viernes, 26 de julio de 2024

Querido diario - Hoy: La condesa descalza


La condesa descalza (1954) es una película mezquina porque todo lo que tiene de interesante pasa fuera de cámara. Es la historia de una mujer excepcional en tres etapas (el camino de ascenso al estrellato, las consecuencias del estrellato alcanzado y su salida de escena), contada por tres narradores (un director de cine, un relacionista público y el conde con el que se casó y que justifica el título).

 

María Vargas (Ava Gardner, ¿quién si no) es un animalito de Dios, sensual, libre, volátil. Baila en un cabaret de Madrid y ha logrado que se hable de ella hasta en Roma. De allí vienen Kirk Edwards (Warren Stevens) un heredero reciente de un par de millones de dólares que quiere producir un film, Myrna (Mari Aldon) una buscavidas cínica y de escasa autoestima, Harry Dawes (Humphrey Bogart) un director de cine, alcohólico en recuperación, que procura salir de una mala racha con un proyecto para un nuevo film que es lo que se traen entre manos y Oscar Muldoon (Edmond O’Brien) un relacionista público de ricos y famosos con una alta tolerancia para las humillaciones.

 

Este cuarteto de notables viene al cabaret para ver el número de María y convencerla de que se vuelva con ellos a Roma para que le hagan una prueba de cámara. Están en problemas, han llegado tarde para la actuación y María no se sienta en la mesa de los clientes. Kirk, que se revela como un déspota medio bobo, manda primero a Oscar y luego a Harry para que la traigan a su presencia. Entre estas idas y vueltas, un mal chiste de Myrna hace que Kirk se la saque del medio de mala manera.

 

Como ni Oscar ni Harry consiguen acercar a María a la mesa, Kirk le ordena a Harry que se quede en Madrid hasta que María acepte ir con él a Roma y si no lo logra que se olvide de filmar la película. Como vemos Kirk no se postula para Miss Simpatía. Harry y María se hacen amigos y ella le cuenta que necesita que la quieran cómo es (¿quién no?) y que no soporta los zapatos, que pasan a ser símbolo de su resistencia a adaptarse al status quo.

 

Su retrato es contradictorio, porque es una salvaje de lo más civilizada. En el camarín la hemos visto, intuido más bien, entrelazarse con uno de los músicos, al que presenta como un primo. Digo intuido, porque solo vimos los pies de ambos, el resto de sus cuerpos quedó cubierto por una cortina.

 

Esta parte está contada por Harry. La segunda etapa la cuenta Oscar y tiene dos partes, en la primera atestiguamos que su estrellato es tan sólido como para sobrevivir un escándalo policial (su padre ha matado a su madre, hay un juicio, María declara y el público se pone de su parte) En la segunda parte asistimos a la caída en desgracia de Kirk y a su reemplazo por Alberto Bravano (Marius Goring) otro ricachón más inútil y pusilánime que Kirk (todo un logro porque Kirk en esas cualidades sobresalía con honores) Oscar y María se inclinan por Bravano, Harry ha recuperado su independencia y ha retomado su carrera con honores. Pero Kirk no se queda solo, Myrna, que en sus ratos de hastío se pisotea el amor propio se va con él. Harry ha visto que en la casa de la piscina, María guarda otro “primo” para desahogos eróticos y ¡se lo recrimina!

 

La tercera y última etapa está contada por el conde Vincenzo Torlato-Favrini (Rossano Brazzi) que se enamora de María con solo verla. La seduce, se casa con ella y espera a la luna de miel ¡para contarle que una herida en la Segunda Guerra Mundial lo ha incapacitado sexualmente! María que está loca por el conde, en su animalidad erótica, interpreta mal lo que se espera de ella. Cree que Vincenzo se ha casado con la esperanza de que le dé un hijo. De ahí que María se ha conseguido otro “primo” para tal fin, pero Vincenzo, cuando se entera, reacciona a los balazos y mata a María y al “primo”. Y volvemos al principio, al entierro de María bajo la lluvia, con todos los hombres que han participado en estas etapas de su vida de pilotos y con paraguas.

 

La recordaba mejor de lo que es. Bueno, la vi a los 13 o 14 años y por entonces todo lo que expresara alguna idea con dos esdrújulas seguidas me parecía serio y profundo. Ahora a la vuelta de la esquina, algo discerní.

 

Es una película con muchos problemas y malas elecciones. Para empezar, es teatral en el peor sentido. Cada vez que alguien toma la palabra no la suelta por un buen rato. Y son parrafadas más farragosas que elocuentes. Además, el diálogo suple información que podría desarrollarse más dramáticamente, con mayor profusión de escenas. Parece una de las películas perezosas de Woody Allen, en las que prefiere contar con escenas largas, en un solo ambiente, con solo un par de cámaras, en vez de que con escenas más cortas y más ricamente planeadas. Por supuesto, de tanto en cuando hay logros en los diálogos. Después de todo, está escrita y dirigida por Joseph L. Mankiewicz, que de escrituras y dirección entendía largo y tendido, aunque no era infalible, claro.

 

Otro problema que tiene es que los personajes son muy poco atractivos y son tan simpáticos como una hiena con hambre. Se hace difícil empatizar con ninguno. Un poco tal vez con la María Vargas de Ava, por su supuesto impulso vital al menos. Los demás nos importan poco o nada. Incluido Humphrey (¡Dios me perdone!) Su personaje es testigo de la peripecia de vida de la Vargas, un amigo, un confidente, un psicoanalista improvisado. Un personaje opaco para alguien como Bogart. Ojo, demuestra que es un buen actor, que entiendo qué función cumple su papel y lo defiende con un entusiasta profesionalismo. Lo que hace es irreprochable, pero uno lo siente como un desperdicio. El cartel dice Bogart y Ava y uno se pone a imaginar algo más desafiante o apasionado que estrellita en ascenso recibe ayuda y consejo de director curtido.

 

Encima su papel y el del relacionista público que hace Edmond O’Brien tienen características tan similares que parecen mellizos. Dos cínicos duchos del mundo del espectáculo, que saben cuándo agachar la cabeza y tragarse el insulto y cuándo devolver los golpes recibidos con resignada sabiduría. Los diferencia un poco el amor al dinero que tiene el personaje de O’Brien. También que, en mitad del film, el Harry de Bogart se suaviza por presencia de su amada esposa, Jerry (Elizabeth Sellars) que lo contiene y lo robustece. Ella corta de raíz el más mínimo intento de doblegar o ningunear a Harry. Ahora que lo pienso, es un personaje agradable, no como el resto.

