el desarrollo de la historia, huecos que hacen que el
desenvolvimiento de los personajes sea un poco extraño, lógico quizá, pero no
del todo comprensible.
Es que la historia será contada desde dos costados. Primero
veremos la versión de Michael y después veremos la versión de Jack y todos los
elementos se integrarán y completarán la trama. Y en el final acordaremos que esta
historia que se perfilaba como un thriller de venganza quizá roce la tragedia.
Hay un viejo chiste de music-hall que dice que el campo es
el lugar en que los pollos andan vivos. El chiste contrasta campo y ciudad. En
la ciudad, los pollos pertenecen a las carnicerías. Y los citadinos nos
desentendemos de que antes de que su carne estuviera lista para nuestro
consumo, fueron alimentados y criados. Andaban vivos por ahí. Las historias
campestres nos enfrentan a realidades que cotidianamente elegimos ignorar. Para
decirlo con humor comprendemos que la carne que comemos no crece en los
árboles, ni se cultiva de la tierra. Todo este palabrerío viene a cuento de que
hay en esta película un elemento de salvajismo sobre el que conviene advertir.
En un momento de la trama, las ovejas sufren un ataque
criminal que espanta incluso a los granjeros y pastores que tienen con los
animales una relación menos parcial que la nuestra, saben que los crían para
matarlos. Matarlos, sí, pero no para someterlos a sufrimientos inútiles. Estos actos
de salvajismos no se ven, solo atestiguamos sus consecuencias. O sea, nuestra
sensibilidad está comprometida, pero no interpelada, lo que se agradece. No es
la intención de los narradores escandalizarnos.
Bring Them Down / Acaba con ellos es el
primer largometraje de Chris Andrews que lo presenta como un director a no
descuidar. Narra con brío, sabe dirigir actores, y mantiene el interés de lo
que cuenta. No es poco.
Christopher Abbott nos da un personaje con el que nos
relacionamos fácilmente, a pesar de su parquedad. Barry Keoghan vuelve a estar
muy bien, pero se lo nota un poco crecidito para el papel, la verdad sea dicha.
Y nos reencontramos con Nora-Jane Noone, lo que nos
regocija, aunque aquí no tenga un personaje muy proactivo, más bien reacciona a
los entreveros de sus hombres. (Nora-Jane Noone es una de las protagonistas de The
Magdalene Sisters / En el nombre de Dios (Peter Mullan, 2002) y quien allí
la ha visto no la olvida ni en la desmemoria más rampante, Irlanda tiene
historias movilizadoras como pocas)
En resumen, Bring Them Down / Acaba con ellos atrapa,
entretiene y nos hace reflexionar. A mí me dejó una idea resonante: pocas cosas
hay más perniciosas que lo que no se dice.
Gustavo Monteros
viernes, 23 de mayo de 2025
Querido diario - Hoy: Voodoo Macbeth
Orson Welles es como el horizonte, la profundidad de los
océanos, el imperio del amor, los guarismos del tiempo. O sea, inabarcable. Las
biográficas que le dedican tienen más páginas que las de La guerra y la paz.
Si llevaran su vida a la música, sería un ciclo wagneriano. Y si la pintaran,
no alcanzarían los museos.
En lo personal me apasiona lo anterior a El ciudadano
(Citizen Kane, 1941). Lo posterior viene con el lastre del odio y la
envidia de sus enemigos.
Ya hay varias películas que se dedican a sus logros pre
Ciudadano Kane. RKO 281 (Benjamin Ross, 1999) trata los entretelones de
la realización de Citizen Kane. Liev Schreiber es Welles. Me and
Orson Welles (Richard Linklater, 2008) es sobre el montaje de Julio
César de Shakespeare para el Mercury Theatre en 1937. Christian McKay es
Welles. Cradle Will Rock (Abajo el telón) (Tim Robbins, 1999) es sobre
el problemático montaje de esta obra musical en 1937. Angus Macfadyen es
Welles. The Night That Panicked America (La noche que aterrorizó a
América) (Joseph Sargent, 1975) es sobre la histórica trasmisión
radiofónica de La guerra de los mundos en 1938. Paul Shenar es Welles. Y
Mank (David Fincher, 2020) es sobre la escritura del guion de Citizen
Kane, que, si bien es más sobre Herman J. Mankiewicz, cuenta con Orson como
invitado de honor. Tom Burke es Welles.