 

Y es extraño (si no extraño, al menos curioso) que todo erotismo, sensualidad o apasionamiento, esté fuera de cámara. Detalle que se manifiesta en el principio, no se ve qué es lo que la Vargas hace en el escenario del cabaret, solo se registra las reacciones del público. Después, como ya dijimos, se ven los pies de Ava y su “primo” en el camarín, una cortina los tapa pudorosamente. En la casa de la piscina, el otro “primo” es una luz en la ventana. Y no se ve cuando el conde Vincenzo la mata junto al amante, nosotros, el público, al igual que Bogart solo oímos los disparos.

 

La única excepción a algo parecido a la sensualidad es cuando el conde que hace Brazzi la ve por primera vez. Ella está ensayando un baile un tanto parsimonioso con un gitano, al que después le dará dinero que le sacó a Bravano. No es para menos, el gitano es un “primo”.

 

Eso sí, Mankiewicz ratifica que el dinero no hace a la felicidad (o tal vez odia a los ricos tanto o más que su hermano). Aquí los ricos puede que tengan asegurado el futuro, pero son infelices, neuróticos, frustrados e impotentes. A cuál peor.

 

Y si bien se supone que María Vargas es una fuerza vital, el erotismo irrestricto que ostenta es algo que todos quieren aplacar. Como si les molestara que una mujer fuera capaz de ser libre y plena en el sexo. Todos andan como catequistas procurando reformarla. Sin duda su voluptuosidad los amenaza.

 

Para no cargar tanto las tintas sobre estos hombres, podemos decir que son muy producto de su época, muy personajes de postguerra o más bien de post bomba atómica. Todos andan con la crisis existencial, saboreando la angustia de saber que el hombre es un miserable irredimible, que de tanto insistir en ser lobo del hombre, poco de humano le queda.

 

Pero ¿no es que la chica descalza es una alternativa? ¿Algo así como a coger que hay que replantear el mundo? Sin embargo, lo que le sale a Mankiewicz es más bien: Matémosla ya, no sea cosa que con su vitalidad nos salve de esta angustia tan sentadora que estamos disfrutando.

Gustavo Monteros

 

viernes, 19 de julio de 2024

Querido diario - Hoy: El rey



 

A los fines prácticos, The King es la historia de una venganza. Pero ¿una deliberada, concebida, planeada? O ¿una accidental, azarosa, improvisada?

 

Elvis (Gael García Bernal) sale de la Marina con un rifle y un dinero ahorrado y se dirige a un pueblo de Texas para contactarse con su padre, al que no conoce, Dave (William Hurt) hoy un pastor evangelista a cargo de una comunidad cristiana.

 

Dave le pide a Elvis que se mantenga alejado de su nueva familia. A su esposa Twyla (Laura Harring), a su hija Malerie (Pell James) y a su hijo Paul (Paul Dano) les pide que no se relacionen con Elvis, pero no les cuenta que es un hijo carnal que tuvo con una mexicana en su tumultuoso pasado, del que se dice reformado.

 

Pero Elvis ya ha conocido a Malerie y se embarca en una seducción irrestricta. Paul, frustrado por no haber sido elegido en la universidad local en la que ha decidido seguir sus estudios y serenamente furioso por haber sido retado por su padre por hacer en la iglesia un número musical no doctrinario sino catártico, al descubrir una noche que Elvis ha estado en la pieza de Malerie lo sigue hasta el hotel en que vive y le ordena que no vea más a su hermana. Elvis, con una frialdad ¿insospechada?, lo mata y esconde su cadáver, a la vez que organiza circunstancias para que se crea que Paul ha huido de la familia por sus propios medios. Entonces…

 

En el afiche se lee un slogan publicitario que dice: “El diablo me ha obligado a hacerlo”. En un momento clave de la historia, Elvis dirá: “Dios me ha obligado a hacerlo”. Las dos versiones de la frase no son un error ni un truco publicitario. Son la declaración de principios de para dónde va la película.

 

Dios y el diablo no son las dos caras de una misma moneda, pero cuando se habla tanto en que todo se hace en el nombre de Dios, el diablo no tarda en meter la cola. Dave es un evangelista obcecado, fanático, irreductible, no solo dice hacer las cosas en nombre de Dios, sino que erige en su representante, en su vocero, porque cree en Dios piensa que Dios habita en él.

 

Cuando Paul desaparece no entra en crisis de fe sino en desazón. ¿Por qué Dios habría de quitarle a su hijo? No haya respuesta y ve en Elvis al hijo pródigo. Y lo lleva a su casa, lo pone en la habitación de Paul. Reemplaza al hijo perdido con el recién encontrado.

 

Error. Puede que participemos (por ser hijos) de la naturaleza divina, pero ni por asomo somos dioses. En el caso de Dave, ¿la redención obtenida no borra su pasado? Al parecer no, sobre todo cuando se ha intentado negar las consecuencias del mismo, o sea al hijo. El supuesto puro ve peligrar su imagen santurrona y prohíbe al hijo recién llegado y a la familia que no se traten.

 

Estas son solo algunas de las preguntas que van surgiendo a medida que avanza la historia. Cada decisión que cada uno de los personajes toma trae consecuencias arrasadoras. Elvis, un rey de pacotilla con corona de cartón de restaurant de comida basura, ¿ha destronado al profeta hipócrita? ¿Esa era su misión?

 

Este film de 2005 de James Marsh crece con lentitud, pero es apasionante. Gael García Bernal y Willliam Hurt están soberbios en sus personajes y ratifican que son actores maravillosos.

 

Por desgracia ha habido guerras, masacres, persecuciones atroces por las mismas pretensiones que ostentan estos personajes. La fe pueda que mueva montañas, pero también puede destruirlas.

Gustavo Monteros

viernes, 12 de julio de 2024

Querido diario - Hoy: Las nuevas ropas del emperador


 

Por una vez decidí seguir mi propio consejo. ¿Cuál de todos? Cuando digo que, si la realidad es cruel y sucia, mejor meter la cabeza dentro de una feel movie.

 

No como el avestruz para no ver, sino para recuperar con un cuento que podemos ser sensibles, solidarios y bienintencionados.

 

Me cruzo con The Emperor’s New Clothes (Alan Taylor, 2001) y decido verla por fin completa y de corrido. Cuando reinaba el cable, la veía empezada y por partes. Me gustaba lo que veía, pero o no terminaba de verla o me sorprendía empezada. Y por los motivos que fueran, no utilizaba mis recursos para verla al fin entera.

 

Como Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando (Jaime Chávarri, 1997) o La luz prodigiosa (Miguel Hermoso, 2003), da un final alternativo al destino de un hombre notable, en este caso, Napoleón Bonaparte. El juego, claro, está en inventar circunstancias que hagan plausible la peripecia. Convencernos sin caer en la gratuidad del disparate. Aquí, al igual que en los dos buenos casos citados, lo logran.

 

Al principio estamos en 1821, en Santa Elena. El exemperador evita la angustia o el tedio del exilio dictando sus memorias. Una organización secreta, empeñada en su regreso al poder, ha dispuesto reemplazarlo por un sosia, un viejo marinero. El doble lo cubrirá en la isla y Napoleón ocupará el lugar del marinero en el barco y se bajará cuando lleguen a París.

 

El engaño se revelará cuando haya recuperado el gobierno de Francia. Pero, ya se sabe, no hay plan perfecto. Terminará en Bélgica, y casi a la buena de Dios. Pasan algunas cosas y llega por fin a París, sus nuevas instrucciones son contactar con el teniente Truchaut.

 

Llega a la casa del teniente y descubre que no podrá albergarlo porque ha muerto. Su viuda (que no lo reconoce como Bonaparte) le da trabajo y cobijo por unos días, al cabo de los cuales deberá irse, porque la pobre está en una pésima situación económica. El negocio de venta de melones y sandías en el que ha depositado todas sus esperanzas y el poco dinero que le quedaba no funciona como ambicionaba.

 

Pero a Napoleón le basta con un mapa y un objetivo a conquistar para dar con una estrategia vencedora y la ayudará a salir adelante y ganarse unos buenos réditos. Mientras tanto en Santa Helena, su doble no quiere revelarse como tal y persiste en ser Napoleón. Disfruta de los beneficios de ser un prisionero de lujo y además se revela como un narrador astuto que salpimienta las memorias del gran corso, sobre todo las amorosas con un erotismo delicioso. Y así una cosa lleva a la otra.

 

Es una película muy disfrutable por la historia, por el pudor y la elegancia con la que está narrada, sin subrayados ni salidas de tono, por un elenco perfecto y porque la improbable pareja romántica de Napoleón y la viuda tienen una química que vuelve lo implausible no solo posible sino real y concreto.

 

El maravilloso Ian Holm, por una vez ascendido a protagónico, demuestra tener una solvencia envidiable, no solo para atraer nuestra atención sino para llevarnos literalmente de las narices.

 

Ella es Iben Hjejle, una estrella danesa, que no ha fatigado el cine de Hollywood, aunque es bella y brilla como la mejor.

 

Me fui a dormir con una sonrisa que evitó los monstruos en mi sueño. Al día siguiente la realidad no era piadosa y bella por la magia del cuento, pero mi voluntad de cambiar la podredumbre se fortaleció. Después de todo, ser consciente de que el mundo puede ser mejor es un primer paso y aleja las inmensas ganas de resignarse, de rendirse. Y eso es algo que los buenos cuentos siempre pueden hacer.

Gustavo Monteros


viernes, 5 de julio de 2024

Querido diario - Hoy: Venganza por el pasado - Una banda loca, loca


 

Venganza por el pasado es una película industrial multigénero como les gusta a los productores, un poco feel good, un poco buddy movie, un poco thriller, un poco de acción, un poco drama y un poco comedia y un todo de venganza a cumplir como sea. La surcoreana Rimembeo (¿en el original?) o Remember (para el público anglosajón) fue escrita y dirigida por Il-Hyeong Lee en 2022 y me la crucé por casualidad en Prime Video paveando o buscando otra cosa.

 

Pil-Ju (Lee Sung-min) anda por los ochenta años y hasta ayer trabajaba en un restaurant de comida rápida. Allí conoció a In-gyu (Nam Joo-hyuk), un veinteañero al que el viejito le parecía tan inofensivo como simpático. Lo que ni se imagina es que el viejo necesita ayuda para completar una lista de pendientes (o sea, cosas que hacer antes de morir) que no incluye visitar antiguos amores perdidos sino matar a unas cuantas personas que le hicieron mucho daño a su familia y a él, durante la dominación japonesa de Corea.

 

El viejito no será un exmarine, pero tiene algunos trucos que enseñarles. Pese a sus recursos para la pelea, tiene unas cuántas cortedades físicas, traducidas como un Alzheimer galopante y un tumor cerebral que se le expande con la celeridad del Correcaminos. Por supuesto el deseo de venganza está más que justificado (faltaba más) y el joven no es un inocente intocado por la injusticia. Su padre está inválido, la empresa que lo explotó toda la vida se niega a hacerse cargo de los gastos que su decadencia física depara y en la desesperación por darle el mejor tratamiento, el joven recurrió a unos mafiosos prestamistas que exigen que se les cumpla en efectivo lo más pronto posible. De ahí que al joven, los pruritos moralistas de despanzurrar gente se le pasen más bien rápido y que de auxiliar del viejo pase a secuaz o cómplice.

 

Para no perder la atención del público en las dos horas con ocho minutos que dura el film, habrá vueltas inesperadas de guion y sorpresas varias, lícitas en todo melodrama, con acción o sin acción, que se precie. Aunque lo que hace que uno no abandone jamás el relato, ni aunque nos prometan un más que generoso puñado de dólares es Lee Sung-min, el actor que hace de viejito. Una maravilla por donde se lo considere, ni hasta el mismísimo Robert De Niro se salva de envidiarle un talento nato que ilumina cada rincón del personaje que le tocó en suerte.




Debería haber una ley contra los compositores extremadamente melodiosos, esos que componen canciones tan pegadizas que basta escucharlas una vez para que instalen en nuestra memoria para siempre. De existir tal ley, los hermanos Sherman habrían estado presos, no de por vida, sino de por varias vidas. Robert B. Sherman (1925-2012) y Richard M. Sherman (1928-2024) son los responsables de las canciones de Mary Poppins y Chitty Chitty Bang Bang, entre otras magnéticas composiciones.
 
Supercalifragilisticoexpialidoso y Chim Chim Cher-ee de Mary Poppins o la canción del título de Chitty Chitty Bang Bang son más pegajosos que el almíbar, más inolvidables que Rebecca, más verificables que el mal aliento, más contagiosas que el resfrío y más adherentes que el abrojo.
 
La muerte reciente de Richard M. Sherman me recordó que tenía pendiente la revisión de una fallida comedia musical de la Disney de 1968: The One and Only, Genuine, Original Family Band o Una banda loca, loca, dirigida por Michael O’Herlihy y con canciones de ¡los hermanos Sherman!
 
Se basa en la biografía de Laura Bower Van Nuys (¡?) y se centra en las elecciones presidenciales norteamericanas de 1888. Dato no menor porque hay una lógica Romeo y Julieta, pero no entre la pareja romántica del film sino entra el abuelo y padre de la familia.
 