Ahora llega Voodoo Macbeth (2021) sobre su montaje de esa obra.
Dice Wikipedia: “Voodoo Macbeth es el título popular del Macbeth
de William Shakespeare en la adaptación que Orson Welles dirigió para la
producción del Proyecto de Teatro Federal estrenada en Nueva York en 1936.
Welles trasladó el escenario de la obra de Escocia a una isla caribeña
ficticia, reclutó un elenco completamente negro. El mencionado título popular
se debe al vudú haitiano que sustituyó a la brujería escocesa en la trama de
Welles.
La obra se enmarca en el conjunto de actividades promovidas
por el Proyecto de Teatro Federal, controlado por la agencia Works Progress
Administration (WPA) a partir del 27 de agosto de 1935, siguiendo el acta
"Emergency Relief Appropriation" de ese mismo año. Dentro de dicho
proyecto gubernamental, se creó la Unidad de Teatro Negro (Negro Theatre Unit)
dividida en dos ramas, una para el teatro contemporáneo y otra para los
clásicos. El objetivo era proporcionar la presencia de trabajadores negros,
más allá de las imposiciones raciales del teatro clásico.
La obra original de Shakespeare trata sobre la caída de un
usurpador en la Escocia medieval, que es alentado en sus acciones por tres
brujas. La idea de Welles fue interpretar el texto de forma fidedigna, pero
utilizando vestuarios y decorados que aludieran al Haití del siglo XIX,
específicamente durante el reinado de Henri Christophe, un esclavo convertido
en emperador. Aunque la razón principal del nuevo montaje era posibilitar un
elenco completamente negro, Welles añadió el atractivo exótico del vudú más
cercano al público afroamericano, que la brujería medieval.”
En lo personal confieso que me apasionan también las
películas que tratan el detrás de escena del montaje de una obra teatral,
porque sé por experiencia propia (gracias a Dios participé del montaje de unas
cuantas) que son sobre apasionantes aventuras humanas. Un escéptico podría
cuestionar qué hay de aventurero y apasionante en la reunión de un grupo de
personas para ensayar una obra. Poco en un principio salvo acuerdos de horarios
y disposición para el compromiso. Pero a medida que el acto creativo va
consumándose, aparecen las contradicciones que tanto nos afanamos en ocultar en
nuestra vida cotidiana. Todos somos un misterio y para el que sabe ver, en un
ensayo se devela un poquito de ese misterio que somos. Y si hay una aventura
apasionante mayor, que alguien me lo discuta.
Welles, por sobre todas las cosas, era un excepcional
contador de historias. Ya fuera en el teatro, en la radio o en el cine, buscaba
la manera más efectiva de contar la obra que le habían propuesto. Si tenía que
contar La guerra de los mundos de H. G. Wells por radio, qué mejor si
fuera como una trasmisión de la invasión alienígena. Si hay que montar Macbeth,
obra sobre el ascenso, gobierno y caída de un dictador asesino con un elenco
negro, qué mejor que circunscribirla en el Haití negro. Y si hay que contar la
vida y desmanes de un magnate, qué mejor que un caleidoscopio perspicaz.
Welles se comportaba como un tirano seductor. Se ganaba la
confianza y la lealtad de su gente por imponer siempre su voluntad y no aceptar
las dudas de los que lo rodeaban. Mezclaba encanto, autoritarismo, pasión y una
brillantez intelectual apabullante. ¿Se le resistían? Poco y nada. Todos no
tardaban en apreciar que trabajaban con un genio y es de muy tontos perderse
esa experiencia.
Montar una obra es muy complejo. Eso hace eterno al teatro.
Es un desafío que apasiona. Y las dificultades vienen tanto de la propia
historia, de los dramas personales de quienes la encaran y de los problemas
técnicos inherentes al juego. Y en este montaje histórico, hay ilustraciones de
las tres ramas descriptas.
La obra es difícil y tiene esta vez circunstancias
políticas y sociales. Los actores tienen vidas con muchas encrucijadas. Y las
presiones técnicas no perdonan.