El abuelo (Walter Brennan) es demócrata mientras que el hijo y pater familias (Buddy Ebsen) es republicano. La madre (Janet Blair) y la hija mayor (Lesley Ann Warren) son árbitros apolíticos entre las partes (estamos a años luz de algunas modernidades, el sexo femenino, según la mentalidad de la época, solo debe ser reproductor y guardián del hogar, o sea a parir hijos, guisar, coser y callarse)
 
La apolítica hija está comprometida con un editor de periódico republicano, resistido por el abuelo, no como persona sino como portador de una ideología inadmisible (en realidad más una dicotomía futbolera Boca-River // Estudiantes-Gimnasia, etc., que otra cosa) El chico editor este es de Dakota y convence a la familia de que se instalen en este territorio. Así como así, sin mucha lógica ni motivación, la familia que hasta ayer iba a cantar en una convención demócrata en Chicago, termina mudándose a Dakota como unos buenos y sacrificados pioneros. La chica futura esposa del editor trabajará allí de maestra.
 
Todo bien, pero el abuelo provoca con sus ideas a medio pueblo, mayoritariamente republicano, y surge algo así como un conflicto. Llegarán las elecciones, habrá sorpresas sobre detalles del sistema eleccionario yanqui, los dos partidos terminarán beneficiados y todos se pondrán a cantar y bailar (algo que ya venían haciendo desde un principio).
 
Obviamente el estudio Disney quería surfear la ola de las familias musicales creada por La novicia rebelde, pero el material elegido, a pesar de que todos tocan un instrumento musical, no daba para mucho. El trámite de verla es caprichoso y confuso. Pero uno llega al final por ¡las benditas canciones de los Sherman!, que de puro melodiosas son irresistibles.
 
Y para contribuir a la confusión del asunto, abuelo y padre lucen como dos viejos de edad pareja, más para hacer de hermanos que de padre e hijo. Brennan había nacido en 1894 y Buddy Ebsen (muy popular por aquellos tiempos, dado que era el pater familias de Los Beverly Ricos (The Beverly Hillibillies, una sitcom icónica que estuvo en el aire como por 10 años, del 62 al 71)) había nacido en 1908), o sea que Walter Brennan lo había engendrado a los 14 años, bueno, es que los pioneros eran ¡muy precoces! El mayor de los hijos de la familia es un astro niño-joven de la Disney de aquellos tiempos, el ahora igual de famoso Kurt Russell. Y es la película debut de una jovencita que sería el amor de su vida y su pareja duradera, es decir, Su Majestad Goldie Hawn, que aparece de lo más pizpireta y desarrollada en la fiesta del granero. Y no es una ilusión óptica que Goldie luzca desarrollada y Kurt todavía un impúber. Kurt nació en 1951 y Goldie en 1945.


Gustavo Monteros

viernes, 14 de junio de 2024

Cerrado por amargura


 Nos tomamos una semana o dos para intentar recuperar las ganas de hablar de cine. Volveremos porque el cine nunca se va del todo. Cuídense. 

Gustavo Monteros


viernes, 7 de junio de 2024

Querido diario - Hoy: Un match en el infierno


 

Por fin una película a la que no le tenía que poner fuerza para que me gustara.

 

Esto de ponerle fuerza o ganas viene a cuento, gracias a una amiga, desde fines de los noventa. Ella acababa de ver una película con Anthony La Paglia, en la que era un cura, en amores con una chica de la resistencia, en la Italia de la Segunda Guerra y cuando le pregunté si le había gustado, me dijo: Y si le ponés ganas, te gusta, ¿viste que ahora con muchas películas, hay que ponerle fuerza, hacer como que te gustan, para no dejarlas y ver otra cosa. Yo me reí, pero la observación tenía verdad y se me pegó. Son pocas las películas que nos gustan naturalmente, a la mayoría le ponemos ganas, garra, fuerza.

 

Bueno, a esta no le tenemos que agregar ningún aditamento extra, nos gusta, nos atrapa, nos interesa, por lo que cuenta y por como lo cuenta.

 

Y si el argumento nos recuerda a una de principio de los ochenta, muy glamorosa y estelarizada, con Stallone, Michael Caine, Max Von Sydow, Osvaldo Ardiles y ¡Pelé!, que se llamó Victory, en el original, o Escape a la victoria en el título que le pusieron para estos pagos, es porque es una remake de esta de la que hablo ahora. Que se llama, Két félidö a pokolban, que en húngaro vendría a ser: Dos medios tiempos en el infierno, que en 1961 dirigió Zoltán Fábri y que participó en el Festival de Cine de Mar del Plata de 1962, y que por aquí se estrenó como Un match en el infierno.

 

Y es sobre un partido de fútbol entre un equipo de prisioneros húngaros y un seleccionado de guardias alemanes durante la Segunda Guerra, claro.

 

Hay un campo de prisioneros de Hungría bajo el mando ruso. Si decimos que los pobres presos están mal es casi un eufemismo. Apenas los alimentan con un menjunje, con buena voluntad digerible, que les refuerza el hambre, más que quitárselo. Visten harapos, las frazadas son unos remedos de abrigo, y se roban unos a otros unas botas rotosas para ver si pueden soportar mejor el frío y sobrevivir unos días más.

 

Entre ellos, está Ónodi (Imre Sinkovits) que fue jugador profesional de fútbol, al que muchos le tienen envidia por su pasado de gloria.

 

Se viene el cumpleaños de Hitler, y como ningún elenco teatral de los que alegran el frente puede venir a este asentamiento perdido en las montañas, y como ni siquiera se pueden conseguir putas para armar un prostíbulo provisorio, es que a uno de los comandantes alemanes se le ocurrió la idea de armar un partidito de presos y guardias.

 

El crack Ónodi primero dice que no, pero después, cuando lo convencen sus compañeros más cercados de que puede sacar algunas ventajas, como más comida para todos o que los que integren el equipo dejen de trabajar algunos días para entrenar, acepta (dicho sea de paso, el supuesto “trabajo” es esclavizante, en sentido literal),

 

El equipo se completa con un rebelde ideologizado que los insta a escapar durante un entrenamiento. Eso hacen, pero son capturados. Y cuando creen que los van a ejecutar, les dicen que antes deben jugar el partido.

 

Menuda motivación saber que la muerte los espera al final del encuentro. Pero la esperanza es lo último que se pierde y si dan un buen espectáculo (¡ni sueñan con ganar!) esperan que se apiaden y los perdonen.

 

Entonces llega el partido y los espectadores nos comemos las uñas, nos llevamos unas cuantas sorpresas y no podemos menos que conmovernos con estos pobres desgraciados, que hacen tripas corazón y rescatan desde el fondo del tarro, una dignidad que ya creían perdida.