Y esta película sobre una proeza viene con una epopeya
propia. Tiene 10 directores (Dogmawi Abele, Victor Alonso-Berbel, Roy Arwas,
Hannah Bang, Christopher Beaton, Agazi Desta, Tiffany K. Guillen, Zoe Salnave,
Ernesto Sandoval, Sabine Vajraca) y 8 guionistas (Agazi Desta, Jennifer Frazin,
Morgan Milender, Molly Anne Miller, Amri Rigby, Joel David Santner, Erica C.
Sutherlin, Chris Tarricone). Se trata de una coproducción entre la University
of Southern California y Warner Bros. Y sale airosa de tremendo desafío, parece
hecha por una sola mente.
Jewell Wilson Bridges
es Orson Welles. Sencillamente brillante. E Inger Tudor, June
Schreiner, Jeremy Tardy, Danuel Kuhlman, Wrekless Watson, Ashli Haynes, Gary
McDonald, Hunter Bodine, Ephraim López, Erin Croom, Pamela Shaddock, Breayre
Tender, Antoine Perry, Isaiah Frizzelle, Ben Shields, Randy Pound y Kelsey
Yates no andan menos brillantes.
El mundo no está hecho para genios. Y no tardan en chocar
con los que no lo son y se hacen de muchos enemigos. Se los achaca de mordaces,
soberbios, impacientes, odiosos y exuberantes. Y lo son. Quizás.
Orson Welles ya no fue el mismo después de Citizen Kane.
Los enemigos hicieron lo posible e imposible para que no pudiera desarrollar
otra obra en paz. Y lo lograron. Incluso las pocas veces que se independizó de
ellos, tuvo que reconocerlos, y así su libertad breve se encadenó. Sus
circunstancias eran ellos.
Gustavo Monteros
viernes, 16 de mayo de 2025
Querido diario - Hoy: Dos con elencos prisioneros
Pietro (Elio Germano) no puede creer su suerte. Acaba de
mudarse a Roma y ya consiguió un departamento grande, luminoso, bien ubicado y
para nada inaccesible económicamente. Eso sí, no sabe que tiene un problemita:
lo cohabitará con fantasmas. Y no uno o dos, si no ¡ocho! Tres mujeres, cuatro
hombres adultos y un chico. Un elenco teatral completo, literalmente.
Durante la Segunda Guerra, la noche que iban a estrenar un
espectáculo, tuvieron que escapar del teatro con el vestuario de la obra puesto
porque los venían a buscar para llevarlos a un campo de concentración. Se
refugiaron en el departamento que ahora comparten con Pietro. Y no los mató una
bomba ni la toma de Roma sino una estufa defectuosa.
Necesitan que Pietro ubique a Livia Morosini (Anna
Proclemer) que iba a ser la estrella del espectáculo para que les diga quién
los denunció. Encontrar a una persona después de tantos años no es tarea fácil
y Pietro, un gay despistado y romántico que bordea el acoso a sus excompañeros
sexuales, tiene problemas más urgentes.
Estoy tan domado por las tramas adocenadas de Hollywood que
esperaba que los fantasmas ayuden a Pietro a solucionar sus problemas
sentimentales. Pero no van por ahí los tiros. Todo lo de Pietro quedará en
ciernes, en potencialidad. Es el misterio del elenco que no puede abandonar el
departamento lo que importa.
Esta Magnifica presenza (Magnífica presencia,
2012) es un título representativo de la carrera del Ítalo turco Ferzn Özpetek,
que sabe armar historias muy atractivas con humor elegante y refinado
melodrama, como lo corroboran Haman / Baño turco de 1997, La
fate ignoranti / El hada ignorante de 2001, La finestra di fronte
/ La ventana de enfrente de 2003, Mine vaganti / Tengo algo
que decirles de 2010, o la reciente Diamanti de 2024.
En The Purple Rose of Cairo (Woody Allen, 1985) a
Cecilia (Mia Farrow) no le va muy bien en plena Depresión norteamericana. En
realidad, a muy pocos les va mejor, pero a ella los problemas económicos de la
mayoría se le agravan por estar casada con Monk (Danny Aiello) un grandote vago
y pendenciero y de mano rápida. Por suerte, tiene un refugio y un consuelo: el
cine y sus películas. Las alocadas fantasías de los filmes en blanco y negro de
los años treinta la transportan a ambientes ricos, elegantes, sofisticados
donde todos encuentran un final feliz.