 

Los actores son maravillosos y dan y lucen el personaje. Mientras que Stallone, Caine, Ardiles y compañía estaban más a dieta que con hambre, en aquella película que dirigió John Huston en 1981, a estos unos los ve y dan ganas de llevarles un plato de comida.

 

Tendría que ser de visión obligatoria para nuestros neo fascistas contemporáneos que eligen no conmoverse ni con los chicos que se duermen llorando de hambre. Si la ven es imposible que no recuperen algo de la humanidad que alguna vez tuvieron. O al menos en mi desesperación es lo que elijo creer.

Gustavo Monteros


viernes, 31 de mayo de 2024

Querido diario - Hoy: Los dioses vencidos



Me la crucé fatigando el catálogo de películas de Star+ (envidio a la gente que elige la primera película que llama su atención de un catálogo y se pone a verla, yo hago nota mental o física de las que me interesan y hasta no haber llegado al final, no paro. Y puedo revisar el listado completo una o dos veces más, no sea cosa que se me haya escapado algún título interesante. A veces pasa que para cuando terminé, ya no tengo ganas de ver nada, agotado de haber recordado detalles de tantas películas, porque cuando un cinéfilo irredento pasa revista a un listado de títulos, recuerda tales o cuales cosas de cada film. Somos unos adictos muy peculiares.)

 

Retomo: me la crucé y recordé haberla visto en un televisor blanco y negro de los setenta, en alguna noche de El mundo del espectáculo o de Hollywood en castellano. Eso sí, no me acordaba nada del argumento o de los personajes, salvo que estaba bajo el rótulo de las “importantes”, que era como se calificaba a esas películas serias, profundas o relevantes por algún motivo.

 

Un día que me quedo sin opciones urgentes, me pongo a verla. A poco de andar dos peculiaridades se vuelven preeminentes. Se supone que comienza a fines de los 30 y se extiende hasta el inmediato fin de la Segunda Guerra, pero la ropa de las mujeres, sobre todo, sus peinados y sus accesorios no se remontan a las modas de la época, si no que responden a los tiempos en que fuera filmada, o sea 1957. Vicio extendido del cine de los 50 y 60. La minuciosa recreación de época volvería en los años 70. Y dos, en el original se llama The Young Lions (rebautizada en estos pagos como Los dioses vencidos) y sus tres protagonistas, lo que se dicen muy jóvenes no son. Marlon Brando había nacido en 1924, de modo que, en el 57, tenía 33 años. Montgomery Cliff había nacido en 1920, o sea que tenía 37 años. Y Dean Martin que había nacido en 1917, tenía 40 añitos. Los personajes se suponen que andan por los veintipico. Quien dice veintipico, dice treinta y tantos, el problema es que los tres lucen muy creciditos y si nos descuidamos dan hasta mayores de la edad que por entonces tenían. Estos dos detalles anulan el verosímil y dan sobrepeso al platillo de la balanza de la suspensión de la incredulidad.

 

El argumento gira alrededor de las vidas de tres jóvenes atrapados por la vorágine de la guerra, dos norteamericanos y un alemán. Marlon Brando es este último, al principio un instructor de esquí que le da clases a la novia del personaje de Dean Martin y con la que no puede tener una noche romántica de dos que no volverán a verse jamás, porque él le expresa su adhesión al nazismo ya que cree que mejorará la vida del hombre común, desfavoreciendo los usos y costumbres de la vieja política (cualquier parecido con el Mileinato del Río de la Plata es pura coincidencia). Más adelante lo vemos entre los alemanes que toman París, como subalterno de Maximilian Schell (que sí andaba por los veintipico porque había nacido en 1930, este es su debut en el cine norteamericano). Más tarde el alemán Brando se enamorará de una chica francesa, que primero lo desprecia por invasor, después se dejará usar como juguete sexual por la esposa de Maximilien Schell y por último se decepcionará del nazismo, llegando al paroxismo cerca del final cuando se enfrente a los horrores de los campos de concentración.

 

Montgomery Clift es un intelectual, hasta lee el Ulises de James Joyce y todo, empleado en una gran tienda y conocerá a Dean Martin en la oficina de reclutamiento. Dean Martin lo invitará a una fiesta y le presentará a una chica de la que se enamorará, aunque antes de casarse deberá convencer a su futuro suegro de que es un buen partido, a pesar de ser judío. Durante el entrenamiento sufrirá el matoneo de sus compañeros, pero se ganará el respeto de los mismos, después de hacerles frente en unos combates de boxeo que lo dejan bastante maltrecho y por aguantarse los abusos de unos militares que creen que los conscriptos existen para ser doblegados por la humillación.

 

Dean Martin es un cantante de éxito en clubes y teatros neoyorquinos (y…es Dean Martin), no quiere ir a la guerra, a la que supone un sacrificio inútil, porque dice que 10 años después de terminado el conflicto, los yanquis y los alemanes volverán a ser amigos. La novia que casi tiene un romance con el alemán Brando, le pide que se calle porque su postura se parece mucho a la cobardía. Dean Martin será un buen compañero de Clift en el entrenamiento, aunque lo abandone en un momento clave por aceptar un puesto en Londres que le consiguió su novia, puesto que lo dejará bastante a salvo, hasta que un ataque de consciencia lo haga pedir ir al frente en Alemania, donde se reencontrará con Clift y tendrán un final con el alemán Brando subrayador de los absurdos de la guerra.

 

Cuesta creer que alguna vez fuera considerada “importante”, porque más allá de algunos logros de realización (la dirigió el bueno de Edward Dmytryk, un narrador todoterreno, firmante de algunos títulos magistrales), la cosa es bastante boba, insustancial, de poco a nada interesante.

 

Todos los personajes, sobre todo los femeninos, tienen una psicología fluctuante que parecen responder más a las necesidades de las escenas que les tocan que a un perfil bien definido.

 

Se supone que Hope (Hope Lange) es una chica fiestera conocida o compinche del playboy Dean Martin, que es llamada para darle una buena noche al intelectual Clift, pero termina teniendo más mandatos decorosos que una catequista, lo cual no es ningún demérito, pero ¿cómo llegó a estar en la agenda del seductor Dean Martin?

 

Margaret (Barbara Rush) la novia de Dean Martin, que en la primera escena con el alemán Brando parece una mujer de mundo, rica, sofisticada, al vérsela después interaccionar con Dean Martin, muestra que tiene menos calle que monja de clausura. ¿Y la sofisticación en qué línea descartada del guion quedó?