En la película de esta semana, La rosa púrpura del Cairo,
el galán (Jeff Daniels), por momentos, parece desentenderse de la acción dramática
y prestarle atención a Cecilia. Algo que se comprueba casi de inmediato: el
galán sale de la pantalla para huir con ella. La fuga le representa a Cecilia
mayores inconvenientes, el galán en este mundo tiene carne y hueso, aunque no
deja de ser un personaje de ficción que entiende el ambiente para el que fue
creado, pero que ignora la forma de vida de este lado de la pantalla.
El elenco de la película del que el galán huyó se las ve de
figurillas para seguir entreteniendo al público. En un principio lo logran,
pero después se cansan y aburren. El dueño del cine recurre al productor
original del film y este viene a ver qué es lo que está pasando, acompañado por
el actor hollywoodense que hizo al galán.
Mientras todos buscan una solución, la película no puede
dejar de proyectarse. Si se dejara de dar, el galán no podría volver a la
pantalla y se desconoce que otros problemas generaría.
El elenco comprende que puede liberarse de la trama que los
aprisionaba y que pueden ensayar otras alternativas. Así el maître del Morocco
se pone a bailar y demuestra que está para mucho más de lo que lo hacen hacer
siempre.
Cecilia será puesta en una disyuntiva y elegirá con
sensatez y al hacerlo caerá en una trampa. Los hacedores de sueños, los que los
imaginan, les dan forma, los concretan pueden traicionar. Los sueños, no. Valga
la paradoja.
Llevaba siglos sin ver La rosa púrpura del Cairo, me
alegró comprobar que sigue lozana y vivaz como el primer día, o sea que es lo
que sospechamos en tiempos de su estreno: una obra maestra imperecedera.
Quizás algún que
otro chiste suene fuerte para la hipersensibilidad actual. Pero no hay que
perder el contexto, una obra (cualquiera, todas) es hija de sus tiempos. Y
aunque sea obvio, que valga repetir que la corrección política actual no se
condice ni por asomo con lo que se permitían jugar en los setenta, ochenta e
incluso hasta bien entrados los noventa. Insisto no hay que ver las obras del
pasado con los parámetros contemporáneos. Si lo hacemos no se salvan ni La
Ilíada, ni La Biblia, ni La divina comedia, ni El mercader de Venecia, ni el Martín
Fierro.
Estas dos películas pueden verse en Prime Video
Gustavo Monteros
viernes, 9 de mayo de 2025
Querido diario - Hoy: La trilogía de Szavó y Brandauer
En la década del ochenta del siglo XX, el director húngaro,
István Szabó y el actor austríaco, Klaus Maria Brandauer redondearon una
trilogía cinematográfica sobre tres hombres con aspectos en común.
Mephisto fue la primera en 1981. El
título refiere, claro, al personaje que tienta al Fausto de Goethe, más
conocido como Mefistófeles por estos pagos. Pero la película no es sobre este
personaje diabólico sino sobre Hendrik Höfgen (Klaus Maria Brandauer) un actor
alemán que ganó fama imperecedera interpretándolo durante el ascenso del
nazismo. El ficcional Hendrik Höfgen encubre genio y figura de Gustaf Gründgens
(1899-1963), actor que existió y que comparte con Höfgen hechos significativos,
no el menor haber alcanzado reconocimiento interpretando a Mephisto.
En el comienzo de la película vemos a Höfgen padecer un
hambre de gloria tan atroz que le duelen literalmente las ovaciones que le
tributan a la estrella de la obra en la que él apenas se destaca. Su ambición
es alcanzar la fama y que esta le traiga fortuna. Obtiene lo segundo antes que
lo primero: se casa con una rica heredera. La seguridad económica le permite
concentrarse por entero en su ascenso en el cartel. El narcisismo lo enceguece
y frivoliza, el mundo es él. Por lo tanto, no le interesa la política, lo que
en los tiempos tan convulsionados en los que le toca vivir es un craso error.