 

Simone (Dora Doll), la francesa de la que se enamorará el alemán Brando, en su primera escena es una patriota inclaudicable, sin límites para expresar su desprecio por el invasor, pero basta que el alemán Brando le muestre un mínimo de tolerancia y buena educación para que le pida perdón y se le cuelgue del brazo. Esta bien que las primeras impresiones se corrigen, pero ¿en una misma escena después de haber cantado poco menos que La Marsellesa?

 

Y la esposa de Maximilien Schell, Gretchen (May Britt) es una ninfómana dispuesta a levantarle el ánimo a medio ejército alemán, y para demostrarle a Brando que tiene poder de influencias consigue que trasladen a Schell y a Brando de la glamorosa París al ¡África del Norte! Macanuda como pantera con hambre. Y después cuando más humana se ponga y quiera borrar la angustia de la muerte circundante con un buen revolcón, será despreciada por un ataque de moralina del alemán Brando.

 

El bueno de Brandon volverá a París, reverdecerá su amor por Simone, pero la dejará porque él es un soldado alemán y ella, ¡una chica francesa! Pero, hermano, eso lo sabías en la escena uno, sé un poco más creativo para darle calabazas. Otro momento delirante es cuando Clift se está despidiendo de su esposa Hope para irse a la guerra y aparece el lechero de la cuadra y le regala una botella de leche entera y le pide que se la tome toda, porque le dará la energía y la salud que necesita para enfrentar a los enemigos. Y uno no sabe si es un refuerzo a una campaña de tomar leche o una tomadura de pelo mayúscula. Hay otra muestra involuntaria de humor cuando Maximilien Schell y Brando están en África del Norte. Schell está por dar la orden de ataque a un campamento inglés, Brando le dice que espere al amanecer porque la luz enceguecerá a los ingleses y no podrán defenderse bien, Schell concuerda y le cede la iniciativa a Brando, pero después cuando Brando ordene el alto el fuego, a Schell le agarrará un ataque de personalidad insegura y lo retará a Brando por hacer dado la orden, pero ¿cómo, no era que le había delegado el mando cinco segundos atrás? ¿Es que será algo así como ordená un poco, pero no mucho?

 

Dicen que Kurosawa la incluyó en una lista de 100 mejores películas. Bueno, uno no es quien para decir qué le vio el querido Akira. Una pena que nadie le pidiera que fundamentara. A favor de la duda, diremos que era una lista de 100, no de 10.

 

Edward Dmytryk dirigió también la película inmediata anterior que protagonizó Montgomery Clift, Raintree County o El árbol de la vida, como se la conoció aquí. Fue durante el rodaje de esa película cuando Clift sufrió el accidente automovilístico que casi lo mata y que liquidó su apostura sin par. Unas cuantas cruentas operaciones de reconstrucción de rostro lo dejarían lejanamente parecido a quien había sido. Lo dejó también adicto a calmantes y tranquilizantes que mezclaba con alcohol. De allí que en estos jóvenes leones o dioses vencidos se lo vea tan flaco y desmejorado.

 

Y esta fue la primera película “seria” de Dean Martin después de la ruptura del dúo que había tenido con Jerry Lewis. Se sentía inseguro y Clift, un eminente cultor del Actor Studio, fue en su auxilio. Como devolución de gentilezas, Dean Martin lo llevaba de gira de tragos, algo que Monty disfrutaba mucho, dado que, por un rato, se integraba a una supuesta normalidad, no era el permanente sapo de otro pozo, al que su homosexualidad, obligadamente enclosetada por los impedimentos de la época, lo condenaba. Dean Martin, un heterosexual de cabeza amplia y desprejuiciada, tendió puentes y logró ser su amigo.

 

Por entonces Dean Martin ya casi no bebía, apenas mojaba los labios en los tragos que pedía. Su personaje idiosincrático público, su “muñeco”, era el de un borrachín simpático, permanentemente achispado, pero por dentro, beber ya no le interesaba. Nunca renegó del alcohol, porque sus amigos más íntimos, Frank Sinatra y Sammy Davis Jr., bebían como esponjas y no quería dejar de acompañarlos en sus recorridas de bares. Dicen que Martin perdió el gusto por el alcohol al ver las dificultades por las que pasaba su esposa, Jeanne, una bebedora reincidente, en tratar de dejarlo.

 

En los días siguientes a haber visto de nuevo The Young Lions / Los dioses vencidos, mientras iba de una escuela a otra, procuraba darme respuestas a por qué alguna vez esta película fue consideraba “importante”, no encontré un motivo abarcador o satisfactorio. Es antibelicista, como la mayoría de los filmes de guerra, pero eso es poco o nada, es como decir que el cielo es azul. Quizás con el tiempo se volvió perimida, irrelevante, tonta. ¿Otro ejemplo de la maldad de las arenas del tiempo? No sé, pero si los tragos que le invitó Dean Martin a Montgomery Clift, después de cada día de trabajo, sirvieron para que este último olvidara por un rato sus penurias, no fue un film inútil. Porque esa “importancia” no hay Tiempo que se la quite.

Gustavo Monteros

viernes, 24 de mayo de 2024

Querido diario - Hoy: De entre las historias tres veces contadas: Los salarios del miedo




 

Primero fue una novela de Georges Arnaud publicada en 1950. Otro Georges, Henri-Georges para ser más precisos, Clouzot, de apellido la llevó al cine en 1953.

 

La historia en sí tiene dos partes claramente discernibles. La primera que presenta los personajes y su entorno y una segunda con la peligrosísima misión que los “elegios” deben llevar a cabo. Todo transcurre en un lugar inventado, Las Piedras, al que se puede acceder solo por avión, situado en un país latinoamericano bajo una dictadura militar.

 

En Las Piedras casi todos son pobres y el único trabajo decente a conseguir es en la SOC (South Oil Company), una planta norteamericana de extracción de petróleo.

 

Las Piedras es el último refugio de los que huyen y ya no les queda un peso en el bolsillo. Son marginales, exdelincuentes, amorales y crueles. Son capaces de cascotear un perro atado. El calor los pone sucios, sudorosos. El viento los cubre de polvo y espantan las moscas y mosquitos con los pañuelos y los sombreros. El lugar común les dice escoria, en realidad son hombres tan en el fondo de las cosas que solo el alcohol y la esperanza los ayudan a llegar al día siguiente.

 

La bendición (una posibilidad de salida) es una maldición en cualquier idioma. Explota un pozo petrolero y para apagarlo hay que hacer un vacío con una explosión de nitroglicerina, que solo puede transportarse en camiones por un camino peligroso con altas posibilidades de hacerlos volar.

 

Todos los hombres que saben manejar se presentan a la prueba de selección. Y quedan elegidos, Mario (Yves Montand), un francés tan apuesto como inescrupuloso, capaz de vivir de su amante Linda (Véra Clouzot), Luigi (Folco Lulli) un albañil italiano, recientemente condenado por una enfermedad mortal que puede evitar dejando de ser albañil, Bimba (Peter van Eyck) un alemán taciturno al que los nazis mataron a su padre y Smerloff (Jo Dest), otro alemán que uno sospecha es un asesino de las SS.

 

Pero al amanecer del viaje, Smerloff no se presenta, quizá Jo (Charles Vanel) tuvo algo que ver con su desaparición. Jo es un gánster que está envejeciendo mal, tiene comportamientos siniestros y miserables, es voluble y violento. Jo toma el lugar de Smerloff en el camión.

 

Empieza entonces el viaje que nos llena de suspenso, que nos atenaza al borde del asiento, que más allá de la poca empatía que desarrollamos por estos personajes tan detestables, deseamos que les vaya bien, que no vuelen y que lleguen a destino con la nitroglicerina, porque dejaron de ser individuos a pasar a ser representantes del hombre en su lucha contra las adversidades del mundo.

 

Esta segunda parte hizo que esta película fuera un clásico inolvidable e ineludible. No extraña entonces que un admirador de los clásicos y del cine francés en particular, William Friedkin, intentara una remake.

 

Le puso otro título, Sorcerer (hechicero, brujo) por el nombre con el que personificaron a un de los dos camiones designados para la hazaña. Friedkin respeta los dos momentos de la historia, la presentación de ambientes y personajes que preceden al viaje decisivo, pero introduce una gran cantidad de cambios.

 

Clouzot presenta los personajes directamente en el lugar del que quieren abandonar, su vida anterior es referida en diálogos o anécdotas, Friedkin, en cambio, hace un racconto de lo que llevó a los que serán los cuatro conductores a esta encerrona. Primero vamos a Veracruz, México y vemos a Nilo (Francisco Rabal) como un asesino a sueldo que cumple con un encargo. Pasamos a Jerusalén, Israel y vemos a Kassem (Amidou) participar en una célula terrorista de cuatro integrantes que acomete un atentado. Son perseguidos y solo Kassem no es atrapado. Después nos encontramos en París, Francia, y atestiguamos que Victor (Bruno Cremer) un financista rico, bien casado y posicionado, enfrenta una denuncia por fraude, de la que no sale bien parado, por la que tiene que dejarlo todo. Y, por último, nos hallamos en Elizabeth, Nueva Jersey, EE.UU., y vemos a Jackie (Roy Scheider) como el chofer de una banda mafiosa que comete un atraco que termina muy mal.

 

Terminado este prólogo, pasamos al lugar del que querrán irse, esta vez se llama El porvenir y es un villorrio remoto, perdido en la selva de un país latinoamericano, otra vez dominado por una dictadura militar.

 

Como en El salario del miedo de 1953, vemos la llegada del viejo delincuente, antes llamado Jo y ahora bautizado Nilo. En la del 53, Jo tomaba a Mario como su ladero, aquí Nilo y Jackie no se relacionan y mantienen una fría y desconfiada distancia.

 

Se produce la explosión en el pozo petrolero, todos los hombres del pueblo que saben manejar son probados, Kassem, Jackie, Victor y un tal Márquez (Karl John) son elegidos. Márquez, un alemán que se supone un criminal de la segunda guerra, no aparece al amanecer del día del viaje. Es reemplazado por Nilo, que se deduce, asesinó a Márquez para ocupar su lugar.

 

Y si en El salario del miedo del 53, el viaje era por lugares secos, pedregosos, áridos, aquí será por caminos selvosos, barrosos, y parte de la travesía se hará bajo una lluvia torrencial.

 

Más allá de las diferencias, Friedkin logra igual suspenso que Clouzot, que no es poco. Su reelaboración logra similares intensidades. Más allá de las coincidencias, más que una remake es una relectura muy lograda.

 

Y como aquí se cumple el dicho de no hay dos sin tres, este año de 2024, el director francés, Julien Leclercq, reinterpreta la historia. Respeta los dos momentos, pero parece no confiar demasiado en las alternativas del viaje que tan bien utilizaron Clouzot y Friedkin.

 

Esta vez estamos en un país árabe, desértico, por supuesto. Un golpe de estado halla a los hermanos, Fred (Franck Gastambide) y Alex (Alban Lenoir) ultimando detalles para dejar el país. Fred es facilitador de soluciones, un fixer todo terreno, soltero y sin compromisos. Alex es un especialista en detonaciones, con esposa e hija, convenientemente adorables. Para no irse con las manos vacías, Fred le propone a Alex un golpe, por el que Alex termina apresado en una cárcel que deja a la de Expreso de medianoche a la altura de una ONG que rescata gatitos.

 

Fred y la familia de Alex se refugian en un pueblito en el que explota un pozo petrolero. Hay que apagarlo con celeridad porque puede hacer volar el subsuelo en el que se asienta el pueblo. Fred, que anda noviando con una médica del lugar y a la que protege cuando reparte medicamentos por asentamientos cercanos, consigue el trabajo de apagar el fuego, para lo cual consigue la libertad de su hermano, que después de todo es el experto.

 

Comienza el viaje y más que el suspenso de ver si la nitroglicerina explota, la expectativa depende de si logran sortear campos minados o ataques de piratas del asfalto que quieren quedarse con la carga, ignorantes, claro, de que es solo explosiva.

 

Esta versión se aleja de la creación de un pueblo infierno o purgatorio y de la posible hazaña que puede redimir y dar una salida. Aquí la lógica inicial es la de una película catástrofe (hay que apurarse antes de que el desastre se lleve el pueblo y a la familia de Alex de paso) y la del viaje es la de un western de caravana de carretas (antes ataque de los indios, ahora ataque de piratas motorizados que, si de asociaciones se trata, agrega un toque de lógica Mad Max). En resumen, esta reinterpretación desvirtúa los ejes del relato primigenio.

 

Las buenas historias no se agotan y vuelven a ser contadas todas las veces que un público lo requiera o la creatividad comande. Y como que hay miedo, estos salarios volverán a pagarse.

Gustavo Monteros


viernes, 17 de mayo de 2024

Querido diario - Hoy: Bellman and True


 

Justo se te ocurrió morirte cuando yo veía una película que te tenía de protagonista. Ni tanto ni tampoco, casi. Te moriste al día siguiente de que yo la viera. Aunque no sabemos con certeza el momento de tu muerte, solo conocemos con exactitud cuándo tu agente dio a conocer la luctuosa noticia.