Las diferentes concepciones políticas son para él trasfondo de los papeles a
interpretar. En el último fulgor de la cultura alemana prenazi hará comedias
cosmopolitas y dramas universales y en el estertor del cabaret, hará canciones
muy de izquierdas. Y cuando comience a tallar el nacionalsocialismo y su
impronta de redescubrir las raíces germanas, hará dramas históricos antisemitas
y que realzan el ideal nazi del hombre nuevo.
Decidirá quedarse cuando los compañeros del arte emprendan
el obligado o elegido exilio. Tendrá hasta la suerte de una salida elegante, un
hecho histórico determinante en el ascenso nazi lo sorprenderá filmando en
Budapest. Pero ante la posibilidad de huir a Londres o París, opta por regresar
a Berlín, porque el idioma de un actor es la lengua natal y la suya es el
alemán.
El regreso lo deposita en la órbita de El General (Rolf
Hoppe), personaje que encubre a Hermann Göring. Su coqueteo con la izquierda le
será perdonado a cambio de una adhesión fervorosa al nazismo. Se consolará
diciéndose que al menos podrá ayudar a los perseguidos. Cree que la máscara de
Mephisto le calza tan bien que su poderío se verifica en la vida real y que
puede manejar al General como si fuera su Fausto. Suprema ironía, en la
realidad es al revés, El General es Mephisto, él es Fausto. Cuando lo comprenda
será tarde. El potente reflector lo encandilará y no podrá ver ni por donde
pisa, entonces dirá desorientado: Soy un actor, ¿qué pretenden de mí?
En 1983 Szabó y Brandauer vieron en un teatro de Londres a
Alan Bates en A Patriot for Me de John Osborne, sobre el ascenso y caída
de Alfred Redl (1884-1913) en la Viena (y adyacencias) del Imperio
Austrohúngaro y decidieron llevarla al cine. El proyecto se concretó en 1985, la
película se llamó Oberst Redl / Coronel Redl y fue la segunda de
la trilogía de Szabó-Brandauer. De la obra de Osborne quedó tan poco que cualquier
parecido con el original es pura coincidencia.
Comienza con Redl niño. Es hijo de campesinos más pobres
que los del Evangelio, porque en el siglo XIX no había campesino que no fuera
pobre. Alfred escribió una inspirada salutación de cumpleaños para el Emperador
Francisco José en la escuela. Esta composición de obsecuencia le abrió las
puertas del Liceo Militar, donde se codearía con los ricos y nobles.
La rotura de una espada de madera lo unió en el castigo a
un chico de cuna de oro. El chico lo invitó a su casa solariega. Cuando los
padres del chico acomodado le preguntaron por sus orígenes, Alfred dejó de ser
un muchachito ruteno de la Galicia polaca y fingió descender de una familia
noble venida a menos. O sea que comenzó con su particular vals de máscaras que
no dejó de bailar ni en el final.
De regreso a la escuela militar se mimetizó con sus
compañeros y hasta los superó, fue más aristocrático que los mismísimos pares
del reino, o del imperio, para ser más precisos. Su ambición era ascender y
sabía que al no contar con fortuna ni linaje le tocaba ser el mejor de los
mejores, el más efectivo, el más aplicado. Su celo le garantizó promociones y
padrinazgos.
Las mujeres lo amaron, pero él no pudo retribuirles con
sensualidad, prefería a los hombres. Y la homosexualidad fue su secreto, su
debilidad y su caída. Llegó a ser jefe del contraespionaje. Su labor incluía
espiar a todos los de supuestas actividades sospechosas contra el Impero
Austrohúngaro, incluidos sus compañeros y sus jefes.
El ascenso lo acercó al Príncipe Heredero (Armin Mueller-Stahl). Se supone que
este personaje es el archiduque Francisco Fernando, pero no se lo nombra como
tal y no es biográficamente parecido a ninguno de los verdaderos archiduques en
realidad; es más, sus ideas políticas lo acercan al difunto Rodolfo. Este
príncipe lo involucró en sus oscuras intrigas y apuró su desgracia.