 

En los días previos, te me venías cruzando. Los innumerables despidos cotidianos que estamos padeciendo en este actual Mileinato del Río de la Plata me puso a pensar en las ficciones inglesas que retrataron el apogeo de Margaret Thatcher y en el barajar de títulos se me vino la miniserie que vos protagonizaste, la de 1982, la de cinco episodios, Boys from the Blackstuff, en la que cinco desempleados hacían lo que fuera para sobrevivir en el Thatcherismo.

 

¿Cuándo y dónde te conocí? No sé. No me acuerdo. Vos andabas por los repartos de esas películas que veía seguro (por distintos motivos) más de una vez. Como Gandhi, que es también del 82 o como El motín del Bounty, la de Mel Gibson y Anthony Hopkins, claro, que es del 84 o como Conspiración de mujeres o Drowned by Numbers, la de Peter Greenaway, que es del 88 (a Greenaway lo veíamos tupido por entonces, era casi como la escuela, obligatorio)

 

Pero vos ya habías estado en muchas cosas antes, en pequeños papeles, hasta en Yo, Claudio estuviste, allá por el lejano 1976. Pero desde donde seguro, seguro, te empecé a ubicar fue después de Yo amo a Shirley Valentine (1989), en la que eras el marido de la deliciosa Pauline Collins.

 

Faltaba todavía mucho para que participaras en las películas que verían millones y millones de personas por todo el mundo: Titanic (1997) donde fuiste nada más ni nada menos que el valeroso capitán y la trilogía de El Señor de los anillos (2001-2003), aunque tu personaje, Théoden, está en las dos últimas.

 

Pero en estos días te me apareciste también en una lista de la página de listas para cinéfilos, Taste of Cinema, a la que estoy asociado en Facebook. La lista era sobre “10 grandes thrillers de los ochenta que quizá no haya visto”. Yo había visto los 9 primeros y me faltaba la décima, que era en la que vos estabas, que fue la que terminé viendo mientras te morías. O casi, pero que andabas en eso, andabas en eso.

 

Este thriller, Bellman and True, es de 1987, lo dirigió Richard Loncraine, que venía de la tele y de la publicidad y que en 1977 había dirigido Full Circle (o Posesión diabólica) una de terror (uno de los géneros que menos me entusiasma), pero que se me quedó porque la protagonista, Mia Farrow, en un ataque de desesperación intentaba salvar a su hija improvisando una traqueotomía con un cuchillo de cocina. A Loncraine también lo recuerdo por su versión de Ricardo III, que la hace transcurrir en los años treinta con mucho Art Decó y en la que participan muchas luminarias como Ian McKellen, Annette Bening, Maggie Smith y Robert Downey Jr entre otros notables.

 

Pero volvamos a Bellman and True. Vos hacés de Hiller, un experto en computación, que anda de fuga con un chico de unos 12 años, que parece que es tu hijo, pero no, es hijo de tu exesposa que te abandonó y te dejó a cargo del chico. Los maleantes de los que huís por no poderles devolver una plata que les pediste prestada, te encuentran y te exigen que los ayudes a eliminar la alarma de un banco que planean robar, al principio vos no vas a participar del robo, pero terminás involucrado. Y ya se sabe, ningún robo es fácil y pasan un montón de cosas que te atornillan al asiento y te mantienen en vilo.

 

Por entonces tenías 43 años y estabas en la plenitud de tus recursos actorales. Y el protagónico no te queda chico, todo lo contrario, llenás la pantalla y demostrás tener magnetismo de estrella. Nos hacés estar ahí con vos, nos participás de todo lo que te pasa y nos hacés querer que todo te salga bien. Fue uno de los pocos filmes que protagonizaste porque, aunque teniendo todo lo que hay que tener, te negaste a ser una estrella, o al menos su sucedáneo, eso que llamamos, figura.

 

Elegiste pertenecer a ese grupo selecto, no muy numeroso, de actores que prefieren ser herramientas del director antes que estrellas o primeras figuras. Nunca se sabe si por timidez, desidia, comodidad o pereza. Ser estrella es un trabajo full time. Hay que proyectar una personalidad basada en las peculiaridades identificatorias, potenciadas y embellecidas. Se trata de ser muy vos, para todos los otros. Basta con un poco de decisión, voluntad y empecinamiento. Tenés que hacer todo lo que te gusta, pero con detalles que te caractericen. ¿Te gusta vestir deportivamente? Bien, hacelo, pero de la mejor manera posible y con una impronta propia e intransferible.

 

Tenés que pulir también una personalidad pública, un personaje de vos mismo, si sos simpático naturalmente, ahora tenés que serlo toda vez que alguien esté mirando, y si hay una cámara mejor, si sos de pocas palabras, ahora la parquedad pisando la mudez es tu sello, y antes que nada, tenés que comentárselo a tu agente, él o ella te darán un montón de sugerencias y consejos para lograr alcanzar y permanecer en el primer plano.

 

Claro, lo esencial es tener eso que vos ya habías demostrado tener, el magnetismo, que en un actor es una humanidad tan flagrante que hace que como público siempre te sigamos en escena. Es arduo ser estrella, no es fácil ni para cualquiera. Y hay algunos a los que les da fiaca hasta la idea de considerarlo. Eligen no estar siempre en el centro de la escena, bajo el reflector constante, nunca fuera del eje de la seducción. Es trabajar más que el resto, claro. Justificar con creces que la gente vaya a tener ganas de pagar una entrada para verte. Porque estar arriba del título de la película es el factor decisivo, en primera instancia, de que el público quiera verla o no. Los actores secundarios ayudan, pero son las estrellas las que deciden la voluntad de los espectadores.

 

Los que pueden ser estrellas y no eligen serlo me dan mezquinos, que escamotean talento, que nos dejarán siempre con las ganas. Algunos directores son más generosos que ustedes y siempre que pueden les dan el protagónico. Pero ustedes no se deciden a dar el gran paso y en el proyecto siguiente vuelven al reparto, a pulir su rincón, a disfrutar con su participación. Les encanta lo que hacen y como saben que tienen talento, nos hacen apreciarlos. Y terminamos por amarlos, porque amamos el talento. Pero nos hubiera encantado que estuvieran más tiempo en escena, que llenaran la pantalla, que fueran el centro de la película. Lo que hacés en Bellman and True es maravilloso. Y no nos dejás con gusto a poco porque sos el epicentro de lo que se cuenta. Pero en tu caso fue una de las excepciones, no la regla.

 

Como sea, te saliste con la tuya. Nos sacabas a bailar y cuando le íbamos tomando el gustito, nos volvías a sentar. Y ahora que ya no podés llevarnos, querríamos tener el recuerdo de haber bailado hasta que los pies no nos dieran más. Hoy con la autoridad de quien no puede ser discutido, si pudieras vos nos retrucarías: Pero, bailamos, ¿no?

Gustavo Monteros