Como jefe modernizó el servicio de espiar, incorporó los últimos
adelantos técnicos de la época, como la fotografía y la grabación de voces e
imágenes, herramientas que usaron para documentar sus aventuras sexuales y
chantajearlo. No se sabe cuándo empezó a espiar para los rusos, o si lo hizo en
realidad. La evidencia es más conjetural que probatoria. Incluso su ejecución
fue un juego de máscaras y espejos. En vez de ahorcarlo o fusilarlo, le dieron
una pistola para que se suicidara honorablemente.
Y la tercera, Hanussen, de 1988, fue sobre Hermann
Steinschneider (1989-1933) más conocido por su nombre artístico, Erik Jan
Hanussen, clarividente, hipnotista, mentalista, ocultista y astrólogo de
renombre. Un adivino y charlatán, resumirían las malas lenguas.
La película comienza cuando Steinscheider / Hanussen, reza
un padre nuestro, mientras se apresta junto a otros muchos soldados a abandonar
la trinchera y atacar al enemigo. Estamos en la Primera Guerra Mundial, claro.
Es herido en el ataque, pero el daño corporal es menor al trauma mental que le
queda.
En el hospital tendrá la suerte de cruzarse con el Dr.
Bettelheim (Erland Josephson) que estudia los misterios de la mente. Pasarán a
tener un trato muy afectuoso, sospechosamente físico. Bettelheim descubrirá que
el futuro Hanussen tiene un particular talento para inducción hipnótica (un
compañero de pabellón tiene una crisis nerviosa y amenaza con volarlos a todos
con una granada, Hanussen, claro, lo evita) y le pide sea su discípulo después
de la guerra.
Pero el capitán Tibor Nowotny (Károly Eperjes) se cruzará
en su camino. Antes de la contienda, anduvo en la farándula y convence a
Hanussen para que transforme sus aptitudes en un acto de music-hall. Terminada
la guerra, Hanussen con el buen olfato de Nowotny se transforma en una estrella
de la adivinación.
Lo acusan de charlatán y lo llevan a juicio. Hanussen saca
a relucir su talento y convierte al trámite legal en propaganda favorable. Por
supuesto, es liberado de los cargos. Mientras tanto el nacionalsocialismo está
en ascenso y como a Hitler el ocultismo le atrae, pide los servicios de
Hanussen, que no quiere embanderarse con ninguna facción política.
Los nazis le mandan fanáticos a arruinar su número,
Hanussen que es carisma puro y que como ya demostró con el juicio de
charlatanería y estafa, puede dar vuelta lo que viene adverso, logra hipnotizar
a los alborotadores y se gana unos enemigos acérrimos. La ultraderecha no tiene
humor, solo odio.
Eso sí, los nazis consiguen poner a Hanussen entre la
espada y la pared en público: lo obligan a decir quién ganará las próximas
elecciones. Hanussen dice que ellos y eso los ayuda a consolidar un triunfo que
venía impredecible.
De todos modos, la indefinición política de Hanussen les
plantea un problema a los nazis. De su lado, Hanussen es un aliado valioso,
pero en contra, es un peligro que no quieren correr. Y ante el primer error de
cálculo de Hanussen, tomarán medidas drásticas.
Szabó y Brandauer dicen que no se propusieron hacer una
trilogía, que les salió así, como quien no quiere la cosa. Algunos críticos la
llamaron erróneamente la Trilogía Alemana, aunque cuando precisaron que la
segunda película no se avenía del todo a esa nacionalidad, comenzaron a
llamarla la Trilogía de Centroeuropa. Yo prefiero llamarla la Trilogía de Szabó
y Brandauer.
Nombres aparte, se centra en tres hombres ambiciosos,
egocéntricos, a los que codearse con el poder no les resultó beneficioso. Todos
se ocultaron tras máscaras, negaron o disimularon sus orígenes, y fueron poco
hábiles para los juegos políticos. Tuvieron la capacidad y las agallas para
llegar adonde querían, pero no supieron navegar las aguas turbulentas de los
tiempos en los que les tocó vivir.
Szabó como director y Brandauer como actor se ocuparon de
iluminar sus contradicciones, sus errores, sus lados fuertes y sobre todo su
humanidad, por eso estos tres títulos perduran y reaparecen fulgurantes en
retrospectivas y en reminiscencias. Sus héroes puede que tengan destinos
adversos, las obras que los contienen, no.
Gustavo Monteros














